Diferencia entre revisiones de «ANACLETO GONZÁLEZ FLORES. La Resistencia civil pacífica»
(→NOTAS) |
|||
| Línea 28: | Línea 28: | ||
En el capítulo quinto de su primera encíclica, el Papa León XIV ha advertido que “asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso (…) También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. | En el capítulo quinto de su primera encíclica, el Papa León XIV ha advertido que “asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso (…) También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. | ||
| − | La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales, facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo”. | + | |
| + | ''La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales, facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo”.''<ref>León XIV, Magnifica Humanitas, N° 190-191</ref> | ||
Como salta a la vista, son las circunstancias actuales las que imposibilitan cumplir con las exigencias para que un conflicto bélico pudiera ser hoy considerado como moralmente legítimo. Dicho de otro modo, el Papa León XIV, sin modificar en un ápice la doctrina de la legítima defensa, pone en entredicho su aplicación hoy. | Como salta a la vista, son las circunstancias actuales las que imposibilitan cumplir con las exigencias para que un conflicto bélico pudiera ser hoy considerado como moralmente legítimo. Dicho de otro modo, el Papa León XIV, sin modificar en un ápice la doctrina de la legítima defensa, pone en entredicho su aplicación hoy. | ||
| Línea 39: | Línea 40: | ||
El siglo XX dio inicio en México en medio de la larga dictadura liberal porfirista (1876-1911), misma que puso fin a medio siglo de una sangrienta y continua guerra civil aderezada por invasiones extranjeras: de los Estados Unidos para arrebatar la mitad del territorio nacional, y poco después de Francia para imponer y sostener el Imperio de Maximiliano. | El siglo XX dio inicio en México en medio de la larga dictadura liberal porfirista (1876-1911), misma que puso fin a medio siglo de una sangrienta y continua guerra civil aderezada por invasiones extranjeras: de los Estados Unidos para arrebatar la mitad del territorio nacional, y poco después de Francia para imponer y sostener el Imperio de Maximiliano. | ||
| − | Ciertamente la llamada «pax porfirista» estableció una época de paz, pero fue una paz sin justicia y por tanto una paz frágil, pues «la paz es obra de la justicia». | + | Ciertamente la llamada «pax porfirista» estableció una época de paz, pero fue una paz sin justicia y por tanto una paz frágil, pues «la paz es obra de la justicia».<ref>Is. 32,17. Cfr. CIC 2304</ref> |
| + | |||
| + | Destrucción de los ejidos y despojo de tierras a los campesinos; servilismo político y elecciones simuladas; confirmación del despojo de los bienes de la Iglesia y la creación de inmensos latifundios, tanto rurales como urbanos; insalubridad y analfabetismo creciente, etc. | ||
La «revolución mexicana» que dio inicio en 1911 fue un resurgimiento de la guerra civil: maderistas contra porfiristas; convencionistas contra constitucionalistas, zapatistas y villistas contra carrancistas y obregonistas; luego obregonistas contra carrancistas, etc. En esa contienda de «todos contra todos» salió triunfante la facción más radicalmente jacobina y la más desprovista de conciencia moral: la carrancista, trasmutada luego del «Plan de Agua Prieta» (1920) en el grupo «de los sonorenses» (Obregón, Calles y De la Huerta). | La «revolución mexicana» que dio inicio en 1911 fue un resurgimiento de la guerra civil: maderistas contra porfiristas; convencionistas contra constitucionalistas, zapatistas y villistas contra carrancistas y obregonistas; luego obregonistas contra carrancistas, etc. En esa contienda de «todos contra todos» salió triunfante la facción más radicalmente jacobina y la más desprovista de conciencia moral: la carrancista, trasmutada luego del «Plan de Agua Prieta» (1920) en el grupo «de los sonorenses» (Obregón, Calles y De la Huerta). | ||
| Línea 45: | Línea 48: | ||
Ante estos hechos, distintos dirigentes de organizaciones católicas decidieron crear un organismo que coordinara las acciones de defensa; así surgió en marzo de 1925 la «Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa». La ACJM se convirtió en la columna vertebral de la Liga por el número de sus integrantes y su extension nacional. | Ante estos hechos, distintos dirigentes de organizaciones católicas decidieron crear un organismo que coordinara las acciones de defensa; así surgió en marzo de 1925 la «Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa». La ACJM se convirtió en la columna vertebral de la Liga por el número de sus integrantes y su extension nacional. | ||
| − | Al iniciar el año 1926 el gobierno «de los sonorenses» quiso implementar minuciosa y rigurosamente los artículos más rabiosamente jacobinos de la Constitución: el 3°, 5°, 14°, 27° y 130°, para lo cual Plutarco Elías Calles promulgó en 1926 la tristemente célebre «Ley Calles», | + | Al iniciar el año 1926 el gobierno «de los sonorenses» quiso implementar minuciosa y rigurosamente los artículos más rabiosamente jacobinos de la Constitución: el 3°, 5°, 14°, 27° y 130°, para lo cual Plutarco Elías Calles promulgó en 1926 la tristemente célebre «Ley Calles»,<ref>Aprobada el 2 de julio de 1926</ref>que llevó a su clímax la persecución religiosa en México. |
==PRIMERAS ACTUACIONES PÚBLICAS DE ANACLETO== | ==PRIMERAS ACTUACIONES PÚBLICAS DE ANACLETO== | ||
| Línea 51: | Línea 54: | ||
En 1914 Anacleto González Flores era un joven estudiante de derecho, cuya inquietud intelectual le había llevado a formar un círculo de estudios sociales en los que se analizaba y estudiaba a autores del mundo católico, como los pensadores españoles Donoso Cortés y Jaime Balmes, pero sobre todo la encíclica «Rerum Novarum» del Papa León XIII. | En 1914 Anacleto González Flores era un joven estudiante de derecho, cuya inquietud intelectual le había llevado a formar un círculo de estudios sociales en los que se analizaba y estudiaba a autores del mundo católico, como los pensadores españoles Donoso Cortés y Jaime Balmes, pero sobre todo la encíclica «Rerum Novarum» del Papa León XIII. | ||
| − | En julio de ese año de 1914, las tropas carrancistas tomaron la ciudad de Guadalajara. Por todas partes de la ciudad los revolucionarios comandados por Álvaro Obregón cometieron una serie de desmanes y abusos inauditos hasta ese entonces. Obregón encarceló a más de cien sacerdotes y expulsó a los extranjeros; los templos fueron saqueados y la catedral convertida en cuartel, desenterrando los cadáveres de los obispos que ahí reposaban; los talleres del periódico El Regional fueron destruidos, lo mismo ocurrió con los hospitales y las bibliotecas del seminario y del colegio San José. En enero de 1915 fusilaron al padre David Galván por el delito de confesar moribundos. | + | En julio de ese año de 1914, las tropas carrancistas tomaron la ciudad de Guadalajara. Por todas partes de la ciudad los revolucionarios comandados por Álvaro Obregón cometieron una serie de desmanes y abusos inauditos hasta ese entonces. Obregón encarceló a más de cien sacerdotes y expulsó a los extranjeros; los templos fueron saqueados y la catedral convertida en cuartel, desenterrando los cadáveres de los obispos que ahí reposaban; los talleres del periódico El Regional fueron destruidos, lo mismo ocurrió con los hospitales y las bibliotecas del seminario y del colegio San José. En enero de 1915 fusilaron al padre David Galván por el delito de confesar moribundos.<ref>El Padre David Galván fue canonizado en mayo del año 2000 por el Papa Juan Pablo II.</ref> |
| + | |||
El gobierno carrancista de Jalisco promulgó un decreto conocido como «decreto 1913» que radicalizaba, aún más, su política contra las libertades civiles y religiosas. Valientes artículos de Anacleto contra ese decreto aparecían los periódicos católicos «Restauración» y «El Chispazo». | El gobierno carrancista de Jalisco promulgó un decreto conocido como «decreto 1913» que radicalizaba, aún más, su política contra las libertades civiles y religiosas. Valientes artículos de Anacleto contra ese decreto aparecían los periódicos católicos «Restauración» y «El Chispazo». | ||
| Línea 58: | Línea 62: | ||
En una de esas manifestaciones, una multitud se presentó ante el general carrancista Manuel M. Diéguez, gobernador militar de Jalisco, para demostrarle que el pueblo pedía la derogación del ya citado decreto. El militar, con actitud amenazadora y risa burlona dijo: “Ustedes no son el pueblo y están engañados por los curas”. | En una de esas manifestaciones, una multitud se presentó ante el general carrancista Manuel M. Diéguez, gobernador militar de Jalisco, para demostrarle que el pueblo pedía la derogación del ya citado decreto. El militar, con actitud amenazadora y risa burlona dijo: “Ustedes no son el pueblo y están engañados por los curas”. | ||
| − | Se escuchó un ¡No!! atronador de la multitud, mientras un orador surgía en hombros de sus compañeros; era Anacleto que con voz potente contestaba las amenazas del gobernador, el cual montó en cólera y ordenó a las fuerzas policiacas que arremetieran contra la multitud indefensa. “Señoritas, niños, ancianos, jóvenes, cuantas personas tuvieron la desgracia de hallarse al alcance de aquellos cosacos, recibieron macanazos, caballazos y machetazos”. | + | Se escuchó un ¡No!! atronador de la multitud, mientras un orador surgía en hombros de sus compañeros; era Anacleto que con voz potente contestaba las amenazas del gobernador, el cual montó en cólera y ordenó a las fuerzas policiacas que arremetieran contra la multitud indefensa. ''“Señoritas, niños, ancianos, jóvenes, cuantas personas tuvieron la desgracia de hallarse al alcance de aquellos cosacos, recibieron macanazos, caballazos y machetazos”.''<ref>Gómez Robledo Antonio. Anacleto González Flores El Maestro. JUS, México 1947., p. 123</ref> |
| + | |||
Con otros manifestantes, Anacleto fue hecho prisionero y llevados ante el presidente municipal quien les advirtió de parte del gobernador que, de mantener esa actitud, el gobierno tomaría medidas más enérgicas, y dirigiéndose en particular a Anacleto le dijo: “Usted acabará fusilado”. | Con otros manifestantes, Anacleto fue hecho prisionero y llevados ante el presidente municipal quien les advirtió de parte del gobernador que, de mantener esa actitud, el gobierno tomaría medidas más enérgicas, y dirigiéndose en particular a Anacleto le dijo: “Usted acabará fusilado”. | ||
Revisión del 11:44 9 jul 2026
Sumario
- 1 PRÓLOGO
- 2 LA DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LA GUERRA JUSTA
- 3 LA GUERRA JUSTA EN LA ENCÍCLICA «MAGNIFICA HUMANITAS»
- 4 SÍNTESIS DEL CONTEXTO MEXICANO DEL SIGLO XX
- 5 PRIMERAS ACTUACIONES PÚBLICAS DE ANACLETO
- 6 LA DOCTRINA DE LA GUERRA JUSTA Y LA CRISTIADA
- 7 POSICIÓN DE ANACLETO AL INICIO DE LA GUERRA CRISTERA
- 8 EPÍLOGO
- 9 NOTAS
- 10 BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
La persecución religiosa desatada en México por los gobiernos revolucionarios en la primera mitad del siglo XX, llevó a los obispos y a los intelectuales católicos mexicanos, a plantearse la pregunta sobre la licitud o no de la resistencia armada.
Uno de los líderes seglares más destacados de esa época dramática fue el hoy beato Anacleto González Flores (1888-1927), quien siempre tuvo una posición contraria al recurso de las armas, razón por lo cual algunos le han llamado «el Gandhi mexicano». Pero ese sobrenombre no es del todo correcto.
El líder del movimiento por la independencia de la India Mahatma Gandhi (1869-1948), adquirió notoriedad a partir del año 1931, cuando se difundió la pacifista doctrina política denominada «desobediencia civil no violenta»; para entonces Anacleto llevaba ya tres años de fallecido. Pero cuando Gandhi adquirió realmente fama mundial fue en 1947 cuando, al concluir la segunda guerra mundial, Inglaterra concedió a la India su independencia, la cual fue considerada como un logro de la «resistencia pacífica».
Fue entonces cuando algunos quisieron ver en la figura de Anacleto Gonzáles Flores a un «Gandhi mexicano», e incluso el historiador Jean Meyer escribió un libro titulado: “Anacleto González Flores, el hombre que quiso ser el Gandhi mexicano”.[1]
El título es injusto porque lo más probable es que Anacleto no haya siquiera oído hablar de Gandhi, y menos seguido su pensamiento, pues los últimos años de su vida y debido a la persecución los pasó «a salto de mata», siendo fusilado en 1927, cuando Gandhi aún no alcanzaba notoriedad. No, el pacifismo de Anacleto no se elaboró a partir del de Gandhi, sino a partir de la Doctrina Católica, que el Papa León XIV ha vuelto a poner de relieve mediante su primera encíclica.
LA DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LA GUERRA JUSTA
La doctrina católica sobre la guerra hunde sus raíces en el Antiguo Testamento pues, con el Quinto mandamiento “No matarás”, el Señor denuncia la inmoralidad del homicidio. En el Nuevo Testamento Jesucristo aumenta la exigencia del respeto a la vida del prójimo cuando proclama: “Habéis oído que se dijo a vuestros mayores: no matarás, y que quien matare comparecerá ante el Tribunal; pero Yo os digo más: todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal…” (Mt. 5, 21-22) Por eso Jesús pide a sus discípulos “poner la otra mejilla” y “amar a los enemigos”.
El «no matarás» obliga a todos, lo mismo al agresor que al agredido; lo mismo al desprovisto de conciencia moral, que a quien sufre una agresión injusta que pone en riesgo su vida. En esto el Catecismo de la Iglesia Católica es categórico al señalar que “causar la muerte a un ser humano es gravemente contrario a la dignidad de la persona y a la santidad del Creador”.[2]
El deber de respetar la vida inicia con la propia, por eso, cuando alguien atenta contra ella, la defensa por medio de la fuerza para hacer respetar el propio derecho a la vida, se convierte en legítima. Aún más; si esta situación afecta a la integridad física de otros, la Doctrina Católica señala que “La legítima defensa puede ser no solamente un «derecho», sino un «deber grave» para el que es responsable de la vida de otro, del bien común o de la sociedad.”.[3]
La moralidad sobre el flagelo de la guerra, desgraciadamente siempre presente en la convivencia humana, fue motivo de estudio y reflexión desde principios del siglo V, cuando san Agustín, obispo de Hipona, en su preocupación por la aplicación de la justicia, aportó en su obra «La ciudad de Dios», la noción y normas que debía tener la legítima defensa y la consecuente guerra justa, siempre con la finalidad de restablecer la paz y el orden social. Siguiendo a San Agustín, en el siglo XIII, santo Tomás de Aquino retomó el estudio, y en su sistemática «Summa Teológica»[4]estableció cuales serían las condiciones necesarias para considerar justa a una guerra. En base a todo esto, la moderna Doctrina Social de la Iglesia enseña que desear la venganza para el que hace el mal, es ilícito, y para que el uso de la fuerza sea legítimo se requiere:
“-que el daño del agresor sea duradero, grave y cierto; que los otros medios hayan resultado ineficaces; que se reúnan condiciones serias de éxito; que el empleo de las armas no cause males más graves que el que se pretende eliminar”.[5]
LA GUERRA JUSTA EN LA ENCÍCLICA «MAGNIFICA HUMANITAS»
En el capítulo quinto de su primera encíclica, el Papa León XIV ha advertido que “asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso (…) También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica.
La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales, facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo”.[6]
Como salta a la vista, son las circunstancias actuales las que imposibilitan cumplir con las exigencias para que un conflicto bélico pudiera ser hoy considerado como moralmente legítimo. Dicho de otro modo, el Papa León XIV, sin modificar en un ápice la doctrina de la legítima defensa, pone en entredicho su aplicación hoy. Sin embargo, las circunstancias que se vivieron en México en la primera década del siglo XX fueron muy distintas a las de este inicio del XXI, por lo que sería poco inteligente juzgar los acontecimientos ocurridos antes y durante la Cristiada con la situación actual.
Esto no elimina el drama de la conciencia cristiana de los mexicanos que vivieron la persecución de los regímenes revolucionarios; drama que fue plasmada en los escritos del abogado Anacleto González Flores, especialmente en su libro «El plebiscito de los mártires».
SÍNTESIS DEL CONTEXTO MEXICANO DEL SIGLO XX
El siglo XX dio inicio en México en medio de la larga dictadura liberal porfirista (1876-1911), misma que puso fin a medio siglo de una sangrienta y continua guerra civil aderezada por invasiones extranjeras: de los Estados Unidos para arrebatar la mitad del territorio nacional, y poco después de Francia para imponer y sostener el Imperio de Maximiliano.
Ciertamente la llamada «pax porfirista» estableció una época de paz, pero fue una paz sin justicia y por tanto una paz frágil, pues «la paz es obra de la justicia».[7]
Destrucción de los ejidos y despojo de tierras a los campesinos; servilismo político y elecciones simuladas; confirmación del despojo de los bienes de la Iglesia y la creación de inmensos latifundios, tanto rurales como urbanos; insalubridad y analfabetismo creciente, etc. La «revolución mexicana» que dio inicio en 1911 fue un resurgimiento de la guerra civil: maderistas contra porfiristas; convencionistas contra constitucionalistas, zapatistas y villistas contra carrancistas y obregonistas; luego obregonistas contra carrancistas, etc. En esa contienda de «todos contra todos» salió triunfante la facción más radicalmente jacobina y la más desprovista de conciencia moral: la carrancista, trasmutada luego del «Plan de Agua Prieta» (1920) en el grupo «de los sonorenses» (Obregón, Calles y De la Huerta).
En 1917 la facción carrancista redactó y promulgó una Constitución totalmente contraria a la identidad mexicana descrita por el prócer insurgente José María Morelos y Pavón en su documento «Sentimientos de la Nación». En 1921, el grupo «de los sonorenses» mandó colocar una bomba a los pies de la Virgen de Guadalupe en la Basílica; posteriormente, en 1925 quisieron fundar una iglesia cismática. Ante estos hechos, distintos dirigentes de organizaciones católicas decidieron crear un organismo que coordinara las acciones de defensa; así surgió en marzo de 1925 la «Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa». La ACJM se convirtió en la columna vertebral de la Liga por el número de sus integrantes y su extension nacional.
Al iniciar el año 1926 el gobierno «de los sonorenses» quiso implementar minuciosa y rigurosamente los artículos más rabiosamente jacobinos de la Constitución: el 3°, 5°, 14°, 27° y 130°, para lo cual Plutarco Elías Calles promulgó en 1926 la tristemente célebre «Ley Calles»,[8]que llevó a su clímax la persecución religiosa en México.
PRIMERAS ACTUACIONES PÚBLICAS DE ANACLETO
En 1914 Anacleto González Flores era un joven estudiante de derecho, cuya inquietud intelectual le había llevado a formar un círculo de estudios sociales en los que se analizaba y estudiaba a autores del mundo católico, como los pensadores españoles Donoso Cortés y Jaime Balmes, pero sobre todo la encíclica «Rerum Novarum» del Papa León XIII.
En julio de ese año de 1914, las tropas carrancistas tomaron la ciudad de Guadalajara. Por todas partes de la ciudad los revolucionarios comandados por Álvaro Obregón cometieron una serie de desmanes y abusos inauditos hasta ese entonces. Obregón encarceló a más de cien sacerdotes y expulsó a los extranjeros; los templos fueron saqueados y la catedral convertida en cuartel, desenterrando los cadáveres de los obispos que ahí reposaban; los talleres del periódico El Regional fueron destruidos, lo mismo ocurrió con los hospitales y las bibliotecas del seminario y del colegio San José. En enero de 1915 fusilaron al padre David Galván por el delito de confesar moribundos.[9]
El gobierno carrancista de Jalisco promulgó un decreto conocido como «decreto 1913» que radicalizaba, aún más, su política contra las libertades civiles y religiosas. Valientes artículos de Anacleto contra ese decreto aparecían los periódicos católicos «Restauración» y «El Chispazo».
Una lluvia de telegramas y escritos de protesta llegaban todos los días al Congreso local, y frecuentes y nutridas manifestaciones se realizaban por calles y plazas. La represión del gobierno era también habitual y constante, llenando las cárceles con los católicos; entre rezos y canciones las cárceles se convirtieron en oratorios festivos.
En una de esas manifestaciones, una multitud se presentó ante el general carrancista Manuel M. Diéguez, gobernador militar de Jalisco, para demostrarle que el pueblo pedía la derogación del ya citado decreto. El militar, con actitud amenazadora y risa burlona dijo: “Ustedes no son el pueblo y están engañados por los curas”.
Se escuchó un ¡No!! atronador de la multitud, mientras un orador surgía en hombros de sus compañeros; era Anacleto que con voz potente contestaba las amenazas del gobernador, el cual montó en cólera y ordenó a las fuerzas policiacas que arremetieran contra la multitud indefensa. “Señoritas, niños, ancianos, jóvenes, cuantas personas tuvieron la desgracia de hallarse al alcance de aquellos cosacos, recibieron macanazos, caballazos y machetazos”.[10]
Con otros manifestantes, Anacleto fue hecho prisionero y llevados ante el presidente municipal quien les advirtió de parte del gobernador que, de mantener esa actitud, el gobierno tomaría medidas más enérgicas, y dirigiéndose en particular a Anacleto le dijo: “Usted acabará fusilado”.
En julio de 1916 se estableció en la ciudad de Guadalajara el comité local de la «Asociación Católica de la Juventud Mexicana» El entonces joven estudiante de leyes Anacleto Gonzáles Flores fue uno de sus primeros miembros, y poco después vicepresidente del Comité estatal.
Anacleto propuso una «resistencia pacífica» basada en un «luto» que no se quedara en moños en la ropa o en las puertas, sino manifestada en una abstención de todo lo que fuera superfluo. En su libro «El Plebiscito de los Mártires», Anacleto detalla su estrategia: “ese luto debe tener como base esencialmente fundamental, la abstención, no de tomar alimentos, no de apagar la sed, no de renunciar al sueño; se trata de abstenerse, en la mayor medida posible, de hacer compras ordinarias, y limitarse rigurosamente a lo indispensable para la vida en sus aspectos ordinarios.”
No era una «huelga de hambre» que dañara a quien protestaba, sino una abstención de aquello que no fuera necesario pero que afectara económicamente al gobierno al reducir la captación de impuestos; igualmente «boicotear» los negocios de los agresores agnósticos, anticlericales y masones, cómplices de los revolucionarios. Fiestas y paseos, coches y tranvías, cines y teatros fueron evitados por la población. La estrategia fue exitosa y en enero de 1919 el Congreso local derogó el decreto 1913.
LA DOCTRINA DE LA GUERRA JUSTA Y LA CRISTIADA
Una vez conocida la entrada en vigor de la Ley Calles, el Episcopado Mexicano publicó una Carta Pastoral Colectiva por la que suspendía el culto «público» en todas las iglesias de México; por su parte, la «Liga», que había recolectado en un «memorándum» dos millones de firmas para solicitar al Congreso que no aprobara esa ley y que los diputados -todos designados por «los sonorenses»- se negaron siquiera a recibir, tomando en cuenta de la experiencia de la estrategia implementada en Jalisco en 1916 y que tan buen resultado había dado, lanzó un «boicot» económico, ahora a nivel nacional. El boicot fue secundado por la gran mayoría de la población; sin embargo, para 1926 el jacobinismo de «los sonorenses» había escalado en intransigencia y fanatismo, y este medio pacífico tampoco logró que el gobierno diera marcha atrás a la persecución. De hecho, el gobierno la incrementó con rabia.
Dos días antes de la entrada en vigor de la inicua ley, el 29 de julio de 1926 en la ciudad de Puebla fue arteramente asesinado por el Gral. Anaya, comandante militar de la plaza, José García Farfán, un anciano y humilde comerciante porque se negó a retirar de la vitrina de su miscelánea un cartel que decía ¡Viva Cristo Rey!
El 3 de agosto, en la ciudad de Guadalajara un batallón de 50 soldados llegó al Santuario de Guadalupe y abrió fuego contra los fieles que se encontraban en la entrada, los que se defendieron con piedras y palos. Con detalle Jean Meyer describe el suceso en el primer volumen de su tesis doctoral. El 14 de agosto, en la pequeña población de Chalchihuites, Zacatecas, el cura Luis Batis y tres jóvenes de su feligresía fueron masacrados por un batallón a las órdenes del teniente Blas Maldonado.
Al día siguiente, un ranchero de la región de Chalchihuites llamado Pedro Quintanar decidió tomar las armas. En el sur de Pénjamo, Guanajuato, el 29 de septiembre, los hermanos Ignacio y Luis Navarro Origel también se levantaron en armas. En pocas semanas, otros levantamientos espontáneos, sin plan ni organización, surgieron por todas partes.
Los dirigentes de la Liga habían contemplado la posibilidad del recurso de las armas, pero no habían dado paso alguno en ese sentido. Con razón Jean Meyer escribe: “La guerra fue una sorpresa para la Liga”. Y a renglón seguido afirma: “la guerra fue una sorpresa para el Estado, que consideraba la religión como cosa de mujeres (…) la guerra fue también una sorpresa para la Iglesia."
Si, la guerra de los cristeros fue una sorpresa para todos, pero los levantamientos espontáneos que en pocas semanas fueron surgiendo por todas partes, demuestran que fueron más resultado del sentido común sobre la legítima defensa que de la reflexión.
También, casi de inmediato vino la petición de consejo de varios jefes cristeros a sus pastores, acerca de la licitud o no de su decisión por el recurso de las armas. Los obispos mexicanos difirieron -y mucho- en la valoración de las circunstancias, pero no en la Doctrina.
El Episcopado publicó un documento precisando: “Casos hay en que los teólogos católicos autorizan no la rebelión, sino la defensa armada contra la injusta agresión de un poder tiránico, después de agotados los medios pacíficos. El Episcopado no ha dado ningún documento en que declare que haya llegado en México, ese caso.” La respuesta del gobierno fue expulsar a todos los obispos. Al ser expulsado del país el arzobispo de México José Mora y del Río, le dijo al secretario de Gobernación Adalberto Tejeda: “Señor, el Episcopado no ha promovido ninguna revolución, pero ha declarado que los seglares católicos tienen el derecho innegable de defender por la fuerza los derechos inalienables que no pueden proteger por medio pacíficos. -Esto es rebelión- dijo Tejeda -esto no es rebelión; esta es legítima defensa contra la tiranía injustificable.”
POSICIÓN DE ANACLETO AL INICIO DE LA GUERRA CRISTERA
La ambigüedad nunca fue propia de Anacleto; por el contrario, siempre fue firme y claro en sus principios y en su conducta. Cuando Anacleto se incorporó a la Liga, no tuvo conflicto alguno con el Comité Central el cual, siguiendo la Doctrina moral cristiana, inició su actuar mediante la estrategia de la resistencia pacífica. Después del fracaso tenido con el Memorándum y el fracaso del boicot, el panorama dio un vuelco con el levantamiento desordenado de grupos de católicos armados.
El Comité directivo de la Liga tomó entonces la decisión de seguir el recurso armado y dotar al levantamiento de dirección y planeación. Para ello contrató los servicios de un antiguo militar: el general Enrique Gorostieta, quien estructuró la Guardia Nacional Cristera.
Gómez Robledo, amigo personal de Anacleto, relata que este dijo entonces: “«Yo no estoy a favor de la lucha armada, pero la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa me impone que yo, por disciplina, no hable en contra de ella». Efectivamente, nunca hizo propaganda, solamente por disciplina dejó de hablar en contra de la lucha armada. Ya no pudo oponerse al movimiento armado, que bajaba como alud por todas partes. La Liga urgía, y los pronunciamientos espontáneos menudeaban.”
EPÍLOGO
Anacleto nunca tomó un arma, ni participó en algún enfrentamiento armado. Fue capturado el 1° de abril de 1927 en la casa de sus amigos Jorge y Ramón Vargas González en la ciudad de Guadalajara. Trasladados al Cuartel Colorado, fueron salvajemente torturados y asesinados ese mismo día.
Antes de matar a Anacleto, el general Ferreira, comandante de la Plaza, le dijo: “¿No se le ofrece nada? Anacleto dijo sus últimas palabras: No, no se me ofrece nada. Y a Usted, ¿no se le ofrece nada para donde yo voy? No se olvide que aquí fui abogado y allá puedo ser abogado para Usted. ¡Viva Cristo Rey!” Le cortaron la lengua, le desollaron los pies y le hicieron caminar en arena y lo fusilaron cerca de las tres de la tarde. Durante la tortura y martirio estuvieron presentes, además del general Ferreira, el gobernador José Guadalupe Zuno y el jefe de la Policía Atanasio Jarero.
Anacleto González Flores, Jorge y Ramón Vargas González, y Luis Padilla fueron beatificados el 20 de noviembre de 2005, junto con otros seis mártires laicos: Miguel Gómez Loza; los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez; Luis Magaña Servín; Leonardo Pérez Larios y el niño José Sánchez del Río; este último canonizado en octubre de 2016.
Las leyes persecutorias, aunque parcialmente suspendidas en su aplicación, estuvieron vigentes hasta 1993.
NOTAS
- ↑ Editado por Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, México, 2002.
- ↑ CIC. 2320
- ↑ CIC. 2265
- ↑ Aquino, Tomás de. Suma Teológica. II-II Qu. 40, a 1 ad 3
- ↑ CIC. 2309
- ↑ León XIV, Magnifica Humanitas, N° 190-191
- ↑ Is. 32,17. Cfr. CIC 2304
- ↑ Aprobada el 2 de julio de 1926
- ↑ El Padre David Galván fue canonizado en mayo del año 2000 por el Papa Juan Pablo II.
- ↑ Gómez Robledo Antonio. Anacleto González Flores El Maestro. JUS, México 1947., p. 123
BIBLIOGRAFÍA
CHOWELL, Martín. Luis Navarro Origel –el primer cristero-. JUS, México, 1959. Gómez Robledo Antonio. Anacleto González Flores El Maestro. JUS, México 1947.
MEYER Jean. Anacleto González Flores, el hombre que quiso ser el Gandhi mexicano. Fundación Emmanuel Mounier, Madrid, México, 2002. MEYER Jean . La Cristiada. Vol. I, Siglo XXI, 5 ed. México, 1990 GONZÁLEZ FLORES Anacleto. El Plebiscito de los Mártires, Edición clandestina. México, 1930
JUAN LOUVIER CALDERÓN