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De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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INTRODUCCIÓN Los orígenes de la orden del Carmelo Hacia finales del siglo XII, un grupo de laicos, peregrinos y cruzados se retiraron a la montaña del Carmelo, donde adoptaron el estilo de vida eremítico, como oposición y reforma al movimiento monástico. Se dedicaron a la oración y la meditación de la Palabra de Dios pero de manera independiente; buscaban la perfección a través de la soledad. En un segundo momento pidieron a Alberto Avogadro, patriarca de Jerusalén, que les diese una Regla por la que regirse. La falta de seguridad en Tierra Santa provocó que, a partir de 1220, los carmelitas emigraran hacia Europa estableciéndose en Chipre, Sicilia, Francia, e Inglaterra. Más tarde, Inocencio IV estableció una modificación de la Regla Primitiva de San Alberto que suavizó las exigencias de vida eremítica y de ayuno, debido a las nuevas necesidades de la orden en Europa. Fue entonces cuando comenzó la adaptación de la orden del Carmen al esquema de vida mendicante, al permitirse a los carmelitas fundar sus conventos en las ciudades y dedicarse a predicar y confesar. Historia del Carmelo Descalzo En 1562 inició la reforma carmelitana con santa Teresa, a la que pronto se incorporó san Juan de la Cruz. El resultado fue la orden de carmelitas descalzos, que fue aprobada por el Papa Clemente VIII en 1593. Santa Teresa buscó devolver a la orden del Carmen a sus orígenes de austeridad, pobreza, clausura y oración profunda. El Carmelo Descalzo es la única orden que ha tenido por fundadora a una mujer y que, a diferencia de otras órdenes con rama masculina y femenina, ha sido la femenina la que ha precedido a la masculina. En las constituciones del Carmelo Descalzo se definen como “una orden antigua, que hermana la fidelidad a la tradición espiritual del Carmelo con un afán de renovación permanente”. En su fundadora, santa Teresa, “hay un crecimiento que va desde su deseo de reformarse a ella, o de reformar su orden […] a una preocupación eclesial, el de la unidad de la Iglesia, la vieja cristiandad, y finalmente, la preocupación apostólica al descubrir la misión, los nuevos espacios que se abren para la Iglesia en América, el nuevo mundo”. Santa Teresa y la labor misionera Santa Teresa, una monja de clausura inmersa en la contemplación y la oración, desarrolló y fomentó un anhelo misionero que la llevó más allá de los límites de los muros de su monasterio. A finales del siglo XVI, en toda España se sabía que, una vez que santa Teresa obtenía permiso para fundar nuevos conventos para sus monjas, dedicaba gran parte de su tiempo fuera del claustro a ocuparse de los asuntos relacionados con ellos. Sin embargo, escribía sobre la vida espiritual y contemplativa como si nunca hubiera salido del monasterio. La vida de Santa Teresa fue una paradoja. Es probable que Santa Teresa recibiera cartas de los jesuitas españoles que estaban explorando Alemania y Hungría. Esas referencias habrían influido en el convento de Ávila, despertando en ella sus primeros intereses por la labor misionera. Ese temprano anhelo por la salvación de las almas habría suscitado en su interior las palabras escritas en su libro «Camino de perfección»: “[...] Deseo morir al servicio del Señor. Mi único anhelo era, y sigue siendo, que, dado que Él tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, esos pocos amigos sean buenos. Por eso decidí hacer lo poco que estaba en mi mano [...]”. Ella habla de la Iglesia como si fuera un campo de batalla, y su vida adquiere un carácter militante, que transmite a sus monjas y frailes: “Estaba rezando, y mi espíritu se trasladó a lo que parecía ser un campo más amplio en el que muchos luchaban, y los que pertenecían a esta Orden combatían con gran fervor”. Extendió este pensamiento a sus monjas cuando les dijo que ser carmelita es entrar en batalla: “Si logramos obtener de Dios alguna respuesta a estas peticiones [de oración], estaremos luchando por Él, aunque vivamos enclaustradas”. La Iglesia es un castillo en cuyo centro se sienta el rey (Dios) en su trono, y dentro del castillo hay castillitos en los que se encuentran soldados selectos dispuestos a dar la vida y que no están dispuestos a rendirse ante el enemigo: “Hermanas mías, lo que debemos pedirle a Dios es que en este pequeño castillo, donde ya hay buenos cristianos, ninguna de nosotras se pase al bando enemigo [...]”. Santa Teresa procede de una ciudad y de una visión del mundo de carácter militante. Su ciudad, Ávila, es una auténtica fortaleza. Sin embargo, a pesar de estar rodeada de una fachada marcial, adopta una postura bíblica en su visión del soldado cristiano, siguiendo los pasos de San Pablo. En los últimos capítulos de su autobiografía, Santa Teresa se centra en el quinto, que trata de conservar la fe hasta el final de la vida: “Como los fuertes, lucha hasta la muerte en esta misión, pues no estás aquí por otra razón que no sea luchar”. Tomás Álvarez, OCD, deja claro que “su ideal militante no se basa en la violencia, aunque tampoco promueve el ‘«triunfalismo’»de la Iglesia”. Más bien, continúa Álvarez, “reúne a mujeres que quizá no sean fuertes y les transmite su visión de que la Iglesia debe ser una Iglesia que necesita personas comprometidas”.

El encuentro de Santa Teresa con Alonso Maldonado El 18 de julio de 1566, tras la muerte de Bartolomé de las Casas, ocurrida en Madrid hacía poco, el sacerdote franciscano fray Alonso Maldonado llegó a España procedente de América, con el propósito de presentar ante el rey y el tribunal eclesiástico su última petición en defensa de la protección y los derechos de los indígenas americanos. En el verano de 1566, de camino hacia la Corte, se detuvo en el monasterio de San José en Ávila para hablar con santa Teresa y sus monjas. Ella comenta sobre él: “Fray Maldonado no solo es un misionero que comparte el ideal indígena del obispo de Chiapas, sino que es un hombre lleno de fervor y un predicador compasivo”. Durante un largo periodo de tiempo viajó a la Corte Real de Madrid, para presentar ante el Consejo de Indias el caso sobre los derechos de los indígenas de América, y para denunciar ante dicho consejo el incumplimiento de los preceptos cristianos defendidos por Las Casas en Chiapas, México. Fue en uno de esos viajes cuando se detuvo para hacer aquella visita. Santa Teresa escribe : “Él [Maldonado] empezó a hablarme de los muchos millones de almas que se estaban perdiendo allí por falta de instrucción cristiana, y antes de marcharse nos dio un sermón, o charla, animándonos a hacer penitencia”. Más tarde, Maldonado partió hacia Roma para exponer el caso ante el papa Pío V, y a su regreso a España fue detenido y puesto a disposición de la Inquisición española. Tomás Álvarez escribe: “Se trata del mismo hombre que ahora se encuentra en el salón del monasterio de San José en Ávila, al que probablemente convocó la propia santa Teresa para hablar detenidamente sobre las tierras de misión, los misioneros y las personas evangelizadas, sin temor alguno a ser censurado por la Inquisición”. Teresa continúa : “Estaba tan afligida por la pérdida de tantas almas que no pude contenerme [...] y clamé al Señor, suplicándole que me diera los medios para poder hacer algo que ganara algunas almas para su servicio”. El general de la orden, Juan Bautista Rubeo, a petición de santa Teresa, autorizó la fundación de dos monasterios de hombres. El primero se estableció a nueve leguas al este de Ávila, en un pueblo llamado Duruelo, en 1568. Fray Antonio de Jesús y San Juan de la Cruz se habían instalado en una vivienda de precaria estructura cuando la propia santa Teresa, durante una visita, observó que los frailes, en su celo, se dedicaban a la labor apostólica en los pueblos de los alrededores: “Solían ir a predicar a muchos de los pueblos vecinos, donde la gente carecía de instrucción en la doctrina cristiana... En poco tiempo, la reputación de los padres era tan grande que sentí un profundo consuelo al enterarme de ello. Para predicar, como digo, recorrían descalzos una legua y media, o dos...” Hoy, el celo misionero de santa Teresa se ha incorporado a la Constitución de los carmelitas descalzos: “Cuando se propuso fundar una nueva familia de frailes, también pretendía que sus almas fueran cultas y experimentadas en los caminos de Dios, y que participaran activamente en un servicio múltiple a la Iglesia mediante su enseñanza y su ejemplo, haciendo hincapié en este último”.

El creciente interés por la labor misionera a través de sus familiares en el extranjero Santa Teresa estaba al corriente de lo que ocurría en América gracias a la correspondencia que mantenía con sus hermanos. Algunos de ellos habían fallecido allí, como Rodrigo y Antonio. Sentía tanto la presencia de sus hermanos en su labor misionera, que el 17 de enero de 1570 le escribe a su hermano Lorenzo, destinado en Ecuador: “esos indios me preocupan bastante”. En esa carta en concreto, muestra su preocupación por los nativos americanos, a quienes considera igualmente redimidos por Cristo. Critica a las personas que no aceptan su dignidad como seres humanos iguales y dice: “Que el Señor les ilumine. Hay tanta miseria por todas partes. Y en mis viajes, tanta gente me habla, que no comprendo cuán grande es la dignidad de nuestra alma”. En esta parte de su carta, se muestra crítica y denuncia los abusos cometidos contra los nativos americanos. Álvarez considera que la visión de santa Teresa sobre las misiones pasó de ser estrictamente teórica, a convertirse en una visión realista y concreta del mundo. Es una etapa de su vida en la que descubre América, con sus vastas tierras y su gente, que espera escuchar el Evangelio. Su mente se abre a ideas que trascienden las tierras de los moros y el Islam.

CARMELITAS EN LA MISIÓN EN EL NUEVO MUNDO La labor misionera de los frailes carmelitas descalzos es reconocida oficialmente La bula papal «Ominimodo» (Expno nobis) de Adriano VI, de 9 de mayo de 1522, que fue remitida a Carlos V, autorizaba a “todos los frailes de las órdenes mendicantes” designados por su superior “que desearan ir a las Indias a hacerlo libre y lícitamente, con la condición de que su modo de vida y sus enseñanzas fueran suficientemente aceptables para vuestro rey (Carlos V) y su Consejo Real”. Los carmelitas, una de las cuatro órdenes mendicantes de España, llegaron demasiado tarde a la hora de obtener una patente real en 1535 para las Américas. El general de la orden, Rubeo, se desplazó a Madrid para solicitar al rey Carlos V y al Consejo de Indias autorización para enviar a carmelitas españoles a las Américas, en 1567; sin embargo, el esfuerzo fue en vano. Tres años después de la muerte de Teresa de Jesús, fray Jerónimo Gracián, primer provincial de los carmelitas descalzos, envió en 1585 a unos frailes a México con la aprobación de su Consejo, del que formaba parte san Juan de la Cruz. Se eligió a doce frailes, quienes partieron de Sevilla con numerosos pasajeros, entre ellos un virrey y su séquito, en un viaje con destino a Veracruz (San Juan de Ulúa), a donde arribaron el 27 de septiembre de 1585. Fray Agustín de la Madre de Dios, un historiador carmelita descalzo que vivió en México a principios del siglo XVII, expresó esta opinión: “Felipe II, movido por el celo por las almas y por su obligación de enviar misioneros a las Indias, vio en los carmelitas descalzos las cualidades necesarias para esta labor [la evangelización]». Hizo saber a fray Juan de la Cruz y a fray Jerónimo Gracián, el provincial, y a otros prelados de la Iglesia que sería de gran servicio y alegría para Nuestro Señor que ellos supervisaran la fundación en Nueva España”. Antonio Vázquez de Espinoza, un reconocido historiador carmelita, al visitar México en 1613, describió el favor que Felipe II mostró a los frailes de Santa Teresa. Vázquez de Espinoza, citando una carta del rey, escribió: “De ahora en adelante, no permitáis el paso a ningún religioso de esta orden [carmelitas calzados], aunque cuente con mi permiso; sin perjuicio de esta disposición, sí podréis permitir el paso a los descalzos de dicha orden”. ¿Por qué Felipe II permitió a los descalzos y no a los calzados? Los estudiosos modernos llevan tiempo debatiendo este punto, lo que ha dado lugar a tres teorías formuladas por Pedro Ortega García O.C.D.: 1. La petición de Gracián llegó en un momento oportuno, cuando el Gobierno buscaba misioneros para enviarlos a México; 2. El estilo de vida y el espíritu teresianos se habían extendido por toda España, ganando gran popularidad incluso en la Corte Real; 3. Felipe II había eximido personalmente a los descalzos de su mandato, ya que los conocía bien desde que los envió en misión al Congo en 1582. El legado misionero carmelita en México Recién llegados, los carmelitas fundaron una misión y un centro de enseñanza en Atzacualco, en las cercanías de la Ciudad de México, que más tarde pasó a conocerse como San Sebastián. Vázquez de Espinoza comentó lo siguiente sobre el establecimiento carmelita: “Los frailes de Nuestra Señora del Monte Carmelo tenían dos monasterios en la Ciudad de México. El de San Sebastián, que contaba con más de 80 frailes, observaba fielmente su Regla en el lugar donde vivían. Hay muchos frailes santos conocidos por su gran ejemplo y virtud, y son muy apreciados y respetados en toda la ciudad”. Esto les llevó a dar un paso adelante y expandirse más allá de los límites de la Ciudad de México. Tras obtener el permiso de Felipe II, los carmelitas solicitaron al virrey la autorización para emprender la misión, que recibieron en la siguiente carta: “Aquí, en la ciudad de México, el 24 de noviembre de 1601, Don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, tras haber examinado las licencias presentadas —que se conservan en los archivos del gobierno y que fueron otorgadas por Su Majestad a favor de los frailes carmelitas descalzos con el fin de que entraran a predicar el Santo Evangelio en Nuevo México y en otras tierras... Concedí la licencia a estos carmelitas en su nombre para que puedan enviar a California tantos frailes como consideren necesario. Y recomiendo que, mientras tanto, se encarguen de proporcionar algunos [franciscanos] para que embarquen en los barcos y sean enviados a explorar los puertos de los mares del Sur y las costas de California. Así lo ordeno y firmo”. Como señala Jessica Ramírez Méndez, en efecto, la intención de los carmelitas era fundar cinco conventos para poder constituirse como provincia, a la que llamaron San Alberto de Indias. Fue así que entre 1585 y 1593, fundaron conventos en la ciudad de México, Puebla, Atlixco, Valladolid y Guadalajara. “A partir de este logro se concentraron en desarrollar su actividad misionera (1594-1605), de tal forma que, además de Valladolid y Guadalajara, fundaron el convento de Celaya perfilándose hacia la frontera chichimeca. Asimismo, esos años fueron en los que se embarcaron a las Californias e intentaron ir de misión a Nuevo México y Filipinas”. Sin embargo, abandonaron su misión inicial en las fronteras debido a diversas razones. Una de ellas fue la tensión interna entre el activismo misional y su vocación eremítica: hay que recordar que los carmelitas descalzos habían sido recientemente reformados por santa Teresa de Ávila, y los superiores estaban lidiando con el tipo de espiritualidad genuina de su espíritu y del espíritu de la regla carmelita ¿Debían ser estrictamente contemplativos como las monjas carmelitas descalzas? ¿Debían ser activos, o ambos? Aunque mientras estas disputas continuaban en el gobierno central de la Orden, hubo muchos frailes carmelitas que ya interpretaban el carisma de sus reformadores a la luz de la regla, como fray Antonio de la Ascensión, quien fue el primer misionero del que se tiene constancia oficial que se acercó y evangelizó a los nativos americanos de la costa oeste de los Estados Unidos. Fue el escritor más prolífico de la expedición: elaboró mapas, cartas y diarios en los que plasmaba su entusiasmo y su esperanza de que se llevara a cabo una rápida evangelización de California, y de que se confiara a la Orden de los Carmelitas Descalzos su cuidado espiritual. Por otro lado, las dificultades logísticas y la falta de apoyo para sostenerse en zonas remotas, tampoco abonaron a la misión. Así, aunque llegaron con el mandato de evangelizar en regiones como Nuevo México y California, para 1614 ya habían regresado al centro del virreinato para enfocarse hacia una evangelización en las ciudades. No obstante que la labor de los carmelitas descalzos en la Nueva España estaba centrada en el orden religioso –introdujeron una espiritualidad centrada en la contemplación, el silencio y la oración interior, influyendo en la vida devocional tanto de criollos como de indígenas–, su legado se manifestó también en los ámbitos cultural, educativo y artístico. Establecieron importantes conventos y colegios en ciudades clave de la Nueva España, muchos de los cuales hoy son patrimonio histórico, y que en su momento no solo eran centros religiosos, sino también culturales y educativos. Aunque no eran una orden enfocada principalmente en la enseñanza como los jesuitas, los carmelitas descalzos contribuyeron al desarrollo intelectual mediante la producción de textos místicos y teológicos, tuvieron influencia en la literatura espiritual novohispana, y en la formación de élites religiosas. También propiciaron el desarrollo del arte sacro, dentro del cual destacó –evidentemente–su impulso a la devoción de Nuestra Señora del Carmen en el Nuevo Mundo. Si bien su labor misionera no fue la que en un inicio imaginó santa Teresa –la de una evangelización masiva entre los naturales de las tierras recién descubiertas– su relevante tarea fue la de consolidar la espiritualidad cristiana mediante un apostolado urbano. En conjunto, los carmelitas descalzos dejaron un legado duradero en la espiritualidad, el arte y la cultura de la Nueva España, destacando por su enfoque contemplativo y su influencia en la religiosidad profunda del virreinato.


NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

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Ramírez Méndez, Jessica. “Los carmelitas descalzos en la Nueva España. Del activismo misional al apostolado urbano, 1585-1614”. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2015.

Vázquez de Espinoza, Antonio. “Compendio y descripción de las Indias Occidentales”. Charles Upson, ed. Washington D.C.: Smithsonian, 1948.


JOSÉ LUIS FERRONI PALACIOS / SIGRID MARÍA LOUVIER NAVA