DEVOCIÓN AL ROSARIO EN LA NUEVA ESPAÑA; cofradías y advocaciones
FUNDACIÓN DE LA COFRADÍA DEL ROSARIO
Una de las advocaciones marianas más importantes es, sin duda, la del Rosario. Las crónicas de la Orden de Predicadores de la Provincia de Santiago ofrecen abundante información sobre la implantación de la devoción al rosario en México. De ellas se infiere que el fervor popular rosariero no surgió en la década posterior al arribo de los primeros dominicos, como habría de suponerse, sino que, durante esos años, parece ser que el rezo solo fue cultivado entre los frailes sin trascender del convento, practicado individualmente y lejos del conocimiento público.
Fue hasta el año de 1538, inmerso en un suceso que a mis ojos de antoja mágico, cuando el fraile Tomás de San Juan –quien había llegado a la Nueva España en misión apostólica tres años antes– enfermo de gravedad, tuvo una visión en la cual veía al demonio acercarse a su lecho. En ese momento “… el devoto […] se acogió a la imagen de la Virgen santísima […] A este punto extendió sus virginales manos la reina del cielo, y cogiendo de la mano a su siervo, le dijo: ‘No temas hijo fray Tomás, que contigo estoy: levántate y predica mi rosario, que yo te favoreceré’”. Instantáneamente –se infiere de la lectura– el dominico recobró la salud apresurándose a cumplir la orden. La misma historia, recogida por Dávila Padilla, fue narrada y aumentada por Alonso Franco y Juan de la Cruz y Moya respectivamente. Lo cierto es que el relato es semejante a la leyenda proclamada por Alano de la Rupe, según la cual la Virgen se apareció a Santo Domingo para recordarle la devoción del rosario y encargarle su predicación y difusión.
En un ambiente de “visiones” y “milagros” muy característicos de una época que llegaba a su fin –la medieval– y de la otra que se iniciaba – en el Nuevo Mundo– surgía con el propósito de imponer el culto y el fervor a los símbolos cristianos, un mito similar al achacado a de la Rupe: la Virgen que había dispensado sus favores a los padres dominicos a través del fundador de la Orden, los renovaba en México por intercesión de fray Tomás de San Juan… Sesenta años después de aprobados el culto y las cofradías del Rosario en Europa, se fundó en el convento de Santo Domingo en la Ciudad de México, el 16 de marzo de 1538, la cofradía del Rosario, según acta constitutiva referida por el cronista Cruz y Moya. En ella se indicaba el deseo de “renovar” la devoción del rosario, se considera que esta nació con Domingo de Guzmán, se concede “por particular privilegio y gracia” a la Orden de Predicadores, y “para satisfacer a la piedad y devoción de los fieles, al ejempl[o] del convento de México se fund[ó] la cofradía del Rosario […] el Vicario General de la Orden. Y por cuanto en virtud de sus letras se fundaron dichas cofradías en todas las antiguas casas de la Provincia [de Santiago] para que conste estar todas ellas fundadas canónicamente”.
Se designó capellán de la cofradía al padre Tomás de San Juan quien –según las crónicas– había recibido el mensaje divino para realizar la instauración e implantar el rezo mariano, y que en ese momento fungía como prior interino del convento dominico de la capital de la Nueva España, en vista de la ausencia temporal de fray Pedro Delgado.
Desde esa fecha, los Hermanos Predicadores capitalizaron la cofradía y la devoción del Rosario en México, ya que más por la tradición y fe religiosa que por veracidad histórica, los dominicos consideraron que su Orden estaba estrechamente unida a la Virgen y en consecuencia al rosario regalado por ella al santo fundador, según enuncia Cruz y Moya en la referida acta constitutiva de la cofradía mexicana. Al respecto Alonso Franco advierte que “tienen los romanos pontífices mandado que ninguna persona de cualquier estado, orden, grado, potestad, autoridad y calidad que sea, no puede instituir, fundar ni administrar la dicha cofradía, si no es la Orden de Predicadores, o a quien ella permitiere y diere licencia y comisión para ello, y la que estuviere fundada en cualesquiera iglesias de ciudad o pueblo donde no haya convento de nuestra Orden, si entrare o fundare convento nuestra religión en semejantes ciudades o pueblos, luego la cofradía y sus bienes se pasen y pongan en nuestra iglesia, por ser esta cofradía ilustrísima tan una y conjunta con estrechísimo vínculo de hermandad, que no admite la menor división de nuestra Orden”.
Parece ser que desde el establecimiento de la cofradía en la Nueva España surgió la devoción al rosario sobre todo en los vecinos españoles de la ciudad de México. Dicen los cronistas, que los primeros en inscribirse en el libro de la cofradía fueron el virrey Antonio de Mendoza, el obispo fray Juan de Zumárraga, el aguacil mayor Gonzalo Cerezo y su mujer María de Espinoza, y a eco de ellos, los altos dignatarios públicos y demás habitantes enfermos y sanos de la capital del virreinato. La introducción de esta «moda religiosa» se debía a las prédicas exaltadas de fray Tomás de San Juan en torno a los beneficios que producía el rezo del rosario en sus cofrades; el padre obsequiaba sartales, recogía limosnas y concedía los privilegios, indulgencias y perdones que otorgaba la cofradía mexicana. El dominico propagó de tal forma el culto al rosario, que llegó a ser conocido con el nombre de fray Tomás del Rosario.
El padre del Rosario aprovechó seguramente los distintos prioratos que le fueron asignados por el Capítulo Provincial: después de establecer la cofradía en México, la implantó en Puebla, y posteriormente en Oaxaca, ciudades de españoles; más tarde la erigió en los pueblos de indios, entre los que figuran Izúcar, Tepapayecan y Coyoacán, conventos en los cuales –pese a que eran anteriores a la institución de la cofradía– esta aún no se había fundado. Hay que recordar que en el acta constitutiva de la cofradía –referida por Cruz y Moya– se conservaban dos puntos principales. Uno, que aquella quedaba establecida en “todas las antiguas casas de la Provincia de Santiago”, lo cual indica tal vez que la cofradía se erigía no solo en la ciudad de México, sino también en los templos dominicos existentes hasta ese año de 1538: Oaxtepec, Chimalhuacán-Chalco, Izúcar, Oaxaca, Etla, Puebla y Tepetlaóztoc. Otro, que los priores y vicarios instaurarían la cofradía del Rosario “en todas las casas de la Provincia” donde se establecieren con posterioridad al año de 1538. Esta idea parece ser ratificada por Alonso Franco quien dice: “entrar la Orden de santo Domingo en cualquiera parte del mundo es entrar la dicha cofradía […] donde ha entrado la Orden de Predicadores […] donde levantó monasterio, erigió altar y fundó la cofradía del santo Rosario”.
Se puede suponer que el año de fundación de cada convento dominico coincide con la implantación de la cofradía del Rosario y que, salvo ocasiones excepcionales, la creación del edificio no concuerda con la de la cofradía, como es el caso de las establecidas por fray Tomás de San Juan en diferentes lugares de la Provincia de Santiago. Un ejemplo más sería el de la Purificación de Tacubaya donde antes del año de 1577, fray Juan de Alcázar “siendo vicario de Atlacubaya fundó en aquella casa la cofradía del Rosario”; institución creada posiblemente en el momento que el templo se consideró vicaría, pues, al parecer, cuando era visita de Coyoacán no había ni siquiera sagrario. Desde luego que la devoción del rosario tuvo un proceso paralelo al de la gradual difusión de la cofradía. De la incursión geográfica de esta, después de ser acogida por los moradores de ciudades como México, Puebla y Oaxaca fue adoptada paulatinamente por los indios conforme avanzaba la conquista espiritual y se multiplicaban los establecimientos dominicos de la Provincia de Santiago.
ADVOCACIONES, FIESTAS Y PROCESIONES
En los primeros tiempos de la cofradía del Rosario, la patrona de esta no tuvo fiesta o advocación especial. El homenaje que recibía se limitaba a los días de la Anunciación, Asunción y Navidad, según había establecido la bula «Pastoria aeterni» en el año 1478. Más tarde se agregó, seguramente, la celebración de la Purificación, pues los cronistas de la Provincia de Santiago la aluden en forma significativa, mientras parecen olvidar la de la Anunciación. Estas cuatro festividades las practicó la Iglesia de Occidente de maneta homogénea a partir del siglo XI y, en mi opinión, eran casi las únicas convenidas para venerar a la Virgen en sus diferentes advocaciones hasta ya entrado el siglo XVI.
En México, las solemnidades más importantes de la cofradía –al menos hasta el año 1571– fueron la Purificación, celebrada el 2 de febrero; la Asunción, el 15 de agosto; la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre, y la Navidad, el 25 de diciembre. A estas proseguían las fiestas de la Ascensión, el Corpus Christi, los jueves y viernes santos, los domingos primeros de cada mes –especialmente el de mayo–, y la procesión sabatina de difuntos. Las celebraciones de la Asunción y la Purificación fueron muy solemnes. A esta última asistían, sin excepción, los integrantes del Santo Tribunal de la Inquisición. Asimismo, el día de Navidad era festejado con gran pompa: una familia de apellido Guerrero corría con los gastos de “adorno y fuegos”, al tiempo que otra, de nombre Salamanca, otorgaba la limosna suficiente para dotar a cinco huérfanas el día de la circuncisión del Señor. Sobre las fiestas de la Ascensión y Corpus Christi, los cronistas dominicos de la Nueva España no ofrecen referencias; sin embargo, es un hecho que a partir del Concilio de Trento la celebración del Corpus Christi adquirió mayor significado. En Puebla, entre los años de 1583 y 1599, todos los gremios de la ciudad organizaron una gran procesión seguida de auto sacramental. De igual forma, en Etla, Oaxaca, fray Alonso de la Anunciación celebraba el misterio del Corpus con una representación dramática.
En cuanto a los jueves y viernes santos, Alonso Franco, quien escribía entre los años 1637 y 1645, indica que, en la ciudad de México, la cofradía del Rosario, de indios mixtecos, hacía procesión de disciplina y “…el Viernes Santo [iban] delante del Santo Entierro”.
Las conmemoraciones de la Ascensión, Corpus Christi, jueves y viernes santos, desde luego que no eran las propias de la Virgen; no obstante, la cofradía del Rosario las celebraba, quizá, debido a la íntima relación de María con el misterio de Cristo. Aunque también cabe la posibilidad de que la cofradía festejara los días que la liturgia tenía consagrados a los misterios evangélicos, quince de los cuales formaban parte del rosario y que corresponderían, sin duda, a las fiestas arriba señaladas, con la excepción del Corpus Christi: a los misterios gozosos pertenecerían la Anunciación, la Navidad y la Purificación; a los dolorosos, los jueves y viernes santos; y, a los gloriosos, la Ascensión del Señor y la Asunción de la Virgen.
Los domingos primeros de cada mes se celebraba una misa en honor de la Virgen; estos días, eran denominados comúnmente “domingos del rosario”. El de mayo revestía particular importancia y significado: los fieles asistían al templo a bendecir rosas en homenaje a la Virgen “…por los admirables efectos que experimentan en sus enfermedades” aludiendo seguramente a la equivalencia ¡tan antigua! Entre esa flor y el avemaría, oración principal del Rosario. Asimismo, todos los sábados del año y fiestas de la Madre de Cristo –según dispuso el padre Tomás del Rosario– los predicadores del convento de la ciudad de México referían los “milagros” marianos a los cofrades. De igual forma, los dominicos que, desde la época del fundador de la Orden, tenían establecido en sus constituciones el canto diario de la «Salve Regina» lo prosiguieron en el Nuevo Mundo, adicionando, desde la fundación de la cofradía, una procesión con plegarias en favor de los cofrades difuntos “… y llevando todos los frailes y [devotos del rosario] encendidas candelas de cera blanca en sus manos […] llevando cada candela […] la insignia del santo rosario pintado de cera verde sobre la blanca”.
La procesión de difuntos, como se conocía, se celebraba los sábados por la mañana después de la misa dedicada a la Virgen y en compañía de los cofrades del rosario. Constituía una forma de lograr la absolución de los pecados de los cofrades desaparecidos, aunque estos no hubieren recibido la extremaunción. El orante del rosario creía que –por mediación de María– ganaba el cielo y sus faltas quedaban inadvertidas. Al respecto, no hay que olvidar que Alano de la Rupe recomendaba la poderosa eficiencia del rezo mariano para conseguir que las almas abandonaran el purgatorio, así como la existencia de numerosas indulgencias para eximir de culpas a los cofrades adscritos a la confraternidad mariana.
Tampoco se debe omitir que el Concilio de Trento, en su sesión XXV, decretó la existencia del purgatorio y ordenó, al mismo tiempo, que esa doctrina se enseñara y predicara a los creyentes ya “que las almas detenidas en el [purgatorio] reciben alivio con los sufragios de los fieles”. Una de las fuentes de dichos sufragios, sin lugar a dudas, fue el Rosario. Este rezo, para mayor eficacia, se acompañaba de “encendidas candelas de cera blanca”, en vista de las indulgencias plenarias que San Pío V, en el año de 1571, concediera a los católicos que, a la hora de su muerte, sostuvieran una candela bendita e invocaran fervientemente a la Virgen. Por otra parte, hasta la séptima década del siglo XVI, las fiestas del rosario de María fueron numerosas, pero ninguna dedicada exclusivamente a la patrona de la cofradía. Fue en el año de 1571, en ocasión del triunfo obtenido en la batalla de Lepanto por el rezo del rosario, cuando Pío V instituyó la conmemoración de Nuestra Señora de la Victoria para el día 7 de octubre de cada año. Bajo esta advocación de María, la cofradía del Rosario encomió a su tutelar por un año escaso ya que, en 1573, Gregorio XIII consagró el primer domingo de octubre a Nuestra Señora del Rosario. Desde aquel momento los dominicos de la Nueva España tuvieron esa festividad como la más importante de la cofradía e inclusive de la Orden.
Esta fecha conocida por lo común como el día de la “batalla naval” o simplemente “de la naval” . A la celebración se presentaban todos los navegantes que se hallaban en tierra, pues, no hay que olvidar que, desde el triunfo de la flota cristiana en Lepanto, la Virgen de la cofradía del Rosario se había convertido en la patrona de la Armada Real de España. Era el día de mayor fastuosidad. La cofradía mostraba, tal vez en una procesión, “…sus riquezas, que son muchas, como lo ha sido la devoción de México para con la Virgen del Rosario”. Asimismo, en el atrio de Santo Domingo de México, se hacía una representación teatral de la batalla naval entre cristianos y turcos.
Es interesante añadir que, al menos durante los primeros años de la cofradía, las procesiones no incluyeron el rezo de la Letanía Lauretana. Esta, al parecer, se empezó a cantar en el año de 1579, pues, una década más tarde, fray Agustín Dávila Padilla, quien por ese tiempo escribía su historia, comentaba: “habrá diez años que se comenzó a cantar la Letanía de Nuestra Señora”. En esa época –según refiere el mismo cronista– el papa Gregorio XIII ordenó que la letanía se cantara en la capilla de la Virgen, “después de la salve, todos los sábados y vísperas de las fiestas de María”.
Entre otras festividades, la cofradía del Rosario celebraba espléndidamente el 10 de enero, aniversario de la circuncisión de Jesús, y día dedicado en gran parte a la maternidad de María. Los creyentes acudían al templo de Santo Domingo de la ciudad de México por la indulgencia plenaria prometida a los que así lo hicieren. Asimismo las jóvenes huérfanas en dad de recibir el sacramento del matrimonio, esperaban con ansiedad esa fecha, en virtud de que, año con año, la cofradía les obsequiaba una dote de dos mil cuatrocientos reales. Ese dinero era de las limosnas que la cofradía recogía durante el año para ese fin, ya que –según Cayetano de Cabrera y Quintero– en las constituciones de dicha hermandad se especificaba el “…dotar al menos [a] una niña” con la pequeña fortuna adquirida de la caridad, para que enseñe “…al mundo, que aún en esta vida no es huérfana la que se acoge al amparo de la Madre de Piedad y Virgen Santísima del Rosario”.
Al despuntar el día empezaba la ceremonia con la obligación para los católicos, de asistir, durante la mañana, a alguna de las horas canónicas. Por la tarde la iglesia y el atrio se encontraban abarrotados. Se cantaban vísperas y el sacerdote decía un sermón que era escuchado por el virrey, la Real Audiencia, el Cabildo de la ciudad y las doncellas que habían de recibir la dote; estas se hallaban en la capilla de la cofradía.
Al finalizar el sermón los fieles salían al atrio y en él –dice Alonso Franco– guardaban el orden siguiente: “Dan principio a la procesión los estandartes de las cofradías que hay en nuestra iglesia; luego la cruz del convento, con acólitos y ciriales; síguese el estandarte del Rosario y luego en orden las doncellas que dota la cofradía, muy bien vestidas con mantos de seda azules, el rostro cubierto de velillo de plata, una candela grande encendida en una mano, [y en] la otra [llevan la mano de la madrina]; después el guion de la Virgen Santísima, que siempre sale en público, le lleva religioso sacerdote; síguese en unas andas ricas y curiosas un hermosísimo Niño Jesús, que es la alegría de esta fiesta, llévanle en hombros religiosos; luego, detrás, la Virgen Santísima del Rosario, en unas ricas y majestuosas andas, en hombros de religiosos con dalmáticas, acompañada de todos los religiosos del convento con candelas y cirios en las manos. Lo último va el Preste […] Luego va en orden el regimiento de la ciudad, y da fin la Audiencia Real y el Señor Virrey”.
La procesión, al parecer, recorría toda la ciudad en medio del tañer de campanas, del sonar de trompetas y del estallido de fuegos artificiales. Ese entusiasmo se prolongaba la tarde entera. Al anochecer, el trayecto finalizaba en el sitio donde se había iniciado. Ahí, en el templo de Santo Domingo, se cantaba completas y se daba por concluida la celebración.
Este tipo de manifestaciones públicas contribuyeron a exaltar el ánimo y a aumentar, por supuesto, el fervor de los files. Sin embargo, no en todas las procesiones reinó la algarabía. Hubo algunas llenas de tristeza, pero también de fe. En ellas se trató de contrarrestar los males causados por las pestes y las inundaciones. Por ejemplo, en la ciudad de México, entre los años 1629 y 1635, en ocasión de la gran inundación debida a las fuertes lluvias, a la carencia de un desagüe eficiente, y a las enfermedades, hambre y muerte que de aquella sobrevinieron, se hicieron múltiples rogativas a santos, advocaciones de la Virgen y de Cristo que, al parecer, resultaron inútiles. La inundación y las lluvias en lugar de amainar, crecían y la peste aumentaba.
En esas circunstancias, las monjas dominicas del convento de Santa Catalina de Siena, en el año de 1633, decidieron “echar suertes entre muchos santos” para ver a cuál de ellos debían de elevar sus súplicas y librar así de tantas calamidades a la ciudad. Tocó la “suerte” al rezo del rosario y, por tanto, a la Virgen que, desde ese momento, hozó de mayores plegarias y de “…muchas procesiones”. La peste y la inundación debieron de ceder un poco, ya que, en el año de 1634, la cofradía del Rosario celebró una procesión “…en deprecación o acción de gracias por las retiradas aguas de la última inundación de México, que estando [dos palabras ilegibles] libre, no enjuta, costeó la archicofradía una calzada para la procesión que se dirigió por ella del convento imperial de Santo Domingo a San Francisco”.
Conventos dominicos dedicados a la Virgen
No tenemos noticias sobre templos dedicados a la Virgen del Rosario anteriores al año de 1573. Esto se debe, quizá, a que el rosario –desde la fundación de la cofradía en Colonia y por supuesto en México– fue una devoción mariana, una oración ofrecida a la Virgen. Era el rosario de María, el rosario de la Virgen. No había aún una Virgen del Rosario. A esta se le celebró incluso como “Nuestra Señora de la Victoria” antes de que Gregorio XIII le diera el nombre actual. Los artistas europeos –en la mayoría de las ocasiones– la representaron con el Niño, el rosario, o una corona de rosas, o simplemente una flor; más, en sus títulos, no aparece dicha advocación. En la ciudad de Lima, Perú, se “…empezó la fábrica de nuestro convento del Rosario el año de 1535, comenta Juan de la Cruz y Moya”.
Todavía en los años que siguieron al Concilio de Trento –1563 al de 1565– se decía que era “…característico el fervor al rosario de María”. Al convento de Santa Catalina de Siena, de Oaxaca, en la época de su inauguración (1572-1577), se le conoció también como monasterio del rosario de María. Y, los cronistas de la Provincia de Santiago –que escriben con posterioridad a la reunión de Trento– se refieren con cierta frecuencia –inútil de citar– al “rosario de Nuestra Señora”, a la “Madre de Dios”, “Virgen de los Ángeles”, “Santo Rosario de la Reina Celestial María Santísima Nuestra Señora”, etcétera.
Por otra parte, vale la pena recordar la especial veneración que, desde la época del fundador de la Orden, los dominicos tuvieron hacia la Virgen, de quien se consideraron hijos predilectos. Esta protectora fue también la Virgen de la cofradía, a la cual se homenajeaba con particular devoción –según quedó dicho– los días de la Purificación, la Anunciación, Asunción y Natividad que, aparte de ser casi las únicas fiestas que la liturgia concediera a María hasta ese entonces, eran además misterios del rosario, a excepción de la Natividad de la Virgen.
Desde estos puntos de vista, considero que el periodo 1475-1573 –que va de la institución de la confraternidad a la proclamación del título de Nuestra Señora del Rosario–, podría denominarse de «devoción al rosario de María», en virtud de que dicha oración se dedicaba a Ella en cualquiera de sus advocaciones. Durante ese tiempo, la cofradía celebraba a la Virgen los días que la liturgia le había consagrado desde la época de san Bernardo de Claraval. Esas solemnidades recordaban asimismo episodios de la vida de María y correspondían no solo a misterios del rosario, sino también a los titulares o patronos de algunos conventos de la Provincia de Santiago.
Dicho lo anterior es posible suponer que debido a la inexistencia de la advocación a Nuestra Señora del Rosario durante los años de 1526 al de 1573, los frailes dedicarán varios de sus edificios a los misterios de la Purificación, Asunción y Natividad; mismos que, en realidad, podrían considerarse dedicados a la Virgen del Rosario. A este periodo pertenecerían las fundaciones de la Purificación, en Tepapayecan y Tacubaya; la Asunción, en Amecameca, Yautepec, Chila, Tlaxiaco, Nochixtlán, Xalapa y Totontepec; la Natividad, en Tepoztlán, Coatepec, Tamazulapan, Tecomaxtlanhuaca, Almoloyas, Zaachila y Teotitlán del Valle; estas tres últimas adquirieron la categoría de vicaría entre los años de 1581 y 1587, pero tuvieron quizá esa dedicación desde que pertenecieron a las doctrinas de Yanhuitlán, Ocotlán y Tlacochahuaya, respectivamente.
De la misma manera, pienso que los templos dedicados a Nuestra Señora del Rosario son posteriores al año de 1573 debido a que esta advocación de María surgió de los pontífices postridentinos Pío V y Gregorio XIII. Nos obstante, los edificios con esa dedicación no fueron numerosos porque, por un lado, la actividad fundadora había decrecido y, por el otro, en las postrimerías del siglo XVI o primeras décadas del XVII, surgían las capillas del Rosario. A la etapa mencionada corresponden los conventos de Nuestra Señora de la Guía o de la Gracia, establecido en Veracruz en el año de 1590, y el de Nuestra Señora del Rosario, erigido en Guadalajara en el de 1603. La dedicación del primero se relaciona posiblemente con la Virgen del Rosario, ya que esta es “…vulgarmente conocida bajo el título de la Virgen de la Gracia”. El otro se fundó bajo los auspicios del obispo de Guadalajara, Alonso de la Mota y Escobar, quien dio posesión a los dominicos de unas “…chozuelas desabrigadas” con título y nombre de Nuestra Señora del Rosario. Fue hasta el año de 1610, cuando los dominicos pudieron mudarse a un pequeño convento que había pertenecido a la Orden del Monte Carmelo.
Otra fundación relacionada con el patrocinio de la Virgen del Rosario, es la Santa Cruz de Zacatecas. Esta se erigió en un edificio conocido como el Hospital de la Veracruz, el domingo 3 de octubre de 1604, día de la fiesta principal de Nuestra Señora del Rosario. Sin embargo, no se le dedicó el templo a la Virgen para preservar el antiguo nombre, aunque –según dice Alonso Franco– quedó bajo el patrocinio de Nuestra Señora del Rosario.