DEVOCIÓN AL ROSARIO EN LA NUEVA ESPAÑA; En Indios y Frailes

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Sentido del rosario en la Nueva España

El rosario encierra un significado profundo tanto en su nombre como en su contenido simbólico. Alano de la Rupe rechazaba la denominación de «rosario» por considerarlo profano y recomendaba como más devoto el de «Salterio de la Virgen», por su semejanza con el de David; sin embargo, la cofradía de Colonia, fundada en el año de 1475, acogió la palabra «rosario» para indicar la tercera parte del Salterio de María y, con el paso del tiempo, aquella designación suplantó a esta última.

En la Nueva España, los cronistas de la Provincia de Santiago de la Orden de Predicadores casi no mencionan al salterio de la Virgen, pero sí al Rosario, del cual parecen conocer las leyendas que le asignaron el nombre. Para los dominicos de esa época, con la fundación de la cofradía mexicana se logró “la plantación de las místicas rosas del Santísimo Rosario de la Reina de los Ángeles, cuyas celestiales flores son frutos de honor y honestidad”. Para ellos, el rosario despedía “la suavísima fragancia de las rosas” y “con las rosas de la Madre alegraban las almas causando en ellas esperanza cierta de eterna salud”.

Al respecto surgieron también narraciones en torno al rosario y a las flores: Alonso Franco relata que sor María de San Juan, monja del convento de Santa Catalina de Siena de la ciudad de México, “...deseó mucho fundar un convento [dedicado a] Nuestra Señora del Rosario [...] No tuvo efecto la fundación [...] mas la Divina Majestad manifestó que le agradaba el intento y fue, que entrando una de las compañeras de sor María en el coro, vio que estaba todo él [...] lleno de religiosas del monasterio, y que estaban dentro de unas rosas hermosas algunas, otras en unas azucenas, y otras en unos lirios que cercaban y rodeaban a las monjas [...] Comunicó esta visión a su confesor, y le dijo que la voluntad de Dios era que la devoción del Santo Rosario que deseaban poner en nuevo monasterio quería que hiciese en su convento. Y así desde entonces se acrecentó y trató con más cuidado que de antes esta santa devoción”.

Por otro lado y en cuanto atañe al contenido simbólico de la oración, de la Rupe había dicho que para santo Domingo el rosario fue el arma más eficaz contra la secta de los albigenses; así también, en la «Leyenda del caballero y de la corona de rosas», el rezo del avemaría tenía el significado de arma espiritual, cuya sola invocación implicaba la protección de la Virgen y, mediante Ella, la defensa y el triunfo sobre el enemigo.

De manera análoga, en la Nueva España el rosario “con su música ahuyentó al demonio”; sirvió “para arrancar de las almas las espinas de los vicios y sembrar en ellas las rosas de las virtudes”; era “el arma fuerte y bien templada”, cuyas cuentas –las avemarías– fueron “balas de artillería del cielo para echar por el suelo todas las infernales máquinas”. Con su recitación, los dominicos –soldados alistados bajo la bandera religiosa de su capitán y guía santo Domingo– se resguardaron del mal y lucharon contra él. El rosario fue el proyectil de los frailes contra el demonio, dueño de las almas indígenas. Fue el símbolo de la conquista espiritual dominicana. Pero igualmente, efectuada esta, el rosario significó la victoria conseguida sobre el maligno, ya que con las “inmarcesibles rosas de la Reina de la gracia, [los padres] vencieron reinos, convirtieron a la fe [a] muchos millares de almas, dieron muerte al infernal escarabajo, echaron por tierra sus sacrílegos altares, destruyeron sus templos y demolieron sus estatuas”. Asimismo, el rosario representó la esperanza, puesto que en él los devotos tuvieron “el remedio universal contra todos los vicios y asegurados los triunfos sobre mundo, demonio y carne”. El rosario al cuello de los dominicos

Uno de los más grandes difusores del rosario en la Nueva España del siglo XVI fue el fraile Agustín Dávila Padilla, quien gustaba no solo de predicarlo y de narrar los milagros obrados por la Virgen gracias a su rezo, sino que además fue el introductor de la costumbre de traer el sartal pendiendo del cuello, descubierto y por encima del escapulario, usanza que ya había iniciado particularmente fray Tomás de San Juan y que imitó fray Domingo de la Anunciación, pero que solo él propagó entre sus hermanos de la Provincia de Santiago, y entre los cofrades españoles y criollos, porque la práctica, aunque ya no muy frecuente en su época, había sido común entre los primeros evangelizadores y conocida por los indios.

No se sabe en qué fecha el dominico institucionalizó dicha práctica, aunque desde luego se sitúa en los últimos veinte años del siglo XVI pues, según se conoce, hacia el año de 1579 tomó el hábito de Santo Domingo, profesó al siguiente, y murió en el de 1604. Al principio no todos los Hermanos Predicadores estuvieron de acuerdo con llevar el rosario al cuello; se alegó que los primeros padres no lo usaron, que en otras Provincias de la Orden no lo llevaban, que se les llamaría frailes del rosario y que con este título se olvidaría el que es tan propio de la Orden. Al parecer la polémica fue tan grande que el provincial tuvo a bien llamar a los superiores a junta. En esta estuvo presente fray Agustín abogando por su posición, y decía “que si de llevar escudos de armas los caballeros se honran ¿cuánto más debe el religioso de Santo Domingo preciarse y honrarse con el Rosario de la Reina Emperatriz de los ángeles...? [...] y verdaderamente todos los religiosos de la Provincia, aunque no predicasen, serían predicadores perpetuamente de esta devoción con solo traerlo en público y al cuello”.

Las razones del fraile en defensa de su fervor fueron tan convincentes que el provincial ordenó que “para mayor acrecentamiento de la devoción y cofradía de Nuestra Señora del Rosario, y para edificación de los pueblos, y para satisfacer a la obligación que nuestra Orden tiene de predicarle, todos los religiosos trajesen el rosario al cuello, patente y descubierto”. Desde entonces los dominicos de la Provincia de Santiago llevaron la señal de su apostolado usando el rosario sobre la capilla, modalidad que no trascendió a otras Provincias europeas de la Orden, pero que posteriormente fue imitada por las de San Hipólito Mártir de Oaxaca, San Vicente Ferrer de Chiapas y Guatemala, y de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas.

Asimismo, con el paso de los años, el rosario al cuello dejó de ser costumbre exclusiva de los dominicos; su uso se extendió a los cofrades para quienes la Santa Sede concedió doscientos años de indulgencias y doscientas cuarentenas de perdón por cada día que el devoto trajera el sartal colgado al pecho y sobre la ropa. “Quiere la Virgen Santísima que los [que] son suyos, se precien de serlo: y que como los caballeros de hábito, no le encubren, sino que le muestran para su honra: también sus siervos muestren la insignia del santo Rosario, donde la devota insignia de la cruz nos acuerde la de Cristo Nuestro Señor y la división de las devotas oraciones del Paternoster y Avemaría nos represente en cifra todos los misterios de nuestra fe: para que quien pusiere las manos al misterioso Salterio, saque de la cifra maravillosas consonancias, que con su música ahuyenten al demonio, como David le ahuyentaba a Saúl”.

Aunque esta práctica piadosa parezca novedad mexicana, la verdad es que hay vestigios esporádicos del uso de contadores de oraciones –que no del rosario– suspendidos al cuello. Alonso Getino en su libro «Origen del rosario» muestra algunas láminas de los sepulcros de doña Constanza de Castilla, nieta del rey Pedro el Cruel (1334-1368), y de doña Beatriz, esposa del rey Juan I (1359-1390), en las cuales se observan las estatuas yacentes con un sartal pendiendo del cuello. Por supuesto que esta manera de usar el contador no tenía nada que ver con el rosario, cuyo origen es muy posterior.

Influencia de la devoción individual. Enseñanza del Rosario a los indígenas El cronista Alfonso Franco refiere que, en el año de 1531, fray Domingo de la Anunciación recibió el hábito de la Orden de Predicadores en el convento de Santo Domingo de la ciudad de México. Su nombre de pila, Juan de Paz, lo cambió en honor de santo Domingo y la Virgen, por quienes sentía especial devoción. A esta última prometió rezarle diariamente el rosario y meditar los misterios de la redención “comprendidos admirablemente” en él. En cumplimiento de su promesa, el padre recitó la oración hasta el fin de sus días y, además traer el sartal suspendido del cuello, aconsejaba a los fieles usarlo así. De igual forma, el dominico contaba los milagros obrados por el rosario y recomendaba rezarlo para ganar las indulgencias prometidas por los pontífices.

En el año de 1541 enseñó a rezar el rosario a los naturales de Tepetlaóztoc; ahí –según los cronistas– tuvo lugar uno de los primeros milagros del rosario en la Nueva España: dio la confesión a un indígena que había resucitado gracias al rezo de la oración. En efecto, un indio cofrade de ese pueblo tuvo un accidente que lo colocó en trance de muerte. Agonizante, pidió lo confesara fray Domingo, mas este se hallaba administrando los sacramentos en alguna visita de la jurisdicción. Salió otro indio a buscarlo y, al encontrarlo, se dirigieron rápidamente al aposento del enfermo. Cuando llegaron era demasiado tarde: el indio había fallecido.

Fray Domingo, muy apenado por el retraso, rogó con insistencia a Dios por el perdón de las culpas de aquél que, aun queriendo confesarlas, no tuvo tiempo de hacerlo. “Y para más obligar a [...] la condescendencia de su petición, echó mano a la llave de los tesoros de Dios, el santísimo Rosario, y lo empezó a rezar a coros con todos los circunstantes”. Antes de que terminaran la oración, el cadáver recobró la vida en presencia de los azorados concurrentes al velatorio. Fray Domingo comprendió que el indio había resucitado por la plegaria proferida unos segundos antes; teoría que fue confirmada por el revivido, quien platicó asimismo las experiencias de su alma durante la muerte. Según el relato, en el instante en que el alma abandonó el cuerpo, se vio rodeada de demonios que, sosteniéndola, trataron de conducirla a unas tenebrosas cavernas; mas, es ese momento, vino en su defensa un ángel que apartó a los espíritus satánicos. Estos no querían soltar a la presa, decían que era suya por haber muerto sin confesión. No obstante, el ángel ordenó a los diablillos se retirasen y al alma regresar al cuerpo para recibir el sacramento.

Después de que fray Domingo– según Cruz y Moya– confesó al indio, este “se tendió en un petate o estera [...], cerró los ojos, cruzó las manos y con grande paz volvió a dormir el sueño de la muerte”. Con el rosario, fray Domingo de la Anunciación “hizo la guerra al común enemigo quitándole las almas que se llevaba por suyas, y otras infinitas que bautizó y convirtió a nuestra santa fe, [además, en Tepetlaóztoc] destruyó sus ídolos y echó sus templos por el suelo”.

Así también fray Domingo de la Anunciación, con posterioridad al año de 1554 en que los franciscanos cedieron a los dominicos el convento de Tláhuac, evangelizó y dio a conocer el rosario a los indios de ese sitio. Hacia el año de 1561, el fraile era vicario del convento de Tepoztlán; ahí enseñó a los naturales a recitar la oración como remedio para evitarles pensar en los demonios que veneraban en lo alto del cerro del Tepozteco, al tiempo que los instruía en el uso del rosario colgado del pecho, de modo que “apenas se hallaba entre los indios quien dejase de traer el rosario de Nuestra Señora al cuello”.

Parece ser que de las poblaciones que evangelizó Domingo de la Anunciación, fue precisamente Tepoztlán donde mayor éxito obtuvo la implantación de la devoción al rosario. Con la relación a esta idea, el mismo Alonso Franco apunta que tanta “eficacia y fuerza de espíritu” tuvieron las palabras del fraile entre los tepoztecos que sucedió otro milagro: “un día bajaban cinco indios del monte donde habían subido a cortar leña, y en el camino les cogió una terrible tempestad, con extraordinaria furia de aguacero y truenos y relámpagos. Recogiéronse los indios al hueco que hacía una peña donde había lugar bastante para repararse del agua, y allí estuvieron esperando que pasase la fuerza de la tempestad para proseguir su camino. De los cinco sólo tres traían rosario al cuello, y en aquel aprieto se encomendaban a Dios, valiéndose de tan gran reliquia como es el rosario [...] En esto cayó un rayo entre los cinco indios y los que no lo traían quedaron allí muertos [...] Luego acudieron los que quedaron vivos al santo predicador y le contaron el caso que después predicó varias veces con gran aumento de esta santa devoción, y la dejó bien arraigada en los corazones de aquella gente recién convertida”.

También en Tepoztlán, pero en el año de 1592, fray Martín de Zárate continuó la enseñanza del rosario y destruyó, por medio de esta oración, algunos vestigios de la antigua idolatría indígena. El padre usaba el rosario al cuello y hacía exorcismos en presencia de los indios, con el fin de convencerlos de la eficacia de la oración en la extirpación del mal.

Otra forma de explicar la doctrina cristiana e inculcar la devoción al rosario entre los naturales consistía en mostrarles grandes lienzos pintados con escenas del Evangelio, así como con la representación de los favores dispensados por la Virgen a los orantes del rosario y las correspondientes penas que esperaban a aquellos que no lo rezaran. Dicho método fue utilizado por fray Gonzalo Lucero en la nación mixteca, región en la que –según Mendieta– “los indios [eran] más dóciles y obedientes que los de la comarca de México” y en la que, tal vez por la misma pasividad de sus habitantes, el padre Lucero pudo obtener buenos frutos de su apostolado. En efecto, el fraile reunía probablemente a los indígenas en los atrios de los templos y de no existir estos los convocaba con seguridad en las plazas; a continuación colgaba sus telas y con una vara señalaba las figuras mientras explicaba su sentido.

El paño que aludía al Rosario “traía pintadas grandes aguas que significaban las mudanzas y poca firmeza de la vida presente. En las aguas andaban dos bergantines [...] En [uno] iban caminando hacia lo alto indios e indias con sus rosarios en las manos y al cuello, unos tomando disciplinas, y otros puestas las manos orando, y todos acompañados de ángeles que llevaban remos en las manos y los daban a los indios para que remasen en demanda de la gloria, que descubría en lo alto del lienzo [...] Estaban muchos demonios asidos de aquella lancha, deteniéndola para que no caminase y a unos derribaban los ángeles y a otros los mesmos indios con las armas del santo rosario. Unos perseveraban con rostros feroces en la prosecución de sus acechanzas, y otros se volvían confusos y rendidos, apoderándose del otro bergantín, a donde se hallaban contentos y quietos como en cosa suya. Iban en éste indios e indias, embriagándose con grandes vasos de vino. Otros riñendo y quitándose la vida, y otros en deshonesta compañía de hombres y mujeres que se daban las manos y brazos. Estaban los ángeles volando sobre esta infernal barquilla, y los desventurados que en ella iban, tan atentos y cabizbajos a sus entretenimientos que dejaban por espaldas las inspiraciones que los ángeles traían de parte de Dios, dándoles rosarios [...] Remaban los demonios en este su bergantín con grande contento y porfiadas fuerzas, significando sus ansias por llegar al desventurado puerto del infierno, que estaba comenzado a pintar en una esquina baja del lienzo”.

Al igual que fray Gonzalo Lucero, los frailes Domingo de Santa María y Benito Hernández enseñaron la doctrina cristiana y la devoción al rosario en la Mixteca. En Tecomaxtlahuaca, con posterioridad al año de 1562, fundaron una escuela para que los indios aprendieran los principales preceptos de la fe católica y formaron un coro que cantaba “de memoria los misterios del Santísimo Rosario”. En Juxtlahuaca, “todos han abrazado la devoción del Santísimo Rosario, con grande fervor, rezando sus misterios a coro en su lengua, los niños y niñas, que es muy para dar gracias a Nuestro Señor”.

Asimismo, entre los Hermanos Predicadores que durante el siglo XVI prosiguieron con la enseñanza de la devoción al rosario en las naciones mixteca y zapoteca, cabe mencionar a fray Pedro de Galarza, quien vivió en Tonalá, a fray Jordán de Santa Catalina –fundador de la vicaría de Villa Alta y que permaneció en ese sitio desde el año de 1558 hasta el de 1569– y a fray Pedro Guerrero. Del primero se sabe que portaba la sarta sobre la capilla siempre que explicaba los milagros de la Virgen a aquellos que rezaban las consabidas preces en su honor; del otro, se cuenta que desde niño su abuela le inculcó la oración, obsequiándole para ello con un torsal con nudos pequeños para las avemarías y grandes para los padrenuestros, mismo que él recitaba de rodillas diariamente, al amanecer y por la noche; del último se infiere que aprovechó posiblemente su estancia en los diferentes poblados donde construyó templos –tal vez pequeñas ermitas– para propagar su afición al rosario. Los tres frailes recomendaron a los indios que trajeran “el rosario colgado en el cuello y que lo rezaran todos los días como una señal de amor a la Virgen”.

Fray Vicente Villanueva escribió las cuartetas del rosario en lengua zapoteca, manuscrito que circuló tal vez entre los misioneros, y cuya representación agradó notablemente a los indios, sobre todo a los de la comarca de Zaachila, pueblo en el que existía vicaría con residencia permanente desde el año de 1581 y del que el padre Villanueva fue representante.

En este sitio se acostumbraba a rezar el rosario cantando los misterios en cuarteta, en las calles y diariamente. También en este género didáctico destacó fray Martín Jiménez quien instruyó a los mixtecos de la zona norte antes de 1592, año en el cual se separaron de la provincia de Santiago, el sur de la mixteca y toda la zapoteca. Fray Martín Jiménez escribió, a modo de drama, algunos «milagros» realizados por el rezo del rosario: repartía los libretos entre los indígenas, ensayaba con ellos, los caracterizaba con vestuario e insignias adecuados, y los aleccionaba en la forma de salir a escena. El sistema pedagógico del padre Jiménez causó furor no solo entre los naturales, sino también entre los frailes y laicos, españoles y criollos de la región, que consideraron la eficacia del método para la enseñanza del rezo entre los indios. En los pueblos de Xalapa y Tehuantepec, pertenecientes a la nación zapoteca, existía una gran devoción al rosario. La organización de la cofradía en ambos lugares era muy particular. En el primero había trece barrios y cada una tenía su ermita donde los músicos y cantantes ensayaban los misterios y la letanía. Los lunes, miércoles y viernes a las 7.00 p.m., los habitantes de cada barrio se reunían en sus ermitas respectivas e iniciaban la oración. Mientras continuaban la plegaria, se dirigían en procesión a la iglesia principal. Al término de cada decena de avemarías los fieles se arrodillaban, escuchaban el misterio en turno y proseguían su camino hasta llegar al templo; ahí rezaban la letanía. Enseguida regresaban a su capilla en la que decían otras preces y luego se retiraban a sus casas.

En Tehuantepec la procesión del rosario se hacía igualmente los días y hora ya mencionados. Había dieciocho barrios y cada uno tenía también su pequeña ermita. En ellas se congregaban los indígenas para dirigirse al templo de San Pedro –que estaba junto al de Santo Domingo-. Ahí cantaban el rosario y, al terminarlo, cantaban la letanía: “es con extremo deleitable la confusa armonía y hecho en la iglesia el ofrecimiento se vuelve cada cual por su camino, cantando la letanía de Nuestra Señora hasta ermita, donde acaban y vuelven a sus casas”.

Las crónicas de la Provincia de Santiago mencionan la labor de unos cuantos frailes en la expansión de la devoción al rosario, pero hubo seguramente otros dominicos que contribuyeron a la dilatación y enseñanza de aquella. No hay que olvidar a los padres Reginaldo de Santa María, Juan de Paz, Francisco de Loaisa, Lorenzo de la Asunción, Diego Medellín, Juan Ramírez, Hernando Cortesero, Bartolomé de Nieva y Álvaro de Figueroa, entre muchos más, puesto que ellos predicaron también su inclinación a la Virgen y a la devoción del rosario 190. En consecuencia, conforme transcurría la catequesis, los indios se inscribían como cofrades del rosario, lo lucían en el cuello y lo rezaban con veneración.

Algunos «milagros» del rosario La participación de lo «milagroso» en la formación de la devoción al rosario en México surgió bajo el influjo de la devoción individual de cada fraile. En efecto, desde recién establecida la cofradía, los dominicos del convento de la ciudad de México tuvieron la costumbre de contar los milagros del rosario todos los sábados y fiestas de la Virgen; sucesos extraordinarios que –con seguridad– procedían de narraciones medievales en torno a la oración. Asimismo, durante el proceso de evangelización, los frailes enseñaron el rosario a los indios valiéndose del relato de los portentos divinos ocurridos en la Nueva España.

De los «milagros» donde los frailes fueron protagonistas, se sabe por Alonso Franco que Agustín Dávila Padilla atribuyó a la Virgen el salir ileso del derrumbe de su casa, situada en la antes calle de Santa Catalina Mártir (hoy Nicaragua), hecho entendido como llamada del cielo que lo condujo a tomar los hábitos. Al respecto, el dominico solía decir que su vida, después del desastre, era “milagro de la misericordia de Dios, por su devoción al rosario”.

Hacia el año de 1592, en Tepoztlán, fray Martín de Zárate intervino en otro «milagro» ocurrido “por virtud del santo rosario”. Cuenta Alonso Franco que, por esa época, subsistía aún la antigua idolatría y que un indio hechicero guardaba un escrito –herencia de su padre– donde había un conjuro para invocar al demonio en el momento que deseara. El brujo, por medio de sus malas artes, logró el encantamiento de una piedra, la cual “ardiendo en el horno tres días enteros, no daba muestras de rendirse al fuego”. Fray Martín, al enterarse, envió por el sacrílego para hacerlo confesar su delito y reprenderlo; luego, con ayuda del rosario, “hizo los exorcismos que le parecieron más acomodados, [...] tocó con el rosario la piedra que estaba en el horno, y por su propia mano puso fuego". Al día siguiente, el maleficio había sido roto: la piedra se encontraba quemada. De igual forma, en el año de 1595, fray Cristóbal de Ortega –quien fuera a Perú como confesor del virrey Luis de Velasco– regresó a la Nueva España. En el trayecto la nave empezó a inundarse sin que bastaran las bombas ni los esfuerzos de la tripulación y de los pasajeros para arrojar el agua hacia el mar. Solo se esperaba el naufragio. En tan funestas circunstancias fray Cristóbal “preguntó cómo se llamaba aquella nao, por encomendársela al santo de su nombre. Dijeronle que «Nuestra Señora del Rosario», de que se alegró mucho por la singular devoción que le tenía, y tomando motivo de tan lindo nombre hizo una breve plática, persuadiendo a todos que tuviesen mucha confianza en la intercesión de la Virgen Santísima, y dijoles que puestos de rodillas le rezasen un avemaría. El [fraile] rezó con mucha devoción y lágrimas el rosario de Nuestra Señora, y milagrosamente cesó de entrar agua en la nao y la que estaba dentro se agotó con las bombas, y llegaron con próspero viaje al puerto de Acapulco".

De los portentos que presenciaron los padres, cabe señalar algunos episodios reveladores del exceso de piedad rosariera: En la ciudad de Puebla se decía que “doña Constanza de Ceballos tenía un hijo [...] con una calentura mortal [...] Afligida la madre [...] con viva fe le pidió [a fray Hernando Cortesero] el rosario que traía al cuello. Diole el rosario fray Hernando, [...] porque ya sabía el buen efecto que había de surtir [...]. Pusiéronle el rosario al niño enfermo, con que se quedó dormido por un breve rato [...] y cuando el niño despertó dijo: ‘ya estoy bueno, que mi abuelo Cortesero me ha curado con este rosario’ [...] Quedóse la madre con el rosario, y fue menester, porque dentro de pocos días una hermana suya se dio un golpe en el rostro, que demás de lastimarse muy bien, era mucha la sangre y no menor la turbación de no poder estancarla, hasta que le pusieron la cruz del rosario en la herida, con que se estancó la sangre”.

Otro «milagro» del que los frailes fueron testigos tuvo lugar en la comarca de Tepapayecan, durante la fiesta de Nuestra Señora del Rosario del año de 1638. Según Alonso Franco, en esa región había un hombre que sostenía relaciones con una mujer casada. Para deshacerse del esposo de esta, el pretendiente se valió de numerosas artimañas para llevar al incauto marido hasta un solitario monte; ahí lo maniató, lo colgó de un árbol, le clavó un dardo en el pecho y, creyéndole muerto, se alejó. Sin embargo, el burlado solo estaba desmayado; al volver en sí y verse en ese conflicto, invocó a la Virgen para que fuese en su auxilio.

Después de proferir la súplica, pudo desatarse y, con el dardo en el cuerpo, se dirigió al convento dominico de aquel lugar. Los frailes lo confesaron, lo curaron y esperaron el inevitable deceso. Al otro día el herido se hallaba milagrosamente sano “y como trofeo insigne de la reina del cielo anduvo delante de su imagen en la procesión de la fiesta del Rosario, a vista de todo el pueblo, que con singular alegría y admiración dieron gracias a Nuestro Señor por tan patente milagro. Y para memoria de él se puso el [dardo] delante de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, donde está el día de hoy, predicando a todos los que lo ven que sean devotos de la oración que tanto acredita Dios y su Madre Santísima”.

Fray Bartolomé Gómez acostumbraba predicar que, durante su estadía en San Juan de Ulúa, se enteró de que una mujer “estaba rezando el santo rosario en ocasión que desde el fuerte dispararon la artillería, y una bala de hierro colado tan grande como una naranja dio en el aposento donde ella estaba con la violencia que se deja entender de una pieza de artillería y pasando las tablas del aposento como si fueran papel dio a la mujer que rezaba, sin hacerle mal ninguno, antes pareció que allí amansó toda su furia, y cayó la bala a los pies, de que todos en la casa quedaron maravillados del milagro, y la mujer, reconocida a tan gran beneficio llevó la bala al convento de Santo Domingo, a la capilla y altar de Nuestra Señora del Rosario, que por esta santa devoción hace tantas mercedes a los fieles, y le puso allí para que hubiese perpetua memoria del”.

Los “milagros” ocurridos gracias al rezo del rosario –según los cronistas de la Provincia de Santiago– fueron múltiples. Por medio del rosario la Virgen intercedía para que los muertos resucitaran, confesaran sus pecados “y, purgados de ellos con la penitencia, se hicieran dignos de la Gloria”; libraba también a los cofrades de una muerte desastrosa, destruía a los ídolos, sanaba las enfermedades incurables, preservaba la virtud de las mujeres, etcétera. Desde luego que los naturales fueron llevados a la piedad bajo una psicología especial.

No hay que perder de vista “cuán prestos e impacientes son [los indios] en esperar el remedio de sus aflicciones y congojas, y esta es una de las causas de que el demonio se vale con ellos para invitarles a tener muchos dioses, que cada una cuide sólo del socorro de una especial necesidad, porque no se ocupen, ni embaracen en otras, y con esto, o se descuiden, y detengan en su favor, y si no le consiguen luego con grande facilidad varían y buscan dios que se les muestre más propicio, y atento a su trabajo”  . 

Así pues, el relato de los milagros por parte de los dominicos fue un medio de cambiar la conciencia religiosa del indígena e imponerles el culto y el fervor a los símbolos católicos. Algunas veces dichos prodigios quizá solo hayan tenido el sentido de alegorías y parábolas, metáforas o moralejas, contados de manera portentosa y bajo el tamiz de una imaginación desbocada con el objeto de atraer a los indígenas a la fe de Jesucristo y fomentar en ellos la devoción al rosario.

Algunos libros sobre el Rosario Además de los acontecimientos sobrenaturales que narran los cronistas de la Provincia de Santiago –algunos sumamente ingenuos y divertidos– se tienen noticias de que, durante el siglo XVI, los dominicos hicieron imprimir numerosos textos para la enseñanza de la doctrina cristiana y del rezo del rosario. Los preceptos para la recitación de este último en ocasiones se incluyeron en aquellas; no obstante, hubo obras autónomas dedicadas a la oración mariana.

Joaquín García Icazbalceta, en su «Bibliografía mexicana del siglo XVI», describe varios de los volúmenes conocidos que, sobre dichas materias, circularon entre los Hermanos Predicadores y quizá también entre los naturales recién convertidos al cristianismo. En efecto, vale la pena recordar la «Doctrina cristiana para instrucción e información de los indios por manera de historia», compuesta por fray Pedro de Córdoba, aumentada por fray Juan de Zumárraga y fray Domingo de Betanzos, e impresa en el año de 1544; la «Doctrina cristiana en lengua española y mexicana», hecha por los religiosos de la Orden de santo Domingo, obra al parecer muy divulgada, según lo demuestran las tres ediciones de que fue objeto durante los años de 1548, y febrero y abril de 1550; la «Doctrina cristiana breve y compendiosa por vía de diálogo entre un maestro y un discípulo, sacada en lengua castellana y mexicana», escrita por fray Domingo de la Anunciación e impresa en el año de 1565; la «Doctrina cristiana en lengua castellana y zapoteca», realizada por fray Pedro de Feria e impresa en el año de 1567; el «Confesionario en lengua zapoteca» atribuido también al autor antes mencionado; la «Doctrina mixteca», impresa en el año de 1567 y escrita por fray Benito Fernández quien, además, publicó al año siguiente la «Doctrina cristiana en lengua mixteca»; la «Relación de milagros del Rosario o la Institución del Rosario», escrita por fray Domingo de Salazar y editada en dos ocasiones, una en el año de 1574 y la otra en el de 1576; el «Sumario de indulgencias» de la Cofradía del Rosario, del año de 1575; la «Institución, modo de rezar, y milagros e indulgencias del Rosario de la Virgen María, Nuestra Señora, recopilado de los más auténticos escritores, compuesta por fray Jerónimo Taix, difundida notablemente e impresa repetidas veces durante los años de 1559, 1574, 1575, 1576 –en la cual se hacía la sexta impresión “corregida y enmendada” por fray Domingo de Salazar– y 1587; el «Arte en lengua zapoteca», escrito por fray Juan de Córdoba e impreso en el año 1578; el «Confesionario breve en lengua zapoteca», del autor antes aludido y publicado durante la misma década; la «Cartilla y doctrina cristiana breve y compendiosa para enseñar a los niños y ciertas preguntas tocantes a dicha doctrina, por manera de diálogo: traducida, compuesta, ordenada y romanzada en lengua chuchona del pueblo de Tepexi de la Seda, por el muy Reverendo Padre fray Bartolomé Roldán, del glorioso padre Santo Domingo», del año de 1580; el «Libro del Rosario». Ejemplos de santos para exhortar a la virtud con su imitación y ejemplo», escrito por fray Juan Ramírez e impreso en el año de 1580; el «Arte en lengua mixteca», compuesto por fray Antonio de los Reyes y publicado en el año de 1593; y, el «Vocabulario en lengua mixteca» hecho por los dominicos y recopilado y acabado por fray Francisco de Alvarado en el año de 1593.

Entre otras obras que cita García Icazbalceta –aunque de ellas no se conoce ningún ejemplar– se pueden enumerar las siguientes: la «Doctrina cristiana en lengua de los indios de Teposcolula», el «Sumario de las indulgencias de Nuestra Señora del Rosario en mexicano» y el «Rosario o salterio de Nuestra Señora Teocuitlaxochicozcatl» atribuido al franciscano Alonso de Molina.

También se sabe que en las naciones mixteca y zapoteca circularon ampliamente los «Sermones y milagros del rosario» en lengua zapoteca, de fray Álvaro de Grijalva; el «Método de rezar con fruto el rosario de la Virgen y meditaciones de sus misterios», así como el «Nuevo Rosario en verso zapoteco por el sufragio de las almas del purgatorio», de fray Jacinto Vilchis, y el «Devocionario manual de los misterios del rosario» en idioma mije de fray Marcos Benito.

En cuanto corresponde a impresos del siglo XVI que existen en forma fragmentaria, Francisco Vindel, en su obra «El primer libro impreso en América fue para el rezo del santo Rosario (Méjico, 1532-34)», incluye el facsímil de un texto que consta de 31 páginas y 16 grabados en madera, denominado «La manera que se ha de tener en rezar lo quince misterios del rosario que son cinco de gozo, cinco de dolor y cinco gloriosos: y lo que se ha de decir en cada misterio antes que se diga el padrenuestro y las diez avemarías: que en cada Paternoster se dicen». El bibliógrafo –experto en tipografía española de los siglos XV y XVI– trata de demostrar que el volumen, aunque carece de pie de imprenta, es, por sus imperfectas características de impresión y de estampación, el primero que se imprimió en México. En esa ciudad –según él– existía una pequeña prensa de naipes que había llegado a las Indias desde el año de 1531. La prensa era propiedad del salmantino Juan Varela, tipógrafo, arrendador de fincas, ganadero, naviero y comerciante quien, dueño de la nao «Santa Ana», envió a la Nueva España a su hijo Pedro para que este vendiera, administrara sus “mercaderías [y] estableciese allí alguna imprenta”. Con Pedro Varela venía un naipero que le ayudaría en la instalación de la imprenta y en la fabricación de naipes, cuya venta por aquel tiempo se consideraba un gran negocio. Sin embargo, el juego de los naipes se prohibió “por los terribles estragos que causaba en Indias”; hecho que, a los ojos del autor, justifica “perfectamente que el impresor de naipes que pasó a México con este fin, en 1531, [...] utilizase su arte y materiales en la estampación de libritos [...] o cartillas o silabarios para la educación de los indios”. En esa pequeña prensa –afirma Francisco Vindel– fue donde se imprimió el pequeño libro del rezo del Rosario.

Por otra parte, el descubridor del “primer libro impreso en América” asegura que fray Domingo de Betanzos, inmediatamente después de su llegada a la Nueva España, “comenzó la propagación del rezo del santo Rosario”, que inició la costumbre de llevarlo colgado al cuello y que instruyó a sus religiosos en esta devoción. Francisco Vindel se olvida tal vez, de que el fraile prefería se mantuviera estricta observancia en el convento y de que, por esta razón, fray Vicente de Santa María lo expulsó hacia Guatemala. Tampoco advierte que Domingo de Betanzos era devotísimo de santa María Magdalena; que el introductor de la devoción y la cofradía del Rosario entre los habitantes de la Nueva España fue fray Tomás de San Juan, y que fray Agustín Dávila Padilla –más no el padre Betanzos– fue quien inculcó la usanza de traer el rosario suspendido del cuello. Entre su muchas deducciones, el bibliógrafo dice que el libro del Rosario a que hace mención, se imprimió por mandato del “primer Obispo que tuvo la Nueva España, don Julián Garcés, de la Orden de Santo Domingo, quien de hecho era en realidad, hasta 1534 que volvió Zumarraga, ya consagrado Obispo, la autoridad máxima religiosa en aquellas tierras, y en particular para los dominicos, a cuya orden pertenecía”. Asimismo. Francisco Vindel conjetura que el autor de «La manera que se ha de tener que rezar los quince misterios del Rosario...» fue fray Domingo de Betanzos quien la escribió entre los años de 1532-1534; ¡argumento increíble!, puesto que por ese tiempo el fraile se hallaba en Europa aclarando la situación de la Vicaría de México y promoviendo la fundación de la Nueva Provincia de Santiago.


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