COLEGIO DE SAN NICOLÁS
PRÓLOGO (DHIAL)
En 1534, el Papa Paulo III mediante la bula «Illius fulciti praesidio», erigió en el centro de la Nueva España la diócesis de «Mechoacán», señalando como sede de la misma a la población de Tzintzuntzan. El Consejo de Indias sugirió al Rey Carlos I-V que -según los derechos del Real Patronato- solicitara al Papa el nombramiento como titular de la nueva diócesis a don Vasco de Quiroga, un abogado laico que acababa de concluir su función como «oidor» en la Segunda Audiencia, y que en su correspondiente «juicio de residencia», además de haberse hecho evidente la gran labor que había realizado en la promoción material y espiritual de los indígenas, había sorprendido por su petición de ser ordenado sacerdote.
La solicitud del Rey fue aprobada por el Papa Paulo III, y en 1538, en ceremonias consecutivas e inmediatas, el obispo de México fray Juan de Zumárraga, en un hecho casi inédito en la historia de la Iglesia, consagró a Vasco de Quiroga diácono, sacerdote y obispo. Entró laico al templo y salió convertido en obispo. El 6 de agosto de ese mismo año asumió el gobierno de la Diócesis, con la idea de que la población más adecuada para ser cabeza del obispado no era Tzintzuntzan sino Pátzcuaro, y al año siguiente trasladó el gobierno a esta última población. También desde un principio empezó a planear lo que sería una de sus obras más trascendentes: la creación de un Colegio, y dos años después, en 1540, inauguró en la población de Pátzcuaro, el Colegio de San Nicolás, nombrado así por el santo Patrón de Madrigal de las Altas Torres, población donde, unos setenta años atrás, Vasco de Quiroga nació y fue bautizado.
RAZONES Y CIRCUNSTANCIAS DE LA FUNDACIÓN DEL COLEGIO
Fueron dos las razones principales por las que don Vasco erigió el Colegio de San Nicolás: primero, para dar una sólida preparación al clero que habría de trabajar en su diócesis, y segundo, para arraigar en las tierras de Michoacán a las familias que habían llegado a Michoacán en busca de un mejor status de vida y no sintieran el deseo de regresar, bien fuera a la ciudad de México o aún más grave, a la misma España.
Era claro que ante la situación imperante, el nuevo obispo buscara la preparación de clérigos honestos, capaces de afrontar la serie de retos que presentaba el desafío de evangelizar adecuadamente a los naturales purépechas que se sentían estupefactos ante la actitud honesta y paternal del obispo y su clero, con el hecho de haber experimentado hacía poco tiempo los abusos, atropellos e injusticias de las autoridades de la Primera Audiencia presidida por el cruel y despiadado Nuño Beltrán de Guzmán. De hecho, fue esa inhumana actuación de la Primera Audiencia la que obligó a la Corona a destituir a todos sus integrantes y ordenar el enjuiciamiento de Beltrán de Guzmán y sus oidores, y su sustitución por Sebastián Ramírez de Fuenleal, el mismo Vasco de Quiroga, Melchor de Covarrubias y demás oidores de la Segunda Audiencia, todos ellos hombres muy diferentes: justos, bondadosos, comprensivos, que buscaron integrar a los indígenas a la cultura occidental cristiana.
Otro motivo no menos grande que llevó a Don Vasco a fundar el Colegio fue la bula «Sublimis Deus» en la que el Papa Paulo III había declarado la libertad de los indígenas y su posibilidad de recibir la fe, reafirmando contundentemente su condición de hijos de Dios. Pero un tema que esa bula no abordó, fue si podrían recibir el Sacramento de la Ordenación sacerdotal y formar un clero indígena. Aunque el tema fue marginalmente abordado en los Concilios Regionales de Lima y México, pasarán muchos años para hacerse realidad. EL COLEGIO Y LOS PUEBLOS HOSPITALES Otro medio que Don Vasco creó simultáneo a la formación del Colegio para cumplir la misión de evangelizar al numerosísimo pueblo purépecha, fue la formación de los «pueblos hospitales», los cuales además de la evangelización, tenían también el objetivo de organizar y distribuir por pueblos los oficios, dependiendo de la habilidad y recursos con que contara cada comunidad. En el léxico cristiano de esa época, «Hospital» significaba un lugar humano y cristiano de acogida para sanos y enfermos, donde ninguno se sentía ni inútil ni extranjero. En el centro de un gran patio rectangular se levantaba una iglesia abierta por los lados y desde ahí lados se extendían las salas de los enfermos imposibilitados que podían seguir los oficios divinos. Cada pueblo-hospital contaba con huertos anexos para el cultivo con sus respectivas habitaciones. Se llamaban «familias» porque albergaban a las familias que acudían al hospital o prestaban en él sus servicios. Además tenía otra dimensión: la de las «familias rústicas» que laboraban en siembras y ganadería, como patrimonio del pueblo-hospital.
En estos pueblos-hospitales todo era común: trabajo y beneficios. Todos cooperaban al trabajo de construcción de las familias particulares y todos cooperaban a la construcción de los edificios comunes. El trabajo común era obligatorio y duraba seis horas al día; los niños estaban obligados a acudir al campo al menos dos veces por semana para que, como rezan las Constituciones de Don Vasco "a manera de regocijo, juego y pasatiempo" aprendieran a manejar los instrumentos de labranza, mientras que las niñas debían ejercitarse en los "oficios mujeriles dados a ellas y adaptados y necesarios al pro y bien suyo y de la república del hospital" .
En cada pueblo-hospital había dos escuelas de catecismo y dos baptisterios. Por ello –como escribió el fiel compañero de Don Vasco, Cristóbal Cabrera- les "conviene perfectamente el título, por demás insigne e ilustre, que él les puso de Santa Fe". Estos pueblos-hospitales fueron el núcleo alrededor de los cuales fueron congregados los indios tarascos y tantos otros, sobre todo menesterosos, para encontrar en ellos no sólo abrigo, medicinas, cuidado y salud, sino también un lugar humano libre y vivible que nacía de la experiencia de la pertenencia a Jesucristo y a su Iglesia.
El Colegio de San Nicolás tendría algunos elementos parecidos al de los «hospitales», iniciando con el hecho de que desde el primer día recibió como alumnos a los hijos de los indígenas que ayudaron en la construcción de su edificio -situado muy cerca de la Catedral, en el predio que hoy ocupa el Museo de Arte Popular-, y que el rector fuera elegido por el cuerpo colegiado de los profesores. Don Vasco dispuso también que en el Edificio se construyeran celdas para indígenas que por diferentes razones debían pasar en la población algunos días, y que ahí encontraran alojamiento gratis. Don Vasco dispuso y dejó asentado en su testamento que en Colegio “se reciban y críen estudiantes puros españoles que pasen de veinte años, que quieran ser ordenados y sean lenguas, y así ordenados de todas las Órdenes, suplan algo de la gran falta de dichos ministros.” Por supuesto que el Colegio no fue solo para hijos de españoles; don Vasco tenía la conciencia de que los indios debían ser también portadores de la Buena Nueva. Esta sería la motivación para integrarlos en la educación de los indígenas, que deberían estudiar gratis en el mismo Colegio al lado de españoles; así ambos se enriquecerían culturalmente en el mutuo conocimiento. Los indios entrarían a las mismas lecciones, menos a la de sacramentos que era solo para hijos de españoles que se dedicarían a la cura de almas (la ordenación de Indígenas y mestizos aún estaba en discusión); y por otro lado, los hijos de españoles aprenderían en la convivencia con los indígenas la lengua de los naturales (purépecha o tarasco, náhuatl y otomí), sus costumbres y cultura. VIDA Y ORGANIZACIÓN ACADÉMICA DEL COLEGIO La vida cotidiana “era parecida a la que se llevaba en los demás colegios españoles de la época. Todo lo llenaba un ambiente de familia silencioso y recogido, por el que discurría el tiempo entre ratos de estudio y de recreo y las numerosas devociones de que estaba empapada la vida colegial (…) Añádase, en el caso de San Nicolás, el elemento de un enorme valor humano, sentimental religioso, que era el mutuo trato, la conversación y el compañerismo que se daba entre los indígenas y españoles, lo que hizo que el Colegio inventado por don Vasco llegara a convertirse en el medio más adecuado de inculturación, o en otras palabras, de convivencia humana, evangélica y fraternal.” La clausura era una norma del Colegio; la puerta se cerraba al anochecer y se abría de nuevo al amanecer. La vida comunitaria era muy importante por ello estaba prohibido salir del colegio solo; siempre debían salir de dos en dos o tres o más juntos. La formación que recibían era la necesaria para poder ordenar sacerdotes: lecciones de gramática, latín y doctrina cristiana en los primeros años; y luego moral y administración de sacramentos. Todos se ordenaba para servir a la Diócesis, aunque hubiera también algunos que se hacían religiosos. Esto no le preocupaba a don Vasco, antes le agradaba y procuraba favorecerlo. Del Colegio iban a salir numerosos alumnos par entenderse por la diócesis y otras misiones de Nueva España. Se les conocería con el nombre de «nicolaítas». Al lado de españoles y criollos hubo indígenas muy relevantes. Como ejemplo podemos señalar a un hijo del calzonci (cacique) Antonio Huitsiméngari, que fuera ahijado del Virrey Antonio de Mendoza, y que tras sus estudios en Pátzcuaro ingresó a la Universidad de México y fue discípulo de fray Alonso de la Veracruz. Se convirtió en gran latinista y llegó a decirse de él que “fácilmente entiende cualquier poeta u orador latino (…) le ocurre lo mismo con la lengua griega. Conoce también el hebreo y, como domina su lengua purépecha, se ocupa de escribir a sus naturales cosas de la fe de Cristo, en las cuales también es instruido”
ARRIBO DE LOS JESUITAS Y TRASLADO DEL COLEGIO A VALLADOLID
Con cerca de 95 años de vida, de los cuales 27 fueron dedicados en cuerpo y alma a la promoción humana y cristiana del pueblo encomendado a él, Don Vasco falleció en 1565. Siete años después, en 1572, arribaron los jesuitas a la Nueva España; México y Puebla fueron las primeras poblaciones donde se avocaron a labores educativas; poco después extenderían su labor a Pátzcuaro. Las circunstancias de su arribo al Colegio de San Nicolás es narrado por Sánchez Baquero, historiador de la Compañía de Jesús:
“…había fundado en el pueblo de Pátzcuaro el santo obispo don Vasco un seminario de estudiantes para el servicio de su catedral, donde había 50 sin rector ni maestro que los gobernase y leyese. Considerando de cuanto inconveniente era estar sin gobierno, se concertaron entre si (los del Cabildo catedralicio) y de sus propias haciendas señalaron 800 pesos de renta cada año y fue uno de ellos a México a tratar el negocio con el padre provincial (Pedro Sánchez), el cual fue a Pátzcuaro y contentándose del puesto, efectuó la fundación con licencia de nuestro padre general para admitir dos colegios fuera del de México, de los cuales fue el primero éste de Pátzcuaro.” Así en 1574 los jesuitas se hicieron cargo del Colegio y de la impartición de las lecciones de Gramática, nombrando como rector al bachiller Juan de Castilla.
Después del fallecimiento de don Vasco, distintos personajes encabezados por el obispo Antonio Morales empezaron a realizar trámites para trasladar la sede del obispado de Michoacán de Pátzcuaro a Valladolid (hoy Morelia). Una Real cédula y una bula pontificia permitieron iniciar la construcción de la Catedral. Finalmente, en 1580 el obispo Fray Juan de Medina Rincón y su Cabildo Eclesiástico se trasladaron a la ciudad de Valladolid.
En el mismo año de 1580 Colegio de San Nicolás también cambió su sede a Valladolid, donde ya existía un Colegio llamado de San Miguel, y las autoridades decidieron fusionar ambos colegios bajo el nombre de Colegio de San Nicolás, el cual siguió formando durante muchos años a los bachilleres que requería la diócesis de Michoacán.