DEVOCIÓN AL ROSARIO EN LA NUEVA ESPAÑA; Altares y capillas
Primer altar de Santo Domingo de México (1538 a 1571)
Desde la instauración de la cofradía del Rosario en el año de 1538, los templos dominicos de la Provincia de Santiago tuvieron altares dedicados a la Virgen. Sobre esta cuestión, Alonso Franco decía que la Orden de Predicadores levantó conventos, fundó la cofradía del Rosario y erigió altar. El primero de ellos se hallaba en el edificio más antiguo de la iglesia de Santo Domingo, en los terrenos que estuvieron limitados por las en otro tiempo calles de Puerta falsa (Perú), Cerca de santo Domingo (Belisario Domínguez), Sepulcros de santo Domingo (Brasil) y Pila seca (Chile).
A excepción de Manuel Toussaint que supone que la primitiva construcción era de planta basilical de tres naves y techumbre de madera, otros estudiosos coinciden en que era de una nave orientada de este a oeste; Marco Dorta señala que era “de una nave con cubierta de madera y [sin] más capilla mayor que un pedazo de rincón cubierto de paja”; Heinrich Berlin propone que la obra estuvo tal vez bajo la dirección del albañil Alonso García desde el año de 1527 y que el altar mayor se hallaba del lado este; Francisco de la Maza, por su parte, advierte que la iglesia tenía un gran atrio cuadrado, “que debió ser mucho mayor que el actual”.
Esa primera fábrica, según la tesis de Berlin-Neuhart, estuvo en uso desde el año de 1527-30 hasta el de 1571 en que se inauguró la segunda. En realidad, aquella fue derribada totalmente hasta el año de 1575, y dio abrigo al altar de la Virgen de la cofradía del Rosario. Sobre la localización de dicho altar se debe señalar que, durante el siglo XVI, la mayoría de los templos dominicos tuvieron un altar central dedicado al patrono o titular y dos colaterales: uno destinado al Santo Crucifijo, y el otro a la Virgen de la cofradía del Rosario. El primero se colocaba del lado del Evangelio, a la izquierda del espectador, lugar privilegiado en el que reinaba la alegría. En Santo Domingo de la ciudad de México, al igual que en otras iglesias de la Orden, es posible que el altar de María se encontrara a la derecha del espectador, del lado de la Epístola, como correspondería a un edificio de una sola nave cuyo eje mayor estaba en dirección este-oeste –orientación que respondía al tradicional programa litúrgico arquitectónico de los templos novohispanos de aquella centuria–.
El altar y la primera capilla del segundo templo (1571-1584 a 1681-1690)
Es seguro que a raíz de la victoria obtenida en la batalla de Lepanto se acrecentara la devoción al rosario pues, para san Pío V, gracias a dicho rezo los cristianos triunfaron sobre los turcos. Gregorio XIII se percató de la extraordinaria difusión que a partir de ese momento alcanzó la oración e inclusive, para afianzarla más, hacia el año de 1573, dedicó el primer domingo de octubre a la festividad de Nuestra Señora del Rosario, con la advertencia de que esta se celebraría solo en las iglesias de frailes dominicos donde hubiese cofradía con altar dedicado a la Virgen.
La incorporación de más devotos del rosario a la cofradía de ese nombre, incitó a los cofrades a costear la fábrica de las primeras capillas. Una de ellas es la de la Basílica de San Juan y San Pablo, de los padres dominicos de Venecia. Esa capilla fue levantada en el año de 1582 en el lugar donde había estado el salón de Santo Domingo, del siglo XIV. Los cofrades cubrieron los gastos inherentes a la transformación de ese en la actual capilla; la dedicaron a la batalla de Lepanto –en cuya gesta heroica participaron guerreros venecianos–; y la consagraron a la Virgen del Rosario.
Esa especie de camarín se usó muy pronto en la Nueva España. Dávila Padilla, quien escribió entre los años de 1589 y 1592, mencionaba que en Santo Domingo de México había “…una imagen de plata [de] Nuestra Señora del Rosario, que se guardaba en su capilla, se saca[ba] en procesión sus fiestas”; asimismo aludía a los “…ornamentos y frontales de telas de oro que la capilla del Rosario tiene…”.
María Eugenia Lazcano Ramírez, en su trabajo sobre «El templo de Santo Domingo de México», advierte que esa capilla se edificó entre los años de 1553 a 1571-1590. No obstante, la autora aclara que, por esos años, la imagen de plata a la cual hace referencia el cronista dominico, “estuvo en un colateral del presbiterio y que después fue colocada en el altar mayor. Inmediatamente arriba de ella –prosigue– se encontraba la imagen de tamaño natural y también realizada en plata de santo Domingo de Guzmán, que contenía como reliquia una muela del Santo”. Al respecto, Dávila Padilla dice que esa imagen “estaría mejor (como lo está hoy) en el altar colateral de la capilla mayor, puesta en el lugar principal del retablo, que a su proporción y consonancia se hizo en el altar, que se llama de Nuestra Señora”.
Hernando Ojea quien –por el año de 1607 describe la iglesia y convento de Santo Domingo– especifica que a cada lado del retablo mayor del templo había dos capillas colaterales: la “de la derecha que es la del evangelio, todo de los misterios de la pasión del Redentor en que hay un devotísimo Cristo de talla, y el de la izquierda, de Nuestra Señora en que hay también otra devotísima imagen suya de plata”. Esta imagen de plata de la Virgen era la misma a la que aludía Dávila Padilla y de la cual Alonso Franco decía: “tiene altar particular, que es la capilla colateral de mano izquierda del altar mayor”. La escultura de plata de la Virgen que se hallaba instalada primero en un colateral del presbiterio del templo de Santo Domingo y después en el altar mayor del mismo, junto con otra imagen, igualmente de plata, del fundador de la Orden, hay que decir que ni Dávila Padilla ni Hernando Ojea ni Alonso Franco hacen referencia a que ambas figuras estuviesen juntas. Franco advierte, no obstante, que a instancias del provincial fray Benito de Vega (1620-24) se hizo una imagen de santo Domingo que, junto con la peana, medía aproximadamente 1.30 m. (1.5 varas).
“Hizola un famoso artífice, de cuerpo entero, toda de plata, muy bien trazada y tallada. La cara y manos, aunque son de plata, están de barniz y encarnación, del color del rostro español. Tiene en una mano la cruz, largo el pie hasta el suelo, y en la misma mano una azucena. En la otra el libro y la iglesia, todo esto de plata bruñida y curiosamente labrada. Tiene en la frente una rica piedra en lugar de estrella. La capa y capilla sobredorada. En medio del pecho de esta imagen está un hueco, donde como en nicho tiene su lugar la santa reliquia de la muela, dentro de un cristal guarnecido de oro… [la efigie del santo se colocó en] el sagrario donde está el Santísimo Sacramento en el altar mayor. Tiene dos cuerpos: en el principal de abajo está el Divinísimo Sacramento, y en el de arriba se puso la imagen de nuestro glorioso padre…”.
Fray Juan José de la Cruz y Moya señala … “Llena de gloria y majestad la capacísima testera de su presbiterio un bellísimo retablo de fábrica corintia, en cuyo principal trono está colocada la antigua y primitiva imagen de María Santísima del Rosario […] toda ella, y su peana, labrada primorosamente, de plata de martillo. De la misma materia es la imagen de nuestro padre santo Domingo que está colocada en lo superior del trono. Tiene, con su peana, más de una vara de largo e incluye, en su pecho, una especialísima reliquia del mismo santo, que es una de sus muelas, la que envió a nuestro convento de México el prior y comunidad de Bolonia”.
Además del altar colateral donde estaba la imagen de plata de la Virgen, en el segundo templo de Santo Domingo de México existió una primera capilla del Rosario. Según la detallada descripción de Hernando Ojea, esta se hallaba orientada de norte a sur y en yuxtaposición con la calle del lado este. La nave medía aproximadamente 15 m. de ancho por 70 m. de largo (172/3 por 88 varas). Tenía ocho capillas por lado, cada una de las cuales medía algo menos de 6 m. de ancho por otro tanto de largo (20 por 20 pies) y se encontraban cubiertas con bóveda. La techumbre interior del resto de la nave era de artesón, mientras que la otra estaba revestida con plomo. Había una especie de cúpula con forma de pirámide hexagonal que el cronista denomina «zimborio» y que se advierte en el plano de la ciudad realizado por Juan Gómez de Trasmonte en el año de 1628. El cimborrio era también de madera por dentro y de plomo por fuera. El coro se localizaba sobre la puerta de ingreso.
Conforme a la explicación del cronista, la planta del templo era del tipo que George Kubler ha denominado “criptocolateral” y que Heinrich Berlin describe como de una sola nave con capillas, a la usanza de las iglesias dominicas de España. En efecto, este tipo de planta se practicó profusamente en la península, aunque no solo en los templos de esos frailes sino también en los de jerónimos y agustinos, según advierte Kubler. Entre los modelos dominicos –dice este último– destaca la iglesia de San Esteban, en Salamanca, por sus análogas dimensiones con las del segundo templo mexicano, construido por maestros que, hacia mediados del siglo XVI, fray Vicente de las Casas contratara en España y cuyos nombres, Francisco Martí, Juan Sánchez Talaya y Ginés Talaya, son por demás conocidos.
La planta criptocolateral respondía sobre todo a la estricta observancia de los frailes quienes tenían múltiples celebraciones durante el día y a veces a la misma hora. Desde este punto de vista, las capillas laterales tuvieron gran funcionalidad en la vida conventual. Asimismo, esa planta obedeció a las necesidades religiosas de la población española, acostumbrada al complejo culto de las imágenes existentes en cada una de las capillas; estas últimas sirvieron también de sepulcros y, la mayoría de las ocasiones, fueron sede de riquísimas cofradías.
Ciertamente, la cofradía del Rosario ocupó la primera capilla a la izquierda, entrando al recinto. Era la capilla sur del lado del Evangelio, “cuya portada y reja sal[ía] a la misma iglesia debajo del coro”. De ella disfrutó la cofradía tal vez desde el año de 1571, época en que la iglesia fue inaugurada, pero, como a esta aún le faltaba mucho para ser concluida, es posible que aquella tampoco estuviese lista. Como quiera que sea, ya en el año de 1584 los dominicos habían donado la capilla a la cofradía, según un documento que cita Ignacio Orejel Amezcua. Cinco años más tarde Dávila Padilla la mencionó también 266, aunque, como sucede con casi todos los cronistas de la Orden, no dio fecha sobre el establecimiento de la cofradía en ese sitio.
Gracias al espléndido trabajo de Heinrich Berlin, se sabe que en la decoración de la capilla, por los años de 1584 a 1610, intervinieron los siguientes artistas: Tomás de Matienzo, en la cancela; Francisco de Zumaya, Juan de Arrúe y Alonso de Herrera, en las pinturas; Francisco de la Cruz, Pedro de la Cruz y Alonso de Morales, en los retablos y en las tallas de imágenes; un tal Adriano –quizá Suster– carpintero español, en una cajonera; y Juan Bautista –tal vez indio–, en una pintura. Asimismo, en el año de 1592, el pintor Alonso Franco –homónimo del cronista dominico– realizó “un altar de Nuestra Señora” y a Baltasar de Echave Orio se le encargó una pintura de la Virgen del Rosario; de estas últimas no se sabe con exactitud si fueron para la capilla o para algún otro lugar del convento. El incremento de cofrades del rosario durante las primeras décadas del siglo XVII provocó, al parecer, que la capilla resultara insuficiente para albergarlos, así como para los múltiples oficios que ahí se celebraban. El 7 de julio de 1628, en un poder otorgado por los diputados de la cofradía ante el escribano Joseph de Cuenca, se decía que “en el hueco de la escalera que subía al coro desde el claustro se podría adaptar una sacristía. Nada más con ello quedaría ampliada la capilla y su titular debidamente reverenciada”. A estas reformas alude seguramente Alonso Franco cuando dice: “En estos últimos años –se refiere a los de 1637-1645 en que escribía su crónica– se alargó la capilla y se adornó de lienzos pintados al óleo, de milagros del Rosario, y su techo y bóveda de colores y oro [sin duda, yeserías]. Se ha puesto un rico y nuevo retablo. Tiene la capilla doce lámparas de plata, sacristía particular con todo lo necesario y perteneciente a ella: candeleros, frontales, casullas. Finalmente, en todo mucho adorno y curiosidad”. El cronista señala también que, hacia el año de 1644, la Virgen estrenó un vestido bordado de oro y de plata, así como unas andas sobre las que se colocó “un trono de plata en que va la santa imagen en procesión”. Efectivamente, por el año de 1643, Pedro Martínez, platero, Lucas de Soto, dorador, Melchor de Rojas, escultor, Marcos de Oceta, bordador, y Pedro de la Cruz, entallador, trabajaron en la ejecución de unas ricas andas de plata para llevar a la Virgen en la procesión del año nuevo de 1644. En agosto del siguiente año, Marcos de Oceta bordó nuevamente un lienzo para la Virgen. En marzo de 1646, Félix Granados, platero, elaboró cruces y cetros para la capilla; y, en diciembre de 1649, Jacinto de los Reyes, maestro de dorador, renovó los zoclos y los marcos de las pinturas. Hasta el momento no se tienen noticias sobre otras posibles reformas en la capilla. No obstante, se sabe que esta funcionó hasta fines del siglo XVII pues –según un documento del Archivo General de la Nación, al que me referiré con mayor amplitud en el apartado correspondiente a la segunda capilla–, por los años de 1681 y 1682, la cofradía procuraba “el aumento de […] la devoción de los devotos de Nuestra Señora y de su Santísimo Rosario” y veía la posibilidad “de hacer de limosna” una nueva porque “la que tiene al presente es pequeña y no tiene todo lo necesario para el servicio y adorno de dicha imagen”.
La capilla de Nuestra Señora del Rosario de indios mixtecos y zapotecos (1612 a 1681-1688)
Contemporánea a la capilla antes descrita, había otra que albergaba a la cofradía de Nuestra Señora del Rosario de indios mixtecos y zapotecos. A diferencia de la primera, esta última no tuvo capilla particular en la iglesia, sino que su capilla se levantó en el atrio de Santo Domingo, conforme relata Alonso Franco. La existencia de dos capillas con la misma dedicación en el conjunto conventual, revela el propósito de que una alojara a los cofrades españoles y criollos, y otra a los indios. En efecto, Charles Gibson, en su conocidísima obra «Los aztecas bajo el dominio español», refiere que había cofradías exclusivas para blancos, así como para indígenas: “El racismo y la desconfianza de la población española –escribe– eran también actitudes características de las cofradías indígenas que eran normalmente, aunque no siempre, instituciones distintas a las cofradías de blancos, con organización y ceremonias diferentes”. Lo cierto es que los naturales de las naciones mixteca y zapoteca residentes en la ciudad de México tenían una capilla en el patio del convento, al parecer desde el año de 1612. La construcción había sido financiada por los mismos indígenas quienes, además de pertenecer a la cofradía del Rosario de mixtecos, recibían la administración de los santos sacramentos por parte de los frailes. Heinrich Berlin –con base en un contrato de cambio del 20 de mayo de 1681– dice que se hallaba en el lado oriente del atrio, “pared con pared con la iglesia principal” y que medía poco más o menos 19 m. de largo por 7,5 m. de ancho (23 por 9 varas). En ese sitio, desde el 18 de marzo de 1681, la cofradía del Rosario de blancos y los frailes de Santo Domingo determinaron construir una nueva capilla del Rosario, acordando “que para que los indios t[uvieran] capilla se les d[iera] un pedazo bastante de la sala que llamamos del Entierro, en el patio de la iglesia, con un sótano y un patiecillo que corresponde a la capilla de los negros”, seguramente la Expiración. Los frailes y los cofrades del Rosario se comprometieron a dar a los indios todo lo necesario para que pintaran y dejaran en buenas condiciones el salón. Asimismo, solicitaron al maestro mayor de arquitectura Luis Gómez de Trasmonte, realizara el peritaje de la construcción a cambio. Este halló que era de “paredes muy fuertes […], de buen cal y canto, y el envigado del suelo nuevo, y el techo también envigado y cubierto de ladrillo y mezcla” y que media algo menos de 23 m. de largo por 11 m. de ancho (271/3 por 13 varas). A partir de entonces, la capilla de los mixtecos se estableció en el lado poniente del atrio, entre la Expiración localizada al sur y la sala del Santo Sepulcro al norte. No obstante, solo unos cuantos años después, los terciarios querían construir su propia capilla en la parte del salón que se había destinado a los indios. En el año de 1688 lograron su propósito, el salón del Santo Entierro se demolió junto con la capilla de mixtecos. La cofradía se trasladó sin duda a otro sitio, porque en el año de 1751 en su capilla se colocó un altar.
La segunda capilla del Rosario (1681-1690 a 1738-1739)
Aunque este apartado y el siguiente resulten extemporáneos para la época en la cual se centra mi investigación, es interesante agregarlos porque en ellos se alude también a capillas desaparecidas. Dicho lo anterior, conviene indicar que la devoción al rosario creció desmesuradamente durante el siglo XVII. La ingente necesidad de una nueva capilla se hizo presente en la medida de que la que había, además de hundirse sin remedio, resultaba pequeña e insuficiente para los servicios de la Virgen, así como para el número de cofrades –siempre en aumento–. Entre el 18 de marzo de 1681 y el 8 de agosto de 1682, el provincial de la Orden, fray Juan de Córdoba –tercero con este nombre– y el prior de Santo Domingo, fray Cristóbal de Ales cedieron el terreno para la nueva capilla del Rosario, según consta en una escritura citada por Heinrich Berlin. En ella se menciona que los cofrades querían edificar la capilla con las limosnas que recibieran para ese fin y pedían a los padres donaran y señalaran el espacio adecuado para ello. El provincial, el prior y los demás frailes del Consejo aceptaron de buen grado brindar el terreno a la cofradía y solicitaron al maestro Cristóbal de Medina Vargas lo reconociera y determinara si era apropiado “el lugar donde los indios tarascos tenían su capilla”, aunque también –dice el documento líneas adelante– se “hall[ó] ser el sitio más a propósito para ello, la capilla que tenían los indios mixtecos y zapotecos en el patio de dicho Real Convento…”. El dictamen del maestro mayor, con fecha 18 de marzo de 1581, establecía que la construcción sería del todo favorable en ese emplazamiento y que no provocaría daños a la estructura del templo. La capilla quedaría unida a aquél y le serviría de soporte en un muro desplomado. En esa misma fecha, los frailes del Consejo estuvieron de acuerdo en que la capilla se construyera en el espacio propuesto, no sin antes exponer, entre algunas condiciones, que la fábrica quedaría a cargo del maestro mayor Cristóbal de Medina Vargas y que los cofrades remediarían cualquier perjuicio que sufriera el templo por causa de la obra. Asimismo determinaron dar a los indios una fracción de la capilla del Santo Entierro; resolución que tuvo efecto el 20 de mayo de 1681, conforme al contrato de cambio ya referido. Heinrich Berlin comenta que los cofrades del Rosario apenas usufructuaron la capilla de los indios, ordenaron su demolición y empezaron la cimentación del nuevo edificio, lo cual sucedía entre mayo y junio de 1681, conforme a la escritura antes reseñada. No obstante, el mismo autor dice que la primera piedra de esa fábrica se colocó en abril de 1682. En la decoración de la capilla se reutilizaron lienzos con escenas de milagros del Rosario, lámparas, colaterales y los objetos ornamentales que había en la sacristía de la primera capilla. Entre los artistas más importantes que trabajaron en ella se encuentran Juan de Rojas y Cristóbal de Villalpando. El primero, indica Berlin, en el año de 1706 realizó el retablo principal en el cual se instaló una imagen de Nuestro Señora sobre una peana de plata. El otro, por ese mismo año, se ocupó de la pintura del artesón, de la bóveda del altar mayor, de la renovación de algunos lienzos y posiblemente también de la ejecución del bellísimo óleo al que se han dado los nombres de «La Virgen alimenta a santo Domingo», «La Virgen consolando a santo Domingo» y «Alegoría del Rosario». La capilla estuvo en ese sitio cincuenta años aproximadamente. Berlin dice que fue demolida en el año de 1738, pero en un documento del 20 de julio de 1739 se indica que todavía subsistía, aunque arruinada y en total deterioro. Contribuyeron a ello el hundimiento del suelo, la humedad, las inundaciones y sobre todo la edificación del templo inmediato –el actual– de dimensiones y estructura similares al anterior, y construido entre los años de 1716 a 1736. En el año de 1738 la capilla del Rosario se encontraba completamente dañada. Los cofrades decidieron entonces comenzar a derribarla y construir otra en el mismo sitio. Para hacerse cargo de las dos faenas, designaron al arquitecto Francisco Valdés. Las obras de demolición se iniciaron por las bóvedas, las cuales, al caer producían movimientos en la tierra. Pedro de Arrieta al percatarse de que el edificio del Santo Oficio –recién construido por él– podría sufrir algún percance, manifestó su disgusto a los inquisidores. Estos pidieron parecer a los arquitectos Miguel Custodio Durán, Miguel José de Rivera y José Eduardo de Herrera quienes –al igual que Arrieta– juzgaron catastrófico para el tribunal el proyecto de Valdés. Dicho plan consistía en derruir la capilla y reutilizar los cimientos en la nueva obra; esto último, según los arquitectos, era asimismo “labrar sobre falso” porque la capilla volvería a cuartearse y a hundirse. Los cofrades deben de haberse convencido de lo inútil y costoso que sería construir en el mismo sitio la capilla, porque en julio de 1739 solicitaron a los frailes de Santo Domingo la donación de un terreno para construir otra capilla del Rosario. En la actualidad no se perciben vestigios del edificio, pero es seguro que, con solo levantar el lambrín del muro sur en la hoy capilla de San Martín de Porres, aparezca el arco tapiado que comunicaba a la capilla del Rosario con el interior del templo. Antes de recubrirse esa pared, el padre Santiago Rodríguez vio el arco, achaparrado y debajo de la ventana.
La última capilla del Rosario del templo de Santo Domingo de México (1738-39 a 1861)
Antes de finalizar la demolición de la capilla ejecutada por Cristóbal de Medina Vargas, los frailes cedieron a la cofradía otro terreno para que construyeran una nueva. Al poniente, en el patio que había entre la portería y la sacristía, entre la iglesia y el convento, perpendicular al eje del templo, se alzó la otrora majestuosa edificación. La planta era poligonal, según un magnífico plano del año de 1872 que guarda el padre Santiago Rodríguez. En ella había camarín, presbiterio, sacristía, sala de cabildos y tribuna para el coro. Se comunicaba con la iglesia mediante un gran arco –ahora cegado– que daba a la antecapilla o vestíbulo, sitio que hoy prevalece en calidad de capilla del Rosario. Hacia los años de 1756 y 1757 en que fray Juan José de la Cruz y Moya escribía su historia, la cofradía había gastado $45,300.00 en la fábrica y adorno de la capilla. Esta tenía tres retablos: uno de ellos sustituyó al que hiciera Juan de Rojas en el año de 1706 y fue realizado probablemente por Isidoro Vicente Balbás; los otros dos los ejecutó José de Ureña, tuvieron un precio de $7,000.00 y se inauguraron el 25 de marzo de 1751. Había lienzos con escenas de la vida de la Virgen pintados, en su mayoría, por Santiago Villanueva. Asimismo, la capilla custodiaba infinidad de alhajas, lámparas y candiles de plata quintada. La corona de la Virgen era de oro con incrustaciones de piedras preciosas entre las que se contaban 282 rubíes, 255 esmeraldas, 216 diamantes y 1644 perlas. El Niño Jesús disfrutaba de una corona similar pero con 187 esmeraldas, 188 rubíes, 279 diamantes y 1256 perlas. La Virgen poseía además, anillos, cintillos de esmeraldas, rosarios de cuentas de oro, perlas, ámbar, azabache, cristal, ágata y coral. El edificio y la cofradía del Rosario siguieron prosperando todavía durante más de una centuria. Antonio García Cubas, en pleno siglo XIX, decía que la capilla era “una joya de arquitectura […] uno de los más elegantes edificios que poseía la capital”. No obstante, la destrucción de la capilla y la pérdida de los bienes de la cofradía se produjeron por esa época; los causantes –en aquella ocasión– fueron los legisladores nacionales que engendraron las Leyes de Reforma. En febrero de 1861 los frailes dominicos fueron exclaustrados y fraccionado el terreno que ocupaba el recinto conventual. En ese mismo año se confiscaron las valiosas joyas que guardaba la capilla del Rosario y se derribó la capilla con el objeto de abrir la espléndida y funcional calle de Leandro Valle que, como dijera Manuel Toussaint, “no va a ninguna parte ni viene de ninguna”. En términos generales se puede decir que: – En la primera construcción de la iglesia de Santo Domingo hubo un altar dedicado a la Virgen de la cofradía, localizado junto al presbiterio o capilla mayor, del lado de la epístola, a la derecha del espectador. – En el segundo templo hubo también un retablo que guardaba la imagen de plata de la Virgen, colocado junto al presbiterio (derecha del espectador), del lado de la Epístola. Al mismo tiempo existía la capilla del Rosario, del lado del Evangelio, debajo del coro. Por esa época los indios mixtecos y zapotecos tenían su capilla del Rosario en el atrio. – Igualmente, existiendo todavía el segundo templo, Cristóbal de Medina Vargas edificó otra capilla. Esta se localizaba al sur de la iglesia y al este del atrio, enfrente de la Inquisición. – En la tercera iglesia, el altar mayor albergaba a la imagen de plata de la Virgen. La capilla del Rosario, planeada probablemente por Pedro de Arrieta, se encontraba al oeste del templo y perpendicular con su eje.
En Puebla y Oaxaca
Es posible asegurar que inmediatamente después de levantar una iglesia, los frailes erigían también el altar de la cofradía del Rosario y, por lo tanto, puede suponerse que todas las iglesias conventuales de la Provincia de Santiago, durante el siglo XVI, gozaron de un altar dedicado a la Virgen de esa devoción. El caso del altar de la cofradía del Rosario del templo dominico de San Pablo, en la Villa de Antequera de Oaxaca, es parecido al de la ciudad de México, puesto que, a la fecha, no quedan ni las ruinas del recinto del siglo XVI. No obstante, se sabe que este se fundó en el año de 1529, que no fue construido hasta después de 1533 “con cimientos de piedra y muros de adobe”, y que los sismos ocurridos en los años de 1603 y 1604 lo dejaron inhabitable. El edificio era posiblemente de una sola nave con orientación este-oeste, y el altar de la Virgen –al igual que en la generalidad de los templos de la Orden– se localizaba tal vez a un costado del altar mayor, del lado de la Epístola. Para el padre Esteban Arroyo, fray Tomás de San Juan fundó la cofradía entre los años de 1535 y 1537, período en el cual, según el historiador, el fraile era superior del establecimiento de Oaxaca. Si en efecto, desde esa época se hubiera instaurado la cofradía, esta y el altar de la misma serían más antiguos que los de la ciudad de México, y fray Tomás, en ese caso, se habría adelantado a las disposiciones divinas ya referidas. Lo cierto es que el altar, ya sea que se hubiere instalado antes o en el mismo año de 1538, prevaleció en el espacio arriba señalado hasta los años de 1603 o 1604 en que el templo quedó destruido. A pesar de ello, para ese tiempo los dominicos ya tenían muy avanzada la obra del nuevo edificio. Se apresuraron a concluirlo y, en el año de 1608, el inmueble –aún sin terminar– se inauguró y dedicó a Santo Domingo de Guzmán. Pese a que desde el año de 1592 el templo dominico de Oaxaca dejó de pertenecer a la Provincia de Santiago, es interesante agregar que la segunda fábrica –la actual– siguió el modelo de la iglesia de Santo Domingo de México. Posiblemente ya en el año de 1608 en que se inauguró el templo, la cofradía del Rosario ocupara la capilla del lado de la Epístola, junto al retablo principal. Al respecto, Jesús H. Álvarez indica que “a la derecha e izquierda del altar mayor estaban las capillas del Santo Cristo y del Rosario”. Francisco de Burgoa, por su parte, dice lo siguiente: “la capilla mayor es un cuadro, sobre cuatro arcos a la medida del ancho de la iglesia, y de la misma obra, y dorado, los dos arcos de los lados, penetran en proporción los artesones de dos bóvedas, que hacen crucero con dos suntuosas capillas del Santo Cristo, y de Nuestra Señora del Rosario…”. En cuanto al primitivo templo dominico de Puebla hubo igualmente un altar dedicado a la Virgen de la cofradía. Efraín Castro Morales dice que se encontraba “cerca del presbiterio de la iglesia”, quizá del lado de la Epístola, sitio en el que, a mi modo de ver, se colocó a raíz de que se fundara la confraternidad mariana. Asimismo, Castro Morales y el cronista Francisco de los Ríos Arce observan que la instauración de la hermandad se verificó a mediados del siglo XVI, aunque según el acta constitutiva de la cofradía, referida por Cruz y Moya, el establecimiento de aquella se efectuó en “todas las antiguas casas de la Provincia de Santiago” –entre las cuales se encontraba la de Puebla– en el año de 1538. Entre los años de 1656 y 1661 el convento dominico de Puebla se separó de la Provincia de Santiago, pasó a ser la casa principal de la nueva Provincia de San Miguel y los Santos Ángeles, erigida en ese tiempo. No obstante, hay que añadir que por esa época, “toda persona ilustre se encontraba inscrita en la archicofradía”. Innumerables eran los cofrades y cuantiosas las riquezas. Era “la hermandad más opulenta de Puebla”. En esas circunstancias, los adeptos del rosario financiaron la construcción de otra capilla regia y espléndida, conforme se contempla hoy en día. Fray Agustín Hernández de Solís fue el creador del simbolismo de la ornamentación, mientras que el provincial fray Diego Gorozpe dio a la imprenta los «Siete sermones» que predicara el 16 de abril de 1690, con motivo de la inauguración de la suntuosa capilla. Ahí decía lo siguiente: “Obra grave y de la vanidad del maestro Francisco Pinto, artífice de ambos mundos, cuyas obras son el mayor esclarecimiento de su fama”. La cofradía del Rosario, con sede en la capilla que se comunica con el templo dominico de Puebla, era desde luego de blancos, pero con toda seguridad en el atrio del recinto existió una capilla de indios y tal vez alguna otra de castas. A la fecha, por ejemplo, subsiste la capilla de mixtecos que cobijó sin duda al altar de la cofradía del Rosario. La capilla de esos indios se fundó entre los años de 1620 y 1622, mas no se construyó hasta el de 1696 por solicitud de fray Juan de Malpartida. En los pueblos de indios hubo también altares dedicados a la Virgen de la cofradía. En Tacubaya, por ejemplo, antes del año de 1577, fray Juan de Alcázar estableció la cofradía del Rosario y –según comenta Davila Padilla– “hizo una imagen grande de Nuestra Señora del Rosario, que hoy está asentada en la caja principal que hace el retablo del altar mayor”, lo cual indicaría quizá, que la imagen se hallaba antes en otro altar, posiblemente del lado de la Epístola. En la pequeña iglesia de Almoloyas había un retablo dedicado a la Natividad de Nuestra Señora, y dos altares colaterales: uno tenía como titular al Santo Crucifijo y otro a la Virgen del Rosario. Asimismo, en San Miguel Tlalixtac, los altares laterales estaban dedicados a Jesús y a su Madre; esta última poseía valiosas joyas regaladas por los devotos zapotecas: había una lámpara de plata, mantos de tela finalmente bordada, una corona de oro, ciriales e incensarios.
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