SECULARIZACIÓN DE TOPONIMIOS Y CULTO A LA REVOLUCIÓN

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El Libro del Génesis relata que Dios creo al ser humano «a su imagen y semejanza» (Gn.1, 27), e inmediatamente el relato dice que Dios les asignó una tarea: “Creced y multiplicaos, y henchid la tierra y enseñoreaos de ella..” (Gn.1,28). A continuación, el relato dice que el Creador les presentó “todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo al hombre, para que viese «como los había de llamar».” (Gen.2,19)

Ese lenguaje metafórico señala una realidad profundamente enraizada en el ser humano: que éste inicia su dominio sobre la creación «poniéndole nombre» a toda ella. Lo relevante pues no es que nombre le pone, sino el «hecho de poner el nombre», y por eso no importa cuál sea el idioma o vocablo que se emplee; lo realmente importante es el significado que quiso darle quien puso tal nombre a tal cosa.

Hablamos de «toponimia» (topos=lugar; onyma=nombre) cuando los hombres dan nombre a una realidad geográfica (ríos, montañas, regiones, poblaciones); dicho de otro modo, “la toponimia es la disciplina que estudia el origen, significado y evolución de los nombres propios de los lugares.”[1]La toponimia tiene pues una relación importante con la historia, la lingüística y la identidad de un pueblo.

LA TOPONIMIA PRECOLOMBINA

El Continente americano estuvo habitado desde tiempos inmemoriales por una atomización de pueblos que, desde su probable arribo por el norte y a lo largo de muchos siglos, se fueron distribuyendo progresivamente por todas las regiones del inmenso Continente.

Los pueblos situados entre los Trópicos (Cáncer y Capricornio) alcanzaron un mayor grado de civilización, fueron sedentarios, conocieron la agricultura y erigieron ciudades. Los situados de los Trópicos hacia los Polos fueron nómadas o seminómadas y vivieron precariamente, muchos de ellos casi en estado de supervivencia. El aislamiento ancestral en que vivieron explica que, antes de la llegada de los europeos, se hablaran alrededor de dos mil lenguas diferentes,[2]de las cuales actualmente sobreviven aún unas doscientas en Mesoamérica y unas 600 en Sudamérica.[3]Los cinco países hispanoamericanos con mayor número de lenguas originarias vivas son: México (67), Colombia (65), Perú (47) y Venezuela (37).

A esa verdadera «Babel» habría que agregar el hecho de que ningún pueblo precolombino alcanzó la escritura «fonética», por lo que se carece de mucha información sobre la toponimia original prehispánica. Ejemplo de ello es que, aún hoy, se desconoce cuál fue el nombre original que dieron quienes habitaron el enorme complejo arqueológico que hoy se conoce como «Teotihuacan».[4]

Sin embargo, la tradición oral permitió a cronistas y evangelizadores del siglo XVI conocer la toponimia de cientos de lugares, y dejarla registrada en multitud de crónicas como la siguiente: “…e allí vinieron luego los caciques de los pueblos de Guaxocingo, (Huejotzingo) questaba cerca, e eran amigos e confederados de los tascaltecas…”[5]

LA TOPONIMIA EN EL SURGIMIENTO DE HISPANOAMÉRICA

Fue la Hispanidad la que dio origen a Hispanoamérica; es decir, una comunidad de naciones cuya unidad se encuentra más en el espíritu que en la biología, que es más cultural que racial, pues como certeramente afirmaba José Vasconcelos, “Bajo la acción civilizadora de los españoles se castellanizó el indio de un extremo a otro de América. Y desde entonces cada indio que habla castellano como su lenguaje nativo, es un hijo legítimo de la raza española, que está hecha no sólo de sangres afines, no solo de mestizajes generosos, sino también de formas y alianzas del espíritu”

Ese mestizaje cultural especifica la identidad de Hispanoamérica, forjada por la acción de la Hispania descubridora y evangelizadora, en la materia prima que fueron los pueblos originarios americanos. De la mezcla de ambas, de la adecuación de una a otra, surgirá entonces el «mestizaje», que es racial y cultural, creando y trayendo a la existencia el nuevo ser hispanoamericano. Esa nueva unidad ontológica de nombre cristiano y apellido indígena surgida en el siglo XVI, abarcó a personas, a instituciones, a templos, y desde luego, también a la toponimia.

En este sentido podemos citar a personas destacadas como el cronista inca Felipe Poma de Ayala, y al historiador Fernando de Alva Ixtlilxóchitl; a instituciones como el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, y el Colegio de la Trasfiguración de Cuzco; a templos como Santa María Tonanzintla, y Nuestra Señora de Izamal. En lo referente a la toponimia es notoria la presencia a lo largo y ancho del Continente del nombre del apóstol Santiago, el que llevan más de veinte poblaciones hispanoamericanas: desde Santiago de Chile, hasta Santiago de Cuba; desde Santiago de Querétaro hasta Santiago de Atitlán.

EL PROCESO DE SECULARIZACIÓN

La raíz del proceso de secularización -entendido como el abandono y alejamiento de la Fe cristiana-, la encontramos en la premisa fundamental del movimiento de la «ilustración», sintéticamente señalada en el periódico «L'Humanité» (La Humanidad) en 1904 por Jean Jaurés: «el hombre debe «liberarse» de Dios». En el lugar que debe ocupar Creador, el pensamiento ilustrado no colocó al hombre como falsamente muchos afirman, sino a un remedo de libertad sin responsabilidad alguna; luego se lanzó contra Iglesia, contra la Ley de Dios, y finalmente también contra la ley natural.

El hombre que se creyó «liberado» de Dios perdió de vista su propia realidad de ser finito, ontológicamente limitado pero llamado a la perfección por el Amor del Ser Supremo que le hizo partícipe de su Ser al crearlo “a su imagen y semejanza” (Gn.1.27).

Ese hombre «liberado» dejó de ser sabio, pues “Sabiduría es vivir y existir según la inteligencia o según el orden del ser; es decir, sentir, conocer y querer a sí mismo y a todo ente «en los» y «con los» límites que les son propios, cumplidamente; que es querer y promover su propia perfección… (La sabiduría) lo vincula a lo real como ser en el mundo, y lo destaca de él como ser para Dios al que se halla ontológicamente vinculado como a lo Otro distinto de él (…) alteridad que asegura la indestructibilidad de su ser y, a la vez, le provoca la atracción a su fin. ”

El hombre que dejó de lado la sabiduría se volvió estúpido; y al igual que nuestros primeros padres, volvió a caer en la vieja tentación de aquel que es mentiroso y “homicida desde el principio” (Jn.8,44): “seréis como dioses” (Gn.3,5). La Ilustración «liberada» de Dios engendró varios hijos; entre ellos el Positivismo, que acabó sustituyendo a la razón por la experiencia y a la moral por la ciencia experimental. La ciencia experimental absolutizada hizo progresar la materia, pero hizo retroceder al ser humano a un estado de barbarie: el «bárbaro civilizado», capaz de borrar la vida sobre la faz de la tierra.

En su obra «Los hermanos Karamazov», Fiodor Dostoievski advierte: «Si Dios no existe, todo está permitido». Las dos guerras mundiales, los campos de exterminio, las armas de destrucción masiva, las bombas atómicas, y las dictaduras totalitarias, son algunos de los frutos de la ilustración positivista que dan toda la razón a Dostoievski. El proceso de secularización en Hispanoamérica adoptó primero el espejismo de la libertad falsificada de la Ilustración; luego, paulatinamente, hizo a un lado la Ley de Dios, después se lanzó contra la Jerarquía de la Iglesia, contra el pueblo fiel, y contra la cultura católica donde tiene su asiento la toponimia.

LA TOPONIMIA SECULARIZADA

Los vientos del secularismo ilustrado soplaron en toda la toponimia hispanoamericana; un ejemplo lo tenemos en la capital de Colombia, fundada en 1538 con el nombre de «Santa Fe», y que a lo largo del periodo virreinal fue conocida como «Santa Fe de Bogotá». Oficialmente tuvo ese nombre hasta el año 2000, cuando los vientos secularizantes eliminaron el nombre cristiano para dejarlo solo como Bogotá. Pero en México los vientos del secularismo alcanzaron la categoría de huracán. En el caso de México, la eliminación de las referencias cristianas en la toponimia ha sido más radical, pues no solo han sido eliminadas, sino «sustituidas»; en el siglo XIX por nombres del liberalismo jacobino, y en el siglo XX por nombres de personajes de la revolución mexicana.

Del siglo XIX podemos citar a la ciudad de San Cristóbal Las Casas a la que se le eliminó el nombre cristiano quedando solo como Las Casas; San José de Toluca fue renombrada como Toluca de Lerdo; Puebla De los Ángeles cambió a Puebla de Zaragoza; a San Andrés Cholula se le llamó Cholula de Rivadavia (en honor al célebre masón argentino); San Martín Zamora, a Zamora de Hidalgo; San Felipe del Real de Chihuahua quedó solo como Chihuahua, etc.

En el siglo XX, la secularización siguió las pautas de la revolución mexicana, a la que se le llegó a rendir un «culto» irracional, como lo denunció José Vasconcelos: “La revolución como tal, no vale el papel en que se escribe un libro. Toda revolución es una pústula que estalla en un cuerpo enfermo. Un pueblo sano no ha menester de revoluciones para consumar su desarrollo. Un pueblo enfermo puede hallar en la revolución alivio, como cuando la inflamación revienta los tejidos, los purifica momentáneamente. Vale más que estalle la pústula y no que el pus envenene todo el sistema orgánico. Pero no por eso es legítimo ponerse a venerar el tumor. Solo las almas menguadas pueden rendir culto a «la revolución», que es lo mismo que venerar podredumbre”.

El espíritu de la Revolución, contraria plenamente a la identidad mexicana -magistralmente sintetizada en «Los Sentimientos de la Nación» del prócer insurgente José María Morelos y Pavón- quedó plasmada en sus artículos 1°, 3°, 5°, 27° y 130°, llegando hasta el ridículo durante las discusiones sobre el artículo 5°, el que buscaba prohibir los nombres cristianos no solo en la toponimia sino también en las personas. El diputado constituyente Luis G. Monzón, haciendo gala de su fanatismo anticristiano se vanaglorió de que sus hijos no hubieran sido bautizados, y que se llamaban ¡«uno, dos tres y cuatro»! Lo cierto es que, desde entonces, en muchos casos la secularización ha logrado invirtir el mestizaje identitario: del nombre cristiano y apellido indígena, se pasó al nombre indígena y el apellido español.

La toponimia revolucionaria se extendió a las poblaciones que aún conservaban nombres cristianos, generalmente poblaciones pequeñas pues las ciudades grandes ya habían sido secularizadas por el liberalismo decimonónico. San Bartolomé de los Llanos, Chiapas, se convirtió en Venustiano Carranza; San Andrés Chalchicomula fue renombrada como Ciudad Serdán; Santiago Huatusco, en municipio Carrillo Puerto; Villahermosa de San Juan Bautista perdió su apellido y quedó simplemente como Villahermosa; Sonoyta de Nuestra Señora de Loreto, en Municipio Plutarco Elías Calles; la Villa de Concepción de Zacatula, en Melchor Ocampo del Balsas (en el siglo XIX) y luego en Ciudad Lázaro Cárdenas, etc.


NOTAS

  1. https://es.wikipedia.org/w, mientrasiki/Toponimia
  2. Cfr.https://es.babbel.com/es/magazine/idiomas-de-la-colonizacion-en-america
  3. Cfr.https://es.wikipedia.org/wiki/Lenguas_indígenas_de_América_del_Sur
  4. Los mexicas o aztecas —hablantes de la lengua náhuatl— empleaban el nombre de «Teotihuacan» para referirse a las ruinas de la antigua ciudad, la cual tenía cerca de 1000 años de abandono cuando la encontraron en el siglo XIV, y de la cual se ignora su nombre original. El término usado por los aztecas fue ampliamente recogido en fuentes históricas (Sahagún: Códice Matritense del Real Palacio; Clavijero: Historia antigua de México).
    Dichas fuentes son, principalmente, el origen de muchos malentendidos sobre el uso y terminología de un sitio denominado genéricamente como «Teotihuacán», pues la conocieron cuando únicamente quedaban yacimientos dispersos. Entre las mismas fuentes, Teotihuacán era una ciudad de un pasado en el que también floreció Tula, por lo que pensaban que sus habitantes fueron, en esencia, toltecas.
    (https://es.wikipedia.org/wiki/Teotihuacán,consultado el 26/03/26)
  5. DÍAZ DE CASTILLO Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Cap. LXXXVI. Ed. ESPASA-CALPE 8 Ed, p. 174