Diferencia entre revisiones de «ÁLVAREZ HERRERA, Bernardino»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda
 
Línea 15: Línea 15:
 
El 12 de agosto de 1584, víspera de la fiesta de San Hipólito, fray [[ÁLVAREZ_HERRERA,_Bernardino | Bernardino Álvarez]] falleció en la ciudad de México a los setenta años de edad. Fue sepultado al día siguiente, asistiendo a sus funerales toda la ciudad que lloró su desaparición. Las exequias fueron precedidas por el Visitador Real y después Arzobispo de México Pedro Moya de Contreras, y el sermón fúnebre pronunciado por el provincial de la Orden de San Agustín fray Juan Adriano.
 
El 12 de agosto de 1584, víspera de la fiesta de San Hipólito, fray [[ÁLVAREZ_HERRERA,_Bernardino | Bernardino Álvarez]] falleció en la ciudad de México a los setenta años de edad. Fue sepultado al día siguiente, asistiendo a sus funerales toda la ciudad que lloró su desaparición. Las exequias fueron precedidas por el Visitador Real y después Arzobispo de México Pedro Moya de Contreras, y el sermón fúnebre pronunciado por el provincial de la Orden de San Agustín fray Juan Adriano.
  
=Notas=
+
==Notas==
  
<references></references>
+
<references/>
  
 
=Bibliografía=
 
=Bibliografía=

Revisión actual del 17:51 26 may 2015

ÁLVAREZ herrera, Bernardino (Sevilla, 1514; ciudad de México, 1584) Fundador, fraile, humanista

Del matrimonio de noble estirpe formado por don Luis Álvarez y doña Ana Herrera, nació Bernardino en la ciudad de Sevilla en 1514. Siendo muy joven, su espíritu aventurero lo trajo a Nueva España donde participó como soldado en la campaña de pacificación de los chichimecas. En la ciudad de México llevó una vida disipada e inmoral que le llevó a prisión, de donde se fugó junto con otros reos. Mientras sus compañeros de fuga fueron capturados, Bernardino pudo escapar y trasladarse hasta el Perú donde debido a su ingenio “llegó a reunir más de treinta mil onzas de plata.”[1]

Treinta años después y con su amasada fortuna, regresó a México donde ya nadie se acordaba de sus fechorías juveniles. Para entonces le envió a su madre. ya viuda y residente en Sevilla, ocho mil reales de plata junto con la súplica de que se trasladara a vivir a México con la comodidad que le significaba su posición económica. Pero era doña Ana una mujer de sólidas convicciones cristianas y ella le contestó “que tenía el dinero que bastaba a sus necesidades, y que las riquezas con que Dios le había socorrido, las gastase en obsequiar a Dios y que él mismo se entregase a su servicio.[2]Las letras de su madre conmovieron profundamente a Bernardino quien, arrepentido de su vida pasada, decidió hacer caso al consejo materno y, a diferencia del «joven rico», él si puso en práctica la indicación de Jesucristo: “Vende todo cuanto tienes y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en el los cielos; luego ven y sígueme” (Lc. 18,22).

Bernardino se vistió con un sayal y se presentó en el Hospital de la Limpia Concepción -que había sido fundado por Hernán Cortés- donde se puso a servir a los enfermos. El contacto con los retrasados mentales, los locos, los ancianos y los convalecientes pobres, le hizo ver la necesidad de crear una institución que atendiera y remediara la situación de esas personas; y como contaba con los recursos suficientes, en 1566 creó para ellos un Hospital, el cual “el arzobispo Montúfar dispuso que quedase bajo la advocación de San Hipólito[3]Para atender el hospital era necesaria una «cofradía», pero los planes de Bernardino no se limitaban a un solo hospital, por lo que pensó entonces formar una congregación sujeta a reglas. Fundó entonces la «Orden de los hermanos de la Caridad», primera congregación creada y formada por mexicanos.

El sentimiento de solidaridad que preside creaciones semejantes no fue un accidente, sino una tendencia (…) Una de sus manifestaciones fue la fundación en México por Bernardino Álvarez de la Orden de los Hipólitos, o de la Caridad. Después de una vida harto ligera, Álvarez entró por la vía del arrepentimiento, y, habiendo amasado fortuna en el Perú, regresó a México, de donde años antes había huido por dificultades con la justicia. En 1566 empezó la construcción del primer hospital, junto a la iglesia de San Hipólito, fundando en 1594 la referida Orden hospitalaria para perpetuar su obra, cuyos miembros hacían votos de pobreza, castidad, hospitalidad y obediencia.”[4]

Por lo que se refiere al Hospital,“El edificio original, construido de adobe, fue sustituido en 1777 por el que aún subsiste, mientras la iglesia, iniciada en 1602 en el lugar de la primitiva ermita, se concluyó, aunque sin retablos, en 1740. La institución se sostuvo con limosnas y donaciones, y con ayuda de los congregantes marianos, vinculados a la Compañía de Jesús. En el siglo XVIII el hospital se había convertido exclusivamente en manicomio.[5]

Además del Hospital de San Hipólito, fray Bernardino Álvarez fundó muchos otros establecimientos atendidos por los Hermanos de la Caridad. De esa verdadera «red de caridad» iniciada por fray Bernardino y continuada por la Orden por el fundada, destacan: “el hospital de Santa Cruz de Oaxtepec, para incurables, cuya construcción se inició en 1569 y donde Gregorio López escribió su Tratado de la Medicina; el hospital de Nuestra Señora de la Consolación, en Acapulco, bajo el patrocinio real a partir de 1598, para atender a la población local y a los marinos y soldados que viajaban por el Pacífico; el hospital de San Martín, en la isla de San Juan de Ulúa, creado en 1569 para cuidar a los enfermos que llegaban en las flotas, a los esclavos negros y a los soldados forzados que vivían en el puerto; el hospital de Pobres o de la Caridad en Veracruz, que en 1614 se fusionó con el anterior para formar, en un nuevo edificio, el de San Juan de Montesclaros, al que pagaban cuota la Armada de Barlovento (…) y los hospitales de la Limpia y Pura Concepción, de Nuestra Señora de Belén y de San Roque, situados sucesivamente en Jalapa, Perote y Puebla.[6]

El 12 de agosto de 1584, víspera de la fiesta de San Hipólito, fray Bernardino Álvarez falleció en la ciudad de México a los setenta años de edad. Fue sepultado al día siguiente, asistiendo a sus funerales toda la ciudad que lloró su desaparición. Las exequias fueron precedidas por el Visitador Real y después Arzobispo de México Pedro Moya de Contreras, y el sermón fúnebre pronunciado por el provincial de la Orden de San Agustín fray Juan Adriano.

Notas

  1. Eguiara y Eguren, p. 76
  2. Ibídem
  3. Enciclopedia, p. 4037
  4. Sierra. p. 305
  5. Enciclopedia, p. 4037
  6. Enciclopedia, p. 4038

Bibliografía

  • Eguiara y Eguren Juan José de. Historia de sabios novohispanos. UNAM, México, 1998
  • Enciclopedia de México, Vol. VII
  • Sierra, Vicente D. Así se hizo América. Cultura Hispánica, Madrid, 1950


JUAN LOUVIER CALDERÓN