Diferencia entre revisiones de «AGUSTINOS»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Curiel Méndez, Gustavo. ''Arquitectura monástica agustina en [[NUEVA_ESPAÑA;_Virreinato_de_la | la Nueva España]] del siglo XVI''. Historia del Arte Mexicano. SEP-Salvat, Segunda Edición, México, 1986
 
Curiel Méndez, Gustavo. ''Arquitectura monástica agustina en [[NUEVA_ESPAÑA;_Virreinato_de_la | la Nueva España]] del siglo XVI''. Historia del Arte Mexicano. SEP-Salvat, Segunda Edición, México, 1986
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Revisión actual del 09:22 8 may 2019

AGUSTINOS en la Nueva España y Filipinas

Llegada de los Agustinos a la Nueva España

La Orden de San Agustín (Ordo Fratum Sancti Augutini, O.S.A.), una de las más antiguas del clero regular pues fue fundada por el Papa Inocencio IV en 1244, llegó a Nueva España hasta el año de 1533, cuando franciscanos y dominicos llevaban ya varios años trabajando en la evangelización de los pueblos recién incorporados a la Corona española. “La tardía llegada de los agustinos obedeció a problemas internos de su congregación cuando, al ser dividida su única provincia en España, una parte quedó al mando del que más tarde se convertiría en uno de los más preclaros santos de la Orden, Tomás de Villanueva, en tanto que la otra le fue asignada a fray Juan Gallegos. Este último fue, en realidad, el promotor del paso de los religiosos de su congregación a tierras novohispanas.”[1]

La Corona española había solicitado tiempo atrás a las autoridades de la Orden agustiniana que se incorporara a la tarea evangelizadora en la gobernación de Santa Martha (sur de Colombia) y en Centroamérica, regiones poco atendidas hasta esos momentos; pero las autoridades de la Orden querían establecerse primero en la Nueva España y esa discrepancia retrasó su llegada. “La Orden de San Agustín llegó a la Nueva España el 22 de mayo de 1533, nueve años después que los franciscanos y seis que los dominicos, sin duda por su obstinación de asentarse en estas tierras, y no en la provincia de Santa Marta o Centroamérica, como eran los deseos de la Corona Española, terquedad que se acentuaría al fundar convento en la capital contra el parecer de la Audiencia. La primera expedición agustina estuvo compuesta por siete frailes: Fr. Francisco de la Cruz, a la cabeza, Fr. Jerónimo Jiménez, Fr. Juan de San Román, Fr. Juan de Oseguera, Fr. Jorge de Ávila, Fr. Alonso de Borja y Fr. Agustín de Coruña, quienes se embarcaron en Sevilla el 3 de marzo de 1533 en la nao Santa María de la Anunciada…Atracaron el día 22 de mayo, día de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, en San Juan de Ulúa.”[2]

La llegada del primer grupo agustino a la ciudad de México coincidió con las últimas jornadas de la segunda «Junta Apostólica» que realizaban franciscanos y dominicos; en ella acordaron con los recién llegados que se avocaran a catequizar aquellas zonas geográficas con densa población indígena que ningún anuncio del Evangelio habían recibido. Los agustinos aceptaron la misión, pero exigieron edificar su primer convento en la misma ciudad de México por lo que, a pesar de la Cédula que se los prohibía, tres meses después de llegados iniciaron la construcción de su convento en un solar situado entre los barrios de San Miguel y Salto del Agua.

Poco después iniciaron su labor apostólica internándose en la zona de la tierra caliente situada al sur de los actuales estados de Puebla, México, Morelos y Guerrero. “En este último estado, la Audiencia concedió a los agustinos como primeras provincias para evangelizar las de Tlapa y Chilapa. A ellas pasaron fray Jerónimo de San Esteban y fray Jorge de Ávila.”[3]Hacia el año de 1536, emprendieron la evangelización en la sierra Alta de Hidalgo ya en plena zona otomí, construyendo casas en Tula, Zempoala, Tepeapulco y Tulancingo. Posteriormente iniciaron la penetración hacia el occidente: Michoacán y Guanajuato, fundando poblaciones como Tiripetío.

Características de su labor evangelizadora

La labor evangelizadora y civilizadora de los agustinos fue muy similar a las de las otras Órdenes, pero tuvo una especial problemática en el hecho de que los naturales que habitaban las regiones a ellos encomendadas, eran semi-nómadas, por lo que primero debían enseñarlos a vivir en comunidades fijas. “Desde el llamado «Primer Capítulo», celebrado el 8 de junio de 1534 en el convento de Ocuituco, ordenaron que todos los hermanos, en cuanto llegaran de España, sin importar las borlas y sin excepciones, escogieran algún pueblo y lengua y en ellos aprender la administración de los indígenas. (…) Cuando se consideraba que los indios estaban ya suficientemente catequizados, iniciaban la obra material o «fábrica» tanto del pueblo como de la iglesia. Se trazaban los pueblos en cuadro, y todas las calles con salida, siguiendo el modelo de la ciudad capital y planeaban enseguida las obras públicas, sobre todo las más indispensables, como el llevar agua a las poblaciones, con canales que la conducían al convento, a la plaza pública y al hospital, destacando en esto la fuente de Chilapa, construida por Fr. Pedro Juárez de Escobar, quien superó muchas dificultades técnicas.[4]

Siendo extraordinarios constructores, los agustinos edificaron conjuntos arquitectónico con templos, conventos, colegios y hospitales de grandes dimensiones y bellamente decorados con un arte plateresco propio, diseñado por los frailes y realizado por canteros indígenas; como ejemplo se puede señalar la fachada de la iglesia conventual de Cuitzeo. “Algunas de estas obras eran dirigidas por frailes peritos en este arte, destacando Fr. Andrés de Mata, y su labor en el convento Actopan, uno de los monumentos más sugestivos de nuestra arquitectura colonial, así como en Ixmiquilpan, y Fr. Juan de Utrera en Ucareo, arquitecto excelente, quién ideó un nuevo modo de construcción, para concluir su obra en el tiempo prefijado. Estos frailes se preocupaban en primer lugar por solucionar las necesidades propias de algún pueblo, venciendo para ello todos los obstáculos. En este afán, las técnicas europeas se unían de tal forma con las diestras manos indígenas, que las carencias se convertían en arte. Estas artes eran enseñadas a las personas mayores, porque con los niños, en todos los conventos los frailes se reunían a diario, para la enseñanza de lo que denominaríamos «primeras letras»: leer, escribir, contar y cantar, escogiendo ahí las mejores voces para la formación de los coros conventuales, tan importantes en las ceremonias litúrgicas, dándoles educación especial a quienes destacaban.[5]

Los Agustinos, evangelizadores de las islas Filipinas

Los agustinos en la Nueva España desempeñaron un papel trascendental en la evangelización de las islas Filipinas, pues fue en México donde se alistaron las expediciones que colonizarían y predicarían el Evangelio en esas remotas tierras. El 20 de marzo de 1553, en el convento de la ciudad de México, profesaba como religioso agustino Andrés de Urdaneta, un experimentado cosmógrafo que había participado en las exploraciones del Océano Pacífico. Seis años después, el Rey Felipe II pidió a fray Andrés que acompañara a Miguel López de Legazpi en la expedición que trataría de conquistar “las islas de la especiería” descubiertas por Magallanes. Desde el puerto de Navidad situado en las costas del pacífico mexicano, el 21 de noviembre de 1564 zarpó la flota rumbo a las Filipinas. Cinco sacerdotes agustinos formaban parte de la expedición: Andrés de Urdaneta, Diego de Herrera, Martín de Rada, Andrés Aguirre y Pedro Gamboa. “En la nave «San Pedro», que era la capitana, iban el Adelantado don Miguel (y) el cosmógrafo Fray Andrés de Urdaneta (…) El buque almirante se llamaba «San Pablo», era de cuatrocientas toneladas (…) Iban en este barco el tesorero Guido de Lavezares y fray Pedro de Gamboa, religioso agustino.[6]

La expedición llegó al archipiélago de las Marianas en enero de 1565 y en marzo a las Filipinas; el 8 de mayo López de Legazpi fundó el pueblo de Cebú donde sus hombres encontraron una imagen del Niño Jesús que había pertenecido a la expedición de Magallanes que en 1521 alcanzó esas tierras. “Al otro día mandó el Almirante construir una capilla donde colocar al Niño Jesús y una vez alzada lo llevaron a ella en solemne procesión. Conducían la imagen cinco religiosos de la Orden de San Agustín, y le rendían armas soldados y marineros.”[7]

En el mismo lugar el 28 de mayo fray Andrés de Urdaneta fundó el Convento agustino del Santo Niño que fue el principal centro de evangelización del archipiélago filipino. En 1567 fue elegido fray Diego de Herrera como Provincial de Filipinas y el 24 de junio de 1571 se fundó en la ciudad de Manila el convento de San Pablo –llamado luego convento de San Agustín- que fue Cabeza de la Provincia y Casa Capitular hasta 1901. El Padre General Padre Tadeo de Perugia, agregó formalmente a la Orden de San Agustín la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas, el 7 de marzo de 1575.

Notas

  1. Curiel Méndez, p. 687
  2. Jaramillo y Barajas
  3. Curiel Méndez. p. 688
  4. Jaramillo Y Barajas.
  5. Ibídem.
  6. Sanz y Díaz p. 34
  7. Ibídem, p. 75

Bibliografía

Curiel Méndez, Gustavo. Arquitectura monástica agustina en la Nueva España del siglo XVI. Historia del Arte Mexicano. SEP-Salvat, Segunda Edición, México, 1986

Jaramillo Escutia Roberto O.S.A y Barajas García Jaime O.S.A. El Apostolado Agustino en la Nueva España. Boletín Guadalupano, Año II, núm. 35, Noviembre de 2003

Sanz y Díaz, José. López de Legazpi, Alcalde Mayor de México, Conquistador de Filipinas. JUS, México, 1967


JUAN LOUVIER CALDERÓN