Diferencia entre revisiones de «AVENDAÑO DIEGO DE; Su defensa de la dignidad humana»

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Revisión actual del 10:25 6 jun 2020

El «Thesaurus Indicus», primera carta magna de la defensa de los derechos del hombre

Si algo caracteriza esta obra monumental del Padre Diego de Avendaño S.J., es su defensa cerrada de la dignidad del hombre, sean cualesquiera las vicisitudes y circunstancias de su historia, sin distinción de condiciones políticas, raciales o religiosas.

Es verdad que Avendaño justifica la colonización española de América, e incluso llega a aprobar el sistema de encomienda tan denigrado por el Padre Bartolomé de las Casas; pero contra la tesis de Solórzano, partidario de la perpetuidad de la misma, Avendaño adoptó una posición mucho más liberal: dichas encomiendas –dice– tienen carácter temporal, por un período de dos o tres generaciones, transcurrido el cual, se incorporarán a la Corona, como bienes vacantes.

La originalidad de Avendaño, hasta ahora poco o nada puesta de relieve por historiadores y juristas, es su posición frente al tema de la esclavitud, candente en todos los tiempos. Es sin duda una de las primeras voces, equilibrada y libre de exageraciones, que se alza contra la esclavitud del indio y en defensa de su liberación física y moral.

Para Avendaño, la esclavitud perpetua es una intolerable injusticia y debe ser rechazada de plano, a pesar de que algunas constituciones papales, como las de Calixto III y Nicolás V admitiesen cierta esclavitud por derecho de gentes, regulada no obstante por la costumbre cristiana.

Como para el Padre Las Casas, para Avendaño el texto clave papal al que hay que referirse en esta materia, es la Bula «Sublimis Deus» del papa Paulo III (23 de mayo de 1537) en la que de manera meridiana se reconoce la dignidad humana del indio en este párrafo, que Avendaño hace suyo y que constituye la condena más tajante (¡en el año 1537!) de la esclavitud:

“Aunque es verdad que tales indios no pertenecen al gremio de la Iglesia, sin embargo, de ninguna manera pensamos que deben ser privados de su libertad y del dominio perfecto de sus cosas, puesto que son hombres capaces de fe y salvación y no deben ser exterminados bajo una tiránica esclavitud, sino que deben ser invitados a la vida mediante los buenos ejemplos y la predicación…”.

Partiendo de ahí Avendaño defiende el derecho innato e irrenunciable a la libertad, lo que se opone a toda servidumbre corporal o física, y muy especialmente a toda coacción al trabajo forzoso en las minas. Es verdad que los propios reyes de España se opusieron a esta coacción del indio para los trabajos mineros.

El propio Avendaño recoge en su «Thesaurus» una buena colección de cédulas reales a este respecto. Es tanta –dice– la solicitud de los reyes de España en todo lo que se refiere a la libertad de los indios- que coaccionarlos a un duro trabajo, especialmente en las minas de Huancavelica, equivale pura y simplemente a someterlos a la esclavitud, como en los tiempos de Roma.

No deja de reconocer que hay autores cristianos que defienden esta coacción, a los que se opone tajantemente. Cita muy especialmente el caso del Padre Agia, quien en un principio había sido partidario de la coacción, pero al contemplar personalmente los graves males de orden moral y espiritual que ella ocasionaba a los indios, después se arrepintió y en palabras de Avendaño cantó «la palinodia».[1]

El P. Avendaño conocía de visu las penosas condiciones del trabajo minero; en más de una ocasión había visitado las minas y hasta descendido a los pozos. Así describe gráficamente las instalaciones de Huancavelica en la que los obreros se ven obligados a bajar a una profundidad de ciento cincuenta estadios (el estadio –aclara– equivale al cuerpo humano normal), y ello a la luz de una leve candela y por escaleras de peligroso descenso y ascenso.

Aún para los que aceptan el trabajo voluntario, Avendaño formula condiciones muy estrictas que debe cumplir el empresario, que anticipan ya las modernas concepciones del Derecho laboral, tema en que el «Thesaurus Indicus» es una verdadera mina aún inexplotada, sobre todo en cuanto se refiere a la seguridad e higiene del trabajo, salario justo, vivienda, horario laboral, descanso y libertad de movimiento del obrero durante el trabajo. Jamás en juicio de Avendaño podrán sacrificarse estas condiciones laborales en beneficio del mayor lucro para la empresa.

Avendaño reiteradamente se muestra intransigente contra toda violación de la libertad y dignidad moral y física del indio, que considera gravísimo pecado que debe ser obligatoriamente reparado. Considera incalificable el acto de tomar indios para el servicio personal, lo que no se permitieron ni siquiera los propios Reyes Católicos.

Finalmente conmina a los confesores a que nieguen la absolución a todo patrono o colono infractor de esta justa conducta; estos deberán convencerse de que el indio también es imagen de Cristo quien se entregó por todos, especialmente por los más necesitados.

La amenaza de negación de la confesión, sobre todo en peligro de muerte, a personas de acendrada fe católica como lo eran la mayoría de los colonos españoles (arma que blandió también el P. Las Casas), constituyó un recurso de incalculables ventajas sociales para el indio, todavía poco estudiado. La contribución de Avendaño, hombre de la Inquisición, es de capital importancia.

Estas armas –la negación de la confesión, así como la implantación de la Inquisición en Indias– no iban, como ya señalamos, precisamente dirigidas contra el indio sino contra el colono que atentase contra los derechos de aquel.

La esclavitud negra

Ya Manuel Mendiburu, en su “Diccionario Histórico-Biográfico del Perú”,[2]ensalzó la figura de Avendaño quien “levantó el grito contra la esclavitud de los negros y dijo que el comercio que de ellos hacían los europeos era injusto e inmoral y violaba los más sagrados derechos de la naturaleza”. Para Mendiburu, nuestro jesuita “produjo primero que otros filósofos la idea de la libertad de aquellos que quería de manera absoluta”.

Recordemos que cuando Avendaño actuó en el Perú, la esclavitud negra estaba ya por desgracia sólidamente implantada en Indias. El propio Bartolomé de las Casas, en el siglo anterior, fue partidario del envío de esclavos negros a Indias para relevar en sus trabajos penosos a los indígenas; si bien al final de su vida se arrepintió de ello amargamente y reconoció que debía considerarse al negro, en pie de igualdad al indio, sujeto de los mismos derechos y deberes.

El tema de la esclavitud negra aparece reiteradamente tratado en el «Thesaurus Indicus», pero su planteamiento esencial lo encontramos en el Tomo 1, título IX, capítulo XII, artículo VIII, bajo el título “De contractu Aethipiorum mancipiorum” (Sobre la trata de los esclavos negros africanos). Hay que reconocer que ha sido por lo general olvidado por los tratadistas de esta cuestión, por lo que bien podemos considerarlo como un documento inédito.

El latín en que fue escrita la obra, elegantísimo y conciso a lo tácito –difícil por tanto de traducir en lengua moderna– puede ser una de las causas de tan lamentable olvido por parte de historiadores, moralistas y juristas, al ser relegada al olvido la lengua del Lacio al advenimiento de la Ilustración.

Cierto que el Padre Avendaño, como el Padre Las Casas y en general los moralistas del Renacimiento, no llega a superar la actitud propia de la época: “el hecho prisionero en justa guerra puede ser sometido a esclavitud”. Pero Avendaño reconoce que en el caso concreto de los esclavos negros importados de África es prácticamente imposible demostrar que para cada uno de ellos exista un título justo que pueda exhibir el que los compra o vende, de que dicho esclavo había sido hecho previamente prisionero en África en justa guerra. Por lo tanto la trata de esclavos negros es algo injustificable que clama al cielo.

Avendaño deja bien sentado que este contrato de compraventa de esclavos negros “tan frecuente en Indias como en Europa, es peligroso para la conciencia cristiana, de tal manera que, si debiera adaptarse a las reglas de la justicia, apenas se encontraría base segura de justificación” (“...adiecerim rem hane adeo esse christianis conscientiis periculosam, ut si ad regulas iustitiae aptari debeat, vix aliquid ocurrat qua possit plena securitas in huiusmodi contractu reperiri”); “apenas deja respiro al que compra o vende esclavos negros por el que pueda mantenerse seguro en su conciencia” (“vix respiraculum relinquens qua possit aut vendens aut emens securus in conscientia manere”).

Si el contrato se hiciera de buena fe, es decir, en la convicción de que existía título justo de esclavitud, podría en rigor justificarse: pero para Avendaño tal no es el caso: al no mediar título legítimo, existe mala fe y por lo tanto obligación de devolver la libertad al negro esclavo y de resarcirle el daño ocasionado.

Después de una larga disquisición y discusión contra la doctrina del jesuita L. Malina (favorable a la esclavitud de los negros angolanos hecha por los portugueses en base al título de “prisionero hecho en justa guerra”, que para Malina no ofrecía las dificultades que para nuestro autor), Avendaño deja bien sentadas así sus conclusiones:

-Este negocio, en la mayoría de los casos, es ilícito, injusto y obliga a la restitución. -Es ilícito comprar en Indias y en Europa las masas de esclavos negros que los mercaderes importan de África.

Avendaño se da perfectamente cuenta del utopismo de su doctrina, y aunque está convencido de que en el noventa y nueve por ciento de los casos este contrato se realiza de mala fe, no deja de reconocer que el mal hecho está ya y que, por otra parte, sobre un tal mal se funda, en parte, la explotación económica de la colonia. Así amonesta a los que creen poseer de buena fe estos esclavos que los traten con más humanidad (“humanius cum ipsis aganl”).

A nuestro juicio es de gran novedad el estudio, comentario y hasta refutación que hace de los tratadistas que le precedieron y que se ocuparon de esta cuestión, a saber: Thomas Sánchez, Malina, Rebello, Fragosso, Palacios, Gaspar Hurtado, Suárez, Solórzano, Agustín Barbosa, Soto, Ledesma, Mercado, Navarro; Pedro ·de Navarra, Francisco García, Palau, Juan Caramuel, Fagúndez y Verricelli.

En todo caso, la posición del moralista Avendaño es bien tajante: quien de mala fe –esto es, escudándose en un título falso– interviene en la trata, peca mortalmente y está obligado a devolver la libertad al esclavo. Por otra parte, la realidad era que «el título falso» era la regla general, esto es: de casi ninguno de estos miserables esclavos podía asegurarse que había sido hecho prisionero en justa guerra.

Así, refiriéndose al caso de los «angolanos» capturados en guerra por los portugueses y después mercancía de la trata, dice Avendaño respondiendo a Malina –quien estaba a favor de la trata a condición de que mediase un «titulus luce clarión» (“título más claro que la luz”) – de esclavitud en justa guerra: “Si se requiere un título más claro que la luz para justificar la esclavitud, hay que reconocer que los angolanos capturados en guerra (por los portugueses) no pueden ser sometidos a esclavitud pues la justicia de tal guerra no es más clara que la luz”.

El Padre Ángel Valtierra S.J. (en su excelente obra en dos tomos «Pedro Claver, el Santo Redentor de los negros») y el Padre Constantino Bayle (en su erudito libro «España en Indias») han hecho mención de un episodio del reinado de Carlos II.[3]La timorata conciencia de Carlos II se vio en un momento turbada sobre la justicia de la trata de negros.

Como era costumbre en aquellos tiempos, la Corona pedía su parecer a la gente de la Iglesia y a los primeros catedráticos de nuestras universidades, entonces luz del Orbe, sobre los puntos en que se ponían en la balanza los derechos del prójimo contra los derechos del rey. El 5 de julio de 1685, pide al Consejo de Indias un informe documentado sobre la materia:

“El Consejo de Indias me informará luego de qué conveniencia son los negros en la América y qué daños se seguirían de no haberlos; si ha habido juntas de teólogos y togados a fin de reconocer si es licito comprarlos como esclavos y hacer asiento de ellos; si hay autores que hayan escrito sobre este particular, quiénes son; y me dirá todas las individuales noticias que el Consejo tenga presentes o pueda adquirir con los papeles concernientes que hubiere, poniéndolos con toda brevedad en mis manos”.

Muy agudamente el Padre Ángel Valtierra se refiere al origen de tal turbación de conciencia del rey de España;[4]tema que también ha sido tratado por el escritor cubano Leví Marrero Artiles en su libro de economía titulado: « Cuba: economía y sociedad».[5]

“Un día cualquiera de 1681, el capellán de Palacio de Carlos II le entregó en su casa real de Madrid unos papeles. Venían de unos pobres frailes capuchinos que acababan de llegar desterrados por «indeseables» de la lejana América. Era un descarnado alegato contra una de instituciones más pingües económicamente de todo el imperio de ultramar: el negocio de la venta de esclavos en el Nuevo Mundo... El rey, de sensibilidad casi escrupulosa, se inmutó, luego se preguntó: «¿No será lícito comprar esclavos?» Dos frailes capuchinos, Francisco José de Jaca de Aragón y Epifanio de Borgoña habían alborotado a Cuba, la Nueva Granada y otras partes. Era el primero discípulo de otro misionero español, jesuita, con sede en Cartagena de Indias, el P. Alonso de Sandoval que acababa de escribir un libro voluminoso sobre el mundo negro: «Naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres, ritos y supersticiones de los etíopes negros», Sevilla 1627. (Segunda edición: Madrid 1647).”

Las ideas de Sandoval eran audaces y llevadas a la práctica acabarían con muchas cosas en las tierras nuevas. E1 21 de agosto, presentó el Consejo a Carlos II la respuesta donde, además de indicar los teólogos que tienen por lícito «debitis cautelis» (con la debida cautela) el comercio de negros, se apuntan las razones que lo abonan y la práctica común de las personas doctas y pías.

Lo curioso es que los expertos del Consejo de Indias, encargados de presentar el informe al rey, no toman de los teólogos y moralistas más que aquella parte de su argumentación que, por regla general, condicional, les es favorable, y en cambio silencian sus rotundas condenas a la esclavitud.

Así, las cuatro conclusiones rotundamente condenatorias de Avendaño no aparecen en el informe; en cambio únicamente recogen los expertos, sin citarle por su nombre, la quinta conclusión de Avendaño en la que este se limita a hacer un resumen de los argumentos que “de algún modo” (aliqualitem) pudieran ser favorables a la trata.

Que Avendaño fue considerado como adalid contra la esclavitud negra, nos lo demuestra la famosa obra del jesuita Domingo Muriel, publicada bajo el nombre de Ciriaco Morelli, «Fasti Novi Orbis et ordinationum. Apostolicafum ad Indiam pertinentium Breviarium» (Venecia 1776), obra en que se ventilan los argumentos en pro y en contra de la importación lícita de los negros, y que termina con el siguiente párrafo que traducimos: “Hemos, pues, de concluir que el mercado de negros no es en verdad injusto como pretende Avendaño, aunque sí peligroso”.[6]

Pero aún hay más: algo a mi juicio inédito y sensacional que ningún historiador, ni extranjero ni español –que yo sepa– ha señalado hasta ahora: el impacto de esta posición de Avendaño contra la esclavitud de los negros sobre la Ilustración y Revolución francesa, y muy especialmente sobre uno de sus más conspicuos representantes: el abate Grégoire.

Cuando este busca argumentos de autoridad, en pasados siglos, en qué fundamentar su posición liberal y humanista a favor de los derechos humanos del negro ¿a quién acude? a fuentes eminentemente españolas de los siglos XVI y XVII, y muy especial y concretamente a nuestro padre Avendaño. Dice así Grégoire en un luminoso párrafo, que esperamos merezca en el futuro retener la atención de todo historiador que presuma de imparcial:

“Avendaño, jesuita, escribió valerosamente contra el comercio de los Negros, y se constituyó igualmente defensor de los Americanos a quienes llama Etíopes, nombre que les dan varios autores de aquellos tiempos. Barbosa, Rebello, Domingo de Soto, Ledesma, Palaus, Mercato, Navarro, Solórzano, Malina y otros profesan poco más o menos la misma doctrina, a excepción de muy pocos, figuran en esta causa honrosa la mayor parte de Religiosos que estaban haciendo las misiones en el Nuevo Mundo...”. Y cita a pie de página, el «Thesaurus Indicus» de Avendaño: «Thesaur. indic.» Anvers, 1668, t. 1, tit. 9, núms. 180, 205 et passim.[7]

Prueba clarísima, si las hay, de que el «Thesaurus Indicus» de Avendaño era moneda corriente entre los hombres de la Ilustración y Revolución del vecino país, y constituía uno de sus principales argumentos de autoridad a favor de sus humanistas y (como puede verse) no tan originales posiciones en pro de la libertad del hombre.

¿No es triste la desidia española, al abandonar prácticamente por completo toda referencia a Avendaño, bandera que tan útil nos hubiera sido contra las manidas acusaciones de obscurantismo, como puede verse, tan poco justificadas? ¿No está pidiendo con urgencia la obra de Avendaño una edición y traducción en lenguas vernáculas modernas (a la que modestamente, a pesar de los escasos medios con que contamos ya nos hemos lanzado)?

Pero Avendaño no es un caso hispánico aislado. Como muy acertadamente apuntó Grégoire en su citada «Apología» que escribe “el 22 Floreal del Año 8”, existe toda una pléyade de autores españoles que comparten su opinión o que él utiliza como fuentes: todo un cuerpo de doctrina que brindó el mejor pábulo a hombres como Grégoire y que (por los motivos que sean; habría no poco que investigar sobre este fenómeno), España no ha sabido hasta ahora aprovechar.

Nunca será tarde, sobre todo en el nuevo contexto en que vivimos de la comunidad internacional y ante la nueva problemática a favor de los derechos del hombre fomentada por las Naciones Unidas. Voces como la del español/peruano Avendaño, si lo fueron en la Ilustración y Revolución galas, con más motivos pueden y deben ahora en el moderno concierto de las Naciones ser de nuevo escuchadas.

La proyección y personalidad de Avendaño resaltan así hoy de manera universal: europeo por ser cristiano español; americano (defensor del indígena); africano (defensor del esclavo negro). De pocos hijos como este puede ningún país presumir.

Aun referido a lo «estrictamente literario» vienen aquí como anillo al dedo aquellas luminosas palabras del presidente de la Real Academia Española, Dámaso Alonso. Él se refiere en general a nuestra literatura del Siglo de Oro (a la que –señalo– Avendaño pertenece) y especialmente a su nota de «universalismo» contra los que pretenden reducirla a un estricto localismo y dice:

“Las consecuencias prácticas de la teoría que acabo de exponer habrán de ser tenidas en cuenta para la investigación y la enseñanza... Haremos una obra de verdadera hispanidad exponiendo y propagando aquellos valores literarios que nos unen a las corrientes universales de pensamiento y arte...”.[8]

Es necesario indagar en la totalidad de nuestra cultura e imponerla con todos sus valores a los demás pueblos. Que ocupe así España el puesto que se le está debiendo en la cultura de Europa. Que no se puedan repetir preguntas como aquella famosa del siglo XVIII, ¿Qué se debe a España?; que no se puedan escribir librejos como «Spanien das Land ohne Renaissance».

Dámaso Alonso se refiere a lo puramente literario; mutaiis mutandis puede aplicarse a lo ideológico. ¿Qué se debe a España? La respuesta en nuestro caso nos la dio “el 22 Floreal del Año 8” el “ciudadano abate Grégoire”.

Obras del Padre Avendaño.[9]

La producción literaria del Padre Avendaño es extraordinaria; si bien algunas de las obras que mencionaremos a continuación desgraciadamente han desaparecido.

1.- «Thesaurus Indicus. seu generalis instructor pro regimene conscientiae in iis quae ad Indias spectant».

Un volumen que comprende los dos primeros tomos fue impreso por Santiago Meursio en Amberes, 1668: Tomo I.- Contiene todo lo concerniente al gobierno civil de Indias. Tomo II.- Es un tratado de las cosas espirituales: sacramentos, preceptos de la Iglesia, privilegios, indulgencias y los estados de la vida en los que pueden satisfacerse los hombres. “Actuarium Indicum”, Tomo 1, impreso por Santiago Meursio en Amberes, 1675. Viene a ser el tomo III del “Thesaurus Indicus”.

Esclarece asuntos referentes a la consagración de los obispos, de los religiosos y de los que abrazan la vida conyugal. En la introducción, refiriéndose a su persona, afirma que los escritores famosos han producido sus mejores obras en plena senectud, frisando los setenta u ochenta años, tal como Platón etc. Termina con un tratado de la Santa Inquisición.

«Actuarium Indicum». Tomo II, impreso por Meursio en Amberes, 1676. Viene a ser el Tomo IV del Thesaurus. Este tomo constituye un perfecto tratado de teología moral, en el que se declaran las obligaciones morales en general de los obispos, y en particular las de los obispos, párrocos, inquisidores... Por último trata del culto mariano. La dedicatoria no deja de ser curiosa: “A Jesús alfa y omega, principio y fin de todas las cosas”.

«Acluarium Indicum», Tomo III, o sea, el Tomo V del Thesaurus, editado por Meursio en Amberes, 1678. Contiene una introducción en la que estudia dogmáticamente el culto de las reliquias, para luego proseguir con los principales santuarios marianos, santoral e indulgencias. Hace mención de su avanzada edad y ello le sirve de ánimo y estímulo como a los grandes escritores que le precedieron, tales como Salmerón, Acosta... etc.

«Actuarium Indicum». Tomo IV. Viene a ser el Tomo VI del Thesaurus, Impreso también por Santiago Meursio en Amberes en 1686. Contiene muchas observaciones particulares y por lo general muy útiles para el gobierno temporal y espiritual del virreinato peruano.

Como puede apreciarse, los dos primeros tomos aparecieron en Amberes en el año 1668 y el último en esta misma ciudad en 1686, todavía en vida del autor. Durante catorce años trabajó Avendaño en esta obra fundamental. La edición salió de las planchas de Meursio, completa y perfecta.

Todos los tomos están provistos de índices detalladísimos que facilitan mucho la consulta sobre temas concretos de colonización y evangelización de las Indias. En ellos se manifiesta la diligencia del autor, que en medio de otras graves preocupaciones como hombre de gobierno y acción que era, tuvo el tiempo para redactarlos, y sobre todo para seguir de cerca la edición, habida cuenta de su alejamiento de Amberes.

No pretende Avendaño en esta obra ser original, pero sí útil, y lo consigue con una exactitud quizás excesiva, como puede apreciarse por el mero enunciado de los títulos y subtítulos de los diversos tomos. Se ventilan a lo largo de estas páginas cuantas cuestiones de alguna monta eran la materia viva sobre lo que a diario tenían que operar los moralistas y juristas de allende los mares, y más concretamente en el Perú virreinal del siglo XVII.

El fondo de la obra está constituido, en parte no pequeña, por las consultas hechas al catedrático del Colegio jesuítico: hechos, situaciones, dificultades jurídicas. En el gran acervo de materias que ventila, apenas habrá alguna en donde no luzca su profundo saber y perspicacia. Menos comprometido que otros por su profesión, emitió sus opiniones con más libertad, y en la materia relacionada con la predicación del Evangelio echó los cimientos de lo que hoy se llama ciencia misional.

Barrera y Laos emite este juicio acerca del Thesaurus: “Es el verdadero instructor en lo que a Indias se refiere. Trata de los derechos y obligaciones de los Reyes Católicos de España para con los indios; de las obligaciones de éstos para con los religiosos y el Monarca; de los derechos de los indios a tener su propio patrimonio; de la administración de la justicia; de los contratos que los industriales hacen ilícitamente can los indios; finalmente del problema de la libertad de indios y etíopes (negros)”.

Resumiendo, podemos decir que el «Thesaurus indicus» es un monumento de erudición y de conocimientos teológicos en lo que respecta al dogma y a la moral, además de ser un acabado comentario del Derecho Indiano.

2.- «Cartas annuas de la Provincia del Perú de la Compañía de Jesús de los años 1663 a 1665, al Revmo. P. General de la misma Compañía».

Estas cartas eran las relaciones que mandaba el provincial (Avendaño) al general de la Orden, dándole cuenta de los avances y la distribución del personal en todos los campos en que la Orden estaba comprometida. Obra perdida (es muy posible que se haya quemado durante el incendio de la Biblioteca Nacional de Lima).

3.- «Epitalamium Christi et Sacrae Sponsae, seu explanatio psalmi Cuadragessimiquarti», editada «SlJnlptihus Laurentii Anisson». Lyon. (Francia), 1643. Existe un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Lima (la sigla es X 223.6 = A91E). Un volumen de 852 páginas de texto.

La parte proemial tiene disquisiciones sobre el salmo 44. Luego hace una exposición del mismo salmo que es una especie de paráfrasis, pues con cada una de las palabras del salmo confecciona canciones exhortativas a los fieles. Pero el fondo de dicha exposición es una cuestión teológico-mariana.

No hay originalidad en su propósito; solo trata de secundar al egregio salmista quien en otro tiempo cantó al Rey de los Reyes. En llevar adelante este propósito se halla estimulado por las actitudes de San Pablo, San Agustín de Hipona, San Basilio etc... Lo mismo hicieron los vates paganos al cantar a sus héroes como Horado, Virgilio, etc. Presumiblemente compuso esta obra con fines pastorales, para predicar en las festividades de la Virgen. Indudablemente esta obra tiene, en consecuencia, un gran valor teológico-pastoral.

4.- «Amphitheatrum misericordiae. expositio psalmi 88 in qua magnorum mysteriorum lumina, illustriorum sanctorum elogia, theologici excursus, ulilis pro moribus splendeant». Lyon, 1666. Obra de valor teológico-moral, dedicada a la predicación evangélica en la que se exalta la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar al pecador contritamente arrepentido.

5.- «Problemata theologica» Editum apud Engelbertum Gimnicum, Amberes, 1678. (Un ejemplar de esta obra rarísima se encuentra en el convento de San Agustín de Lima). Obra de inspiración aristotélico-tomista.

De los tres tomos de que consta, merece destacar el primero y en él su “Introducción apologética a favor de la inmunidad de pecado original en la Virgen María desde su Concepción”, de acuerdo con su tajante posición (a que anteriormente nos referimos) frente a los dominicos de Lima.

Como interesante detalle anecdótico señalemos la poesía “a la divina Virgen de la Fuencisla, santuario célebre entre los segovianos”, con que comienza el tomo II, poesía que le dedica como ferviente devoto segoviano. En su exposición sigue fielmente al Doctor Angélico.


6.- «Algunas cartas de edificación» (escritas durante su rectorado, en el colegio de San Pablo de Lima). Obra perdida.

7.- «Relación de la Congregación Provincial» Manuscrito que sabemos existió en la Biblioteca Nacional de Lima, pero que desgraciadamente ha desaparecido. En él daba testimonio del “vigor y espíritu primitivo de la Compañía de Jesús en el Perú... y así tiene esta Provincia en el afecto y estimación de nuestro Padre General, Juan Pablo de Oliva, lugar muy principal”.

8.- «Cursus consummatus, si ve recognitiones theologicae. Expositivae scholasticae et morales, utilia multa el specialia continentes generaliter pro Indis. circa eorum thesaurum» Editum apud Hieronimum Verdussen. Amberes, 1686.

Se trata de una especie de retractación y corrección de los errores y erratas y hasta de faltas de estilo que se le escaparon en sus cuatro principales obras anteriores: Epithalamium, Amphitheatrum, Problemata theologica y Thesaurus lndicus.

Obra, pues, de importancia capital, para bien captar e interpretar el verdadero pensamiento de Avendaño. Sin embargo es rarísima y, que sepamos, solo existe un ejemplar en la biblioteca del convento de San Agustín de Lima.

NOTAS

  1. (palinodia es una oda en la que el autor se retracta de un punto de vista u opinión) “Palinodiam testatissimam recantavil”.
  2. Manuel de Mendiburu, Diccionario Histórico-Biográfico del Perú, vol. II (Lima: Enrique Palacios, 1932), 291-94.
  3. Martín Fernández de Navarrete, Documentos Inéditos para la Historia de España, tomo CXVIII, 290.
  4. Ángel Valtierra, Pedro Claver, el Santo Redentor de los negros. Cuarto Centenario de su nacimiento, 1580 -24 de junio- 1980, vol. 1 (Bogotá: Banco de la República, 1980), 105 y s.
  5. Leví Marrero Artiles en su libro de economía titulado Cuba: economía y sociedad (Madrid: Ed. Playor, 1976).
  6. Sobre la personalidad de Muriel, y su posición ante el problema indio, más en la línea de Sepúlveda que de Las Casas, véase el agudo estudio de Silvio Zavala en La filosofía política en la conquista de América (México: Fondo de Cultura Económica, 1947), 61 y s. “Seguidores de Sepúlveda”, es decir, para Muriel, la posición de Avendaño frente a la esclavitud de los negros, que considera injusta, es excesivamente avanzada.
  7. Aparece este párrafo en “Apología de Don Bartholomé de las Casas, Obispo de Chiapa, por el Ciudadano Grégoire”, apéndice a Colección de las obras del Venerable Obispo de Chiapa, Don Bartolomé de las Casas, tomo II (París: En casa de Rosa, 1822), 356.
  8. La cita de Dámaso Alonso en Estudios y Ensayos Gongorinos (Madrid: Editorial Gredas, 1982), 27-28.
  9. Sigo el excelente estudio de Reynaldo Rodríguez Apolinario, “El Humanismo Moralista del P. Diego de Avendaño”. Tesis para optar al grado de Bachiller en Filosofía. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Programa Académico de Filosofía. (Lima 1973).

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ÁNGEL LOSADA

©Missionalia Hispanica. año XXXIX – N°. 115 - 1981