BENAVENTE (MOTOLINIA), Fray Toribio de

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(Benavente,?–ciudad de México, 1569) Misionero franciscano.

Originario de Benavente, España donde nació a finales del siglo XV. no se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento: se calcula que haya sido entre 1482 y 1491. Ingresó a la Orden de San Francisco y tomó el hábito en la provincia de Santiago; al profesar cambió su apellido Paredes por Benavente.

Había entrado a formar parte de uno de aquellos grupos de franciscanos renovados, que deseaban la vuelta a la experiencia original de Francisco de Asís. La Santa Sede constituyó con uno de aquellos grupos una «provincia religiosa», la de San Gabriel. Los superiores franciscanos enviarán precisamente a los frailes de este grupo como misioneros al Nuevo Mundo; misioneros pedidos con insistencia por Hernán Cortés↗ a Carlos V, a quien expresaba "(…) la capacidad y talento de los indios de esta Nueva España, y la necesidad que tenían de ministros que, más por obras que por palabras, les predicasen la observancia del Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo" .[1]

De esta manera, junto con su amigo Fray Martín de Valencia↗, formó parte de la primera expedición de los Doce franciscanos que viajaron a la Nueva España en 1524. Llegaron al puerto de Veracruz el 13 de mayo de ese mismo año. De Veracruz se trasladaron a México Tenochtitlán donde fueron recibidos por Hernán Cortés↗ acompañado de una gran comitiva conformada tanto por soldados españoles como por indígenas, los cuales al ver el aspecto humilde de los religiosos, quienes estaban descalzos y con hábitos pobres y remendados, comenzaron a repetir «motolinia! motolinia!», vocablo que en náhuatl quiere decir pobre. Cuenta Fray Gerónimo de Mendieta↗ que al escuchar Fray Toribio esta exclamación de los indios, preguntó el significado y al saberlo dijo “este es el primer vocablo que se en esta lengua, y porque no se me olvide, este será de aquí en adelante mi nombre”.[2]

Fray Toribio era hombre de mucha y continua oración, celoso de la castidad y muy observante de la regla. Se esforzó en la evangelización de los indígenas, especialmente en bautizarlos, de manera que viajó muy lejos para que los niños no murieran sin recibir el bautismo; él mismo contó haber bautizado a más de cuatrocientos mil naturales. Narra Bernal Díaz del Castillo↗ que “cuanto le daban por Dios lo daba a los indios y se quedaba algunas veces sin comer, y traía unos hábitos muy rotos y andaba descalzo, y siempre les predicaba y los indios le querían mucho porque era una santa persona”.[3]Asimismo dice Mendieta↗: “Esta verdad me atrevo a afirmar con autoridad del padre Fr. Toribio Motolinia, uno de los doce, como testigo de obra y de vista, el cual fue mi guardián y lo tracté y conocí por santo varón, y por hombre que por ninguna cosa dijera sino la mera verdad, como la misma razón se lo dice”.[4]También era amante de las maravillas de la naturaleza, las cuales procuraba ver y escribir para que todos las que la conocieran alabaran a Dios como él lo hacía cuando las observaba.

En julio de 1524 se llevó a cabo en la ciudad de México el primer capítulo de la provincia del Santo Evangelio en la Nueva España. Los frailes decidieron repartirse por aquellas inmensas tierras para fundar conventos y misiones; en estos conventos surgieron las primeras escuelas, los primeros talleres de artesanía y los primeros hospitales para indios del Continente.

En este primer capítulo provincial se confirmó a Fray Martín de Valencia↗ en el cargo de custodio y se repartió el territorio en cuatro monasterios: México, Texcoco, Tlaxcala y Huejotzingo. Motolinia fue nombrado guardián del convento de México, cargo en el que permaneció hasta la primera mitad de 1527 cuando fue electo como guardián de Texcoco. Participó en la fundación de Puebla de los Ángeles↗, trazando él mismo la ciudad que llegó a ser la segunda de españoles en la Nueva España; también fue uno de los fundadores de la ciudad de Cuernavaca.

En la época en que fungió como guardián del convento de Texcoco, sobrevino una gran sequía por lo que Fray Toribio mandó a los naturales que fueran con él en procesión hasta una iglesia de la Santa Cruz que está junto a una laguna para pedir la lluvia a Dios. Se cuenta que al regresar al monasterio comenzó a llover, sin faltar la lluvia el resto del año hasta la maduración del maíz, siendo aquél un año de gran cosecha. En otra ocasión sucedió que llovía en abundancia, día y noche, dejando estragos tanto en los cultivos como en las casas que eran de adobe; mandó nuevamente una procesión a la iglesia de Santa Cruz y se dice que al volver de ella cesó el agua, lloviendo el resto del verano con normalidad.

Viajó a Guatemala por primera vez en 1529 donde emprendió una visita a Nicaragua y al volcán Masaya; en 1533 viajó nuevamente a Guatemala, en esta ocasión enviado por el custodio Fray Jacobo Testera↗ encabezando una misión con el encargo de establecer allí la Orden de San Francisco; en 1543 fue enviado por tercera ocasión a Guatemala donde al año siguiente fue electo custodio, aunque en 1545 renunció al cargo y regresó a México en 1546. En 1532 formó parte de la misión encabezada por fray Martín de Valencia↗ que partió hacia Tehuantepec con el propósito de embarcarse para descubrir y evangelizar regiones asiáticas; sin embargo, la expedición se frustró por no haberse podido aparejar los navíos que tenía allí Hernán Cortés↗. Permanecieron en la región durante algunos meses y visitaron las ruinas de Mitla antes de regresar a la ciudad de México.

Al regreso de su segundo viaje a Guatemala, se convirtió en guardián del convento de Cholula. Más tarde fungió como guardián del convento de Tlaxcala, donde bautizó a los primeros santos mártires indios de las Américas.[5]Fue Motolinía quien trasmitió los detalles más precisos sobre las circunstancias de la muerte de Cristóbal, uno de los niños mártires de Tlaxcala↗. Posteriormente fue electo de nueva cuenta guardián de Texcoco, periodo durante el cual emprendió una viaje a Huaquechula, y más tarde hacia el Golfo de México hasta el río Papaloapan; de regreso viajó al convento de Tehuacán y después al de Atlixco, a la Mixteca y a Antequera. También fue nombrado sexto provincial del Santo Evangelio en julio de 1548, permaneciendo en el cargo hasta 1551, cuando fue sustituido por Fray Juan de Gaona. Al dejar el puesto fue electo nuevamente como guardián de Tlaxcala. En 1556 dejó Tlaxcala y marchó hacia a Atlixco, donde se le atribuye la construcción de la primera iglesia y la fundación del convento, donde también fue guardián.

Nada ni nadie detenía a aquel apóstol andariego que, junto con los demás frailes, recorrió caminos, valles, cañadas, y montañas para "(…) administrar los sacramentos y predicarles [a los indios] la palabra y el Evangelio de Jesucristo, porque viendo la fe y necesidad con que lo demandaban, ¿a qué trabajo [los frailes] no se pondrán por Dios y por las ánimas que El crió a su imagen y semejanza, y redimió con su preciosa sangre, por los cuales El mismo dice haber pasado días de dolor y de mucho trabajo?".[6]

Aunque llegó a ser superior de todos los franciscanos de México, Motolinía no ambicionó nunca el poder. Renunció a ser obispo: lo suyo era recorrer los caminos anunciando el Evangelio, fundando misiones y conventos, aunque no siempre fue fácil. Por ejemplo, en Guatemala murieron casi todos los misioneros por dos veces. Pero no se dio por vencido: volvió de nuevo a fundar y a caminar hasta que el Señor lo llamó. Enfermó y finalmente murió el 9 de agosto de 1569, en el convento grande de San Francisco de México. Fue enterrado en este mismo lugar al día siguiente, fiesta de San Lorenzo mártir, de quien había sido devoto. Fue el último de los Doce en morir. Su vida ha quedado resumida en una pintura que existe en el convento franciscano de Puebla con la inscripción: "R.P. Toribio de Benavente, conocido por Motolinía por su pobreza ejemplar, renunció a la mitra (episcopal de Yucatán, donde sería obispo Las Casas)".

Defensa de los indios

Motolinia fue un férreo defensor de los indios al igual que muchos de sus compañeros franciscanos; por esta razón tuvo algunos enfrentamientos con las autoridades civiles, especialmente con los integrantes de la Primera Audiencia, por “su exceso de facultades respecto al gobierno de los indios”. [7]A partir de la sustitución de la Primera Audiencia por la Segunda, la relación entre autoridades civiles y franciscanos mejoró. Como provincial, escribió al Emperador sobre el pago de diezmos y tributos por parte de los indios; asimismo firmó una carta colectiva de los franciscanos acerca de la suspensión del pago del diezmo para los indios, en consideración a la pobreza en la que la mayoría de ellos vivía.

Se conmovía ante la fe de los indios recién bautizados, de cómo caminaban leguas y leguas para poder confesarse, de los cambios que la fe cristiana operaba en los neófitos: "Restituyen los esclavos que tenían antes que fuesen cristianos, y los casan, y ayudan, y dan con qué vivan; pero tampoco se sirven de estos indios como de sus esclavos con la servidumbre y trabajo que los españoles, porque los tienen casi como libres en sus estancias y heredades, adonde labran cierta parte para sus amos y parte para sí; y tienen casas, y mujeres, y hijos, de manera que no tienen tanta servidumbre que por ella se huyan y vayan de sus amos; vendíanse y comprábanse estos esclavos entre ellos (...) ahora como son cristianos apenas se vende indio (…)”.[8] Motolinia defendió sin tregua al indio contra todos los abusos porque creía en su dignidad como persona. Este juicio nacía de su experiencia cristiana. Además –como en el caso de los monjes misioneros medievales- aquella experiencia le daba la convicción de que sólo la fe cristiana vivida en la Iglesia podía vencer la anarquía y el derecho del más fuerte. Los conventos y las misiones fueron en América –al igual que en la Europa medieval- lugares humanos de convivencia y de comunión dentro de un mundo hecho pedazos.

Esta experiencia produce una capacidad nueva de conocer y de amar: la caridad como obra y la convivencia de los mismos misioneros con los indios, en la que aprendieron a estimarles y a amarles. Así escribe Motolinía: "El que enseña al hombre la ciencia, ese mismo proveyó y dio a estos indios naturales grande ingenio y habilidad para aprender todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque con todos han salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla están muchos años en deprender, acá en sólo mirarlos y verlos hacer, han muchos quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no orgulloso ni derramado como en otras naciones". [9]De esta manera, al final de su vida podía escribir: "Hay indios herreros y tejedores, y canteros, y carpinteros y entalladores; y el oficio que mejor han tomado y con que mejor han salido ha sido sastres (...) También hacen guantes y calzas de aguja y seda, y bonetillos, y también son bordadores razonables (...) Hacen también flautas muy buenas".[10]Se repetía así la misma experiencia misionera cristiana que había construido la Europa cristiana.

Motolinia y Las Casas

Entró en confrontación con Fray Bartolomé de Las Casas↗, dominico español que movido por su celo para defender a los indios, escribió diversos textos generalizando y acusando a los españoles – en su conjunto- de llevar a cabo innumerables abusos, injusticias y brutalidades entre los indígenas del Nuevo Mundo. Motolinia escribió una carta al Emperador en defensa de la Conquista, de los colonos y de la evangelización denunciando parcialidades de Las Casas quien “(…) no procuró de saber sino lo malo y no lo bueno, ni tuvo sosiego en esta Nueva España ni deprendió lengua de indios ni se humilló ni aplicó a les enseñar. Su oficio fue escribir procesos y pecados que por todas partes han hecho los españoles (…) Y lo que así escribe no es todo cierto ni muy averiguado”.[11]

A diferencia de Las Casas, Motolinia consideraba a Hernán Cortés↗ un civilizador y un evangelizador de un pueblo donde "(…) Dios nuestro Señor era muy ofendido, y los hombres padescían muy cruelísimas muertes, y el demonio nuestro adversario era muy servido con las mayores idolatrías y homecidios más crueles", de manera que si el Emperador viera cómo los cristianos habían logrado “plantar nuestra santa Fe católica” y cómo “por toda Nueva España se celebran las pascuas y festividades (…) daría mil veces alabanzas y gracias a Dios”.[12] La santidad no está reñida con la controversia, ni mucho menos es sinónima de purezas titánicas. Motolinía y Las Casas son dos cristianos enamorados de Jesucristo, de su Iglesia y del hombre. Por eso, cada cual desde su experiencia, hablaron y lucharon. Los dos forman parte de ese gran mosaico que es la historia evangelizadora.

Obra(s)

De moribus Indorum (desaparecida);

Doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana;

Guerra de los indios o Historia de la Conquista;

Los Memoriales;

Historia de los Indios de la Nueva España.

Notas

  1. Mendieta, Fray Gerónimo de. Historia Eclesiástica Indiana. Ed. Porrúa. México, 1980, p. 182.
  2. Mendieta, Fray Gerónimo de. Obra citada, p. 619.
  3. Díaz del Castillo, Bernal. Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. 15ª edición. Ed. Porrúa. México, 1992, p. 450.
  4. Mendieta, Fray Gerónimo de. Obra citada, p, 230.
  5. Los niños mártires de Tlaxcala –Cristóbal, Antonio y Juan- fueron beatificados en 1990 por Juan Pablo II, durante una ceremonia celebrada en la Basílica de Guadalupe.
  6. Benavente, Fray Toribio de. Historia de los Indios de la Nueva España. 4ª edición. Ed. Porrúa. México 1984, p. 160.
  7. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, p. XXIV.
  8. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, p. 94.
  9. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, p. 169.
  10. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, p. 173.
  11. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, p. 210.
  12. Benavente, Fray Toribio de. Obra citada, pp.205-206.

Bibliografía

  • Mendieta, Fray Gerónimo de. Historia Eclesiástica Indiana. Ed. Porrúa. México 1980.
  • Díaz del Castillo, Bernal. Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. 15ª edición. Ed. Porrúa. México, 1992.
  • Benavente, Fray Toribio de. Historia de los Indios de la Nueva España. 4ª edición. Ed. Porrúa. México 1984.
  • Louvier Calderón, Juan. La Cruz en América. Ed. Librería Parroquial de Clavería. México 1992.


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