BOLIVIA; La evangelización de Charcas

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Los estudios existentes referentes a la historia de la Iglesia de Bolivia en el siglo XVI, o que aborden los inicios de la evangelización en esta parte, son muy escasos. Dependemos de estudios realizados por los historiadores peruanos, entre ellos el jesuita Rubén Vargas Ugarte con su ya clásica obra «Historia de la Iglesia en el Perú», y Fernando de Armas Medina, autor de la «Cristianización del Perú»; también hay que mencionar la obra del dominico ecuatoriano José María Vargas, «La conquista espiritual del Imperio de los Incas». Estas obras son fuentes importantes ya que abordan temas relacionados con Charcas, que como es sabido en aquella época era parte del Virreinato del Perú.

Entre los pocos historiadores bolivianos tenemos en primer lugar a Monseñor Julio García Quintanilla (1910-1984), historiador empírico que tuvo el tacto de investigar en los archivos locales de la ciudad de Sucre, siendo el gran precursor en la investigación de la historia eclesiástica boliviana. En la década de los sesenta publicó la «Historia de la Iglesia en La Plata», que por muchos años fue casi la única fuente bibliográfica.

Inicialmente tenía previsto publicar cuatro volúmenes; lamentablemente por su muerte sólo llegó a publicar dos, el primer volumen sobre el episcopologio platense y el tercer volumen sobre los templos, conventos y otras instituciones religiosas; el cuarto es edición póstuma, y trata sobre el Cabildo.[1]El segundo nunca se publicó, pero los tres volúmenes publicados son muy importantes para la historiografía eclesiástica boliviana.

En orden cronológico le sigue el canónigo de La Paz, Felipe López Menéndez, autor del «Compendio de historia eclesiástica de Bolivia», publicado a mediados de la década de los sesenta, es una obra apologética y descriptiva que tiene sus limitaciones, ya que carece de fuentes, no indica las fuentes ni trae bibliografía.

Los estudios de carácter más científico aparecen de la mano del doctor en historia, Josep María Barnadas, que publicó en 1976, el libro «Iglesia Católica en Bolivia», una obra breve y muy general. Posteriormente, en la «Historia General de la Iglesia en América Latina» de CEHILA, en el volumen que corresponde a la Área Andina, le cupo escribir la parte de la Historia de la Iglesia en Bolivia, desde la perspectiva crítica y no apologética.

También el jesuita Estanislao Just, doctor en historia, publicó un estudio breve y general con el título de «Aproximación a la historia de la Iglesia en Bolivia», a pesar de su brevedad, ya que apenas cuenta con 87 páginas, es una obra bien documentada pues usó fuentes inéditas del Archivo General de Indias.

Con ocasión de los 500 años del Descubrimiento de América, la historiografía eclesiástica boliviana se enriqueció con la publicación de tres obras. El primero por el sacerdote canonista, David Maldonado Villagrán, con el título «Quinientos años de evangelización en Bolivia», de carácter muy general. Las dos últimas obras publicadas fueron promovidas y patrocinadas por la Conferencia Episcopal Boliviana,[2]que encomendó a dos historiadores laicos la redacción de los dos periodos históricos: la Colonia y la República.

Roberto Querejazu Calvo escribió sobre el primer periodo, publicado con el título «Historia de la Iglesia Católica en Charcas ( Bolivia)», que abarca todo el periodo de la colonia; ciertamente es un gran aporte a la Historiografía eclesiástica boliviana, sin embargo, tiene algunas limitaciones por no ser el campo de especialidad del autor, ya que con frecuencia copia y repite errores de otros historiadores, le falta el rigor científico y académico, no tiene ninguna nota a pie de página ni al final de cada capítulo, solamente incluye una bibliografía final. Y a Roberto Valda Palma le correspondió escribir sobre el segundo periodo, la «Historia de la Iglesia de Bolivia en la República».

La Conquista

Después de la captura y ejecución de Ataw Wallpa por parte de los conquistadores (1532-1533), fueron cayendo uno a uno los territorios del Tawantinsuyu: Qusqu, Cuzco, la capital cayó en noviembre de 1533; al poco tiempo llegaban los primeros españoles a las orillas del lago sagrado, Titiqaqa; a mediados de 1535 Diego de Almagro y su séquito atravesaban el Altiplano en dirección a Chile; finalmente, durante 1538, los hermanos Pizarro, Hernando y Gonzalo, terminaron la conquista de Charcas, hasta Tarija.

En seguida, se repartieron las encomiendas y establecieron la tributación de los indígenas; empezaron asimismo a fundar centros urbanos como La Plata (1538), Potosí (1545), La Paz (1548), Cochabamba (1571), Tarija (1574), y otros pueblos. Mientras que desde el Sur penetró Ñuflo de Chaves con la intención de poblar los llanos del Oriente y fundó el pueblo de Santa Cruz de la Sierra (1561).[3]

A este respecto Barnadas afirma cuanto sigue: “Así queda configurada la doble línea expansiva: una sigue el Altiplano y los Valles; otra se constituye en cabeza de puente desde las explanadas orientales; ambas cierran el cerco que ha caído sobre el habitante autóctono, para quien ha empezado la agonía colonial.”[4]

La conquista del Imperio Incaico fue sin duda muy dramática, que provocó grandes debates y puso en crisis la misma presencia española en el Nuevo Mundo. Hasta que la Escuela teológico-jurídico de Salamanca dio su veredicto, afirmando que los indios eran soberanos y por lo tanto, por razón de la conquista no podían ser privados de sus propiedades y jurisdicciones.[5]

Ya en 1554, el Obispo de Chiapas Fray Bartolomé de las Casas, en respuesta a las consultas hechas por el primer obispo de Charcas, Fray Tomás de San Martín, O.P., con palabras duras se refería a los conquistadores en los siguientes términos: “Porque los conquistadores que son los que se hallaron en las guerras hechas por españoles contra indios, fueron tiranos, injustos, iniquos, más injustos y más iniquos e impíos que son los turcos que conquistaron a los pueblos christianos”.[6]

Porque la Colonia no se limitó a reclamar el derecho de tránsito e instalación para todo ser humano en cualquier parte del planeta; la Colonia impuso, sin escapatoria, la razón del vencedor: el tributo al encomendero, las prestaciones laborales, la mita, la servidumbre de los yanakuna, las espeluznantes condiciones de vida y trabajo en los obrajes, la coacción religiosa, la impunidad en los abusos, el escarnio de las leyes, la vacua reivindicación de los derechos, los prejuicios raciales, la marginación o exclusión, etc., todo esto y todo lo que nos resulte inimaginable ha sido para el indio la experiencia colonial.[7]

Para frenar los abusos y remediar la condición de los indígenas, la corona española promulgó el 20 de noviembre de 1542 las llamadas Leyes Nuevas, a instancias de Fray Bartolomé de las Casas y otros frailes dominicos.[8]La aplicación de estas leyes en el Perú no fue nada fácil, provocó la rebelión de Gonzalo Pizarro en defensa de los derechos o privilegios de los conquistadores.[9]Finalmente, el enviado de la corona Pedro de La Gasca, luego de vencer a los rebeldes y lograr la pacificación del Perú, trato de aplicar las Leyes Nuevas dando una interpretación más benigna.[10]

La evangelización

Los primeros intentos de evangelización, en el territorio de Charcas, comenzaron apenas llegados los conquistadores al «Qullasuyu» empezando por la ribera del lago «Titiqaqa», aún antes de la fundación del primer centro urbano, la villa de La Plata (1538). Consta, según el P. Isacio Pérez, que en la expedición de Diego de Almagro a Chile (1535) estaban presentes “los clérigos Bartolomé de Segovia, que iba de capellán, Cristóbal de Molina y Rodrigo Pérez […]; y los mercedarios Antonio de Solís y Antonio de Almansa”,[11]y al pasar por el Altiplano fundaron el primer pueblo de españoles: San Miguel de Paria, y la primera doctrina o centro de evangelización, cerca de Oruro.

Asegura el P. Estanislao Just que: “Los primeros evangelizadores del territorio fueron los dominicos, seguidos, poco después, por los franciscanos, mercedarios y agustinos. En el último cuarto del siglo XVI llegaron los jesuitas. Todos, en diversos campos y con diferentes métodos, emprendieron fervorosamente la conversión de los indígenas”.[12]

Los Dominicos

El primer dominico en arribar al Perú fue Fray Vicente Valverde[13], quién acompañó a Francisco Pizarro y tuvo un triste papel en la trágica escena de Kajamarka, durante la captura de Ataw Wallpa (1532). Después fue nombrado Protector de los indios y primer obispo de Qusqu. Con la posterior llegada de otros frailes se fundó la Provincia de San Juan Bautista del Perú (1540)[14], que abarcaba casi toda la América del Sur.

A Charcas, según la afirmación de Enrique Dussel: “Fueron los dominicos los primeros en llegar en 1540.”[15]En efecto, Fray Tomás de San Martín, O.P., nombrado provincial en 1540 al ser erigida la Provincia dominicana del Perú, inmediatamente dispersó a los frailes por diversas regiones, entre ellos a Fray Juan de Olías y otro compañero los “despachó a la Prouincia de los Charcas”,[16]sin embargo, se sabe que antes de esta dispersión oficial, este fraile ya estuvo presente en 1539 en Chukiyapu (La Paz).[17]

Así los dominicos desarrollaron su obra evangelizadora en Charcas comenzando por la orilla occidental del lago Titiqaqa. Con este objetivo fundaron casas y doctrinas en Chukiwit’u, Juli, Pumata, Jilawi, Sipita, Aqura, Yunquyu y Qupaqhawana (Copacabana), llamada doctrina de Santas Cruces y su templo dedicado a Santa Ana. Estas doctrinas las tuvieron que abandonar en 1574 por no aceptar las condiciones que les imponía el virrey Francisco de Toledo, que al parecer no era muy favorable a cuanto provenía de la línea seguida por Las Casas, y por las supuestas denuncias de corrupción o abusos atribuidos a algunos religiosos doctrineros.[18]

También fundaron los siguientes conventos: Santo Domingo en La Plata (1545), que sirvió de punto de irradiación de las doctrinas de Presto, Paqcha, Urunquta, Murumuru, Arawati, Supaych’uru, Taraphuku, Chukichuki y Mujut’uru;[19]convento del Rosario en P’utuqsi (1547), que tenía las doctrinas de San Pedro y San Francisco el Chico, situadas en la ranchería de los indios de mita; Santísimo Nombre de Jesús en Tarija (1575), desde donde misionaron a los indios chiriguanos de los valles de Salinas y Chikiaka; San Jacinto de Polonia en La Paz (1590) y la doctrina de Murumuru; Santísimo Rosario en Uru Uru (1600); San José en Quchapanpa (1606) y San Hermenegildo Mártir en Misk’i (1608).[20]

Los franciscanos

Según los cronistas franciscanos, el primero en llegar al Perú habría sido Fray Marcos de Niza,[21]hacia 1534, probablemente acompañado por Fray Jodoco Rique, Fray Pedro Gocial y Fray Pedro Rodeñas;[22]después, con la llegada de otros frailes, constituirán la Provincia de los Doce Apóstoles del Perú (1552).[23]

Hacia Charcas se adentraron después de 1541, aunque algunos cronistas franciscanos sostienen que llegaron entre 1536 y 1539:[24]Fray Francisco de Aroca, Fray Francisco de la Cruz Alcocer y Fray Francisco de los Ángeles Morales. Algo imposible, como veremos en seguida, por la situación político-militar de aquellos años.

El cronista dominico Fray Reginaldo de Lizárraga cuenta un hecho poco conocido, a saber, el destierro que sufrieron los franciscanos en 1536, por parte de Francisco Pizarro, de todo el territorio de su gobernación, por haber hecho correr una falsa información: “El padre de San Francisco, pareciéndole no le convenía esperar el fin de la batalla […] tomó la vía del puerto [Callao], y a los pocos de los nuestros que aquí había dejado el marqués […], dales nueva que el marqués y los demás eran muertos, y sólo él se había escapado.”[25]

Al enterarse de lo ocurrido Pizarro “mandó embarcarlo, y en el primer navío que despachó a Panamá lo llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le había de entrar fraile de San Francisco en su gobernación, y así se cumplió”.[26]El fraile en cuestión era Fray Francisco de la Cruz, el único que estaba presente en Lima en aquel momento. El destierro duraría hasta la muerte de Pizarro en 1541.

Fue entonces cuando los franciscanos regresaron al Perú para continuar con la obra evangelizadora y empezaron a adentrarse en el territorio charquense.[27]Concretamente a partir de 1546 comenzarán a llegar las expediciones franciscanas al Perú. En Charcas probablemente fundaron su primer convento en la villa de La Plata (1548?), tuvieron también conventos en P’utuqsi (1549), La Paz (1549),[28]Puquna (1577), Quchapanpa (1580), Misk’i (1600), Uru Uru (1606) y Tarija (1606); algunas de ellas con doctrinas bajo su dependencia.[29]La Provincia San Antonio de Charcas se fundó en 1565.[30]

Mercedarios

Hacia 1534, posiblemente los primeros mercedarios en arribar al Perú fueron: Fray Hernando de Granada y un compañero, quizá Fray Juan de Torreblanca.[31]A los mercedarios se les permitió la explotación de propiedades y encomiendas, al igual que a los otros conquistadores. Así pudieron construir sus conventos y enfrentar sus gastos de manutención sin acudir a la ayuda real.

Esto les llevó a comprometerse con los encomenderos al oponerse a la aplicación de las Leyes Nuevas, al extremo de participar en el alzamiento de Gonzalo Pizarro,[32]originando la intervención real de 1543 y prohibiéndoles abrir nuevos conventos y enviar nuevos grupos a América. Recién a partir de 1576 volvieron a gozar del favor real.[33]

En noviembre de 1556, presididos por Fray Juan de Vargas, comendador del Qusqu, fundaron la primera provincia peruana con el nombre de la Natividad de María;[34]posteriormente, en 1564 se dividieron en cuatro provincias: la del Qusqu, con los conventos existentes en las regiones de Qusqu y Charcas; Lima, Chile y la de Guatemala.[35]

En Charcas ingresaron alrededor de 1541, construyeron sus conventos en La Plata (1541), La Paz (1541), P’utuqsi (1549), Santa Cruz de la Sierra (1571), Quchapanpa (1587)[36]y Uru Uru; y entre las doctrinas que tuvieron a su cargo destacan Concepción de Warina (1560), Quwata (1560), Qhapaq Chiqa (1560), Wata y otros.[37]

Entre los frailes mercedarios se destaca Fray Diego de Pórrez, misionero que recorrió por espacio de 33 años diversos lugares.[38]En 1570 fue nombrado comendador del convento de La Plata y, al año siguiente, vicario provincial y visitador de las provincias de Santa Cruz de la Sierra; posteriormente el virrey Toledo le encomendó la conversión de los naturales, y el Cabildo de La Plata le nombró por cura y vicario general de Santa Cruz.[39]

Los agustinos

Al imperio incaico llegaron bastante tarde, después de los dominicos, franciscanos y mercedarios. El primer agustino en arribar al Perú fue Fray Agustín de la Santísima Trinidad en 1547, mientras esperaba la llegada de otros agustinos murió en Lima. Finalmente, el primer grupo de agustinos llegó a Lima en 1551, y a los pocos meses instituyeron la Provincia agustiniana del Perú. Con un estilo semejante a las misiones realizadas por las otras órdenes tuvieron doctrinas y fundaron pueblos.

A Charcas entraron en 1559 y fundaron sus primeros conventos en Paria, Ch’allaqullu, Toledo y Kapinuta con sus doctrinas de Itapaya, Quwa y Urmini; después se expandieron a La Plata (1562) con varias doctrinas, Chukiyapu (1562), Thapaqhari (1563), Qullpa (1570) y Quchapanpa (1578), desde donde también atendían a los naturales de los lugares circunvecinos. Cada uno de estos conventos tenía sus respectivas doctrinas.[40]Su labor evangelizadora y doctrinal llegó asimismo hasta la villa de P’utuqsi con la fundación de un convento en 1584 y en Tarija en 1592.[41]

Una de las obras más importantes de los agustinos fue la atención del santuario de Qupaqhawana[42]que asumieron el 16 de enero de 1589, y en donde fue entronizada la imagen tallada de la Virgen de la Candelaria el 2 de febrero de 1583, obra del indio Titu Yupanki. Qupaqhawana era una doctrina a cargo de los dominicos hasta 1574.

Los jesuitas

Los jesuitas fueron la quinta y última orden misionera en entrar al Perú en abril de 1568. En esa fecha arribaron a Lima seis padres y dos coadjutores temporales o legos[43]. A Charcas acudieron recién en 1572[44], después de la muerte de Fray Domingo de Santo Tomás. Fundaron sus colegios en La Paz (1572), P’utuqsi (1577), Santa Cruz (1586) y en La Plata en 1591.[45]


El clero secular

En Charcas cabe citar a algunos sacerdotes seculares que desarrollaron la actividad misionera y la atención del culto, como “los sacerdotes Juan Calderón y Pedro Sánchez que adoctrinaron a los naturales en Pucarani”.[46]

El territorio charquense, en lo eclesiástico-administrativo, estaba incorporado al obispado del Qusqu hasta la erección del nuevo obispado de La Plata; mientras tanto fue considerado una vicaría.

En las primeras ciudades pronto se erigieron parroquias de españoles e indios, así por ejemplo, tenemos las parroquias de españoles de San Lázaro en La Plata y Nuestra Señora de La Paz en Chukiyapu; y las parroquias de indios San Sebastián en ambas ciudades. El historiador García Quintanilla menciona algunos sacerdotes que vivieron en La Plata:

“De los primeros sacerdotes que tenemos noticia de haber vivido en La Plata, daremos algunos datos, por ser muy reducidos los documentos que se poseen. Entre los seculares el presbítero D. Antonio Vallejo, que acompañó a García Mendoza en la gobernación de Chile y que fue maestrescuela en el coro catedralicio de Charcas; el clérigo D. Cristóbal de Molina, quien había sido compañero de Almagro en la expedición de Chile fue sochantre en la iglesia de La Plata y el mismo D. Francisco González Marmolejo que en 1554 fue designado vicario en Chile, vivió en La Plata siendo cabildante.

Entre los primeros doctrineros del clero secular figura D. Miguel Pizarro y éste se puede decir que fue el primer cura de La Plata, cuando ya se notaba cierta organización eclesiástica y seguramente ejerció la cura de almas en la primera iglesia de San Lázaro. En el año 1550 positivamente se sabe que el vicario de La Plata era el sacerdote D. Gálmez de Atalos, cuyo nombre figura como representante del clero platense en el Concilio limense de 1551.[47]

Por otra parte, el P. Rubén Vargas indica que: “En tanto que en Chuquisaca, el Cabildo, a 26 de Noviembre de 1548, nombra Cura de la Iglesia Mayor al P. Juan Rodríguez”.[48]

NOTAS

  1. Cf. J. GARCÍA QUINTANILLA, Historia de la Iglesia en La Plata, IV, 9-10.
  2. Cf. R. QUEREJAZU CALVO, Historia de la Iglesia Católica en Charcas, 1.
  3. Cf. J.M. BARNADAS, «La evangelización en Bolivia», 42.
  4. Op. cit.
  5. Cf. F. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, «La coscienza cristiana e i problemi della conquista nella formazione dell’America latina», 288.
  6. Transcripción propia. AGI, Patronato 252, R. 21\2\1-7, Respuesta del obispo Don Fray Bartholomé de las Casas al obispo de las Charcas sobre un parecer que le pidió; publicado en CDAO, VII, 362-370; tiene errores de omisión en la transcripción, con relación al documento que se halla en AGI.
  7. J.M. BARNADAS, «La evangelización en Bolivia», 43.
  8. Cf. J.M. VARGAS, La Conquista Espiritual, 74.
  9. Ibid., 90.
  10. Ibid., 92.99-101.
  11. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 55-56.
  12. Aproximación a la historia, 9.
  13. Natural de Oropesa, Toledo, hizo sus estudios en Salamanca y en el Colegio de San Gregorio de Valladolid. Era pariente del conquistador Francisco de Pizarro, con quien partió al Nuevo Mundo en 1529. Fue presentado para obispo de Qusqu en 1534, preconizado el 8 de enero de 1537 y consagrado el 29 de enero de 1537. Murió en 1541, en la isla de Puna (cf. G. de ARRIAGA, Historia del Colegio, I, 326-342; C. EUBEL, ed., Hierarchia Catholica, III, 200; J.L. ESPINEL, San Esteban de Salamanca, 45-48).
  14. En virtud al breve del Papa Paulo III de fecha 23 de diciembre de 1539, publicado en: T. RIPOLL, ed., Bullarium Ordinis Prædicatorum, IV, 585- 586; F.J. HERNÁEZ, Colección de bulas, I, 520-521; J. MELÉNDEZ, Tesoros verdaderos, I, 87-89; J.M. ARÉVALO, Los dominicos en el Perú, 84-86; G. ÁLVAREZ PERCA, Historia de la Orden Dominicana, I, 49-51). El Maestro General de la Orden Fray Agustín Recuperato de Favencia mediante un decreto erigió la Provincia San Juan Bautista del Perú el 4 de enero de 1540, asignando a catorce frailes, publicado en: T. RIPOLL, ed., Bullarium Ordinis Prædicatorum, IV, 586-588; A. MORTIER, Histoire des Maitres Généraux, V, 348-352; J. MELÉNDEZ, Tesoros verdaderos, I, 89-94; J.M. ARÉVALO, Los dominicos en el Perú, 86-90; G. ÁLVAREZ PERCA, Historia de la Orden Dominicana, I, 52-60.
  15. E.D. DUSSEL, Historia general de la Iglesia, I/1, 324.
  16. J. MELÉNDEZ, Tesoros verdaderos, I, 101; cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 101.114.
  17. Cf. J. MELÉNDEZ, Tesoros verdaderos, I, 45; I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 99.
  18. Cf. Y. HEHRLEIN, Mission und Macht, 88-122; A. ESPONERA, «Los pueblos de indios», 708; H. URBANO, «El escándalo de Chucuito», 206-208, I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 537-541.554-555; N. MEIKLEJOHN, La Iglesia y los Lupaqa, 49-62.
  19. Cf. A. GONZÁLEZ DE ACUÑA, Informe al M.R.P. Maestro General, 118r.
  20. Cf. I, 606.610-611.618-621; G.W. ROJAS, «Dominicos», 705-706.
  21. Cf. J. GARCÍA QUINTANILLA, Historia de la Iglesia en La Plata, I, 17-18; R. QUEREJAZU CALVO, Historia de la Iglesia Católica, 40.
  22. Cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 47-48.
  23. Cf. R. QUEREJAZU CALVO, Historia de la Iglesia Católica, 40.
  24. Cf. D. CÓRDOVA Y SALINAS, Crónica Franciscana, 984; D. DE MENDOZA, Chronica de la provincia.
  25. R. de LIZÁRRAGA, Descripción breve, 19.
  26. Ibid., 20.
  27. Cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 96.
  28. Ibid., 140.194.
  29. Cf. A. SANTOS, « Bolivia: La iglesia diocesana (II)», 563-564.
  30. Cf. I. VÁZQUEZ JANEIRO, «Estructura y acción evangelizadora de la Orden Franciscana», 159 ; M. VALCANOVER, «Franciscanos», 881.
  31. Cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 48-49.
  32. Cf. R. QUEREJAZU CALVO, Historia de la Iglesia Católica, 46-47.
  33. Cf. F. ALIAGA ROJAS, «La evangelización en el Perú», 35.
  34. Cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 291; S. APARICIO QUISPE, «Los Mercedarios en la Evangelización de América», 240-241.
  35. Cf. S. APARICIO QUISPE, «Los Mercedarios en la Evangelización de América», 242-243.
  36. Ibid., 238.
  37. Ibid., 253; J.M. BARNADAS, « Mercedarios», 210; A. SANTOS, « Bolivia: La iglesia diocesana (II)», 564-565.
  38. Cf. F. ALIAGA ROJAS, «La evangelización en el Perús», 35.
  39. Cf. S. APARICIO QUISPE, «Los Mercedarios en la Evangelización de América», 253-254.
  40. Cf. R. JARAMILLO ESCUTIA, «Los Agustinos en la primera evangelización», 217.
  41. Cf. A. SANTOS, « Bolivia: La iglesia diocesana (II)», 566.
  42. Cf. H. van den BERG, « Agustinos», 76.
  43. Cf. R. QUEREJAZU CALVO, Historia de la Iglesia Católica, 47-48.
  44. Cf. J. VILLEGAS, «Contribución de los Jesuitas a la evangelización», 256.
  45. Cf. A. MENACHO, « Jesuitas», 1111; A. SANTOS, « Bolivia: La iglesia diocesana (II)», 566.
  46. E. JUST, Aproximación a la historia, 10.
  47. Historia de la Iglesia en La Plata, I, 29; no menciona sus fuentes y se nota que varias de sus afirmaciones no tienen mucho sustento, así por ejemplo, no consta que Cristobál Molina haya sido sochantre de La Plata, es más posible que lo fuera de Santiago de Chile, donde fue además vicario general (cf. I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 327.331); lo mismo se puede decir que no hay certeza de que Rodrigo González Marmolejo —García Quintanilla lo llama Francisco— haya sido capitular de La Plata, más bien se sabe que había entrado en 1541 en Chile, que era un encomendero en Santiago y en 1547 fue nombrado cura y vicario de Santiago de Chile, luego vicario general (1555) y finalmente designado obispo en 1561 (cf. D. BARROS ARANA, Historia general de Chile, I, 221.224; I. PÉREZ FERNÁNDEZ, Bartolomé de Las Casas, 277.331.342); tampoco figura el nombre de Gálmez Atalos entre los participantes del primer Concilio limense, ya que solo participaron el Arzobispo de Lima, los representantes de los obispados sufragáneos de Panamá y Cuzco, del cabildo de Lima y Cuzco, y los cuatro provinciales o representantes de las Ordenes; (cf. R. VARGAS UGARTE, ed., Concilios Limenses, I, 34.92; F. MATEOS, «Los dos Concilios Limenses», 498; ID., «Constituciones para indios», 5-54). Cabe aclarar que para entonces todavía no existía el obispado de La Plata o Charcas.
  48. R. VARGAS UGARTE, Historia de la Iglesia, I, 261.

BIBLIOGRAFÍA

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GERARDO WILMER ROJAS CRESPO