CELAM. Conferencias generales

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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DE RIO A APARECIDA: CINCO CONFERENCIAS CON ACENTOS PROPIOS

Al hablar de Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida no nos referimos a cinco ciudades de América, sino a cinco acontecimientos de capital importancia: cinco «conferencias generales» del Episcopado Latino-americano, celebradas en Río de Janeiro en 1955, Medellín en 1968, Puebla en 1979, Santo Domingo en 1992, y Aparecida en 2007. Las cinco van a marcar un periodo de máxima trascendencia para el caminar de la Iglesia Latinoamericana, y cada una tendrá sus acentos propios.

Es necesario dando un par de pinceladas sobre el comienzo de este camino sinodal, que marcaría el temperamento actual de la Iglesia en el Continente Latinoamericano (incluyendo en esta denominación la extensa región del Caribe). No es posible entender el peregrinar del Pueblo de Dios por estas tierras en la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del XXI, sin la obligada referencia a dichas jornadas y a sus correspondientes documentos. Allí se descubren las pistas y horizontes que se han ido planteando para afrontar los desafíos que el Pueblo de Dios ha venido asumiendo en esta época.

El espíritu de colegialidad que se había vivido en los tiempos de la evangelización constituyente del Nuevo Mundo en las «Juntas eclesiásticas», en los «Concilios Provinciales» y más tarde en el Concilio Plenario de la América Latina», celebrado en Roma en 1899, se volvió a manifestar con fuerza en la Primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en la ciudad de Rio de Janeiro en 1955.

Los cinco documentos fruto de esas Conferencias Generales, dentro de un marco común de renovación en continuidad, tienen características particulares. Sin embargo, una distinción debe hacerse entre «Rio» y las cuatro siguientes, teniendo como línea divisoria el Concilio Vaticano II. Debe reconocerse, no obstante, que «Rio» tiene también una remota referencia al impulso que propició el Concilio, pues se inscribe claramente dentro del conjunto de iniciativas promovidas por Pio XII que ya en el pontificado de Juan XXIII culminarían en esta magna asamblea eclesial. Medellín, Puebla, Santo Domingo, y Aparecida ciertamente están bajo el influjo directo del Vaticano II; más aún, deben ser consideradas como impostaciones y aplicaciones latinoamericanas del mismo.

Las cuatro últimas Conferencias Generales plantean las orientaciones y acentos que la Iglesia en América Latina ofrece de cara al tercer milenio en vistas a una nueva evangelización que se proyecte en un mayor compromiso por la promoción humana, e impregne con la luz del Evangelio las culturas de los pueblos latinoamericanos.


LA IGLESIA EN LOS TIEMPOS DE LA CONFERENCIA DE RIO DE JANEIRO

El Continente Latinoamericano y del Caribe pasa a través de transformaciones sociales, políticas y económicas, que bien se pueden calificar de «epocales», tras la Segunda Guerra Mundial y en el contexto de la «Guerra fría». La Conferencia de Río de Janeiro se celebra en este contexto. La primera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano fue convocada por el Papa Pio XII. Se celebro en la ciudad de Rio de Janeiro del 25 de julio al 4 de agosto de 1955. La Conferencia tenía el manifiesto deseo de fortalecer la fe en América Latina a la vez que de impulsar una renovada evangelización.

Es interesante recordar lo que señalaban los Obispos en el Preámbulo del «documento de Rio». Reconociendo en primer lugar el rico patrimonio de fe del Continente, pero acentuando a la vez las deficiencias y dificultades que se descubren, insisten no solo en “la necesidad de salvaguardar el patrimonio de la fe católica en América Latina sino también de que este gran Continente, responda plenamente -conforme a los vivos deseos y anhelos del Vicario de Cristo- a su vocación apostólica”.

El acento del documento está puesto claramente en los agentes que deben llevar adelante este proceso, dentro de lo que llaman una «campana vocacional», sobre todo en el clero. El documento manifiesta una gran preocupación por la escasez de sacerdotes, así como por la necesidad de su adecuada formación. Los Obispos lo señalan en la «Declaración» del documento: “La Conferencia ha tenido como objeto central de su labor el problema fundamental que aflige a nuestras naciones, a saber: la escasez de sacerdotes”. Fue también motivo de honda preocupación la necesidad de «instrucción religiosa» en el continente. Así mismo se vio la urgencia de promover un compromiso más activo en el campo social. Se propuso para ello tres metas: iluminación, educación y acción. Especial atención debía otorgarse a las necesidades de las poblaciones indígenas.

MEDELLÍN

En la década siguiente a Río, la situación camina por derroteros más tensos; ello empuja a la Iglesia a tomar mayor conciencia de su misión específica en medio de indudables conflictos y dolorosas reflexiones. Así se llega a una mayor consolidación del CELAM ; tras la Conferencia de Río vendrá la celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, en un ambiente crispado por la revolución cultural provocada por los acontecimientos de mayo de 1968, encendido en Europa y que corre como pólvora por todo el mundo. A Bogotá llegó San Paulo VI, siendo su visita la primera de un Romano Pontífice al Continente Americano.

Los obispos tocan con la mano los grandes problemas planteados en aquel dramático momento a la evangelización. Del documento surgido en Medellín al de Puebla transcurren diez años llenos de vida, de entusiasmo, de esperanza, de iniciativas, de madurez para la Iglesia Latinoamericana. En ellos se consigue: un nuevo rostro de Iglesia, un nuevo modelo de ser obispo, sacerdote, religioso, seglar, pueblo de Dios.

Se afianzan las comunidades eclesiales de base, el compromiso de los laicos, se esclarece la tarea liberadora de la Iglesia en su dimensión profética, su rostro martirial. Se organizan equipos de reflexión, de trabajo pastoral, de compromiso entre los pobres, se lucha por una nueva sociedad, que aún no existe en la realidad, pero si existe en la Utopía. Es decir, aún no es, pero se quiere y se trabaja para que llegue a ser. Esta sociedad debe distinguirse por ser más justa, más humana, más fraterna, más digna para todos... Para que llegue a ser hay que poner los medios adecuados, las estrategias convenientes, las políticas eficaces, etc... En una palabra, hay que trabajar por un proyecto de futuro. En Medellín nace un estilo nuevo de Iglesia que Puebla oficializará; Medellín es el arranque, Puebla la consolidación.

Antes de Medellín había en América Latina una Iglesia bastante parecida a la de Europa, que había sido la madre y también el modelo. En principio esto pertenece a la lógica de la filiación originante de la realidad eclesial o de la evangelización llevada a cabo en el Continente. En la segunda gran etapa nos encontramos con una realidad eclesial que ya se encuentra en una etapa madura con su propio rostro latinoamericano, etapa encarnada más en la realidad totalmente diversa de las anteriores, ya que pertenece de lleno a la llamada «postmodernidad».

El Concilio Vaticano II había suscitado inquietudes y marcado líneas de Iglesia a tener en cuenta, que había de aplicar a cada realidad. Ante la convocatoria de Medellín, los obispos y expertos en teología, ciencias políticas y sociales, preparan estudios de la realidad a todos los niveles e intentan buscar el plan de Dios ante dicha realidad. Posteriormente una comisión de expertos redacta un Documento de Trabajo que es repartido a las Conferencias Episcopales, a la Santa Sede y a cada uno de los obispos latinoamericanos. Después se recogen sugerencias y correcciones.

Se buscan criterios de discernimiento, según el Vaticano II, para «ver», «juzgar» y «actuar», que en América se va a llamar: «examen de la realidad», «juicio de la realidad a la luz de la fe» (marco referencial), y «compromiso cristiano ante dicha realidad». Finalmente se hace el esfuerzo de descubrir los signos de los tiempos en las aspiraciones y clamores del pueblo, como reveladores de la voluntad de Dios para el hombre latinoamericano.

El 24 de agosto 1968, san Pablo VI asiste al 39 congreso Eucarístico Internacional en Bogotá e inaugura la Segunda Conferencia. A los dos días los obispos se trasladan a Medellín, donde van a permanecer hasta el 6 de septiembre. En la inauguración se pronuncian tres discursos y una ponencia sobre la realidad sociológica del Continente. Después se dictan siete ponencias para explicar temas fundamentales del Documento de Trabajo. Finalmente, los asistentes se reparten en 16 comisiones, cada una con un tema a estudiar y un documento a elaborar. El 6 de septiembre son aprobados 16 documentos, que podemos resumir en tres grandes bloques:

1- Promoción humana: Justicia, Paz, Familia y Demografía, Educación y Juventud. 2- Evangelizacion y crecimiento en la fe: Pastoral Popular, Pastoral de élites, Catequesis y Liturgia. 3- Iglesia y sus estructuras: Laicos, Sacerdotes, Formación del Clero, Pobreza, Pastoral de conjunto y Medios de Comunicación Social.

El esquema que se siguió en cada uno de los documentos tenía tres puntos comunes: Análisis de la realidad, juicio de dicha realidad a la luz de la fe y la teología y proyección de la acción pastoral. Como actitudes e intenciones podríamos señalar: A- El hacer una Iglesia situada en el mundo, al servicio de Dios y del hombre. Iglesia que sirva para transformar el mundo según el plan salvífico de Dios. Iglesia fiel a su misión en el «aquí y ahora».

B- Captar los «signos de los tiempos» y responder a ellos con acciones especiales ante circunstancias particulares en que vive América Latina.
C- Dar énfasis especial al diagnóstico de la realidad valiéndose de ciencias políticas y socio-económicas, descubrir la raíz del problema social-estructural: las causas que favorecen a nivel colectivo la injusticia (desigualdad, miseria, marginación, frustración, minorías privilegiadas y mayorías afectadas), a nivel internacional la dependencia, subdesarrollo, explotación; y a nivel personal el egoísmo, la falta de sensibilidad, la agresión contra la paz.

D- Juzgar la situación de injusticia como un pecado social, una ofensa a Dios, algo que clama el cielo, ante lo cual la Iglesia no debe permanecer ajena e indiferente.

E- Señalar las metas a conseguir, los medios que deben emplear para conseguir una sociedad mejor organizada, más desarrollada, más fraterna, más participativa, trasformada política, económica y socialmente.

Medellín Denuncia:

    - «La miseria que margina a grandes grupos humanos» (Justicia).
    - «Injusticia y opresión» (Pobreza 10).
    - «Situación injusta promotora de tensiones que conspiran contra la paz» (Paz I).
    - «Miseria, hecho colectivo... injusticia que dama al cielo» (Justicia 1).
    - «Situación de pecado atribuible no a causas naturales difíciles de superar, sino a causas que tienen su origen histórico en la actuación de los hombres» (Paz I), «en la voluntad de opresión, en una insensibilidad lamentable de los sectores más favorecidos frente a la miseria de los sectores marginados» (Paz 5), «en defender privilegios a costa de vida y bienes» (Paz 17).
    - «Violencia institucionalizada, que atenta contra la dignidad del hombre y contra la paz» (Paz 10).

Medellín Anuncia:

    - «La esperanza contra toda esperanza, de transformar el mundo, de liberarlo de toda servidumbre» (Introducción).
    - «La unidad profunda entre el proyecto salvífico de Dios -revelado en Cristo- y las aspiraciones del hombre». Es decir, unión entre historia de la salvación e historia humana» (Catequesis).
    - «Los pobres constituyen la misión central de Jesucristo» (Pobreza 7), por eso, «se convierten en preferencia de evangelización» (Pobreza 8), e invita a solidarizarse con sus problemas y luchas (Pobres 7, 10).

Medellín Exhorta:

- A la acción: «No basta reflexionar, lograr mayor clarividencia, hablar, es menester obrar. No ha dejado de ser ésta la hora de la palabra, pero se ha tornado, con dramática urgencia la hora de la acción, de inventar con imaginación creadora la acción que corresponde realizar, que habrá que llevar a término con la audacia del Espíritu.

    - A descubrir la vocación original en América, uniendo lo antiguo y lo nuevo, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y lo que es propio de nuestra originalidad.
    - «A tomar decisiones y establecer proyectos» (Introducción).
    - «A considerar -a Medellín- como un nuevo Pentecostés para América Latina, como el Vaticano II lo había sido para toda la Iglesia ante una nueva era histórica... llena de anhelo de emancipación, de liberación, de integración colectiva... Percibimos los preámbulos de... una nueva civilización» (Introducción).

Medellín no fue un acontecimiento aislado en América Latina. Había sido bien preparado en el postconcilio en las reuniones de Baños – Ecuador- (1966), de Buga -Colombia- (1967), y de Melgar -Colombia- e Itapoan -Brasil- (1968). Pero no se va a terminar con su celebración, sino todo lo contrario: se va a poner a funcionar lo dicho en él, se convierte en «punto de referencia» y se asumen sus directrices por el CELAM y por la mayoría de la Iglesia, aunque se haga en diversa forma y grado.

DE MEDELLÍN A PUEBLA

De la clausura de Medellín (6 de septiembre 1968), hasta la celebración de Puebla (27 de enero 1979) pasan diez años y unos meses de gracia para la Iglesia Latino-americana. En este periodo se producen más de 150 documentos de Conferencias Episcopales (nacionales o regionales). Gran cantidad de libros, artículos y estudios monográficos de diversos temas relacionados con la Iglesia en América Latina y la evangelización. Empieza a sonar intencionalmente como Iglesia con su propia identidad. Es un periodo rico en que la teología y la Pastoral de América se van a definir, a dar a conocer, a ponerse en práctica. En este espacio de tiempo podemos distinguir tres subperíodos:

    - De Medellín a Sucre (1968-1972).
    - De Sucre a la Preparación de Puebla (1972-1976).
    - De la preparación de Puebla a su celebración (1976-1979).

En el periodo de Medellín a Sucre, el CELAM crea institutos de formación, investigación y Pastoral en líneas de renovación eclesial, de liberación de ataduras históricas y actuales. Lidera y anima a las Conferencias episcopales para hacer el análisis de la realidad de su propio país, juzgar dicha realidad y comprometerse en su transformación. De ahí que en esa época las diversas Conferencias Episcopales dan a la luz pública excelentes documentos.

A nivel de reflexión teológica nacen varias corrientes de pensamiento teológico como aportación propia de la Iglesia Latino-Americana y que constituyen corrientes bastante diversificadas entre sí. En dichos documentos episcopales denuncian lo negativo de cada país: pobreza, injusticia, represión, falta de libertad, atentados contra la dignidad, condiciones precarias de salud, vivienda... Y anuncian lo positivo: anhelos de cambio, de transformación, de promover la justicia, la paz, de compromiso con el desarrollo integral del hombre, de acercarse al mundo de los pobres, obreros, campesinos, indígenas, de solidarizarse con ellos, de la necesidad de cambio de estructuras y del corazón de las personas, de defensa de los derechos humanos, de democracia, etc.

Los documentos de los obispos abrieron grandes esperanzas en el pueblo cristiano más atento y sensible, la Iglesia jerárquica y la comunidad eclesial en su conjunto ganaron en credibilidad: la Iglesia jerárquica como una institución en quien poner la confianza, la comunidad eclesial como realidad viva dentro de la sociedad en ebullición. Pero la reacción de los poderosos de tendencias sociales, políticas y oligárquicas diversas no se hizo esperar: empieza la represión de laicos, sacerdotes y obispos: en Brasil en 1969 matan a Enrique Neto, son torturadas 500 personas y encarcelan a once dominicos. En el Salvador, Nicaragua y Honduras aparecen con frecuencia cadáveres mutilados, desfigurados, algunos son sacerdotes, catequistas, delegados de la Palabra, líderes campesinos... En Panamá hacen desaparecer a Héctor Gallego (Junio 1971), etc...

Del 15 al 23 de nov. 1972, se reúne el CELAM en SUCRE (Bolivia). El CELAM se pone a reflexionar sobre su razón de ser definiéndose como un «organismo de comunión y de servicio» y sobre el modo de poner en práctica las líneas de Medellín, asumidas en el plan global: «Continuar el estudio, la profundización, actualización y difusión de las conclusiones de Medellín». En Perú se asume el compromiso por los que sufren la injusticia, por los pobres y oprimidos (enero 1973, XLII Asamblea Episcopal y 4 diciembre 1975). En Brasil se firma un documento por obispos del Nordeste y Superiores religiosos titulados «He oído los clamores de mi pueblo» (6 de mayor 1973) y otro de la región Centro-Oeste titulado «El grito de las Iglesias» (25 oct. 73) planteando en ambos la pobreza y marginación del pueblo. En Centro-América la situación se hace cada vez más angustiosa ante las dictaduras militares, la guerrilla y la doctrina de la «seguridad nacional». Surgen varios movimientos de guerrillas de tinte marxista y por otra los llamados «escuadrones de la muerte» creados por los varios regímenes dictatoriales y militares al servicio de poderes económicos y sociales. Se incrementa la guerrilla marxista (Nicaragua, El Salvador y Guatemala). En Panamá se opta por animar la vida de una Iglesia evangelizadora, misionera al servicio del pueblo panameño (Asamblea de Pastoral 1974). Y se pide justicia y dignidad para el pueblo panameño, a propósito de reivindicar el Canal (15 agosto 1975). En Riobamba, Ecuador, 17 obispos sufren la cárcel, a raíz de una reunión, por dialogar sobre la situación de la Iglesia en el continente (12 agosto 1976).

Es la época de madurez y de asimilación de los compromisos de Medellín. Es el momento de purificación, entre todos, de ciertas exageraciones y radicalismos que se habían tomado en línea de una propuesta llamada de «liberación y compromiso social», incluso de comprometerse mucho más donde hasta entonces se había permanecido al margen de estas líneas o no se habían tomado con seriedad. En Brasil y en otros países algunos asesinatos de cristianos son puestos como testigos del Evangelio. Se empiezan a llamar mártires.

En Roma san Pablo VI convoca un Sínodo de los obispos (1974) en base al cual San Pablo VI redactará su encíclica «Evangelii Nuntiandi» (1975). La preparación de la Conferencia de Puebla comienza el 30 de noviembre 1976 a cargo del CELAM. En ella se pueden distinguir tres etapas:

    - 1ero. Del anuncio de Puebla a la aparición del Documento de Consulta (nov. 76, nov. 77).
    - 2do. Del Documento de Consulta al Documento de Trabajo (nov. 77, sep.78).
    - 3ero. Del Documento de Trabajo a su celebración (enero 79). 

La celebración de Puebla estaba prevista para septiembre de 1978, pero en agosto de ese año muere Pablo VI, y al poco tiempo también muere su sucesor: Juan Pablo I. Había de esperar a que Juan Pablo II confirmara su celebración.


PUEBLA

San Juan Pablo II abre la Tercera Conferencia General en Puebla de los Ángeles, el 27 de enero 1979. Asisten 187 obispos representando a los casi 900 que hay en el continente. Estos son los que aprueban el documento final. También asistieron sacerdotes diocesanos, religiosos y laicos, pero sin derecho a voto. El tema de la Conferencia era sobre la evangelización. Se trataba de aplicar para América Latina la encíclica «Evangelii Nuntiandi» de san Pablo VI, al igual que Medellín había aplicado el Vaticano II.

La visita del Papa fue calificada de histórica. Su Mensaje inaugural fue el que marcó las líneas de Puebla, se acentuó el compromiso con los pobres y su evangelización. Por eso Puebla perfecciona la Línea de Medellín, reflejando así las líneas de Iglesia que había en el Continente. Puebla se clausura el 13 de febrero 1979, aprobando un documento final con estas cinco partes.

    1. Visión Pastoral de la realidad Latino-Americana: histórica y actual.
    2. Designio de Dios sobre dicha realidad (marco referencial).
    3. La Evangelización para llevar a cabo ese designio de Dios en comunión y participación.
    4. Destinatarios Preferenciales de esa evangelización (pobres y jóvenes) y otros destinatarios,
    5. Guiados y dirigidos por el Espíritu del Señor: Opciones pastorales.

En la primera parte se habla de la historia de la conquista, con sus sombras dolorosas y sus luces, y de la acción evangelizadora de muchos misioneros en defensa de los derechos humanos fundamentales de los pueblos indígenas. Gracias a la historia de evangelización se tiene actualmente un «sustrato católico» que es la raíz de la fe en el Continente. Se alude también a la situación angustiosa en que vive actualmente América Latina, envuelta por la injusticia institucionalizada a nivel político, económico, cultural y con deficiencias a nivel de fe. Por ello la Iglesia se encuentra ante un futuro lleno de duros desafíos.

En la segunda parte se alude al Plan de Dios sobre dicha realidad, iluminada por la fe desde tres pilares: Cristo, Iglesia, hombre. Desde aquí exhorta a evangelizar la cultura, la religiosidad popular, la política, la economía, etc... En la tercera parte se dice como la evangelización tiene que hacerse en comunión y participación: de la familia, comunidades de base, parroquia, Iglesia particular (diocesana); jerarquía, religiosos, laicos; por medio de la oración, testimonio, catequesis, educación, comunicación social, dialogo ecuménico.

En la cuarta parte se insiste que la evangelización es para todos, pero especialmente para los pobres y jóvenes, teniendo en cuenta que vivimos en una sociedad pluralista y por tanto debemos ser respetuosos con otros que no la piensan como nosotros.

En la quinta parte se recuerda que nos debemos dejar llevar por el Espíritu del Señor hacia la verdad, el bien y la plenitud en Cristo.

DE PUEBLA A SANTO DOMINGO

Las líneas de Puebla son las que marcan el rumbo de la Iglesia Latino Americana en la década de los años 80. En esta se ha ido incrementando el compromiso con los pobres, con las clases humildes, marginadas, con campesinos, indígenas, refugiados políticos, obreros... Se ha ido trabajando en el nuevo estilo de ser Iglesia: con las comunidades eclesiales de base, con Delegados de la Palabra, con Madres, Maestras, Catequistas, etc...

Se siguió luchando por la justicia, por la dignidad de la persona humana, por la Vida, a pesar de secuestros, desaparecidos, muertes, persecuciones, martirios (desde el P. Rutilio Grande, del arzobispo de San Salvador Oscar Arnulfo Romero – hoy ya elevado a los Altares como Mártir-, los seis jesuitas muertos en el Salvador, y los numerosos asesinatos de sacerdotes y catequistas en Guatemala y otros lugares de América Central.

Se siguió reflexionando, trabajando en equipo, incrementando la experiencia de Dios en la oración, la fraternidad en la comunidad, la inserción entre los pobres, la inculturación en la evangelización, la liberación en personas y clases sociales acogedoras de la misma... Se ha sentido la llamada de Dios a su seguimiento, ha habido un aumento significativo en vocaciones nativas, etc...

A nivel político se avanzó hacia la Democracia en la mayoría de países donde no estaba presente. En cambio, a nivel económico se le ha llamado la «década perdida». En algunas cosas la situación se puso bastante peor. La guerrilla, el narcotráfico, la emigración a la ciudad -casi siempre a barriadas marginales-, el paro, la deuda externa y las medidas económicas para subsanarlas empeoró el nivel de vida del pueblo.

Ante los 500 años de Evangelización de América -1992-, el Papa Juan Pablo II llamó a una «nueva evangelización» y se pensó en la celebración de una IV Conferencia general, escogiéndose como lugar de celebración la ciudad de Santo Domingo, por ser el lugar por donde empezó la evangelización fundante en América. El tema señalado por el Papa para esa Cuarta Conferencia fue: «Nueva evangelización, promoción humana, cultura cristiana; Jesucristo ayer, hoy y siempre”

A finales de 1988 se formó una Comisión Central en el CELAM con el encargo de elaborar un Documento de Consulta. Esta Comisión dividió el trabajo en tres partes: historia, análisis de la realidad e iluminación teológica, produciendo un documento que fue posteriormente analizado y revisado por los Secretariados de las Conferencias Episcopales y por seglares expertos. De todo ello salió una «Primera redacción del Documento de Consulta».

A finales de 1989 se estudió esa «primera redacción» en sendas Conferencias Regionales de obispos en Brasilia, Santo Domingo, Ciudad de Guatemala y Bogotá. De las correcciones y sugerencias se redactó una «Segunda redacción del Documento de Consulta», quedando dividido en cuatro partes: 1. Visión histórica: 500 años de evangelización. 2. Realidad Latinoamericana actual y tendencias hacia el futuro. 3. Visión Pastoral de la realidad de América Latina. Avances o estancamientos siguiendo Puebla. 4. Iluminación Teológica, Marco referencial y posibles actitudes pastorales ante la nueva evangelización.


Entre Puebla y Santo Domingo se habían producido profundos cambios en el mundo. La caída del llamado «socialismo real», que puso de manifiesto un proceso de cambio en los paradigmas culturales y sociales, impactó al mundo de manera profunda. Por otro lado, las condiciones sociales y económicas del Continente empeoraron, aumentando la pobreza a niveles dramáticos. Los programas de ajuste económico aplicados en muchos países han tenido no pocas veces resultados contraproducentes. Muchos problemas denunciados en Medellin y Puebla seguían sin resolverse. El conflicto y la violencia habían crecido de manera alarmante afectando seriamente la vida del hombre latinoamericano.

El Santo Padre Juan Pablo II presentaba la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano como el «acontecimiento fundamental» de las celebraciones conmemorativas del V Centenario de los comienzos de la evangelización en el Nuevo Mundo.

SANTO DOMINGO

E112 de octubre de 1992, 13 años después de la Conferencia de Puebla y 500 de la llegada de la fe al Continente, el Papa Juan Pablo II inauguró la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, capital de la República Dominicana. La ocasión y el lugar tenían una clara intención: celebrar el V Centenario del inicio de la evangelización e impulsar desde allí una nueva evangelización.

El acento principal e hilo conductor de la reflexión de la Conferencia de Santo Domingo, siguiendo el pedido del Santo Padre, fue la persona y el mensaje del Señor Jesús. En una clara línea de continuidad con la tradición viva de la Iglesia, en especial con el Concilio Vaticano II y las Conferencias Generales de Medellin y de Puebla, Santo Domingo llamaba al Pueblo de Dios a centrar su mirada en el Señor Jesús, a confesarlo públicamente y a aproximarse desde Él a la realidad. Se trataba además de una lectura cristológica en clave de reconciliación y solidaridad. El «documento de Santo Domingo» está recorrido por una perspectiva que acentúa la reconciliación y la solidaridad.

Esta es la clave hermenéutica que permite articular, siempre en torno a Jesucristo, los diversos aspectos. Se trata de una lectura que, centrada en el dinamismo unitivo del amor y la comunión, deja de lado toda posible aproximación conflictiva. También debe destacarse como otro de los acentos del documento dominicano la presencia de la Madre, la Señora Santa María. Este acento es importante para nuestra realidad, pues hunde sus raíces en la historia de América Latina.

Muchos de 1os grandes enfoques poblanos son recogidos en el documento dominicano. Así, por ejemplo, la impronta mariana y el enfoque histórico, aunque con menor amplitud. El tema de la cultura es desarrollado desde diversas perspectivas. En el aspecto antropológico el principal aporte de Santo Domingo es la acentuación de la lectura cristológica del misterio del hombre. En este sentido hay un claro progreso en continuidad con relación a Puebla, muy en línea con el magisterio del Papa Juan Pablo II. Se esbozan en el documento dominicano las líneas maestras de una antropología en clave cristológica que refleja un humanismo teologal.

Santo Domingo tampoco pierde el talante profético que venía desde Medellin. Aún más, profundiza la línea de Puebla ubicándolo dentro del gran marco de la nueva evangelización y desde una aproximación cristológica. El tema del compromiso con los pobres desde el Evangelio es ampliamente ratificado, ofreciéndose importantes profundizaciones sobre el mismo. Todo esto sin mencionar algunos temas que, o no estaban desarrollados en Puebla, o no tenían la misma importancia que tuvieron después. Así, por ejemplo, la evangelización de la ciudad, el problema del consumismo, el tema de las sectas, la defensa de la vida, el papel de la mujer, el ro1 de los movimientos eclesiales, entre otros temas abordados en la IV Conferencia General.

Santo Domingo es un documento de tipo pastoral que ofrece de manera sintética un conjunto de orientaciones para el compromiso de la nueva evangelización en el continente. Trae lo que podría calificarse como un alud de desafíos que brotan de las necesidades y problemas de la realidad de los pueblos del continente; desafíos que no pocas veces se reiteran con diversos acentos. El documento dominicano es la expresión de una orientación general para una nueva evangelización que centrada en el anuncio del Señor Jesús respondía a las necesidades de la promoción humana y buscaba generar una cultura de solidaridad y reconciliación.

Es la clave hermenéutica que permite articular, siempre en torno a Jesucristo, los diversos aspectos. Se trata de una lectura que, centrada en el dinamismo unitivo del amor y la comunión, deja de lado toda posible aproximación conflictiva. También debe destacarse como otro de los acentos del documento dominicano la presencia de la Madre, Nuestra Señora Santa María. Este acento es importante para nuestra realidad, pues hunde sus raíces en la historia de América Latina.

Muchos de 1os grandes enfoques poblanos son recogidos en el documento dominicano. Así, por ejemplo, la impronta mariana y el enfoque histórico, aunque con menor amplitud. El tema de la cultura es desarrollado desde diversas perspectivas. En el aspecto antropológico el principal aporte de Santo Domingo es la acentuación de la lectura cristológica del misterio del hombre. En este sentido hay un claro progreso en continuidad con relación a Puebla, y muy en línea con el magisterio del Papa Juan Pablo II.

Santo Domingo tampoco pierde el talante profético que venía desde Medellin. Aún más, profundiza la línea de Puebla ubicándolo dentro del gran marco de la nueva evangelización y desde una aproximación cristológica. El tema del compromiso con los pobres desde el Evangelio es ampliamente ratificado, ofreciéndose importantes profundizaciones sobre el mismo.

Todo esto sin mencionar algunos temas que, o no estaban desarrollados Puebla o no tenían la misma importancia que hoy. Así, por ejemplo, la evangelización de la ciudad, el problema del consumismo, el tema de las sectas, la defensa de la vida, el papel de la mujer, el ro1 de los movimientos eclesiales, entre otros temas abordados en la IV Conferencia General.

Santo Domingo es un documento de tipo pastoral que ofrece de manera sintética un conjunto de orientaciones para el compromiso de la nueva evangelización en el continente. Trae lo que podría calificarse como un alud de desafíos que brotan de las necesidades y problemas de la realidad de los pueblos del continente; desafíos que no pocas veces se reiteran con diversos acentos. El documento dominicano es la expresión de una orientación general para una nueva evangelización que centrada en el anuncio del Señor Jesús responda a las necesidades de la promoción humana y vaya generando una cultura de solidaridad y reconciliación.

APARECIDA

El Papa Benedicto XVI convocó a la Quinta Conferencia del CELAM a celebrarse en mayo del año 2007 en el Santuario de Aparecida , Brasil, para reflexionar sobre el tema: «Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”». Esta Quinta Conferencia tuvo características que le dieron un acento muy particular: La primera fue que en su preparación no hubo un «Instrumentum laboris», sino una participación de las iglesias particulares en un «documento de síntesis», que fue «referencia» durante la Conferencia pero no fue «punto de partida». Otra característica, quizá la más importante, fue que su «documento conclusivo» dejó una tarea: la «Misión Continental», recordando a la «Evangeli nuntiandi» que en su número 14 señala: “La Iglesia existe para evangelizar.” En el Mensaje a los Obispos latinoamericanos del papa Benedicto XVI en el documento conclusivo, les dice: “El 13 de mayo pasado (2007), a los pies de la Santísima Virgen Nuestra Señora Aparecida, en Brasil, he inaugurado con gran gozo la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Conservo vivo el grato recuerdo de dicho encuentro, en el que he estado unido con vosotros en el mismo afecto por vuestros queridos pueblos y en la misma solicitud por ayudarles a ser discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en Él tengan vida. Al mismo tiempo que expreso mi reconocimiento por el amor a Cristo y a la Iglesia, y por el espíritu de comunión que ha caracterizado dicha Conferencia General, autorizo la publicación del Documento Conclusivo, pidiendo al Señor que, en comunión con la Santa Sede y con el debido respeto por la responsabilidad de cada Obispo en su propia Iglesia particular, sea luz y aliento para una fecunda labor pastoral y evangelizadora en los años venideros. En este Documento hay numerosas y oportunas indicaciones pastorales, motivadas con ricas reflexiones a la luz de la fe y del contexto social actual. Entre otras, he leído con particular aprecio las palabras que exhortan a dar prioridad a la Eucaristía y a la santificación del Día del Señor en los programas pastorales (cf. nn. 251-252), así como las que expresan el anhelo de reforzar la formación cristiana de los fieles en general y de los agentes de pastoral en particular. En este sentido, ha sido para mí motivo de alegría conocer el deseo de realizar una «Misión Continental» que las Conferencias Episcopales y cada diócesis están llamadas a estudiar y llevar a cabo, convocando para ello a todas las fuerzas vivas, de modo que caminando desde Cristo se busque su rostro (cf. Novo millennio ineunte, 29).” MIRADA DE CONJUNTO A LOS DOCUMENTOS DE LAS CONFERENCIAS DEL CELAM

Mas allá de las obvias diferencias, evidenciadas en los diversos acentos y desarrollos, se puede descubrir en una mirada de conjunto a los cinco documentos, una línea de continuidad que va progresivamente profundizando en la inteligencia de la fe en el aquí y ahora de América Latina. Esta profundización tiene como referencia inmediata la experiencia de la fe por parte del hombre latinoamericano concreto.

El hilo conductor: la preocupación por la persona humana

El hilo conductor puede ser descubierto en la dura y profunda preocupación por la persona humana. Pero no se trata de una preocupación en abstracto. Tiene un marco muy preciso: la realidad del hombre latino americano, con su historia, con sus sufrimientos y miserias, con las amenazas que se ciernen sobre él, con sus esperanzas, con la impostación propia en el empeño por vivir su vocación a la participación en la naturaleza divina desde las características del espacio y el tiempo latinoamericanos.

Junto a una constante afirmación de un humanismo teologal, y en plena coherencia con él, se aprecia la preocupación por la suerte de la persona humana y sus condiciones de vida de diversas maneras en todos los documentos. Desde el documento de Rio se comprueba esta preocupación, especialmente por los más necesitados.

Hay una evolución en continuidad que alcanzara en Santo Domingo su mejor expresión. No obstante, ya en Puebla se tiene una notable profundización en este aspecto desde una antropología de honda raíz Cristo céntrica. Estamos ante el hombre creado para alcanzar la salvación que, siendo fiel a su vocación, se humaniza, pasa de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, en un desarrollo integral que abarca toda su realidad, y que finalmente lo llevará a vivir la reconciliación en los diversos planos de su existencia.

En los documentos de Medellín, Puebla y Santo Domingo se descubre la influencia de la «Populorum progressio», específicamente en la propuesta de desarrollo integral que debe llevar al hombre a pasar de condiciones menos humanas a condiciones más humanas hasta llegar al conocimiento perfecto del Señor Jesús. Se trata de un programa de humanización que se debe promover cada vez más de acuerdo a la verdad que Jesucristo nos ha revelado sobre el hombre.

Estos tres documentos (Medellín, Puebla y Santo Domingo) ponen de manifiesto también una antropología Cristocéntrica, que tiene uno de sus principales fundamentos en la «Gaudium et spes», especialmente en el pasaje donde se señala que “el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”. En Cristo, se afirma en el documento conciliar, “se restaura internamente todo el hombre”, ya que “en Él, Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado». Por eso el Señor Jesús «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocacìòn»" . La dignidad del hombre reconciliado por el Señor Jesús se convierte así en criterio que supera y enjuicia las limitaciones y contradicciones de todas ideologías y los proyectos humanos.

El horizonte: una renovada evangelización de América Latina

Esta preocupación por el hombre que peregrina por las tierras latinoamericanas tiene como horizonte el ofrecimiento del don de la redención traído por el Señor Jesús, que es la plenitud de la vida humana. El principal y mayor servicio que la Iglesia le hace al ser humano es comunicarle la Buena Nueva de Jesucristo, invitándolo a participar de la vida divina e iluminando desde esa vocación fundamental toda la realidad humana. En los documentos del CELAM se percibe claramente la preocupación por impulsar una renovada evangelización en el Continente.

Ya desde el documento de Rio se hace explícita la intención de los Pastores de alentar un compromiso más intenso con la renovación de la fe en el Continente. Es necesario, señalaban entonces, que el patrimonio de fe que ha sido legado a los pueblos latinoamericanos, y que es el tesoro de los mismos, “se incremente de manera que esa misma fe se difunda más y más e informe íntegramente el pensamiento, las costumbres y las instituciones de nuestro continente”.

Esta conciencia se acrecentará aún más después del Concilio Vaticano II. La renovación que planteó el Concilio puso en un lugar muy importante a la evangelización. Medellín recoge esta inquietud de los padres conciliares y la asume como parte de su propio programa. Se habla ya entonces explícitamente de la necesidad de impulsar una «nueva evangelización». En el «Mensaje a los pueblos» se pide: “Alentar una nueva evangelización y catequesis intensivas que lleguen a las élites y a las masas para lograr una fe lucida y comprometida”.

La conciencia de la necesidad de profundizar en la evangelización del continente latinoamericano es clara y se irá haciendo cada vez más imperiosa de documento a documento. Puebla lo fijará como su «tema» central. Ahí se reafirmará, siguiendo las enseñanzas de la «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI, que “la misión fundamental de la Iglesia es evangelizar el hoy y el aquí, de cara al futuro.” . Será en Santo Domingo donde se desarrolle en profundidad la exigencia de esta nueva evangelización.

Así, recogiendo la convocatoria del Papa san Juan Pablo II, pondrá como preocupación central el compromiso de la nueva evangelización. El documento indica: “Para que Cristo esté en medio de la vida de nuestros pueblos, convocamos a todos los fieles a una Nueva Evangelización ...”. Santo Domingo dedica todo un capítulo a profundizar en la nueva evangelización. . Allí se ofrece en clave cristológica una explicación de lo que es la nueva evangelización, subrayando claramente que evangelizar es anunciar “el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”.. Siguiendo a Puebla, María es presentada nuevamente como Estrella de la primera y la nueva evangelización. .

El marco: una liberación hecha de reconciliación

El dinamismo iniciado en Rio se plasmará y se desarrollará con fuerte vigor y lenguaje en la Conferencias sucesivas en la conciencia de la necesidad radical de la liberación del pecado y de sus esclavitudes para acceder realmente a los frutos de la reconciliación. La preocupación por la situación de la persona lleva a comprobar las muchas cadenas que esclavizan al hombre. Las consecuencias de esta situación se descubren en toda la convivencia social, especialmente en la grave situación de pobreza y conflicto de los pueblos latinoamericanos.

Medellin explicita claramente cuál es el núcleo de esta necesaria liberación: “...para nuestra verdadera liberación, todos los hombres necesitamos una profunda conversión a fin de que llegue a nosotros el «Reino de justicia, de amor y de paz».” . Es una liberación que nos abre el cauce de la plena comunión con el Padre y nos permite acceder al Reino puesto de manifiesto en la vivencia de la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la paz y el amor. Se trata, como se descubre fácilmente, de una perspectiva alejada por completo del conflicto. La auténtica liberación nos llevará a vivir la verdadera paz que nos trae Jesucristo: “La paz es, finalmente, fruto del amor, expresión de una real fraternidad entre los hombres: fraternidad aportada por Cristo, Príncipe de la Paz, al reconciliar a todos los hombres con el Padre”.

Puebla precisará con más amplitud teológica los alcances de esta liberación: “Aparecen dos elementos complementarios e inseparables: la liberación de todas las servidumbres del pecado personal y social, de todo lo que desgarra al hombre y a la sociedad y que tiene su fuente en el progresivo en el ser, por la comunión con Dios y con los hombres que culmina en la perfecta comunión del cielo, donde Dios es todo en todos y no habrá más lágrimas.” Se trata de llegar a la vivencia de la plena comunión.

La perspectiva pascual, que se hace presente también en el enfoque poblano, evidencia una búsqueda sincera de superar toda falsa oposición, empezando por el dualismo entre fe y vida. Su perspectiva es unitiva. No hay conflicto, hay búsqueda de síntesis, de reconciliación donde se pueda vivir la comunión y participación. “La Evangelización -se afirma en Puebla- da a conocer a Jesús como el Señor, que nos revela al Padre y nos comunica su Espíritu. Nos llama a la conversión que es reconciliación y vida nueva, nos lleva a la comunión con el Padre que nos hace hijos y hermanos. Hace brotar, por la caridad derramada en nuestros corazones, frutos de justicia, de perdón, de respeto, de dignidad, de paz en el mundo”.

Resulta consecuencia natural del dinamismo de Medellín y Puebla, el énfasis que se le ha venido dando en todo el continente al tema de la reconciliación, y que ahora recoge con fuerza el documento de Santo Domingo. De Medellín a Santo Domingo se aprecia un desarrollo en continuidad que va acentuando más algunos aspectos que otros y que va recogiendo en el camino, desde una atenta lectura de los signos de los tiempos, las nuevas exigencias. Este nuevo horizonte está hondamente marcado por el ansia de reconciliación. Santo Domingo propone, así como clave de lectura de toda la realidad latinoamericana las palabras: reconciliación, solidaridad, integración y comunión.

El rico concepto de «liberación» es asociado al de «reconciliación». Al hacerlo así, Santo Domingo le da al concepto de liberación un marco más amplio: “Con alegría testimoniamos que en Jesucristo tenemos la liberación integral para cada uno de nosotros y para nuestros pueblos; liberación del pecado, de la muerte y de la esclavitud, que está hecha de perdón y de reconciliación”. Es manifiesta la coincidencia de este pasaje con lo propuesto por el Papa san Juan Pablo II en su «Discurso inaugural» de Puebla.

Se percibe claramente en Santo Domingo que se trata de dos conceptos de un mismo proceso: la redención del hombre. No son conceptos contrapuestos. Expresan una única realidad. La liberación manifiesta la perspectiva del inicio, la reconciliación la dinámica de la plenitud. El mandamiento del amor al que invita el Señor Jesús encuentra, pues, a través de los Pastores latinoamericanos, una impostación surgida de la peculiar situación social y de la circunstancia histórica que viven los pueblos del Continente latinoamericano.

El proceso iniciado en Rio, que ha ido plasmándose en esta impostación latinoamericana del anuncio de la salvación, sigue madurando y profundizándose. En las sucesivas Conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo, llegará a vértices todavía más fuertes en sus juicios y propuestas en la Conferencia de Aparecida, Asamblea abierta por el Papa Benedicto XVI y en la que participó, como uno de los obispos latinoamericanos en activo, el entonces arzobispo de Buenos Aires, Mario Bergoglio, quien sería elegido Papa en 2013 tomando el nombre de Francisco.

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