CIENCIA Y TECNOLOGÍA EN LA HISTORIA DE AMÉRICA

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El amplio campo que abarca este artículo hace que no podamos ofrecer un panorama completo. Es un ámbito de investigación donde aún queda mucho terreno inexplorado. Pero, a pesar de los vacíos inevitables, me atrevo a presentar algunas de las principales etapas y rasgos de la actividad científica y tecnológica en América. Tendré en cuenta, de manera especial, que la ruina y la pervivencia de lo que se suele entender como «ciencia indígena», lo mismo que el nacimiento y desarrollo de las ciencias europeas en América, se producen dentro del contexto de una ampliación del mundo cristiano europeo, católico y protestante.

La ciencia indígena

Conviene destacar la contribución que el descubrimiento de América aportó a las ciencias europeas. La naturaleza americana y sus productos, las costumbres de los indios y sus técnicas serán conocidas en Europa a través de los relatos de los conquistadores y de los cronistas. Entre estos últimos merecen especial mención Gonzalo Fernández de Oviedo, José de Acosta, Bernardino de Sahagún, el inca Garcilaso y Antonio Vázquez de Espinosa. En las sociedades iberoamericanas se produjo una convergencia entre el conocimiento tecnológico y científico de la sociedad europea y la contribución de las sociedades indígenas y, en algunos lugares, las aportaciones africanas.

Los progresos tecnológicos introducidos por la sociedad criolla aseguraron la supervivencia y, a veces, promovieron la aportación de la tecnología indígena. Ésta adoptó poco a poco el uso del hierro y la rueda, además de nuevas especies de plantas y animales. Los criollos, por su parte, aprovecharon los avances indígenas en las técnicas agrícolas necesarias para el cultivo en la selva y en el semidesierto del altiplano.

Algunas obras aprovechan los conocimientos indígenas respecto a las virtudes medicinales de ciertas plantas. Así constatamos, por ejemplo, que la segunda edición (México, 1592) del libro Tractado breve de anathomía y chirugía de Agustín Farfán, que fue médico de Felipe II, aconseja varios remedios inspirados en la terapéutica india. Nicolás Monardes (1507-1588), en su Historia medinal, aprovechó la información de los indios sobre plantas medicinales. El mismo Consejo de Indias, en una encuesta que inició en 1570, incluyó varias preguntas que se refieren a las plantas y los medicamentos empleados por los indígenas. El médico de Felipe II, Francisco Hernández, por indicación de aquel, recorrió Nueva España de 1571 a 1577, recogiendo, entre otras investigaciones de historia natural, numerosas informaciones de los aztecas. Otro médico de Felipe II, N.A. Recchi, consultó estos trabajos y, a su vuelta a Italia, publicó un resumen de los mismos en latín (Roma, 1628) con el título Rerum medicarum Novae Hiaspaniae Thesaurus. El médico indio Martín de la Cruz, en un manuscrito traducido al latín por uno de sus condiscípulos indios del colegio de Tlatelolco, aporta también interesantes noticias.

Primera fase de la ciencia europea en América

En la primera fase, que abarca todo el siglo XVI y parte del XVII, se difunde y asimila la ciencia tradicional vigente en el Occidente europeo durante la Baja Edad Media y el siglo XVI: la física de Aristóteles, la astronomía de Ptolomeo, la matemática de Euclides, la medicina de Hipócrates y Galeno, con leves complementos. También se introduce en este periodo la tecnología europea: la industria azucarera, la construcción de acueductos y lagos artificiales, etc. Se estudia y aprovecha la ciencia indígena, sobre todo la botánica y zoología, tal como hicieron los misioneros Bernardino de Sahagún y José de Acosta. Los dos centros principales de actividad científica fueron México y Lima, capitales de los dos primeros virreinatos.

Aparecieron publicadas varias obras de matemáticas. La primera de ellas fue el Sumario compendioso de las quentas (México, 1556), de Juan Díez, que estudia las cuestiones de conversión de la moneda, fija reglas para las transacciones comerciales y expone varios problemas de teoría de números y de álgebra, de nivel semejante a los que por entonces podían estudiarse en las escuelas de Europa. Otras dos obras análogas son el Libro general de las reducciones de plata y oro (Lima, 1597) de Juan de Belveder y el Libro de plata reducida (Lima, 1607) de F. Garreguilla. A partir de 1623 y hasta la independencia se publica una serie de manuales, que responden a las necesidades de la explotación minera y, más tarde, de las escuelas militares.

Fueron introducidos perfeccionamientos técnicos en la explotación minera. Al principio los españoles, en las minas de plata, emplearon los métodos de extracción de los indios, pero más adelante aplicaron el nuevo procedimiento de amalgama introducido en México en 1556 por Bartolomé de Medina y que fue generalizado hacia1580 en las minas de plata del Potosí. En 1591, el sevillano Juan de Cárdenas, antiguo alumno de la Universidad de México, publicó el libro Primera parte de los problemas y secretos maravillosos de las Indias, el cual contiene algunos estudios de mineralogía y un intento de interpretación de las reacciones del método de amalgama.

Alonso Barba publica en 1640 el libro Arte de los metales, importante tratado de metalurgia, que fue objeto de numerosas reediciones en México y Perú, y fue traducido al alemán. Buen signo del interés por la química es el hecho de que en México se publicó la primera traducción española del Traité élémentaire de chimie de Lavoisier.

Especial protagonismo tuvieron en esta primera fase las universidades, focos culturales muy activos en cuya fundación y primer desarrollo intervinieron, sobre todo, las órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos, mercedarios y jesuitas. En ellas se trasmitía la ciencia antigua y medieval, con atención a la nueva circunstancia. Estamos en el siglo XVI. Aún no se ha producido la revolución científica. La vida intelectual de las universidades estaba inclinada hacia las disciplinas filosóficas, teológicas y literarias. Recordemos que la Universidad nació en la época medieval con el impulso de la Iglesia Católica, prolongando de algún modo la obra educativa de los monasterios y de las escuelas catedralicias. Lo que no quiere decir que se desatendiera totalmente el ámbito de lo que hoy llamamos ciencia.

La primera universidad se fundó en la ciudad de Santo Domingo, perteneciente a la Isla Española. En su bula fundacional, fechada el 28 de octubre de 1538, son invocadas como modelos la Universidad de Salamanca y la de Alcalá de Henares. Se le conceden los privilegios de estas dos universidades. Sus iniciadores fueron profesores educados en las aulas salmantinas. Trece años después, en 1551, fueron creadas la Universidad de México (Real y Pontificia Universidad de México) y la Universidad de San Marcos de Lima. Ambas establecieron cátedras de Medicina. La primera cátedra de esta ciencia se creó en 1578. Antes de 1666 le siguieron otras cuatro cátedras de Medicina. En 1646 se constituyó la primera cátedra de Matemáticas, cuyo más célebre catedrático fue don Carlos de Sigüenza y Góngora, que estaba al corriente de los trabajos de los científicos europeos contemporáneos y al que se debe un estudio sobre el cometa de 1680.

Antes de que los ingleses y los franceses establecieran su primer asiento en América del norte, México y Lima se habían convertido en dos centros muy activos de creación de cultura, en capitales universitarias semejantes a Salamanca. Prevalece el interés por las ciencias humanas antes que por las ciencias naturales. México, capital de Nueva España, alcanzó en el siglo XVI un notable nivel intelectual. Fue el lugar donde se instaló la primera imprenta del Nuevo Mundo en 1535. Antes de 1579 se habían instalado otras tres imprentas. Además hubo una abundante importación de libros.

La tecnología simbiótica criolla aportó valiosas contribuciones creativas en la vestimenta, la vivienda, y la preparación y conservación de alimentos. Predominó la influencia europea en la aclimatación de nuevas especies de plantas y animales, en la introducción y utilización de fuentes de energía, como la eólica e hidráulica, y en la tecnología minera.

La revolución científica y América

El complejo fenómeno histórico conocido como la revolución científica se produjo en Europa a lo largo del siglo XVII, coincidiendo con el periodo de declive de la monarquía hispánica. Pero no podemos entenderla plenamente sin tener en cuenta el despertar de la curiosidad investigadora de nuevas realidades que despertó el descubrimiento del Nuevo Mundo. No olvidemos que la nueva ciencia surgió en un proceso dialéctico en el que se enfrentó con la ciencia tradicional vigente en el Occidente europeo durante la Baja Edad Media y el siglo XVI.

Por otra parte, la revolución científica nos resultaría incomprensible si no prestamos atención al impacto que el descubrimiento del Nuevo Mundo, la cuarta parte del mundo, a la que el monje alemán Martín Waldseemüller inscribe por primera vez en un mapa del mundo y la llama América. Bien lo advierte Leoncio López-Ocón Cabrera: «La tensión entre elementos modernos y tradicionales fue habitual en las universidades hispánicas, foco de un nuevo humanismo científico que depuró el conocimiento del legado greco-latino».[1]Humanismo que contribuyó a consolidar en la sociedad española del siglo XVI actitudes relacionadas con la nueva ciencia que emergía en la Europa occidental: la preeminencia de la experiencia sobre los criterios de autoridad (promoción y perfeccionamiento del método de la «autopsia») y un insaciable afán de saber cosas nuevas, que pudo desplegarse a sus anchas en el Nuevo Mundo recién descubierto.

Un gran número de observadores contribuyó a enriquecer con gran cantidad de nuevas informaciones el conocimiento de la naturaleza y de las culturas humanas, y a realizar análisis comparados de la descripción física de la tierra, que rectificaron los mapas hasta entonces existentes. Aunque no puede negarse la participación de los misioneros en la desarticulación y destrucción de las culturas amerindias, algunas tan notablemente desarrolladas como la azteca y la inca, debemos aceptar, a la vez, que ellos y otros españoles o europeos, se convirtieron en agentes de una transmisión intercultural de conocimientos y prácticas científicas entre Europa y América, especialmente en el campo de la botánica y de sus aplicaciones terapéuticas. La flora americana fue estudiada sobre todo en dos épocas: en el siglo XVI, inmediatamente después de la conquista, y en el siglo XVIII, cuando llegaron varias expediciones científicas procedentes de Europa. La botánica europea se enriqueció con numerosas plantas: la quina, la coca, el tabaco, el árbol del caucho, el maíz, el cacahuate, el tomate, el cacao, la patata, etc. Algunas de ellas habrían de revolucionar la vida económica del mundo. Consideremos simplemente, por ejemplo, lo que aún supone la patata en la economía alimenticia de muchos países europeos.

En el siglo XVIII volvió a suscitarse un renovado interés por la flora americana. Se organizaron numerosas expediciones científicas a América del sur. Signo de ese interés y de las investigaciones que suscitó son los escritos de Antonio de Ulloa, del jesuita chileno J.I. Molina y del alemán Alexander von Humboldt, junto con el francés Aimé Bonpland.

El conocimiento de la flora de América del sur, que atrajo durante el siglo XIX a muchos científicos extranjeros, despertó un movimiento de interés por su investigación en los nuevos Estados sudamericanos. Argentina fundó en 1823 un Museo de Historia Natural y una cátedra de botánica en la universidad de Córdoba, junto a otras iniciativas. En México capital se fundó en 1866 el Museo Nacional, y en 1911 la primera cátedra de botánica en su universidad.

Debemos reconocer, sin embargo, que las universidades americanas fundadas antes de la Revolución Científica, como casi todas las Universidades europeas, sólo lentamente se fueron abriendo a las nuevas ciencias. Éstas surgieron y se desarrollaron, hasta el siglo XX, sobre todo, fuera de la Universidad, promovidas por otras instituciones: sociedades científicas, revistas, etc. Es lo que aconteció en el virreinato de Nueva España. En los últimos años, antes de la independencia, comenzó el proceso de creación de una red institucional dedicada a la «ciencia moderna»: la Real Escuela de Cirugía (1768), la Academia de las Nobles Artes de San Carlos (1781), la Real Escuela de Minería (1792), etc. A fines del siglo XVIII, la enseñanza matemática impartida por la Escuela de Minas supera a la de la Universidad e incluye nociones de cálculo infinitesimal.

Alguien puede extrañarse de que apenas haya aparecido Brasil en esta exposición. La razón es que, antes de su independencia, hubo poca actividad científica en este país, debido a la política colonial portuguesa, que tendía a suprimir toda actividad intelectual en la colonia. No tuvo Universidad ni imprenta hasta fines del siglo XVIII. Salvo la investigación tecnológica del jesuita brasileño Bartholomeu Lourenço (1685-1724) y el centro de cultura científica promovido por el holandés Mauricio de Nassau en el siglo XVII, sólo pueden anotarse algunos estudios sobre la flora y la fauna tropicales llevados a cabo por varios científicos extranjeros: W. Dampier, L.A. de Bougainville, P. Commerson y J. Banks. A fines del siglo XVIII se desarrolla una renovación científica consecutiva a la modernización de los estudios en Portugal y al renacimiento de la Universidad de Coimbra bajo la influencia del marqués de Pombal.

Uno de los principales factores que favorecieron la aparición de una generación que sentía interés por la ciencia moderna, tanto en la América de tradición española como en la de tradición portuguesa, fue la labor educativa llevada a cabo por la Compañía de Jesús en los muchos colegios que organizó y dirigió antes de su expulsión. Las razones de esa influencia las resume bien Perla Chinchilla: «Esta congregación contribuyó a la difusión del humanismo clásico –opuesto a los postulados de la escolástica ortodoxa–, así como a la propagación de algunos aspectos de la nueva filosofía, como la teoría atómica, y de ciertos descubrimientos científicos como la gravedad universal, el proceso germinativo, el tamaño del cosmos, etc. También fueron responsables de que se concediera una mayor importancia a las culturas indígenas, a los mestizos y a su papel en la fundación de la sociedad mexicana».[2]Lo cual habría sucedido de modo semejante en los otros pueblos de América, incluido Brasil, en que desarrollaron su actividad los jesuitas.

Su expulsión frustró en gran parte el que pudiera darse en Iberoamérica una ilustración de tipo católico. Poco después de su expulsión se fue abriendo camino una ilustración con tendencias anticlericales, que se acentuó en algunas repúblicas después de la independencia. Se quiso desactivar a la Iglesia Católica como un resto del antiguo régimen que había que eliminar, por reaccionario: opuesto al progreso científico-técnico.

La América de tradición británica, y la América de tradición española y francesa

Hasta el siglo XVIII no encontramos en la América de tradición británica investigaciones de botánica, medicina y astronomía comparables a las que se habían realizado ya durante los siglos XVI y XVII en la América de tradición española. Pero en el siglo XVIII se produjo un notable florecimiento de las ciencias y de las tecnologías. La principal figura fue Benjamín Franklin con sus investigaciones sobre la electricidad. Su libro Experiencias y observaciones sobre la electricidad hechas en Filadelfia de América (1751) influyó mucho en Francia, Inglaterra y otros países europeos. Después de la independencia, en el siglo XIX, otro científico, J. Willard Gibbs (1839-1903), hizo también importantes contribuciones a la física.

La vida universitaria comenzó con la fundación del Colegio de Harvard (1636) y el de Yale (1701), germen de dos de las más prestigiosas universidades norteamericanas. Ambos colegios mostraron desde el principio un gran interés por las ciencias, incluidas en su programa de estudios. La biblioteca de Yale se enriqueció en 1714 con el donativo que de sus obras realizaron varios científicos ingleses, como Newton y Halley. Pero hasta 1737 no se estableció propiamente la primera cátedra de ciencias, aunque desde 1659 se enseñaba en Harvard la astronomía de Copérnico. Y por primera vez, en la década de los 50 del siglo XVIII, la Universidad de Pensilvania, fundada por Franklin, impartió la enseñanza oficial de la medicina.

El siglo XX, sobre todo después de la II Guerra Mundial, ha presenciado un desarrollo extraordinario de la vida científica tanto en el campo de las ciencias básicas como en el de las aplicadas. Circunstancias económicas y políticas favorables han propiciado ese gran florecimiento. No sería justo, por tanto, afirmar que esta situación se debe ante todo a su tradición protestante. Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en la primera potencia del mundo. Su poder político y militar ha ido muy unido a su desarrollo científico-técnico.

El nuevo continente al que llegó Colón en el año 1492 recibió en primer lugar la impronta de la tradición católica, pero poco más de un siglo después, con las colonias británicas, arraigó también en sus tierras del norte la tradición protestante. Y ante el avance extraordinario de la ciencia y la tecnología en esta parte de América, puede asaltarnos la sospecha de que la causa del menor progreso científico-técnico de la América de tradición católica ha sido y es el catolicismo.

Un buen argumento en contra de tal prejuicio es la actividad científica de la Nueva Francia durante los siglos XVII y XVIII. Tal actividad se inscribió en el movimiento francés de crecimiento y difusión de los conocimientos científicos. Sus relaciones con la Académie royal des Sciences y otras instituciones francesas posibilitaron una fácil asimilación de los avances de la ciencia moderna.

El siglo XIX y XX en la América de tradición católica

El desarrollo de la vida científica durante el siglo XIX y parte del XX encontró condiciones poco propicias, debido a la inestabilidad política, económica y social, que se produjo tras las independencias. A pesar de todo se mantuvo la estima por la cultura y la ciencia en la clase alta de los nuevos estados. Algunas repúblicas, a finales del siglo XIX, intentaron organizar a los científicos en asociaciones para promover las ciencias y las nuevas tecnologías. En varios países estas instituciones participaban activamente en la vida local, como sucedió con la Sociedad Mexicana de Historia Natural, fundada en 1868, y la Sociedad Geográfica de Lima, creada en 1888.

Continuaron funcionando las antiguas universidades de México, Lima, Quito, Bogotá, Caracas y Córdoba, a las que se les añadieron nuevas facultades y nuevas universidades. Pero en estas universidades hubo una predilección por el derecho y por las humanidades o disciplinas literarias. Se desarrolló poco la enseñanza científica, salvo en el campo de la medicina. Faltaban laboratorios y centros de investigación.

No obstante, ciertos sectores alcanzaron un alto nivel. Recordemos a los médicos cubanos Carlos Juan Finlay (1833-1915) y Juan Guiteras, y al médico brasileño Carlos Chagas (1879-1934), que gracias a sus investigaciones sobre la causa de la fiebre amarilla y la malaria emprendieron una lucha eficaz contra esa enfermedad tropical, y al fisiólogo argentino B. A. Houssay, que recibió el premio Nobel de fisiología y medicina en 1947 por sus investigaciones sobre el papel del lóbulo anterior de la hipófisis en el metabolismo del azúcar. Otros muchos investigadores contribuyeron al progreso médico.

Después de la segunda guerra mundial ha crecido el cultivo de la enseñanza y la investigación en ciencia y tecnología. Se ha desarrollado una vida científica en estrecha relación con la de Europa y de los Estados Unidos. Hallamos establecimientos muy modernos, como el Instituto de San Carlos de Bariloche en Argentina y el Instituto Geofísico de México o las Escuelas de Geología de Porto Alegre, Ouro Petro y Recife. En varios países han surgido organismos que coordinan el desarrollo de las investigaciones científicas y técnicas, como el Consejo nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en Argentina o el Consejo de la Investigación Científica en México o el Conselho Nacional de Pesquisas en Brasil.

Consideración final

A veces se percibe en algunos historiadores iberoamericanos una cierta frustración porque parece que nuestra tradición católica ha posibilitado una asimilación de las nuevas ciencias y tecnologías peor que la tradición protestante. Advirtamos, frente a esa actitud, que la ciencia y la tecnología, por su propia peculiaridad metodológica, no saben de creencias religiosas. Las causas del retraso hay que buscarlas en otras circunstancias que no se identifican con la auténtica doctrina católica. Galileo se sentía tan católico como el cardenal Belarmino, aunque difiriera uno del otro por su manera de juzgar la nueva astronomía copernicana en relación con la verdad católica.

Hoy podemos afirmar que la América de tradición católica se ha incorporado en gran parte al progreso científico-técnico. En sus universidades y centros de investigación o laboratorios se inicia a los estudiantes en los últimos avances de las ciencias y las tecnologías. Durante los siglos XIX, XX y principios del XXI, la ciencia y la tecnología han adquirido un gran prestigio en toda América.

Notas

  1. (Breve historia de la ciencia española, 24-25)
  2. («Mesoamérica», en Historia de la Humanidad, vol. 6, Planeta, Barcelona, 2004, p. 422)

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ILDEFONSO MURILLO