COMPAÑÍA DE JESÚS. Supresión en Hispanoamérica

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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ANTECEDENTES.

La expulsión de 1os jesuitas de los territorios pertenecientes a la Corona Española estuvo motivada por variadas circunstancias, sin faltar precedentes en otras naciones. Los tiempos estaban madurando un acontecimiento que aún estaba por venir: la supresión general de la Compañía de Jesús por el Papa Clemente XIV.

Benedicto XlV

E1 Papa Benedicto XIV (1740-1758) se mostró siempre débil frente a las monarquías regalistas, como sucedió con la firma del Concordato de 1753, en que la Santa Sede otorgaba a 1os reyes de España patronato universal sobre todas 1as iglesias de España. Ante controversias donde los jesuitas eran parte de la disputa, Benedicto XIV se mostraba favorecedor de la parte contraria. En la disputa «de auxiliis» entre dominicos y jesuitas parecía más inclinado hacia la opción de aquellos que hacia los molinistas.

Así sucedía con el «probabilismo moral», que siendo defendido por los jesuitas no parecía estar en acorde con la severidad moral de Benedicto XIV. Este papa cerró la controversia sobre los llamados «ritos chinos» con la Bula «Ex quo singulari» (11 de Julio de 1742), prohibiendo definitivamente todos los ritos e imponiendo a los misioneros un juramento de fidelidad; lo mismo sucederá en La India con los llamados «ritos malabares», que habían sido permitidos por Gregorio XV en los comienzos del siglo XVII.

La condena y prohibición de la cuestión de los ritos significó de hecho la condena de la posición teológica jesuita y de su metodología misionera, y la victoria de las posiciones de los mendicantes, que en esos momentos acusaban un fuerte influjo de las corrientes jansenistas. La corriente anti jesuítica crecerá desde entonces con mayor fuerza en los ambientes eclesiásticos de la época.

Se hizo propagar el bulo que 1os jesuitas habían proclamado un imperio independiente en el Paraguay, colocando a un hermano coadjutor como emperador, Nicolas I, e incluso se hizo creer que habían acuñado moneda en la misma Roma, calumnias que tuvo que desmentir el General de la Compañía. Todo este ambiente crea sospecha e inquietud en la Curia.

El antecedente de las Reducciones del Paraguay

El Tratado de Madrid (1750) dejó a las siete reducciones jesuitas del Paraguay bajo jurisdicción portuguesa, dando origen a la «guerra guaraní», un conflicto armado entre los guaraníes, que no querían ser trasladados a unas nuevas tierras de dominio español, contra las tropas reales que tenían que imponer lo acordado con Portugal. El Comisario Real en Buenos Aires, Marqués de Valdelirios, deja entrever en su correspondencia acusaciones a la Compañía de estar tras la rebelión:

“Muy señor mío: Remito a V. R. la copia adjunta de una carta que me ha escrito el Ministro de Estado de orden del Rey, donde verá haber averiguado S.M y adquirido todas las pruebas necesarias de que los Padres Jesuitas son los autores de la rebeldía de los indios: En cuyo supuesto, prevengo a V.R., que luego disponga con desnuda y ciega obediencia el allanamiento de los indios y pacifica entrega de los pueblos; porque de no hacerlo así, tendrá S.M esta prueba más para proceder contra V.R y contra los culpados como reos de lesa majestad. Y se abstendrá V.R. de interponer suplicas de suspensión, de exención, de petición, de dilación o de modificación; porque el Rey me manda que no oiga ninguna de estas cosas, sino aquellas que se dirijan estrechamente a obedecerle sin contradicción y prontamente; y de lo contrario, hago en su Real nombre a V. R. responsable de todas las muertes y terribles daños, que sucederán. Dios guarde a V.R. muchos años como deseo. Buenos Aires, 10 de Febrero de 1756.- Besa las manos de V.R. su más afecto s.s., El Marqués de Valdelirios.

El Regalismo

En el momento de la expulsión de 1os jesuitas de todos los territorios españoles, un principio político imperaba en el modo de tratar por el Estado los asuntos eclesiásticos: el regalismo. No es lo mismo «regalismo» que «galicanismo» pues éste último es de corte independentista a toda intervención romana. Una mentalidad con fuertes tonos regalistas se irá desarrollando en una pretensión de posesión de prerrogativas del poder regio sobre toda la Iglesia Española, pero más como supuestas facultades «concedidas» por los 'papas a “lo largo de los siglos a 1os reyes, que como una potestad propia del rey o de la naturaleza misma del poder real en sí, aunque con el andar del tiempo habrá juristas que lo pretendan.”.

Con la llegada de la Casa de Borbón se pretendió demostrar que las regalías les correspondían como «derecho» propio de la monarquía. Y aunque e1 regalismo en esta época pretendió la constitución de una iglesia «nacional», tal como se pretendía en Francia, fomentando el espíritu independentista de los obispos españoles en relación con Roma, en materia de dispensas, insistiendo que a la Iglesia le correspondía los asuntos dogmáticos, los sacramentos y el culto. Pero las universidades y los obispos no se dejaron arrastrar por estas ideas; por el contrario defendieron 1os derechos pontificios.

Estas ideas regalistas van acordes con el concepto absolutista y centralista que caracterizó la monarquía borbónica del siglo XVIII. EI gobierno de España se centra en Madrid, se unifican las leyes de todos 1os reinos, el ejército se regulariza, las órdenes religiosas tienen un vicario para todas sus casas en territorio español, que prácticamente ejerce de general para España. En cambio la Compañía de Jesús es gobernada directamente por el General de la Orden, residente en Roma, a través de 1os provinciales, El cuarto voto de obediencia al Papa que tienen los jesuitas no era bien visto. La obediencia directa al Papa, visto como un príncipe extranjero, obispo de Roma, no era tolerada por algunos.

El «motín de Esquilache»

Había que buscar una justificación contundente que permitiera vencer las objeciones de Carlos III; ésta la encontraron en la revuelta (el Domìngo de Ramos, 23 de Abril de 1766) del pueblo de Madrid contra el odiado Marqués de Esquilache, por el decreto contra el uso de la capa larga y el sombrero de ala ancha. E1 mismo rey se vio acosado por los manifestantes ante el Palacio de Oriente, y con noticias sobre el asalto a los palacios de los ministros italianos Esquilache y Grimaldi; posteriormente el rey huiría al Palacio de Aranjuez, huida sugerida por sus ministros.

Hay que situarse en la psicología del monarca, atemorizado por un posible atentado a su persona, tal como había sucedido a Luis XV de Francia o José I de Portugal. Todo el Consejo de Castilla, dominado por 1os partidarios de Aranda y Campomanes, convenció al rey sobre la vinculación de la Compañía en todo el asunto. Mas luego el «Dictamen Fiscal», preparado por el Fiscal General del Reino, Campomanes acabó con el asunto queriendo asentar las bases jurídicas de la necesidad de la disolución de la Compañía, aportando una extensísima lista de acusaciones de todo tipo, en gran parte inventadas o imaginadas por los enemigos de la Compañía.

Entre otros argumentos señalaba la teoría de algunos jesuitas del siglo anterior según la cual se podía justificar el tiranicidio en graves situaciones políticas, cuando el tirano obraba con una total impunidad asesinando y hoyando sin motivo alguno los derechos fundamentales de las personas y de las sociedades sobre las que habría debido gobernar y administrar la justicia. García Villoslada y Menéndez Pelayo, son del parecer que los consejeros, para hacer ceder la dudosa y temerosa voluntad de Carlos III por motivos de conciencia, hicieron creer al rey que en una supuesta carta, históricamente inexistente y por lo tanto calumniosamente falsa, el General de los jesuitas el P. Lorenzo Ricci, afirmaba que el verdadero padre del rey no era Felipe V de Borbón sino el Cardenal Alberoni, ministro de aquel rey y de la madre de Carlos III, Isabel de Farnesio.

Esta calumnia fabricada e insinuada al Rey, ponía en grave peligro su legitimidad dinástica y habría renovado de nuevo los motivos de la problemática que había llevado a la terrible y larga guerra de sucesión al trono español a comienzos de siglo.

El Plan de Ejecución de la expulsión.

El plan trazado por el Presidente del Consejo de Castilla, el Conde de Aranda, como buen estratega militar que era, no descuidaba ningún detalle, pormenorizaba los pasos a dar para evitar posibles revueltas, o prevenía acciones de los jesuitas, incluso cuidó que amigos de la Compañía pudieran enterarse antes de la ejecución del apresamiento. Para ello la impresión de la «Instrucción Secreta» se realizó secretamente y con vigilancia en la Imprenta Real, siendo enviada en pliego reservado a todos 1os rincones de la península y del resto de todos los territorios del Imperio español de América y Filipinas, donde hubiera una casa de jesuitas. Las ordenes eran precisas, se tenía que ejecutar antes del alba del 2 de Abril de 1767, todos al unísono, para no dar posibilidad de huida o apoyos de los partidarios de 1os religiosos.

Hasta 1os lugares donde tenían que ser embarcados eran concretos, y para ese menester se cuidó estar de acuerdo con personajes partidarios de tal acción en cada uno de los puertos, dado que el Secretario de la Marina era sospechoso de ser partidario de la Compañía. Ningún padre, aún enfermo, podía quedar atrás, y solo podían llevar consigo las cosas imprescindibles para cada uno. Todo lo demás, dinero, objetos de culto, documentos o escritos, debía quedar para así poder demostrar la supuesta villanía de 1os jesuitas.

Las órdenes se ejecutaron corno estaban previstas, pero hubo dos salvedades: una en el Colegio de San Bernardo, comunidad independiente que enseñaba en la Universidad de Cervera (Cataluña), y que se desconocía su existencia como tal comunidad exenta de la Universidad, y por otro lado la comunidad de Manresa que en latín se confundía con Menorca. En ambos casos el error fue subsanado posteriormente e1 11 de Abril del mismo año.

En los puertos peninsulares de Tarragona, Cartagena, Puerto de Santa María, La Coruña y Santander fueron concentrados los 2.900 miembros expulsos de la Compañía de Jesús, a la espera de los aproximadamente 2.000 procedentes de América y Filipinas, para luego ser abandonados en las costas de los Estados Pontificios. Las peripecias por las que tuvieron que pasar los jesuitas son dignas de una historia épica por las calamidades, dificultades y aventuras que tuvieron que pasar hasta finalmente arribar a tierra pontificia.

EJECUCIÓN DE LA EXPULSIÓN EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA.

En el plan del Presidente del Consejo de Castilla, el Conde de Aranda, estaba previsto que los pliegos reservados no fueran abiertos en América y Filipinas antes de la Península, para ello mientras en esta se ejecutaría al unísono el 2 de Abril de 1767, en las Indias el Gobernador de La Habana, Antonio María Bucare1i, se le encargaba la distribución de los pliegos para 1os gobiernos de América y Filipinas. Para cada una de las provincias de ultramar se señaló un día preciso e invariable de la apertura de las cartas. Para México se asignó el 24 de Junio de 1767. Las órdenes, firmadas por Carlos III y por el conde de Aranda, iban cerradas con tres cubiertas, cada una con su sello. Sobre la tercera cubierta se leía: “No abriréis este pliego bajo pena de muerte hasta la noche del 24 de Junio de 1767”.

Virreinato de Nueva España.

La ejecución de la «Pragmática Sanción» no se pudo realizar simultáneamente en cada una de las casas de la Compañía del Virreinato de Nueva España, dada su extensión. No faltaron tumultos por la injusta decisión, e incluso enfrentamientos con el ejército, pero en todos los casos los religiosos obedecieron dócilmente la regia expulsión. En ninguna de las casas se produjo la más mínima resistencia a las órdenes del rey, incluso todos los testimonios de los oficiales, como otros que presenciaron el momento, coinciden en las facilidades que 1os religiosos siempre ofrecieron para que se cumpliese el decreto regio; cosa que supuso admiración en aquellos, que por su cargo oficial les correspondía hacer de brazo ejecutor. En el Colegio Máximo de la capital se obró el mismo 25 de junio, festividad del Sagrado Corazón.

El día de ejecución en la capital, el Virrey Marqués de Croix, promulgaba un bando a 1os mexicanos: “y me veré precisado a usar del ultimo rigor, y de ejecución militar contra los que en público o secreto hicieren con este motivo conversaciones, juntas [...] o discursos de palabra o por escrito; pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno. México, veinticinco de junio de mil Setecientos sesenta y siete. El Marqués de Croix".

E1 resto de 1as casas recibieron la orden de expulsión en los días o meses sucesivos. Los jesuitas de California fueron los últimos, noviembre de 1767. El embarqué se realizó en ocho fletes distintos con dirección hacia Cuba, siempre desde el puerto de Veracruz, siendo el último en verificarse el 2 de marzo de 1769. Muchos de los padres fallecieron por el camino. Lo azaroso del viaje, los indios alzados, los pantanos, las largas distancias, la epidemia de fiebre amarilla declarada en Veracruz produjeron la muerte a 31miembros de la Compañía antes de su embarque en Cuba.

Provincia Jesuita del Paraguay.

Para el Virreinato del Perú, el ya entonces vecino Virreinato de La Plata era fundamental, puesto que tenía el puerto más próximo con la Península; así pues aquel Virreinato era una pieza clave en todo el plan secreto que se estaba preparando contra los jesuitas. Para ello en e1 mes de agosto de 1766 Pedro Antonio de Ceballos, Gobernador de Buenos Aires y simpatizante de los jesuitas, fue sustituido por Francisco de Paula Bucareli y Usua, hermano del Gobernador de La Habana, ambos enemigos de la Compañía y hombres de la plena confianza de los artífices de la expulsión jesuítica. Buenos Aires como La Habana eran dos puntos fundamentales para la transmisión exacta y cautelosa de las ordenes de Madrid; desde ambos sitios se irradiaría todos 1os pliegos sellados hacia los diversos virreyes y gobernadores.

Bucareli había recibido su comisión el día 7 de junio de 1767, y le correspondía enviar 1os pliegos con la «Pragmática Sanción» al Gobernador de Chile, al Presidente de la Audiencia de Charcas, y al propio Virrey del Perú; también a los gobernadores dependientes de él, como era el de Tucumán y el de Paraguay. La expulsión se tenía que realizar el día 21 de Julio de ese año en todos los territorios anteriormente mencionados.

El 2 de Julio Bucareli se vio comprometido a que se descubriera toda la operación, habiendo arribado a puerto dos naves procedentes de Cádiz que portaban los pliegos de la «Instrucción Secreta»; pero la dificultad venía porque la tripulación era sabedora de los sucesos acaecidos en España, pues habían zarpado justo al día siguiente de la ejecución de la expulsión. Ante esta contrariedad, el virrey se vio obligado a adelantar el arresto de los jesuitas de Buenos Aires a esa misma madrugada del 3 de Julio, impidiendo que la tripulación desembarcase o tuviera contactos con tierra, hasta que se hubiese efectuado dicho arresto.

Al igual que en Buenos Aires, en Montevideo se pudo ejecutar la orden de expulsión en la misma madrugada del 3 de Julio; sucesivamente fue adelantada la ejecución en Córdoba al día 12, y al 13 en Santa Fe. Los religiosos de Tucumán fueron expulsados el 7 de agosto. Después que Bucareli agregó dos personajes de su confianza al Gobernador del Paraguay, Carlos Morphy, puesto que éste era partidario y admirador de los jesuitas, en Asunción y las misiones de su jurisdicción: Abipones, Mbayás y Monteses, se realizó la expulsión el día 30 de Julio. Los jesuitas de las casas de Tarija, Chiquitos, Mojos y el Chaco, fueron arrestados en la madrugada del 23 de agosto. A estos se les unirían 1os 80 jesuitas que acababan de llegar a Montevideo (26 de Julio) procedentes de la Península, que venían para apoyar las obras apostólicas de la Compañía.

La parte más delicada, y a la vez fuente de envidias y sospechas, eran 1as famosas Reducciones del Paraguay. El mismo Bucareli se reservó la ejecución de la «Pragmática Sanción» en las 30 reducciones. Para ello se hizo acompañar por dos o tres centenas de soldados, algo absolutamente ridículo por la desproporción ante el ejército de guaraníes. Requirió la colaboración del Provincial Jesuita, P. Manuel Vergara, que en todo tiempo facilitó 1os medios logísticos de 1as mismas reducciones, la obediencia de cada uno de los 78 miembros de la Compañía, la preparación de los indios a aceptar la orden de expulsión, como la recepción de los nuevos responsables de cada una de las reducciones. La operación de desalojo de 1os jesuitas de las Reducciones comenzó en Yapeyú el día 16 de Julio de 1768, finalizando el 22 de Agosto. El 8 de Diciembre fueron embarcados en dos naves con rumbo a Cádiz.

Virreinato del Perú.

La comunicación de la expulsión de cada una de las comunidades de la Compañía en Perú, se realizó desde tres puntos distintos: Paraguay, Lima y Santa Fe de Bogotá. Arriba indicamos que el conducto oficial para hacer llegar la documentación al Virrey del Perú, Manuel de Amat, era el gobernador de Buenos Aires, pero se hizo también llegar, para mayor seguridad, unos duplicados a través de la Audiencia de Panamá. Aunque dependiente de la jurisdicción del Perú, los pliegos para Quito se recibieron también desde Panamá, y para Chile y Charcas desde Buenos Aires.

El propio Virrey del Perú sospechaba, tal corno realmente sucedió, que el gobernador de Buenos Aires como el de Charcas se adelantarían en la ejecución de la «Pragmática Sanción», dado que esta insistía en el efecto sorpresa. Inmediatamente envió orden de ejecución a los distintos puntos donde la Compañía regentaba alguna casa. Se dio la paradoja que en Cuzco como en Chuquisaca se efectuó antes que en Lima. El virrey para evitar disturbios, incluso entre la misma tropa, aprovechó la fiesta de la Virgen de Monserrat (8 de septiembre), que era patrona de las milicias.

En la madrugada siguiente, con aquellos que le resultaron más leales y fieles, comisionó cuatro cuadrillas para arrestar a los jesuitas de los cuatros colegios que existían en Lima; para ello utilizó 700 soldados. Una residencia tras otra, empezando por el Colegio Máximo de San Pablo, fueron requeridos todos los religiosos, siendo trasladados a este colegio los de San Martin, los del Noviciado de San Antonio Abad y los de la Casa Profesa de Los Desamparados. Los novicios fueron invitados a abandonar la Compañía; de 22 solo dos permanecieron fieles a seguir el destino del resto de los miembros de la Compañía. En Trujillo y en Juli el decreto fue promulgado el 3 de septiembre; en Santa Cruz de La Sierra, el día 4; en Cuzco y Guamanga, el 7; y en Arequipa y Moquegua, el día 17.

Los religiosos de las casas más cercanas a Lima fueron concentrados en el Colegio de San Pablo, llegando al número de 243 religiosos. Los de Cuzco, Juli, los del Alto Perú y los misioneros de Mojos fueron trasladados al puerto de Arica, para más tarde, el 22 de octubre, incorporarlos al contingente que partirían del puerto del Callao. Desde este puerto, en la nave «La Peruana», serían enviados a la Península cruzando el Cabo de Hornos. Los religiosos ancianos y enfermos, para hacerles menos gravoso el viaje, se les remitió vía tierra hacia Panamá.

Al oriente de la actual República de Bolivia se encontraban las misiones de los Mojos. En ese preciso momento estaba en el territorio el Capitán Antonio Aymerich y Villajuana, en lucha contra los portugueses que intentaban invadir territorio español. A este capitán le correspondió dar cumplimiento a lo dispuesto por el rey, pero no lo pudo hacer sin el concurso de los propios religiosos jesuitas, puesto que los indios comenzaban a abandonar las misiones ante las noticias de que les quitaban sus misioneros. Los jesuitas convencieron a los indios para que se quedaran y esperaran a los nuevos religiosos que les iban a relevar. No fue empresa fácil reunir todos los religiosos de las 17 misiones, pero gradualmente fueron llegando a Santa Cruz, y luego desde allí hasta el puerto de Arica.

En el territorio de la Audiencia de Quito, la instrucción de expulsión vino de orden del virrey de Nueva Granada, por lo que se ejecutó antes que en Lima, el 20 de agosto. Concentrados los religiosos del Colegio Máximo y los del Seminario de San Luis, el mismo presidente de la Audiencia hizo lectura de la resolución real, la cual no pudo finalizar, porque sintiéndose impotente ante tanta injusticia, rompió a llorar, teniendo que seguir la lectura el escribano. Esto nos testimonia corno muchos funcionarios no compartían semejante ultraje.

Todos los jesuitas de Quito quedaron en el Colegio máximo. Los novicios se repartieron en casas particulares. EI trato dado fue respetuoso, y a diferencia de otros sitios se les permitió tener relación entre sí y llevarse algunas cosas personales. Once días después salieron por tierra camino de Guayaquil, para luego transferirlos a Panamá. Los ancianos y enfermos pudieron quedarse en el Convento de San Francisco.

En el caso de Chile, la expulsión se realizó también antes que en el Perú, el 26 de agosto. No fue difícil la ejecución de la «Pragmática», dada la cercanía de todas las casas y colegios. Fueron embarcados para el Callao en una primera expedición 289 religiosos, y después de unas desavenencias del gobernador de Chile con el virrey, porque este pretendía hacinarlos en «La Peruana», fueron enviados a la Península en otra nave llamada «Santa Barbara».

CONSECUENCIAS DE LA EXPULSIÓN EN AMÉRICA

Virreinato de Nueva España

A-Campo educativo

El vacío de sacerdotes cualificados, producida por la expulsión de los jesuitas del Virreinato de Nueva España, significó un bache gravísimo para la vida de la Iglesia y su obra evangelizadora. Estos religiosos no sólo se ocupaban de la educación de jóvenes, sino de la formación de futuros sacerdotes, dirección espiritual de numerosos fieles, congregaciones apostólicas, tandas de ejercicios espirituales, atención espiritual de enfermos, etc.

La «pragmática» preveía la suplencia de 1os jesuitas por otros de diversas ordenes o seculares, pero la realidad era otra. Las ordenes religiosas estaban pasando una crisis en la calidad intelectual de su formación. A ello se añade la falta de preparación de gran parte del clero secular para afrontar misiones, para las que no había sido preparado. No era fácil sustituir a los 264 jesuitas que se dedicaban a la enseñanza y pastoral, por no hablar del número de jesuitas en misiones a los que también había que suplir.

Las autoridades civiles y eclesiásticas buscaron personal para cubrir las distintas actividades de los jesuitas, pero muchas comunidades quedaron desatendidas o con una atención cualitativamente inferior a la precedente. Otra consecuencia fue que el clero secular experimentó un aumento de trabajo que en muchos lugares, por la escasez de personal, no estaba todavía en condición de asumir.

“Todas las congregaciones a la fecha florecientes: de la Purísima, de la Anunciata, del Salvador [...] fueron desapareciendo una tras otra, así como sus buenas obras de hospitales, cárceles y casas de recogimiento a que atendían. A lo menos...hasta la fecha, no hemos hallado restos de ellas.” Una actividad desarrollada por los miembros de la Compañía, que a fines del siglo XVIII desaparece completamente, es la actividad catequética que hasta la fecha de su expulsión había tenido un gran arraigo popular. Ésta consistía en la enseñanza del catecismo los domingos por la tarde, junto con las semanas de doctrina.

Con la expulsión de los religiosos de San Ignacio, la obra educativa comenzó a resquebrajarse, unas veces desapareciendo inmediatamente y otras mermando progresivamente hasta su extinción. El Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo con su iglesia desapareció, dispersándose sus bienes materiales y literarios. No así el Colegio de San Gregorio, en que el mismo Arzobispo de México como el Virrey pusieron remedio a su posible desaparición. En este caso la pronta intervención del Oidor Gamboa demostró, aprovechando sus conocimientos jurídicos, que aquella obra educativa con todos sus bienes no estaba dedicada a los jesuitas sino a la formación de los niños, tanto hijos de los caciques como de 1os «macehuales».

El Colegio de San Andrés y su casa de Ejercicios Espirituales se dedicaron a oficinas del gobierno virreinal, y para la administración del fondo de California. Posteriormente se convirtió en un hospital. La Casa Profesa pasó a los Padres Oratorianos de San Felipe Neri, reservándose al obispo algunas habitaciones, para crear una casa cuna de niños expósitos; y sobre todo se prohibió crear asociaciones laicales, siendo suprimida la jesuítica congregación del Salvador. Una de las obras salvadas fue el Seminario de San Idelfonso de México, que pasó a manos del clero secular, pero en el año 1815 había pasado de 300 a 100 estudiantes, y también con un descenso en el nivel académico.

En Puebla de los Ángeles, el Colegio de San Idelfonso y los seminarios de San Ignacio y San Jerónimo se trasladaron al del Espíritu Santo. Para 1815 tenía dificultades para sostener la educación de los 200 alumnos, por lo que fue clausurado. EI Colegio de San Javier dedicado a la educación de indios y a misioneros que trabajaban con ellos, en pocos años fue desapareciendo, aunque la intención era que continuara con la atención del clero secular.

En la Ciudad de Guadalajara fueron cerrados el Colegio de Santo Tomás y el Seminario de San Juan Bautista. El 18 de noviembre de 1791, el rey Carlos IV mandó fundar la Real Universidad de Guadalajara en los locales que fueron del colegio jesuita; la decisión se ejecutó el 3 de Marzo de 1794. A las cátedras de Teología y Sagrada Escritura, que ya existían con los jesuitas, se añadieron la de medicina y cirugía, y la de leyes y cánones.

El Seminario de San Javier en Querétaro fue dedicado a cuartel. A los cinco años de la expulsión, el virrey determinó que en el Colegio de San Ignacio de esta ciudad se siguiera enseñando las mismas disciplinas universitarias que en tiempos de los jesuitas, con revisión de su biblioteca, a fin de depurarla de textos «perniciosos» y de «laxa doctrina». La estructura del centro tenía que tomar como modelo la del Real Colegio de San Carlos de México, siendo afiliada la antigua casa del seminario para que sirviese de residencia a los estudiantes, pero siempre bajo la dependencia del rectorado del Colegio de San Ignacio. La iglesia se convertiría en parroquia bajo el título de Santiago.

En Campeche solo existía como casa religiosa la de los jesuitas, al ser expulsados éstos habría que esperar al final del siglo para que los franciscanos fundaran en esa misma casa un convento, donde reanudarían las lecciones de gramática.

El Colegio de San Javier de Mérida fue entregado a los Hermanos de San Juan de Dios para dedicarlo a hospital, mientras el edificio que estos tenían se transformó en centro de reclusión de clérigos conflictivos, y para recogimiento de los aspirantes a las órdenes sagradas, es decir, una casa de ejercicios espirituales. El Seminario de San Pedro se transformará en seminario conciliar. También se pidió una escuela para blancos y otra para indios, a fin que estos aprendiesen la lengua castellana.

En Oaxaca, las religiosas concepcionistas se trasladaron al Colegio de San Francisco de Borja, y el de ellas se convirtió en colegio para niñas, tanto hijas de caciques y criollos. Con las rentas de los jesuitas se debía sostener una obra pía de niñas huérfanas, los edificios, una escuela de primeras letras para niños y las tres cátedras del Seminario Conciliar de Oaxaca.

En San Luis de Potosí el colegio se utilizó como seminario conciliar. En Pátzcuaro el templo del Colegio de San Ignacio se convirtió en parroquia, la casa en vivienda del párroco, en aulas y vivienda para el maestro de primeras letras. En Parras la iglesia se elevó a parroquia, y el colegio en hospital.

En muchas otras ciudades fue imposible cubrir e1 hueco dejado por la Compañía: Zacatecas, Guanajuato, León, Celaya, Parral, Valladolid, Chiapas, Chihuahua, Guatemala, La Habana, Puerto Príncipe o Veracruz. En los primeros años del siguiente siglo los testimonios de varios obispos son unánimes sobre el vacío educativo y pastoral dejado por la expulsión de los hijos de San Ignacio, hecho que posibilitó la introducción de corrientes de pensamiento contrarias a la fe católica.

Así se expresa el obispo de Yucatán Don Pedro Agustín Estévez y Ugarte:“Con lágrimas de sangre se habían de llorar tantas misiones de infieles en ambas Indias destruidas, tantas fundaciones piadosas aniquiladas. Desde que se los vio muertos, ¡cuántos dogmas falsos bebidos en fuentes heterodoxas han invadido la jurisprudencia eclesiástica con la mira de derribar toda jerarquía, toda jurisdicción, libertad e inmunidad de la Iglesia!”

B- Campo misional

Para tener una visión general de la situación misional después de la salida de los jesuitas del Virreinato de México, transcribimos parte del informe del Virrey, Conde de Revillagigedo, que enviara en 1793 a la Corte de Madrid:

“...pero, así como se esmeraban los padres ministros en cuidar muy particularmente del alimento, vestuario y educación cristiana de sus indios, también los obligaron con prudencia a trabajar en las labores del campo y en las que podían desempeñar dentro de sus pueblos con conocidas y ventajosas utilidades. Por este medio llegaron las misiones de los regulares extinguidos, casi en lo general, a la mayor opulencia, aumentándose sus bienes con las mercedes de tierras que registraron y de que tomaron posesión con títulos reales, para establecer estancias y ranchos de ganados mayores y menores, con abundantes criaderos de yeguas, caballos y mulas. Estos bienes temporales, adquiridos en propiedad para beneficio de los indios y de los pueblos e iglesias ... [arrojados 1os jesuitas, cayeron en manos] de comisarios reales hasta que el señor Marqués de Sonora, siendo visitador general, dispuso su devolución a los nuevos ministros sagrados. [Ésta ha sido] la verdadera causa motriz de la ruina de las misiones, hallándose la mayor parte de ellas sin sacerdotes, sin iglesias y sin los bienes de comunidad que disiparon los comisarios reales.”

[Y de Nueva Vizcaya, donde virreyes, gobernadores y comandantes ejercieron especial cuidado organizador, esboza esta perspectiva deprimente:] “pero, como todos los vicios de las provincias internas son de institución, no es muy fácil remediarlos, ni, por consecuencia, las malas costumbres de los indios, su aplicación y desidia en la agricultura, a las artes y a todo lo que pueda contribuir a sus intereses particulares, que desprecian, prefiriendo la libertad o el desahogo de sus inclinaciones para la embriaguez, la lujuria y el robo”.

El informe hecho por la máxima autoridad virreinal para el rey Carlos IV, después de veintitrés años de la «Pragmática Sanción», manifiesta una situación caótica donde las iniciativas para la sustitución de los jesuitas por otros religiosos no pudieron ser cumplidos. No obstante, vamos a hacer una revisión panorámica de la situación misionera después de la expulsión de los jesuitas.

Algunos historiadores tienden a menguar el desastre que la expulsión de 1os jesuitas significó para el sistema misional en el Virreinato de la Nueva España, donde se intentó una reforma en el norte, más de acuerdo a lo que se entendía como moderno, según el concepto ilustrado de reforma de la economía y de la sociedad. Ciertamente no se lograron todos los objetivos en el noroeste, donde los jesuitas atendían 17 misiones en la sierra Tarahumara, con 19 misioneros; en Sonora y Sinaloa trabajaban 52 jesuitas repartidos en 47 misiones.

Hasta ese momento, siguiendo la praxis tradicional de la evangelización española que se inició en el siglo XVI, los jesuitas se preocuparon más de la evangelización de los indígenas, aprendiendo el idioma de sus catecúmenos, e incorporarlos a un sistema de producción autónomo, protegiéndoles de las pretensiones explotadoras de los colonos. El concepto de civilización de los ilustrados era distinto, donde el aprendizaje del castellano por todos los habitantes era objetivo fundamental, así como desarrollar un sistema distinto y nuevo en las relaciones de explotación de las materias primas y del mercado.

El problema de la sustitución inmediata de los jesuitas en las misiones fue en parte resuelto, pues había disponibilidad de personal entre los franciscanos de los colegios de Propaganda Fide, que en aquel momento estaban en pleno desarrollo. El problema surgió sobre todo con la administración civil de 1os bienes económicos con que contaban los jesuitas, que en gran parte dilapidaron los propios administradores del virreinato; en la pretensión de aculturar rápidamente a 1os indios en el idioma y costumbres castellanas; en la explotación que los colonos criollos hacían del trabajo del indio, ahora en plena libertad para ser contratado. A todos estos males se añadía las incursiones contra las misiones de otros indios no cristianos.

A esta situación se le añade un descenso rápido de la población de las misiones, fruto de la dificultad de los indios en adaptarse a la vida de un aldeano, en aquel paisaje agreste e inhóspito, como también a unos hábitos tradicionales de trashumancia propio de los pueblos de aquellos desiertos. En el tiempo de la gestión de los jesuitas el sistema sobrevivía gracias a la administración autónoma de 1os recursos, resolviendo y apoyándose en sus mutuas necesidades. Los nuevos misioneros franciscanos, al carecer de esta autonomía, no podían en condiciones tan precarias sostener la misión. Por todo esto el nuevo modelo de misión moderna, pretendida por los reformadores ilustrados, fue un rotundo fracaso.

Provincia Jesuita del Paraguay

A- Campo educativo

Las casas dedicadas a la educación de los jóvenes y a la formación del clero secular, pasaron a manos de otros religiosos, sin mayor dificultad, porque en esta provincia no era el campo apostólico más desarrollado por 1os jesuitas.

B- Campo misional

Se debe señalar la génesis y orígenes de las misiones jesuíticas del Paraguay porque pensamos se hace imprescindible para comprender la magnitud del tema, de las graves consecuencias que significó la expulsión de los jesuitas, no ya en un modo genérico de todo el Imperio español, sino en concreto para las misiones entre los guaraníes.

Al llegar los españoles a América comprobaron que existían tres tipos de indios con su nivel cultural: los que formaban las culturas e imperios «mesoamericanos», y los de las culturas e imperios andinos con un desarrollado sistema social y económico. En segundo lugar las culturas y reinos «bisagra» con capacidad de gobierno fuerte, pero influidos por la altura e imperios anteriores. Y en tercer tugar las poblaciones aborígenes marginales de las praderas, sabanas o de las grandes selvas (el resto de Sudamérica, las Antillas y en las muy dilatadas y extensas regiones al norte del actual México), pueblos generalmente nómadas y dispersos, dedicados a la pesca, caza y recolección de frutos silvestres, y a veces a un tipo de agricultura de simple sobrevivencia.

Los primeros aborígenes (llamados ya impropiamente «indios»), utilizados como mano trabajadora fueron los antillanos; tal experiencia permitió comprobar que un trabajo duro como el exigido por 1os encomenderos no lo podían hacer, pereciendo en números escandalosamente elevados víctimas de aquellos trabajos y de epidemias traídas con la conquista, a las que los aborígenes les faltaban las defensas necesarias para poder resistir.

Las muertes causadas por todos estos factores, el agotamiento, las enfermedades y las tremendas condiciones de vida impuestas por la conquista, sumieron estas poblaciones en una caída de vida irreparable. En la historia de la colonización española estos factores empujaron a los españoles a establecerse sobre todo en las zonas de los imperios. Allí se desarrollará sobre todo la presencia hispana, con todas las luces y sombras de tal encuentro, y dejo de tener interes el tercer grupo de aborígenes marginales, muchos de los cuales desaparecieron, como fruto del choque con el mundo europeo, especialmente en las Antillas.

Ya en el continente, a la inadecuación de 1os aborígenes margínales al trabajo esc1avizado, se unía el agravante del tipo de tierra en que estos habitaban: inmensas praderas, selvas, semi-desiertos o sabanas; estas tierras no ofrecían además un interés que invitara a su cotización. Son los indios marginales en muchas regiones del Continente con los cuales los jesuitas (y anteriormente franciscanos y dominicos) ponen sus energías y creatividad, y también en el caso del Paraguay.

En esta región de los ríos Paraná y La Plata ya lo habían intentado 1os franciscanos. Recordamos cuatro grandes zonas bien delimitadas donde actuaron los jesuitas: el norte de Mesoamérica (en el actual México: Sonora, Sinaloa, Chínipas en el estado mexicano actual de Chihuahua, Nayarit, Tarahumara y California) y grandes regiones de la Alta California y de otras regiones, hoy Estados en EE.UU.); en el Orinoco (en la actual Colombia, y Venezuela), la Misión de Maynas. Alto Perú (Misión Moxos y Misión Chiquitos) y Paraguay (Misión entre los Guaraníes). En esta última los jesuitas desarrollaran la bien conocida experiencia de las Reducciones entre los indios guaraníes.

En todos y cada uno de 1os lugares enumerados, 1os jesuitas elaboraron sistemas y tipos diversos de misión. Por lo general las de la Nueva España eran atendidas cada una solo por un sacerdote; en cambio, dada las dimensiones de las reducciones en el Paraguay, eran atendidas por una comunidad de religiosos. Numéricamente las misiones de la Nueva España agrupaban un numero considerablemente inferior de indios, mientras las del Paraguay podían llegar a la cifra de 10.000 (todas éstas tenían no menos de 150.000 guaraníes).

Ciertamente estas misiones, tanto en su época como hoy mismo, se han mitificado o enfatizado, restando importancia a la labor realizada en las otras zonas misionadas. La realidad es que en todas las misiones de los jesuitas se desarrolló igualmente la creatividad y un preciado trabajo evangelizador y de crecimiento cultural y social de la sociedad aborigen.

El caso del Paraguay fue especialmente extraordinario. Los jesuitas, para evitar la intromisión de aventureros europeos e injerencias del poder de gobernadores u obispos, obtuvieron en 1608 del rey Felipe III la casi absoluta soberanía sobre vastos territorios de lo que hoy es Paraguay, Uruguay, Argentina y Bolivia. En 1630 el rey Felipe IV les concedió la autorización para organizar un ejército de indios, para así protegerse de las incursiones procedentes del Brasil portugués, que venían a la caza de esclavos, los llamados «bandeirantes» o «sao-paulistas», por proceder en gran parte de Sao Paulo.

La organización de las reducciones del Paraguay giraba en torno a los padres y 1os caciques. Los jesuitas no establecieron un modelo de reducción prefijada de antemano, sino que partiendo de la propia estructura social y de gobierno de los guaraníes la adaptaron a la evangelización y progreso de aquellos pueblos. Si el gobierno espiritual correspondía a 1os religiosos, el gobierno civil competía a los caciques, alcaldes, etc.; toda una jerarquía que velaba por la justicia y el orden de la comunidad, aunque en último término, la autoridad del religioso misionero era central para todo y todos. .

C- Consecuencias de la expulsión.

Seria inexacto afirmar que, con la salida de los jesuitas, toda la obra misionera creada por ellos se desmoronó inmediatamente. Las reducciones continuaron con sus dificultades, pero el gran error fue la duplicidad de funciones y de autoridad que impuso el Capitán General de La Plata, Francisco de Paula Bucareli, para el gobierno de cada una de las misiones. Para el gobierno de las cosas temporales se nombró un administrador laico, y para las espirituales a un misionero. Pero en la mentalidad del indio esto era inconcebible, porque no solo estaban habituados a que ambas funciones fueran llevadas por el misionero, sino que en su cultura tradicional, el cacique tenía también una función sagrada, y por lo tanto no les resultaba comprensible tal dualidad de poderes y funciones.

Franciscanos, mercedarios y dominicos recogieron en parte y limitadamente por estilo misional propio, número de religiosos disponibles y otros serios inconvenientes, que ya aquellas órdenes padecían en aquellos momentos de declive histórico de la vida religiosa en general, la herencia espiritual de los jesuitas, pero la unión y coordinación entre todas las reducciones que los jesuitas habían creado y mantenido, no la pudieron mantener los nuevos religiosos misioneros, sustitutos en número muy inferior a las necesidades y misiones que los jesuitas se habían visto obligados a dejar de la noche a la mañana; su marcha forzada hundía una experiencia plurisecular y una metodología misionera que había constituido uno de los aspectos fundamentales que permitían el vigor y el éxito de las reducciones.

Es cierto que las órdenes e instrucciones dictadas entre l768 y 1770 por el gobernador general Bucareli reiteran y afirman el objetivo principal de las misiones: llevar a los indios a la fe católica. Pero la realización de este propósito se pretendía que fuese llevado a cabo dentro de un rígido espíritu regalista, impregnado de sospechas respecto de la anterior labor jesuítica, que había estado en la base profunda de la decisión de su supresión por los regímenes regalistas borbónicos.

Si bien es cierto que no faltaron iniciativas evangelizadoras de los misioneros franciscanos o dominicos con otros grupos guaraníes y otros pueblos aborígenes, la situación cambió por completo y aquella experiencia de los jesuitas fue en la práctica abandonada cayendo en uno de los más lamentables episodios negativos de la historia de la evangelización católica. Ciertamente los franciscanos, por ejemplo, prepararon un catecismo bilingüe guaraní-castellano, para el uso de los curas doctrineros; la obra circuló manuscrita hasta que en 1800 fue impresa en Buenos Aires, pretendiendo sustituir los vocabularios y catecismos de 1os jesuitas.

Además los curas doctrineros fueron pocos, y en general no estaban ni preparados ni contaban con aquel espíritu emprendedor y misionero que había caracterizado toda la historia misionera de los jesuitas. La historia más que documentada lo demuestra, y la vida prácticamente totalmente extinguida de las «Reducciones» y su extinción lo demuestra dolorosamente. Además, los indios guaraníes, en este caso, estaban acostumbrados a una vida tranquila y bien organizada, con una especial atención a la vida de oración diaria y de un trabajo comunitario justo, bien ordenado y con hondo sentido social y común.

Ahora todo se había derrumbado, y aquellos pueblos quedaban abandonados como ovejas desparramadas y sin pastor. Los nuevos administradores impusieron un vida dislocada y arbitraria; gobernaban como déspotas, modos inauditos para una tradición labrada a lo largo de dos siglos de paciente educación; ahora la nueva situación y dirección generaba enfrentamientos entre los clérigos y los oficiales, y con todo ello una serie de consecuencias nefastas que serían irreparables.

A esta situación se unió dos circunstancias decisivas: la emigración de 1os guaraníes a grandes ciudades, para ejercer la profesión que habían aprendido con los jesuitas, y por otro lado se reiniciaron las incursiones de los «bandeirantes» portugueses en territorios españoles de las reducciones. Para solventar este último problema ya no existía el ejército de guaraníes constituidos en la Reducciones con la autoridad real. Así la suma de todos estos elementos causó el derrumbe de aquella hermosa obra, que anteriormente era objeto de envidia, recelo o admiración en todas las cortes europeas.

En lo educativo el virrey Bucareli, siguiendo los dictámenes de Madrid, impulsaba la introducción del castellano como lengua común de todo el Imperio español. Incluso se proponía establecer un seminario de escuelas para una mayor promoción de aquel mundo indígena que de hecho se había quedado bastante al margen de una real comunicación con el resto de los habitantes de aquel Imperio. Con el paso del tiempo, el contacto con los demás hispanohablantes y sobre todo con el mundo de los criollos, ayudará a los indígenas al aprendizaje de la lengua española.

Dentro de la educación abría que señalar la formación musical, que los misioneros jesuitas cuidaron con especial empeño. La fabricación de instrumentos musicales, que servía para la vida cotidiana de la comunidad, pero sobre todo para el servicio de una liturgia comunitaria bien cuidada y ordenada, después de descubrir en los indios guaraníes una sensibilidad muy desarrollada para la música. Por ello, los misioneros jesuitas les enseñaron a fabricar instrumentos musicales de extraordinaria perfección, y les enseñaron el arte de a hacerlos sonar.

Basta, entre multitud de ejemplos, recordar la Misa a tres voces compuesta por el jesuita Domingo Zipoli, para ser tocada y cantada por los indios guaraníes, siendo una pieza barroca de extraordinaria calidad y complejidad, lo que hace percibir el alto nivel musical alcanzado por estos indios. Al ser expulsados los jesuitas no fue necesario ningún maestro de música traído de fuera, porque los mismos indios guaraníes se encargaron de conservar y transmitir sus conocimientos musicales y de fabricar los instrumentos.

Las disposiciones emanadas por el Virrey en lo económico no alteraron el régimen de bienes comunes, evitando herir la susceptibilidad indígena. Sin embargo, la mentalidad típica de la Ilustración, que subyacía en esta triste historia, determinó varias disposiciones que al fin fueron contraproducentes. Así, no entendiendo algunas de las experiencias fundamentales de la historia de la Reducciones, el Virrey indicó a los administradores de las mismas que se repartieran tierras para que los indígenas guaraníes se habituaran al sistema individual de propiedad, pues la propiedad comunitaria los hacía, según una visión típica del mundo ilustrado europeo de entonces, «estúpidos, mansos e inútiles».

Si bien, el Virrey insistía en que todas estas iniciativas novedosas para aquel mundo indígena se hicieran con suavidad, la realidad con la que contaba para llevar a cabo aquellas disposiciones distaba enormemente de las antiguas costumbres ya bien asentadas y de las buenas intenciones que teóricamente el Virrey quería implantar. Y es que, ante todo, el plantel de administradores,que pudo conseguir en un primer momento, era totalmente inadecuado, por no decir que fue de hecho más bien nefasto, por ser los nuevos funcionarios ignorantes en letras y bien lejanos de estar preparados para emprender una adecuada administración que continuase la antigua y bien fundada experiencia. Y aunque el virrey Bucareli intentó solventar los problemas sustituyendo los primeros funcionarios por otros más formados, procedentes de Buenos Aires, el caso es que estos resultaron peores que los primeros pues lo único que hacían era despreciar a los indígenas, y aprovecharse económicamente de ellos.

Únicamente el teniente del gobernador de Concepción se permitió elaborar un informe detallado del lugar, las gentes y situación real de las misiones, proponiendo soluciones concretas. Pero su inmediato superior le secuestro dicho informe, prohibiendo hablar sobre el asunto. Solo se oían voces de los pocos nuevos religiosos misioneros sustitutos, que incluso llegaban a Madrid; estas voces crearon cierta preocupación en la Corte. Por lo que desde Madrid se ordenaba a los distintos virreyes y gobernadores que pusieran remedio a la degeneración de las misiones. Pero no se daban soluciones globales y concretas al problema de fondo; a pesar del proyecto de libertad de los indios por parte del virrey de La Plata, Avilés, surgirían dos problemas que agravarían más aún la situación: la demanda de nuevas tierras por parte de la población criolla, y las pretensiones de los portugueses sobre el departamento de San Miguel.

Durante más de tres décadas la vida en las misiones no hizo más que acumular problemas, sin vislumbrarse soluciones a los mismos. Entre ellos la falta de definición institucional de ese distrito, la administración deficiente y una economía empobrecida y sin porvenir. En el orden social, la población guaraní disminuía, se debilitaba y padecía una crisis manifiesta.

Virreinato del Perú.

A- Campo educativo

La Compañía dejó un vacío que no llegó a cubrirse hasta muy avanzado el periodo independiente. Cuando Femando VII en 1815 restableció la Compañía de Jesús en los Dominios del Imperio Español, los ayuntamientos del virreinato del Perú instaron porque se les enviasen jesuitas, y en nada insistían tanto como en la necesidad que había de maestros para la juventud. Los ayuntamientos y la iniciativa particular trataron de subsanar la falta de estas escuelas, pero el resultado no fue el mismo. A principios del siglo XIX se hizo sensible esta baja del nivel cultural, y así en los seminarios como en las universidades se dejaba notar la escasez de sujetos bien formados y aptos para 1os estudios superiores.

B- Campo misional

Los indios moxos que tanto trabajo había supuesto su reducción y catequización, muchos abandonaron los pueblos y regresaron a la selva. A pesar del esfuerzo de los religiosos y seculares que se hicieron cargo de ellos, estos vieron como desaparecían o languidecían tantos pueblos. En 1851 escribía el Conde de Castelnau, viajero francés, que recorrió el territorio de estos indios, en su obra «Expedition dans les Parties Centrales de l'Amerique du Sud»:

“El respeto que muestran a las autoridades civiles y a sus Curas es, sin duda, grande, pera se quejan con frecuencia de ellos, diciendo que no vienen a sus tierras sino a enriquecerse ... Entonces recuerdan con amarga tristeza a los Padres que los gobernaban con solicitud y sin miras interesadas. Aludían, con los ojos bañados en lágrimas, a los jesuitas, tan diestros como humanos que venían a pasar su vida entera en estos desiertos...”.

La situación entre las misiones de los indios maynas no fue mejor. Los primeros sacerdotes y religiosos que sucedieron a los jesuitas, unas veces por negligencia y otras por caer exhaustos del ingente trabajo, hizo que las misiones evolucionaron hacia la decadencia, y cuando fueron confiadas a la responsabilidad de los franciscanos ya no pudieron restaurar lo perdido, y con frecuencia abandonaban las reducciones y se trasladaban a las diócesis vecinas. Ya en los principios del siglo XIX, el presidente de la Audiencia de Quito, dirigiéndose al rey Femando VII, hace balance de estas misiones:

“... por falta del necesario cultivo, han vuelto varias poblaciones a la barbarie y gentilidad de que fueron sacados a grande costa y aun ha sucedido que los portugueses, subiendo el Marañón, cargasen sus buques de indios pertenecientes a los dominios del Rey y los transportasen a sus colonias”.'

A MODO DE CONCLUSIÓN

En el siglo XVI se introdujo en América una concepción del hombre de la que el mismo indio marginal, dentro de la triple clasificación de carácter teórico antropológico en que se suele dividir el mundo indoamericano precolombino, fue beneficiario. La propia Corona Española desarrolló leyes que los protegieran de la rapiña de los europeos aventureros y de los criollos. Pero esa misma Corona que antes protegía legalmente con un cuerpo legislativo muy preciso y había puesto en marcha la aplicación de tal legislación basada en el derecho natural o de gentes, pasado el tiempo, y con una nueva concepción de la economía, propició el desmantelamiento de una obra que aun hoy produce sorpresa y admiración entre los estudiosos de historia, economía y sociología.

Ahora ya no eran nuevos colonizadores provenientes de España, sino los descendientes de aquellos, los llamados criollos, que veían en las tierras exentas de los jesuitas una posible fuente de riqueza para ellos mismos. Aquellas zonas vedadas para todo europeo, se convierten, gracias a la extraordinaria economía desarrollada por los jesuitas con los indios, sobre todo en el caso de la Reducciones, en punto de mira de la codicia de las clases oligárquicas, tanto de la América española como portuguesa.

La misma Corona Española con todos sus proyectos de desarrollo, inmersa en la perspectiva ilustrada nacida allende los Pirineos, pero ya totalmente asumida por la clase política dirigente española, exigía más medios económicos, fondos líquidos con que poder afrontar el pretendido desarrollo de España; por eso un grupo significativo de los dirigentes, intelectuales y político-administrativos españoles, también imbuidos por las ideas del más radical realismo, y la misma nueva dinastía de los Borbones, animada totalmente por este grupo ilustrado, empieza poner en marcha una nueva configuración administrativa del Imperio español, y por ello a considerar los dominios Ultramarinos no ya como «Reinos» parte del conjunto de los Reinos que formaban España, sino como unas «colonias» que debían aportar riqueza para el mayor engrandecimiento de ese Imperio.

En este cuadro de pensamiento y acción entra sin duda alguna el proyecto de eliminar de la escena social y eclesial de una Institución que consideraban un estorbo intolerable en su proyecto social, político, educativo y también eclesial del más puro regalismo. En el caso específico de las Reducciones del Paraguay -y mirando el caso solamente desde una panorámica socio-económica, pero no sólo-, con una interesante y envidiable producción manufactura y agrícola, estos territorios aportaban para aquellos ilustrados, planificadores ideólogos, económicos y sociales prácticamente muy poco a sus planes de reforma total del mundo social hispano y más en concreto también al erario público, en comparación con lo que estos gobernantes creían que se debía introducir a fondo en la construcción de un nuevo Estado en todas sus dimensiones.

Tolerar un cuerpo que resultaba extraño a tal proyecto era como permitir la existencia del cuerpo social de un tumor demoledor, hecho inadmisible que se debía extirpar, como bien deja asentado el «Dictamen Fiscal» de Campomanes, justificando y motivando la extinción de la Compañía. La expulsión, sin posibilidad a réplica, permitiría aplicar los principios regalistas que imperaban en casi toda Europa y en la Corte de Madrid, y de la que estaban convencidos buena parte de los gobernantes e incluso miembros del clero y de los obispos.

Como ejemplo altamente carro de esta mentalidad lo tenemos en el caso de las Reducciones del Paraguay. Así el sistema de reducción, que permitía proteger al indio de la rapacidad del europeo y de este modo poder evangelizarlo sin intromisiones, pasó de un plumazo a caer en manos de intereses economicistas e ideológicos de una ilustración radicalmente anticatólica en sus fines.

Las misiones como las llevaban adelante los jesuitas debían acabarse para siempre y con ellas el modo de tratar a unos territorios, ya considerados como colonias de explotación económica, por lo que tenían que entrar un día u otro en el sistema de competitividad de mercado, teniendo que aportar a la hacienda pública, vía impuestos, como un súbdito más de un Estado ilustrado.

El mundo indígena indo-americano o filipino no podía aceptar sin más para este cambio social y económico; por ello ese mundo será segregado por las elites de un poder que dominará sin cortapisa legal alguna ese mundo que las Leyes de Indias, creadoras del Derecho Internacional, habían arduamente fraguado tres siglos antes, desmoronándose una obra que tanto sudor e incluso sangre de mártires había costado.

Ello se ve claro en el caso de la Reducciones: una obra que era ejemplo de organización, donde el hombre era lo verdaderamente importante y no la riqueza que podía aportar; donde el sistema de producción y de la economía buscaba el beneficio de la comunidad y no el enriquecimiento de unos pocos; en última instancia, donde todo estaba al servicio del encuentro del indio con el acontecimiento cristiano, y el seguimiento a Cristo, todo al servicio de la mayor gloria de Cristo y su Iglesia.

La ilustración colocó los pilares del futuro liberalismo económico y político. El sistema económico de la sociedad no era tan difícil cambiario; para ello las Reales Sociedades de Amigos del País ya se ocupaban, pero el complejo sistema de exenciones y de propiedades de la Iglesia, y sus diversas instituciones, era más difícil transformarlo. Había que desmantelar todo aquel sistema de pensamiento en la concepción de la persona y de los sistemas sociales y económicos, que de por si podían resistir la aplicación de los nuevos principios socio-económicos; más adelante le tocaría al resto de las órdenes religiosas y a las propias diócesis pasar por las mismas circunstancias.

El desbancar el considerado poder jesuítico en el Imperio Español, visto como prototipo de una mentalidad con aplicaciones en todos los campos de la vida, solo se podía hacer con un buen golpe de mano. Tal fue el estudiado plan llevado a cabo minuciosamente para la supresión de la Compañía de Jesús en el Imperio español, que poco después en 1773 se aplicará con el Breve «Dominus ac Redemptor» al resto del mundo donde este fue acogido. Concluyendo, podemos afirmar que ya aquí se puede vislumbrar los inicios del liberalismo hostil a la Iglesia con sus vertientes anticlericales sociales y políticos.


NOTAS

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MIGUEL ÁNGEL NAVARRO MEDEROS