COMPAÑÍA DE JESÚS. Supresión y restauración pontificia

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Hacia la supresión pontificia de la Compañía de Jesús

Las Potencias católicas europeas que ya habían expulsado a los Jesuitas de sus respectivos dominios, continuaron con decidida fuerza su política anti eclesiástica sin que sirvieran para nada las protestas del papa Clemente XIII sobre la supresión de la Compañía en sus Estados. No solamente continuaron en su política, sino que se propusieron al unísono, capitaneadas por la España de Carlos III, exigir al papa la supresión total de la Compañía en toda la Iglesia.

En enero de 1769 tal petición fue presentada al papa por España. Clemente XIII no resistió al disgusto por lo que, ya sumido en múltiples preocupaciones muere pocos días después. Tras la muerte de Clemente XIII, el conclave para elegir a su sucesor se abrió en febrero 1769 y duraría tres meses. En el centro de sus preocupaciones estuvo la cuestión de los Jesuitas. Al final se impuso la candidatura apoyada por España del cardenal franciscano conventual Lorenzo Ganganelli, que había sido incluso simpatizante de los Jesuitas, pero que en el conclave se había mantenido con una actitud ambigua.

Ganganelli, quien tomó el nombre de Clemente XIV(1769-1774), era un hombre culto y piadoso, y una vez elegido papa se propuso ganarse la confianza de las cortes católicas, sobre todo las borbónicas. Al nuevo papa le faltaba aquella fuerza, sabiduría y capacidad de decisiones seguras que había caracterizado a otro antecesor suyo, Benedicto XIV, que ya se había encontrado en circunstancias semejantes. Durante el conclave no se había pronunciado con claridad sobre el asunto.

Fuertes presiones de algunas de las Potencias europeas sobre el Papa para la supresión total

Una vez elegido papa, se encontró con la férrea decisión de los Borbones de actuar sus planes políticos regalistas en relación también a la supresión de la Compañía. Además, el nuevo papa no supo escoger colaboradores capaces en aquellos momentos tan sumamente delicados; actuaba confiando solo en algunos de sus más íntimos colaboradores, dejando de lado el consejo de cardenales y obispos que lo habrían podido ayudar a discernir en situaciones tan delicadas.

Moviéndose ambiguamente en sus encuentros y relaciones con los representantes de las potencias borbónicas, les fue dando señales, incluso con cartas a los reyes de Francia y España, de que habría con el tiempo llegar a suprimir la Compañía. De todos modos resistió a las fuertes presiones todavía durante tres años, concediendo sólo a las presiones con algunas decisiones que mermaban la actuación de los Jesuitas. Aquel modo de proceder ambiguo llegó incluso a engañar al general de los Jesuitas, el Padre Lorenzo Ricci, que interpretaba la actuación del papa como una estrategia de torear la situación.

La situación cambió totalmente en julio de 1772 cuando llega a Roma el nuevo embajador de España José Moñino, un diplomático hábil y sagaz. Moñino logró la plena colaboración del embajador de Francia, el cardenal de Bernis, que amenazó también al papa de suprimir a todas las órdenes religiosas. Tras una larga serie de audiencias, finalmente el papa se rindió y lograron de él que el 29 de noviembre de 1772 ordenase la preparación del breve de supresión.

La orden fue ejecutada por el eclesiástico español (futuro cardenal) Francisco Javier Zelada, uno de los adversarios más fuertes de los Jesuitas. El breve fue entonces preparado a partir de un esquema proporcionado por Moñino y estaba ya listo en enero de 1773. Les quedaba a los Jesuitas el apoyo de la emperatriz Teresa de Austria, pero también este apoyo cayó cuando Francia puso como condición al matrimonio del Delfín con María Antonieta que cesase de apoyar a los Jesuitas.

El breve de supresión «Dominus ac Redemptor»

El 12 de agosto de 1773 Clemente XIV firmó el breve «Dominus ac Redemptor», prefechado el 21 de julio. Se trató de un breve, no de una bula, lo que tuvo una importancia fundamental, ya que su aplicación dependía de los receptores del mismo y por lo tanto no tenía un valor universal inmediato. Ello salvaría la sobrevivencia de los Jesuitas en aquellos Estados como la Prusia protestante de Federico II y en el Imperio Ruso de Catalina «la Grande», donde el documento no fue reconocido o aceptado.

El texto del breve recuerda las acusaciones contra la Compañía de Jesús, pero no toca los puntos debatidos y justifica la supresión apelando a la necesidad de una paz duradera, imposible de conseguir mientras siga viva la Orden y los intereses de los miembros que podrían, una vez libres de su pertenencia a la misma, ocuparse debidamente a los varios ministerios. La supresión fue ejecutada en Roma el 16 de agosto de 1773.

Todas las casas de los Jesuitas fueron ocupadas por las tropas del Estado pontificio y el padre general de los Jesuitas, el Padre Lorenzo Ricci fue arrestado en la casa general de Roma y encarcelado en el Castillo de Sant Ángelo; le fue incoado un simulacro de proceso, interrumpido porque no tenía fundamento alguno al no existir hecho alguno de qué acusarlo. Sin embargo, el Padre Ricci permaneció injustamente encarcelado en aquel Castillo hasta su muerte.

Clemente XIV, muerto al año siguiente, 1774, catorce meses después del breve, probablemente lo habría hecho liberar, pero el mismo Padre Ricci morirá en 1775. El Padre Ricci, en su lecho de muerte protestó de nuevo confesando la inocencia de la Orden y la suya personal, y que lo hacía para que no quedase alguna duda sobre el comportamiento de la Orden, acusada por sus enemigos de entonces de intrigas políticas e incluso de haber instigado levantamientos revolucionarios y guerras.

En las demás ciudades el breve debía ser aplicado gradualmente, porque contrariamente a la práctica normal de la praxis canónica, entraba en vigor no solamente tras su publicación en Roma, sino tras su publicación en cada diócesis, y ello con el fin de salvar la usurpación indebida de sus bienes por gentes sin escrúpulos. Esta circunstancia y la prohibición de su publicación por parte de la zarina Catalina de Rusia, permitió que un pequeño grupo de Jesuitas polacos pudiesen sobrevivir, con la aprobación oral de Pío VI, que liberó a los Jesuitas encarcelados y aprobó oralmente a las provincias que habían sobrevivido.

Sobrevivencia y restauración de la Orden

Tras su muerte, el nuevo papa Pío VII, poco después de su elección en 1801, aprueba primero oralmente la Compañía. Poco podía hacer este papa que se vio también presionado por Napoleón y luego también obligado al exilio. Aquel grupo que había sobrevivido en el Imperio zarista sería el lazo de unión entre la Compañía, restablecida por Pío VII el 17 de agosto de 1814, tras su regreso a Roma el 24 de mayo de 1814, con el breve «Sollicitudo ómnium ecclesiarum». .

La supresión de la Compañía había sido vista como la victoria de la ilustración racionalista y del regalismo sobre la Iglesia; ahora su restauración tras las tormentas revolucionarias desencadenadas por la Revolución Francesa fue vista por muchos como una victoria del «ultramontanismo» católico contra el naciente liberalismo anticlerical. Sin embargo, dadas las circunstancias históricas del momento en el que se veían confrontadas las tendencias sostenidas por un anticlericalismo radical y por los reformistas liberales, formados por grupos importantes de responsables culturales y políticos, con otros grupos de conservadores del viejo régimen que pretendían restaurar. Precisamente por esta confusión latente en los viejos estados europeos y en los nuevos americanos, no fue sencilla la aceptación de la restauración de la Compañía en muchos de ellos por querer los primeros colocarla entre los intentos de restaurar el antiguo régimen.

Juicio sobre la supresión de la Compañía


¿Se puede hoy día, tras los numerosos debates historiográficos sobre el tema dar un juicio histórico desapasionado sobre un hecho como este que tuvo consecuencias de tan grave envergadura en la historia cultural y eclesial no sólo de entonces, sino también en los tiempos que siguieron? ¿Cuáles han sido las motivaciones o las razones de aquella programada y metódica extinción? ¿Qué ha representado su supresión?

Gran parte de los historiadores admiten que la supresión de la Compañía de Jesús fue una fuerte derrota de la Iglesia y del papado: fue la conclusión de una larga serie de humillaciones y de asaltos por parte del regalismo jurisdiccionalita. Su supresión trajo consigo daños incalculables, sobre todo en el mundo extraeuropeo, como en el Continente americano y en el de las misiones de Oriente, donde de repente grandes empresas misioneras se vieron clausuradas durante más de un siglo, prácticamente hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX.

En algunos lugares como las reducciones del Paraguay, en el Río de la Plata y en Brasil, se cerraron para siempre causando uno de los mayores desastres de la historia misionera. Lo mismo se puede decir de las misiones jesuitas en otros lugares del entonces Imperio español americano, como en los virreinatos de la Nueva España, del Perú, Nueva Granada, en América Central, en Chile y en el Brasil portugués.

En otros lugares como en el Oriente el desastre fue de consecuencias incalculables, desde la India a China, pasando por el Vietnam y sobre todo las Filipinas. Luego, en los tiempos de la Revolución Francesa aquel desastre llegará a su zenit cuando esta destruyó prácticamente todas las Órdenes religiosas en Francia, proceso imitado más tarde por gobiernos liberales. Si bien en aquellos tiempos difíciles comienza un nuevo y lento nacimiento de un movimiento misionero y de congregaciones religiosas, con frecuencia a la sombra de la Compañía de Jesús restaurada, el proceso sería lento y lleno de dificultades objetivas.

¿Qué juicio merecería la actuación de Clemente XIV? El tema ha sido objeto en el siglo XX de encendidos debates. Algunos, como el jesuita Kratz, tachan al Papa su comportamiento ambiguo y enigmático y su desinterés por la suerte de las víctimas. Además, en el mundo político de entonces había potencias que eran todavía favorables a los jesuitas, pero Clemente XIV se dejó arrastrar por insistentes y pesadas influencias de las cortes borbónicas y que no habría visto que ceder ante tanta presión. Por otra parte, el Imperio austriaco bien poco podía hacer, según otros, ya que el mundo alemán estaba impregnado por una fuerte mentalidad febroniana (episcopalismo exacerbado) y por lo tanto con sentimientos claramente desfavorables al Papa.

El historiador Ludwig von Pastor en su «Historia de los papas» se muestra severo con el modo de proceder del Papa. Algunos santos como san Alfonso María de Ligorio y san Pablo de la Cruz, para sostener la medida extrema del Papa, citan algunas frases, que según ellos habrían pronunciado en defensa de su actuación. Sin embargo, no está claro la autenticidad de tales frases, que, si de veras hubiesen sido pronunciadas, y como señala Martina, les tocó vivir en medio de una fuerte tempestad y que su preocupación era sin duda la de defender al Papa.

Existe un significativo documento de san Pablo de la Cruz que expresa claramente la estima de este santo por la Compañía de Jesús y su honda preocupación por la suerte de la misma en aquellos momentos. Se trata de una carta del 22 de septiembre de 1767 al jesuita p. Luigi Reali, del Colegio Romano, donde el santo expresa todo su pesar por la persecución que estaba sufriendo la Compañía y presagia que tras “varias tempestades Dios la hará resurgir con mayor esplendor”.

Escribe entre otros puntos: “Riguardo poi all’estreme afflizioni, alle quali soggiace cotesta inclita Compagnia di Gesù, s’assicuri pure che anco io ne sono molto a parte, ed al solo pensarvi non posso a meno di non gemere e lagrimare, vedendo angustiati in simi guida tanti poveri innocenti Religiosi, e nel tempo stesso trionfare il demonio, diminuita la maggior gloria di Dio e tante anime perdute per mancanza di quell’aiuto spirituale che dai medesimi Padri gli era somministrato in tutte le parti del mondo, e su tal riflesso non manco per parte mia di farne continuamente specialissime orazioni, sperando che dopo varie tempeste quel Dio che mortificat et vivificat, sarà per fare risorgere a su tempo con maggior splendore la Compagnia suddetta; e questo è stato sempre ed è il mio sentimento”.

De todos modos no se puede negar que el Papa se comportó de manera débil en aquellas circunstancias que hubiesen pedido la presencia de un Pontífice fuerte que hubiese resistido a las amenazas y se hubiese comportado con firmeza. Hay que señalar que Clemente XIV sufrió sin duda alguna aquella clara derrota llevándolo al sepulcro un año después de su muy discutida decisión. Su sucesor, Pío VI, le tocará vivir los años tormentosos de la Revolución Francesa pagando en prisión su actitud firme frente a los revolucionarios franceses.

Visto el cuadro general histórico del momento, se debe concluir que con los dos papas citados se concluía el primer acto de un drama en el que todos los actores principales caen víctimas de la Revolución: un Papa encarcelado y muerto en el exilio, y los reyes Borbones de Francia guillotinados (Luis XVI y su esposa María Antonieta) y los españoles, Carlos IV y Fernando VII, presos de Napoleón y humillados. Pero con la Revolución da comienzo el largo siglo liberal, cuando entre otros acontecimientos los nuevos poderes políticos de la Revolución suprimen todas las órdenes religiosas, someten a la Iglesia en Francia a su voluntad con una «Constitución civil del Clero» y disponen según su voluntad de todos los bienes de la Iglesia ya nacionalizados. Aquella mentalidad, que había triunfado con la supresión de la Compañía de Jesús, se impondrá a lo largo de todo aquel «largo siglo liberal».

Ha habido razones de carácter general, válidas para todos los Estados Europeos y sus dominios. Ha habido otras de carácter particular en cada uno de los Estados. Entre las razones de carácter general hay que señalar: la evolución del fenómeno complejo y multiforme de la ilustración racionalista. Ya a mitad del siglo XIX Babington Macauly señalaba que el movimiento ilustrado europeo resultaba ser el ataque frontal más grande que nunca antes hubiese sufrido antes la Iglesia a lo largo de la historia, en cuanto se trataba de un movimiento radicalmente anticristiano, y que los Jesuitas habían sido el primer cuerpo eclesial que había recibido tal golpe mortal, antes que la Iglesia romana hubiese sido atacada. Otro autor, Paul Hazard, ha tipificado la supresión de la Compañía como una “crisis de la conciencia europea”.


¿Cómo reaccionaron los Jesuitas en el momento de su supresión?

Un historiador jesuita, E. Rosa, escribe: “Ni una voz de rebelión, ningún movimiento de protesta contra la autoridad del Pontífice ni siquiera en los escritos más encendidos de algún jesuita más vehemente […] mucho menos intentos de una resistencia colectiva” . El manual de «Historia de la Iglesia» de Bihlmeyer-Tuechle (IV, par. 194) se expresa de manera muy distinta: “Una parte de los jesuitas se adaptó sólo con reluctancia a su propia suerte. El papa mismo sufrió los ataques y los ultrajes muy distintos de los que se podían esperar de católicos”.

En el mismo sentido escribe el historiador italiano, especialista en el tema jansenista, A. C. Jemolo, «Il giansenismo in Italia,» (p. 266): “… La rebelión y la resistencia de muchos exjesuitas, que en otras condiciones hubiese dañado enormemente la fama de la suprimida Compañía y creado un obstáculo a su resurrección mostrando la escasa fidelidad y la limitada obediencia de estos que querrían ser los fidelísimos del papa, pero que aman a su instituto más que al Papado…”.

En realidad, comenta Martina, “exageran tanto Jemolo como Rosa, que en toda su historia aparece dominado por la preocupación apologética prevalente en su tiempo, también bajo el influjo de la reacción antimodernista, y se muestra más equilibrado Bihlmeyer-Tuechle. La Compañía de Jesús en su conjunto se sometió (el caso de los jesuitas de la Rusia Blanca se justifica jurídicamente por la falta de la publicación del breve, vista obviamente con satisfacción da aquellos padres. Sin embargo no faltaron graves críticas en las cartas, con frecuencia que acabaron en manos ajenas, y no siempre, a propósito o no, tenidas secretas; además, a pesar de la prohibición de la Santa Sede, fueron publicados varios opúsculos duramente críticos con el papado y del breve de supresión juzgado invalido, por algunos anónimos, pero obra de los exjesuitas Bruno Martí, Agustín Puchol, Carlo Borgo: los dos primeros por sus vehementes ataques al papado fueron encarcelados en la fortaleza de S. Leo, en Urbino.”

La sobrevivencia de la Compañía y su restauración.

En el momento de la repartición de Polonia entre el Imperio Ruso, el Austríaco y el Reino de Prusia, en el territorio de la Rusia Blanca, se encontraban 18 domicilios de jesuitas: 3 colegios, 2 residencias, y 3 casas misioneras, que pertenecían a la provincia de Masovia y, además, el colegio de Dyneburg, con 9 estaciones misioneras pertenecientes a la provincia lituana.

En el Imperio Ruso se encontraban así, en 1773, un total de 201 jesuitas (97 padres, 49 escolásticos y 55 hermanos). Con la anexión de los territorios polacos en 1772, los jesuitas regresaron al Imperio Zarista. El primer jesuita que había entrado en Rusia había sido Antonio Possevino (1533 – 1611), acompañado con otros 4 jesuitas. Antes de la supresión de la Compañía, todavía se establecieron periódicamente los jesuitas en Rusia unas cinco veces, pero durante períodos breves. La permanencia más larga fue durante el reinado de Pedro el Grande, entre 1698 y 1719. La última fue la misión de los jesuitas de la provincia de Lituania a Pietroburgo (1713 – 1719). Con la repartición de Polonia comenzó el segundo período de la presencia de los jesuitas en el Imperio ruso, que duró 48 años hasta su expulsión en 1820. Sin embargo, algunos jesuitas quedaron en Rusia hasta 1827. Durante este tiempo, algunos nobles rusos entraron en la Compañía de Jesús en Francia.

Casi un siglo después durante el dominio soviético (1917 – 1991) fueron varios los jesuitas que entraron en Rusia para llevar adelante una misión clandestina. Alguno de ellos sería incluso consagrado obispo secretamente en Berlín por, el entonces nuncio, Eugenio Pacelli (futuro Pío XII), y otros lo serían clandestinamente en la misma Rusia. En este período, en tiempos de Pío XI, fue creado en Roma el llamado «Colegio Rusicum».

El 21 de julio de 1773 el Papa Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús e instituyó el 13 de agosto una Congregación de cardenales que debía ocuparse de la ejecución del breve de supresión. El 18 de agosto, la Congregación cardenalicia emanó una circular en la que establecía la modalidad jurídica de la ejecución de la supresión. Conforme a la voluntad del Papa contenida en el breve, para seguir la supresión se escogió la modalidad extraordinaria de la promulgación «local» del breve.

En Roma la supresión había sido llevada a cabo el 16 de agosto de 1773, y su general Lorenzo Ricci fue encarcelado en Castel San Angelo, donde moriría el 24 de noviembre de 1775, cuando estaba por ser liberado por Pío VI.

En el momento de la elección del Padre Ricci como general (21 de mayo de 1758), la compañía estaba dividida en 42 provincias, y los jesuitas eran unos 23.000. En el momento de la supresión, gracias a la política del nuncio de Varsovia Giuseppe Garampi, la supresión fue regularmente llevada a cabo en el territorio de la primera repartición polaca, a pesar de una fuerte corriente de oposición. Sin embargo, esta se llevó a cabo gracias también a la actitud favorable de los obispos polacos en la ejecución del breve. En las 4 provincias de la Orden en Polonia, excluidos los 484 religiosos pasados a los dominios de los 3 países en los que se había dividido Polonia, quedaban allí 1869 jesuitas (901 sacerdotes, 512 escolásticos y 456 hermanos coadjutores).

La noticia del breve de supresión llegó a los jesuitas de la Rusia Blanca en septiembre, es decir, todavía antes de su promulgación en Polonia, lo que provocó un estado de incertidumbre y de espera. En esta situación, el rector del colegio de Polock recibió, el 1 de octubre, una carta del gobernador de Pskow que comunicaba la voluntad de la emperatriz Catalina II de conservar la Compañía de Jesús y de asegurar a los jesuitas su futuro en el territorio de su Imperio. En consecuencia, la Zarina rechazó el «exequatur» al breve «Dominus ac Redemptor» que el embajador en Varsovia le había hecho llegar en octubre y que, la Zarina lo consideró como nunca recibido, y por lo tanto, no admitido.

Este rechazo de Catalina no fue una excepción; otros soberanos, también católicos, limitaban la libertad del pontífice reservándose el derecho de «exequatur», y algunos documentos de la época hablan simplemente de tolerancia de “este gravísimo abuso”, con el que se refieren al breve del Papa. En el caso de Catalina, había establecido el «exequatur» para todos los decretos, bulas, breves y cartas pastorales de la Santa Sede, orden que renueva el 29 de enero de 1773, cuando prohíbe todas las publicaciones de cualquier tipo de acto proveniente del Papa en la Rusia Blanca sin la aprobación previa de la Emperatriz.

Su sucesor e hijo Pablo I mantuvo en vigor el «exequatur» de su madre el 28 de abril y del 8 de mayo, y del 3 y 14 de noviembre de 1798. Otro rey que se opuso durante algún tiempo a la decisión del Papa Clemente XIV fue el Rey protestante de Prusia Federico II (1740 – 1786), por razones semejantes a las de Catalina II; y por motivos de carácter educativo dejó que los jesuitas que trabajaban en las dos provincias de su reino, entre ellas la Silesia, en la Polonia pasada a la Prusia en 1772 y que eran respectivamente 139 y 133. Muerto Clemente XIV, el Rey Federico encargó a su representante en Roma comunicar al Papa la exigencia de mantener viva la Compañía en sus Estados, por lo que le pedía que se lo comunicase a los obispos de los mismos.

El Papa le responderá que no podía aprobar lo que le pedía por la oposición de las cortes borbónicas, pero que si el Rey encontraba modo de que continuasen en su trabajo, él no era contrario y que no les habría castigado por esta irregularidad. Por lo cual se entiende como, en los dos casos que hemos señalado, de hecho, los jesuitas continuaron viviendo en dos Estados con soberanos no católicos. Además, el 2 de diciembre de 1775 el Papa Pío VII, a través del cardenal Rezzonico, hizo saber a los jesuitas que continuasen en su trabajo. Sin embargo, el Papa se encontraba ante el problema de un reconocimiento legal explícito en unas circunstancias de carácter político sumamente complejas, sobre todo en el caso del Reino de Prusia, donde los jesuitas estaban dispuestos a someterse a las antiguas decisiones pontificias y los obispos eran contrarios, en este caso, a su supresión. Solamente, por varios motivos de carácter político, de hecho, en 1780, la Compañía sería suprimida en Prusia.

En conclusión los jesuitas, a pesar de las difíciles circunstancias, sobrevivieron en el Imperio ruso, constituyendo así una peculiar historia de los jesuitas de la llamada «Rusia Blanca», formando una Provincia excepcional y particular en toda la historia de la Orden de San Ignacio, y llevando a cabo históricamente la misión de continuar la existencia de la Orden desde su supresión en 1773 por Clemente XIV, hasta su restauración por el Papa Pío VII en 1814. En este largo período, los jesuitas vivieron en el Imperio Zarista bajo tres Zares distintos: Catalina (1762 – 1796), Pablo I (1796 – 1801), Alejandro I (1801 – 1825).

Esta historia es fundamental para entender la continuación y la constitución jurídica de la Compañía de Jesús llevada a cabo por el Papa Pío VII en 1814 con el breve «Sollicitudo ómnium ecclesiarum», 41 años después de su supresión por Clemente XIV.

NOTAS

FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ