CONQUISTA PACÍFICA (5); El hundimiento del Plan

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El levantamiento indígena

Si el plan primero, perfeccionado en 1516, se frustró por la inasistencia de los jerónimos, absorbidos en su débil decisión por el contorno de interesados en la oposición a los reformistas, los nuevos remedios propugnados por el Padre Córdoba, y que sirven de plataforma al Estatuto del Padre Las Casas para la Tierra Firme, también se volatilizan ante el levantamiento indígena, que ya estaba fraguándose en 1518, según las premoniciones del dominico.

Como muestra del clima existente, pueden aducirse las instrucciones que se dan al residenciador Rodrigo de Figueroa en diciembre de 1518,[1]y en las que consta la preocupación por el tema al indicársele “que fray Pedro de Sant Martín, procurador de los frayles dominicos, me fiso relación que estando los dichos religiosos en la dicha costa convertiendo y predicando, diz que muchas personas han ydo e van con navíos e caravelas a rescatar perlas, y que so esta color rescatan yndios e hazen otras cosas dañosas y de mal enxemplo, a cuya cabsa la predicación y dotrina de los dichos padres no hazen el fruto que sería razón y harían si no se estorvase con los dichos rescates, y que así mismo los que van a rescatar llevan por rescate armas y otras cosas ofensivas, y vino, y que como los dichos yndios beven del vino que ansy han rescatado, e tienen armas e instrumentos para hacer mal, los dichos frayles están a peligro, y también las otras personas que en la dicha costa residen; por ende yo vos mando que ayays información muy larga e particularmente sobre lo susodicho, asy de los dichos padres de Santo Domingo, especialmente del viceprovincial fray Pedro de Córdova”.

Que la atracción de la Costa de las Perlas empieza a intensificarse poco después de este momento, nos lo demuestra la carta de los oficiales reales de Santo Domingo, de 14 de noviembre de 1520, en la que dicen que “después de la declaración de Figueroa” -quien a primeros de año señaló a estas costas como tierra a donde podía irse a comerciar pacíficamente, previa licencia-,[2]“han ido de aquí e San Juan a, rescatar perlas e guanines e esclavos muhas armadas, e se ha multiplicado tanto el trato...que se ha dado en que entender a todos ...” Prueba evidente de la decidida inobservancia de la política de puerta cerrada y de la importancia que tenía este comercio para La Española, pues se agrega: “si esto no hubiera, esta isla estuviera harto más perdida”.

Pero mientras Las Casas negocia en España, sobreviene la catástrofe de 1520, tema que exige una ordenación por las confusiones en que incurren los cronistas. Oviedo habla de dos asaltos de los indios, uno en 1516 contra los dominicos de Píritu -que es el de 1515-y otro en 1519 –“quassi en fin del”- primero contra los salteadores, después contra los predicadores de Chiribichi y, por último, contra los franciscanos de Cumaná.

Las Casas también escribe, en lugares muy distintos de su obra,[3]sobre dos ataques, uno contra el establecimiento que no sabe situar ni tampoco fechar –“pasaron algunos días o quizá meses”- de la llegada a él de dos frailes, uno de ellos “presentado en teología” y otro lego, y el posterior, contra un salteador y los frailes de Chiribichi, donde sacrifican también a dos religiosos que allí había, uno ordenado y otro lego.

El ataque a los franciscanos le retrasa hasta los días posteriores a su llegada, en lo que hay que convenir por ser su testimonio de peso. Gómara, que parece beber en la misma fuente de Oviedo, menciona igualmente dos desastres, uno posterior a 15 16, en el que a los frailes que estaban en Píritu de Maracapana “comiéronselos unos indios"”, y otro en 1519, en el que los religiosos que estaban en un “Monasterio de Chiribichi, cerca de Maracapana”, se ven envueltos por la sublevación de los indios, tal como la relata Oviedo.[4]

La primera acometida, que todos sitúan mal, excepto Las Casas, es la de 1515. La segunda -a la que vamos a referirnos- es la de 1520. Entre ambas no se produjo ninguna otra, pues, como vemos, las que dan otras fuentes son éstas, aunque las cambian de fecha, origen de todas las duplicaciones y errores. Lo más sensible del caso es que este levantamiento de 1520 no sólo crea un clima que impide la realización del plan de Las Casas en Tierra Firme, sino que también es causa que imposibilita otro importante intento de los franciscanos.

Según escribe Giménez Fernández,[5]los franciscanos en 1519 tenían en Cumaná siete religiosos, que educaban a cuarenta muchachos indios en régimen de internado. El Padre Lino dice que tenían ya dos casas e iglesias,[6]lo que -como el dato anterior- concuerda en el desarrollo alcanzado por esta célula evangelizadora. Pero, además, agrega que proyectaban erigir cinco más, lo que es exacto, pues conocemos que con tal pretensión fray Juan Garceto envió a España a fray Juan Vicant -uno de los catorce que trajo fray Remigio en 1517-.

En relación con este viaje está la cédula de 5 de mayo de 1519, dada en Barcelona, que le autorizaba para una recluta de misioneros, al mismo tiempo que por otra de 7 de mayo se decía a los Oficiales de la Casa de Contratación que el plan consistía en que en cada una de las cinco casas estuvieran cuatro religiosos, para lo cual habían de proveerles de los ornamentos necesarios.

El Padre Ortega da,[7]además, el dato de otra orden al tesorero de la Casa para que entregara a fray Juan 20.000 maravedíes para la compra de hachas y útiles, y para el pago de jornales a los indios que ayudaran en la construcción, más los gastos de terrenos. Los veinte religiosos, por lo que se conoce, fueron reunidos y aun salieron de Sevilla, pero por dificultades de navegación la nave tuvo que hacer escala en Gibraltar, donde se quedaron 16, que en sucesivos viajes siguieron hacia América, sin que pueda saberse si, al menos los cinco primeros religiosos que pasaron en el «San Antonio» -que estaba de vuelta en España en el mes de junio- llegaron a Cumaná, como cree posible el Padre Lino.

El levantamiento indígena, como se ve, no pudo ser más inoportuno, cuando ya los largos preparativos y gestiones estaban a punto de llegar a su culminación práctica. El desarrollo del alzamiento indígena parece que no fue tan súbito como se relata por los cronistas, pues por enero de 1520 tuvo lugar ya un ataque a un barco de rescatadores,[8]en el que resultaron muertos alrededor de cuarenta.

Ante este dato, forzosamente hay que reconstruir de una forma distinta de la habitual el cuadro-ambiente, pues parece lógico suponer que si antes del infidente saqueo de Alonso de Hojeda, del que habla Las Casas como causa del levantamiento, ya hay ataques contra los rescatadores, y éste no se produjo estrictamente por la solitaria y episódica traición de Hojeda, sino por una serie de circunstancias que venían arrastrándose previamente.

En primer lugar, hay que pensar que los evangelizadores no podían influir en la actitud indígena de una gran extensión de costa, pues su acción forzosamente quedaría limitada propiamente a un núcleo local y ya indirectamente a una serie de tribus próximas, como el pueblo de Chiribichi del cacique Maraguay, el pueblo de Maracapana del cacique Gil González y, a lo sumo, los indios tagares de la serranía inmediata.

Esta sería la zona que soslayarían los rescatadores cuando emprendieron sus saqueos para no entrar en conflicto directo con los dominicos, por lo que sus desembarcos los harían algo más lejos, quizá más al Oeste del Morro, espacio en el que pudo producirse el suceso del mes de enero. La repetición de los saqueos enrarecería inmediatamente la atmósfera de convivencia, pues la alarma repercutiría de unos a otros pueblos, esto es evidente.

Pero tampoco hay que descartar el recelo que podía ir naciendo entre los caciques no influidos propiamente, frente al cuadro de los naturales que se habían atraído los evangelizadores a Santa Fe, donde parece se había creado un poblado en el que, naturalmente, la autoridad cacical había de verse mermada. La acción de este doble componente, que es normal en tantos escenarios de la conquista, puede ser responsable del alzamiento indígena.

En el proceso de la sublevación, tal como nos lo relata Las Casas,[9]se reconocen fácilmente las dos fases correspondientes a estas dos circunstancias. La primera se circunscribe al alzamiento del cacique Gil González del pueblo de Maracapana -el más lejano de los directamente influidos-, quizá por repercusión de los choques sucedidos más al Oeste y motivado ya concretamente –como quiere Las Casas- por la acción del rescatador Alonso de Hojeda en su propia área, pues se apoderó por sorpresa de un cierto número de indios tagares a los que hizo bajar hasta su pueblo con el engaño de transportar las cargas de maíz que les había comprado.

Véase en este mismo planteamiento del incidente cómo Hojeda, de acuerdo con la táctica presupuesta, respeta el área de influencia indirecta, al no cautivar a nadie de Maracapana. Pero este cacique, al advertir la aproximación de los saqueos a su propio ámbito, tiende a reaccionar como antes lo habían hecho los de más al Oeste. Dispuesto a la defensa, esperó un nuevo desembarco, que tuvo lugar pocos días después -a finales de agosto-,[10]para caer sobre Hojeda y sus hombres, en cuya acción sólo se salvaron los que pudieron huir a la carabela, que también se vio hostigada.

La segunda fase, corre a cargo del cacique Maraguay, de Chiribichi, y aunque Las Casas afirma una previa inteligencia con el de Maracapana, no puede descartarse una simple influencia de contagio, dado el deslizamiento de las alteraciones de Oeste a Este al que venimos asistiendo. Lo cierto es que éste, el 3 de septiembre, ataca y sacrifica a los misioneros, también por sorpresa, cuando celebraban la Santa Misa.

En un documento muy posterior, una información a pedimento de González de Silva, que se levanta en febrero de 1620 -casi un siglo después-,[11]rastreamos unas noticias que no parecen despreciables. Allí se dice, en el interrogatorio, que los indios “binieron sobre el [poblado de Santa Fe] matando a todos los pobladores, muxeres, niños y ocho o nuebe Religiosos de la Orden de Sancto Domingo”, con lo que resultaría que Maraguay asaltó el núcleo misionero para exterminar no sólo a los evangelizadores, sino también a los que allí se habían establecido, pues la sublevación es externa, afecta al contorno indígena, y no a los propiamente influenciados.

Como antes, en la primera fase afectaba a los que quedaban fuera de la relación con los dominicos, para pasar a los indirectamente influenciados. La carta de los jueces de Santo Domingo de 14 de noviembre de 1520,[12]nos pinta en toda su crudeza las consecuencias del desarrollo de esta acción de contagio. Los indios de Maracapana, después de su alevoso ataque contra los padres predicadores y de su éxito contra Hojeda y sus hombres, se dedicaron simplemente a esperar la llegada de nuevos rescatadores a los que, por ignorar que la costa estaba alzada, atacaban por sorpresa, después de dejarles desembarcar pacíficamente.

El citado documento nos cuenta cómo, por este procedimiento, mataron a nueve españoles de los que aportaron en un navío procedente de Santo Domingo a mediados de octubre, y a otros veintitrés de los que fueron allí en otra carabela ocho días más tarde. Esto mismo nos prueba que eran los de Santo Domingo las que entraban en la costa y no tanto los de Cubagua, bien interesados en la paz de la tierra. Lo cierto es que la etapa protectora puede darse por concluida.

Quizá, de no haberse producido este lastimoso fracaso, el intento hubiera servido de base para dar un sesgo bien distinto a la incorporación de aquellos territorios, mediante la predicación previa, con todas sus consecuencias. Aparte de estos sucesos, que liquidaban la paciente acción de los dominicos, en Cumaná quedaban los franciscanos expuestos a análogo riesgo.

El Padre fray Cayetano de Carrocera, que tan inteligentemente ha estudiado los problemas misionales de Venezuela, se equivoca en este punto, por haber seguido a Oviedo y a Gómara.[13]</ref>No se sublevaron, como dice, los indios de Cumaná, ni lograron los franciscanos escapar de una muerte segura, huyendo a Cubagua.

Para informarnos de lo que sucedió en realidad, tenemos un documento fehaciente en la carta que los jueces y oficiales de Santo Domingo escribieron al rey el 14 de noviembre de 1520. En ella se nos dice que, después del ataque por sorpresa de Maraguey y sus indios a los dominicos de Chiribichi -que fue el 3 de septiembre de 1520, según en ella se dice, y no en 1519, como afirman Oviedo, Gómara y Herrera-, sorprendieron, a las pocas horas, a los tripulantes de un navío que allí mandó Hojeda, de los que sólo hubo un superviviente, para arremeter contra éste y once compañeros poco más tarde, unas leguas más abajo, en Maracapana, de cuyo ataque sólo se salvó otro español.

Y dice la carta de los jueces de la Española que, después del reconocimiento que hicieron de la costa unos barcos que fueron de Cubagua, como el alcalde Flores “supo la muerte de los dominicos, envió barcos... a Cumaná con aviso de lo sucedido, por si se quisieran venir -los franciscanos- a Cubagua, como lo hicieron: desde allí...han venido aquí”. Es decir, se trata de una retirada preventiva, sin que los indios los atacaran. Y ésta tuvo lugar el 3 de octubre, al mes de la muerte de los frailes de Chiribichi.

Contra lo que escriben Oviedo y Gómara, los franciscanos no se vieron afectados por la sublevación, pues ésta no se extendió a Cumaná. Los relatos de estos dos cronistas sobre el ataque indio a los frailes menores, coincide, en sus detalles, con los que Las Casas nos ofrece cuando se refiere al asalto indígena del monasterio de los franciscanos de Cumaná, ocurrido después de su estancia allí en 1521.

Cuando Las Casas llega al convento de los frailes menores en esta fecha y nos describe sus impresiones, no menciona huella alguna de pasadas turbamultas, antes al contrario, dice que “tenían su casa y monasterio de madera y paja y una muy buena huerta donde había naranjos y un pedazo de viña y hortaliza y melones muy finos y otras cosas agradables”, lo que denuncia una práctica normalidad continuada desde 1515, en que fueron los primeros religiosos, reforzados después en 1517.

El anecdotario del ataque, por episódico y más o menos deformado, nos interesó menos, pues la consecuencia es que, a causa de las entradas que se realizan sobre la costa, los indios reaccionan contra los porteadores y los frailes de Chiribichi, ocasionándoles muchas víctimas a los primeros y exterminando a los religiosos, salvo los que estaban ausentes, por haber ido a Cubagua. Únicamente los franciscanos de Cumaná, con fray Juan Garceto, quedan como supervivientes del generoso experimento evangelizador, en los que intentará apoyarse Las Casas para llevar adelante su nuevo plan.

La despoblación de Cubagua

Honda repercusión tuvieron estos sucesos, pues la rebelión de los indios de la costa creaba ahora para los pobladores de Cubagua una real situación de puerta cerrada: “Súpose luego este desastre por dicho de indios en la isleta de Cubagua; salieron della luego dos o tres barcos llenos de españoles armados y fueron la costa abajo; hallaron toda la costa puesta en armas, y porque no osaron saltar en tierra, tornáronse.”[14]Esta reacción, de la que nada dice Oviedo, fustigador furibundo de los pobladores de Cubagua, a los que acusa de cobardes, debe valorarse con justeza, por cuanto permite reconstruir los hechos de forma muy distinta a como se viene haciendo, por seguir a este cronista y a Castellanos.[15]

En el encuadramiento de los acontecimientos, hay que destacar un choque de intereses entre los pobladores de Cubagua, necesitados de una relación con la costa, por un lado, y por otro los rescatadores de Santo Domingo con los religiosos, defensores de la política de puerta cerrada. De prosperar ésta, los beneficios de los comerciantes de La Española serían imposibles; de aquí que fueran parte interesada en una oposición, con la que debemos relacionar las andanzas del llamado Hojeda y de los navíos que tras él aparecen.

Los relatos de los sucesos no permiten un análisis serio, por cuento sólo registraron los episodios, pero puede colegirse que se trataba de crear una situación incómoda a los religiosos, por imposición de hechos consumados. Ahora bien, el desarrollo de los acontecimientos, con la sublevación de la costa de Maracapana, vino a situar a los pobladores ante un nuevo dilema: o dominarla por las armas o aceptar las consecuencias del aislamiento.

Lo primero lo intentaron, apenas se tuvo conocimiento de la muerte de los religiosos por un indio que les servía y que pudo escapar de la matanza. La carta de los jueces de Santo Domingo dice que Antonio Flores, el alcalde, envió a la costa cinco embarcaciones con cuarenta hombres, que apenas pudieron hacer otra cosa que recoger a los dos supervivientes de Hojeda y salvar la carabela, con 150 marcos de perlas que allí había.

En tal situación encontraron la costa que no pudieron desembarcar, ni para auxiliar a Hojeda y sus once compañeros, quienes eran muertos ante sus ojos. Es entonces cuando, antes de despoblar Cubagua, Antonio Flores escribió a Santo Domingo -según la carta de los jueces- diciendo que según era voz, “los indios se aderezaban de ir allí, e que los defenderían el agua en Cumaná... Que les enviásemos gente e armas, e viésemos cómo se hiciese una fortaleza allí e otra en Cumaná”. Por consiguiente, nada sucedía en Cumaná, donde sólo temían la extensión de la sublevación.

Pero la previsión no era infundada. La muerte en Maracapana de los capitanes Villafañe y Gregorio de Ocaña con cuarenta y seis hombres,[16]indicaba la persistencia de los propósitos de hostilidad, que ya no se limitaban a meras acometidas contra los rescatadores que aportaban a Santa Fe, los Tagares o Maracapana, sino que tomaban un franco carácter de ofensiva contra los cubaguenses.

“Armados con sus arcos e flechas -dice el citado documento- defendieron el agua a los de Cubagua en el río de Cumaná e queriendo tomarla [los de Cubagua] en la isla Margarita, fueron a defendérsela también, con muchas canoas, echaron ponzoña al agua, causas solas que obligaron al alcalde mayor e gente a desamparar a Cubagua, dejando sus casas e copia de bastimentos, rescates, etc.”

El plan de Flores de fortificación y de envío de gente será el origen de la expedición de Ocampo, que partió el 20 de enero de 1521. La rápida reacción de los jueces de Santo Domingo evidencia la repercusión que allí tuvo la rebelión, pues ellos mismos dicen “ha sido, general la tristeza en esta isla, ya por la muerte de religiosos españoles, ya por cesar ese trato, que era lo que principalmente sostenía esta isla”. Y esto, antes de conocerse las sucesivas sorpresas a los navíos, ya relatadas.

La carta de Flores, en la que da cuenta de los últimos acontecimientos de fines de octubre, señala ya que los indios de Cumaná “defendían el agua e hablan quemado el monasterio de franciscanos”, cuando éstos hacía casi un mes que lo habían abandonado. Es de suponer, por la impresión que recoge luego Las Casas «in situ», que los indios de Cumaná no destruyeron prácticamente otra cosa que las chozas de los franciscanos, quizá para apoderarse de los víveres que allí tuvieran.

Consecuencia de todo esto es la creciente preocupación en Santo Domingo, que es causa de la detención de Ocampo -estaba preparada desde el mes de noviembre, al menos la carabela «Tomé»- para reforzarle convenientemente con hasta cerca de trescientos hombres, no ya para socorrer a los pobladores, ya evacuados, sino para pacificar la costa. Así pues, el abandono de la isla fue el último recurso, porque la amenaza de los indios impedía los aprovisionamientos en Cumaná y la pesca de perlas, con los alrededores de la isla infestados de piraguas de Maracapana. Dificultada así la aguada y el trabajo, los pobladores no tenían otro camino que la evacuación.

Por consiguiente, no es del todo justa la inculpación que puede deducirse de los versos de Castellanos: “dejando las haciendas adquiridas / con el deseo de escapar las vidas”.

La retirada a Santo Domingo acordada por el alcalde mayor de Cubagua, Antonio Flores, no encontraría la oposición de parte de los pobladores, como indica Oviedo, sino que más bien fue producto de una coincidencia de pareceres entre la mayoría. Si muchos estaban decididos a regresar a La Española, la permanencia de los pocos sería inútil y arriesgada. Lo cierto es que ni los supuestos opositores se quedaron, ni el abandono fue súbito, pues allí permanecieron hasta entrado el mes de noviembre, es decir, por lo menos diez meses después del comienzo de la sublevación india.

Y es de suponer que esta evacuación no se hubiera producido de saber Flores que poco antes estaba ya preparada la expedición de Ocampo, detenida luego hasta enero de 1521 como consecuencia de la modificación que entrañaba el abandono de la isla.[17]Para explicarse la situación psicológica de estos hombres, hay que tener en cuenta que coinciden los sucesos de Maracapana con un momento de gran inquietud, pues también entonces se produjeron asaltos indios por lo menos en Puerto Rico, donde mueren trece españoles.[18]

Así termina la experiencia de evangelización iniciada por el Padre Córdoba, que sirve de precedente a los planes lascasianos, nacidos de la relación que entre ellos existió y de la influencia que indudablemente ejerció el dominico sobre el clérigo protector. Lo que conocemos de la carta del Padre Córdoba de 1518, en la que ofrece a Las Casas el cuadro de peticiones territoriales, es ya suficiente para explicarnos la profunda diferencia que tan agudamente ha advertido el Dr. Giménez Fernández,[19]entre las fórmulas propuestas por Las Casas antes de marzo de 1519 -reformas legislativas, de dirección y método poblador- y los planes ofrecidos desde esta fecha -concesión territorial solicitada a su nombre-, con atribuciones y facultades de jurisdicción.

En este cambio hay que ver, forzosamente, la iniciativa del P. Córdoba, que es quien le brinda la idea,[20]como única forma viable para sacar adelante la práctica realización del doctrinarismo protector, contra los enemigos declarados de la supresión de encomiendas y demás vicios, tanto en España -Fonseca y los burócratas concusionarios-, como en América -Pedrarias, Velázquez, Pasamonte-, incluso Oviedo, instrumento, al fin, de sus manejos contra la recta intención del clérigo.

Así pues, si Las Casas, hasta entonces, fue el ardiente defensor del indio, como problema de conciencia, al lado del doctrinarismo protector del Padre Córdoba y demás dominicos del grupo reformista, ahora se hace también intérprete y gestor del plan que el activo dominico le ofrece. La ligazón es tan clara que en la petición presentada por Las Casas a Mercurio Gattinara en octubre de 1519, en la que rectifica algunos extremos -a la vista de las objeciones hechas- de su proyecto del mes de marzo, si está dispuesto a admitir una merma en el territorio que entonces solicitó por la parte de occidente, insiste en que al oriente se incluya el área de Cumaná, donde estaban las misiones franciscanas y dominicas, porque, como acertadamente indica el Dr. Giménez Fernández, ello se debía a su íntima relación con ellos.

El relato de lo que estaba sucediendo en esas misiones resulta así como un lejano cuadro de fondo que también augura, con sus sucesos, lo que encontrará el Padre Las Casas de su ideal escenario.


NOTAS

  1. Están fechadas en Zaragoza, a 9 de diciembre de 1518. En Serrano y Sanz DXCL
  2. D. I. L., t. I, pp. 379-385.
  3. LAS CASAS Bartolomé de, Historia General de las Indias, Ed. Millares-Hanke, Capítulos XXXIII y CLVI de la tercera parte
  4. LÓPEZ DE GÓMARA, Hispania Victrix, primera parte de la Historia General de las Indias, p. 204. Biblioteca de Autores Españoles. Madrid
  5. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ Manuel, Bartolomé de Las Casas, delegado de Cisneros para la reformación de las Indias, Vol. 1, Sevilla, 1953, p.61. Se basa en C. R. (de Tordesillas de 9 de marzo de 1520. A. G. I. Indif. Gral., 4211, Lib. VIII, fol. 184.
  6. GÓMEZ CANEDO Lino, Primeros intentos de evangelización franciscana en Tierra Firme (1508.1553), Archivum Franciscanum Historicum, 1957, p.107
  7. Angel Ortega. La Rábida, Sevilla, 1925-26, 111, pp. 233-235.
  8. Cf., este dato en el extracto de provisión en D. I. I., t. I, p. 435.
  9. Las Casas, libro III, Cap. CLVI, p. 365 y ss. del t. III
  10. Reconstruimos la cronología de los sucesos de acuerdo con la fecha tope del 3 de septiembre que se da en la carta de los jueces de La Española de 14 de noviembre para la muerte de los dominicos, con los intervalos que señala Las Casas.
  11. A.G.I. Escribanía de Cámara, 687 A
  12. D. I. I., t. I, p. 426.
  13. Cfr. Fray Cayetano Carrocera, Las Misiones en Venezuela, Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Venezuela, t. XXXVI, n° 141 (1953), pág. 34; también en sus obras fundamentales, Primicias religiosas de Venezuela, Caracas, 1925, donde acertadamente evita el error de hacer figurar los establecimientos misionales, que reduce a dos, los de Chirivichi y Cumaná (pp. 8 y 9) ; Venezuela misionera, Caracas, 1941, y Memorias para la historia de Cumaná y Nueva Andalucía, Caracas, 1945 (pp. 37, 314 y ss.). Hemos de rectificar, no obstante, su afirmación -que leemos en el trabajo titulado "Cumaná y sus antiguas misiones", publicado en la revista Venezuela Misionera, n.° 221, junio de 1957, Caracas, p. 162- de que el primitivo convento fuera instalado por los años 1514-1518, pues ya hemos visto que la fundación de los franciscanos en Cumaná fue de finales de 1515.
    No creemos tampoco que los cinco franciscanos que lograron pasar a América de los reclutados con el favor del Rey -Real Cédula de Barcelona, de 5 de mayo de 1519; A. G. I. Contratación, 4675, man. fols. 102-103, que publicó el Padre Aspurz- por el P. Juan Vinceynt, enviado con este fin a España por fray Juan Garceto, pusieran el pie en Cumaná, como admite el Padre Lino Gómez Canedo, apoyado en Ortega, La Rábida, III, 236, por haber regresado en junio de 1520 a España la nao «San Antonio» en que viajaron esos religiosos. Los sucesos sangrientos que, como veremos, se habían iniciado en el mes de enero, sino otros motivos, obligarían a pensar en diferente destino.
  14. Las Casas, libro III, T.II, cap. CLVI
  15. Cfr., por ejemplo Guillermo Morón, Los orígenes históricos de Venezuela., p.147; y Pablo Vila: Introducción a un estudio de Margarita: Cubagua, Anal. Del Instituto Pedagógico (Caracas), n°. 4, 1949, p. 160. Por tratarse de obras de amplia concepción realmente valiosas, es normal que pequeños detalles como estos quedaran fuera por rebasar su propósito. La “puesta a punto” que han logrado estos investigadores es digna de ser vista con elogio.
  16. Cfr., este dato y los siguientes en el extracto de una provisión en D. I. I., t. I, p. 438.
  17. Herrera equivocadamente sitúa la retirada de Flores, que, como Oviedo, llama fuga, en 1522, es decir, ¡dos años más tarde! H. G., t. VI de la edición de la Academia de la Historia. Madrid, 1934, p. 100.
  18. Cfr. Carta al Emperador de 16 de nov. de 1520. D. I. I., t. I, p. 429.
  19. GIMÉNEZ FERNÁNDEZ Manuel, El Estatuto de la Tierra de Casas, pp. 13-14.
  20. HANKE, La lucha por la justicia, p. 163, afirma rotundamente que la idea fue del Padre Córdoba, pero cree que la carta en que presenta a Las Casas tal aspiración es de 1516 (pág. 164), lo que resulta imposible por estar entonces el padre Córdoba precisamente en España, quien no llegó de regreso a La Española hasta mayo de 1517 (Giménez Fernández: Las Casas, I, 333). Restablecida la realidad cronológica, encaja, como vimos, en el riguroso cuadro de Giménez Fernández al advertir el cambio que en la gestión de Las Casas se produce a consecuencia de la solución que el Padre Córdoba le ofrecía para presentarla ante el rey prácticamente como ultimátum. De aquí, también, el vigor y la tenacidad de Las Casas en la negociación.

BIBLIOGRAFÍA

FERNÁNDEZ DE OVIEDO Gonzalo, Historia general y natural de las Indias, Edición de la Academia de la Historia, Madrid

GIMÉNEZ FERNÁNDEZ Manuel, Bartolomé de Las Casas, delegado de Cisneros para la reformación de las Indias,(1516-1517) Vol. 1, Sevilla, 1953

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HANKE Y GIMÉNEZ FERNÁNDEZ: Bartolomé de Las Casas, Bibliografía Crítica, Santiago de Chile, 1954

LAS CASAS Bartolomé de, Historia General de las Indias, Ed. Millares-Hanke

LÓPEZ DE GÓMARA, Francisco, Historia General de las Indias, Biblioteca de Autores Españoles. Madrid

PÉREZ DE TUDELA Juan. Estudio preliminar a la edición de Historia de las Indias, BAE, Vol. 95, Madrid, 1957

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