CONQUISTA Y EVANGELIZACIÓN; La experiencia cristiana

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La experiencia cristiana; contenido esencial de la propuesta misionera fundante de América Latina

El arte refleja siempre la experiencia de la vida y la concepción del destino del hombre, de un grupo humano, de una sociedad concreta… las obras maestras… dan a conocer el núcleo central de esa experiencia humana que es la fe católica. Esa fe experiencia de Dios revelada en Jesucristo y presente en la Iglesia configuraba la cultura de los misioneros de América Latina y era el contenido esencial de la propuesta de vida que ellos llevaron a los pueblos indígenas”.[1]

Entre estas obras de arte hay que colocar la obra de los grandes misioneros fundadores de la Iglesia en América Latina, entre ellos se encuentran los primeros grandes protagonistas de la historia peruana: el obispo fray Vicente Valverde O.P, el arzobispo Jerónimo de Loayza, primer arzobispo de Lima, el p. José de Acosta S.J., Santo Toribio de Mogrovejo y tantos otros. Tal obra, como todas las iniciativas misioneras de la primitiva evangelización de la América hispana en sus diversas y variadas manifestaciones, desbordan interés por el hombre, tanto indio como español, y por su destino. Son iniciativas iluminadas por el hecho de la fe en Cristo, profesada por la Iglesia Católica. Estas iniciativas son expresiones de profunda humanidad y por ello son un evangelio que anuncia con precisión la presencia misteriosa de Cristo Redentor entre los hombres, fundamento de la comunión y del amor entre los mismos hombres. “Este era el núcleo del anuncio de los misioneros. Un anuncio que tiene, por si mismo, fuerza suficiente para «cambiar» las mentes y los corazones y para transformar la sociedad en una familia de hermanos, en la que se refleje la vida de un Dios que se ha revelado en Jesucristo y el don del Espíritu como comunidad de vida y de amor. Lo que estas obras de arte expresaban era primero experiencia, realidad vivida por muchos misioneros y misioneras de todo estado y condición social”.[2]

La misión de la Iglesia contiene una buena dosis de aspectos humanos, contingentes y discutibles. En este sentido, como toda historia humana, el desarrollo de esta experiencia en lo que hoy llamamos América Latina, y en concreto en Perú, no estuvo exenta de sombras entrelazadas con fuertes rayos de luz. Por diversos motivos se dieron a veces reducciones y se pusieron cortapisas a la experiencia cristiana que quizás coartaron posibilidades misioneras mayores. Sin embargo, las expresiones que conocemos son tan plenas que demuestran por sí solas la fecundidad de la fe católica, también en el campo antropológico y social. Frente a los que hipotizan que la fe católica censuró el genio de unos pueblos con culturas del talante de los pueblos amerindios, entre ellos los andinos, recordamos ante todo que hipótesis y futuribles no son objeto de la historia, sino de la imaginación. Un historiador aprende observando la realidad, no aplicando sus ideas a la realidad. ¿Pudieron los misioneros católicos de la primera hora obrar de manera diferente. Aquellos misioneros son también hijos de su tiempo, con todos sus límites. Si han sido grandes, su grandeza brilla con precisión dentro de los límites circunstanciales y a pesar de las aparentes derrotas.

Estos hombres fueron, gracias a la mediación del Evangelio y a la celebración de su fe vivida en la Iglesia, anunciadores del destino de todo hombre y de toda mujer que se realiza plenamente en Cristo; y lo fueron de los indios despreciados por muchos, considerados escandalosamente infra-hombres por algunos, degradados y sin derechos por otros. Sus escritos y sobre todo las iniciativas misioneras que pusieron en marcha, así como sus experiencias eclesiales, desbordan amor al hombre y a la mujer indios. Sus mismas vidas son "obras de arte" humanas y cristianas que muestran la intensidad del drama del hombre de su tiempo, y a la vez la verdad y belleza del Evangelio.

Estos misioneros, que provenían de la vieja España de fe rancia y combativa, educados en la fe católica de acuerdo con la sensibilidad propia de la época, supieron apreciar esta fe y vivirla con toda su humanidad. Viene aquí muy al caso cuanto afirma Pablo VI : "El evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del Reino no puede por menos tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna".[3]

Aportaron también sus propias riquezas humanas, sus temperamentos y sus gracias, las tensiones, combates, polémicas y dramas humanos de su época. A ellos se puede aplicar el axioma teológico de que «la naturaleza no destruye la gracia, sino que la gracia potencia la naturaleza». En este sentido, la expresión de su fe y de su personalidad humana se han enriquecido mutuamente en un "admirabile commercium" (intercambio mestizaje) en el encuentro con la realidad peruana. Con este encuentro han podido enriquecerse y enriquecer esta historia. La fe fecunda sus vidas con la novedad de Jesucristo, en el respeto de la dignidad y de la libertad de la persona. La obra y la actividad de estos protagonistas misioneros, tan distintos los unos de los otros, incluso a veces en aparente oposición de escuelas, es una manifestación de esta experiencia y un testimonio fehaciente de esta actitud suya, a la vez fiel a su identidad como cristianos y como hombres eclesiásticos de su tiempo.

A pesar de las dolorosas vivencias personales de cada uno de ellos, supieron integrar en sus vocaciones respectivas, vividas en circunstancias concretas: como obispos dominicos unos, como jesuita otro, como obispo proveniente del mundo secular Santo Toribio de Mogrovejo, las dimensiones inseparables de la naturaleza, el saber y la gracia. La historia hispanoamericana virreinal está fuertemente determinada por la presencia constante de la Iglesia católica. Esto es evidente en todos los campos: lucha en favor de la justicia y del derecho, de las artes y del saber humano.[4]En esto el Nuevo Mundo no se aleja de las pautas que nos da el Viejo. Estos autores misioneros y religiosos se distinguen en todos los campos, estilos y en todos sus géneros. Mantienen sus intervenciones y su producción desde las primeras manifestaciones de la literatura jurídica, teológica, catequética, antropológica, lingüística etc., conocida del Nuevo Mundo hasta los momentos claves de las independencias americanas. Entre todos ellos destacan sobre todo los religiosos y los eclesiásticos en general.[5]Sin embargo, no todo fue idilio. En la historia de la evangelización latinoamericana se dan fuertes contrastes.

Una grave acusación de fondo

Ya una corriente historiográfica, nacida en el campo protestante, sobre todo a partir del siglo XVII (basta pensar en los herederos del protestante flamenco Theodoro de Bry), adoptada y difundida luego por la cultura liberal ilustrada anti católica, ha acusado a la historia latino americana de tres pecados originales: el catolicismo, la colonización ibérica empapada del mismo y el mestizaje cultural y humano, que ésta ha producido. A esta historia señalada por tantos desastres y tantas ruinas se contrapondría la presencia anglosajona y protestante, civil desde el punto de vista de los derechos humanos, pura en la experiencia cristiana, y respetuosa hacia la identidad cultural de los pueblos.

En esta línea no extrañan las recurrentes acusaciones contra el catolicismo de haber censurado siempre la creatividad, la cultura y la libertad de los indios. Por ello es necesario examinar los datos que nos ofrece la historia, partiendo de un análisis de la realidad para llegar a un juicio que tenga en cuenta todos los datos y factores en juego, sin discriminar ninguno por incomodo que este sea. Examinando las acusaciones lanzadas contra la evangelización nos hallamos en primer lugar con una de las más graves: el matrimonio entre la cruz y la espada.

La conquista de América por parte ibérica habría dado como resultado el fracaso de la Cruz y la agresión armada de la evangelización. Se habría comenzado así la catástrofe demográfica y la destrucción de culturas milenarias, de imperios esplendorosos como el incaico. La esclavitud de las poblaciones nativas producida por la conquista y ayudada por la evangelización y la colonización serían sus consecuencias. Tres son los grandes reatos de acusación:

1) Con el descubrimiento de América comienza la conquista, el despojo y la represión de la identidad milenaria del continente americano, y por tanto de los pueblos y culturas andinas. 2) La evangelización de los indios fue instrumentalizada por parte de la Corona española con la colaboración de la Iglesia al servicio de la razón de Estado, y para la justificación del despojo de las tierras. 3) El genocidio de los indios y la despoblación sistemática fue el resultado final del colonialismo europeo y de la evangelización armada de la Nueva Iglesia de las Indias, comprometida con el poder imperialista español.

En apoyo de esta triple tesis se señalan hechos históricos y se recurre a una interpretación parcial e ideologizada siguiendo la pauta de cuanto ha ya dicho a finales del siglo XVI, Thedoro de Bry con las afirmaciones de Fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima historia de la destrucción de las Indias. El descubrimiento y la conquista habrían significado el despojo de las tierras de más de setenta millones de indígenas, y la desaparición de culturas antiquísimas. Todo para imponer por la fuerza una cultura occidental y una fe cristiana mal asimilada. Los habitantes de un continente que a la llegada de los españoles contaba con 40.000 años de historia y con una población entre 70 y 90 millones de habitantes en 1500, fue reducida a una tercera parte en los dos siglos siguientes.[6]Sus riquezas, en oro y plata, transportadas a Europa en proporciones superiores a tres veces las reservas europeas.[7]

Sin embargo, es necesario examinar los datos que nos presenta la historia partiendo no de una posición utópica o ideológica, sino desde una posición realista, para llegar a un juicio que tenga en cuenta todos los factores en juego. El estudio del caso de Perú a través de algunos de sus protagonistas y en concreto de la obra del padre Acosta nos ayudan a ello.

La primera crítica de la Conquista

No fueron los indios los que descubrieron Europa, sino los europeos los que descubrieron el Nuevo Mundo. El sólo hecho del descubrimiento (inventio) parecía que les daba un título auténtico de posesión. Solo que aquellas inmensas regiones del Nuevo Mundo tenían ya un poseedor: los pueblos aborígenes amerindios. Los conquistadores a veces ofrecieron alianzas, pero generalmente invadieron las tierras de los amerindios. ¿Fue un empresa pacífica o estuvo más bien acompañada por la violencia? ¿Cómo reaccionó la conciencia católica en España cuando los acontecimientos fueron conocidos y aclarados? ¿Cómo reaccionaron ante todo los misioneros de la Iglesia que frecuentemente acompañaban a los conquistadores en aquellas tierras? Ante todo vamos a aclarar los hechos históricos a través de los testimonios de los protagonistas. Señalaremos al mismo tiempo algunos puntos del problema jurídico y del problema misional, debido a la relación íntima que se da entre ambos, para poder así encuadrar cuanto diremos a continuación sobre el caso de Perú y la posición del padre José de Acosta.

Señalaremos algunos testimonios concretos, importantes por su valor histórico crítico, referentes al nacimiento de una conciencia crítica, tanto en la Iglesia española y americana como en la Corona española; para ver la génesis de la legislación de Indias, el reconocimiento de los derechos humanos de los indios y el papel del Acontecimiento cristiano en tal génesis, y por tanto el de la evangelización; así como la doctrina y la praxis sugerida por los grandes evangelizadores del Perú aquí nombrados : Valverde, Loayza, Toribio de Mogrovejo y sobre todo José de Acosta, objeto privilegiado del mismo.

El juicio del dominico fray Bartolomé de Las Casas sobre la conquista

Según Fray Bartolomé de las Casas, desde 1492 a 1542, fecha en la que el fraile y obispo dominico acaba su célebre Brevisima relación de la destrucción de las Indias, la conquista de las Nuevas Tierras descubiertas habría traído consigo un crescendo de violencia y de daños contra los indígenas. Las Casas sigue el itinerario de las conquistas y describe el escenario donde se verifican los hechos ; desde la isla Española a partir de 1504, Tierra Firme desde 1514, Nueva España desde 1523 hasta 1542, Naco y Honduras desde 1524 a 1535, Guatemala desde 1524 a 1540, Pánuco a partir de 1525, Jalisco y Yucatán desde 1526 a 1533, Santa Marta desde 1498 a 1542, Cartagena desde 1510 a 1542, Costa de las Perlas, de Paria e isla de Trinidad, Venezuela (sobre la que cayeron los mercaderes alemanes de modo más cruel que en ningún otro lugar, desde 1526 a 1542), Florida desde 1510-1511 a 1542, Río de la Plata desde 1522-1523, Perú desde 1532 al 1542, y Nuevo Reino de Granada en 1539.

En su obra Las Casas describe siempre las poblaciones de estas Tierras como “la gente más benévola que entre los indios se ha visto, y allegada y amiga de cristianos” (169),[8]y que gozaba de abundancia de oro, plata y piedras preciosas” (170), “infinitas gentes mansuetísimas y buenas… riquisismas también de oro y piedras preciosas…” (171), “gentes muy bien dispuestas, cuerdas, políticas y bien educadas” (167), gente “señalada en prudencia y policía, como carecer de vicios y pecados” (155), que habitaban en “admirables provincias” (165), tierras muy fértiles (154), sanas, amenas, prósperas, de las más pobladas del mundo; las asolaron los españoles… (143). En una palabra, Las Casas describe el Nuevo Mundo y sus gentes como el paraíso terrestre reencontrado, donde vivía gente naturalmente buena: inocentísima, fidelísima a la Corona, sin maldad, sin doblez, sin odios ni rencores, sin soberbia y ambición. La gente más humilde y pacífica jamás vista, pobrísima, pero al mismo tiempo generosísima, abierta a la doctrina cristiana. Gente, podríamos casi decir en una palabra, sin pecado original. Tal es el cuadro idílico y “rousseauniano” “ante literam” que nos ofrece.

En estas tierras y sobre estas ovejas mansísimas de corazón cayeron los españoles “como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos” (136) que “comenzaron y acabaron de las maneras susodichas e mucho más y más cruelmente” (142).[9]Las Casas describe genéricamente las violencias, las crueldades de los españoles, lo que él define una “tiranía infernal” (137) que llegó a “estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones” (137). Los métodos que los conquistadores habrían usado para lograr su fin habrían sido “injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras” (137) y la opresión de los supervivientes “con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas” (137). El motivo de tanta crueldad habría sido la brama de oro y de riquezas.

La consecuencia de esta política criminal fue para Las Casas la despoblación del Nuevo Mundo. Las Casas responsabiliza de tal genocidio a todos los conquistadores y administradores de la Corona sin distinción, y subraya la contradicción del hecho que se llamasen cristianos (curiosamente Las Casas excluye a los frailes misioneros, entre ellos sus hermanos dominicos, haciendo una excepción en la exposición de responsabilidades).

¿Sobre qué testimonios se basa Las Casas en estas duras acusaciones? Ante todo sobre su propia experiencia personal en las Indias. En cinco casos presenta también el testimonio de otros misioneros, mientras que en los demás casos cita sus fuentes de información de manera genérica e imprecisa. Las conclusiones son muy duras: los conquistadores son reos de traición, terror, esclavitud, robo, mentira y matanzas. Además utilizan el llamado “ requerimiento”,[10]ya de por sí absurdo, irracional e injustificado (144) para poder llevar adelante su finalidad. Si no se someten son asesinados, si se someten son reducidos a esclavitud (150, 151). Por lo que estos malos cristianos comprometen a Dios y al Rey con sus obras (150, 159). Por avidez del oro venden a Jesucristo (158). Las Casas justifica por lo tanto las guerras de los indios contra los conquistadores como autodefensa, mientras condena en absoluto la conquista como una guerra de agresión injustificada.

Todas las guerras de los cristianos fueron “diabólicas e injustísimas e mucha más que de ningún tirano se puede decir del mundo” (141). De hecho los indios “nunca hicieron mal alguno a los cristianos, antes los tuvieron por venidos del cielo” (137) y si alguna vez han matado alguno siempre ha sido “con justa razón y santa justicia” (138). En definitiva para Las Casas la conquista ha sido equivalente en su totalidad a un genocidio étnico y cultural del que eran responsables en su totalidad todos los españoles. Su visión maniquea del descubrimiento y de la conquista (todos los españoles y toda la conquista ha sido diabólica, todos los indios eran buenos e inocentes) ha sido aceptada por muchos acríticamente como fuente y marco de referencia para juzgar la conquista y suministrando mucho material a la “leyenda negra”.

Los testimonios de los conquistados

El dramático caso de la conquista de Perú

La conquista del antiguo Imperio de los Incas fue sin duda el caso más dramático y polémico de todos. De hecho pondrá en crisis la misma presencia española en el Nuevo Mundo. También aquí los testimonios son abundantes, sea por parte indígena como por parte española. Recordemos los más importantes: el testimonio del inca Titu Cusi Yupanqui,[11]del indio don Juan de Santacruz Pachacuti,[12]del indio don Felipe de Guaman Poma de Ayala,[13]del poeta inca Garcilaso de la Vega,[14]y del “jesuita anónimo” Blas Valera.[15]Poma de Ayala en su obra se había propuesto informar al Rey de España sobre la real situación de las Indias en Perú “porque unos le enforman mentira y otros uerdades. Y otros con color de que vuestra Magestad le haga merced de obispado o deán, canónigo, pricidente, oydor y otros cargos y oficios” (962). El critica los canales de información que tiene el Rey, y cree que los males de las Indias no radican en la Corona ni en sus leyes, sino en algunos colonos españoles. La finalidad de su obra es por lo tanto establecer una armonía entre España y las Indias. La expresión de tal sentimiento se encuentra en el folio nº 1.065, donde el Inca y los cuatro Reyes de los cuatro Suyu sostienen las columnas de Hércules, símbolo del Imperio Español. La tesis del autor inca es que los males cometidos por algunos conquistadores es solo fruto de su desobediencia al Rey y a la Iglesia.[16]

También aquí las acusaciones son muy duras: la conquista, tal y como se ha llevado a cabo, causa la despoblación (“en este rreyno se acauan los yndios y se an de acauar”) (964) debido a: los españoles que se llevan a las mujeres, a la presión de los excesivos tributos, al duro trabajo en las minas, y a las guerras de conquista; pero se debe también a los indios (la crueldad y los castigos durísimos, las guerras intestinas y civiles continuas y un largo etcétera). Señala la conducta brutal de algunos españoles, entre ellos los mismos conquistadores Francisco Pizarro y Almagro. Las causas de tales violencias se encuentran en la avidez del oro y de la plata, en los deseos de poder y en la lujuria. Todos decían: “yindias, oro, plata del Pirú” (372). Tal avidez había sembrado también la discordia entre los mismos conquistadores. Critica también a muchos clérigos y frailes. Solo se libran de sus críticas los jesuitas y los franciscanos.

Considera el hecho de la evangelización positivo, aunque señala como la fe cristiana ha sido traicionada por algunos conquistadores con su comportamiento. Poma di Ayala no encuentra justificación para las guerras de conquista, ni desde el punto de vista religioso ni desde el político. Los Incas adoraban ya al verdadero Dios y los antiguos pueblos andinos podían ser considerados, ya antes de la llegada de los españoles, “cristianos”.[17]La idolatría había llegado más tarde, en tiempos de Manco Capac Inca y su dinastía. Los pueblos andinos habían incluso aceptado pacíficamente la soberanía del Rey de España Carlos I (377). Por todo ello niega todo derecho de jurisdicción sobre los indios a los encomenderos. También el inca Poma de Ayala recuerda el bien que muchos conquistadores españoles han hecho, especialmente el virrey, y presenta una lista con sus nombres.[18]Pero tampoco es oro lo que brilla entre los indios. Poma de Ayala ve un cúmulo de barbarie y de crueldad en ellos y presenta numerosos ejemplos que muestran la tiranía de los Incas. En este sentido hay que recordar los testimonios del Inca Garcilaso de la Vega hablando de Atahualpa del que escribe:

Mayor y más sedienta de su propria sangre que la de los otomanos fue la crueldad de Atahualpa, que no hartándose con la de doscientos hermanos suyos, hijos del gran Huayna Capac, pasó adelante a beber la de sus sobrinos, tíos y parientes dentro y fuera del cuarto grado, que como fuese de la sangre real no escapó ninguno legítimo ni bastardo. Todos los mandó matar con diversas muertes; a unos degollaron, a otros ahorcaron, a otros echaron en ríos y lagos con grandes pesas al cuello porque se ahogasen, sin que el nadar les valiese; otros fueron despeñados de latos riscos y peñascos, todo lo cual se hizo con la mayor brevedad que los ministros pudieron, porque el tirano no se aseguraba hasta verlos todos muertos o saber que lo estaban…”.[19]

Da una lista de refinadas crueldades a las que Atahualpa sometía a sus enemigos, especialmente parientes, que son comparables a las de los modernos campos de exterminio. Por lo que el Inca Garcilaso concluye que la crueldad del imperio Incaico sobre sus súbditos no se puede comparar con los excesos de los conquistadores. Para él, los excesos fueron debidos a la dureza y a lo enconado de la lucha por ambas partes.

También el indio cusqueño Don Juan de Santacruz Pachacuti denuncia las matanzas y el genocidio del Inca Atahualpa en el momento de la llegada de los españoles. Juzga la despoblación como resultado de las terribles guerras civiles entre Guascar y Atahualpa, y del “castigo (infligido a) de los rebeldes trocándoles de un natural para otras tierras” (206, 301), al hambre terrible y a la peste (sarampión) que siguieron aquellas guerras.[20]

Estos vencidos, descendientes de los Incas y súbditos de su Majestad Católica, aceptan el hecho de la conquista y tratan de valorar los acontecimientos dentro de una síntesis histórica, donde españoles e indios deben caminar juntos. Sin embargo hay que tener presente los intereses particulares de los diversos personajes. Garcilaso se encuentra totalmente incorporado a la cultura hispánica, mientras Poma de Ayala trata de defender sus pretendidos derechos patrimoniales ante el Rey de España. Por lo que por una parte exagera algunos aspectos de la conquista en los conquistadores, sin esconder los aspectos negativos de los indios, y por otra intenta mostrarse como un súbdito leal al Rey de España.

El “jesuita anónimo”, Blas Valera, nos da un juicio sobre la historia de la evangelización en relación a algunas conversiones forzadas que se dieron en los comienzos de la evangelización del Perú: “La primera manera de cristianizar a los indios fue por la fuerza y la violencia sin que precediese catequesización ni enseñanza ninguna como sucedió en Puná, Túmbez, Cassamarca, Pachacama, Lima y otros muchos, cuando los predicadores eran soldados y los baptizadores idiotas y los bautizados traidos en collera y cadena o atados o hechos una sarta de ellos o a manadas, con apercebimiento de que si no levantaban la cabeza habían de probar, a lo que sabían, las espadas y arcabuces … Los españoles soldados, como lo demostraron por la obra, no pretendieron tanto que los indios fueran cristianos o se salvasen cuanto sus proprios intereses y comodidades fingiendo que lo hacían por el descargo de sus concicencias para no parecer que sin hacer beneficio alguno al indio se servían de él y le hacían pechar y servir como esclavo a él y a sus hijos”.[21]Esta situación cambió enseguida. El jesuita lamenta el pasado y espera en un futuro mejor. También el ve el origen de aquellos males en la avidez de oro y plata, en la corrupción de los soldados, en la tolerancia de magistrados y en la dureza de la conquista.

Los males de la conquista

Podemos señalar algunos males de la conquista a partir de la mentalidad agresiva, muy común, de la Europa de entonces. Pero la indicación de los males de la conquista no puede olvidar los principios que la han equilibrado y presidido, como son la obligación de anunciar la fe, el tratar con humanidad a los conquistados que se convertían en súbditos libres de la Corona, y la obtención de ventajas máximas para la misma Corona. El sentido de pertenencia cristiana, vivo en la mayor parte de los conquistadores, y el sentido del pecado brotaba de su conciencia cristiana. Por ello vemos como muchos reconocen sus propias culpas y errores, y se proponen efectivamente su reparación restituyendo los bienes usurpados, fundando hospitales y obras de caridad en favor de los indios y dejando incluso sus propios bienes a los mismos, como hizo Cortés en México y numerosos conquistadores también en Perú.

Pero fue sobre todo la conciencia católica la que se convirtió en juez inapelable de la misma conquista, como lo demuestra el hecho que los testimonios sobre los entuertos e injusticias hayan llegado a nosotros precisamente a través de los soldados, conquistadores y encomenderos, administradores de la Corona y misioneros indistintamente por una parte, y por otra a través de algunos “conquistados” eminentes. Cada cual tiene una propia experiencia de la conquista, y la versión que cada cual da depende de la intensidad afectiva y de los intereses que trata de defender (como los presuntos derechos sobre las tierras por parte de los conquistadores, o de su restitución por parte de los nobles indios “conquistados”). Encontramos también una fuerte autocrítica en todos. Estos testimonios escritos son representativos de todo el arco epocal y geográfico de la América española. Todos coinciden en señalar ciertos males, pero cada cual da una versión, con frecuencia distinta, en relación a los orígenes de los mismos. Con estos testimonios se puede reconstruir un mapa de la conquista con sus grandes sombras y violencias por una parte, y con sus grandes luces por la otra. Se pueden así reconstruir los maltratos y las causas de la despoblación de las Indias con datos precisos.[22]

Entre los males de la conquista hay que recordar:

1) El maltrato a los indios. Algunos “descubridores” de la primera hora intentaron justificar su conducta en la convicción de que los habitantes de aquellas Nuevas tierras no eran hombres sino “homines ferini”, “hombres bestiales”, como escribía John Mair. Como nos testimonia el obispo Fray Antonio de Remesal O.P., uno de los grandes testigos de aquellas horas dramáticas: esta opinión diabólica tuvo sus comienzos en la Isla Española, y fue en gran parte difundida con el objeto de acabar con los antiguos habitantes de la misma. Como toda la gente que se embarcaba para el Nuevo Mundo pasaba por aquella Isla, entraba en este sentido, recuerda el obispo dominico, como si entrara en una “escuela de Satanás” para aprender este parecer y sentencia del Infierno. Esta opinión será condenada por los Papas, especialmente a partir de Pablo III solicitado por los misioneros españoles (sobre todo dominicos) hijos de la Escuela Jurídica de Salamanca como fray Julián Garcés, que tenían en Francisco de Vitoria su gran maestro.

Aquella “opinión diabólica”, como la llama Remesal, generó una cadena de violencias de las que se horrorizaban ya los cronistas oficiales como Gonzalo Fernández de Oviedo. El visitador y teólogo de Salamanca Pedro de la Gasca, escribía que si las obras de los cristianos eran tales, su fe no podía ser mejor.[23]Por lo que se entiende, la dura reacción de algunos indios frente al ofrecimiento de la fe cristiana, como en el caso conocido del cacique Hartuey de Puerto Rico que prefería ir al infierno antes que al cielo de los españoles. Después del asesinato del Inca Atahualpa en Perú, la evangelización se tornó muy ardua. Todavía en 1569 escribía un jesuita a San Francisco de Borja: “Nos consideran un género de abominación”.[24]Otro testimonio de un misionero de México decía: “no quiero ser cristiano ni indio, porque lo de los indios es burla y lo de los cristianos bellaquería”.[25]

2) El problema de la esclavitud. El maltrato estaba unido al problema de la esclavitud, consentida en los comienzos, y al trabajo en las minas, construcciones, pesca y otras servidumbres impuestas a los indios.[26]Sin embargo no se debe perder de vista que no fueron los europeos los que introdujeron la esclavitud en el Nuevo Mundo. Tal institución existía ya antes de su llegada y de forma brutal. Sistemas análogos se habían dado en el Continente europeo, y la servidumbre existía todavía en Europa, desde “Granada hasta los Urales como sistema feudal de prestaciones personales y de servidumbre con numerosos matices y graduaciones”.[27]

3) El despoblamiento. La despoblación fue otro hecho social (biológico y antropológico), fruto de la conquista física. En los comienzos la represión política fue dura. A ella hay que añadir la social, cultural y económica. Pero en la despoblación intervienen también las numerosas guerras civiles, el hambre, y las numerosas enfermedades y pestilencias que las han seguido. Muchos testimonios (tanto de los conquistadores como de los conquistados) insisten también sobre los desastres causados por las luchas intestinas entre los indios, un poco por todas partes. La historia sobre el despoblamiento que refleja la posición de Las Casas ha sido desmentida por numerosas investigaciones actuales.

Así el historiador Angel Rosenblat llega a la conclusión de que la población en la parte que hoy llamamos América Latina, contaba en 1492 con 11.285.000 indígenas. Los núcleos más consistentes se encontraban en México: 4.500.000 y en Perú: 2.000.000. En 1570 la misma población habría bajado a 9.275.100 (México 3.555.000, y Perú 1.585.000). En 1570 la población blanca constituía el 1,16 por ciento, la negra y mestiza el 2, 26 por ciento, y la población amerindia el 96,58 por ciento. Este 96,58 por ciento representaba un total de 8.957.891, pero en 1570 los indios que se encontraban en contacto con los españoles eran sólo el 18 por ciento de la población indígena total, es decir, 1.873.370. Por lo tanto, y es su conclusión, la disminución de la población no se debió a la conquista o a los conquistadores (guerras, atrocidades) sino a otros factores, como las epidemias, las pérdidas de las estructuras políticas y administrativas desaparecidas antes de la llegada de los españoles, y además a la decadencia moral. La población blanca, según el Catálogo de Pasajeros de Indias desde 1509 a 1559 era de 15.480 personas (faltan algunos años en el Catálogo). La media anual era de 440 pasajeros, más los clandestinos. La mayor parte eran solteros, entre los 20 y los 30 años.[28]

La importancia religiosa, social y económica del mestizaje es impresionante. El mestizaje era fruto del hecho de la ausencia de prejuicios raciales. Aparecen grupos biológicamente preparados para el trabajo fecundo, un nuevo tipo de hombre (“casta”) que sabe unir dos mundos contradictorios. Mientras los criollos se entusiasman con la política, los mestizos se dedican en concreto al área de la productividad económica. El status económico del trabajador indígena era superior al del trabajador europeo de la misma época.

Los colonos españoles tuvieron necesidad de mano de obra. La esclavitud de los indios fue abolida ya desde casi los comienzos. Se suprimieron los servicios personales de las encomiendas: se impuso el trabajo libre con una paga moderada. Pero las necesidades económicas de los españoles eran superiores a las de los indígenas, y en este contexto nació la importación de los esclavos negros de Africa. Una de las lacras más nefastas y tristes de la historia occidental. En 1570 estos esclavos negros eran unos 250.000; a ellos se debió el florecimiento de la agricultura colonial del siglo XVII. Casi inmediatamente esta trata de africanos entró en conflicto (teórico) con la legislación española. Esta trata fue al principio aprovechada y explotada por los portugueses y luego a partir del siglo XVII lo fue prevalentemente por los mercaderes y compañías de calvinistas holandeses, franceses e ingleses, para convertirse finalmente en un rico monopolio de las compañías inglesas (por el tratado de Utrech de 1713).

La explotación de los metales de México y de Perú conoció un esplendor notable entre 1521 y 1537 (antes en las Antillas se utilizaba la técnica del lavado), más tarde disminuye. En 1545 se descubre la mina de la colina de Potosí (Perú), que da grandes cantidades de plata a Europa. Desde 1564 se comienza a llevar mercurio de las minas españolas de Almadén a América; con su uso se obtienen mejores metales. La agricultura conoció la frustración ya en tiempos de Colón. Cultivos de productos desconocidos en América como son los cereales: cebada y trigo, y la caña de azúcar, son introducidos desde los primeros tiempos; además se introducen técnicas nuevas para el trabajo agrícola, como el arado. Los españoles introdujeron muchas especies vacunas, ovejas, cabras, aves domésticas y el caballo (entre los incas se conocía la llama, la alpaca y la vicuña). La cabra constituyó una gran ayuda. Las exportaciones de oro entre 1503 y 1560 fueron iguales a las de plata, pero a partir de 1560 predomina la exportación argentífera.[29]

4) Las epidemias. La población indígena de las Américas no fue exterminada por la espada de los conquistadores, sino sobre todo por las distintas epidemias. Entre estas hay que señalar las gripas, la viruela y la fiebre amarilla. “Lo que en realidad disminuyó la población de las Indias fue una invasión epidémica”.[30]¿Por qué este grave problema sanitario? Se trató de un problema de inmunidades, pues el aislamiento de las poblaciones prehispánicas impidió el desarrollo de anticuerpos.[31]Pero aquella situación sanitaria tuvo también consecuencias nefastas no sólo en el Nuevo Mundo, sino también en España y en el resto de Europa. En España la repercusión sanitaria del descubrimiento de América se vio sobre todo en el descenso casi galopante de la población. De ocho millones de españoles a comienzos del siglo XVII quedaban sólo siete a finales del mismo siglo. La epidemia de 1676 acabó en 1681 y “llegó a producir a lo largo de su nefasto periodo la quiebra del orden social hispano”. Cooperó así al “quebranto de la salud de nuestra ya empobrecida población que recibía en sus puertos a gente contagiada por las epidemias virulentas que se desencadenaban en el Nuevo Mundo”.[32]

En conclusión: las responsabilidades del despoblamiento hay que dividirlas entre españoles e indios, según los espacios y los tiempos del proceso de la conquista. Se pueden señalar tres fases complementarias de la conquista americana: del 1493 hasta 1540 asistimos a una fase confusa y a veces también violenta. También en esta época las protestas de la conciencia católica frente a los hechos han sido frecuentes y progresivamente más claras. A partir de 1540 la conquista de América suscita cada día más polémicas y debates desde el punto de vista teológico, moral y jurídico en la sociedad española. Las autoridades locales, tanto eclesiásticas como civiles, definen con mayor precisión la responsabilidad de la Corona y se hace el primer balance de la conquista. Es el periodo en el que se intenta una reconversión colonial (1542 1573). Sigue la fase de la definitiva estabilidad pacífica colonial alcanzada (1573 1609). Desde 1609 hasta las independencias se desarrolla la etapa virreinal o colonial, criolla y mestiza.

Indicando las responsabilidades de los aspectos más negativos de la conquista, todos los testimonios señalan ante todo, a los conquistadores y encomenderos, frecuentemente con nombres y apellidos. Todos los testimonios, sin excepción, excusan a la Corona desde el punto de vista político y jurídico. Progresivamente también la Corona, empujada continuamente por la Iglesia Misionera y por la reflexión teológica de sus mejores teólogos, hijos de la Escuela de Salamanca, va tomando una conciencia más clara de sus responsabilidades. Se puede concluir que se han dado violencias gravísimas y duras en la conquista, pero también una voluntad reiterada en señalar los responsables y de castigarlos, y esto desde los primeros momentos.

Notas

  1. SUQUÍA GOICOECHEA, Cardenal Angel, La Iglesia en America: evangelización y cultura, Sevilla, Pabellón de la Santa Sede, catálogo de la exposición, 1992, 2.
  2. SUQUÍA GOICOECHEA, Cardenal Angel, Ibidem.
  3. PABLO VI, Evangelii nuntiandi, 20, en AAS 58 (1976) 5-76.
  4. Cf. MARTÍNEZ GÓMEZ, Juana,"Literatos eclesiásticos Hispanoamericanos", en Historia de la Iglesia en Hispanoamerica y en Filipinas, obra dirigida por BORGES, Pedro, I, Madrid, BAC, 1992, 747 795.
  5. Cf. BORGES, PEDRO, ibidem, p. 747.
  6. Estas cifras maximalistas no son aceptadas hoy por los historiadores del problema de la población indígena del Nuevo Mundo; cf. ROSENBLAT, Angel, La población indígena y el mestizaje en América, Buenos Aires 1954, 2 vol.
  7. Cf. reseña de las diversas posiciones críticas en PEREÑA, L., Descubrimiento y Conquista ¿genocidio?, Salamanca, 1990, Universidad Pontificia de Salamanca, Catedra V Centenario, 13 31.
  8. LAS CASAS, Bartolomé de, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Madrid BAE 110, 1958; las cifras citadas a continuación entre paréntesis se refieren a las páginas de este volumen.
  9. Las Casas está hablando de la isla Española y de Cuba.
  10. El “Requerimiento” fue uno de los aspectos más negativos de la conexión entre la Cruz y la Espada en los comienzos de la conquista; POMA DE AYALA, Felipe Guaman, El primer nueva crónica y buen gobierno compuesto por don Felipe Guaman Poma de Ayala señor i principe, Paris, Ed. P. Rivet, 1936; cf. también Ed. Arthur Posnavsky, La Paz 1974: pone de relieve su absurdidad; fue prohibida y completamente rechazada por la mayoría de los teólogos. Poma de Ayala (1534 1617) era un noble inca que conocía muy bien a los autores españoles de la Escuela de Salamanca. Así describe el ”requerimiento” hecho a Atahualpa: “Como Fray Vicente dio voces y dijo : ¡ Aquí, caballeros, que estos indios gentiles son contra nuestra fe ! Don Francisco Pizarro y Don Diego de Almagro de la suya dieron voces y dijo: ¡Salgan, caballeros, contra estos infieles que son contra nuestra cristiandad y de nuestro emperador y rey demos en ellos! Y así luego comenzaron los caballeros y dispararon sus arcabuces y dieron la escaramuza y los dichos soldados a matar indios como hormigas. Y de espanto de arcabuces y ruido de cascabeles y de armas y de ver primer hombre jamás visto, de estar lleno de indios la plaza de Cajamarca, se derribó las paredes del cerco de la plaza de Cajamarca y se mataron entre ellos. De apretarse y pisarle y tropezarle los caballos, murieron mucha gente de indios que no se puede contar” (p. 385 de la ed. citada).
  11. Titu Cusi Yupanqui es el primer testigo de los incas vencidos el más eminente de los testigos con su “La relación cronical de la conquista del Perú”, un documento oficial presentado al Rey de España Felipe II a través de su gobernador el Lic. Juan Lope García de Castro. El autor es el penúltimo Rey Inca, hijo del Inca Manco II y fue aconsejado por el doctrinero general y su confesor y padre espiritual, el agustino fray Marcos García ; era su secretario Don Martín de Pando, escribano del gobernador Lic. García de Castro. Su testimonio fue dado ante tres generales incas : Suya Yupanqui, Rimache Yupanqui y Sullca Varac. Titu Cusi había firmado la paz de Acobamba el 24 de agosto de 1566, ratificada en Lima por García de Castro el 14 de octubre de 1566, vuelto y reconfirmado de nuevo por el Inca, ratificado nuevamente por el Inca una segunda vez, entra en vigor el 9 de julio de 1567 con una solemne ceremonia celebrada a Vilcabamba. Felipe II ratificará el acuerdo tras un largo proceso de identificación y pruebas del Consiglio de Indias el 2 de enero de 1569. Con este tratado parecía que había llegado la hora de la reconciliación general entre indios y españoles en una nueva era de amistad y de paz perpetua, como Titu Cusi amaba llamar al tratado. El discurso de Vila Oma, capitán general del Inca Manco II en nombre de los capitanes Incas sobre el maltratamiento de los españoles y sobre la conquista constituye la base crítica más importante para la Escuela de Salamanca. Cf. discurso de Vila Oma en : Colección de Libros y Documentos Referentes a la Historia del Perú, II, 1916, 12 14; cf. también GUILLEN, E., Visión inca de la conquista, Lima, 1974.
  12. Este indio cuzqueño pertenecía a los collahuas, enemigos de los Incas. Era hijo de caciques. Denuncia la represión de su pueblo en Relación de antigüedades deste Reino del Perú.
  13. Felipe de Guaman Poma de Ayala nacido en San Cristóbal de Suntolo (?) (Perù) en 1534 y muerto en Lima (?) hacia 1617. Fue asistente del Visitador eclesiástico Cristóbal de Albornoz. Habla de si mismo como “cacique prencipal y teniente de corregidor de yndios”. Su obra El primer nueva crónica y buen gobierno compuesto por don Fhelipe Guaman Poma de Aiala señor i príncipe fue mandada a Felipe III el 14 de febrero de 1615. El autor que ha ejercido mayor influjo sobre él y al que copia casi literalmente en muchos de sus textos es el jesuita p. José de Acosta. Pero también ejerció un influjo notable sobre él la obra de Las Casas, las fuentes andinas incaicas y las obras históricas como las de Agustín de Zárate (1555) y Diego Fernández (1571). Poma de Ayala se inspira en Francisco de Vitoria y en Domingo de Soto en sus planteamientos jurídicos.
  14. Su obra : Comentarios reales de los Incas, escrita en Córdoba en 1605, Edición de González Barcia del 1723, Publicada en Buenos Aires por Ángel Rosenblatt en 1943. El Inca Garcilaso de la Vega, uno de los poetas clásicos de la lengua española, escribe basándose sobre el propio testimonio y sobre el del jesuita Blas Valera. Se refiere sobre todo al caso de Chile, su patria. Describe las guerras con los españoles y la crueldad por ambos lados. Pero la despoblación entre los indios había comenzado durante las terribles y sangrientas guerras fratricidas entre Atahualpa Inca y Huascar Inca así como la intransigencia con la que los Incas dominaban a sus subditos conquistados, las destrucciones y las penas durisimas que imponían a los vencidos : toda “sangre enemiga” debía ser exterminada.
  15. Es un indio mestizo; escribió una Relación sobre las costumbres antiguas de los indígenas del Perú. En su obra rechaza las falsedades y las afirmaciones falsas sobre las costumbres incaicas del Lic. Polo de Ondegardo. Así en relación a los sacrificios humanos, el jesuita afirma que existía una ley que los prohibía en Perú. Tales usos de los caribes, quixos, motirones y maiopampas cesaron tras su conquista por parte del Inca Topa Yupanqui. De hecho los Inca prohibían comer carne humana a las tribus de los Andes.
  16. Parece que Poma de Ayala tenía también otro objetivo claro: el reconocimiento de sus títulos principescos y de sus pretendidos derechos como sucesor de los antiguos Reyes incaicos por parte del Rey de España.
  17. Se refiere a una leyenda que hablaba de la evangelización de aquellos pueblos por parte de San Bartolomé, por lo que habrían conservado una cierta memoria cristiana.
  18. Entre ellos recuerda a Cristóbal Albornoz, Juan López de Quintanilla (“muy cristianísimo, amigo de los pobres y buena justicia”) (681), Toribio de Mogroviejo (el segundo santo arzobispo de Lima), Luis de Velasco (virrey “que gobernó cristianísimamente”) (467), García de Mendoza, Fernando de Torres y Portugal (“muy cristiano, amigo de los pobres, no enteresado de plata”) (465), Martín Enríquez ( virrey “que gobernó cristianísimamente cin agrauiar a los yndios”) (463).
  19. VEGA, Garcilaso de la, Comentarios reales de los Incas. Ibidem, añade : “Ejecutaron su crueldad de muchas maneras; dábanles a comer no más de maíz crudo y yerbas crudas en poca cantidad;… a las mujeres… colgaban de los árboles y de muchas horcas muy altas que hicieron…”. Y tras describir diversas maneras terribles de cómo venían torturados ellos y sus hijos pequeños, añade : “A los muchachos y muchachas fueron matando poco a poco, tantos cada cuarto del una, haciendo en ellos grandes crueldades, también como en sus padres y madres, aunque la edad de ellos pedía clemencia; muchos de ellos perecieron de hambre”. “Atahualpa usò crudelísimamente de la victoria, porque disimulando y fingiendo que quería restituir a Huascar en su reino, mandó hacer llamamiento de todos los Incas que por el Imperio había … en Cusco, porque dijo que quería capitular con todos ellos ciertos fueros y estatutos que de allí adelante se guardasen entre los dos reyes, para que viniesen en toda paz y hermandad. Con esta nueva acudieron todos los Incas de sangre real, que no faltaron sino los impedidos por enfermedad o por vejez, y algunos que estaban tan lejos, que no pudieron o no osaronb venir a tiempo ni fiar del victorioso. Cuando los tuvieron recogidos envió Atahualpa a mandar que los matases a todos con diversas muertes, por asegurarse de ellos porque no tramasen algún levantamiento”.
  20. SANTACRUZ PACHACUTI, Juan de, La Relación de antigüedades deste Reino del Perú, 209, 301, 316, 318.
  21. VALERA, Blas s.j., Relación, 209, 181, 189.
  22. PEREÑA VICENTE, Luciano, Descubrimiento y conquista ¿genocidio?, Salamanca, Universidad Pontificia de Salmanca, 1990, 239 247.
  23. SEJOURNEE, L., América Latina. Antiguas culturas precolombinas, Madrid, Col. Siglo XXI, 1976, 2 84.
  24. Citado en: BORGES, P., Métodos misionales en la cristianización de América. Siglo XVI, Madrid, CSIC, 1960, 191. En el mismo Perú los indios no quieren ir al paraiso porque mejor los tratarían los demonios en el Infierno que (los españoles) en el cielo si están con ellos; y aun más atrevidos y desesperados han dicho que no quieren creer en Dios tan cruel como el que sufre a los cristianos” (ibidem, memorial de los Dominicos de Perú al Rey de España, de finales del siglo XVI).
  25. Fray Rodrigo de la Cruz, en 1550, en BORGES, P., ibidem, 198. Cf. el juicio del Maestro General de los Dominicos, el cardenal Cayetano, y para el caso de Nueva Granada cf. FREIRE, J., Descubrimiento y conquista del N. R. de Granada, en Historia Extensa de Colombia, II, 171 227.
  26. Cf. KONETZKE, Richard, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoámerica, 1493 1810, Madrid, Ed. IJB, CSIC, 1953, 153 159.
  27. HÖFFNER, Josef, Christentum und Menschenwürde. Das Aleigen der spanischen Kolonialethik im goldenen Zeitalter, Trier, 1947; Kolonialismus und Evangelium. Spanische Kolonialethik im goldenen Zeitalter, Trier, Paulinus Verlag, 19692, 406.
  28. Cf. ROSENBLAT, A., La población indígena y el mestizaje en América, Buenos Aires 1954, 2 vol.
  29. Cf. HERNANDEZ SANCHEZ BARBA, M., América Europa, cap. 3 : Las realidades creadoras, Madrid, Ed. Alhambra Univ., 1988, 57 215, en concreto 182ss.
  30. Según el estudio de Pontificia de Salamanca, 1990, 229, la enfermedad tuvo un papel determinante en la despoblación del ANTONIO, Marco de, Un desastre sanitario, en PEREÑA VICENTE, Luciano, Descubrimiento y conquista ¿genocidio?, Salamanca, Universidad Nuevo Mundo. En su estudio (ibidem, 213 238) el autor examina las causas de la despoblación y sostiene la tesis ya comunmente aceptada por muchos autores de que “en el descubrimiento de América la mayoría de los indígenas no murieron por obra de los españoles, sino por obra de las infecciones” (cf. Ibidem, 214 215). El autor cita numerosos testimonios históricos como los de Jerónimo de Mendieta, Toribio de Benavente Motolinía y otros, y recuerda entre las causas de la despoblación, por ejemplo de la Isla Española (Haití), la gripa. El autor estudia los casos de Santo Domingo (Española), Perú, Colombia e México. Cita entre las enfermedades: la viruela, el sarampión, la gripa, la fiebre amarilla, las “paperas”, el “tabardillo” y las enfermedades venéreas, y nos da los nombres indígenas de estas enfermedades, la forma cómo llegaron y de cómo se transmitieron en los distintos lugares, los síntomas y su moralidad. Añade también entre otros factores del despoblamiento el abuso del alcohol.
  31. ANTONIO, Marco de, Ibidem, 230-231.
  32. ANTONIO, Marco de, Ibidem, 238, citando al historiador y médico Antonio Carreras Pandrau.

Bibliografía

  • BORGES, Pedro., Métodos misionales en la cristianización de América. Siglo XVI, Madrid, CSIC, 1960,
  • Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y en Filipinas, obra dirigida por BORGES, Pedro, Madrid, BAC, 1992,
  • HERNÁNDEZ SÁNCHEZ BARBA, M., América Europa, Madrid, Ed. Alhambra Univ., 1988,
  • HÖFFNER, Josef, Christentum und Menschenwürde. Das Aleigen der spanischen Kolonialethik im goldenen Zeitalter, Trier, 1947; Kolonialismus und Evangelium. Spanische Kolonialethik im goldenen Zeitalter, Trier, Paulinus Verlag, 1969
  • KONETZKE, Richard, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoámerica, 1493 1810, Madrid, Ed. IJB, CSIC, 1953
  • LAS CASAS, Bartolomé de, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Madrid BAE 110, 1958;
  • PEREÑA VICENTE, Luciano, Descubrimiento y conquista ¿ genocidio ?, Salamanca, Universidad Pontificia de Salamanca, 1990
  • ROSENBLAT, ANGEL., La población indígena y el mestizaje en América, Buenos Aires 1954, 2 vol.
  • SEJOURNEE, L., América Latina. Antiguas culturas precolombinas, Madrid, Col. Siglo XXI, 1976
  • SUQUÍA GOICOECHEA, Cardenal Ángel, La Iglesia en América: evangelización y cultura, Sevilla, Pabellón de la Santa Sede, catálogo de la exposición, 1992


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ