DOMINICOS; Su impulso misionero en el Perú del siglo XVI

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Las misiones dominicanas en el siglo XVI se desarrollaron en lugares diversos de la costa y sierra del Perú y en circunstancias sumamente difíciles y complejas. Los misioneros dominicos, desde su llegada al país, se sintieron comprometidos con la causa de los naturales: con su instrucción en la doctrina cristiana y su defensa verbal y escrita, como lo demuestran sus cartas, relaciones y protestas.

Asimismo, fue parte obligada de su apostolado trabajar en la reconciliación de los conquistadores y poner freno a sus ambiciones; actuar de pacificadores, y establecer el pago de tributos en la forma más benigna que lo pudieran hacer los indios; motivo suficiente para ganarse la antipatía de los encomenderos.

Desde su fundación, los conventos dominicanos fueron verdaderos centros de irradiación evangelizadora, a través de las doctrinas. No se puede negar que durante las guerras civiles (1537-1554), la obra de la evangelización, en parte, se vio limitada y hasta cierto punto estropeada. Pero ello no fue óbice para llevar adelante la tarea iniciada de la cristianización de los naturales.

Situación de los dominicos

En 1548, la Provincia dominicana contaba con 80 religiosos; la mayoría de ellos dispersos en todo el territorio peruano. El Capítulo Provincial de 1548, celebrado en Cusco, eligió Provincial a Fray Tomás de San Martín y reasignó a todos los religiosos a los conventos de Lima, Cusco y Arequipa desde donde debían partir a evangelizar los ayllus, comunidades y encomiendas que integraban las doctrinas.

Se determinó que los religiosos conventuales tenían la obligación de salir de dos en dos, como misioneros itinerantes. Después de dos meses de misión, retornarían a sus conventos, y los que habían quedado saldrían para apoyar a los curas o padres doctrinantes, o bien para explorar nuevos campos de misión.

Refiriéndose a las ordenanzas del Capítulo Provincial de 1548, escribe Meléndez: “Nuestro Provincial y sus definidores despacharon por varias partes del reino, de dos en dos, doce frailes a predicar el Evangelio a los indios y en especial a los de las encomiendas.”[1]

En las Actas capitulares, en la sección de Misiones, se hace constar que fueron enviados como misioneros itinerantes, los siguientes:

  • Fr. Domingo de Santo Tomás, Prior del Convento del Santísimo Rosario de Lima y Fr. Miguel de Céspedes, para que predicaran el Evangelio, doctrinasen y enseñasen a los indios de las cabezadas de Lima: Huarochirí, Canta, Checares y Cajatambo, principalmente en las encomiendas de Francisco de Talavera, Martín de Pizarro, Alonso de Montenegro y Rui Barba.
  • Fr. Melchor de los Reyes y Fr. Lope de la Fuerte, para evangelizar el Valle de Chancay, hasta el Valle de Palpa (Ica), recomendándoles especial atención a los indios que andaban desparramados por los caseríos y estancias de estos lugares.
  • Fr. Juan de la Magdalena y compañero que el Provincial le señale, para evangelizar el valle de Lima, principalmente a los indios de Huatica y Rimactampu (Limatambo).
  • Fr. Benito de Jarandilla y Fr. Pedro Aparicio, para que continúen evangelizando el Valle de Chicama, de preferencia a los pueblos de Santiago, Chócope y Cao.
  • Fr. Pedro de Vega y Fr. Alonso Tuero fueron comprometidos para evangelizar el Valle del Mantaro: Jauja, Huancayo, Tarma y pueblos aledaños.
  • Fr. Juan de Santa María y Fr. Domingo de Loyola, para evangelizar Cusco, Chinchaipuquio y ayllus de la zona: Acos, Acomayo, Valqui, Papres, Pirque, Rondocan, Sanca y Corma.
  • Fr. Andrés de Santo Domingo y Fr. Domingo de Santa Cruz fueron destinados a evangelizar Juli, Copacabana, Pomata, Yunguyo, llave, Zepita, Chucuito y todos los contornos y riberas del lago Titicaca.[2]

Comenta Vargas Ugarte: “Como se ve, la actividad apostólica de los dominicos, recibe en esta época notable impulso y se extiende a buena parte del Perú de entonces.”[3]El Consejo de Indias, bien informado de la expansión misionera dominicana y de los frutos que venía produciendo en provecho de los naturales, creyó oportuno encomendarles la enseñanza del idioma castellano.

En la cédula del 7 de junio de 1550, encomienda al Provincial Fr. Tomás de San Martín, “que haga que sus religiosos procuren que los indios aprendan el idioma castellano, tomando por medio el enseñarles las oraciones y la doctrina cristiana en el dicho idioma,” y la razón que aducía para encomendarles esta labor, era porque “parece que los dichos religiosos podrían más buenamente entender en enseñar a los indios, la dicha lengua castellana que otras personas, y que la tomarían de ellos con más voluntad, y se sujetarían a aprenderla de ellos con mayor amor, por la afición que les tienen, a causa de las buenas obras que de ellos reciben.”[4]

El Capítulo Provincial de 1553, que eligió Provincial a Fray Domingo de Santo Tomás, dio normas concretas a los religiosos para procurar la conversión de los naturales y la instrucción catequética de los ya convertidos: “Mandóse que ningún religioso pudiese predicar ni confesar, sin especial aprobación de la lengua de los naturales.” Además, se le encomendó al Provincial, “examinar por sí mismo a todos los confesores, predicadores y doctores de indios.

Para facilitar y hacer más eficaz el ministerio de la evangelización, Fr. Domingo de Santo Tomás compuso la primera «Gramática o arte de la lengua general de los indios de los reinos del Perú», y el primer «Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú».

Al escribir estas obras esenciales para la evangelización, Fr. Domingo se propuso dos objetivos: primero, poner en manos de los curas o padres doctrinantes un instrumento adecuado para aprender el idioma quechua, y poder evangelizar con eficacia. Segundo, demostrar a S. M. y al Consejo de Indias que los naturales del Perú no eran los «bárbaros» de los que algunos historiadores o cronistas y juristas hablaban.

El prólogo de la Gramática es una confesión de lo dicho: “Mi intento, pues, principal, S. M., al ofreceros este artecillo, ha sido para que por él veáis muy clara y manifiestamente, cuán falso es lo que muchos han querido persuadir: ser los naturales del Perú bárbaros e indignos de ser tratados con la suavidad y libertad que los demás vasallos lo son: lo cual claramente conocerá V. M. ser falso, si viere por éste, la gran policía que esta lengua tiene, la abundancia de sus vocablos, la conveniencia que tienen las cosas que significan, las maneras diversas y curiosas de hablar, el suave y buen sonido al oído de la pronunciación de ella, y la facilidad para escribir con nuestros caracteres y letras.”[5]

En sus visitas canónicas, Fray Domingo de Santo Tomás no se limitaba a visitar al cura-doctrinante: llegaba también a los indios, por cuya vida, libertad y buen tratamiento se interesaba. Llegaba a los conventos, doctrinas, ayllus, parcialidades, comunidades y encomiendas, “estableciendo su libertad (porque tenía autoridad para hacerlo) y dándoles a entender la forma en que se debían de hacer con sus encomenderos y en pagarles los tributos.” Asimismo, les hablaba a los españoles, “recordándoles que no tenían ningún derecho a hacer esclavos a los naturales ni a extorsionarlos con trabajos forzados, ni privarles de su libertad.”

Trabajo por la vida y la libertad de los naturales

En este campo los dominicos del siglo XVI han dejado una huella profunda. Por una parte, trabajaron sin desmayos por el derecho a la vida y el derecho a la libertad de los naturales, y por otra, persistentemente llamaron a la conciencia de los gobernantes pidiendo la supresión del sistema de las encomiendas y la reducción del oneroso e injusto pago de los tributos, causa principal de la despoblación del Perú de entonces.

Los testimonios verbales, cartas, revelaciones y protestas escritas abundan: Fray Vicente Valverde, en su carta del 20 de marzo de 1539, escribía al Rey: “que los indios no se hagan esclavos, ni se les quite la libertad por otra vía ni se echen a minas, ni se carguen, ni se saquen de sus tierras y asientos. Las proposiciones son tan verdaderas y tan per se notas, en todo lo descubierto de Indias, que quien quiera que hablare contra ellas no debe ser oído.”

En otro acápite de la misma carta, se lee: “no permita V. M. se les haga tan gran daño, sino que a todos se les guarde la libertad que antes tenían y pues dan sus tierras y sus haciendas y sirven con sus personas, no sean hechos esclavos; pues, no hay por qué.

Y, como si no bastara lo dicho, delata abiertamente a los tenientes y justicias que se oponen al ejercicio de su función como Protector de los Indios, e insiste tenazmente en la obligación moral de conservar incólume su libertad: “yo he querido, como Protector amparar a los indios en su libertad, viniéndome a pedir socorro y viendo que así conviene para la real conciencia de V. M., y me los han sacado de entre las manos los tenientes y justicias, encomendándoles por cédulas, como arriba he dicho, quitándoles su libertad, con ofensa de Dios y de V. M. que la mayor lástima del mundo es ver lo que acá pasa en esto.”

Y más adelante previene al Rey: “a V. M. escribirán de esta tierra contra la libertad de los indios diciendo y poniendo los inconvenientes que acá me ponen, que es decir, que si saben [los indios] que son libres, un día entrarán con un amo y otro día con otro [...]; a lo cual yo he respondido que todo eso trae consigo la libertad y esto es ser libre, poder estar con quien quisiere; y sepa que esto es muy gran favor de los indios, porque como el amo sepa que el indio tiene libertad para estar con quien quiera, procurará tratarlo muy bien.”

Y refiriéndose al derecho que tienen las mujeres de gozar también de libertad, recomendaba: “V. M. no dé oídos a razones que proceden de desordenados apetitos, y mande que se les guarde la libertad; porque así conviene al servicio de Dios y de V. M. y a la conservación de estos reinos.”[6]

El celo pastoral de Fray Vicente Valverde va más allá de lo que él puede personalmente; delega al clérigo Rodrigo Franco el título de protector de los naturales: “Otrosí, vos damos e otorgamos este dicho poder, sustituyendo vos como vos sustituimos el poder que tenemos de protector; para que, en nuestro lugar en nuestro nombre e ansí como nos mismo podáis ser protector e usar e ejercer el oficio [...] lo uséis visitando todos los valles e caciques de toda esta gobernación”.[7]

Fray Domingo de Santo Tomás, que arribó al Perú hacia 1540, es otro de los grandes defensores de los naturales. Sus cartas y relaciones son testimonios reveladores de la situación de explotación a que eran sometidos y, al mismo tiempo, dan a conocer el pensamiento y actuación humanitaria y cristiana del dominico. En la tasa de los tributos, los dominicos jugaron también un papel muy importante; su intervención directa facilitó su pago como mejor pudieran hacerlo los naturales.

En octubre de 1548 el Presidente Pedro de la Gasca,[8]hizo junta de los Oidores con la participación de los dominicos Fr. Jerónimo de Loayza, Arzobispo de Lima, Fr. Tomás de San Martín, Provincial, Fr. Domingo de Santo Tomás, Fr. Bautista La Roca, Fr. Isidro de San Vicente, Fr. Antonio de Castro y otras personas notables.

Juntos acordaron que de una vez por todas se extinguiese la costumbre de hacer esclavos a los indios; que se diese a entender a los indios traídos de Nicaragua y de otras partes, que eran libres; que no los cargasen como bestias; ni los serranos se trajesen a los yungas,[9]ni los yungas de los llanos se llevasen a la sierra, porque se mueren con facilidad, por la mudanza del temple y ni pudiese ningún indio del Perú ser conducido a otras partes, porque no se despoblasen las provincias; se dio forma en los tributos, ordenando que los indios los pagasen con géneros, así naturales como industriales que tenían y no de otros; porque lo hiciesen con facilidad, y otras cosas de mucha utilidad para el reino y alivio de los naturales.[10]

Vargas Ugarte S.J., refiriéndose concretamente a Fray Jerónimo de Loayza, escribe: “Había bastado a la gloria [de Fr. Jerónimo] el haber contribuido tan eficazmente a la pacificación del Perú; pero hizo algo más: la tasación de los tributos era, como reconocía La Gasca, la clave de toda la conservación de los indios y la quietud del reino; ahora bien, esta tarea, prolija y penosa, le fue encomendada a Fr. Jerónimo juntamente con Fr. Tomás de San Martín, Fr. Domingo de Santo Tomás, todos tres grandes amigos de los indígenas.”[11]

A causa de las cuatro guerras civiles y del consiguiente desgobierno, aprovecharon muchos cobradores del tributo real para exprimir la economía de los pobres indios. Asimismo, muchos encomenderos aprovecharon la situación, para evadir la disposición real de poner al servicio de sus encomiendas a doctrinantes de vida ejemplar y de buenas costumbres, que se dedicaran a la evangelización, instrucción y defensa de los derechos de los naturales.

En el mejor de los casos, pusieron a clérigos aventureros y ambiciosos, llegados de España, en busca de fortuna, de quienes se servían para apremiar a los pobres indios y hacerles pagar el tributo que los encomenderos caprichosamente les imponían. “El número de clérigos en la conquista fueron pocos, creció su número durante las guerras civiles. Llegaban por el oro. Se acoplaban a quien más oro les diera.”[12]

Estos abusos y atropellos que condujeron al país a la despoblación, al descontento y al alzamiento de algunos líderes indígenas, es lo que se propuso acabar la junta convocada por La Gasca (1548) y en la cual los dominicos jugaron un papel decisivo. Así lo prueban las decisiones tomadas en favor de los indios, y las cartas de Fr. Domingo de Santo Tomás, de quien dice Vargas Ugarte, “era de los misioneros más experimentados y el mejor conocedor de los indios.”[13]

La decidida intervención de los dominicos en la tasa de los tributos y en las cosas de las encomiendas, en ningún momento fue bien visto por los encomenderos. Éstos reaccionaron haciéndolos el blanco de sus iras, odios y abominables calumnias, “por cuyo motivo la Orden Dominicana se hizo odiosa a los encomenderos,” escribe Fr. Domingo de Santo Tomás, en su carta del 15 de marzo de 1562.

Las 14 cartas escritas por Fr. Domingo de Santo Tomás al Rey, al Consejo de Indias y otras personalidades influyentes y allegadas al gobierno, son clamores angustiosos y apremiantes del misionero que llama a las puertas de quien sabe que puede poner freno a tanto abuso, atropello y aniquilamiento.

En carta del 1° de julio de 1550, fechada en la ciudad de los Reyes, escribe: “La tasa de los tributos que los naturales de esta tierra han de dar a los encomenderos [...] hánse habido en la dicha tasa harto más largos de lo que, según razón y conciencia, entienden que esta pobre gente puede y debe dar. Porque hasta ahora no ha habido más regla ni medida en los tributos que a esta pobre gente se les pide que la voluntad desordenada y codiciosa del encomendero. [...] y con ser así cierto, como digo, a mi juicio, van muy largas las tasas, mucho más de lo que se deberían. Ha parecido a estos españoles bautizados, que, por no mentir, no les oso decir cristianos, cosa tan fiera la sombra de este poco de orden que se ha empezado a poner con la tasa, que no pueden oír este nombre de tasa, porque, quieren vivir y aún morir sin ella.

Una cosa sepa V. A. y es que el fundamento y principio de algún bien para esta tierra, está en que los naturales sepan lo que han de dar a sus encomenderos; porque no sabiéndolo ni tienen tiempo para oír las cosas de Dios, ni aún, lo que es más de llorar, es que no son señores de sus haciendas porque todos se las toman, ni de sus personas, porque se sirven de ellos como de animales brutos y aún peor que el asno [...] y, por el contrario, sabiendo el pobre indio lo que ha de dar a su encomendero, aunque sea mucho y con trabajo, en fin, con parecerle que tiene número y fin y es cosa conocida lo que ha de dar y trabajar, trabaja por darlo, porque, dado, podrá gozar de lo poco que le quedare y de algún rato si acabare de cumplir con el servicio que se le manda hacer.

He dicho esto, porque, V. A. esté prevenido y avisado [...] y envíe a mandar acá, con brevedad, que sin embargo de tan injustas suplicaciones y apelaciones [de los encomenderos], se ejecuten las tasaciones: pues, tan largas van.”[14]

La fecha de esta carta (1550) nos está revelando a ojos vistas que las medidas tomadas por la Junta convocada por La Gasca para acabar con estos abusos, en 1548, no había logrado los efectos deseados. Todo lo contrario, se había agravado la situación de los pobres indígenas.

En el mes de marzo de 1575 tres dominicos, Fr. Alonso de la Cerda, Fr. Miguel Adrián y Fr. Gaspar de Carvajal, escribieron al Rey denunciando los abusos y arbitrariedades de las autoridades que gobernaban el país sobre los indios, forzándolos al trabajo en las minas. Un fragmento de la carta de estos dominicos nos da idea del asunto:

“Luego que Don Francisco de Toledo vino por visorrey de estos reinos, juntó prelados y letrados, y parece que acordaron y dieron por parecer que era lícito compeler a los indios a que se alquilasen para trabajar en la labor de las minas y así se ha hecho y hace; y a cuatro años que los compelen y llevan por fuerza a trabajar en ellas, de que reciben notables daños y agravios, especialmente en la labor de las minas de azogue [...].

Habernos lo tratado con el Arzobispo de esta ciudad y otros prelados y todos dicen ninguno haber sido de tal parecer que era lícito compeler a los indios a la labor de las minas. Parecióme [dice el P. Carvajal] que como cristianos y religiosos de la Orden de nuestro Padre Santo Domingo, que siempre habemos tenido especial cuidado de volver por estos naturales, entendiendo el servicio que a Dios y a V. M. se sigue, teníamos obligación de avisar de esto a V. M. para que en ello mande poner el remedio debido.”[15]

Como esta carta, llegaron al Consejo de Indias muchas más de prelados, curas doctrineros y misioneros: pero no siempre hallaron eco favorable, y en los casos en que se intentó hacer algo, más pudo la ambición de los encomenderos que las buenas intenciones reales.


NOTAS

  1. Meléndez, Fr. Juan, O.P., “Tesoros Verdaderos de los Indios”. Roma, 1681, t. I, p. 226.
  2. Meléndez, Fr. Juan, O.P., “Tesoros Verdaderos de los Indios”. Roma, 1681, t. I, p. 240.
  3. Vargas Ugarte, Rubén, S.J., “Historia de la Iglesia en el Perú (1511-1568)”, tomo I. Imprenta Santa María. Lima: 1953, p. 209.
  4. Meléndez, Fr. Juan, O.P., “Tesoros Verdaderos de los Indios”. Roma, 1681, t. I,, pp. 127 y 225.
  5. Angulo, Domingo O.P. “La orden de Santo Domingo en el Perú”. Imp. De Sanmartí y Cía. Lima, 1908, p. 229.
  6. Lisson Chaves, Emilio. “La Iglesia de España en el Perú” Colección de documentos para la historia del Perú. Archivo General de Indias. Siglo XVL Vol. 1. No. 2, pp. 99 y ss. Torres, Alberto María, O.P., “El Padre Valverde. Ensayo biográfico y crítico”. Editorial Ecuatoriana. Quito, 1932, p. 221.
  7. Pueblo de Arequipa, 28 de junio do 1539. Archivo Municipal, Arequipa, Luque, Vol. V. p. 24.
  8. Pedro de la Gasca o bien Pedro Lagasca (Navarregadilla de Ávila, Castilla, agosto de 1493 – Sigüenza de Guadalajara, España, 13 de noviembre de 1567) era un sacerdote, funcionario, diplomático y militar español del siglo XVI que fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y consejero del Tribunal del Santo Oficio.
    Fue designado en 1546 como presidente de la Real Audiencia de Lima con la misión de acabar con la rebelión de Gonzalo Pizarro en el Virreinato del Perú, cumpliendo cabalmente su cometido, y ha pasado a la historia con el apelativo de «Pacificador». Hizo luego un ordenamiento general del territorio y culminó su carrera en España como obispo de Palencia desde 1550 y luego de Sigüenza desde 1561 hasta su fallecimiento.
  9. Los “yungas” eran los habitantes indígenas de los valles orientales de la cordillera de los Andes (desde Perú a Bolivia y norte de Argentina). Estos valles se caracterizan por el clima caliente, con producción de cacao, de coca y de café. Hoy buena parte pertenecen a Bolivia.
  10. Meléndez, Fr. Juan, O.P., “Tesoros Verdaderos de los Indios”. Roma, 1681, t. I, pp. 131 y 132.
  11. Vargas Ugarte, Rubén, S.J., “Historia de la Iglesia en el Perú (1511-1568)”, tomo I. Imprenta Santa María. Lima: 1953, p. 193.
  12. Vargas Ugarte, Rubén, S.J., “Historia de la Iglesia en el Perú (1511-1568)”, tomo II. Imprenta Santa María. Lima: 1953, p. 217.
  13. Vargas Ugarte, Rubén, S.J., “Historia de la Iglesia en el Perú (1511-1568)”, tomo I. Imprenta Santa María. Lima: 1953, p. 223.
  14. Vargas José María, O.P., “Fr. Domingo de Santo Tomás. Su vida y sus escritos”. Editorial Santo Domingo. Quito: 1937. Escritos, I, p. 7.
  15. Arévalo, José María O.P., “Los dominicos en el Perú”. Imprenta Editorial San Antonio. Lima: 1970, p. 114.

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GUILLERMO ÁLVAREZ ©Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 2 (1992) 11-52