Diferencia entre revisiones de «EVANGELIZACIÓN; El escándalo del antitestimonio»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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GALMÉS Lorenzo, O.P. Bartolomé de las Casas, Ed. BAC Popular, Madrid 1982
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HARING Clarence H. El Imperio Hispánico en América, Ed. Solar/Hchette, 2 ed. Buenos Aires, 1966
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MELLAFE Rolando, La esclavitud en Hispanoamérica, Ed. EUDEBA, 3 ed. Buenos Aires, 1984

Revisión del 13:31 6 ene 2017

Significado de los términos «obstáculo» y «escándalo»

El acto sobrenatural, único, personal y transfigurante de la conversión, a su vez desencadenante de un proceso siempre inexhausto, es susceptible de ser impedido por lo que puede llamarse «antitestimonio» de los propios cristianos. Si el evangelizado, para decirlo con Paulo VI, es simultáneamente evangelizador, en la medida en la cual no participe de la ejemplaridad de Cristo, se convierte en el obstáculo principal de la evangelización.

Y esto debe ser dicho en el sentido estricto del término «obstáculo» que significa impedimento; porque «obstare» (de «ob» y «sto», estar en pie) indica por esa actitud del que está delante cerrando el paso. Precisamente el evangelizador es teóforo, como decía de sí mismo San Ignacio de Antioquía, en cuanto portador de Cristo, la Palabra de salvación. Si quien debe ser cristóforo desde la recepción del Bautismo y especialmente desde la Confirmación, con sus obras le ha desalojado de sí, nada tiene que llevar o transmitir. Por eso, el mayor obstáculo de la evangelización no puede ser otro que un “cristianismo” extrínseco que, en cada obra, íntima o pública, niega a Cristo y se niega. Y tal es el más grave escándalo, tomado ahora este término en su sentido negativo. El término «escándalo» es susceptible de varios sentidos los que, sin embargo, podrían ser reducidos a dos siempre dentro de su significación general que alude a una acción (o también a palabras) que es causa u ocasión de pecado; tal es el sentido primero de «skándalon» que también significa obstáculo, tropiezo, asechanza, trampa. Es pues, trampa y ocasión y hasta causa de caída en relación con la fe.

En las Escrituras predomina el sentido de causa que puede arrancar al hombre de la fidelidad a Dios: así lo utiliza el Señor en diversos lugares como por ejemplo, cuando dice que “quien escandalizare a uno solo de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que se le suspendiese al cuello una rueda de molino...” (Mt. 18,6); aun ciertos actos que pueden ser lícitos, no deben realizarse si pueden escandalizar a los débiles. El sentido positivo del término alude siempre a Cristo en cuanto «piedra de escándalo» anunciado por el profeta Isaías; los israelitas carnalizados “tropezaron en la piedra de tropiezo”; fue para ellos «escándalo» y en verdad, causa de perdición. Donde se ve que los sentidos diversos tienden a hacerse uno.

Aquí nos interesa el sentido recto de causa de pecado en cuanto aparta de la fe. Como tal, no puede ser atribuido el escándalo a los infieles que no conocen a Cristo (para ellos puede ser «locura» solamente); debe ser atribuido en la situación actual de la historia de la salvación, solamente a los cristianos quienes con sus acciones pecaminosas -en contradicción con el ejemplo de Cristo- «escandalizan» a quienes deben ser evangelizados, a los neófitos, a los catecúmenos o a los cristianos más débiles. Hay, pues, actos, hechos y palabras «escandalizantes» y que constituyen el principal obstáculo, la trampa mortal en contra de la fe.

El hecho histórico de la esclavitud y la evangelización de América

Cuando San Pablo enseña (y cito solamente algunos, no todos sus textos) que “no hay ya judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón y mujer; porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús” (Gal3, 28), hace dos cosas la vez: da por supuesto la práctica milenaria de la esclavitud y, al proclamar la Igualdad de todos los hombres en Cristo, ya la ha abolido en su corazón y ha puesto las bases de su abolición histórica en el mundo. Si “Cristo es todo y en todos”, no hay más libres y esclavos (Col. 3. 11). Toda la docencia directa del Señor es la base misma de esta doctrina, por más que en tiempos de Jesús fuera la esclavitud una práctica corriente en todo el mundo; por eso, la figura del esclavo está presente en las parábolas, y en la docencia de los apóstoles se precisan los deberes y los derechos que deben regular las relaciones entre señores y esclavos. Pero el hecho mismo de la esclavitud según la cual algunos hombres -para hablar el lenguaje de la moral natural- no son sujetos de derecho, ya estaba condenado. Esta condena implícita se refiere, principalmente, a la esclavitud en sentido estricto (ciertos hombres no son sujetos de derecho); históricamente también se dio una esclavitud que podríamos llamar mitigada, ya que, en el siervo se reconocen sus derechos naturales esenciales; dadas ciertas circunstancias, la Iglesia la ha tolerado pero ha luchado para lograr su paulatina desaparición.

El problema de la esclavitud en América no se refiere a los indios porque, desde los mismos comienzos del Descubrimiento y la conquista, la Corona estuvo atenta para prohibirla y castigarla; por eso fue escasa (en los comienzos) y fronteriza hasta su total desaparición quizá no más allá de la segunda mitad del siglo XVI. Esta actitud de la Corona española y la de los conquistadores que cumplían con sus disposiciones, habrá sorprendido hasta el estupor a los indígenas, todos provenientes de una sociedad que practicaba la esclavitud más extrema.

El problema de la esclavitud en América se refiere a la modalidad que adquiere en el Nuevo Mundo la trata de negros y, como no eran aborígenes, parece haber sido considerado más un problema africano que americano. De todos modos, fueron los negros auxiliares de los conquistadores y las rutas de aquel comercio infame fueron las que van directamente de África a Cartagena, Veracruz, La Habana.

La Iglesia Católica, como lo indica el investigador chileno Rolando Mellafe, “redobla por estos años la labor evangelizadora entre los esclavos y da cabida a la proliferación de cofradías de negros en todas las parroquias importantes. En la ciudad de Lima de mediados del Siglo XVII existían 18 cofradías de negros y mulatos.” El 22 de abril de 1639, el Papa Urbano VIII condenó absolutamente la esclavitud de los negros.

Pero tanto la labor evangelizadora como simplemente protectora sobre los esclavos negros, había comenzado en el siglo anterior. La evangelización de los negros en el Nuevo Mundo tuvo su principal misionero en la gigantesca figura de San Pedro Claver en Cartagena de Indias, en la costa caribeña de la actual Colombia. La caridad fue llevada hasta extremos naturalmente inconcebibles por uno de los más grandes santos de toda la historia de la Iglesia.

El escándalo de la esclavitud encontró en San Pedro Claver la respuesta ejemplar que fructificó también en señoras y señores españoles que con él colaboraron y hasta conmovió y convirtió a varios negreros. Su misión fue continuada por el P. Antonio de Saldo quien dejó el testimonio de su obra «De instauranda Aethiopum Salute».

Pedro Claver, el «esclavo de los esclavos», es el modelo de la misionalidad en la «encarnación» de la Palabra en los negros y en su cultura africana; también en ellos se produjo tanto la progresiva desmitificación de sus culturas de origen (proceso no concluido aún del todo) como la sobrenatural transfiguración de su naturaleza en su «nuevo ser» cristiano. De ese modo fueron incorporados no solamente al Cuerpo Místico como sus miembros actuales, sino también a la hispanidad.

Sabemos que la Híspanídad no constituye un problema étnico, sino que es una realidad espiritual y cultural, y los negros católicos iberoamericanos a ella pertenecen por derecho propio. Negros, mulatos, zambos, como brotes nuevos de las semillas del Verbo, dieron frutos espirituales que podríamos tipificar en la caridad, la penitencia y la humildad ejemplares de San Martín de Porres.

Los pecados personales de los cristianos como anti testimonios en el proceso de evangelización

Respecto de los indios no faltaron los anti-testimonios de los pecados de los propios cristianos. El mayor obstáculo que los misioneros encontraron fue el escándalo de los que no ponían en obra el contenido de su fe, como ha ocurrido siempre y ocurrirá en el futuro. En el octavo mandamiento se condena el «falso testimonio» (Ex. 20, 16), y el salmista se queja de los falsos testigos (S. 35, 11); porque, en verdad, el deber de testificar que tiene el cristiano (de testificar a Cristo) proviene de su participación en el Testigo absoluto que ha venido a dar testimonio de la Verdad; a su vez el Bautista tuvo como misión dar testimonio de Él (Jn. 1, 7).

Ser, por tanto, testigo, compete no solamente al hombre-cristiano singular, sino también a un pueblo entero como ha sido el caso de Israel (Is. 55,4); en el siglo XVI tocó a la nación española testificar a Cristo llevando su Palabra al Nuevo Mundo. Pero el escándalo propio del anti-testimonio, amenaza siempre tanto a quien debe ser testigo personal cuanto a una nación que debe serlo.

Mientras Cristo es el Testigo fiel absoluto, frecuentemente mis pecados personales -haciéndome regresar al estadio del «hombre viejo»- me transforman en «testigo» infiel, es decir, en anti-testigo; un portador de una anti-palabra, Tal fue el propósito del demonio en las tres tentaciones a través de las cuales quiso transformar a Cristo en una suerte de anti-Testigo absoluto.

Este drama de la conciencia cristiana, del cual ni los santos pueden estar libres, se manifiesta especialmente en el Nuevo Mundo en el trato de los españoles para con los indios. Por eso, cuando un encomendero no cumplía con sus deberes de cristiano, los que, por otra parte, constituían su obligación civil regulada por las disposiciones legales de la Corona, producía el escándalo del anti-testimonio y se constituía en obstáculo de la evangelización; en la medida en la cual no cumpliera con la obligación de la catequesis, de la vida religiosa, de la moderación en el trabajo físico, del salario justo, de las horas de descanso, de la ayuda y promoción de los matrimonios, etc., en esa misma medida escandalizaba a los indios y ponía graves dificultades para la «encarnación» de la Palabra.

Salvado este principio general de vida cristiana, las encomiendas fueron rechazadas por algunos y aprobadas o admitidas por muchos; entre los primeros debemos recordar, ante todo, a fray Bartolomé de las Casas y, entre los segundos, a los antiguos compañeros suyos de Chiapa y Guatemala, y al mismo Inca Garcilaso de la Vega. El Padre Galmés, resumiendo un atinado juicio del docto autor de la Introducción de las Obras del Padre Las Casas, dice: “Pérez de Tudela resume el hecho con atinadas observaciones: «Nadie, en efecto, con más claridad y agudeza que los predicadores había enunciado los términos de la disyuntiva planteada: o se conservaba con la encomienda un núcleo aristocrático de españoles ricos y poderosos; capaces de promover el desarrollo de todo orden del edificio que se iba levantando, o se dejaba caer peligrosamente el impulso de la obra española confiándola a una administración de corregidores temporarios, rapaces, desarraigados, sin prestigio ni vuelos emprendedores». Había que pactar, pues, con las encomiendas, con todos los inconvenientes que se les veía. Era la única vía abierta para poder llegar a una solución estable, positiva y justa. No olvidando, sin embargo, que esto exigía ir corrigiendo los abusos que se habían infiltrado.”

El hecho mismo de que planteara el problema de conservar o no la encomienda, prueba que no fue una creación de la Corona sino una imposición de las circunstancias, como se desprende de la exposición de las causas de la encomienda que hizo el Padre de Acosta: la más importante era que los neófitos en la fe quedaran al cuidado de los cristianos viejos; además, tenía razón de premio o recompensa y, también, porque, debido a la distancia, no pudiendo el Rey mantener el Nuevo Mundo bajo su poder, fue conveniente que lo guardaran quienes lo habían descubierto y conquistado.

Esto no impide, porque tal es la condición humana, que “de donde menos se podía temer nace el mal, de la justicia la iniquidad, de la conveniencia el daño, del derecho la ofensa”. Esto parece dar la razón a Vicente Sierra cuando, después de describir cómo Irala, que se resistía al establecimiento de la encomienda, “hubo de ceder a esta presión de la realidad”; por eso, continúa, “el sistema de las encomiendas no fue introducido en el Nuevo Mundo por Ley alguna del gobierno español. Fue una creación de las circunstancias; una consecuencia de la necesidad, apoyada en antecedentes tradicionales europeos”.

La bondad o maldad de tal sistema dependía de la fidelidad de cada uno. Así podemos contemplar desde la explotación ignominiosa y la injusticia, hasta la entrega generosa; desde el anti-testimonio del egoísmo opresor del débil, hasta el hermoso testimonio y santo amor como del Beato Sebastián de Aparicio, aquel laico ejemplar como colono, como constructor, como esposo y luego como religioso. Esta agonía entre el testimonio de Cristo, al que está llamado cada cristiano, y la tentación del anti-testimonio como reato del pecado, continuará hasta el fin del tiempo.

Nadie está libre de ello. Porque quien diga que no tiene pecado, miente. Dar testimonio de Cristo, el Testigo fiel, es una gracia inconmensurable, cuya plenitud constituye el martirio.

NOTAS


BIBLIOGRAFÍA

GALMÉS Lorenzo, O.P. Bartolomé de las Casas, Ed. BAC Popular, Madrid 1982


HARING Clarence H. El Imperio Hispánico en América, Ed. Solar/Hchette, 2 ed. Buenos Aires, 1966

MELLAFE Rolando, La esclavitud en Hispanoamérica, Ed. EUDEBA, 3 ed. Buenos Aires, 1984