EVANGELIZACIÓN; El libro y la imprenta en Perú

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Uno de los primeros problemas planteados a los misioneros que llegaron a América tras su descubrimiento, fue el modo de comunicarse con los naturales para lograr su conversión y educación. Pero una vez que los misioneros superaron el problema de las lenguas indígenas, era necesario multiplicar las rudimentarias cartillas de la doctrina cristiana preparadas a mano.

Y lógicamente pensaron enseguida en los beneficios del entonces aún reciente invento de la imprenta, que en España estaba dando excelentes resultados. Y es así como la imprenta les resolvió en gran parte este problema. Pero ahora había que alcanzar los debidos permisos por parte de la Corona, trasladar este maravilloso auxiliar a América y buscar los impresores adecuados.

No es del caso reseñar aquí la introducción de la imprenta en América, que comenzó por la Nueva España (1536) y siguió por el virreinato del Perú (1584), y posteriormente en las demás regiones de la América española. Así pronto el libro y la imprenta se convirtieron en instrumentos eficaces de evangelización. Estos instrumentos se pueden concretar en seis clases de libros impresos:

  1. Catecismos y doctrinas, sencillos y muy cuidados, que contenían las oraciones, preceptos y verdades esenciales del cristianismo;
  2. Gramáticas y vocabularios, excelentes instrumentos que permitieron a los misioneros el aprendizaje de las distintas lenguas indígenas;
  3. Confesionarios y rituales, con normas para la administración de la penitencia y demás sacramentos;
  4. Sermonarios y «libros de extirpación de idolatrías», con pláticas para las fiestas y domingos del año;
  5. Disciplinarias y la práctica pastoral, todo ello tan importante para la buena organización de la Iglesia indiana; y
  6. Las crónicas conventuales, las vidas de santos y siervos de Dios y otros libros de devoción.

Son libros de naturaleza estrictamente pastoral y catequética, destinados a impulsar sobre todo la pastoral sacramental y la piedad de la feligresía indiana. Algunos de ellos fueron escritos solamente en las lenguas indígenas que se hablaban en cada región, y otros con la correspondiente traducción castellana. Todo este conjunto de obras tiene el mérito, además de su valor intrínseco, el de haber hecho desarrollar y propagar la imprenta por toda la América hispana; de hecho muchas de esas obras fueron los primeros impresos de Hispanoamérica.

Aquí no podemos ni mencionar las principales obras de esos seis grupos y solamente nos referiremos al Virreinato del Perú; de cada grupo, pues, señalaremos lo más destacable. La bibliografía misional indiana es tan rica y variada, que se necesitarían muchas páginas para recoger todo. Afortunadamente en Perú se tuvieron a dos destacados bibliógrafos, como fueron Don José Toribio Medina,[1]y el Padre Rubén Vargas Ugarte,[2]quienes recogieron gran parte de esta producción bibliográfica en sus conocidas y valiosas colecciones.

Bibliografía por otra parte no sólo de carácter religioso y misionero, sino utilísima para los historiadores, geógrafos, lingüistas, etc. Robert Ricard,[3]recoge 109 libros escritos en México en lenguas indígenas entre 1524 y 1572. El siglo XVI fue el siglo de oro de las lenguas indígenas. Los religiosos de las primeras Ordenes misioneras, especialmente franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas, las estudiaron a conciencia, las divulgaron y gracias a ellos es que se han conocido y conservado algunos de estos idiomas.

Como ha dicho el papa Juan Pablo II “es un aporte cultural de primera mano de los misioneros, que testimonia su dominio de numerosas lenguas indígenas, sus conocimientos etnológicos e históricos, botánicos y geográficos, biológicos y astronómicos, adquiridos en función de su misión. Testimonio también de que, después del choque inicial de culturas, la evangelización supo asumir e inspirar las culturas indígenas (Discurso en Santo Domingo, 1984).

Señalemos a continuación algunas de las obras más destacables de cada grupo que fueron llevados a la imprenta, pues otras no se publicaron e incluso algunas se han perdido.

Catecismos y doctrinas

Con el término «catecismo» se ha designado en todos los tiempos al libro que contiene la exposición elemental de las verdades fundamentales del cristianismo. Es un manual popular, un resumen fiel y exacto de la doctrina cristiana. Ellos fueron siempre necesarios y eficaces en la práctica secular de la Iglesia, y no podía ser menos en la catequesis del Nuevo Mundo. Generalmente se preparaban dos clases de catecismos: uno «mayor», para los mejor preparados y adultos, y otro «menor», para los niños y gente ruda.

Entre los catecismos tenemos que poner en primer término la «Doctrina Christiana y catecismos para instrucción de los indios», que fue el primer libro impreso en Lima por Antonio Ricardo en 1584; fue, por otra parte, uno de los frutos del III Concilio de Lima de 1582-83. Esta Doctrina comprendía un «Catecismo breve para los rudos y ocupados» y un «Catecismo mayor para los que son más capaces», con la particularidad de imprimirse en castellano, quechua y aymara.

Esta «Doctrina» ha merecido varias ediciones y en su elaboración participaron los padres José de Acosta y los peritos en lengua quechua y aymara Alonso de Barzana, Blas Valera y Bartolomé de Santiago, jesuitas; se consultó también a varios sacerdotes y franciscanos. Este catecismo o doctrina ha merecido últimamente dos ediciones facsimilares: una reducida a cargo de Petroperú (1984) y la completa realizada en Madrid (1985) en la Colección Corpus Hispanorum de Pace, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).


Gramáticas y vocabularios

Aunque esta clase de obras no eran propiamente libros religiosos, lo eran en realidad por la finalidad con que eran preparados, que no era otra que el aprendizaje de los idiomas indígenas para mejor adoctrinar a los indios en su propia lengua. Sobre este aspecto se ha escrito mucho; de hecho fueron los misioneros los primeros y más fervientes estudiosos de los idiomas nativos, como lo demuestra la abundante bibliografía lingüista indiana. Por eso nosotros en este punto, como en los otros, queremos ser selectivos y solamente indicar los principales vocabularios y gramáticas por lo que al Perú se refiere.

Entre las gramáticas y vocabularios se lleva la palma el dominico Fray Domingo de Santo Tomás, quien en 1560 imprime en Valladolid su «Gramática o Arte de la lengua general de los indios de los Reynos del Pirú», y en ese mismo año saca a luz el «Vocabulario de la lengua general del Piru llamada quichua». Ambos trabajos inician en el Perú, dice Raúl Porras Barrenechea, la labor científica del quechuismo. El mismo Porras Barrenechea sacó ediciones facsimilares de ambas obras.

Introducida la imprenta en Lima en 1584, aparecieron algunos libros en quechua y aymara, especialmente estimulados por el III Concilio de Lima, el cual destaca entre los concilios y sínodos latinoamericanos. El entusiasmo por el aprendizaje del quechua fue general en el siglo XVI. El propio arzobispo de Lima Santo Toribio de Mogrovejo aprendió el quechua, en el que predicaba a los naturales. Fueron los religiosos de las diferentes órdenes religiosas los que más cultivaron el estudio del quechua y otros idiomas, de los cuales compusieron gramáticas y diccionarios, pero desgraciadamente no todo se ha conservado.

Surgió entonces el empeño de profundizar más y difundir el conocimiento de las lenguas indígenas, para lo cual lo mejor era crear cátedras de quechua, que fueron de tres clases: las establecidas en las catedrales para los futuros sacerdotes; las cátedras universitarias de enseñanza científica del idioma; y las establecidas en los Colegios Mayores de las distintas Órdenes para sus propios religiosos.

La primera cátedra instituida fue la de la Catedral de Lima, que por mandato del arzobispo Jerónimo de Loayza, comenzó en 1551, siendo su primer catedrático el canónigo Pedro Mexía. El tercer catedrático de la catedral fue el célebre quechuista Alonso de Huerta, criollo natural de Huánuco, doctor en teología, capellán de la iglesia de Copacabana en Lima. Se hizo cargo de la cátedra en 1592 y en 1616 publicó un «Arte de la lengua general de los Indios de este Reyno del Perú».

Al virrey Toledo se debe la fundación de la cátedra universitaria en San Marcos en 1577, con el objeto de preparar a los sacerdotes y ministros de las doctrinas en la predicación del evangelio. Fueron muchos los sacerdotes y religiosos que se distinguieron en esta cátedra del quechua, y solamente algunos llevaron a la imprenta sus trabajos. En 1604, en la imprenta de Antonio Ricardo en Lima, publica el agustino Juan Martínez de Ormachea su «Vocabulario de la lengua general del Perú llamada quichuay en la lengua española», que sirvió de texto en San Marcos.

De 1607 y 1608 son las obras fundamentales del Padre Diego González Holguín, jesuita, que publica su «Gramática y Arte Nueva de la lengua general de todo el Perú llamada lengua Quichua o lengua del Inca». Este libro, así como el «Vocabulario» del año siguiente, fueron publicados en Lima por Francisco del Canto y son joyas de la bibliografía peruana.

Otro cultivador notable de los estudios del quechua fue el también jesuita Padre Diego de Torres Rubio, cuyas obras en quechua y aymara son clásicas para los estudiosos de esos idiomas. El Padre Torres Rubio publicó en Lima en 1616, en la imprenta de Francisco del Canto, un «Arte de la lengua Aymara, con breve vocabulario y oraciones en ese idioma». Y en 1619 publicaba también en Lima su «Arte de la Lengua quichua, con un breve vocabulario”. Otro jesuita, Ludovico Bertonio, publicó un «Vocabulario de la lengua Aymara» (1612).

Entre los franciscanos se encuentra Fray Luis Jerónimo de Oré, quien preparó un «Arte y vocabulario de las lenguas quechua y aymara», que no llegó a publicarse y se desconoce su paradero. En cambio el también franciscano Diego de Olmos llegó a publicar una «Gramática de la lengua general del Cuzco» (Lima, 1633), pero hoy no se halla ejemplar alguno.

Cabe destacar también, por lo raro y porque es idioma desaparecido, la «Gramática o Arte de la lengua yunga» (Lima, 1644) que se hablaba en los valles de Trujillo, debido al licenciado Femando de la Carrera. Debemos anotar aquí también el dato de la primera gramática latina debida al franciscano Fray Juan de Vega con el título de «Instituciones grammaticae latino cármine» (Lima, 1590), obra rara de hallar.

Confesionarios y rituales

Este tipo de libros catequéticos, como su nombre lo indica, fueron redactados con el fin preciso de facilitar a los doctrineros o curas de indios el difícil ministerio de confesar a sus fieles. Confesionarios que generalmente tenían que redactarse en castellano y en los idiomas indígenas, especialmente en quechua.

El contenido de estos libros incluía, por lo general, una exhortación antes de la confesión, una serie de preguntas breves y concisas de acuerdo al orden de los mandamientos y sacramentos, y una plática final para ayudarles a la conversión y a la perseverancia en la vida cristiana. En cuanto a los rituales, estos contenían las ceremonias y oraciones correspondientes a cada uno de los sacramentos y sacramentales. Fueron utilísimos y preparados con fines pastorales.

Figura en primer lugar el «Confesionario para curas de indios» (Lima, 1585) del III Concilio de Lima. En él se encuentran importantes instrucciones contra las ceremonias y ritos antiguos de los indios, y son un importante conjunto de obras para estudiar la religiosidad popular de los indios. A este libro le siguen otros similares, como los famosos «Rituales» del franciscano Luis Jerónimo de Oré, el de Pérez Bocanegra y el «Itinerario para párrocos de indios» (Madrid, 1688) del obispo de Quito, Don Pedro Peña Montenegro, que mereció varias ediciones.

Fue especialmente importante el «Rituale seu manuale peruanum» (Nápoles, 1607) del Padre Oré, pues lo publicó en latín, quechua, aymara, puquina, guaraní y brasílica. La obra del Dr. Juan Pérez Bocanegra lleva por título «Ritual formulario e institución de curas para administrar a los naturales de este Reyno los SS. Sacramentos» (Lima, 1631).


Sermonarios y libros de extirpación de idolatrías

Dentro de la literatura misional, los sermonarios o colecciones de sermones y pláticas, tienen una finalidad complementaria a la de los catecismos: la de exponer más ampliamente los misterios cristianos, destinados especialmente para los doctrineros. Generalmente versaban sobre los evangelios de los domingos y días festivos, o pláticas para algunas circunstancias especiales. Estas obras fueron escritas tanto en castellano como en quechua y aymara. Esta clase de obras son además verdaderas antologías del quechua, pues sus autores fueron maestros en este idioma.

Entre los sermonarios, de nuevo tenemos que citar al III Concilio de Lima, pues publicó el «Tercero catecismo y exposición de la doctrina Christiana por sermones» (Lima, 1585), en castellano, quechua y aymara, libro utilísimo para que los sacerdotes preparasen sus pláticas sobre los misterios de la fe cristiana, los sacramentos, los mandamientos de Dios, la oración y los novísimos.

Este libro iba acompañado de una «Instrucción contra las ceremonias y ritos que usan los indios conforme al tiempo de su infidelidad», otra sobre las «Supersticiones usadas entre ellos y el Tratado sobre la misma materia» que escribió la autorizada pluma de Polo de Ondegardo. Al cuzqueño Cristóbal de Molina se debe una «Relación de las fábulas y ritos de los Incas» (1572), publicada en la Colección de Carlos A. Romero y Horacio H. Urteaga.

Antes que él, ya los agustinos habían escrito una “Relación de la religión y ritos del Perú” (1551-1555). Siguiendo con los sermonarios, encontramos que también el franciscano P. Oré compuso unos Sermones para los domingos y fiestas en quechua y aymara (Roma, 1606), pero se duda si llegaron a imprimirse.

La aparición de idolatrías escondidas entre los cultos católicos de los naturales de algunas provincias cercanas a Lima, obligó a una severa investigación por parte del arzobispado de Lima. Está en primer término el P. José de Arriaga, jesuita, y los clérigos Francisco de Ávila, Hernando de Avendaño y Alonso de Huerta, sin olvidar al mismo arzobispo Don Pedro de Villagómez. El P. Arriaga recibió el encargo de acompañar a los Visitadores de la Idolatría, nombrados por el arzobispo Lobo Guerrero en 1610.

El resultado de esa visita no fue sólo el establecimiento de los Colegios de Caciques, sino la publicación de “La extirpación de la idolatría en el Perú” (Lima, 1621), donde resumió el misionero sus propias observaciones acerca de las ceremonias gentílicas existentes entre los indios y los medios de extirparlas; de ahí la importancia de esta obra como fuente de primera mano. Otros dos insignes quechuistas compartieron con él las pesadas tareas que ese trabajo demandaba.

El Dr. Francisco de Ávila, natural del Cuzco y cura por los años de 1597 de San Damián, en la provincia de Huarochirí, fue el primero en descubrir entre los indios de su parroquia residuos de sus antiguas creencias. Como resultado de sus pesquisas escribió en 1608 su “Tratado y relación de los errores, falsos dioses y otras supersticiones y ritos diabólicos en que vivían antiguamente los indios de las Provincias de Huarochirí, Mama y Chaclla”. Pero su obra principal es el “Tratado de los Evangelios, por sermones, en lengua castellana y quechua”, impresa en Lima en dos volúmenes. Es curioso que este destructor de idolatrías haya sido, paradójicamente, dice Porras Barrenechea, en sus relaciones e informes, el depositario de las más bellas leyendas indígenas que se conservan de los naturales de la región de Huarochirí.

El Dr. Hernando de Avendaño, limeño y Vicario en 1617, fue nombrado Visitador del arzobispado de Lima y comenzó su visita por Huacho, Chancay y Cajatambo. Ese mismo año escribió Avendaño una “Relación sobre la idolatría”, que dio a conocer Medina en “La imprenta en Lima” (T.I, p. 280). En 1648 ascendió a Arcediano de la catedral de Lima y en 1650 fue visitador y extirpador de idolatrías. Avendaño escribió en castellano y quechua unos “Sermones de los misterios de nuestra santa fe católica en lengua castellana y la general del Inca” (Lima, 1648); esta obra estaba destinada a combatir los errores y supersticiones de los indios que persistían en sus antiguas creencias.

El arzobispo de Lima, D. Pedro de Villagómez, resolvió en 1647 emprender una nueva «Visita de la Idolatría» y a este fin expidió su célebre “Pastoral de exhortación e instrucción contra ella” (Lima, 1649), donde se dan interesantes informes sobre sus prácticas idolátricas. En Trujillo sobresalió otro canónigo, Don Pedro Reina Maldonado, que entre otras obras escribió un verdadero tratado para los Visitadores y un buen compendio de las supersticiones de los indios en su obra “Norte claro del perfecto Prelado en su pastoral gobierno” (1653), en dos volúmenes.

Y para cerrar este apartado, tenemos que hacerlo con la obra importantísima del jesuita P. José de Acosta, “De procurando Indorum salute” (Salamanca, 1588), donde recoge la doctrina y práctica de la primera evangelización, por lo que constituye el primer tratado de Misionología indiana. Ha merecido varias ediciones, siendo la última y más completa la dirigida por el Dr. Luciano Pereña,[4]en castellano y latín (Madrid, 1984- 1987),


Concilios y sínodos provinciales

Los Concilios limenses constituyen una fuente de primer orden para el estudio de la Iglesia en este periodo. Ellos legislaban para todo el territorio comprendido entre Nicaragua y la Patagonia, y representan el esfuerzo hecho por la jerarquía para adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y manera de ser de estas nuevas cristiandades.

Comienza la serie de Concilios de Lima en 1552 y se continúan en 1567, ambos a cargo y con la autoridad del arzobispo D. Jerónimo de Loayza, y en los cuales, especialmente en el segundo, se encuentra en germen casi todo lo acordado en el tercero. Es verdad que ni uno ni otro recibieron la sanción del Sumo Pontífice, pero el de 1567 fue indirectamente aprobado por la Santa Sede, puesto que un «Sumario» del mismo fue incluido en los cánones del Concilio III.

El texto del III Concilio de Lima (1582-83) ha sido editado varias veces, tanto por separado como en las «Colecciones generales de los Concilios Españoles» de Sáenz de Aguirre (Roma, 1753-55), Fray Matías de Villanuño (Madrid, 1784) y Tejada y Ramiro (Madrid, 1855) y en las de los «Concilios Limenses» de Fray Francisco Haroldo («Concilio limana», Roma, 1673) y D. Francisco Antonio de Montalvo («Lima limata», Roma, 1684), que recogen también los sínodos celebrados por Santo Toribio de Mogrovejo fuera de Lima.

Las ediciones más antiguas de dicho Tercer Concilio son las de Madrid (1590-1591), que estuvieron a cargo del Padre José de Acosta y reproducen el original latino de las actas conciliares y las de Sevilla y Madrid (1614), en donde se copia en primer lugar el Sumario del Concilio II. Modernamente ha merecido el III Concilio de Lima otras ediciones, como las del Padre Vargas Ugarte (Lima, 1951-54, 3 vol.), Guillermo Durán (Bs. Aires, 1982-84) y Enrique Bartra, S.J. (Lima, 1982).

A este apartado, habría que agregar las «Constituciones Sinodales» de los arzobispos de Lima D. Bartolomé Lobo Guerrero y D. Hernando Arias de Ugarte (Lima, 1614), últimamente reeditadas en Madrid. El obispo de Huamanga, D. Cristóbal de Castilla y Zamora, también publicó unas «Constituciones Sinodales de Huamanga» (1672).


Crónicas conventuales

Y como final de estas recensiones están las crónicas conventuales de las diferentes Órdenes religiosas, que tanta importancia tuvieron en la evangelización del Perú. Estas crónicas no sólo son útiles para sus respectivas congregaciones, sino que sirven también para conocer mejor la sociedad virreinal. No todas fueron publicadas ni tienen el mismo valor y aquí solamente mencionaremos a sus autores, pues el tema ha sido estudiado con frecuencia.

Cronológicamente fue la Orden de San Agustín la primera en publicar la crónica de su orden; fue el Padre Antonio de la Calanchacon su «Coránica moralizada», publicada en Barcelona en 1638. Otros agustinos que escribieron crónicas fueron los padres Bernardo de Torres, Alonso Ramos Gavilán y Juan Teodoro Vásquez. Entre los franciscanos están los padres Diego Córdova Salinas, su hermano Buenaventura Salinas y Córdova, Diego de Mendoza y Fernando Rodríguez Tena.

Los dominicos tuvieron al P. Juan Meléndez y Reginaldo de Lizárraga. La Orden mercedaria no llegó a tener el cronista que le correspondía y para conocer sus labores en el Perú es necesario acudir a las crónicas generales de su Orden, pero modernamente, el Padre Víctor Barriga recogió todo el material inédito.

Algo parecido hay que decir de los jesuitas, aunque son varios los escritores que dejaron abundantes noticias sobre sus orígenes en el Perú; así es valiosa la crónica anónima titulada «Historia general de la Compañía de Jesús en la Provincia del Perú» (Madrid, 1944, 2 vol.). Son importantes por otra parte las obras de los padres Anello Oliva, Jacinto Barrasa, Cobo y Acosta. También los Hermanos Hospitalarios o de San Juan de Dios y los Betlemitas tienen sus respectivos cronistas en el siglo XVIII.

A todo esto debemos agregar las vidas de santos y siervos de Dios que se santificaron en el Perú. Así tenemos biografías de Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, San Martín de Porres, San Juan Masías, Santa Rosa de Lima y otros siervos de Dios que florecieron en tierras peruanas, cuyos ejemplos de santidad fueron ejemplo y motivo de evangelización. Igualmente puede decirse de los monasterios de religiosas, en los cuales florecieron flores femeninas de virtud y austeridad.

Con toda esta producción catequética, doctrinal, lingüística e histórica nos damos cuenta de la importancia que el libro y la imprenta tuvieron en la evangelización del Perú, además del valor cultural de toda esta producción bibliográfica.


NOTAS

  1. José Toribio Medina Zavala (Santiago de Chile, 21 octubre 1852 – Santiago de Chile, 11 diciembre 1930): abogado, bibliógrafo, investigador, historiador, lexicógrafo y coleccionista chileno, el mayor recolector de fuentes para el estudio de la historia de su país. Curso de Humanidades del Instituto Nacional General José Miguel Carrera, dirigido entonces por el gran historiador Diego Barros Arana. Posteriormente estudió derecho en la Universidad de Chile, y se recibió como abogado el 26 de marzo de 1873.

    En 1875, el ministro de relaciones exteriores Adolfo Ibáñez Gutiérrez lo nombró secretario de la legación del Perú. Trasladado a Lima, comenzó a interesarse vivamente en el descubrimiento de documentos, buscando libros y archivos por toda la capital peruana. Estudió en el Museo Británico temas de la literatura colonial de Chile –un asunto que le apasionaba- y familiarizándose con las técnicas de organización de bibliotecas y de conservación de documentos antiguos. De Londres pasó a París, de París a Madrid, y regresó a su país en junio de 1877.

    Por encargo del gobierno, creó el archivo histórico “Capitanía General”, con los registros de la época colonial, hasta entonces guardados en una bodega. A fines de 1884, Medina fue nombrado secretario de la legación de España, de la cual era Ministro el almirante Patricio Lynch, con la misión adicional de obtener copias de los documentos más importantes concernientes a Chile. Dos años estuvo indagando en bibliotecas y archivos españoles. En el Archivo de Indias de Sevilla encontró antecedentes inéditos y muy valiosos para la historia colonial, no sólo chilena sino americana. A su regreso dio cuenta de un total de 17.799 páginas copiadas y listas para imprimir, con un ahorro de recursos también impresionante.

    En el año de 1887 publicó “Historia de la Inquisición en Lima”. En 1899 ocupó la primera cátedra de Historia Documental Americana y Chilena de la Universidad de Chile. Realizó otros viajes de estudios históricos en los archivos europeos. Dejó a la Biblioteca Nacional con sendos catálogos, un total de 60 mil impresos, 1.668 manuscritos originales y 8.659 documentos transcritos de su biblioteca personal, que se colocaron en una sala del edificio que hoy se denomina en su honor Biblioteca Americana José Toribio Medina.
  2. Rubén Vargas Ugarte (Lima, 22 de octubre de 1886 - Lima, 14 de febrero de 1975), sacerdote jesuita e historiador peruano. Rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú y Director de la Biblioteca Nacional de Lima. Estudió en Perú, Ecuador, España y Roma, investigando en los Archivos Vaticanos y en el AGI de Sevilla. En 1930 comenzó su docencia en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en las cátedras de Historia del Perú e Historia de América, llegando a ser Decano de la Facultad de Letras en 1935, creando el Instituto de Investigaciones Históricas (1937).

    Tras la muerte del padre Jorge Dintilhac en 1947 fue elegido Rector, cargo que ejerció hasta 1953. Fue también Profesor del Instituto de Missiologia de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1932-1933), Director de la Biblioteca Nacional del Perú durante el segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche.

    Indiscutiblemente uno de los principales historiadores peruanos, fue galardonado en 1953 con el Premio Nacional de Historia. Fue destacado miembro de la Academia Nacional de Historia, del Centro de Estudios Históricos-Militares del Perú, de la Real Academia de la Historia de España, de la Academia Peruana de la Lengua y miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. En 1960 fue nombrado presidente del Consejo Nacional de Conservación de Monumentos Históricos del Perú.

    Su Biblioteca, compuesta por 800 manuscritos y más de 2500 impresos coloniales y libros de los siglos XIX y XX, cuya temática eclesial, jesuítica, e histórica peruana y latinoamericana, hacen de ella un invalorable tesoro documental, es administrada por la jesuita Universidad Antonio Ruiz de Montoya de Lima. Ha dejado un muy notable acervo bibliográfico.
  3. Robert Ricard (1900-1984) fue un historiador francés. Empleó el término «conquista espiritual», tomado del libro del padre Ruiz Montoya (1639), refiriéndose a la Evangelización en la Nueva España. Su área de estudio fue la Nueva España, influenciado por Marcel Bataillon. Fue elegido miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su tesis “La conquista espiritual de México, Ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523-1524 a 1572” fue defendida en la Universidad de la Sorbona en 1933 ante Henri Hauser y publicada en México por primera vez en 1947. Es una de las principales obras de consulta sobre la obra misional en México de las órdenes mendicantes y punto de partida para investigaciones posteriores.
  4. Luciano Pereña (Aldeadávila de la Ribera, Salamanca, España, 1920 - Madrid 2007): es reconocido como uno de los recientes americanistas mayores. Doctor en Ciencias Políticas y Económicas, Catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca, catedrático de la U. Francisco de Vitoria, investigador del CSIC, Director del Corpus Hispanorum de Pace. Ha publicado un consistente acervo de fuentes, sobre todo de carácter jurídico, sobre la presencia hispana en América, como “La idea de justicia en la conquista de América”, 1992; Casas, Bartolomé de las, “De regia potestate”, 1989; “Descubrimiento y conquista: ¿genocidio?”, 1992; “Carta magna de los indios”, 1987; “La Escuela de Salamanca: Proceso a la conquista de América (Ensayo de filosofía política)”, 1986: entre otras muchas obras sobre el tema.

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JULIÁN HERAS

Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 2 (1992) 247-257]