GUATEMALA; La Reforma liberal

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Hacia un sistema liberal radicalizado de tipo individualista y anticlerical

La historia política y religiosa de Guatemala junto con la de las otras cuatro Repúblicas de América Central, entran en una nueva fase en el camino de su consolidación estatal en la segunda mitad del siglo XIX. Seguimos a grandes pinceladas el camino de Guatemala.

Tras el enésimo pronunciamiento militar el 3 de junio de 1871, los militares sublevados firman el «Acta de Patzicía» en la que declaran los motivos de su sublevación contra el presidente Vicente Cerna, considerado un usurpador, convocan una Asamblea Constituyente y nombran presidente provisional a Miguel García Granados (1871-1873).

Se dicen inspirar en los enciclopedistas Rousseau, Montesquieu y Voltaire, en el capitalismo de los Estados Unidos y en la política de la reforma mexicana. Sobre estas bases se lanzan a construir su proyecto de un Estado liberal. Enseguida comienzan a demoler el sistema conservador y a sus antiguos partidarios, y a promover las más puras doctrinas liberales en todos los campos.

En el campo económico promueven el dogma liberal de la «propiedad privada» sobre los medios de producción sin ninguna función social, hecho realidad mediante la expropiación de las tierras comunales de los pueblos de indios y entrega de tierras a las personalidades liberales, junto con créditos, exoneración de impuestos, mercado libre, sueldos a conveniencia del patrón, servicios públicos, seguridad y todo lo que pidiera la nueva generación de hombres de empresa que debían hacer su «capital» sacándole la máxima «ganancia» posible al hombre y a la tierra.

En realidad más que entre dos partidos políticos, la pugna entre liberales y conservadores es entre dos facciones de los mismos criollos que reacomodan el control del poder sobre los bienes y servicios de la nación. Siendo Guatemala un país eminentemente agrícola en el que la mayoría de la población vive en el campo, los ciudadanos son marginados en la toma de decisiones sobre su propio futuro.

En este sentido se perpetúan los antiguos regímenes políticos. La población en su mayoría queda totalmente marginada de la vida económica y política del país. Se fomenta así la ya perenne desconfianza de la población hacia la clase gobernante, a la que juzgan como corrupta y manipuladora en beneficio propio.

Pronto comienzan a verse también las distintas tendencias dentro del partido liberal; eso hace que los radicales organizados en torno a la llamada «Junta Patriótica», den golpes continuos para consolidar su proyecto. Ahora verán a la Iglesia como su enemigo principal al que hay que destruir en forma radical y definitiva.

Estos nuevos políticos no tienen fácil su proyecto, y encuentran resistencias dentro y fuera del país. Dentro están los pueblos orientales con cierto apoyo del gobierno hondureño, los que se alzan en protesta por las tropelías que se han cometido contra la Iglesia y las primeras privatizaciones de terrenos comunales.

A comienzos de 1872, el presidente Miguel García Granados firma con el presidente salvadoreño general Santiago González varios tratados encaminados a la «unión centroamericana», y se alían para derrotar al presidente de Honduras José María Medina Castejón, quien había ayudado a los liberales vecinos pero, al negarse estos a retribuir la ayuda, de acuerdo con el presidente conservador de Nicaragua Vicente Cuadra, comienza a ayudar a los exilados guatemaltecos y salvadoreños para que impongan gobiernos conservadores en sus respectivos estados.

Poco tiempo después el presidente García Granados invade Honduras, deponiendo al presidente Medina e imponiendo al liberal Celso Arias. Al invadir Honduras, García Granados deja la presidencia al general Justo Rufino Barrios. Con él toman el control los liberales radicales.

Entre tanto, en la Asamblea se discutía el proyecto de una nueva Constitución para un nuevo Estado con poder para crear, reformar o abolir cualquier clase de corporación, para controlar toda la educación, todas las comunicaciones con el exterior e, incluso, para nombrar las autoridades eclesiásticas.

Se implanta la laicización total de la educación. Se reimprimen los libros «EI Catecismo Político Constitucional de la República Mexicana» de Nicolás Pizarro y la «Disertación sobre los Bienes Eclesiásticos» de José Mª. Mora, para reforzar la influencia liberal radical mexicana en la nueva Constitución.

Se pretende centralizar todo el poder en manos del Poder Civil, y dentro de éste del poder ejecutivo caudillista que, como su mejor expresión, producirá las tres grandes dictaduras cafetaleras: Barrios, Estrada Cabrera, y Ubico; tres perfectos autócratas cuyo dios y ley no eran más que ellos mismos.

La Asamblea Constituyente se disuelve en 1873. García Granados, representando la línea moderada de los liberales, convoca a elecciones y en abril es electo por primera vez el general liberal radical Justo Rufino Barrios (1873- 1885). Este personaje es el clásico líder autoritario, duro, nacionalista y ardoroso defensor de la unión centroamericana.

En la dimensión religiosa se viven chocantes ambigüedades, como la presencia en pleno del Gobierno en los «Te Deum» de la Catedral, las solemnes celebraciones patronales en los pueblos o el Corpus Christi, la exoneración de los clérigos del servicio militar, el tañer de las campanas cuando es electo Barrios, la solicitud de capellanes para el Ejército, o el poner en los estatutos de la nueva academia militar que en ella debía haber una capilla.

También entre el Clero había contradicciones y tendencias, unas afines y otras opuestas a la Reforma liberal, que hacen temer al arzobispo Juan José de Aycinena y Piñol que se pueda llegar a un «cisma». El caso más destacado es el del Padre Ángel María Arroyo quien fue diputado, consejero de Estado, enviado especial en misiones diplomáticas y hasta candidato oficial para el Arzobispado.

Barrios logra centralizar todo el poder en sus manos y así, por fin, el 9 de junio de 1874 levanta la «Ley Marcial». Se recrudece la persecución contra los conservadores, y los liberales moderados son marginados. El poder omnipotente de Barrios aplasta el país bajo una capa de plomo totalitaria. Se ponen los cimientos de un Ejército identificado con la más radical mentalidad liberal, para la defensa de los intereses de la nueva clase política criolla.

En el campo de la educación, tan unido hasta entonces a la Iglesia, se impone la corriente positivista que viene a ser una interpretación materialista y anticatólica, donde se exalta al individuo y su éxito personal, lo útil, el progreso material, el deber, la ilustración, etc., llegando a constituir una especie de “la religión del siglo de las luces”, tal como la soñara el padre del positivismo Augusto Comte. Se evoluciona hacia una ruptura ideológica, en la que se inculca una concepción autárquica del Poder estatal, una nueva conciencia auto suficiente, indiferente ante los pobres y con gran ambición de «hacer plata». Sobre esta base se reforman todos los planes de estudio y se plantea el sistema educativo.

El poder de un nuevo criollismo excluyente y monopolizador de la propiedad

La vida política de la nación se concentra en el pequeño círculo de la Capital de Guatemala, constituyendo una pequeña élite urbana criolla que decide por todos. Pero, ¿cuál es la amplitud y el alcance de las reformas puestas en marcha? El movimiento es encabezado por la facción liberal radical, inspirada en los modelos liberal-capitalistas y en la filosofía positivista, presionados por el mercado internacional que demanda compradores para sus productos industrializados y necesita proveedores de algunas materias primas agrícolas y minerales.

Dentro del reparto del mercado mundial, en aquel momento, a Guatemala se le asigna la producción de café y así sigue siendo un pequeño país de monocultivo, totalmente dependiente de las oscilaciones y conveniencias del mercado internacional.

Los que más perdieron con este gobierno fueron los indígenas mayas, pues les quitaron sus tierras comunales (los ejidos establecidos por las Leyes de Indias) para venderlas o regalarlas a los nuevos encomenderos. Esto les supuso quedarse sin tierras para sembrar su maíz y frijol, para tener sus animalitos o cortar su leña, pero además tener que salir a buscar trabajo con los dueños de las nuevas fincas o bajar a las malsanas tierras de la Costa para poder sobrevivir.

Los grandes perdedores en la batalla por el poder fueron los pobres, es decir, la mayoría de la población. Si desde el primer momento no se enajenaron las tierras comunales o ejidales de las comunidades indígenas y ladinas, se comenzaron a correr los cercos de los propietarios que las iban inscribiendo en el nuevo Registro Civil, desconocido por los hombres del campo, analfabetas y sin ningún respaldo legal, pues las leyes se hicieron en la Capital por y para la nueva clase criolla.

Para incrementar el cultivo del café, el trigo, etc., los jefes políticos fueron dando órdenes de lotificar los grandes ejidos municipales y terrenos baldíos del Estado para repartirlos entre su gente.

Para solucionar el problema de la mano de obra en el campo, se vuelve al antiguo sistema de «los mandamientos», bajo el nuevo nombre de «reglamento de jornaleros», como lo llama un decreto del 3 de abril de 1877, que obligaba a los indígenas a trabajar en las malsanas haciendas de la costa. Como complemento se inician «las habilitaciones», que era una especie de contrato de trabajo que consistía en adelantarle al trabajador parte de su mísero salario a cambio de un determinado número de jornadas por lo que quedaban «comprometidos», algunos de por vida, con el patrón.

Símbolo de la crueldad con que se impusieron estas leyes durante la dictadura barrista es el látigo o las lúgubres mazmorras de la Penitenciaría Central, que se usaron sin piedad a todo el que se le opusiera. Ese es el precio humano que se tuvo que pagar para entrar al mercado internacional y pasar del aislamiento conservador al llamado eufemísticamente «progreso» liberal.

Hay un caso que hasta hoy se puede observar: aunque lo negaba, para distinguir a su departamento de los otros vecinos de Occidente y decir que sus pueblos no eran de indios, Justo Rufino Barrios evidenció su racismo cuando en su tiempo se cambiaron los apellidos y prohibió hablar en «mam» y usar trajes típicos en San Marcos.

Una economía liberal salvaje

Los bienes desamortizados (incautados) a la Iglesia se fueron en pagar deudas y gastos de guerra, y con lo que sobró se fundó el Banco Nacional. Como los grandes problemas que siempre han encontrado los dueños de fincas han sido el del crédito y el de la mano de obra, a partir de 1877 se comienzan a abrir los bancos comerciales, como el Internacional, Colombiano, de Occidente, Americano, Agrícola Hipotecario y otros, con los capitales de los antiguos y nuevos terratenientes.

En 1880 se inaugura el tramo del ferrocarril que va del puerto de San José a Escuintla; y en 1884 el tramo de Escuintla a Guatemala. Posiblemente la labor más profunda y duradera de la revolución liberal haya sido la creación de Institutos Nacionales y Escuelas Normales para formar maestros en las principales poblaciones del país.

El progreso que los liberales radicales y positivistas del momento se proponían, pretendía la modernización del Estado, la construcción de las primeras líneas de ferrocarril, la introducción del telégrafo y de la electricidad, la expansión de la educación, el aumento de exportaciones e importaciones, etc. Surgen también nuevos órganos de prensa y aumenta la producción editorial.

Se muestra interés por la investigación histórica de Centroamérica. Surgen en esta época algunos notables historiadores de la época: así en 1878 Rafael Montufar publica «Reseña Histórica de Centro América» y en 1879 José Milla «Historia de América Central». Coincidiendo con la gran crisis económica y social que atraviesa Europa, se estimula la emigración europea y comienzan a llegar españoles, italianos, franceses, alemanes y norteamericanos.

«La biblia de los liberales» y el dictador Justo Rufino Barrios

En 1879 se aprueba la Constitución, llamada por algunos “La biblia de los liberales”, que fungió como ley consecutiva de la república de Guatemala hasta 1944. Fue reformada o acomodada a las conveniencias de los gobernantes durante los gobiernos del general Barillas en 1885, general Reyna Barrios en 1897, Estrada Cabrera en 1903, Carlos Herrera en 1920, general Orellana en 1927 y del general Ubico en 1935 y 1941.

Aquella Constitución fue el plan para institucionalizar el proceso hasta entonces impulsado por los decretos de Justo Rufino Barrios, con una historia larga y azarosa de siete años llenos de incidentes. Fue la primera vez que para descalificar a los contendientes se les llamó «comunistas».

Lorenzo Montúfar, el gran maestro de la ideología liberal, fue rector de la Universidad, ministro de relaciones exteriores, historiador, autor de numerosas publicaciones; es considerado el «padre» de esa Constitución, y en la primera etapa de ese gobierno el cerebro detrás del trono.

La Constitución se estructuró en torno a tres ejes: la nacionalidad, la religión y la estructura jurídica de la República. En los asuntos religiosos es volteriana, recalcitrantemente laica, y no hace más que legitimar los decretos del presidente. A pesar de ser los «moderados» una minoría en la Constituyente, ese asunto fue el más polémico de todos. Pasando por encima de las recomendaciones y exigencias del ministro de Relaciones Exteriores Lorenzo Montúfar, y sin querer escuchar otras opiniones autorizadas y posibilidades de negociación, el presidente Barrios, que tenía una deuda con los liberales mexicanos que le habían ayudado a tomar el poder, se encaprichó en viajar en 1882 a los Estados Unidos para firmar el Tratado de Límites con México, por el cual Guatemala aceptaba las actuales fronteras, cediendo a México definitivamente el estado de Chiapas y la región del Soconusco.

A cambio, parece que verbalmente, recibió el «placet» para restablecer la Unión Centroamericana. Pero el negocio solo lo hizo México con los Estados Unidos, con la diferencia de que México tuvo que firmar después de ser vencido en una guerra, mientras que Guatemala firmó por la libre voluntad de su presidente.

Se dice que en sus últimos años Justo Rufino Barrios comenzó a volverse más moderado, tendencia no aceptada por los liberales más radicales. En septiembre de 1884, con motivo de la inauguración del ferrocarril de Guatemala al puerto de San José, en el océano Pacífico, el presidente Barrios invita a los presidentes Za1dívar de El Salvador y Bográn de Honduras para acordar la unión centroamericana.

Barrios, sintiéndose suficientemente fuerte y seguro, por su cuenta proclama la Unión Centroamericana, el 28 de febrero de 1885, y al frente de un poderoso Ejército que tenía bastantes aliados en El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, el general Justo Rufino Barrios se dirigía a hacer de Centro América una sola nación.

Pocos kilómetros después de haber salido del territorio guatemalteco y sin haber entrado aún en combate, en Chalchuapa, El Salvador, el 2 de abril de 1885 muere baleado en una forma nunca aclarada.

Barrios cometió una serie de graves errores al coartar la libertad, implantar el latifundismo, perseguir implacablemente a la Iglesia católica, cercenar el poder municipal, entregar a México gran parte del territorio nacional, etc. Por otra parte, Justo Rufino Barrios, para bien y para mal, introdujo a Guatemala en el mundo moderno.

NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

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RICARDO BENDAÑA PERDOMO

(La Iglesia en la historia de Guatemala 1500-2000, Artemis Edinter©)