HAITÍ; La Revolución Negra

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Una reacción histórica en América

En el primer viaje del genovés Cristóbal Colón al servicio de la Corona de Castilla, se descubren seis islas que en la onomástica escatológica de Colón reciben el nombre de San Salvador, Nuestra Señora de la Concepción, Fernandina, Isabela, Juana y Española. Esta última isla de ochenta mil kilómetros cuadrados, fue, en su ciudad principal, Santo Domingo de Guzmán, el centro orgánico y cerebral donde se forjo la idea española sobre América, cuando ya se había producido desde ella las primeras expansiones que abrieron el conocimiento del inmenso continente, en el que se fundaron los Reinos Españoles en tierras americanas.

Pero hasta 1550, Santo Domingo fue gobernación principal y su potente Audiencia el cerebro, desde el cual se configuró la personalidad de la América Española. En 1697 España cedió a Francia el extremo occidental y Haití -nombre indígena de la isla- se denominó Saint Domingue, convirtiéndose en una prospera colonia de plantación, mediante el desembarco durante el siglo XVIII de importantes contingentes de esclavos negros que incrementaron la abundante producción de azúcar, algodón, café e índigo.

Entre 1790-1800, se produjo un violento estallido, eco de-la revolución francesa, dirigido en Saint Domingue por un ex esclavo: Toussaint L' Ouverture que tras una década de matanzas y violencias, proclamó la libertad de Haití en 1804.

En Saint Domingue existió, de hecho, un terreno extraordinariamente fértil para una revolución social que puso de manifiesto durante doce años de matanzas. Sobre un territorio devastado se impuso la república de Haití, bajo el gobierno del general Dessalines; colocándose en su sombrero la escarapela blanca. Por su parte, los mulatos, dirigidos por un mulato llamado Vincent Ogé, hijo de un hacendado, que se había educado en París, donde había mantenido frecuentes contactos con los revolucionarios de «Les Amis des Noirs», se levantaron reclamando los derechos a la libertad y el final de la esclavitud, que constituían temas básicos del programa social de la Revolución francesa.

Derrotado, Ogé se refugió en el Santo Domingo español, cuyo gobernador, pese a las protestas del esclarecido oidor Faura, lo entregó a la asamblea de Saint Domingue, la cual, pese a la promesa empeñada con el funcionario español de tratar al reo con clemencia, ordenó su tortura y muerte en presencia de toda la asamblea. Al decidir este peligroso giro hacia la violencia, la minoría blanca, convertida en intérprete de la revolución, proporciona argumentos de base muy sólidos para la insurrección, dentro de este mismo esquema, de los negros.

Estos se sintieron profundamente discriminados al llegar una decisión de los revolucionarios metropolitanos, ordenando la admisión a las asambleas primarias y coloniales de las gentes de color que fueran hijos de hombres libres. Una fuerza de esclavos negros, al mando de Boukman, avanzó contra la ciudad de Cap Francois, precedidos de un macabro estandarte: un niño blanco clavado en una lanza.

Los mulatos solicitaron armas a los blancos para la defensa de la ciudad, y la contestación de éstos fue su exterminación, volviendo luego contra los negros; arrasándolos sin dejar ni uno vivo. Ello supuso la señal del levantamiento de los negros de la isla, a los cuales se sumaron los mulatos que, juntos, derrotaron a los blancos en Croix des Bouquets el 21 de marzo de 1792, obligándolos a refugiarse en Port au Prince. Poco tiempo después, la asamblea nacional francesa proclamaba la igualdad entre todos los hombres libres, confirmaba la legalidad de la esclavitud y anunciaba el envío a la isla de seis mil hombres; al conocer la noticia, los mulatos se reintegraron a la obediencia de los blancos.

Pero, al conocerse la inminente intervención de Inglaterra (1793), la colonia no tuvo más remedio que proceder del único modo sensato para conseguir una posibilidad efectiva de defensa: la abolición de la esclavitud. Muchos de los cabecillas de color se pasaron a otras islas o al Santo Domingo español, donde se les concedieron despachos de oficiales del ejército.

Uno de ellos fue Toussaint Louvertoure, que llegó a ser presidente de la primera república negra. Este, cuando se produjo el desembarco inglés, traicionó a los españoles y se pasó a los franceses, por creer que podría alcanzar más provecho junto a éstos en pro de la causa de los negros. Con la paz de Basilea, España cedió Santo Domingo a los franceses.

Era preciso expulsar a los ingleses que permanecían en la isla, y el único hombre capaz de conseguir el apoyo de la masa negra y la constitución de un ejército para materializar la lucha contra los ingleses fue Toussaint Louvertoure, que de ese modo se convirtió en la primera autoridad militar de la isla, y como tal fue reconocido por el gobierno francés en 1797. A partir de este momento operan en la isla diversas tendencias que, en síntesis, pueden calibrarse del siguiente modo:

  • El desenvolvimiento económico, político y militar de Saint Domingue seguía, desde 1792, realmente un curso diferente del de Francia.
  • La autonomía, de hecho, producía una serie de hechos consumados que emanaban de la voluntad colonial.
  • Los negros, que tenían el poder militar, eran los que gobernaban, siguiendo las ideas autonomistas de los blancos en la etapa 1790-1791.
  • Extranjeros, como Maitland, en 1798, y nativos, instigaban de un modo constante a Toussaint para acceder a la independencia efectiva. Los éxitos obtenidos constituían fuerzas que incitaban a Toussaint a proceder, en efecto, a hacer una prueba de fuerza. En esos momentos, Saint Domingue era la primera potencia militar del Caribe.
  • La mayoría de los colonos que se habían quedado en la isla apoyaban a Toussaint como garantía de orden.

Sin embargo, la actitud con respecto a Francia era sumamente complicada para los negros revolucionarios. Toussaint subrayaba -con mucha frecuencia- su fidelidad hacia Francia y a la República. Y de hecho resultaba evidente que la libertad de los negros, aunque alcanzada por perentoria necesidad ante el peligro británico y en la medida que los negros eran la única fuerza militar disponible, había sido propiciada por la ideología de la Revolución francesa.

Si Toussaint se decidía a dar el paso definitivo, seria, sobre todo, teniendo en cuenta el estatuto colonial y, en todo caso, procurando restringir el grado de dependencia de la isla respecto con la metrópoli francesa. El 5 de febrero de 1801, Toussaint decidió confiar la elaboración de una ley constitucional a una comisión especial, aunque él ya tenía en la mente el proyecto.

En mayo de 1801 reunió un grupo de diez individuos y nombró la constituyente formada por diez hombres de paja, de los cuales seis representaban la antigua parte francesa y cuatro a la española. Se limitaron a aprobar el proyecto ya elaborado por Toussaint y sus tres consejeros europeos: los franceses Pascal y Rollure y el italiano Marini. La Constitución fue proclamada el 8 de julio de 1801, y se establecía una definición de la isla como el territorio de una colonia que formaba parte del «imperio francés», aunque sujeta a leyes especiales.

El mando de Toussaint quedaba afirmado como gobernador general vitalicio, con derecho a nombrar sucesor. Cuando Napoleón accedió plenamente al poder en Francia, le resultaba imposible tolerar «al africano iluminado», como le solía llamar; se trataba de la sombra tropical y negra del águila imperial francesa.

A finales del año 1801, el general Leclerc recibía instrucciones de marchar a las Antillas y terminar con la soberanía de Toussaint sin contemplaciones, extirpando de raíz a todos los negros y mulatos que habían participado en las guerras civiles. La campaña de Leclerc fue inexorable; obligado a capitular, Toussaint sería finalmente enviado a Francia con toda su familia, donde murió en 1803.

Pero la semilla de la rebelión había quedado en la isla. La antorcha de Toussaint fue recogida por Jean-Jacques Dessalines, que inició una insurrección general que, junto con la fiebre amarilla, diezmó al ejército francés. Imitando a Napoleón, Dessalines se proclama emperador y organiza la independencia. Morirá fusilado en 1806.

Norte y Sur se separaron bajo gobernantes distintos. En el Norte, con capital en Cap Haitien, lo hizo Henri Christophe entre 1808 y 1820, el último de los generales revolucionarios, que se hizo coronar rey Henri I, imponiendo un severo régimen de trabajo y disciplina que desembocó en rebelión. En 1820 se suicidó.

En el Sur, Alexandre Petion era el «presidente de la república de Haití», desde 1808 hasta 1818. Era un mulato educado en Francia, que se sentía profundamente liberal y que, en razón a sus ideas, permitió tanta libertad que se produjo el hundimiento económico de la parte sur de la isla. Jean Pierre Boyer.

Se trata, en defintiva, de un quid novum, en cuanto a la aplicación de una acción histórica originada en un determinada sociedad europea -la francesa-, con unos propósitos de quebrantar lo que en ella se denominó «antiguo régimen», llevando ahora a cabo en un mundo colonial francés, siguiendo modelos revolucionarios franceses, por parte de una sociedad étnicamente distinta y en un escenario absolutamente diferente.

Podría, pues, pensar en una evolución no encuadrable en una estructura operativa, aunque perteneciente a un cimiento objetivo. Sin embargo, dado el destino ulterior de la revolución de independencia, la alternativa política geográfica ceñida a la isla misma, dividida entre Haití y la República dominicana, y al mantenimiento entre ambas partes de la isla de un propósito permanente de mutua independencia y liberación, parece más propio considerar el fenómeno de la independencia haitiana como un interregno histórico, caracterizado básicamente por la dispersión de la unidad geo-histórica insular y el mantenimiento permanente de un mutuo deseo de independencia, sin haber conseguido en ningún momento una específica distensión, sin que se haya producido una regulación de su dialéctica extrínseca, de modo que los procesos históricos deben ser considerados categorías de imbricación entre los dos sujetos que constituyeron, en su día, una fuerte unidad.

En definitiva, los hechos predominan sobre los procesos, de tal manera que lo estructural dimite ante lo funcional.


MARIO HERNÁNDEZ SÁNCHEZ-BARBA © Universidad Francisco de Vitoria