Diferencia entre revisiones de «HISPANIDAD»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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==Proyección y trascendencia==
 
==Proyección y trascendencia==
  
Sin faltar a la verdad histórica podríamos decir que fue la Hispanidad más que España la descubridora de América. Y la razón es que más allá de las circunstancias materiales concretas presentes en del viaje de Cristóbal Colón, éste no fue una empresa materialista mercantil, sino una obra del espíritu humano impregnado de la Fe cristiana.  
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Sin faltar a la verdad histórica podríamos decir que fue la Hispanidad la descubridora de América. Y la razón es que más allá de las circunstancias materiales concretas presentes en del viaje de Cristóbal Colón, éste no fue una empresa materialista mercantil, sino una obra del espíritu humano impregnado de la Fe cristiana.  
  
 
A semejanza de San Francisco de Asís, esa Fe fue manifestada en cada amanecer del viaje descubridor cuando las tres «carabelas» se acercaban una de otra y sus tripulaciones, presididas por Colón, decían al unísono: ''“Bendita sea la luz/ y la Santa Veracruz/ y el Señor de la Verdad/ y la Santa Trinidad/Bendita sea el Alba/ y el Señor que nos la manda/ Bendito sea el día/ y el Señor que nos la envía.”''
 
A semejanza de San Francisco de Asís, esa Fe fue manifestada en cada amanecer del viaje descubridor cuando las tres «carabelas» se acercaban una de otra y sus tripulaciones, presididas por Colón, decían al unísono: ''“Bendita sea la luz/ y la Santa Veracruz/ y el Señor de la Verdad/ y la Santa Trinidad/Bendita sea el Alba/ y el Señor que nos la manda/ Bendito sea el día/ y el Señor que nos la envía.”''
  
Y si bien es cierto que muchos españoles no tenían el espíritu de la Hispanidad, e incluso no pocos se guiaban por un espíritu contrario, anti-hispánico, si fue el espíritu Hispano el que prevaleció e inspiró la obra en «Las Indias». Así lo demuestra el testamento de Isabel la Católica, las Leyes de Indias, y la gran multitud de hospitales, escuelas, asilos, orfanatos, etc., edificados en todo el Continente.
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Y si bien es cierto que muchos españoles no tenían el espíritu de la Hispanidad, e incluso no pocos se guiaban por un espíritu contrario y por tanto anti-hispánico, si fue el espíritu Hispano el que prevaleció e inspiró la obra en «Las Indias». Así lo demuestra el testamento de Isabel la Católica, las Leyes de Indias, y la gran multitud de hospitales, escuelas, asilos, orfanatos, etc., edificados en todo el Continente.
  
 
Fue también la Hispanidad la que dio origen a Hispanoamérica; es decir, una comunidad de naciones cuya unidad se encuentra más en el espíritu que en la biología, más cultural que racial, pues como certeramente afirmaba José Vasconcelos, ''“Bajo la acción civilizadora de los españoles se castellanizó el indio de un extremo a otro de América. Y desde entonces cada indio que habla castellano como su lenguaje nativo, es un hijo legítimo de la raza española, que está hecha no sólo de sangres afines, no solo de mestizajes generosos, sino también de formas y alianzas del espíritu.''<ref>VASCONCELOS CALDERÓN José; Discurso del Día de la Raza en San Antonio, Texas. En Discursos 1920-1950. Ed. Botas, México, 1950, p. 180</ref>
 
Fue también la Hispanidad la que dio origen a Hispanoamérica; es decir, una comunidad de naciones cuya unidad se encuentra más en el espíritu que en la biología, más cultural que racial, pues como certeramente afirmaba José Vasconcelos, ''“Bajo la acción civilizadora de los españoles se castellanizó el indio de un extremo a otro de América. Y desde entonces cada indio que habla castellano como su lenguaje nativo, es un hijo legítimo de la raza española, que está hecha no sólo de sangres afines, no solo de mestizajes generosos, sino también de formas y alianzas del espíritu.''<ref>VASCONCELOS CALDERÓN José; Discurso del Día de la Raza en San Antonio, Texas. En Discursos 1920-1950. Ed. Botas, México, 1950, p. 180</ref>

Revisión del 17:06 17 ago 2017

Antecedentes históricos

Cuando en el año 217 a.C., los romanos incorporaron a su Imperio la península que los griegos llamaban «Ibérica», le dieron el nombre de «Hispania». En ese territorio, que vino a ser la parte más occidental del Imperio Romano, nacieron dos personajes que llegaron a ser emperadores: Trajano,[1]y Adriano.[2]También nacieron en «Hispania» los primeros astrónomos del Lacio, Higinio y Lucio, el geógrafo Mela,[3]y el filósofo Lucio Séneca.[4]

La «Hispania», el occidente del occidente, tendrá en común con el resto del Imperio la «cultura greco-latina», llamada también «cultura occidental». De Grecia, la cultura occidental incorporó la filosofía; es decir, la pasión por la búsqueda de la verdad acerca de las cualidades de la vida humana, como el conocimiento y la libertad, y de los grandes interrogantes de la existencia, como la moral y el sentido de la vida. De Roma recibiría la pasión por la justicia y la búsqueda de una mejor convivencia, expresada en el Derecho y en los sistemas políticos y sus instituciones. También Roma aportaría el latín, que fue la lengua en torno a la cual se dio la unidad cultural de todo el Imperio, incluida la «Hispania».

“Fue merced a la acción política del Imperio por lo que las naciones o tierras todas de Occidente llegaron a sentirse por primera vez fundidas en un solo haz de pueblos (…) La unidad política trajo la unidad de lengua, de cultura, de ideal y empresa; todos eran ciudadanos equiparados por una legislación que fortalecía los vínculos familiares y creaba un espíritu de universal ciudadanía.”[5]

En el otro extremo del Imperio, durante el gobierno del emperador Julio César Augusto,[6]y como lo había profetizado ocho siglos antes el profeta Miqueas,[7]nació Jesucristo en Belén de Judá. En esa región situada al oriente del Imperio, durante tres años Jesucristo recorrió “toda Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y dolencia.”[8]

En esa misma región escogió Jesús a Pedro y los otros apóstoles,[9]a quienes encomendó una misión: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”[10]En los «Hechos de los Apóstoles» se vuelve a recoger esa misión: “y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.”[11]

Para los pescadores de Galilea, “los confines de la tierra” debieron haber sido los límites del Imperio, que al occidente estaban conformados por la «Hispania». La preocupación de los apóstoles en cumplir la misión de llevar el Evangelio a esos confines quedó manifiesta en San Pablo, autor de la «Carta a Los Romanos»: “Cuando emprenda mi viaje para España, espero al pasar visitaros…”[12]

San Pablo, que al parecer escribió su Carta a los Romanos desde Corinto en el año 58, probablemente no pudo realizar su proyecto de viajar a España, pues fue martirizado y muerto poco tiempo después en Roma. Sin embargo, la misión de anunciar y bautizar la Hispania no fue abandonada por la naciente Iglesia.

“En los tiempos apostólicos siete misioneros fueron enviados a la vieja España (Torcuato, Tesifonte, Indalecio, Eufracio, Cecilio, Hesiquio y Segundo). Desde el principio, el «límite del Occidente» vio caer la idolatría y los mitos (momento de ruptura) y la regeneración de la cultura hispano-romana (momento de conversión); de modo que hacia el siglo II la fe estaba muy extendida; y el paganismo, en el siglo IV, había perdido totalmente su fuerza.”[13]

Así lo demuestra Aurelio Prudencio,[14]que en su «Peristéphanon» o «Corona de mártires», escrito hacia el año 404, dedica varios himnos a los mártires de Zaragoza Ascio y Zoilo, y a su gran amigo Valeriano, segundo obispo de esa misma diócesis.[15]

Esencia de la Hispanidad

Es evidente que «Hispania» recibió el bautizo desde los mismos tiempos apostólicos, y ese acontecimiento la transfiguró en «Hispanidad»; es decir, en una realidad que, asentada en un mundo material concreto, proyecta un espíritu “que no se estrecha al espacio ni al tiempo, sino que es algo de superior categoría, asentado sobre la base del espíritu que lo ve todo en función de eternidad, «sub specie aeternitatis».”[16]

Siguiendo a Santo Tomás podemos afirmar que el ser humano es “la unidad substancial de espíritu y materia”; es decir, no sólo espíritu (angelismo), no sólo materia (bestialismo), sino la íntima unidad de ambos que da por resultado un cuerpo espiritualizado y un espíritu materializado.

“Esa unión es íntima, profunda, permanente, hasta el extremo que todo lo que le pasa al cuerpo, repercute en el alma. Un objeto de la exterioridad afecta a un órgano de los sentidos; pues el alma instantáneamente toma conciencia de ello. Ella no sufre la acción externa. Ella produce, por actividad propia, una imagen que representa perfectamente la afectación sufrida por el cuerpo. La sensación es pues, la conciencia del alma de lo padecido por el cuerpo. (San Agustín, Epístolas 7,3). Las diversas sensaciones son unificadas por un sentido central interior, que nos hace sentirlas como nuestras, relacionarlas y verlas en su unidad.”[17]

Análogamente podemos decir que, en cuanto colectividad de personas, un pueblo es también la unidad del espíritu de ese pueblo con su realidad material, la que es conformada por un territorio, una raza y una cultura. Y por ello podemos afirmar que la conciencia surgida por el acontecer histórico de la «Hispania», formó la sensación unificada que se conoce como «Hispanidad». Así podemos calificar, cuando menos de torpe, a cualquier reflexión que solo atienda al aspecto extrínseco (siempre el más superficial) de la «Hispanidad», e ignore o desprecie lo más íntimo y esencial: su espíritu.

“La unidad política y jurídica que le diera Roma favorecía la difusión de la sobrenatural doctrina, y la cultura por ella expandida capacitaba a los oyentes para entenderla (…) Sólo así se explica la difusión rápida del Cristianismo, que al descender de los alto no mató los gérmenes de la antigua civilización ni alteró el modo racial o territorial de las naciones, sino que lo mejoró y adaptó a la nueva inserción que en el tronco humano se hacía (…) No destruyó, en consecuencia, cuanto de noble y bueno produjera el ingenio humano confiado a sus solas fuerzas, y cuyo máximo exponente era la civilización grecolatina (…) sino que, sanando sus llagas como la gracia hace con la naturaleza, y remediando sus debilidades, y sublimando su modo de ser, insertó una nueva vida en el viejo tronco de una cultura que por sí sola resultaba infructuosa para la salud de los hombres.”[18]

Vicisitudes y desarrollo

“(La historia) no es una mera sucesión de hechos (…) sino la relación interpersonal humana, o sea la pluralidad de acciones y pasiones de los hombres, que afectan el interés humano. Basta que la existencia o actuación de un hombre afecte el interés o deseo humano, para que se configure la historia. Y según se extienda el interés afectado, la historia será individual, familiar, local, provincial, nacional, internacional y universal.”[19]

La Hispania, ya transformada por su bautizo en Hispanidad, empezaría pronto a dar frutos de gran importancia en la historia universal. En el año 294 Ossio fue elegido obispo de Córdoba,[20]sufriendo tormentos y destierro durante la persecución del emperador Diocleciano. Posteriormente y debido a su fama de hombre sabio y prudente, en el año 313 fue invitado a acompañar a Milán al emperador Constantino, influyendo sobre él en la elaboración y promulgación del célebre «Edicto de Milán» que permitió a la Iglesia salir de las catacumbas.

Pero en el año 378, en la Batalla de Adrianópolis el ejército bárbaro de los Godos derrotó a las Legiones Romanas; a partir de entonces las invasiones bárbaras se multiplicaron e hicieron saltar en pedazos al Imperio Romano de Occidente. A partir del año 409 Hispania sufrió también la invasión de los bárbaros: vándalos, visigodos, suevos, alanos y silingos rompieron la organización política que había tenido durante el Imperio.

“El hundimiento del Imperio Romano, a consecuencias del empuje de los bárbaros del Septentrión, da inicio a lo que hoy se conoce como Edad Media (…) Un fermento de espiritualidad y universalidad mucho más fuerte y amplio que el puramente jurídico sembrado por Roma, una ciudadanía de trascendencia más honda que la realizada por el Imperio, y una cultura más genuinamente humana y sublimadora del hombre, se había ido adueñando de todo el organismo romano (…)

La Edad Media amaneció cristiana, y sobre las ruinas acumuladas en la Europa latina por el turbión bárbaro, surgió lo que podemos llamar el Occidente cristiano, una nueva criatura bautizada en Cristo con el doble bautismo de la Cultura y de la Fe. Y si Roma no murió entonces totalmente, si Europa conservó su cultura y hoy podemos hablar del Occidente cristiano como una entelequia espiritual, de algo que no es únicamente tierra y sangre, lo debemos al cristianismo.[21]

La Hispania cristiana, que recogía el legado de Grecia y Roma pero lleno de espiritualidad, templaría su carácter a lo largo de los siete siglos de invasión musulmana (siglos VIII al XV), que le llevaron a tener una «cruzada a domicilio» involucrando no sólo a sus hombres sino a toda la población. La llamada España «mozárabe» resistirá a los moros no sólo militarmente, sino culturalmente. Incorporó como propio lo valioso de la cultura árabe, pero sin hacerse musulmana.

“No hay que olvidar la característica historia cristiana española a partir del siglo VIII, cuando los musulmanes del Norte de África invaden el Reino español de los visigodos y lo desbaratan en la batalla de Guadalete (Andalucía) donde perece el último rey visigodo Don Rodrigo, que pasará a la leyenda épica española en multitud de romances (711). Casi todo el Reino visigodo español cae bajo dominio musulmán, si se exceptúan las regiones montañosas del Norte, astures, cántabros, vascos, y zonas de la Navarra y de la Cataluña pirenaica. En el año 721 encontramos los hechos conocidos como “batalla de Covadonga” en las montañas de Asturias, donde un príncipe visigodo, Don Pelayo (+737), levanta el estandarte de la Cruz contra el invasor musulmán y da comienzo a la Reconquista, que se concluirá en 1492, en Granada.”[22]

Proyección y trascendencia

Sin faltar a la verdad histórica podríamos decir que fue la Hispanidad la descubridora de América. Y la razón es que más allá de las circunstancias materiales concretas presentes en del viaje de Cristóbal Colón, éste no fue una empresa materialista mercantil, sino una obra del espíritu humano impregnado de la Fe cristiana.

A semejanza de San Francisco de Asís, esa Fe fue manifestada en cada amanecer del viaje descubridor cuando las tres «carabelas» se acercaban una de otra y sus tripulaciones, presididas por Colón, decían al unísono: “Bendita sea la luz/ y la Santa Veracruz/ y el Señor de la Verdad/ y la Santa Trinidad/Bendita sea el Alba/ y el Señor que nos la manda/ Bendito sea el día/ y el Señor que nos la envía.”

Y si bien es cierto que muchos españoles no tenían el espíritu de la Hispanidad, e incluso no pocos se guiaban por un espíritu contrario y por tanto anti-hispánico, si fue el espíritu Hispano el que prevaleció e inspiró la obra en «Las Indias». Así lo demuestra el testamento de Isabel la Católica, las Leyes de Indias, y la gran multitud de hospitales, escuelas, asilos, orfanatos, etc., edificados en todo el Continente.

Fue también la Hispanidad la que dio origen a Hispanoamérica; es decir, una comunidad de naciones cuya unidad se encuentra más en el espíritu que en la biología, más cultural que racial, pues como certeramente afirmaba José Vasconcelos, “Bajo la acción civilizadora de los españoles se castellanizó el indio de un extremo a otro de América. Y desde entonces cada indio que habla castellano como su lenguaje nativo, es un hijo legítimo de la raza española, que está hecha no sólo de sangres afines, no solo de mestizajes generosos, sino también de formas y alianzas del espíritu.[23]

En cuanto encarnada en hombres concretos, la Hispanidad tuvo luces y tuvo sombras, y solo una mentalidad maniquea, como la que inspira a la leyenda negra, puede ver solo las sombras. Igualmente las luces de Hispanoamérica quedan casi ocultas a una inteligencia que desdeñe realizar su misión suprema que es conocer el «sentido» de los hechos y de la realidad, como es el caso de “la mente formada por el positivismo, capaz de construir computadoras, pero incapaz de explicar el sentido de su construcción.”[24]

Igualmente maniquea sería una mentalidad que solo quiera ver las luces e ignore las sombras. Además de una mente abierta a la verdad histórica que haga a un lado leyendas negras o blancas, es necesario querer ver más allá de las realidades humanas materiales para encontrarse con la concreción de la Hispanidad más profunda y trascendente que está en las cumbres del espíritu.

“Españoles y portugueses concibieron y realizaron una colonización en el sentido de una obra de elevación cultural conforme a su significado etimológico de colere: cultivar. No podría haber sido de otro modo, dado que la empresa de conquista del Nuevo Mundo obedecía a un ideal superior de Fe, expresado en las palabras de Camóes, en el Canto I de «Os Lusíadas», refiriéndose a aquellos «reyes que fueron dilatando la Fe y el Imperio».”[25]

La Hispanidad en la Independencia

De las varias las causas que en los inicios del siglo XIX condujeron a la independencia de Iberoamérica, hay una que, a pesar de su importancia, generalmente pasa desapercibida: el abandono que de la Hispanidad hizo la misma Corona española; abandono sutil y progresivo que está en el origen de algunas otras causas más evidentes.

“La situación de España, contemplada en la perspectiva de toda su historia (…) es verdaderamente trágica porque nada podía darse de más contradictorio con el espíritu hispano que el filosofismo secularista de la «ilustración» y del economicismo (…) La misión de España, aniquilada por la reducción al mundo de su propósito esencial en Indias, se convierte en su contraria y, por eso, es una suerte de inversión suicida (…) Ahora que la bandera de Inglaterra flamea en Gibraltar y el conde de Aranda colma de zalamerías al señor de Ferney –aquel «simio de la filosofía», como le llama don Marcelino-, la hora del pueblo cristóforo ha pasado para siempre.”[26]

En efecto, desde el año 1700 con la llegada al trono de Felipe V, la España borbónica perdió el Peñón de Gibraltar; pero mucho más grave fue que también «perdió la brújula», y encandilada por las “luces” del enciclopedismo francés «abandonó» a las Indias. La España borbónica «abandonó» las Indias en el sentido que explica el Dr. Caturelli: “…las abandona en el estricto sentido del término (incorporado del germánico por vía francesa) que quiere decir «dejar» (en poder de otro) o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observara las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus «dominios» que antes (…)

El intento «imposible» y heroico del imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu, ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono aún mayor: el abandono de Sí misma.”[27]

Por su parte el agudo pensamiento de Vicente D. Sierra dice al respecto: “…aquella España del siglo XVIII que renunció a ser ella misma y que, cuando en 1767 expulsó de su seno a la Compañía de Jesús, dijo a América que había renunciado a la razón de ser del Imperio. Aquella razón de ser que afirmaron los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II. El conde de Aranda, cerrado de mollera, creyó más en los elogios de Voltaire que en la realidad del mundo hispánico.”[28]

Podemos resumir lo anterior afirmando que la España borbónica abandonó la Hispanidad, mientras que las naciones Hispanoamericanas, más Hispanas que España, ante el abandono de una «Madre Patria» que se volvió absolutista, le perdió el respeto y se separaron de ella. Los acontecimientos históricos que siguieron a la «guerra de sucesión» (1701-1713), desde la expulsión de los jesuitas hasta la abyecta y cobarde abdicación de Carlos IV Bayona, pasando por el inmoral tratado firmado con Napoleón en Fointanbleau en 1807, tienen ese trasfondo.

“La fecha de aquel tratado. 1807, coincide con el segundo intento de Inglaterra de apropiarse del Virreinato del Río de la Plata, derrotada en las calles de Buenos Aires por el heroísmo de los criollos, cada vez más conscientes de sí mismos.”[29]

La generación de los libertadores americanos realizó la independencia de los antiguos «reinos de ultramar» -degradados por los borbones a meras «colonias»-, inicialmente en nombre de Fernando VII, pero totalmente dentro del espíritu de la Hispanidad. Poco después, viendo que Fernando VII no difería gran cosa de su padre Carlos IV, también fue hecho de lado.

Así lo manifiestan –entre otros- José María Morelos y Pavón, que en su «Manifiesto a los habitantes de Oaxaca» (23 de diciembre de 1812) dice: “Ya habréis visto que, lejos de ser nosotros herejes, protegemos más que nuestros enemigos la religión santa, católica, apostólica romana; conservando y defendiendo la inmunidad eclesiástica, violada tantas veces por el gobierno español (…) Ya no hay España, porque el francés, está apoderado de ella; ya no hay Fernando VII porque o él se quiso ir a su casa de Borbón a Francia y entonces no estarnos obligados a reconocerlo por Rey, o lo llevaron a la fuerza y entonces ya no existe.”

En Buenos Aires, en mayo de 1810 Cornelio Saavedra decía al Virrey Baltasar de Cisneros en su reunión con los militares: “No queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestro derecho y conservarnos por nosotros mismos. El que a Vuestra Excelencia dio autoridad ya no existe; por consecuencia V. E. la tiene ya”. Y en 1808, el síndico del Ayuntamiento de la ciudad de México Francisco Primo de Verdad, decía al Virrey de la Nueva España José de Iturrigaray: «el pueblo, fuente y origen de la soberanía, debe reasumirla para ocupar el vacío dejado por el rey.»

¿Porqué Primo de Verdad, Morelos, Saavedra, Zuviría, y otros más, con diferentes palabras esgrimen el mismo argumento? No falta quien falsamente responda que fue debido al enciclopedismo francés, cuando fue exactamente lo contrario. Su convicción de libertad, se debida a su formación de cuño hispanista, no francés.

El argumento empleado ante la circunstancia de la cautividad del rey de España en manos del «Robespierre a caballo», provenía de la tesis formulada por el doctor eximio Francisco Suárez S.J (1548-1617),[30]que refutaba la doctrina protestante-anglicana del supuesto «derecho divino de los reyes»,[31]reasumida por el absolutismo del rey de Francia Luis XIV. La doctrina «suarista» sobre la autoridad -plenamente concorde con el pensamiento expresado por Felipe II en múltiples ocasiones - fue primeramente enseñada por los jesuitas en todos sus colegios, y posteriormente prohibida por Carlos III.

La Hispanidad en la Hispanoamérica independiente

Pero una vez lograda la independencia de Hispanoamérica, la generación de los libertadores fue eliminada y sustituida por políticos ilustrados, en buena parte formados en la penumbra de las logias masónicas en una mentalidad positivista totalmente contraria al espíritu de la Hispanidad. Así José de San Martín, perseguido y calumniado, se vio obligado a exiliarse en París en febrero de 1824; Agustín de Iturbide fue fusilado el 19 de julio de 1824; Simón Bolívar, olvidado y marginado, murió en diciembre de 1830; José de Sucre fue asesinado el 4 de junio de 1830; proscrito en Chile desde 1826, Bernardo O´Higgins falleció en Lima el 24 de octubre de 1842. Producto del abandono de su propia identidad, un complejo de inferioridad se fue desarrollando entre los nuevos políticos que entonces quisieron imitar, unos a los Estados Unidos e Inglaterra, y otros a Francia. Incluso no pocos se dedicaron a trabajar en favor de los intereses de alguna de esas naciones, como fue el caso de Lorenzo de Zavala, prototipo del político hispanoamericano anti-hispanista. Esa situación la previó claramente Simón Bolívar y por eso, al enterarse del artero asesinato de José Sucre, escribió: “¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!... La bala cruel que le hirió el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida (…) La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas y la segunda causará el mismo efecto en este vasto Continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban o más bien los va a completar. V. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia y ¡desgraciados de los pueblos! ¡ y desgraciados de los gobiernos! ”[32]

Pero el sustrato cultural de Hispanoamérica ha seguido fiel a su identidad, y a pesar de la continua hostilidad contra ella, la mayoría de los hispanoamericanos continúan rezando en castellano a Cristo y a su Madre. Así la historia enseña que la Hispanidad podrá continuar con España o sin España.

NOTAS

  1. Marco Ulpio Trajano nació en el año 53 d. C., cerca de la actual ciudad de Sevilla. Fue emperador desde el año 98 hasta su muerte, ocurrida en Sicilia en el año 177 d.C.
  2. Publio Elio Adriano nació en el mismo lugar que Trajano en el año 76 d.C. Fue emperador de 117 a 138. Falleció en Bayas, Italia. Conocido como uno de los “cinco emperadores buenos”, fue deificado con el nombre de «Divus Hadrianus».
  3. Pomponio Mela, autor de la obra "De Situ Orbis" (Sobre los lugares del mundo), nació en Algeciras, y falleció hacia el año 45 d. C.
  4. Lucio Anneo Séneca nació en Córdoba, el año 4 a.C., y murió en Roma en el año 65 d.C. Extraordinariamente respetado por su pensamiento moral y su brillante oratoria, fue en su tiempo uno de los senadores romanos más admirados e influyentes.
  5. MONSEGÚ Bernardo. El Occidente y la Hispanidad. Ed. SER, México, 1977, pp. 89-92
  6. Julio César Augusto (63 a.C.- 14 d.C.) gobernó entre los años 27 a.C., y 14 d.C. Sus nombres «César» y «Augusto» serían adoptados por todos los emperadores posteriores.
  7. Miq. 5.1-5
  8. Mt. 4, 23
  9. Mt. 10,2-4
  10. Mt. 28, 19-20
  11. Hch. 1, 8
  12. Rm. 15. 24
  13. CATURELLI, Alberto. El Nuevo Mundo. Ed. EDAMEX-UPAEP, México, 1991, pp. 97-98
  14. Aurelio Prudencio nació en Calahorra en el 348?, cuando ya la Iglesia “hacía una generación en paz”, y murió hacia el año 410 en un monasterio cerca de Zaragoza.
  15. Cfr. Peristéphanon, Edit. G. Begman CSEL, tom. LXI, Viena, 1926, p. 199-216.
  16. MONSEGÚ, ob., cit., p. 73
  17. BAQUERO LAZCANO Pedro Enrique. Discurso sobre la Historia Universal. Ed. Marcos Lerner, Córdoba, 1998, pp. 21-22
  18. MONSEGÚ, OB., CIT., pp. 98-99
  19. BAQUERO LAZCANO, ob., cit., p.10
  20. Ossius nació en Córdoba, en el 256, y falleció en Sirmio, Serbia, en el 357. Participó en el Concilio de Elvira, España, y presidió el Concilio de Nicea (325). En el año 355 se negó a condenar a San Atanasio enfrentándose al emperador arriano Constancio II, quien lo hizo azotar y desterrar. Fue canonizado y nombrado «Doctor de la Iglesia». Su fiesta se celebra el 9 de septiembre
  21. MONSEGU, ob., cit., pp. 18-19
  22. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ FIDEL. España: la sociedad española en la época de los descubrimientos. DHIAL
  23. VASCONCELOS CALDERÓN José; Discurso del Día de la Raza en San Antonio, Texas. En Discursos 1920-1950. Ed. Botas, México, 1950, p. 180
  24. BAQUERO LAZCANO, ob., cit., p.95
  25. GALVAO DE SOUSA, José Pedro. Brasilidad Lusitana e Hispánica. En «Vertebración», Puebla, Octubre 1992, p. 25
  26. CATURELLI, ob., cit., p. 410
  27. Ibídem
  28. SIERRA, Vicente, Así se hizo América, Ed. Cultura Hispánica, Madrid, 1950, p. 456
  29. CATURELLI, ob.,cit., p. 411
  30. La autoridad es dada por Dios, pero no al Rey sino al pueblo, y es el pueblo quien legitima al Rey
  31. El Rey recibe el poder directamente de Dios, por lo que toda restricción al poder del Rey es contraria a la voluntad de Dios
  32. Carta al gral. Juan José Flores, Barranquilla, 9 de noviembre de 1830

BIBLIOGRAFÍA

BAQUERO LAZCANO Pedro Enrique. Discurso sobre la Historia Universal. Ed. Marcos Lerner, Córdoba, 1998

CATURELLI, Alberto. El Nuevo Mundo. Ed. EDAMEX-UPAEP, México, 1991

GALVAO DE SOUSA, José Pedro. Brasilidad Lusitana e Hispánica. «Vertebración», Puebla, Octubre 1992

MONSEGÚ Bernardo. El Occidente y la Hispanidad. Ed. SER, México, 1977

SIERRA, Vicente, Así se hizo América, Ed. Cultura Hispánica, Madrid, 1950

VASCONCELOS CALDERÓN José; Discursos 1920-1950. Ed. Botas, México, 1950


JUAN LOUVIER CALDERÓN