Diferencia entre revisiones de «HISPANOAMÉRICA Y LA SANTA SEDE; Diplomáticos en Roma (1810-1820)»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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'''ÁLVARO LÓPEZ V.'''
 
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Durante los años 1810¬-1830 pueden diferenciarse dos etapas bien marcadas en el movimiento diplomático de Hispanoamérica hacia Roma: la primera etapa comprende los años 1810-1820, período en el cual se dio apenas un inesperado encuentro de los movimientos independentistas con S.S. Pío VII, cautivo de Napoleón, en Fontainebleau en 1813.

Por esa razón las tentativas de establecer relaciones diplomáticas con la Sede romana, no fueron más que una simple y buena inquietud; la segunda etapa va de los años 1820 a 1830, que se dio en medio de la incertidumbre política de los nuevos gobiernos surgidos de la independencia, y encontramos mejores resultados.

Los enviados de Hispanoamérica a Roma entre 1810-1820

En estos años se pueden contar cuatro intentos de misiones diplomáticas de Hispanoamérica hacia la Santa Sede, caracterizadas por el deseo de asegurar al sucesor de san Pedro la confesionalidad de los nuevos Estados, pedirle que concediera a los nuevos gobiernos un «patronato republicano» y expresarle el deseo de que se organizaran los asuntos eclesiásticos a través de un Concordato.

De estos intentos, el primero fue el de José María Morelos y Pavón en Méjico. El líder patriota de Nueva España se encontró hacia el año 1812 con dos preocupaciones de importancia para el movimiento emancipador: la excomunión que, contra él y su movimiento emanaba de un obispo,[1]y la falta de jurisdicción eclesiástica para los capellanes de su ejército.

Para solucionar el segundo problema envió en dos ocasiones sendos delegados ante el arzobispo de Baltimore, John Carroll,[2]a quien creía legado pontificio para toda la parte septentrional de América, y dotado de facultades para darle la ansiada jurisdicción a sus capellanes.

Así fue como Francisco Antonio Peredo y Carlos María Bustamante, se dirigieron hacia Baltimore para pedirle al arzobispo que intercediera ante el Papa, presentándole y asegurándole que “la religión católica era la de los mejicanos”. Sin embargo ninguna de las dos misiones tuvo éxito, porque todo se precipitó con los reveses sufridos por la revolución entre 1814 y 1815.[3]

Una segunda tentativa para establecer relaciones diplomáticas con Roma fue la de los emancipadores de la Nueva Granada. La Constitución de Cundinamarca de 1811 y el acta de confederación del mismo año (27 de noviembre), pedían que se establecieran “con preferencia a cualquier otra negociación” relaciones con la Santa Sede, “para negociar un concordato y la continuación del Patronato que el gobierno tiene sobre la iglesia de estos dominios”.

Además agregaba el acta de confederación: “la legación habrá de promover la erección de obispados de que tanto se carece y que tan descuidados han sido en el antiguo gobierno español.”

Los líderes de la Confederación eran conscientes que la incomunicación con la Silla Apostólica podía prolongarse por tiempo indefinido, razón por la cual consideraron necesario convocar, de acuerdo con los prelados, cabildos eclesiásticos y órdenes religiosas, un Concilio o una Asamblea nacional.[4]Estos intentos constitucionales aparecieron como respuesta a las necesidades eclesiásticas, y como la mejor manera de sofocar el intento cismático en la localidad neogranadina del Socorro de 1810.[5]

Pero la actuación de estas prescripciones no llegó a concretarse antes de la reconquista española (1814-1817), porque de una parte el Papa estaba prisionero en Francia y, de la otra, porque la acción de reconquista española había llevado a la crisis a la Nueva Granada y a la desaparición de la república de Venezuela, así como al destierro de sus líderes.

El tercer esfuerzo por establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede fue iniciativa de las Provincias Unidas del Plata. En el Extremo Sur del continente se había celebrado, en el año 1816, el Congreso de Tucumán, el cual abriéndole paso a los que serían sus dos rasgos fundamentales «patriota y religioso» como lo definía Nicolás Avellaneda,[6]comenzaba implorando la asistencia del Espíritu Santo y pedía a los congresistas jurar y defender la religión católica: “¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria conservar y defender la religión Católica Apostólica y Romana?”

Luego de analizada la situación creada en la Iglesia de aquellas comarcas, proponía que se nombrara un representante ante la Silla Apostólica para “restablecer las relaciones con la cabeza de la Iglesia”.[7]Sin embargo, este deseo se frustró antes de nacer porque en 1817 el secretario de Estado de su Santidad, el cardenal Hércules Consalvi, declaraba “que ninguna instancia dirigida a la Santa Sede por el Congreso de Tucumán sería admitida”.[8]

Otra misión diplomática, la cuarta y última de esta fase, fue la de Venezuela y la Nueva Granada (la actual Colombia), representadas respectivamente por Fernando Peñalver y José María Vergara. Se ocuparon del asunto en el Congreso de Angostura (1819), el cual entre sus deliberaciones había determinado que: “la próxima misión diplomática, que había de partir para Londres,[9]entablará relaciones directas con Pío VII en orden a conseguir la preconización de Obispos para las sedes vacantes”.

Era este el pensamiento del art. 31 del mencionado Congreso cuando expresaba: “Abrirán comunicaciones con el Papa, como Jefe de la Iglesia católica y no como señor temporal de sus Legaciones. Contra las imposturas de nuestros enemigos le declararán que la Religión católica es la que se profesa en la Nueva Granada y Venezuela y en toda la América insurrecta contra la dependencia colonial y tiranía del Gobierno español. Le dirán que aunque este mismo Gobierno, opresor y desolador de la América, se jacta de ser auxiliado por el sucesor de San Pedro contra la emancipación y felicidad de estos países; sus fieles habitantes han tenido por apócrifas las letras de la Curia Romana, publicadas y circuladas como comprobantes del auxilio [en mención de la encíclica realista del 30 de Enero de 1816].

Le comunicarán, si fuere necesario, las pruebas ineluctables de la justicia de nuestra causa acumuladas en una multitud de impresos. Le recordarán la Homilía que predicó el mismo Papa, siendo Obispo de Imola en la república Cisalpina, aplaudiendo el sistema republicano como conforme al Evangelio de Jesucristo. Le demostrarán que ninguna autoridad es más legítima y digna de ser obedecida que aquella que se deriva del pueblo, única fuente inmediata y visible de todo poder temporal, y que siendo de esta naturaleza todas las establecidas en la República de Venezuela, son ellas las más acreedoras al cumplimiento de la doctrina de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. En suma, le propondrán las bases de un Concordato, y el nombramiento de una persona suficientemente autorizada para concluirlo con Venezuela”.[10]

Estas instrucciones, firmadas por el presidente del Congreso de Angostura, Juan Germán Roscio,[11]recogen el ideario político y religioso que comenzaba a aparecer en la vida republicana de Hispanoamérica para la cual, en virtud de la soberanía popular, el cristianismo no era incompatible con la república liberal.[12]

Este pensamiento estaba reflejado en las instrucciones entregadas a los dos dignatarios, a quienes se les pedía de referirse al Santo Padre como jefe espiritual, para reafirmar el espíritu católico y el deseo republicano de aquellos pueblos, que en nada se oponía a los postulados del catolicismo. En la instrucción se advertía a Peñalver¬ Vergara que, en caso se presentase alguna objeción, recurrieran a la homilía que el Papa había pronunciado el año 1797, cuando era cardenal de Imola.[13]

Pero esta misión, no obstante la fuerza del espíritu religioso y católico que manifestaba la instrucción terminó como las anteriores: en el fracaso, porque la misión no pudo llegar a su destino final,[14]y todo se redujo a remitir, por medio del nuncio de Su Santidad en París, monseñor Vicente Macchi,[15]un informe al papa Pío VII sobre la situación de la Nueva Granada y de Venezuela.[16]

En su escrito manifestaban: “Pastores, santísimo padre, es lo que piden nuestros conciudadanos, pero pastores que miren por la dignidad sacerdotal y que ofrezcan a la patria enferma el refrigerio de la paz y la caridad cristiana; no pastores que enconen y desgarren sus heridas. [y no pudiendo faltar la petición del patronato escribían] los gobiernos de Venezuela y Nueva Granada acuden a V. S., con la súplica a fin de que, se restablezca la confianza entre los pastores y sus ovejas, se digne V. S., nombrar como Arzobispos y Obispos para las sedes, que actualmente vacan o vacarán en lo futuro en las regiones sujetas a los dichos Gobiernos, a las personas que estos mismos propusiesen a S.S. [...] finalmente que a los prelados nombrados de este modo por V. S. conceda la facultad de nombrar párrocos (a las personas propuestas por nuestros Gobiernos)”.[17]

El objetivo de cuanto expresaban las letras del presidente del Congreso de Angostura era lograr, a través de la negociación, el reconocimiento político de la independencia y manifestarle al Papa el alma católica de su pueblo. Este pensamiento se vio reflejado en el informe Peñalver -Vergara del 27 de marzo de 1820, en el que los autores manifestaron la profunda convicción católica del pueblo y de sus gobernantes; posición que desmintió y frustró la falsa expectativa de los opositores de la independencia en Europa, quienes esperaban ver, entre los «rebeldes de ultramar», la repercusión del espíritu disolvente y antirreligioso difundido en el mundo a partir del Siglo XVIII.

Dice el Padre Leturia que en el informe, una pieza de dignidad y de clasicismo de forma, aparecen algunas contradicciones entre las que sobresalen el hecho de afirmar que antes no se habían podido acercar a Roma por causa del patronato y de la guerra; y que la guerra estaba lejos de terminar, de donde resultaba contradictoria la petición que hacían para que el Papa declarara caducado el patronato en el rey de España y pasado, automáticamente, a los nuevos gobiernos.[18]

El inesperado encuentro de 1813

Antes de concluir esta primera etapa, la de los fallidos intentos de relaciones de la Independencia con la Santa Sede, es oportuno dedicar unos renglones para presentar el inesperado encuentro de 1813 entre Pío VII prisionero de Napoleón, y el venezolano Manuel Palacios Fajardo,[19]que en suma fue el único encuentro con el Romano Pontífice que por aquellos años pudo realizar un enviado de los nuevos gobiernos.[20]

La ocasión para aquella misión se presentó cuando, en el año 1812, por la reacción legitimista española, los líderes de la primera república venezolana debieron escapar del territorio.[21]En octubre de 1812 el gobierno de la Confederación neogranadina autorizaba el viaje de Palacio Fajardo para Washington, con el fin de conseguir del gobierno de los Estados Unidos el apoyo para la independencia. Para lograrlo debía valerse de los buenos oficios del representante de Napoleón ante aquel gobierno, el Conde de Serurier, quien manifestaba sus afectos por la independencia.

Palacio Fajardo había recibido órdenes de que, si en los Estados Unidos no le prestaban la atención debida y los auxilios necesarios, emprendiera inmediatamente la ruta de Europa, con meta en París. Fue así como, una vez que hubo escuchado del ministro Monroe que “los Estados Unidos se hallaban en paz con España”, no dudó en preparar su viaje para París, porque de esa nación no se podía esperar apoyo alguno.

A la capital francesa Fajardo llegó en el mes de marzo de 1813, e inmediatamente se puso en comunicación con Luis Delpech,[22]y juntos se dieron a la tarea de buscar, de parte de Napoleón, dinero y armas para la revolución. El Emperador, interesado no por una especial simpatía hacia los hispanoamericanos, sino por competencia comercial contra Inglaterra,[23]accedió al pedido de los dos delegados transatlánticos para obtener una entrevista con el ilustre prisionero, el papa Pío VII.

Las negociaciones en aquel momento se desarrollaron en dos direcciones: la eclesiástica y la político-religiosa. Con la primera se buscaba remediar las necesidades de la Iglesia, mientras que con la segunda se quería atacar la oposición de los realistas, para lo que se pretendía una bula pontificia.[24]

Para llevar a buen puerto el aspecto eclesiástico de la negociación, Delpech y Fajardo entregaron al duque de Bassano, ministro de relaciones exteriores y. encargado de este delicado negocio, información en la que aparecían los proyectos constitucionalistas y cismáticos de Miranda. Entregando esta información pretendían conseguir, con la ayuda de Napoleón, que el Papa nombrara obispos para las diócesis de Socorro, Barcelona y Barinas, erigidas cismáticamente.

La propuesta presentada por los comisionados de ultramar incluía el reclamo del derecho de patronato, la lista de candidatos para la mitra, el pedido de bula de cruzada, y el legado a latere o gran patriarca,[25]pero que fuera un convencido defensor de la independencia. Estas peticiones encerraban una buena dosis política porque por una parte, pretendían arrebatarle a los realistas el privilegio de Patronato y la bula de la cruzada, y por la otra parte, querían que el Papa nombrara un legado pontificio para, de esta manera, instrumentalizarlo en favor de la causa emancipadora.[26]

En el campo político-religioso se intentaba, sobre cualquier otra medida, alcanzar una proclama del rey y una bula pontificia. De la proclama del rey se esperaba que el monarca ordenara a los españoles «no turbar por causa y a nombre suyo, la tranquilidad de los criollos, dejarles establecer el gobierno que más les convenga y suspender la guerra que les hacen contra la voluntad del propio príncipe».

De la bula pontificia se deseaba que el Santo Padre confirmara la proclama regia, porque así, pensaban los agentes, tendría mayor eficacia. Era de desear que en la bula el Papa alabara «las intenciones humanitarias y pacíficas del rey en favor del Nuevo Mundo» y la acompañara de una exhortación al clero americano en pro de la paz y en contra de las guerras civiles, concediendo indulgencias para quienes oraran por este fin.[27]

Ante tal pretensión, el duque de Bassano consideró que era mejor no interferir tan directamente para el nombramiento de nuevos obispos, sino mantener, como único requisito, que fueran personas partidarias de Francia. Frente a la idea de una proclama de Fernando VII, el cual tenía que hablar como persona privada, se debía evitar que el prisionero entendiera cualquier concesión de derecho sobre España o América.

El ministro Serurier recibió los papeles el 4 de mayo de 1813, cuando el emperador se encontraba en aprietos por la avanzada de la alianza ruso-prusiana y el levantamiento de Alemania. Posteriormente éstas propuestas, dice Fajardo, sin especificar por medio de quien, llegaron a Pío VII.

Con Pío VII, los enviados de Hispanoamérica pudieron hablar acerca del grave problema en que se encontraban sus Iglesias; ante lo que el Papa se extrañó de que los acontecimientos de aquella revolución “no le fueran transmitidos por el órgano de un hijo de aquellos países en que la religión es un poderoso agente del modo de obrar”.[28]

¿Por qué fallaron los esfuerzos diplomáticos hispanoamericanos del primer período?

La pregunta formulada encuentra varios tipos de respuesta. La primera de ellas está en la misma revolución: el vaivén político de aquellos años hizo que los países hispanoamericanos vivieran entre la incipiente vida republicana, y la reconquista militar española. Una situación que imposibilitó la organización y la madurez diplomática para tratar tan delicados asuntos.

La segunda razón se encuentra en la corona de España, la que salió muy pronto a defender sus posesiones. Para estar en sintonía con la política europea y esperando reconquistar el territorio y mantener los derechos patronales sobre las iglesias de aquellas comarcas, las autoridades españolas, defendiendo el carácter sagrado de la autoridad y la necesaria alianza «trono-altar», buscaron el apoyo militar de la Santa Alianza y la fuerza espiritual y moral de la Santa Sede.

Las autoridades españolas se acercaron insistentemente a Roma, a través de su embajador, don Antonio Vargas Laguna,[29]para instrumentalizarla en favor de su deseado legitimismo. A Pío VII le pidieron, en aquellos años, que emanara un documento pontificio en el que llamara a los rebeldes a la obediencia al legítimo monarca, a la tranquilidad y a la concordia, para así alcanzar la definitiva «pacificación de las Américas»,[30]y que se le respetara a la corona de Madrid el derecho de presentación de candidatos, para ocupar las sedes episcopales, como se lo concedía el derecho de Patronato.[31]

Pío VII accedió a las dos peticiones de Madrid y a raíz de su consenso, entre 1814 y 1820, se nombraron 28 obispos, entre criollos e ibéricos,[32]para cubrir las sedes vacantes de la Iglesia de Hispanoamérica.[33]

Igualmente, el 30 de enero de 1816 publicaba la Encíclica «Etsi Longissimo», dirigida a los obispos de Hispanoamérica exhortándolos para que desarraigaran la cizaña del alboroto y de la sedición, para que recordando las virtudes del rey Fernando, expusieran las desventajas de la rebelión, y exhortaran a sus fieles a la fidelidad y obediencia al legítimo monarca.[34]

De esta manera el rey logró no sólo neutralizar todos los esfuerzos diplomáticos de aquellos países con los de Europa, sino que impidió, en su exaltado regalismo, cualquier comunicación directa entre Hispanoamérica y la Santa Sede tendiente a la provisión de sedes vacantes o nombramiento de obispos auxiliares, razón por la cual ordenaba que todas las gestiones debían pasar por el Consejo de Indias y por su embajador en Roma.

Por este comportamiento no hubo, en aquellos años, más provisiones para la iglesia hispanoamericana. Un caso típico de esta política intervencionista fue la situación que se vivió en Guatemala, donde el arzobispo Ramón Casaus pedía directamente a la Santa Sede que se le nombrara obispo «in partibus» y auxiliar suyo el párroco de su catedral, José Mariano Méndez, para evitar, de esta manera, que por ausencia de obispos se diera una total incomunicación entre Centro América, donde sólo había tres obispos, y Roma. A tal petición se interpuso el Gobierno de España.[35]

La tercera razón del fracaso diplomático se encuentra en la orientación restauracionista asumida por las «testas coronadas» de Europa, y de la cual participó la Santa Sede. Pío VII, una vez que pudo regresar a su Sede en Roma (1814), se dedicó a restaurar la actividad de la iglesia y de la curia romana, dentro de los postulados de la política restauracionista de Europa.

El sumo pontífice, desinformado como estaba de los acontecimientos hispanoamericanos,[36]accedió a los pedidos legitimistas de España.[37]Con esta posición, el sumo pontífice dejaba de nuevo «el caso hispanoamericano» en manos y bajo el patrocinio español. Entre tanto la vida de los fieles se deterioraba, y la jerarquía se diseminaba hasta dejar todo un continente en total orfandad, como lo indicaba el informe Peñalver-Vergara.

NOTAS

  1. Las excomuniones de Hidalgo y de Morelos fueron proclamadas por el obispo “electo” (nunca fue consagrado) de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, y por tanto carecían de validez. Para mayor información, Cfr. Gustavo Watson Marrón, “Consideraciones en torno a las excomuniones de Hidalgo y Morelos.” Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos, México, 2008
  2. JOHN CARROLL, De familia originaria de Irlanda y emigrada a los Estados Unidos al comienzo del Siglo XVIII. Nació a Upper Marlboro el 8 de mayo de 1735, y murió en Baltimore el 3 de diciembre de 1815. Adelantó estudios en Francia y hacia el 1753 hizo su ingreso en la Compañía de Jesús. Recibió la ordenación sacerdotal en 1769. Una vez suprimida la familia jesuítica, el padre Carroll regresó a su patria y se instaló en Maryland, donde se había criado; allí trabajó con los Jesuitas que continuaron su ministerio sacerdotal bajo la guía del vicario apostólico de Londres de quien dependía zona pastoral, monseñor Challoner.
    Monseñor Carroll fue nombrado en 1784, por Pío VI, prefecto apostólico de todo el territorio de los Estados Unidos de América, jurisdicción eclesiástica que nació por la desmembración de la nueva prefectura de la jurisdicción del vicario de Inglaterra. La primera sede episcopal que se erigió en los Estados Unidos fue en Baltimore. Para el año 1789 la prefectura apostólica fue elevada a obispado y monseñor Carroll nombrado su primer obispo y más tarde su arzobispo, en el año 1808. Monseñor Carroll es, con sobradas razones, reconocido como el padre de la iglesia católica de los Estados Unidos de América.
    Por noticias de su biógrafo se conoce que él no tenía jurisdicción sobre Méjico, como lo pudieron suponer los líderes de la independencia de aquel país; pero sí se puede afirmar que de sus manos pasaron a la Santa Sede los negocios de la iglesia mejicana; cf., Enciclopedia Cattolica, III, cols. 937-938; L. MEDINA ASCENSIO, México y el Vaticano, 1, 17-20.
  3. La noticia de que monseñor Carroll tenía facultades pontificias sobre aquel territorio (San Luis y las islas Barbados) llegó a Morelos por las manos del mismo Peredo, quien había sido enviado a los Estados Unidos (mediados de 1812) para sondear el ambiente del gobierno de aquel país con respecto a la independencia de Nueva España. Cuando Peredo regresó de su misión, alimentó en Morelos el deseo de comunicarse con el arzobispo de Baltimore para conseguir las gracias que deseaban y para buscar, por su medio, las relaciones con Roma; tarea para la que fuera enviado, poco después, el mismo Peredo. Dice Medina Ascensio que eran falsos los informes que Peredo presentó a Morelos sobre las facultades espirituales de monseñor Carroll sobre Méjico; cf., L. MEDINA ASCENSIO, México y el Vaticano, 1, 13-17, 20-28; P. LETURIA, Relaciones..., II, 69-70.
  4. P. LETURIA, Relaciones..., 11,75-76
  5. La independencia de la Nueva Granada fue, entre las de Hispanoamérica, la más radical en su deseo republicano y federalista. Dentro de esta orientación se debe entender el deseo cismático de Socorro, primer intento del que se tiene noticia en todo el vasto territorio de las nuevas repúblicas. Allí por el año 1810, como dice J. M. Groot, florecían las ideas cismáticas del español Llorente, y sin contar con el Papa ni con los demás obispos, trató de erigir la diócesis en aquella ciudad y a su obispo en la persona de Andrés María Rosillo; cf., J. M. GROOT, Historia eclesiástica y civil..., 86-92; ver igualmente P. LETURIA, Relaciones..., II, 74; III, ap. VII, cap. 3 § 4: Informe de monseñor Coll y Prat a Pío VII, del 11 de Noviembre de 1822, en: Asv, Arch. Nunz. Madrid, 270, fasc., Relazioni.
  6. Citado por C. BRUNO, Historia de la Iglesia en la Argentina, VIII, 65.
  7. E. MIGNONE, La Iglesia ante la emancipación en Argentina, en E. DUSSEL, (coord.) Historia general de la iglesia en América Latina, IX, 245-246; C. BRUNO, Historia de la iglesia en la Argentina, VIII, 65-82. No se trataba de restablecer las relaciones, como anota el estudioso Mignone. Con la independencia Hispanoamérica buscaba establecer, por primera vez, relaciones diplomáticas con la curia pontificia porque, hasta aquel momento era aquella una preocupación del Consejo Real de Indias y de la metropolitana de Sevilla.
  8. Citado por P. LETURIA, El Ocaso del patronato..., 39. En nota 17 el padre Leturia señala que el cardenal Consalvi manifestó su rechazo a la designación que el Congreso Tucumán hizo de Santa Rosa de Lima como patrona de la Independencia, y del pedido que el mismo Congreso elevaba al Papa para que confirmara su independencia. El rechazo que el cardenal Consalvi hiciera del pedido argentino le fue comunicada por el ministro Pizarro al embajador de España en Roma, Antonio Vargas Laguna, hecho que ocurrió el 15 de marzo de 1817.
  9. La misión diplomática que partía para Londres, llevaba consigo dos objetivos: uno era de tipo económico y el otro de orden político. El objetivo económico miraba a obtener la condonación de la deuda que Venezuela había adquirido con el gobierno de Londres, cuando su agente en aquella metrópoli, Luis López Méndez, prodigándose en conseguir armas y voluntarios para el Orinoco, acumuló una gruesa deuda que los acreedores no estaban dispuestos a perder. Con el segundo objetivo se trataba de que Peñalver-Vergara, hicieran todo lo posible por hacer que el ministro inglés Lord Castlereagh, simpatizara con la causa independentista; cf., P. LETURIA, El Ocaso del patronato..., 89.
  10. F. C. URRUTIA, Páginas de historia diplomática. Los Estados Unidos de América y las repúblicas hispanoamericanas, de 1810 a 1830, Bogotá 1917, 207. Citado por P. LETURIA, El Ocaso del patronato..., 91-92; A. FILIPPI, Bolívar y la Santa Sede..., 25.
  11. A este personaje hay que conocerlo sobre todo desde el punto de vista de su pensamiento político-religioso, porque fue entre los primeros en dar una visión positiva de las relaciones entre liberalismo republicano y religión católica. Formulaciones que más tarde desarrollará Simón Bolívar con marcado acento filosófico e institucional; cf., A. FILIPPI, Bolívar y la Santa Sede..., 23 y nota 8 sobre bibliografía, para conocer a Roscio.
  12. Cf., A. FILIPPI, Bolívar y la Santa Sede..., 23.
  13. El Congreso de Angostura se refería a la homilía pronunciada por el cardenal de Imola (futuro Pío VII) el año 1797, cuando la república Cisalpina afirmó que la forma de gobierno republicana era la más conforme al Evangelio, porque se fundaba sobre las bases de la libertad razonable y de la igualdad; cf., A. FILIPPI, Bolívar y la Santa Sede, 26 nota 11.
  14. Esta misión no pudo llegar a Roma. Las razones que obstaculizaron su paso a la Ciudad Eterna las encontraron en Londres, donde debían arreglar, antes de proseguir su viaje para la Ciudad Eterna, asuntos económicos y políticos. En la capital inglesa no fueron recibidos por el ministro Catlereagh y su representación no adquirió, en ningún momento, carácter público. El segundo obstáculo que encontraron nació por el descrédito que padecía Colombia frente a los acreedores del Reino Unido, pues la deuda adquirida en precedencia era muy grande, y esto terminó por frustrar cualquier negociación futura. Por lo tanto, los dos negociadores pensaron que Peñalver regresara a Colombia para comunicarle al Congreso el fracaso de la misión, como de hecho lo hizo en el mes de abril de 1820; ef., P. LETURIA, El Ocaso del patronato..., 89-90.
  15. VICENTE MACCIN, nació en Capodimonte, diócesis de Montefiascone, el 31 de agosto de 1770 y murió en Roma el 30 de septiembre de 1860. Trabajaba en la nunciatura de Lisboa y en 1808, cuando los franceses invadieron Portugal, sustituyó al nuncio Lorenzo Caleppi como encargado de negocios. En 1818 fue nombrado obispo titular de Nasibi, y enviado como nuncio apostólico ante la Confederación helvética. En enero de 1820 pasó a la nunciatura de París. En 1826 fue elevado a la dignidad cardenalicia.
    Ocupó varios cargos en la administración pontificia bajo el pontificado de Gregorio XVI y de Pío IX: Prefecto de la Congregación del Concilio (1834), Presidente de la Congregación de la revisión de cuentas (1835), legado pontificio a Bolonia (1836). Desde 1840 fue obispo de Palestrina y luego Prefecto de la signatura de justicia (1841), obispo de Porto, Santa Rufina y Civitá Vecchia, vicedecano del colegio cardenalicio (1844), obispo de Ostia y Velletri y luego decano de la curia romana; cf., A. DE MONTOR, Storia del pontificato di Pío VII, II, 520; Enciclopedia Cattolica, VII, col. 1753.
  16. El informe firmado en Londres, 27 de marzo de 1820, informaba, entre otras noticias, sobre el proceso revolucionario; sobre la firmeza y la clarividencia con que los defensores de la república luchaban por conseguir su objetivo, lucha que se hizo más fuerte cuando comenzó la oleada restauracionista. En el informe, le escribían al Papa, que la demora en establecer relaciones con la silla Apostólica radicaba precisamente en la incertidumbre de aquellos años de guerra, en los cuales temían ser impedidos por los acuerdos existentes entre las dos Cortes (Madrid y Roma) y que, «terminada la contienda», se esperaba poder hacerlo bajo «reglas ciertas y definidas», tanto para los gobiernos como para las iglesias.
    Hacia el final, el informe incluía una palabra sobre las infructuosas negociaciones, de años anteriores, para concluir la guerra y para establecer comunicación directa con el padre común de los cristianos; esfuerzos fallidos porque España no sólo había abusado del patronato, sino que lo había utilizado [manipulado] políticamente para aunar enemigos contra la independencia, y esta situación llevó a la desolación de la iglesia y al abandono de la disciplina, de la moral cristiana.
    Agregaba el informe que en «algunas aldeas no se tienen ya oficios sagrados ni administración de sacramentos». Para esta referencia a tan importante informe se ha utilizado la traducción española que del mismo hace el P. LETURIA, El Ocaso del patronato...,95-101; igualmente en A. FILIPPI, Bolívar y la Santa Sede..., 130-134, doc. 7. El original del informe fue presentado en latín y se conserva en Asv, Segr. Saato, Esteri, 281, 1814-1821; igualmente en AA.EE.SS., A. III, Colombia, fase., 284, 1822-1825, 28v-30v. Y fue publicado en su totalidad por P. LETURIA, Relaciones..., III, 16-20.
  17. P. LETURIA, El Ocaso del patronato .... 99-100.
  18. P LETURIA, El Ocaso del patronato...,101-103.
  19. MANUEL PALACIOS FAJARDO, jurista, hombre de la estima de Bolívar y enviado diplomático a Cartagena, Washington y París. Redactó la primera Constitución del Estado de Barinas y pidió al primer Congreso de Venezuela poderes dictatoriales para Miranda. El año 1817 escribió, en lengua inglesa, una memoria sobre la independencia de la América española; este escrito fue traducido al francés y al castellano.
  20. Para presentar todo este interesante punto del inesperado encuentro de la independencia con Pío VII, prisionero de Napoleón, se seguirá fundamentalmente a: P. LETURIA, Relaciones..., II, 83-87; Id., El Ocaso del patronato..., 73-79.
  21. Por la reacción realista, los líderes de Venezuela debieron escapar, dirigiéndose un grupo hacia la isla inglesa de Trinidad, y otro a la república de Cartagena en la Confederación de la Nueva Granada. El primer grupo, el que se dirigió para Trinidad, poco después envió al comerciante Luis Del Pech como su agente ante el gobierno de París, con el objeto de obtener de Napoleón dinero y armas contra España. El segundo grupo, el de Cartagena, del que formaba parte Simón Bolívar, logró que la Confederación de la Nueva Granada le confiara una misión a Manuel Palacio Fajardo hacia Estados Unidos, con el mismo fin, es decir, conseguir armas y dinero para la independencia; cf., P. LETURIA, Relaciones..., II, 83.
  22. Luis DELPECH, comerciante francés, considerado por el gobernador de Curazao «un infame francés». En principio se demostró enemigo de Miranda, pero más tarde fue un fiel colaborador suyo y amigo de Bolívar. De Venezuela salió en 1812, después de prestar valiosos servicios a la nación y se dirigió hacia Trinidad de donde luego pasó, como enviado del gobierno de Venezuela ante el gobierno de Estados Unidos (1813).
  23. Napoleón había querido conservar para su hermano José o para sí mismo, las posesiones hispánicas de América, pero este sueño se vio frustrado desde 1809. Ante la frustración de apoderarse de Hispanoamérica, Napoleón se dedicó a apoyar su emancipación, pretendiendo, por este medio, arruinar las intenciones mercantiles de Inglaterra; cf., P. LETURIA, Relaciones..., II, 84-85; Id., III, ap. XI.
  24. P. LETURIA, Relaciones..., II, 84; en nota 8 el autor agrega que según Fajardo fue iniciativa de Napoleón el deseo de obtener una entrevista con el Papa. Con este gesto el emperador pensaba contribuir a la independencia de Tierra Firme.
  25. Los informes de los enviados de Nueva Granada y Venezuela fueron publicados por P. LETURIA, Relaciones..., III, ap. XI, docs. 7 y 8.
  26. P. LETURIA, Relaciones..., II, 84 nota 11; Id., III, ap. VII, cap. 3 § 4: informe de monseñor Coll y Prat a Pío VII en 1822 y ap. XI, doc. 11.
  27. P. LETURIA, Relaciones..., II, 86; el texto en Id., III, ap. XI, docs. 7 y 8.
  28. P. LETURIA, Relaciones..., II, 87 y nota 15 en la que rebate la idea de GIL FORTOUL quien sostiene que Palacio Fajardo habló con el papa Pío VII, mientras que el padre Leturia afirma, a renglón seguido, que la respuesta dada por el Sumo pontífice hace pensar que no fue Fajardo quien habló con él; agrega el autor que en las fuentes del archivo de negocios extranjeros de París no encontró noticias sobre este particular.
  29. ANTONIO VARGAS LAGUNA fue ministro de España ante la Corte Pontificia desde 1801 hasta 1809 cuando, por protestar por los atropellos franceses en Bayona contra la Corona de España, fue llevado prisionero de Napoleón. Una vez que salió de la prisión regresó, en el año 1814, a la misma embajada, cargo que volvía a ocupar por el reconocimiento que Fernando VII le hacía por los servicios prestados a su persona y a la corona.
    Durante su segunda administración al frente de la Embajada, Vargas Laguna definió mucho mejor su política pro-realista, y en directa oposición americana; en aquellos años defendió, como pudo, el Patronato de Indias; fue alma inspiradora de la encíclica realista de Pío VII de 1816, y trabajó incansablemente hasta conseguir que el Papa nombrara obispos para las sedes vacantes de Hispanoamérica; cf., P. LETURIA, Relaciones..., II, 88-89.
  30. El pedido de un documento legitimista lo hizo don Antonio Vargas Laguna el 22 de enero de 1816. Para conocer sobre la génesis de este documento ver P. LETURIA, La Encíclica de Pío VII (30 de enero de 1816) sobre la revolución hispanoamericana, edición especial del estudio publicado en Anuario de estudio americanos, IV (Romae 1947), 425-481); ID., Relaciones..., II, 99-116.
  31. Frente a la necesidad de nombrar obispos para las sedes vacantes, se interesó el Rey en persona para que los candidatos poseyeran un perfil humano y político netamente legitimista, que los habilitara para hacer frente a los desmanes de la insurrección y fueran fieles colaboradores de la causa regia. Esta pretensión hacía que en el Consejo de Indias, para elegir una persona para obispo, además de seguir la norma trazada por el Concilio de Trento, buscara que el candidato cumpliera con el requisito de fidelidad al absolutismo regio.
    Entre 1814-1820 fueron nombrados 28 obispos según el régimen patronal que cubrirían las sedes vacantes de Hispanoamérica. Es importante relevar que por entonces las sedes episcopales de Hispanoamérica eran 38 y por motivos de la inestabilidad política no fueron erigidas nuevas sedes episcopales, no obstante que las necesidades pastorales así lo requerían, cf., P. BORGES, Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, 1, 831-832,11, 641-654; P. B. GAMS, Series episcoporum ecclesiae catholicae..., 137-168; J. GARRAN Y Moso, La Provisión de sedes episcopales..., 49; P. LETURIA, Relaciones..., II, 89-93.
  32. Los obispos criollos nombrados en aquella oportunidad fueron: Antonio Joaquín Pérez (para Puebla), José Rodríguez Zorrilla (para Santiago de Chile), Higinio Durán para Panamá, Rafael Lasso de la Vega para Mérida, Agustín Francisco Otondo para Santa Cruz de la Sierra, Sebastián Goyeneche para Arequipa, fray José de Orihuela para Cuzco; cf., P. LETURIA, Relaciones..., 91.
  33. Entre los años 1814-1820 no hubo, por la inestabilidad política, nuevas erecciones de obispados, no obstante que fueran necesarios. Se nombraron 28 obispos, bajo el régimen patronal, sobre un total de 38 sedes, sin contar las cuatro catedrales de las Antillas. De estos obispos muchos no llegaron a su destino, manteniéndose muchos obispados huérfanos de pastor, o vacantes por muerte de los nominados.
    Fue este el caso de los obispos Isidoro Domínguez de Santa fe de Bogotá, quien preconizado el 4 de Julio de 1819, murió en Burgos donde por algún tiempo se desempeñó como vicario general. Fray Fernando Cano presentado en 1818 para Antioquia pero nunca pasó a su sede, siendo en 1825 presentado para el obispado de Canarias. Fray Domingo de Silos Moreno, consagrado en Silos el 19 de julio de 1818 para que se dirigiera hacia Caracas donde llegaría como auxiliar, pero no pudo salir para su destino. Entre los otros nombrados se recuerdan: para la Arquidiócesis de México: Salvador San Martín y Cuevas (1816-1821, Chiapas), Antonio Manuel Pérez (1819-1834 [?], Antequera- Oaxaca), Antonio Joaquín Pérez (1814-1829, Puebla). Arquidiócesis de Guadalajara: José Ignacio de Aranzibia (1817-1821, Nuevo León), Bernardo de Espíritu Santo (1817-1825, Sonora). Para la arquidiócesis de Guatemala: Manuel Julián Rodríguez (1817-1829, Comayagua- Honduras). Para la arquidiócesis de Santa fe de Bogotá: Isidoro Domínguez (1819/1821-1827, Bogotá), Gregorio Rodríguez (1816, Cartagena), Antonio Gómez Polanco (1817-1827, Santa Marta), Salvador Jiménez de Enciso (1816-1840, Popayán), Fernando Cano (1818-1827, quien nunca pasó a su sede, Antioquia), Miguel Hernández (1816-1818, Quito) y para la misma sede a Leonardo Santander y Villavicencio (1818-1822), José Ignacio Cortázar y Labajén (1815-1827, Cuenca). Para la arquidiócesis de Caracas: Domingo Silos Moreno (1821-1825, quien no tomó posesión. Caracas), Rafael Lasso de la Vega (1816-1826, Mérida), José Ignacio Durán (1815-1819, Panamá). Para la arquidiócesis de Lima: José Sebastián de Goyeneche (1817- y trasladado a Lima. Arequipa), José Calixto Orihuela (1821, Cuzco), Pedro Gutiérrez de Ross (1818¬-1826, Guamanga), José Santiago Rodríguez (1815-1827, Santiago de Chile). Para la arquidiócesis de Charcas: Diego Antonio Navarro (1818-1827, Charcas), Antonio Mattas (1818, La Paz), Agustín de Otondo (1816-1822, Santa Cruz de la Sierra); cf., P. B. GAMS, Series episcoporum ecclesiae eatholicae..., 137-168, P. BORGES, Historia de la iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, 1, 831-832, II, 641-654; P. LETURIA, Relaciones..., II, 89-91, nota 22. Para tener una idea general de todo el proceso de provisión de obispos y sedes vacantes durante el período de la emancipación política de España, ver apéndice II: cuadros, cuadro N° 4.
  34. El texto completo de la Encíclica «Etsi Longissimo» en P. LETURIA, La encíclica de Pío VIL..,37-38; ID., Relaciones..., II, 110-113 donde da la versión original latina y la traducción española; en R. SILVA, Documentos..., IV, 55-57. Anota el padre Leturia en su estudio La Encíclica de Pío VII.., 31, que este documento es un breve y al mismo tiempo una encíclica porque era una circular dirigida a los obispos.
  35. Cf., P. LETURIA, Relaciones..., II, 93; ID., III, cap. VII, cap. 5, § 3.
  36. Por aquel tiempo, las únicas fuentes de información que tenía el papa de los acontecimientos de Hispanoamérica era el Consejo de Indias y el embajador de España en Roma.
  37. Recuérdese la Encíclica legitimista del 30 de enero de 1816 y la preconización de obispos del agrado de España para las sedes vacantes de Hispanoamérica entre 1814-1820.

BIBLIOGRAFÍA

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  • El Ocaso del patronato real en la América española. La acción diplomática de Bolívar ante Pío VII (1820-1823) a la luz del archivo vaticano, Madrid 1925;
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  • La Encíclica de Pío VII sobre la Revolución hispanoamericana, Sevilla 1948

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ÁLVARO LÓPEZ V.