Diferencia entre revisiones de «HISTORIA ECLESIÁSTICA INDIANA»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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AA. VV., Juan Diego Cuauhtlatoatzin, DGE – Basílica de Guadalupe, Ciudad de México 2005
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AA. VV., ''Juan Diego Cuauhtlatoatzin'', DGE – Basílica de Guadalupe, Ciudad de México 2005
  
CASO Alfonso, El pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica (Lecturas Mexicanas 10) México. 1983
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CASO Alfonso, ''El pueblo del sol'', Fondo de Cultura Económica (Lecturas Mexicanas 10) México. 1983
  
CONCEGLIERI PÉREZ Francisco Jesús, Los sacrificios humanos en los aztecas. Valoración por parte de algunos evangelizadores del siglo XVI, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Tesis doctoral, Roma 2005
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CONCEGLIERI PÉREZ Francisco Jesús, ''Los sacrificios humanos en los aztecas. Valoración por parte de algunos evangelizadores del siglo XVI'', Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Tesis doctoral, Roma 2005
  
DURÁN Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de la Tierra Firme [1579], prólogo de José Rubén Romero Galván y Rosa Camelo, Banco de Santander - Ediciones El Equilibrista - Turner Libros, 2 vols. Madrid 1990  
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DURÁN Diego, ''Historia de las Indias de Nueva España e islas de la Tierra Firme'' [1579], prólogo de José Rubén Romero Galván y Rosa Camelo, Banco de Santander - Ediciones El Equilibrista - Turner Libros, 2 vols. Madrid 1990  
  
DUVERGER Christian, La conversión de los indios de Nueva España. Con el texto de los "Coloquios de los Doce" de Bernardino de Sahagún, Fondo de Cultura Económica, México 1993
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DUVERGER Christian, ''La conversión de los indios de Nueva España''. Con el texto de los "Coloquios de los Doce" de Bernardino de Sahagún, Fondo de Cultura Económica, México 1993
  
LEÓN-PORTILLA Miguel,  La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, México 1974
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LEÓN-PORTILLA Miguel,  ''La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes'', Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas, México 1974
  
MATOS MOCTEZUMA Eduardo, Los aztecas: del nacimiento a la muerte, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2005
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MATOS MOCTEZUMA Eduardo, ''Los aztecas: del nacimiento a la muerte'', Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2005
  
MONACO Emanuela, Quetzalcoatl. Saggi sulla religione azteca, Bulzoni (Chi siamo 25), Roma 1997
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MONACO Emanuela, ''Quetzalcoatl. Saggi sulla religione azteca'', Bulzoni (Chi siamo 25), Roma 1997
  
MORALES  Francisco (coord. y edit.), Franciscanos en América. Quinientos años de presencia evangelizadora, Conferencia Franciscana de Santa María de Guadalupe México, Centroamérica, Panamá y El Caribe, México 1993
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MORALES  Francisco (coord. y edit.), ''Franciscanos en América. Quinientos años de presencia evangelizadora'', Conferencia Franciscana de Santa María de Guadalupe México, Centroamérica, Panamá y El Caribe, México 1993
  
SAHAGÚN Bernardino DE, Historia verdadera de las cosas de la Nueva España. Ed. Porrúa, México, 1989
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SAHAGÚN Bernardino DE, ''Historia verdadera de las cosas de la Nueva España.'' Ed. Porrúa, México, 1989
  
SCHMIDT Wilhelm, Der Ursprung der Gottesidee, 7 vols. Münster, 1912-1941,
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SCHMIDT Wilhelm, ''Der Ursprung der Gottesidee'', 7 vols. Münster, 1912-1941,
  
SOLÍS Felipe (cur.), El Imperio azteca, Fomento Cultural Banamex, México D.F. 2004
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SOLÍS Felipe (cur.), ''El Imperio azteca'', Fomento Cultural Banamex, México D.F. 2004
  
VÁZQUEZ Primo Feliciano (trad.), Códice Chimalpopoca, Anales de Cuauhtitlán, y Ms. de 1558, facsímil del texto azteca. Universidad Nacional Autónoma de México, México 1975
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VÁZQUEZ Primo Feliciano (trad.), ''Códice Chimalpopoca, Anales de Cuauhtitlán, y Ms. de 1558'', facsímil del texto azteca. Universidad Nacional Autónoma de México, México 1975
  
WAUCHOPE Robert (ed.) Handbook of Middle American Indians, vol. X, Austin, 1971
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WAUCHOPE Robert (ed.) ''Handbook of Middle American Indians'', vol. X, Austin, 1971
  
 
   
 
   

Revisión del 10:24 21 jun 2018

INTRODUCCIÓN

La obra «Historia Eclesiástica Indiana» fue escrita por el misionero franciscano fray Jerónimo Mendieta hacia el año 1580,[1]tras la dramática conquista de la ciudad de México-Tenochtitlán en 1521, cuando los misioneros cristianos se enfrentaron a un duro desafío: evangelizar a hombres y sociedades, particularmente los mexicanos o aztecas, que habían sufrido no sólo una derrota político-militar, sino un auténtico shock cultural producido por el derrumbamiento de su mundo cultural y religioso.[2]

Los evangelizadores debieron acometer esta enorme tarea fiados en el socorro sobrenatural, en su buena preparación espiritual e intelectual… y también contando con las buenas cualidades de los indígenas. En la búsqueda entre los aztecas de lo que hoy llamamos «semillas del Verbo»,[3]destacan algunos personajes, como fray Jerónimo Mendieta.

Aunque no faltan lugares comunes sobre una generalizada destrucción de la cultura y religión indígena a manos de los europeos, incluidos los misioneros, los especialistas están cada vez más de acuerdo es que la realidad es más compleja. Con palabras de Francisco Morales, hay que decir que “la documentación, en su conjunto, nos muestra lo problemático que resultó para el fraile menor su encuentro con unas culturas plenamente enraizadas en el mundo religioso antiguo y lo complicado que es para nosotros estudiar estos temas”.[4]

Mendieta acomete la redacción de su «Historia Eclesiástica Indiana» a final de los años ochenta e inicios de los noventa. Recoge diversa documentación en los conventos de la Orden, siendo sus fuentes principales los escritos de Fray Andrés de Olmos (1500ca-1571) -el primer investigador del pasado indígena mexicano-, memoriales de Fray Toribio de Motolinía, la obra de Diego de Valadés «Rhetorica Indiana», y escritos de Bartolomé de Las Casas que pudo consultar en el convento de Santo Domingo de México.

La obra de Mendieta se estructura en cinco libros: Libro I: historia de la evangelización en las islas y territorios del Caribe. Libro II: ritos y costumbres de los indios de la Nueva España en su infidelidad. (que analizaremos en detalle) Libro III: introducción de la fe en México. Libro IV: aprovechamiento de los indios de Nueva España en la fe. Libro V: franciscanos ilustres, fallecidos de muerte natural o por martirio.

Muy interesantes son las ilustraciones, ideadas algunas por el propio Mendieta, gran aficionado al dibujo. Cada libro viene precedido de un grabado, en muchos casos copia mediocre del citado franciscano Diego de Valadés, gran dibujante y grabador.

Las razones de la no publicación inmediata de la obra no son claras, pese a que Mendieta se la había encargado a su discípulo Viseo.[5]Sabemos que el manuscrito pasó a Fray Juan de Torquemada, que lo usó profusamente para su «Monarquía Indiana».[6]Parece que una copia pasó a España y sólo tuvo los honores de las prensas en 1870, gracias al buen hacer del historiador Joaquín García Icazbalceta.[7]

NÚCLEOS TEMÁTICOS EN EL CAPÍTULO II SOBRE LA RELIGIÓN AZTECA

Comparación con la Biblia y con el mundo clásico.

En general, podemos afirmar que los dos elementos referenciales de la religión prehispánica son la Sagrada Escritura cristiana y los autores clásicos del mundo grecolatino, algo muy normal en un autor del humanismo cristiano. Las comparaciones a veces son un poco ingenuas, como la siguiente:

“Los indios de Cholula, dando en la locura de los de la Torre de Babel, quisieron hacer uno de estos teucales o templo de los dioses que excediese en altura a las más altas sierras de esta tierra (aunque bien cerca las tienen bien altas, como es el volcán que echa humo, y la sierra nevada que está junto a él,[8]y la de Tlaxcala), y para este efecto comenzaron a plantar la cepa que hoy día tiene al parecer de planta un tiro de ballesta, con haberse desboronado [sic] y deshecho mucha parte de ella, porque era de más anchura y longitud, y mucho más alta. Y andando en esta obra (según los viejos contaban) los confundió Dios, aunque no multiplicando las lenguas como a los otros, sino con una terrible tempestad y tormenta, cayendo entre otras cosas una gran piedra en figura de sapo que los atemorizó. Y teniéndolo por prodigio y mal agüero, cesaron de la obra y la dejaron hasta hoy”.[9]

Aquí Mendieta recoge los datos de la tradición prehispánica sobre el origen de la gran pirámide de Cholula, y los conecta «externamente» con el relato bíblico de Babel, recogiendo cómo los viejos mesoamericanos merecieron un castigo de Dios por atreverse a construir un «teocalli» exageradamente alto, lo mismo que en el episodio de la torre de Babel del Antiguo Testamento.[10]

Por lo que se refiere a los clásicos, en los siguientes puntos veremos referencias a Aristóteles y Virgilio. Aquí podemos señalar cómo los modelos clásicos le permiten interpretar, con cierto realismo y «cientificidad», la religión de los prehispánicos. En una ocasión señala el proceso de deificación de grandes personajes, comparándolo con lo que hicieron los romanos:

“en Tezcuco a Tezcatlipuca; en Tlexcalla [sic] a Camaxtli, y en Cholula a Quetzalcóatl, y éstos sin duda fueron hombres famosos que hicieron algunas hazañas señaladas o inventaron cosas nuevas en favor y utilidad de la república, o porque les dieron leyes o reglas de vivir, o les enseñaron oficios, o sacrificios, o algunas otras cosas que les parecieron buenas y dignas de ser satisfechas con obras de agradecimiento, como leemos que los romanos y otras naciones por estos mismos respetos solían levantar estatuas a los tales hombres, y algunos de ellos fueron adorados por dioses”.[11]

Se trata del conocido fenómeno del «evemerismo»,[12]que ve en el origen de muchos dioses la divinización de antiguos reyes, ejecutores de grandes obras a favor del pueblo.

Neto rechazo de la religión prehispánica como demoníaca.

Como señala Morales, hablando de una actitud generalizada en los franciscanos de México, “el culto a los dioses paganos, y más en la forma como se practicaba en una religión tan compleja como la de Mesoamérica, le resultaba al fraile no sólo extrañísimo, sino del todo abominable, actitud que, por lo demás, ha sido común en los misioneros de todas las épocas”.[13]En esa línea se mueve claramente nuestro franciscano.

Los ritos prehispánicos son calificados como “diversos desatinos, fábulas y ficciones, las cuales ellos tenían por cosas ciertas”.[14]En forma rotunda exclama: “De manera que acerca de sus dioses y de la creación del hombre diversos desatinos decían y tenían (…), pues no alcanzaron a conocer a Dios”.[15]No es que los indios fueran los principales culpables de esto, sino el mismo demonio.[16]El templo de los dioses o Teocalli es el templo del demonio. Rendir culto a los dioses era rendir culto al demonio.

Los sacrificios humanos eran “dura servidumbre que los otros dioses les pedían de sacrificarles hombres, porque lo tenían por gran tormento, y solamente lo hacían por el gran temor que tenían a las amenazas que el demonio les hacía y daños que de él recibían (…)de donde parece claro que los indios que hacían sacrificios de hombres, no lo hacían de voluntad, sino por el gran miedo que tenían al demonio por las amenazas que les hacía, que los había de destruir y dar malos temporales y muchos infortunios si no cumplían lo que les tenía mandado y recibido ellos en costumbre”.[17]

Los sacrificios humanos son vistos claramente en clave religiosa, pero los naturales son totalmente exculpados de cualquier responsabilidad moral.[18]Muy interesante, sobre el demonio, resulta el cap. XIII del mismo Libro II. Fray Jerónimo discierne una caracterización concreta del demonio, el «tlacatecolotl», el «hombre búho», “un fantasma o cosa espantosa que a tiempos espantaba a algunos, que a razón sería el mismo demonio”.

A continuación el franciscano narra diversos episodios de apariciones demoníacas ya en época cristiana.[19]Siguiendo la posición de Fray Andrés de Olmos,[20]Mendieta explica la figura del demonio como «remedador» de Dios, tema clásico entre algunos autores medievales. Hablando de los naturales de México, Texcoco y Tlaxcala afirma:

“tenían su calendario por donde se regían, y tenían señalados sus días del año por cada uno de sus diablos a quien hacían fiesta y celebraban, así como nosotros tenemos dedicado su día en tal o tal mes a cada uno de los santos. Que en esto parece haber tomado el maldito demonio oficio de mona, procurando que su babilónica e infernal iglesia o congregación de idólatras y engañados hombres, en los ritos de su idolatría y adoración diabólica remedase (en cuanto ser pudiese), el orden que para reconocer a su Dios y reverenciar a sus santos tiene en costumbre la Iglesia Católica” Más adelante explicita su teoría sobre los «execramentos» del demonio: “No se contentaba el demonio, enemigo antiguo, con el servicio que éstos le hacían en la adoración de cuasi todas las criaturas visibles, haciéndole de ellas ídolos, así de bulto como pintados, sino que demás de esto los tenía ciegos en mil maneras de hechicerías, execramentos y supersticiones.

Y hablando primero de los execramentos que ordenó en su iglesia diabólica, en competencia de los santos Sacramentos que Cristo nuestro Redentor dejó instituidos para remedio y salud de sus fieles en la Iglesia católica; por el contrario, para condenación y perdición de los que le creyesen, dejó el demonio estotras sus señales y ministerios que pareciesen imitar a los verdaderos misterios de nuestra redención.

Entre los cuales el primero era a manera de baptismo, y hacíase de esta manera: cuando nacía el niño o niña, dende a ciertos días llamaban una vieja, y en el patio de la casa, o donde le parecía, rociaba o lavaba el niño ciertas veces con vino de lo que usaban y usan en esta tierra, y otras tantas lo lavaba con agua, y poníanle el nombre, y con la tripa del ombligo hacían ciertas ceremonias”.

Toda la «iniciativa religiosa» es del demonio, que «organiza» los ritos idolátricos imitando, o «remedando» la estructura de la verdadera Iglesia católica. Incluso, explica Mendieta, algunas prácticas en sí mismas virtuosas, como el ayuno, el demonio las ha fomentado por odio “a sus feligreses sin que alcanzasen por su penitencia algún merecimiento”.

En los ritos mesoamericanos hay semejanzas con la fe cristiana.

Fray Jerónimo recoge una versión indígena sobre el origen del hombre (hoy llamada «Leyenda de los soles»), donde hay dos momentos en los que, sin forzar el texto de la narración, introduce elementos de conexión con la revelación cristiana.

Se refiere a cuando los hijos de la diosa Citlalicue expulsaron del cielo a su hermano, un pedernal, que al caer en las «siete cuevas», “dicen salieron de él mil y seiscientos dioses (en que parece querer atinar a la caída de los malos ángeles)”. El mismo esquema se repite más adelante, donde en otro pasaje del mito afirma Mendieta: “Que parece querer atinar [la narración] al diluvio, cuando perecieron los hombres, teniendo no haber quedado alguno”. Es decir, a pesar de considerar, en principio, sus mitos como “desatinos, fábulas y ficciones”, no deja de señalar elementos de semejanza con la Revelación cristiana.

Respecto a las penas del infierno dice –con muy poca exactitud– que los indígenas afirmaban que los castigos eran proporcionales a los «delitos» cometidos: “también tenían por cierto que en el infierno habían de padecer diversas penas conforme a la calidad de los delitos”. En esta ocasión hace de nuevo comparación con los clásicos (la Eneida de Virgilio) y los cristianos:

“por el consiguiente conforman con nosotros los cristianos, que tenemos por fe lo que en diversas partes de la Escritura sagrada se dice: que según la medida del pecado, será la manera de las llagas: y cuanto se glorificó y estuvo en deleites, tanto tormento y llanto le daréis”.

Encontramos aquí –independientemente de que la realidad prehispánica era diversa a como la presenta– un elemento que hoy llamaríamos «inclusivo», pues reconoce aspectos de la religión pagana al menos comparables a la Revelación cristiana, por supuesto puntualmente. Pero eso significa que ya no existe un rechazo total y absoluto de la religión prehispánica. Incluso a veces Mendieta parece ir un poco más allá y postula que Dios se sirvió de los ritos prehispánicos para mostrar su presencia, como cuando se refiere al alma de Quetzalcóatl:

“Y que el alma del dicho Quetzalcóatl se volvió en estrella, y que era aquella que algunas veces se ha visto en esta tierra la tal cometa o estrella, y tras ella se han visto seguir pestilencias en los indios, y otras calamidades; y es que las tales cometas son señales que Dios puso para denotar alguna cosa o acaecimiento notable que quiere obrar o permitir en el mundo”. Hoy sabemos que el mito de Quetzalcóatl sufrió muchas e interesantes variaciones, entre ellas la de «estrella matutina». Sin embargo, Mendieta lo que hace aquí es recoger sin más la tradición, y aplicarle una visión providencialista: la supuesta manifestación del mito es ocasión para que actúe el verdadero Dios.

La religión prehispánica apunta a una revelación de Dios a través de las obras de la creación.

Al comentar algunos aspectos de la religión prehispánica, Fray Jerónimo vierte unos juicios que nos sitúan en el horizonte de la revelación natural de Dios a través de las criaturas, y de la respuesta de los hombres a esa revelación. En esta línea hay un texto muy hermoso y elocuente. Al referirse el franciscano a la figura de «Ipalnemohuani» dice:

“Y este [el sol] debía ser al que llamaban los mexicanos Ipalnemohuani, que quiere decir: «por quien todos tienen vida o viven». Y también le decían Moyucuyatzin ayac oquiyocux, ayac oquipic, que quiere decir: «que nadie lo crió o formó, sino que él solo por su autoridad y por su voluntad lo hace todo». Aunque se puede creer que esta manera de hablar les quedó de cuando sus muy antiguos antepasados debieron de tener natural y particular conocimiento del verdadero Dios, teniendo creencia que había criado el mundo, y era Señor de él y lo gobernaba. Porque antes que el capital enemigo de los hombres y usurpador de la reverencia que a la verdadera deidad es debida, corrompiese los corazones humanos, no hay duda sino que los pasados, de quien estas gentes tuvieron su dependencia, alcanzaron esta noticia de un Dios verdadero; (…) Pero los tiempos andando y faltando gracia y doctrina, y añadiendo los hombres pecados a pecados, por justo juicio de Dios fueron estas gentes dejadas ir por los caminos errados que el demonio les mostraba, como en las demás partes del mundo acaeció a casi toda la masa del género humano, de donde nació el engaño de admitir la multitud de los dioses”.

Los naturales, al igual que casi todo el género humano, cayeron en el politeísmo por engaño del demonio, pero al principio tuvieron un conocimiento bastante claro de un único Dios, creador, señor y gobernador del mundo. Pero en el principio hubo monoteísmo, conocimiento del único verdadero Dios, un Dios de la vida, increado, omnipotente.

En esa misma religión se encuentran restos de una antigua predicación cristiana.

Mendieta es firme partidario de una predicación cristiana en tiempos remotos. De esa opinión son otros evangelizadores como Diego Durán o Bernardino de Sahagún. Es decir, que hubo una «proto-predicación» en América, por medio de algún apóstol o discípulo, y que luego se fue oscureciendo, por obra del demonio y los pecados de los hombres. En este sentido, es impresionante la presentación de una diosa, mujer del sol, a la cual los indígenas tenían mucha devoción: “una diosa muy principal, y a esta llamaban la gran diosa de los cielos, mujer del sol, cuyo templo estaba encumbrado en lo alto de una alta sierra (…) La causa de tenerla en gran estima y serle muy devotos y servidores, era porque no quería recibir sacrificios de muertes de hombres, antes los aborrecía y prohibía. Los sacrificios que ella amaba y de que se agradaba, y los pedía y mandaba ofrecer, eran tórtolas y otros pájaros y conejos, y estos le degollaban ante su estatua.” En un primer momento Fray Jerónimo realiza una lógica comparación, pero haciendo responsable al demonio: “En esta tan celebrada diosa intercesora y medianera de los pueblos y gentes que a ella se encomendaban, parece que quiso el demonio introducir en su satánica iglesia un personaje que en ella representase lo que la Reina de los Ángeles y Madre de Dios representa en la Iglesia Católica, en ser abogada y medianera de todos los necesitados que a ella se encomiendan para con el gran Dios y sol de justicia su sacratísimo Hijo”

Era lógica esta conclusión, que ve al demonio «remedador» de Dios, como ya se ha visto. Pero es que Mendieta abre la puerta a otra posibilidad: “si no es que por ventura habiendo tenido noticia los antiguos progenitores de estos indios de esta misma Señora y madre de consolación, por predicación de algún apóstol o siervo de Dios que llegase a estas partes (como por algunos indicios que en el discurso de esta historia se tocarán se presume), quédase confusa la memoria de esta gran Señora en el entendimiento de los que después sucedieron, y cayendo de un día para otro en mayores errores, la viniesen a honrar con título de semejante diosa, como por el largo curso y mudanza de los tiempos pudiera haber acaecido.”


Algunas personas del pasado prehispánico fueron virtuosas religiosamente.

Mendieta, refiriéndose a dos sacerdotes de la diosa mujer del sol antes mencionada, que vivían en el templo de la diosa, afirma: “Éstos eran tenidos por hombres santos, porque eran castísimos y de irreprensible vida para entre ellos, y aun para entre nosotros fueran por tales estimados, dejada aparte la infidelidad. Era tan virtuosa y tan ejemplar su vida, que todas las gentes los venían a visitar como a santos, y a encomendarse a ellos tomándolos por intercesores para que rogasen a la diosa y a los dioses por ellos…”. Mendieta no puede por menos de alabar a estos «monjes», a su vez relacionados con una diosa que no es sino vestigio de la Virgen María, como hemos visto. Descubre en ellos virtudes naturales dignas de alabanza incluso entre cristianos, siempre y cuando se obvie en los «monjes» su carácter de infieles.

Al tratar de la figura de Quetzalcóatl como personaje histórico, no duda Mendieta en ponerle como ejemplo:“Éste salió hombre honesto y templado, comenzó a hacer penitencia de ayuno y disciplinas, y a predicar (según se dice) la ley natural: y así enseñó por ejemplo y por palabra el ayuno, en esta tierra antes no usado, sino que desde este tiempo comenzaron algunos a ayunar, y después se fue aumentando el uso del ayuno, que guardaban estos indios en su infidelidad con excesivo rigor. Este Quetzalcoatl no fue casado, antes dicen que vivió honesta y castamente. Él dicen que comenzó el sacrificio de sacar sangre de las orejas y de la lengua, no por servir al demonio (según se entendía), más por penitencia (aunque necia) contra el vicio del oír y hablar, y después el demonio lo aplicó a su culto y servicio.”

El misionero recoge una tradición y la valora: Quetzalcóatl supo sustraerse a la «trampa» del demonio de ayunar y mortificarse para «copiar» lo que manda Dios. Lo hacía por ley natural, por la misma constitución humana, aunque califica esa penitencia de «necia», pues la practicaba un infiel; pero con todo la enderezaba correctamente, para combatir los vicios del oír y hablar. Fue el demonio, «a posteriori», el que desvió esas prácticas de penitencia a su servicio, según su vieja costumbre de «remedar» a Dios.

Otro panegírico muy interesante es el que dedica nuestro autor a un personaje histórico, el rey de Texcoco Nezahualpilli (1460ca-1515), del cual dice: “no sólo con el corazón dudó ser dioses los que adoraban, mas aún de palabra lo dio a entender, diciendo que no le cuadraban ni estaba satisfecho de que eran dioses, por las razones que su viveza y buen natural le mostraban. Porque era en tanta manera vivo y entendido este cacique, que aun en el bisiesto quiso caer y atinar, pareciéndole que se alongaban las fiestas, y no venían a un mismo tiempo en todos los años. De este mismo cacique se cuenta, que por natural razón y su buena inclinación aborrecía en gran manera el vicio nefando: y puesto que los demás caciques lo permitían, este mandaba matar a los que lo cometían”.

Impresionante elogio de las virtudes religiosas, morales y científicas de este monarca, fundamentadas en su «viveza y buen natural». Desenmascaró el paganismo gracias a la viveza de su inteligencia y a la probidad de sus costumbres.

Los valores religiosos y humanos auténticos de los antiguos mexicanos.

No deja Mendieta de señalar algunos aspectos positivos en determinados aspectos de la religión prehispánica. Por ejemplo, comentando que los ayunos de los sacerdotes aztecas eran mayores que los del pueblo afirma:

“Los mayores ayunadores eran los ministros del templo para dar ejemplo, y en esto conformaban con la costumbre de nuestra Iglesia católica y con la razón, pues es más justo que los que están dedicados al culto divino se ejerciten más en estos actos penitenciales, que los que no se dedicaron al servicio de la Iglesia”. Resulta muy significativo que los alabados sean nada menos que los ministros de los templos, otras veces llamados «ministros del demonio», pero que en esta ocasión se comportan de acuerdo a un principio ético-religioso que comparten con la Iglesia católica: los ministros sagrados deben dar ejemplo de abnegación ante el pueblo. No hay aquí la lógica demoníaca de «remedar» a la Iglesia, sino un genuino valor religioso que, partiendo de los indios, puede incluso compararse con la verdadera Iglesia.

En esta misma línea destaca el notable aprecio de Mendieta por los discursos sapienciales aztecas, los «huehuetlahtolli», que se pronunciaban en ocasiones señaladas para el individuo o la comunidad. Fray Jerónimo presenta traducidos al castellano tres de estos discursos: el de un «labrador» a su hijo pequeño, el mismo a su hijo ya crecido, y el de una madre a su hija. Es interesante notar que Mendieta precede estos discursos con unas referencias a la «Política» de Aristóteles, y afirma que los mexicanos, sin haberle conocido, siguen las máximas del Estagirita: “El tercero documento [de Aristóteles] es, que en su niñez y puericia tuviesen gran cuenta los que los criaban que [los niños y jóvenes] no viesen por sus ojos actos ni pinturas torpes, ni oyesen pláticas ni palabras feas, porque lo que se ve, oye y habla en la niñez, adelante se toma en costumbre de lo usar. Y de aquí proceden todos los filósofos a enseñar que a los mozuelos dende su tierna edad, sus padres y ayos los ejerciten en honestos ejercicios y trabajos. Y cómo esto lo uno y lo otro los indios lo cumplían para con sus hijos, parece bien claro en las pláticas y amonestaciones y trabajos en que los ejercitaban a ellos y a ellas dende su niñez, como se verá en este capítulo y en los siguientes, y primeramente en estas pláticas que fueron traducidas de lengua mexicana en nuestro castellano”. El misionero alaba explícitamente el duro sistema educativo azteca, sea entre los nobles que entre los plebeyos, con muchachas o con muchachos, dirigido a formar en el autodominio y la disciplina, además de una fuerte religiosidad, aunque fuera dirigida a falsos dioses. Resulta muy interesante observar que, en el análisis de Mendieta, esas virtudes se han ido desdibujando por el temor reverencial de los indios hacia los españoles, por el trauma de la conquista que ha trastocado el viejo sistema educativo, y por los malos ejemplos de los españoles:

“Aunque ahora son tan viciosos los indios en el mentir, entonces los padres amonestaban mucho a sus hijos que dijesen verdad y no mintiesen; y si eran viciosos en ello, el castigo era henderles y cortarles un poco el labio, y a esta causa usaban mucho hablar verdad. Preguntados ahora algunos de ellos, qué haya sido la causa de tan gran mudanza en esta su costumbre antigua, responden dos cosas: la una que es tan grande el temor que cobraron a los españoles, así seglares como eclesiásticos, por ser tan diferentes de su bajeza y pusilanimidad, que no osan responderles a lo que les mandan o preguntan sino lo que les parece que les dará más gusto, ora sea posible ora imposible.

Y por esta misma causa niegan siempre el mal recado que han hecho, y se excusan, y otras veces dicen disparates. También dan por segunda razón, que como la entrada de los españoles y las guerras dieron tan gran vaivén a toda la tierra, y los señores naturales se acobardaron y perdieron el brío que solían antes tener para gobernar, con esto se fue también perdiendo el rigor de la justicia y castigo, y el orden y conciertos que antes tenían, y así no se castigan entre ellos ya los mentirosos ni perjuros, ni aun los adúlteros. Por lo cual se atreven las mujeres más a ser malas que en otro tiempo solían; aunque de los españoles también han deprendido ellos hartos vicios que en su infidelidad no tenían”. .

CONCLUSIONES

En estos textos se puede ver que Fray Jerónimo de Mendieta, en su valoración de la religión de los antiguos aztecas, sigue dos líneas muy diversas: en primer lugar, hay un claro rechazo de la religión prehispánica, equiparada a idolatría, que considera abominable, y llena de «desatinos, fábulas y ficciones». Los indígenas, en definitiva, «no alcanzaron a conocer a Dios», al único Dios. La culpa principal recaía en Satanás que, tomando «oficio de mona», copiaba a su manera las estructuras de la Iglesia, como los sacramentos, para atraer hacia sí el culto debido únicamente a Dios.

Es también Satanás el responsable del politeísmo entre los naturales. La forma, por ejemplo, con la que Fray Jerónimo se ocupa de los sacrificios humanos denota que, en última instancia “los indios que hacían sacrificios de hombres, no lo hacían de voluntad, sino por el gran miedo que tenían al demonio”.

Por otro lado, se da una segunda línea de sincera apertura a todo lo genuinamente humano que hay en el mundo religioso prehispánico. En este sentido, se puede afirmar que Jerónimo de Mendieta, en el contexto de la teología de su época, se presenta, por lo que respecta a valoración de la religión prehispánica, como un claro «inclusivista». Es más, se diría que un inclusivista ejemplar.

No duda en ningún momento de la unicidad de la salvación, que se adquiere únicamente a través de Cristo y de su Iglesia. Si le interesa la religión prehispánica no es con ánimo etnográfico sino evangelizador: en tanto en cuanto le sirva para la evangelización cristiana. Pero ese conocimiento no está dirigido sólo al aniquilamiento total de la idolatría, sino a un prudente y difícil discernimiento. En esto no se haya muy lejos de sus fuentes preferidas: Sahagún, Olmos, Las Casas, aunque Fray Jerónimo tiene su sello particular.

Como persona humana culta, enraizada en el humanismo renacentista, Mendieta es capaz de reconocer en la religiosidad prehispánica rasgos positivos, que no duda en alabar en sí mismos, como la ejemplaridad de los ministros del culto en el ayuno o las formas educativas. Es decir, Fray Jerónimo descubre en los naturales prehispánicos valores religiosos auténticos, que conectan con lo mejor de la religiosidad y moral de los paganos clásicos (Aristóteles, Virgilio).

Reconoce personalidades de gran categoría religiosa, como Quetzalcóatl o Nezahualpilli. Apunta a conectar algunos mitos aztecas con una primigenia evangelización de la región, cuestión ya tratada por otros autores, como se ha visto. Es esto, probablemente, un intento de reconocer a los mexicanos entre los descendientes de Adán y Eva, depositarios de la antigua protorevelación, y conectarlos con la evangelización cristiana del siglo XVI.

En cualquier caso, supera la dialéctica cristiano-pagana, para relacionar la cultura que tenía delante con el designio divino de salvar, en Cristo, a todos los hombres. En este sentido, lo más extraordinario a nuestro juicio son sus comentarios sobre una revelación natural de Dios, a través de las criaturas, que les llevó a reconocer a los primeros indígenas de Mesoamérica un Ser Supremo, Dador de la vida, increado y omnipotente.

Los indígenas, miembros del linaje humano, han recibido, antes de la predicación cristiana, el mensaje de las criaturas, que les llevaron a reconocer al Creador.


NOTAS

  1. Las referencias textuales están tomadas de la edición de Francisco Solano y Pérez Lila
  2. Breves análisis del shock cultural entre los naturales mesoamericanos: Luis MARTÍNEZ FERRER, A proposito del dialogo Evangelizzazione-Culture indigene nell’America latina (1492-1825). Testimonianze di alcuni missionari, en “Annales Theologici”, 13 (Roma 1999) 522-525; Ana Rita VALERO DE GARCÍA LASCURÁIN, Las apariciones, en su entorno histórico, en AA. VV., Juan Diego Cuauhtlatoatzin, DGE – Basílica de Guadalupe, Ciudad de México 2005, pp. 53-55.
  3. Para el concepto teológico de “Semillas del Verbo”, como elementos de verdad y de gracia sembrados por el mismo Cristo en las religiones y culturas, cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad gentes, nn. 3, 9, 11.
  4. Francisco MORALES, Franciscanos ante las religiones indígenas, en Francisco MORALES (coord. y edit.), Franciscanos en América. Quinientos años de presencia evangelizadora, Conferencia Franciscana de Santa María de Guadalupe México, Centroamérica, Panamá y El Caribe, México 1993, p. 101.
  5. Muy buen resumen de los problemas hasta la publicación en 1870 en RUBIAL GARCÍA, Estudio preliminar, pp. 45-50.
  6. Escrita entre 1592 y 1613, y publicada en 1615. Cfr. Ed. Porrúa, México 1969, 3 vols.
  7. Icazbalceta opina que la no publicación puede deberse a la fuerte denuncia que hace de los encomenderos. John L. Phelan opina que las críticas a Felipe II fueron determinantes. Cfr. El reino milenario, pp. 117-122 y 150-151.
  8. Se refiere a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
  9. Libro II, Cap. VII
  10. Cfr. Gen., XI, 1-9.
  11. Libro II. Cap. X
  12. Llamado así por su postulador, el escritor griego Evémero (ss. IV-III a. C.).
  13. MORALES, Franciscanos ante las religiones, p. 89.
  14. Libro II. Cap. I
  15. Ibídem, Cap. VI
  16. Se trata de una tesis clásica entre los misioneros, y particularmente entre los franciscanos: la culpa de la idolatría, más que de los naturales, es de Satanás. Cfr. por ejemplo Christian DUVERGER, La conversión de los indios de Nueva España. Con el texto de los "Coloquios de los Doce" de Bernardino de Sahagún, Fondo de Cultura Económica, México 1993.
  17. Libro II, Caps., IX y X
  18. Sobre los sacrificios humanos cfr. Alfonso CASO, El pueblo del sol, Fondo de Cultura Económica (Lecturas Mexicanas 10) México D.F. 1983, passim y en particular pp. 95-98; Francisco Jesús CONCEGLIERI PÉREZ, Los sacrificios humanos en los aztecas. Valoración por parte de algunos evangelizadores del siglo XVI, Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Tesis doctoral, Roma 2005. Un pequeño resumen de los rituales y los mitos subyacentes en Kart TAUBE, Religión azteca: creación, sacrificio y renovación, en Felipe SOLÍS (cur.), El Imperio azteca, Fomento Cultural Banamex, México D.F. 2004, pp. 168-177.
  19. Muy significativas son las frases en donde se narra que un indio se entregó al demonio porque, tras la llegada de los españoles, «no podía con libertad ni a su placer vivir» (cap. XII), escalofriante testimonio del trauma de la conquista.
  20. Olmos escribió en 1553 un Tratado de hechicerías y sortilegios, ed. Georges Baudot, México 1990, en donde dedicó el capítulo III a mostrar al demonio como “remedador” de Nuestro Señor: si Cristo había instituido los sacramentos, el diablo creó los “execramentos”.

BIBLIOGRAFÍA

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LUIS MARTÍNEZ FERRER

© Pontificia Università della Santa Croce. La natura della religione in contesto teologico.