INDEPENDENCIA DE HISPANOAMÉRICA; la guerra y la generación «patriótica»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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LA GENERACIÓN PATRIÓTICA

Desde nuestra óptica de análisis histórico han quedado establecidas dos etapas de distinto significado, aunque básicamente conexionadas entre sí: una -caracterizada por una temporalidad más dilatada, que hemos denominado emancipación- en la que se produce una reacción provincialista a un programa de acusado nacionalismo y de profundo sentido reformista, y otra, caracterizada por la radicalización de posturas que supone la adopción de una vía revolucionaria y conflictiva por parte de una generación de caracterización patriótica, hasta desembocar en la guerra abierta.

Esta actitud se vio altamente favorecida por la re-conversión de la industria de guerra británica hacia el mundo iberoamericano, una vez que se concluyó la guerra contra los Estados Unidos, en 1814, y fue vencido Napoleón en Waterloo, en 1815. La intensidad de esta re-conversión -aunque sólo fuese por la enorme magnitud geográfica del escenario y las fuertes diversidades regionales- fue de tal naturaleza que condujo a la crisis de la Bolsa de Londres de 1825, cuya recomposición resultó imposible, por estar situada en plena contracción del ciclo de la coyuntura larga Kondratieff; esto explica la incapacidad de atender cualquier intento de ayuda económica a las distintas naciones hispanoamericanas, después de concluida la guerra de independencia, en proporciones suficientes para promover la reconstrucción; ello explica también la críptica frase del ministro Canning cuando recibió la noticia del resultado de las últimas batallas de los ejércitos criollos contra los españoles en 1823 y 1824: «Hispanoamérica ya es independiente; pronto será inglesa».

Pues bien, esta segunda etapa, presidida por la actitud radical que genera la generación patriota, es la que hemos caracterizado de típicamente independiente. Sus contenidos son básicamente ideológicos, girando en torno a los conceptos de «nación», «pueblo» y «patria». Sin entrar en la significación de esas palabras, afectadas por fuertes desplazamientos y transformaciones conceptuales, hemos de atender sobre todo al sentido de su empleo.

La primera de esas palabras carece de sentido político en América y en la época a la que nos estamos refiriendo: su sentido apuntaba específicamente a los componentes de las «repúblicas» o «naciones» en que se dividía la población desde un punto de vista etnocentrista: blancos, negros e indios.

En cuanto al concepto «pueblo», carece de tradición en el continente americano. Se trata de una palabra importada de Francia que, a su vez, la difundió durante la Revolución que adoptaron las revoluciones inglesa y norteamericana, respectivamente, de los siglos XVII y XVIII. Lo que sí es importante es la consideración del patriotismo, que pertenece, casi en exclusiva, a los criollos hispanoamericanos, anclados en un profundo sentimiento telúrico, lo que hizo arraigar profundamente en sus mentes su situación intermedia, según puso de manifiesto Simón Bolívar en el discurso de Angostura (1819):

“Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo: no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenemos en el país que nos vio nacer contra la oposición de los invasores…”

Es decir los criollos no consideran contradictorio el hecho de ser a la vez españoles por derechos y americanos por nacimiento, y para afirmar su posición frente a los españoles se abre paso un sentimiento -que ha sido fuertemente preparado por el humanista jesuítico neoclasicista- en cuya base se encuentra la dimensión del patriotismo. Este se aprecia de un modo muy relevante en la literatura de la época de la independencia, que ofrece una serie de variables muy interesantes -poesía patriótica, poesía nativista, inicio de la novela de crítica social entre la ética ilustrada y el popularismo picaresco y la valoración exaltativa de la Naturaleza y de las antiguas culturas indígenas que produjeron una prolongada influencia sobre el público criollo en una característica confluencia de supuestos clasicistas, humanistas y románticos, muy propios de la época de la independencia.

El concepto de patria procede, como es sabido, del siglo XVIII, y en el mundo americano se afirma específicamente a través del sentimiento de arraigo, expresado en las descripciones de la realidad natural que hacen los criollos, ya sea por presencia inmediata o, como en el caso de los Jesuitas expulsados, desde la lejanía nostálgica o la polémica ardorosa, frente a los «científicos» europeos; se expresa también -como, por ejemplo, ocurre en el caso del cubano José María Heredia- en la contemplación directa de los monumentos arqueológicos pertenecientes a las altas culturas indígenas o en fin en la extensa y considerable poesía patriótica que surge prácticamente en todos los núcleos urbanos donde se plantea la dimensión independiente.

En rigor, las etapas del clasicismo hispanoamericano siguen exactamente la misma secuencia que Hauser ha establecido para el europeo: arqueológico, rococó, revolucionario, aunque, naturalmente, los caracteres americanos difieren de un modo considerable respecto a los que se produjeron en la transición del «antiguo régimen» a la época «revolucionaria» en Francia e Italia, desde donde se extendieron al resto de Europa.

Esta orientación patriótica produce la ruptura de todos los vínculos de unión con España, aunque paradójicamente la generación radical extrajo sus argumentos fundamentales del pensamiento español, de los antiguos fueros españoles o de las teorías políticas populistas o, incluso, pactistas, procedentes del protestantismo. Es decir, los criollos, que se han sentido extranjeros en su patria, al descubrir la esencia de su arraigo acuden al amparo de las leyes y tradiciones españolas para fundamentar su separatismo.

Pero llegará un momento en que tal amparo no es suficiente; la exaltación patriótica condujo -desde el punto de vista jurídico español- a la infidencia. Y en tal punto ya sólo quedaba una posibilidad, que estaba representada por la guerra. Esta será la línea que hubo de seguir la generación «patriota», manteniéndola hasta la culminación de la independencia política.

Resulta evidente que la intensidad de manifestación política de la generación «patriota» es mucho mayor en la América nueva (atlántica) y, principalmente, en Caracas y Buenos Aires, que en la América tradicional (la del Pacífico, centrada en los dos grandes ejes, virreinales de Nueva España y Perú). Las razones son muy diversas y complejas. Sin duda, la preeminencia de la sociedad criolla en la América atlántica estuvo muy poco condicionada por la peligrosidad que suponía una importante población indígena, que había producido constantes muestras de actividad en revueltas, sublevaciones y levantamientos, entre los cuales destacaron el de José Gabriel Condorcanqui en el Perú. (1780), y el del cura Miguel Hidalgo en México (1810).

Este peligro no existía en el eje caraqueño del Caribe, ni en el del Atlántico meridional de Buenos Aires. Por ello se aprecia una anticipación de algunos pocos años en la manifestación del radicalismo patriótico tanto en Caracas como en Buenos Aires, mientras que, por el contrario, en las regiones acodadas sobre el Pacífico, de fuerte población indígena y mestiza, la sociedad criolla se aproxima a las autoridades españolas, creando un frente de resistencia y previsión contra los levantamientos de las masas indígenas.

En consecuencia, el ritmo de manifestación del patriotismo criollo -manifestado en el paso de la reforma revolucionaria a la ola de la guerra- presenta un radio temporal de emergencia distinto de una y otra área. Por ello, algunos autores señalan dos fases en la guerra de independencia: la de 1810 a 1815; la de 1816 a 1824. Estas dos fases son efectivas y reales, aunque no responden, tanto por lo indicado cuanto por otra serie de razones, a una misma identificación, ni siquiera caracterización histórica. Ni pueden tampoco considerarse como un enfrentamiento entre una minoría patriota y una minoría realista; es decir, cualquiera de las dos fases se encuentra absolutamente distanciada de una consideración de guerra civil.

Precisamente, el fondo patriótico que la caracteriza y que, incluso, supuso la desvinculación de la Corona, supone de suyo la más absoluta negación respecto a la posibilidad de caracterizarla como tal. Se trata de un proceso de autodeterminación en que las generaciones patrióticas tratar de conseguir el poder político y, para ello, tras la experiencia de todo el proceso de emancipación, concluyen que no existe otra posibilidad que la guerra.

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

No es mi intención relatar la guerra de independencia, excepto en la medida en que, a través de su estudio, resulte fácil comprender los reflejos en ella del radicalismo patriótico. La anticipación del proceso en Caracas y Buenos Aires respecto a México y Lima es muy significativa.

Primera fase: 1808-1814

Hasta 1814, España no pudo enviar tropas contra sus provincias americanas sublevadas, y entonces, rápidamente, se hicieron con el control de la situación allá donde se produjo su intervención: Venezuela y Nueva Granada. ¿Cómo se produjeron los acontecimientos hasta entonces? En el Río de la Plata, la junta revolucionaria de Buenos Aires envió dos expediciones militares para conseguir adhesiones: una de ellas, al mando de Belgrano, al Paraguay, que fracasa; otra, al Alto Perú, que, vencida en Huaqui por el ejército enviado por el virrey del Perú, supuso la pérdida de aquel importante foco financiero.

Después de determinados avances y retrocesos, la frontera revolucionaria quedará fijada en la de separación de las audiencias de Buenos Aires y Charcas; en Salta, Martín Güemes se alía con la junta de Buenos Aires, y se compromete a la defensa de la frontera. Tampoco encontró eco la junta de Buenos Aires en Montevideo, donde se suceden tres sucesivas situaciones frente a Buenos Aires: la firme posición de los marinos españoles del apostadero; la decisiva presencia brasileño-portuguesa y el arbitraje británico; el alzamiento rural encabezado por José Artigas, que finalmente consiguió un predominio completo en la región oriental y, prácticamente, una nueva frontera frente a la junta de Buenos Aires, cabecera del movimiento conocido bajo el nombre de «revolución de mayo» (1810), aunque el equipo dirigente presentó desde el principio importantes fisuras.

En 1812 el antiguo virreinato del Río de la Plata se encuentra de hecho dividido en cuatro regiones. De ellas, tres: Alto Perú, Paraguay y Banda Oriental están perdidas para los patriotas; la cuarta, Buenos Aires, profundamente minada por las disensiones internas. La llegada, en 1812, de José de San Martín (1777-1850), que abandonó el ejército español, donde realizó una brillante carrera, como ha demostrado en una impresionante investigación el historiador español Juan Manuel Zapatero, modificó profundamente esta situación. Este hombre, de extraordinario talento militar y de incomparable formación moral, era hijo de un oficial español y había nacido en el territorio de Misiones (Argentina); aunque abandonó el suelo americano a los siete años de edad, se había formado integralmente en España. Su mérito consistió en poner a punto un perfecto, organizado y disciplinado ejército, de acuerdo con las más modernas características del ejército español, en el cual se había formado, coincidiendo con el importante movimiento reformista de esa institución llevada a efecto en el reinado de Carlos III.

Ese ejército y, sobre todo, la concepción estratégica de San Martín, constituyeron, como veremos en su momento, el factor decisivo en la independencia. La revolución chilena moría también en 1814; la carcoma de la insolidaridad destruía el movimiento patriota, aunque el triunfo del radicalismo parecía haber quedado asegurado por un golpe militar dirigido por José Miguel Carrera, joven oficial recientemente regresado de España, que hizo posible el establecimiento de una política radicalista, bajo la inspiración de la aristocracia de Santiago, que minaba el terreno, incluso al jefe militar, a quien debía el poder.

El 1° de octubre de 1814, O'Higgins era derrotado en Rancagua por un ejército realista, enviado desde Perú, que había desembarcado al sur de Chile, donde el nuevo régimen chileno no había sido reconocido. En el norte del continente meridional, las alternativas de la primera fase de la independencia revestían unas características mucho más trágicas. La revuelta en Caracas (1810) contra el capitán general Emparán supuso el ascenso de una junta de veintitrés miembros que, tras muchas discusiones, encontraba como primera figura a Francisco de Miranda.

Este no despertó entusiasmo, sino mucho recelo, entre la aristocracia de los plantadores de cacao -los orgullosos «mantuanos» que, en su día, habían hundido y desprestigiado al padre de Miranda, modesto comerciante que adquirió un título de capitán de milicias provinciales, y que nunca fue aceptado por los criollos aristócratas-, que finalmente proclamaban en julio de 1811 la independencia, que se refería, sobre todo, a la zona productora de cacao; por su parte, el oeste y el interior llanero permanecían fieles a la causa del rey.

La base naval del oeste, Coro, se convirtió en foco de resistencia armada, bajo el mando del capitán Monteverde, quien conquistó Caracas, produciendo con ello, prácticamente, el final de la primera república. Miranda fue entregado, y Simón Bolívar, que no entendía la conclusión de la lucha, se refugiaba en Nueva Granada. Un foco revolucionario continuó en el este de Venezuela -isla Margarita y costa de Cumaná- compuesto básicamente por pescadores y marineros negros y mulatos y bajo la dirección del mulato jamaicano Piar, y otros, como Arizmendi y Bermúdez.

La guerra del Este adquirió pronto unos caracteres de extrema ferocidad, contagiando a todos los contendientes. Mientras Santiago Mariño (1788-1854), jefe del alzamiento de Cumaná, avanzaba desde el este, Simón Bolívar (1783-1830) reaparecía en los Andes venezolanos, avanzando sobre Caracas y adoptando el nuevo y sanguinario estilo de guerra que, en su caso, quedaba institucionalizado con el decreto de guerra a muerte (15 de junio de 1813), que suponía el exterminio de todo español o colaborador de los españoles. En agosto de 1813 entraba triunfalmente en Caracas, mientras Monteverde se hacía fuerte en Puerto Cabello.

En ese momento, la resistencia realista encontraba un apoyo en los llaneros -la región esteparia entre la rica montaña costera del cacao y el Orinoco, donde existía una importante zona ganadera- dirigidos por el asturiano José Tomás Boves (1770-1814), quien derrotó a los andinos de Bolívar y a los costeros de Mariño. Bolívar se refugiaba de nuevo en Nueva Granada y, desde allí, pasaba a Jamaica. Cualquier intento de reacción habría de ser inútil. Además, en 1815 llegaba a Venezuela un poderoso ejército español bajo el mando del teniente general Pablo Moriño (1778-1838), que convertía Venezuela en plataforma de acción para dar el golpe de gracia a la revolución de Nueva Granada.

Por su parte, en México, tras el levantamiento clerical del cura Hidalgo, continuado mucho más eficazmente por el sacerdote mestizo José María Morelos (1765-1815), supuso un cierre de la aristocracia criolla que intervino eficazmente contra el levantamiento indígena, hasta aplastarlo, de modo que, en 1815, sólo quedaba un pequeño foco guerrillero al sur del inmenso país. De manera que la primera fase de la guerra de independencia concluye con un saldo abiertamente negativo para los «patriotas».

Excepto la mitad meridional del Río de la Plata y algunos pequeños islotes de resistencia en la Nueva España indígena, apenas si quedaban muestras de unos objetivos revolucionarios de independencia que, durante cuatro años, había mantenido en el conjunto hispanoamericano una situación de extrema violencia. La segunda fase se centra en las grandes guerras continentales, dirigidas, desde el Sur, por el general José de San Martín y, desde el Norte, por Simón Bolívar. Ambos encontraron la ayuda exterior imprescindible para poder llevar con aliento hasta el final sus propósitos y objetivos.

Segunda fase: 1815-1824

La derrota de Napoleón, en 1815, hizo posible recibir el formidable peso de la ayuda supuesta por la re-conversión de la industria de guerra británica y, sobre todo en el Sur, el inapreciable apoyo de la escuadra inglesa. En esta fase destaca la importancia decisiva de San Martín, la organización del ejército de los Andes y la decisiva campaña de Mendoza, en la que radica la clave estratégica del triunfo de la independencia.

En efecto, San Martín estaba firmemente convencido de que la independencia suramericana no podría conseguirse hasta que no se destruyese, o marginase, el eje del poderío español, que estaba en el virreinato peruano. Y esa acción estratégica sólo podría conseguirse procediendo, previamente, a la liberación del territorio chileno, no quizá por el territorio en sí, sino, precisamente, por la costa. Por ello concibió un gigantesco movimiento de flanco, cuyo objetivo principal radicaba en la travesía de los Andes, por Mendoza, cuartel general para la preparación de su arriesgada operación. Estaba claro que la misma región de Cuyo podría proporcionarle los medios necesarios, creando en ella, efectivamente, una verdadera economía de apoyo intendencial para la guerra.

Desde finales de 1814 se inició esta operación, de manera que, sin duda de ningún género, en medio del general colapso y ruina de la empresa de independencia, que ya se ha comentado, la preparación de la campaña de Mendoza suponía la voluntad de continuidad del proyecto y la esperanza del resurgimiento. En marzo de 1816 se reunió el congreso de Tucumán, quien dio una declaración de independencia; el director Puyrredón se entrevistó en Córdoba de la Nueva Andalucía con San Martín, quien le explicó toda la operación que proyectaba y que obtuvo la aprobación política.

O'Higgins acudió desde Buenos Aires, donde estaba refugiado, para colaborar con San Martín y permanecer en Chile, con objeto de poder continuar San Martín contra Perú. El 9 de enero de 1817 se inició la operación, enviando la parte principal del ejército por los pasos de Los Patos y Uspallata, y otros destacamentos menores por las rutas norteñas y meridionales. Una vez efectuado el paso andino, se reagrupó, penetrando rápidamente hacia la zona central de Chile, donde libra la batalla de Chacabuco (12 de enero de 1817), que le permite la entrada en Santiago.

La reacción del ejército realista, bajo el mando de Osorio, no se hizo esperar, obteniendo la victoria de Cancha Rayada (1818), pero San Martín reaccionó brillantemente, consiguiendo concentrar sus fuerzas y, con una extraordinaria visión en la elección de terreno, enfrentarse y derrotar al ejército español en las llanuras de Maipú (5 de abril de 1818), en las afueras de Santiago. Con razón pudo decir el propio general victorioso que aquella victoria «había decidido la suerte de América del Sur».

Los chilenos, bajo la dirección de O'Higgins, formaban ahora la retaguardia del ejército de San Martín, que emprendía la campaña contra el Perú. El último paso de la estrategia sanmartiniana necesitaba el apoyo naval, que obtuvo mediante la ayuda inglesa y la colaboración del marino Thomas Cochrane (1775-1860); por su parte, las ideas monarquistas le inclinaban a un tipo de solución pactada, lo cual constituía un importante matiz de su estrategia que, en lo referente al Perú, tendía más que a conseguir una gran victoria militar a atraerse la opinión pública mayoritaria del Perú para sus propósitos políticos.

Por ello, más que entablar combate, su proyecto consistía en ofrecerse como solución para que se le unieran masivamente los peruanos. Por su parte, el virrey Pezuela había recibido instrucciones del nuevo régimen español para tratar de encontrar una solución pactada. En consonancia con ello, pronto se reunieron comisionados de ambas partes en la conferencia de Miraflores (25 de septiembre de 1820), estableciendo un armisticio de ocho días. No hubo acuerdo, pues aunque los realistas se tranquilizaron ante la moderación de las ideas de San Martín, éste no cejaba en su decidido propósito patriota de la independencia, a pesar de presentarla como una monarquía española independiente de la peninsular.

En consecuencia San Martín puso en práctica su plan, que consistía en dejar cercada Lima, para producir, sin enfrentamientos guerreros, la descomposición de la estructura política. En efecto la tensión aumentaba por días en el campo español, hasta que un grupo de altos oficiales destituyó al virrey, nombrando en su lugar al general José de la Serna (29 de enero de 1821), quien inició unas conversaciones que tampoco condujeron a nada. En julio, De la Serna evacuó la capital, aunque no El Callao, enviando sus tropas al interior.

El 10 de julio, San Martín entró en Lima, y cuatro días después un cabildo abierto proclamaba la independencia, entregando el poder a San Martín, que inició el protectorado con un importante programa reformista, que sólo se aplicó en la zona costera de Lima, pues en el interior, bajo dominio del ejército español, el mando quedaba en otras manos. Un tipo de guerra tan particular ofrecía un contrapunto consistente en las represalias sociales y económicas, respectivamente efectuadas, en cada campo, contra los representantes de las sociedades española y criolla.

Uno de los más característicos costes sociales de esta situación fue la aparición de una importante serie de bandas guerrilleras, o montoneros, a los que se les unían bandidos y delincuentes de toda especie para operar en las «tierras de nadie» entre los espacios respectivamente dominados por los dos ejércitos: el de San Martín y el de De la Serna.

Mientras tanto, en el norte del continente sudamericano Simón Bolívar exiliado en Jamaica, intentaba conseguir el apoyo de Inglaterra en sus propósitos de Independencia. En Jamaica escribió su famosa Carta a un caballero de la isla (6 de septiembre de 1815), que giraba sobre tres ideas claves: rechazo absoluto del sistema español, análisis explicativo del fracaso de la revolución y una abierta esperanza de poder reconstruir la empresa revolucionaria con posibilidades de triunfo definitivo.

A finales de 1815 pasó a Haití, donde su presidente, Alexandre Pétion, le ayudó de un modo considerable a cambio de la promesa de libertad para los esclavos negros de Venezuela. El primer intento de invasión del continente fue un fracaso terrible, pero en una segunda oportunidad logró desembarcar en Barcelona (31 de diciembre de 1816) y penetrar hacia el interior -sur de la Guayana-, para convertir esta zona en base de lanzamiento de su ataque, en la ciudad de Angostura, donde se reunió con el general Manuel Piar (1782-1817), mulato de gran influencia sobre la gente de color, a la que intentó sublevar contra Bolívar, sin conseguir más que ser fusilado por conspirador y rebelde.

Todavía representaba un hecho incontrovertible la fosa étnica de separación, pero el hecho fue hábilmente aprovechado por Bolívar para declarar -justificando la ejecución de Piar- que la muerte del mulato se debía a su incitación a la guerra de «razas» en un tiempo en que la igualdad había sido ya otorgada a las gentes de color. Justificación ante las masas de pardos venezolanos, que pretendía, también, conseguir que esas gentes no acudiesen al ejército del general Morilla y, por el contrario, se alistasen bajo las banderas criollas.

La balanza de la victoria se inclinaría según la actitud que tomase el caudillo republicano de los llaneros, José Antonio Páez (1790-1873). Cuando el general Morillo tomó posiciones a lo largo de las provincias andinas y estableció su cuartel general en Calabozo, la puerta de los llanos, Bolívar se apresuró a alcanzar las llanuras del Apure, donde se entrevistó con Páez (30 de enero de 1818), señor absoluto de los llanos y pieza clave en la conducción de la fuerza primitiva de los llaneros. Aceptó el mando de Bolívar, incorporó al ejército de éste a sus jinetes lanceros y maniobrando hacia el Norte, obligó a Morillo a abandonar Calabozo; no pudo, sin embargo, controlar a los llaneros, que prefirieron permanecer en el Apure sin intentar la persecución del enemigo hacia Caracas.

En realidad, la superioridad táctica de Morillo se puso de relieve inmediatamente. Bolívar fue derrotado en la batalla de Semen (16 de marzo de 1818), con graves pérdidas y necesidad de retirarse, estando a punto de caer prisionero. Poco días después era derrotado también Páez, en Cojedes, y casi simultáneamente Morilla conquistaba Cumaná. Bolívar trató de organizar la república de Angostura, donde convocó un congreso nacional (15 de febrero de 1919), al cual presentó un esquema constitucional absolutamente viable, por su mayor proximidad a lo teorético que a la realidad política.

Elegido presidente de la república, una vez más repitió la experiencia anterior, decidiendo proceder en primer lugar a la liberación del Nuevo Reino de Granada, donde pudo incrementar los efectivos de su ejército, sobre todo como consecuencia de la llegada desde Inglaterra de una legión de mercenarios. El objetivo consistía en conseguir que el ejército de Morillo abandonase Venezuela, para no perder el Nuevo Reino de Granada. Al efecto, consiguió unirse con el ejército del patriota colombiano Francisco de Paula Santander (1792-1840), que había obtenido un importante éxito en sus operaciones contra el ejército realista en Casanare. En una operación titánica cruzaron los Andes por el páramo de Pisba, hasta alcanzar la aldea de Socha, donde completaron los efectivos de su maltrecho ejército y una serie de pequeños éxitos, que culminaron en la batalla de Boyacá, que permitió la entrada en Santa Fe de Bogotá.

Decretada la unión de Nueva Granada y Venezuela en la república de Colombia, Bolívar colocó sus efectivos en Cúcuta, pero no consiguió su objetivo, pues Morillo continuó dominando las tierras altas costeras venezolanas. Los acontecimientos políticos peninsulares (revolución liberal del 1° de enero de 1820) condujeron a la firma de un armisticio, muy importante para Venezuela, sobre todo porque supuso la retirada del general Morillo a España y, con ello, todas las posibilidades en favor de los patriotas, que, efectivamente, antes de los seis meses establecidos en el armisticio, se sublevaron contra España.

En adelante, el avance republicano fue incontenible; desde Maracaibo, los llanos y los Andes, convergieron sobre el valle de Aragua, dándose la batalla decisiva en Carabobo (24 de junio de 1821) y, tras reducir los restos realistas, permitió la entrada triunfal en Caracas y la marcha inmediata a Bogotá, para continuar la campaña. En diciembre de 1821 marchó por tierra, cruzando las estribaciones de la cordillera entre Bogotá y el valle del Cauca; con anterioridad había enviado por mar a su fiel general Antonio José de Sucre (1795-1830), quien afirmó la causa republicana en Guayaquil, ascendiendo hasta Quito, donde derrotó al ejército español en las faldas de Pichincha (24 de mayo de 1822), y poco después llegaba Bolívar, quien hizo una fastuosa entrada triunfal en la hermosa ciudad de suntuosos edificios y con el fondo de los volcanes.

Esta entrada triunfal le dio una posición de fuerza ante la inmediatamente concertada entrevista con el general San Martín en Guayaquil (26 y 27 de julio de 1822), a la cual llevaba San Martín tres objetivos a conseguir: anexión de Guayaquil-importante puerto, base naval y centro de construcción naval al Perú, aceptación de una monarquía constitucional para los nuevos Estados y, por último, el establecimiento de un plan táctico para proceder al golpe definitivo contra, el ejército español.

Pronto quedó claro que la conversación sólo podría girar sobre este último punto, pues Bolívar no estaba dispuesto a transigir respecto a los otros dos. Respecto a esta tercera cuestión, tampoco podía conceder mucho, pues necesitaba todos sus efectivos militares para mantener el orden interno de las repúblicas recién creadas. San Martín decidió retirarse y dejar el camino expedito a Bolívar. A finales de septiembre abandonó Lima y embarcó para Chile, marchando para Europa, donde permanecería en largo exilio hasta su muerte, en 1850. El final de la guerra de independencia quedó marcada por las dos batallas de Junín y Ayacucho (1824), esta última ya, prácticamente, un simulacro concertado.

En México se habían ya extinguido los ecos de la revolución clerical, que inflamó los viejos anhelos de emancipación de la Iglesia, congelados desde la firme actitud de Felipe II, cuando llegaron los nuevos aires constitucionalistas peninsulares de 1820. El virrey Juan Ruiz de Apodaca proclamó la Constitución en el virreinato y dio orden de que se procediese a la elección de representantes mexicanos en las Cortes españolas. En estas cortes soplaron pronto vientos mucho más radicales que en las de Cádiz, y pronto se enajenaron los intereses más poderosos de la sociedad novohispana: Iglesia, ejército, aristocracia de la tierra.

Estos sectores, profundamente descontentos de la inesperada revolución liberal peninsular (la rebelión del coronel Riego), encontraron su paladín en el hijo de un comerciante navarro, Agustín de Iturbide, católico, militar y terrateniente (1783-1824), nacido en Valladolid (hoy Morelia), que ya se había acreditado en el sur del país en la lucha contra las guerrillas, dirigidas por Vicente Guerrero y Félix Fernández, durante cuya campaña elaboró un cuidadoso plan de independencia, que cumplió con toda exactitud el papel para el que fue llamado.

El 24 de febrero de 1821 Iturbide publicó el Plan de Iguala o de las Tres Garantías: Religión, Independencia, Unión, que el ejército se encargaría de imponer, aunque los revolucionarios de la primera generación quedaron profundamente descontentos, pues el acceso a la independencia se producía a una larga distancia de los ideales que se habían forjado. El gobierno español designó a un general liberal jefe político superior de la Nueva España: Juan O'Donojú. El choque de sentimientos liberales que portaba el nuevo jefe político produjo un violento contraste con las aspiraciones de los sectores dominantes en la sociedad mexicana. Aquí se inicia -como tan brillantemente ha establecido el historiador Edmundo O'Gorman- el «trauma de la historia mexicana». La junta de treinta y ocho miembros se constituyó íntegramente con los más altos representantes de la Iglesia y del Estado; ellos firmaron la declaración de Independencia del denominado «Imperio Mexicano».

El congreso, reunido en febrero de 1822, se dividió inmediatamente en tres sectores: los «borbonistas», partidarios de una monarquía constitucional con un miembro de la dinastía borbónica como rey; los «iturbidistas», también monárquicos, pero teniendo como candidato al criollo bonapartista; los «republicanos», que se oponían a todo designio monárquico. Hábilmente se produjo una movilización de masas y unos sutiles «pronunciamientos» militares, lo que llevó a la votación, por el Congreso, del nombramiento de Agustín Iturbide como emperador constitucional de México.

Debe destacarse la temprana aparición de grupos políticos en México; pero también la visceral caracterización de Iturbide como uno de los primeros y más radicales dictadores en la larga y variada serie que ofrecerá la política iberoamericana durante su historia contemporánea. Por esta razón, los acontecimientos guardaron una lógica impecable: disolución del congreso por parte de Iturbide; crecimiento de una importante casta militar, que convirtió el problema religioso y el problema político en un único y fundamental problema militar, en el cual se precipitó el Imperio y su flamante emperador Iturbide, que hubo de abdicar el 19 de marzo de 1823.

Una asamblea constituyente elaboró una constitución republicana (octubre de 1824) de base federal, aunque reflejaba los intereses económicos regionales, y de orientación conservadora, manteniendo los fueros de la Iglesia y del ejército provincial. América central siguió en la estela de la independencia mexicana, aunque en una línea mucho menos violenta. En julio de 1823, una Asamblea nacional constituyente declaró la independencia de las cinco provincias de Costa Rica, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador, confederadas bajo la denominación de Provincias Unidas de América Central.

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