INDIGENISMO. Ideología y Realidad

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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LOS PROCESOS IDEOLÓGICOS Con pocas variantes, la mayoría de los diccionarios definen «ideología» como “conjunto de ideas que caracterizan el pensamiento de una persona, de un colectivo, de una época o de un movimiento.” Pero esas definiciones son, cuando menos, incompletas, puesto que no cualquier «conjunto de ideas» constituye una «ideología». Por ejemplo, un doctor en física posee sobre su saber todo un «conjunto de ideas», pero no por ello es un «ideólogo de la física», ni la física constituye una «ideología». Más precisa es la definición del Diccionario enciclopédico Hachette-Castell: “la ideología es un conjunto de ideas filosóficas, sociales, políticas, morales…” ; es decir, no cualquier «conjunto de ideas», sino aquellas sobre el hombre y la sociedad. Pero si vemos que desde la antigüedad ha habido muchas escuelas de pensamiento que han abordado ideas sobre el hombre y la sociedad sin que nunca se les haya considerado «ideologías», notamos que esta definición es aún insuficiente para determinar si un «conjunto de ideas» es ideología. Lo que hace «ideológico» a un «conjunto de ideas» es cuando este «reduce» la realidad a una de sus partes, para luego «absolutizar» esa «reducción». De esa absolutización surge el desprecio por los demás elementos del ser humano o de la sociedad, por más evidentes que sean. “La ideología no es un conocimiento que debe ser confrontado con la realidad para saber si es verdadero. Es la realidad concreta de los hombres la que debe ser confrontada con la ideología para saber si tal realidad es válida o no lo es.” En efecto, cualquier ideología es un modelo o proyecto que, sin tomar en cuenta la verdad sobre el hombre o la sociedad, define de antemano lo que debe ser el hombre y la sociedad. Como al pensamiento ideológico no le importa la Verdad, inventa un hombre o una sociedad imaginaria, despreciando y pisoteando al hombre y a la sociedad real, los que son contemplados como meros objetos a transformar, forzándolos a que encajen en el modelo ideológico. Según sea la «parte» de la realidad que absolutice una ideología, esa parte constituirá la «categoría» que determinará la ideología en cuestión; así para el fascismo, su categoría ideológica es el «estado» ; para el racismo, es la «raza»; para el socialismo la «clase social», etc.

EL MUNDO INDÍGENA IDEOLOGIZADO El mundo indígena también ha sido ideologizado: es la corriente llamada «indigenismo» surgida en la primera mitad del siglo XX, y su categoría ideológica es la cultura y pueblos prehispánicos encasillados en la palabra «originarios». Montado sobre la «leyenda negra», el indigenismo ha inventado un mundo prehispánico imaginario que poco tiene que ver con la realidad histórica en la cual vivían las personas y los pueblos que habitaron el Continente antes de la llegada de los españoles. Escondido en una necesaria y legítima revaloración del mundo indígena «actual», el indigenismo presenta al mundo indígena «histórico» como una especie de «paraíso terrenal» que fue destruido y degradado por la «invasión» de los españoles, y que desde el Descubrimiento de América ha soportado una continua opresión y degradación. En otras palabras, antes de 1492 los pueblos originarios vivían en un mítico mundo feliz de gran desarrollo; la llegada de los españoles y la evangelización lo aniquilaron, introduciendo todos los males que hasta la fecha padece América Latina. El primer ideólogo indigenista fue el pastor presbiteriano Moisés Sáenz, quien desde su puesto como Subsecretario de Educación del régimen de Plutarco Elías Calles durante la persecución religiosa en México, buscó acercamientos con personas y grupos simpatizantes de la leyenda negra. En 1940 Sáenz organizó en Pátzcuaro, Michoacán, un «Congreso Indigenista Interamericano» del cual surgió el «Instituto Indigenista Interamericano» con sede en la Ciudad de México. Tras la muerte de Sáenz fue el arqueólogo Manuel Gamio, quien ocupó la dirección del Instituto. Sin embargo, el mayor difusor de la ideología indigenista fue el uruguayo Eduardo Galeano con su obra «Las venas abiertas de América Latina» publicada en 1971. Es pues notorio que la ideología indigenista fue obra de «criollos» y que no surgió de indígenas. En la segunda mitad del siglo XX la ideología indigenista tuvo un aliado inconsciente pero formidable en la difusión de sus tesis: la publicidad turística. Para atraer turistas (y pocas cosas hay más alejadas de la realidad del prehispánico mundo indígena que el turismo), se ha hecho una exaltación hiperbólica del mundo indígena, presentándolo de la manera más exótica posible, con lo cual se logra una seducción poco racional entre los turistas, que por lo general tienen un conocimiento muy pobre de la historia indígena. Entre los mestizos, el indigenismo promueve el resentimiento contra quienes «destruyeron aquel pasado glorioso», ocultando la realidad en la que vivían los pueblos precolombinos, con lo que genera una actitud de rechazo a su herencia hispana, la cual es más vital y cercana a ellos que su herencia indígena. Y como el resentido por lo general antepone su resentimiento a cualquier razón, se convierte en un sujeto fácilmente manipulable por aquellos que buscan destruir la identidad de Hispanoamérica. Porque la cultura hispanoamericana no es indígena, como tampoco es española o portuguesa. La cultura de Hispanoamérica es «mestiza», y por ello tiene elementos heredados de ambos mundos. “Si un indigenismo total fuera posible, sólo lo sería abstractamente, ya que es pura fantasía contradictoria en el orden concreto (…) Un blanco racialmente puro es, sin embargo, mestizo espiritualmente; un indio racialmente puro es, sin embargo, espiritualmente mestizo. Y digo esto dando por supuesto que la gran mayoría de los iberoamericanos son racialmente mestizos”.

EL «NÚCLEO DE VERDAD» DE LA IDEOLOGÍA INDIGENISTA Toda ideología tiene un «núcleo de verdad» que la hace creíble, ý sin el cual no podría sostenerse y mucho menos difundirse. Obviamente en cuanto ese «núcleo» es verdadero, se le debe estudiar e investigar para poder llegar a un conocimiento objetivo de la realidad. En el caso del indigenismo debemos iniciar por el estudio de las características fundamentales de las culturas precolombinas. Primero debemos precisar las amplias diferencias que existieron entre ellas, pues no hubo «una» cultura, sino un mosaico de ellas. La diferencia más general y evidente es que las culturas con mayor grado de desarrollo, las que alcanzaron el rango de «civilizaciones», fueron las situadas entre los trópicos (de Cáncer y de Capricornio). Fuera de esta zona y conforme estuvieron más cerca de los polos, el nivel de las culturas fue mucho más primitivo; incluso algunas culturas de esas regiones se pueden situar en el paleolítico, y los pueblos en estado de mera supervivencia. Civilizaciones como las de los pueblos Inca, Chibcha, Maya (la más desarrollada del mundo precolombino), Azteca, Tolteca, conocían y practicaban la agricultura muchos siglos antes del descubrimiento de América. En cuanto sedentarias, estas civilizaciones construyeron obras arquitectónicas extraordinarias; algunas de las más conocidas hoy en día son Machu-Picchu en Perú, y en México Teotihuacan y Chichén-Itza. Poseían admirables conocimientos astronómicos y matemáticos que aplicaron en la construcción de edificios, en la medición del tiempo y en obras de ingeniería hidráulica. Los Mayas llegaron a elaborar un calendario, el Haab, de 365 días, igual que el Juliano que se usó en Europa hasta 1582. Las «chinampas» aztecas eran unas ingeniosas mini islas de 90 metros de largo por diez de ancho, construidas mediante estacas de madera incrustadas en el fondo de los lagos del Valle de México y luego rellenado el rectángulo formado con tierra donde se cultivaban alimentos vegetales, obteniendo varias cosechas al año. Hasta el día de hoy existen algunas en Xochimilco. Los perfectos ajustes en grandes piedras que lograron los constructores incas, les permitieron erigir la ciudad del Cuzco de una manera tan sólida que han permanecido sin alteración a pesar de los frecuentes terremotos. Casi todos los pueblos mesoamericanos conocían las propiedades medicinales de innumerables hierbas, con las cuales elaboraban brebajes y plasmas que proporcionaban alivio a múltiples enfermedades y dolencias. LO QUE LA IDEOLOGÍA INDIGENISTA OCULTA O DISIMULA Junto a estas innegables realizaciones de los pueblos prehispánicos encontramos el hecho de que ninguna de sus civilizaciones llegó a conocer el uso de la rueda -y por lo mismo tampoco el de poleas y tornos-, la escritura fonética, la navegación a vela, el vidrio, el hierro y el bronce, razón por la cual sus armas y herramientas eran de piedra. ¿Porqué en pleno siglo XVI las civilizaciones indígenas desconocían estos elementos que los pueblos del Viejo Mundo usaban desde hacía más de dos mil años? El Premio Nobel mexicano Octavio Paz apunta una respuesta contundente: «por su aislamiento». “El rasgo característico de las antiguas civilizaciones americanas –la incaica y la mesoamericana- fue su aislamiento (…) Sucumbieron ante los europeos no sólo por su inferioridad técnica, resultado de su aislamiento, sino por su soledad histórica. No tuvieron nunca, hasta la llegada de los españoles, la experiencia del otro (…) Las civilizaciones americanas jamás conocieron algo que fue una experiencia repetida y constante de las sociedades del Viejo Mundo: la presencia del otro, la intrusión de civilizaciones y pueblos extraños. Por esto vieron a los españoles como seres llegados de otro mundo. La razón de su derrota no hay que buscarla tanto en su inferioridad técnica como en su soledad histórica; entre sus ideas se encontraba la de otro mundo y sus dioses pero no la de otra civilización y sus hombres.” En efecto; quien vive aislado de los demás queda abandonado a sus propias fuerzas, sin la posibilidad de aprender de los otros y recibir su ayuda, lo que necesariamente conduce al empobrecimiento de sí mismo. El aislamiento explica también porqué los incas jamás supieron de la existencia de los mayas y de los aztecas y éstos a su vez ignoraron la existencia de los incas. Igualmente el aislamiento explica porqué entre aquellos pueblos que sí sabían de la existencia uno del otro, no tuvieron entre sí alguna relación significativa –como entre Mayas y Aztecas, o también entre Incas y Chibchas-. Pero entre aquellos pueblos cuyos territorios eran tan cercanos que no fue posible la ignorancia o la indiferencia respecto al «otro», la convivencia fue en un estado de guerra permanente. Todo esto nos permite afirmar que el mundo precolombino era una «realidad atomizada» que se ignoraba a sí misma; los cientos de lenguas que se hablaban son manifestación clara de esa atomización . Geológicamente el Continente era tan antiguo como los demás, pero América simplemente no existía. Esa realidad es un hecho evidente e incuestionable, pero tratar de comprender porqué los pueblos precolombinos vivieron en esa situación de aislamiento no es sencillo. Octavio Paz aborda también una posible respuesta: “Los mexicas (aztecas) pelean con los zapotecas, los mixtecas, los tarascos, los totonacas, etcétera, pero esas gentes no son para ellos bárbaros (los bárbaros eran los chichimecas, los pueblos nómadas). Son extranjeros, son enemigos (…) Los mexicas, como todos los indios mesoamericanos, tenían noción de otras sociedades pero no de otras civilizaciones. Ésta es la respuesta al enigma”. Aunque esta respuesta es cierta, es insuficiente para explicar el enigma. Cosmovisión de los pueblos prehispánicos ¿Porqué los mexicas -que habitaban en el Valle de México- consideraban como «extranjeros» a los zapotecas o a los mixtecas -que habitaban Oaxaca- o a los purépechas que habitaban Michoacán, a los que habían sojuzgado militarmente y a quienes exigían tributos, pero a los que jamás pretendieron siquiera incorporarlos a su «imperio»? Una respuesta más completa a la de Octavio Paz la podemos encontrar indagando acerca de la «visión del mundo» que tenían los pueblos precolombinos. Porque cualquier ser humano tiene conciencia de sí mismo (existe y sabe que existe) no puede carecer de una determinada «visión del mundo», es decir, un modo de concebir la existencia propia y de todo cuanto le rodea. Esa «visión del mundo», en cuanto es compartida por la mayoría de con quienes se convive, constituye la cosmovisión cultural de un pueblo, misma que se transmite de una generación a otra. “Cuando se emplea la expresión «visión del mundo» se alude a una cierta totalidad (…) en la cual tiene su sentido la vida del hombre; en semejante totalidad, uno tiene cierto «saber» acerca del universo y de la vida humana (…) Se trata, preferentemente, de cierto saber práctico cuyos «fundamentos», que pueden ser puramente míticos, van como implícitos en toda circunstancia.” La visión del mundo no debe confundirse con el pensamiento filosófico, aunque éste pueda influir en aquella: “Ni siquiera en las sociedades más cultas pueden confundirse filosofía y «visión del mundo». Mientras la primera es la consideración científica (por las causas) y crítica de lo que hay, la visión del mundo es cierta intuición pre-crítica de una totalidad como estructura y sentido del universo y de la vida. De semejante modo, podemos indagar la visión del mundo implícita en Don Quijote de la Mancha sin que nadie pretenda que se trata de una obra de filosofía ni haya creído que Cervantes fuera un filósofo.” El análisis para indagar acera de la cosmovisión prevalente en los pueblos pertenecientes a las culturas mesoamericanas y andinas lo podemos iniciar a partir de un elemento básico común en todas ellas: el «politeísmo». En cualquier cultura precolombina encontramos una multitud de dioses: el sol, la luna, la lluvia, las montañas, e incluso ciertos animales -como el jaguar- eran considerados «dioses», al igual que los ídolos que los representaban. A cada uno de ellos se les atribuían diferentes «poderes» con los cuales cada uno dominaba algún elemento del cosmos, algún ciclo de la naturaleza, o algún aspecto de la vida de los hombres, lo que daba a su cosmovisión un tinte profundamente pesimista y dramático, pues cada uno de esa multitud de dioses «determinaban» la vida de los seres humanos anulando su libertad. Para aplacarlos no se tenía más opción que la sangre vertida ritualmente en los sacrificios humanos. Tal es la razón de la práctica de los sacrificios humanos que encontramos en todas las civilizaciones prehispánicas, en especial entre los aztecas quienes con mayor profusión los realizaron. ¿Porqué los aztecas fueron los que más sacrificios humanos realizaron? Según la cosmovisión azteca este mundo no era el primero sino el quinto, el «Nahui-Ollin», luego de otros cuatro anteriores terminados en desastre. Este quinto comenzó a existir cuando el Sol, ayudado por los demás dioses, había creado a los hombres, para ello hubo de sustraerle «huesos preciosos» a «Mictlantecutli», Señor del inframundo, y amalgamarlos con el «agua preciosa» que era la sangre humana. Por eso el sol requería de la sangre de los hombres, pues en el momento en que esta faltase, moriría el «quinto sol». Así para los aztecas la sangre humana era elemento esencial del orden cósmico y deber ineludible de ellos que se concebían como el «pueblo del sol». Según tal mentalidad, con los sacrificios humanos no hacían sino retornarle al sol lo que éste les había donado antes, porque sin día y sin noche no podrían vivir. El historiador norteamericano Joseph Schlarman escribe sobre los sacrificios de los aztecas: “Ese mismo año de 1487 (solo cinco años antes del viaje de Colón) Ahuitzotl, Emperador de los Aztecas, y tío de un muchacho que iba a ser Moctezuma, iba a celebrar la dedicación del Gran Teocalli (el «Templo Mayor») en la Gran Tenochtitlán. La solemnidad debía costar la vida a un crecido número de víctimas humanas que, en opinión de Torquemada, fueron 72,344; Ixtlilxóchitl las apreciaba en 80,000 y los códices Telleriano y Vaticano en sólo 20,000, cifra todavía horrorosa. Los aposentos del templo, oscuros, horribles, hediondos, como un rastro de matanza, contenían ídolos repugnantes, y allí (…) los sacerdotes celebraban sus horrendos ritos rociando los ídolos con sangre humana y ofreciéndoles palpitantes corazones (…) La figura que presidía este templo era el carnicero y sangriento dios de la guerra Huitzilopochtli, de rostro desfigurado y ojos aterradores. Su cuerpo se hallaba cubierto de oro y joyas y sobre él se enroscaban serpientes de oro. Su culto invadía la vida de los infelices aztecas. Llevaba un arco en la mano derecha, y un haz de flechas en la izquierda, mientras que el adorno de su cuello era un collar de cabezas humanas.” Consecuencias del politeísmo prehispánico Si los pueblos prehispánicos fueron prolijos en la realización de sacrificios humanos no se debió a algún «gen» que los hiciera especialmente crueles, sino por el politeísmo que aprisionaba y envolvía herméticamente su «visión del mundo», y que por ello precisamente era una visión pesimista y dramática. El politeísmo de los pueblos precolombinos tenía otra característica fundamental: consideraban a los dioses como «particulares», dioses que pertenecían sólo su pueblo y no a los pueblos vecinos. Por ello ningún pueblo buscó jamás que otro rindiera culto a sus ídolos, y no hacían proselitismo; no buscaban hacer discípulos ni adeptos. Esta razón si explica suficientemente porqué quien había nacido en otro pueblo, aunque estuviera a poca distancia era verdaderamente «extranjero». Podemos pues afirmar que la principal causa del aislamiento y de la tremenda atomización de los pueblos prehispánicos que Octavio Paz señala fue el politeísmo idolátrico. Si tantos elementos de la naturaleza eran considerados «dioses», necesariamente el cosmos era visto como algo mítico-mágico, impensable de ser sujeto a cualquier reflexión crítica en su totalidad o sobre alguna de sus partes; de ahí que no exista conciencia geográfica, evidente en el hecho de que jamás un pueblo precolombino dibujó mapa alguno; ni siquiera de su propio territorio. Otra consecuencia de esa visión del mundo, en la cual la conciencia estaba como absorbida por el mundo en una situación de inmediatez que le impedía distinguir entre el objeto y su símbolo, fue la ausencia de escritura fonética. “Hay, pues, una unidad originaria entre conciencia y mundo, entre sujeto y realidad, entre la palabra y la cosa: por eso, para la conciencia primitiva, la no disociación entre sujeto y mundo permite esa unidad originaria en la cual la montaña vive, el vuelo de un ave manifiesta lo oculto, ciertos gestos provocan un fenómeno, un sacrificio restablece el equilibrio del cosmos (…) Esta unidad originaria conciencia-mundo es el humus natural del mito, inseparable de la cultura primitiva (…) Al no distinguirse cosa y signo –pues la palabra «es» la misma cosa- el pensamiento sigue «prisionero» de lo real en cuanto no des-prendido de él y no expresa sino lo individual (…) Es natural que, en este estadio, no exista la escritura alfabética la que presupone el desprendimiento de la re-presentación directa de la realidad singular; para la conciencia primitiva, la palabra posee un valor mágico sobre la cosa y hasta el tono de voz con el cual es pronunciada influye en las personas, en los animales y en las cosas. Tal es, pues, el estadio de inmediatez propio de la cultura primitiva, instalada en lo originario y en la prehistoria ágrafa.” El «paraíso» precolombino En cuanto la finalidad de cualquier cultura es que por medio de ella “el hombre llegue a ser cada vez más hombre”, la pregunta capital que debemos hacernos para poder valorar de manera objetiva - no sentimental, y mucho menos ideológica- a una determinada cultura, es: ¿qué hace tal cultura por los hombres concretos que en ella participan? Dicho de otro modo: ¿Qué posibilidades de perfeccionamiento humano ofrece tal cultura a los hombres concretos que viven según ella? Partimos del hecho indubitable de que el hombre no es un ser perfecto sino perfectible, y que cualquier hombre, de cualquier época y lugar, tendrá ante sí la «tarea» de perfeccionarse en todos los ámbitos de su naturaleza: en el orden físico, en el intelectual, en el moral y en el espiritual. Y como el hombre nace necesariamente en el seno de una sociedad donde priva una determinada cultura, ésta tendrá una influencia decisiva en el perfeccionamiento que cada persona pueda alcanzar. Traslademos estos cuestionamientos al tema de las culturas precolombinas, iniciando por la pregunta ¿qué valor daban ellas al ser humano? Como resultado de la carencia de una escritura fonética, no hay libros o documentos en los cuales indagar. A esta dificultad debemos agregarle que tampoco había en esas culturas «conceptos», pues la conciencia precrítica que vive en un estado de inmediatez con la naturaleza, tiene también clausurado el camino que conduce a realizar «abstracciones» que prescindan de los elementos particulares. Al quedarse encerrada en lo particular no puede elaborar «conceptos» y se queda en la sola re-presentación mítico-mágica de los fenómenos. “La re-presentación presenta de nuevo el hecho (por ejemplo: la tierra como fuente de vida) trasmutada en mito (la Pachamama). No se trata de una abstracción estricta, pues mientras la abstracción es la operación por la cual se prescinde de los elementos individuantes (particulares) y logra la unidad (lógica) del universal, la re-presentación mítica (relato que trasmite y fija un acontecimiento) no sólo no prescinde de los elementos individuantes, sino que los incluye en una suerte de re-presencia del singular.” Es por ello que no hay en las culturas prehispánicas algún «concepto» de hombre, como tampoco lo hay de libertad, de justicia, de verdad, etc. Aunque había leyes, aprecio por la honestidad, repudio a los vicios, etc., no había «conceptos». Será pues en la práctica de la vida cotidiana de los pueblos donde podemos buscar la respuesta sobre el valor que daban al ser humano. Para ello no hay más opción que recurrir a los estudios y escritos de los misioneros de la primera evangelización, así como a las crónicas de los conquistadores que dan noticia de cómo vivían y convivían los pueblos del Nuevo Mundo antes de la llegada de los europeos. También son útiles algunas otras crónicas de los primeros mestizos hispanoamericanos como los «Comentarios Reales» del Inca Garcilaso de la Vega. De casi todos esos documentos se puede deducir que el hombre era considerado solo como un elemento más dentro de muchos otros y no precisamente el más importante; el hombre no era aquel ser superior que tenía la capacidad de dominar la naturaleza y ponerla a su servicio, sino un elemento más de la naturaleza la cual absorbía y dominaba al hombre. Los hombres carecían de libertad en sentido estricto pues fatalmente debían someterse al cosmos mítico, que era el que fatal e irremediablemente «determinaba» su vida y su porvenir, el cual solamente podían adivinar mediante presagios y augurios. Sobre este tema podemos ver la información recabada entre los ancianos aztecas por Fray Bernardino de Sahagún a mediados del siglo XVI, misma que nos presenta en el Libro Cuarto de su obra «Historia General de las Cosas de la Nueva España» dedicado a “el arte de adivinar las condiciones que tendrían los que nacían en los días atribuidos a los signos que aquí se ponen”. Entre muchos es significativo el ejemplo del signo Ome Tochtli “en el cual nacían los borrachos y decían que nació en tal signo que no se podía remediar” . Ese «determinismo cósmico» eliminaba la libertad psíquica, entendida esta como “la capacidad de querer o no querer algo, de adherir o no adherir, de querer esto o aquello.” Pasemos ahora a la pregunta ¿Qué posibilidades de perfeccionamiento humano ofrecían las culturas precolombinas a los hombres concretos que vivieron en ellas? En el orden físico-corporal, las posibilidades de perfeccionamiento eran muchas; el ejercicio físico que debía realizarse en casi todas las actividades permitía un desarrollo armónico del cuerpo, además de llevarle a una resistencia física extraordinaria. En este orden, el desconocimiento de la rueda aunado a la ausencia de bestias de carga, constituyó otro factor para el desarrollo físico-corporal de los indígenas, puesto que con solo su esfuerzo físico tenían que realizar los trabajos de carga y transporte. En el orden intelectual las posibilidades de perfeccionamiento eran más bien pobres. Aunque la carencia de escritura obligaba a ejercitar grandemente la memoria a fin de conservar y transmitir costumbres, conocimientos u acontecimientos, la cosmovisión mítico-mágica hacía casi imposible la reflexión. El retraso tecnológico «producto de su aislamiento» como dice Paz, limitó también el desarrollo de su sentido artístico, como es el caso de la música, que en el mejor de los casos era solo pentafónica y constreñida a flautas e instrumentos de percusión. Por lo que se refiere a las posibilidades de perfeccionamiento en el orden moral –que es el de mayor incidencia en el cultivo del hombre en cuanto hombre-, el drama de los pueblos precolombinos fue mayor debido al determinismo implícito en su cosmovisión, el cual anulaba la libertad psíquica. Y como sin libertad psíquica no hay moralidad, el progreso moral es prácticamente imposible. En razón de ese «determinismo cósmico» que anulaba la libertad, José Vasconcelos escribió: “ni siquiera los caciques eran prósperos y libres dentro del México precortesiano, menos aún los vilipendiadísimos habitantes.” ¿500 años de resistencia? Como vimos al principio la ideología indigenista es «nueva»; surgió al cobijo de la esa sí vieja «leyenda negra», en la primera mitad del siglo XX. La ideología indigenista no se encontró con la realidad de los indígenas de carne y hueso y sus necesidades concretas, sino con una oportunidad de aplicar el instrumental marxista de la lucha de clases a partir de la manipulación de su historia. Desde poco antes de 1992 y la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, empezaron a surgir grupos que tenían como común denominador decirse continuadores de la «resistencia indígena» contra la «invasión» iniciada en 1492. La «iglesia popular» y su «teología de la liberación» fueron punta de lanza de estos grupos, entre los cuales estuvo en México el Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo, y otros más a lo largo de la geografía latinoamericana. En distintos foros y publicaciones el indigenismo ha venido repitiendo en lengua española las mismas consignas ideológicas: “Con motivo de la celebración del V Centenario del descubrimiento de América los miembros del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (PROCUP) y del Partido de los Pobres (PDLP) conmemoran 500 años de resistencia indígena y popular y hacen un llamado a continuar la lucha en contra de la represión del gobierno capitalista.”

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