LÓPEZ DE SANTA ANNA, Antonio

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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LÓPEZ DE SANTA ANNA, Antonio. (Jalapa, 1794- México, 1876) Militar y político.

Uno de los hombres que más influencia tuvo en los dramáticos acontecimientos de la historia de México durante la primera mitad del siglo XIX fue sin duda Antonio López de Santa Anna. Nació en la ciudad de Jalapa el 21 de febrero de 1794 en el seno de una familia acomodada. Según José Valadés (Santa Anna y la guerra de Texas), su padre era probablemente portugués de origen gitano. Desde muy joven eligió la carrera militar, alcanzando pronto el grado de capitán en el ejército virreinal. En 1821 se sumó al Plan de Iguala mediante el cual Agustín de Iturbide logró la independencia de México. Iturbide nombró a Santa Anna Comandante General de la Provincia de Veracruz, y cuando O´Donojú, el último Virrey, llegó a Veracruz, Iturbide le ordenó entrevistarse con el virrey y escoltarlo hasta la ciudad de Córdoba, donde Iturbide y O´Donojú firmaron los Tratados de Córdoba, con los cuales el último virrey de la Nueva España reconoció la independencia de México en las condiciones que señalaba el Plan de Iguala. Así fue como Santa Anna, a los 27 años, se hizo importante.


Santa Anna se manifestó entonces como uno de los partidarios más fervientes del Imperio de Iturbide pero, como atinadamente lo describe Valadés, Santa Anna era “emotivo, ambicioso, turbulento, egoísta, de relumbrón y buen actor, despreocupado en sus amores, católico y masón según le conviniese, y un jugador militar, para quien todo México era un campo de juego político” Siendo Comandante de Veracruz, también le tocó ser la primera autoridad mexicana en recibir y entrevistarse con el embajador plenipotenciario de los Estados Unidos Joel Robert Poinsett, un diplomático tan intrigante y falaz como inteligente y hábil, que venía con la doble misión de comprar el territorio de Texas y cambiar el sistema político mexicano de Imperio a República federal; las logias masónicas del rito yorkino creadas por él fueron el instrumento perfecto con el cual en relativamente pocos años pudo lograr su cometido.


No existe ningún documento que relate las conversaciones entre Poinsett y Santa Anna, pero el hecho es que, a los pocos meses de ellas, el más ferviente partidario del Imperio de Iturbide encabezó el movimiento que derrocó a Iturbide, e instauró en México la República Federal que deseaba Poinsett. En el Imperio, Santa Anna jamás hubiera podido acceder al poder; en el régimen republicano ocupó la Presidencia en once ocasiones, y se convirtió en el «hombre fuerte» del país por espacio de cuarenta años. Carente de ideas propias y llevado por una inaudita soberbia, Santa Anna fue un demagogo que empezó gobernando con los masones yorkinos federalistas para aliarse después con los masones escoceses centralistas; pero más que monárquico o republicano, masón o católico, federalista o centralista, liberal o conservador, Santa Anna era, antes que nada, “santanista”. Las solemnes y ridículas “honras fúnebres” con las cuales llevó a depositar en el cementerio la pierna que perdió en la llamada “guerra de los pasteles”, describen bien el tamaño de su soberbia.


Sin embargo no se puede negar que fue un militar arrojado y valiente, que ganó prestigio militar cuando en 1829 derrotó a una expedición española enviada por Fernando VII con la intención de recobrar a su antigua colonia de Nueva España. En 1835 Santa Anna suprimió el régimen federal, lo que dio pie a la rebelión de los colonos norteamericanos en Texas. Al frente de las tropas mexicanas, el 6 de marzo de 1836 López de Santa Anna atacó a los texanos que se habían fortificado en El Álamo, derrotándolos rápidamente y comportándose cruelmente con los vencidos; “remember the Álamo” se convirtió entonces en el grito de guerra de los tejanos. El fácil y rápido triunfo obtenido en El Álamo le hizo dividir sus fuerzas y tras una inexplicable y absurda falta de la más elemental prevención, fue sorprendido en San Jacinto por una pequeña fuerza de texanos al mando de Samuel Houston, quien lo hizo prisionero mientras él y sus hombres dormían la siesta. Temiendo por su vida aceptó firmar los “Convenios de Velasco” con los cuales prácticamente reconoció la independencia de Texas; con grilletes fue enviado a Washington y liberado por el presidente Jackson.


En 1838 perdió la pierna luchando contra una expedición francesa que desembarcó en las cercanías de Veracruz en la llamada “guerra de los pasteles”; posteriormente fue desterrado a Cuba. El 1° de marzo de 1845 la “República de Texas” se incorporó como un nuevo estado a los Estados Unidos, y el 13 de mayo de 1846 el gobierno de Washington declaró la guerra a México para anexarse también las provincias mexicanas de California y Nuevo México. Santa Anna regresó de su exilio en Cuba y formando un precario ejército salió a detener la invasión de los estadounidenses que habían capturado ya la ciudad de Monterrey; en la batalla de La Angostura (23 de febrero de 1847) derrotó al general Zacarías Taylor. Esta derrota modificó la estrategia norteamericana que el 29 de marzo desembarcó en Veracruz un poderoso ejército al mando del general Scott. Santa Anna trató de interceptar esta nueva fuerza en las cercanías de Jalapa, pero fue derrotado en la batalla de Cerro Gordo. Entonces se retiró a la ciudad de México, fortificándola y preparando la resistencia; sin embargo el general Juan N. Álvarez, a quien Santa Anna había puesto al frente de la caballería mexicana, se negó a atacar a los estadounidenses, retirándose vergonzosamente del campo de batalla mientras los cadetes del Colegio Militar caían heroicamente en Chapultepec. Scott tomó la ciudad de México el 14 de mayo y Santa Anna huyó hacia Oaxaca y luego a Jamaica y Colombia.


El 4 de enero de 1853 el Congreso mexicano mandó llamar del destierro a Santa Anna creyendo que él podría solucionar la situación de caos y anarquía que reinaba en el país; asumió nuevamente la presidencia de la República en abril del mismo año, y como el Congreso le había otorgado “facultades extraordinarias” para gobernar, las aprovechó en forma dictatorial; incluso se hizo llamar “alteza serenísima”. Amenazado por los Estados Unidos que ambicionaban más territorio mexicano, aceptó venderles el territorio de La Mesilla; este hecho ha permitido a la historiografía oficial acusar falsamente a Santa Anna de haber vendido “la mitad” del territorio nacional.


En marzo de 1854 Juan N. Álvarez e Ignacio Comonfort encabezaron un “pronunciamiento” contra Santa Anna y éste, desganado y desmoralizado tras su fallido intento por capturar el puerto de Acapulco donde los pronunciados se habían refugiado, presentó su renuncia y regresó al exilio en Colombia donde permaneció veinte años. En 1874, ciego y sin recursos, se le permitió volver a México, falleciendo en la capital el 20 de junio de 1876.


Bibliografía

Rafael F. Muñoz, Rafael F. Santa Anna, el dictador resplandeciente. Utopía, 5 edición, México, 1976. Schlarman, Joseph H.L. México, Tierra de Volcanes. Porrúa, 24 edición, México 1987.

JUAN LOUVIER CALDERÓN