Diferencia entre revisiones de «LIBERALISMO EN URUGUAY»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Las corrientes liberales se manifestaron en el Río de la Plata, más precisamente en la Banda Oriental, a comienzos del siglo XIX y adquirieron mayor vigor durante el proceso revolucionario, a partir de 1810. Si bien el pensamiento escolástico y las corrientes de la Ilustración no desaparecieron, las ideas del romanticismo liberal adquirieron un protagonismo mayor: el movimiento de l’Idéologie, que sostenía las ideas del siglo XVIII y los principios de 1789, y el liberalismo doctrinario, de propuestas moderadas. L’Idéologie, cuyos representantes más difundidos fueron Condillac y Destutt de Tracy, proclamaba el carácter sagrado de los derechos del hombre, la fe total en la libre razón, y la creencia de que el Estado debía estar al servicio de la felicidad de sus integrantes.

Los idéologues tenían vínculos con el utilitarismo inglés de Jeremías Bentham, por su visión democrática y progresista. Por su parte, el liberalismo doctrinario, representado por Victor Cousin y Maine de Biran, sostenía la monarquía constitucional, el concepto del Estado “juez y gendarme” y el “poder moderador” del rey.

En 1787, fue inaugurado, en Montevideo, el primer curso de filosofía en el convento franciscano de San Bernardino. Descartes, Leibniz, Gassendi, Newton, Malebranche y otros muchos autores fueron estudiados en este convento, así como en la Universidad de Córdoba. El 26 de mayo de 1816, fue inaugurada la primera Biblioteca pública de Montevideo, fundada por iniciativa del Pbro. Larrañaga. En la “Oración inaugural”, el P. Larrañaga manifestó: “Una Biblioteca no es otra cosa que un domicilio o ilustre asamblea en que se reúnen, como de asiento, todos los más sublimes ingenios del orbe literario, o por mejor decir, el foco en que se reconcentran las luces más brillantes, que se han esparcido por los sabios de todos los países y de todos los tiempos”.

Enumeraba luego los autores clásicos, modernos y contemporáneos que quedaban a disposición de los montevideanos: Adam Smith, Condorcet, Bernardo Ward y Jovellanos, Gaetano Filangieri, entre otros. Era evidente la presencia de obras pensadores de perfil liberal, especialmente en lo económico, que provenían de la biblioteca del mismo Larrañaga y del Pbro. Pérez Castellano.

La Guerra Grande, que enfrentó a los bandos orientales (blancos y colorados), a los bandos argentinos (federales y unitarios) y a los gobiernos de Uruguay y de Buenos Aires, provocó el exilio de numerosos jóvenes liberales y románticos argentinos en Montevideo. La Generación de 1837, representante del liberalismo romántico y enfrentada a Rosas, se dispersó entre Santiago de Chile, Valparaíso y Montevideo. Esteban Echeverría, Miguel Cané, Juan Bautista Alberdi y los hermanos Varela, entre otros, se instalaron en Montevideo y difundieron sus ideas liberales a través de la prensa y de las actividades culturales.

Recién partir de 1860, se instalaron definitivamente en Montevideo las primeras cátedras de la Universidad Menor y de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor. Fundada en 1833, los problemas políticos y la guerra civil impidieron hasta entonces su funcionamiento regular. En la Universidad Menor, entre 1852 y 1888, Plácido Ellauri (1815-1893) fue el catedrático de Filosofía y el maestro indiscutible del racionalismo espiritualista. Inspirado en el eclecticismo de Victor Cousin, apoyado por el manual de Eugenio Geruzez, esta corriente se trasformó en la doctrina oficial de la cátedra de Filosofía de los cursos preparatorios de la Universidad y en ella se formaron muchas generaciones de estudiantes. Hasta 1876, la Universidad Mayor se caracterizó por la exclusividad casi absoluta de los estudios jurídicos. El egresado de la Universidad era el abogado, el doctor en Derecho, quien se transformaba en profesor y en político con frecuencia.

Las primeras cátedras de la Facultad de Derecho - cátedras de Derecho Canónico y de Derecho Civil - fueron creadas entre 1849. Las fechas de inauguración de los cursos fueron, en algunos casos, sensiblemente diferentes, y se extendieron entre 1852 y 1885. En la mayoría de ellas se difundió el pensamiento de los teóricos franceses del liberalismo. En 1877, el advenimiento de los gobiernos militares no implicó la intervención del poder político en los estudios de Derecho sino el establecimiento, por decreto del 12 de enero, de la libertad de enseñanza a nivel de los estudios preuniversitarios y universitarios. Esta resolución fue el punto de partida del desarrollo de numerosas instituciones libres que, ya existentes en su mayoría, se lanzaron a la organización de cursos. Se destacaron el Club Católico, el Ateneo del Uruguay y la Sociedad Universitaria. Los dos últimos centros fueron focos de difusión del pensamiento liberal y, con frecuencia, anticlerical.

Desde la década de 1880, el liberalismo se manifestó, en Iberoamérica y también en Uruguay, de modos diversos y puso el acento en las libertades económicas -afirmando el derecho de propiedad, y oponiéndose a cualquier intervención estatal, aun cuando los liberales admitieron diferentes modos y grados de relación entre el Estado y la sociedad-, en las libertades políticas -gobierno representativo y democracia parlamentaria- y en las libertades intelectuales - libertad de pensamiento y espíritu de tolerancia.

Siempre apegados a la defensa de las libertades individuales, los liberales dieron origen a dos tendencias claras hacia 1860, en Europa, y desde la década de 1880, en América Latina. Algunos sostuvieron, por encima de todo, el culto de la libertad y de las libertades. Fueron los «ortodoxos o doctrinarios», que no admitían ninguna coacción social, ningún límite económico, ninguna injerencia del Estado que pudiera restringir la libertad de los individuos. Los otros admitían e incluso preconizaban la necesidad de organizar las libertades individuales en función del bien común.

Para estos liberales «solidarios o progresistas», el bien social podía imponer ciertos límites a la libertad de cada uno, y el Estado podía encargarse de orientar las políticas que conducirían al progreso general. La educación, la economía, la legislación social, eran áreas en las cuales el Estado estaba llamado a desarrollar su acción de estímulo. En un punto todos los liberales concordaban: el respeto de las libertades individuales y la certeza de que todo cambio social se originaba en la transformación de cada persona.

Estas dos corrientes correspondieron, en grandes líneas, a fundamentos filosóficos diversos. Mientras que los «doctrinarios» fueron generalmente espiritualistas, que creían en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma, si bien no adherían a ninguna religión positiva, los «progresistas» fueron fuertemente seducidos por las ideas positivistas y evolucionistas, y se inclinaron hacia filosofías materialistas y agnósticas. Fueron pues, en un buen número, anticlericales, y, con frecuencia, antirreligiosos apasionados. En Uruguay, desde la década de 1880 se manifestó un fuerte liberalismo anticlerical, cuyos antecedentes se remontaban, en parte, a las tensiones entre católicos y masones de hacía dos décadas. Tuvo lugar entonces el llamado “viraje anticlerical de 1885”, que fue el resultado de múltiples factores: el nuevo ambiente filosófico marcado por corrientes progresivamente anticlericales; el influjo creciente de la masonería en el gobierno de Máximo Santos; la conjunción de tensiones, conflictos y resentimientos desde 1860; el desarrollo de la militancia de los grupos católicos; las derivaciones de las movilizaciones argentinas en torno a la aprobación de la ley de educación común de 1884; las presiones diversas a favor de la consolidación del poder del Estado.

Al apoyo de las leyes secularizadoras se asoció un apasionado despliegue de propaganda anticlerical, en el que coincidieron la fundación de sucesivas organizaciones liberales, la circulación de periódicos de esta tendencia, las ceremonias anticlericales -de carácter personal o colectivo-, los ciclos de conferencias, las propuestas de estímulo a la enseñanza laica.

En las primeras décadas del siglo XX, se vivieron acontecimientos que acercaron peligrosamente el concepto de liberalismo y el de jacobinismo. Las tensiones entre la Iglesia y el gobierno marcaron en profundidad este período reformista, iniciado en 1903, y que tuvo como figura central al presidente José Batlle y Ordóñez. En julio de 1906, se resolvió el retiro de los crucifijos de los hospitales públicos y demás dependencias a cargo de la Comisión Nacional de Caridad, medida que provocó diversas polémicas. La más resonante, y de mucha repercusión, fue la que sostuvieron Pedro Díaz y José Enrique Rodó, ambos liberales y ninguno de los dos católico.

El 6 de julio de 1906, Rodó, destacado intelectual y político uruguayo, publicó en «La Razón», periódico liberal de Montevideo, un texto titulado “Liberalismo contra jacobinismo. La expulsión de los crucifijos”. Lo que para el Dr. Díaz representaba una “medida de estricta justicia, un simple corolario de los grandes principios de la igualdad y de la libertad de las conciencias”, significaba para Rodó un acto “jacobino”, “un hecho de franca intolerancia y de estrecha incomprensión moral e histórica”. Todos los artículos escritos por Rodó sobre este tema darían nacimiento a su obra «Liberalismo y jacobinismo». En opinión de Rodó, el jacobinismo –término tomado de la Francia del siglo XVIII- representaba la tendencia de algunos de considerarse a sí mismos, y sin consultas, los defensores y los representantes de las libertades y de la opinión de las mayorías.

La sociedad uruguaya, que se autodefine como liberal, estaría marcada por algunas tendencias jacobinas: la del Estado interventor en la vida de los ciudadanos; la de apreciar la medianía y la uniformización como virtudes; la de tender a encerrar las manifestaciones religiosas dentro de los límites de la vida privada (DA SILVEIRA y MONREAL, 2003: 103).

BIBLIOGRAFÍA

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CAETANO, Gerardo y GEYMONAT, Roger, La secularización uruguaya (1859-1919). Catolicismo y privatización de lo religioso, Montevideo, 1997;

DA SILVEIRA y DÍAZ, Ramón, Diálogo sobre el liberalismo, Montevideo, 2001;

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MONREAL, S., Krausismo en el Uruguay. Algunos fundamentos del Estado tutor, Montevideo, 1993;

PARIS de ODDONE, M. Blanca, La Universidad de Montevideo en la formación de nuestra conciencia liberal, Montevideo, 1958;

STÖTZER, o. Carlos, Iberoamérica. Historia política y cultural, Vol. III: Organización y constitución de las naciones iberoamericanas (1826-1880), Buenos Aires, 1996.



SUSANA MONREAL