LITERATURA DEL BARROCO EN IBEROAMÉRICA

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Introducción

Durante el siglo XVII, pasada la fase activa del reconocimiento y conquista del territorio, se asientan las instituciones en todo el continente y la labor educadora de la Iglesia va produciendo variados frutos en la difusión y consolidación de la cultura. Si su presencia representó una decisiva actuación en las fases educativas iniciales, en un nivel más alto, las casas de estudios de las órdenes religiosas, así como los colegios, fueron focos de renovación cultural, entre los que se destacan los colegios de los jesuitas, los grandes educadores de los americanos criollos.

Con todo ello la población adquiere un mayor deseo de actividad cultural que alcanza valores de refinamiento, lo que se expresa en los rasgos del barroco y, sobre todo, en el estilo de Luis de Góngora, que fue conocido desde las primeras décadas del siglo. El entusiasmo con que fue recibido explica su presencia en numerosos seguidores y en certámenes, como «Triunfo Parténico» recogido por Carlos de Sigüenza y Góngora en México (1682), y en tratados, como el «Apologético a favor de don Luis de Góngora» (1662) del peruano Juan Espinosa Medrano. Así se propicia una uniformidad cultural en todo el continente bajo la estética barroca que se expande desde los centros culturales, los Virreinatos de Nueva España y del Perú con capitales en México y en Lima. Se puede decir que en este siglo el interés por el arte y la cultura invaden la sociedad pues, para sus habitantes, era uno de los principios que la regían, después de la religión, y “suponía la coronación de la vida social” (Henríquez Ureña, 1969, 45)


Hay que hacer notar también la diferencia educativa entre hombres y mujeres, sólo los hombres podían acceder plenamente al saber a través de la educación y del conocimiento del latín, lengua imprescindible para el acceso a la cultura. Sin embargo, aunque la enseñanza de las niñas no pasaba de las primeras letras, había excepciones importantes, las mujeres que profesaban en conventos de religiosas, que en ocasiones leían y escribían, muchas veces animadas por sus directores espirituales. De este modo podremos encontrar obras de relieve realizadas por religiosas en los dos virreinatos.

Virreinato de Nueva España

En esta zona surgieron escritores que cultivaron la literatura en sus varias formas, prosa, lírica y representación dramática. Es el caso de Matías de Bocanegra (1612-1688), jesuita, natural de Puebla, orador sagrado, autor conocido en su época por sus sermones, elogios y comedias como la Comedia de San Francisco de Borja a la feliz venida del excelentísimo señor Marqués de Villena, Virrey de esta Nueva España (1641) que cuenta la vida de duque de Gandía. Pero ha sido su poema Canción a la vista de un desengaño, en la línea de Góngora y Calderón, de fecha desconocida la que obtuvo mayor relieve. Se trata de una obra descriptivo-alegórica, centrada en el tema barroco del engaño de las apariencias, la fragilidad de la vida y la tramposa libertad.

También cultiva la prosa y el teatro el presbítero y consiliario de la Real Universidad de México en 1654, Francisco Bramón, en Los sirgueros de la Virgen sin original pecado (1620), que se considera una de las primeras obras ficcionales publicadas en América. Sobre la base de la novela pastoril presenta un tema religioso, la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción. Otro nombre relevante es el de Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659) que llega a ser obispo de Puebla, gran mecenas cultural y cuya obra El pastor de Noche Buena (1644) se inserta en una línea ascética y presenta alegóricamente el tránsito de un pastor del vicio a la virtud. De origen criollo era Miguel de Guevara (1585?-1646?), agustino, autor de un interesante soneto Levántame, Señor, que estoy caído, y al que se atribuye otro conocido soneto No me mueve, mi Dios, para quererte.

Entre las mujeres destacan, aparte de Sor Juana Inés de la Cruz, dos monjas mexicanas, Francisca de la Natividad y María de San José. La primera, monja carmelita del convento de Santa Teresa de Puebla, que en 1630 redactó su manuscrito acerca de la ejemplar vida mística de la Madre Isabel de la Encarnación. De la misma ciudad surgió el texto de la Madre María de San José (1676-1719), religiosa agustina del monasterio de recoletas de Santa Mónica del que salió para fundar el de la Soledad en Oaxaca que ya en 1703 escribe un diario espiritual.

El más destacado poeta épico de la época barroca es Bernardo de Balbuena, (1562-1627) que fue capellán de la Audiencia de Guadalajara y, tras una estancia en España, fue Abad de Jamaica y Obispo de Puerto Rico en 1623. Es autor de una amplia obra, dentro de la que destaca su novela pastoril, El Siglo de Oro en las Selvas de Erífile (1608), en la línea del género que habían abierto en España Jorge de Montemayor y Gil Polo, pero haciendo valer una simbología cristiana. Aparte del poema épico El Bernardo (1624) sobre Bernardo del Carpio, destaca la Grandeza Mexicana (1604), poema descriptivo de gran valor como documento histórico por la riqueza de impresiones y de imágenes en el desfile de las bellezas de la ciudad. Su antecedente está en la tradición del elogio a México, abierto por Francisco Cervantes de Salazar en el siglo precedente. Consta de una introducción, y ocho capítulos en octavas reales, en los que se desarrollan los temas sugeridos por el argumento. El poema tiene como objetivo presentar la belleza de la ciudad de México a la señora Isabel de Tobar que se disponía a entrar en la vida religiosa.

Uno de los más relevantes autores de la época fue Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) que, expulsado de los jesuitas, profesó como sacerdote. Sigüenza fue un sabio de la época, obtuvo en 1672, la cátedra de Matemáticas y Astrología y es muy conocida su cercanía al Virrey, Conde de Galve, así como su amistad con Sor Juana. Humanista, con interés en el arte, la astronomía y la investigación, además de matemático, bibliófilo, cosmógrafo, ingeniero, geógrafo, experto en lingüística y antigüedades mexicanas, así como adelantándose a su época llevó a cabo la observación de eclipses. Como poeta, Sigüenza está en la línea de Góngora en títulos como Primavera Indiana (1668) y Las glorias de Querétaro (1680).

Su dilatada obra, parte de ella perdida, puede incluirse en varios apartados. Por un lado la obra histórica y arqueológica, en la que se puede apreciar su interés por los temas mexicanos al reunir libros, códices, mapas y manuscritos prehispánicos. Destaca una monografía sobre las pirámides de Teotihuacan, y varias obras que sabemos perdidas como Historia del imperio de los chichimecas; Calendario de los meses y fiestas de los mexicanos e Historia de la Catedral de la ciudad de México. Otro apartado fundamental es el de las crónicas contemporáneas, a medio camino entre la crónica y el periodismo: El trofeo de la justicia española (1691), Relación histórica de los sucesos de la Armada de Barlovento (1691) y Mercurio volante (1693) sobre la reconquista de Nuevo México. De mayor interés es Alboroto y motín de los indios de México (1692) que relata el motín más grave de la época virreinal contra el Virrey Conde de Galve, que tuvo su detonante en el alza del precio del maíz.

Pero la obra más decisiva en este apartado es Infortunios de Alonso Ramírez (1690), narrada en primera persona por un personaje que cuenta quince años de su vida desde su nacimiento en San Juan de Puerto Rico. La obra ha sido interpretada por algunos críticos con relación a la picaresca por lo que sería considerada obra ficcional y de historicidad irrelevante, sin embargo las últimas investigaciones inclinan a pensar que es sin duda una obra con datos históricos realizada por el autor con el testimonio de Alonso Ramírez,Error en la cita: Etiqueta <ref> no válida; las referencias sin nombre deben tener contenidoasimilándose a las autobiografías de soldados de la época, si bien Sigüenza combinó la voluntad de historicidad y el tono literario con el fin de conmover la voluntad del Virrey a favor del interesado.

El último apartado de su obra toca el ámbito matemático y astronómico. Aunque sabemos de títulos perdidos, nos quedan los suficientes para observar cómo el sabio mexicano está ya en la línea que preludia la experimentación más rigurosa. El título más señalado es la Libra astronómica y filosófica (1690), obra capital para el pensamiento y la ciencia novohispana. En ella su autor destierra la visión mítica del cosmos a favor de la nueva visión científica que se impondría en el siguiente siglo. El tratado tiene su origen en el que realizara en 1680 con motivo de la aparición del cometa, Manifiesto Philosophico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos [México, 1681] y que no se conserva, pero que insertó en la Libra astronómica.

La obra no dejó de tener detractores y abrió apasionadas polémicas. El más importante fue el P. Eusebio Kino, famoso jesuita alemán, en su Exposición astronómica del Cometa. Ello explica algunos de los párrafos de la Libra que están dirigidos expresamente a demoler las tesis míticas y supersticiosas de Kino. La obra es, por tanto, de carácter científico con gran aparato crítico y erudito, aunque también deja paso a la polémica. Consta de siete partes de las cuales la primera es histórica e introduce los datos del libro provocador del P. Kino; luego introduce en la segunda parte el Manifiesto filosófico contra los cometas; la tercera parte contiene las respuestas del P. Kino al Manifiesto en su Exposición astronómica, para analizarla en la cuarta y quinta partes. El sexto y el séptimo apartados son más teóricos y contienen los fundamentos de la astrología, las observaciones propias y las de los estudiosos europeos.

En definitiva, Sigüenza y Góngora es ya un espíritu moderno en medio del pensamiento neomedieval, es una mente lógica y erudita aunque devoto frente al dogma. Con ello el autor marca el fin del pensamiento barroco y el inicio del principio de la razón.

Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695).

Nacida de la relación de Pedro Manuel de Asbaje, natural de Vergara, y de Isabel Ramírez de Santillana, su condición de hija natural y su excepcional inteligencia la condicionaron en el ambiente relajado de la Nueva España. Pronto dio muestras de precocidad y empezó formándose en la biblioteca de su abuelo, con lo que empezó a adquirir, además de gran gusto por las letras, una capacidad introspectiva y crítica excepcionalmente rara en el ambiente cultural de su época. Fue dama de la Virreina y permaneció en el Palacio (1664-1674) donde escribió poemas amorosos, luego profesó como religiosa, primero en las Carmelitas Descalzas y, en 1669, en el convento de las Jerónimas de la ciudad de México, tal vez porque, como ella misma dice tenía “una total negación” al matrimonio, y también porque de esta manera podría seguir desarrollando sus capacidades artísticas e intelectuales.

Las presiones eclesiásticas se hicieron muy visibles después de la publicación de Crisis de un sermón en el que sor Juana comentaba el sermón del P. Antonio de Vieira que en 1650 se refería a las mayores finezas que Cristo había tenido con el hombre en el fin de su vida, y que fue publicado por el Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, con el título de Carta Athenagórica y con una reprensión firmada con el pseudónimo de Sor Filotea. Sor Juana escribe la Respuesta a Sor Filotea (1691), texto en prosa en el que elabora una defensa de su capacidad como mujer para alcanzar el conocimiento y que constituye uno de los mejores textos en prosa de la época. En 1693 firma la una Protesta mediante la cual abandonó, hasta el fin de sus días, los estudios humanos para proseguir el camino de la espiritualidad.

Su obra empezó a conocerse gracias al interés de virreina Marquesa de la Laguna, y su primer volumen, fundamentalmente poético, fue titulado por su editor Inundación Castálida de la única poetisa, musa décima, soror Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1689). Dos años después apareció el Segundo tomo de las obras de soror Juana Inés de la Cruz, (Sevilla, 1692) que contiene una mayor variedad de su producción, destacando la Carta Athenagórica, dos comedias, tres autos sacramentales y el poema Primero Sueño. Ya después de su muerte apareció el llamado tomo tercero de sus obras: Fama y obras póstumas del Fénix de México, soror Juana Inés de la Cruz, (1700), con una extensa aprobación del Padre Calleja.

La obra de sor Juana abarca romances, redondillas, villancicos y sonetos amorosos y filosófico-morales. Pero destaca entre todos el famoso Primero Sueño que el Padre Calleja resumió de la siguiente manera: “Siendo de noche, me dormí; soñé que de una vez quería comprender todas las cosas de que el universo se compone; no pude, ni aun divisar por categorías, ni a un solo individuo. Desengañada, amaneció y desperté”. Se centra en la utilización del tópico del sueño de larga tradición, y aunque declara que imita a las Soledades de Góngora las diferencias son muchas, Sor Juana construye un laberinto de símbolos, un delirio racional que expresa el conocimiento activo.

Consta de tres partes y de un total de 975 versos que desarrollan temas como la noche y el sueño del cosmos (vv. 1-150), el sueño intelectual del hombre (vv. 151-886), el dormir humano (151-291), los esfuerzos cognoscitivos realizados a través de la intuición neoplatónica (292-494) y del raciocinio neo-aristotélico (495-826), para terminar en el despertar humano (827-886) y el epílogo, con el triunfo del día y el final “y yo despierta” que identifica el sujeto femenino (887-975). Se han apreciado en el poema raíces cartesianas, se ha hablado de agnosticismo, porque expresa la imposibilidad de conocer racionalmente la realidad del cosmos, pero lo cierto es que presenta una interpretación científico mágica del cosmos tal y como la concebían los filósofos herméticos siglos XVI y XVII y sobre todo su lectura de Athanasius Kircher o Quirquerio (1602-1680).

Sor Juana también cultivó el teatro y sus obras se representaron en México y en España como programas de fiestas palaciegas de los virreyes. En 1683 tuvo lugar el festejo de Los empeños de una casa, en el que homenajea a los Marqueses de la Laguna. Está formado por una comedia, una loa que la precedía, dos sainetes intercalados, tres letras para cantar y un sarao final. La comedia es de capa y espada, enredo y situaciones inesperadas, damas y caballeros que no se comportan según las leyes del honor, sino por su conveniencia. Los trucos de escena y elementos dramáticos imitan a Calderón, pero la autora es discípula con personalidad y arte propio. Otro festejo data de 1689, Amor es más laberinto, en colaboración con Juan de Guevara que compone la segunda jornada, dedicado al Marqués de Galve, con una loa al comienzo. Es una obra mitológico- galante sobre el tema del laberinto de Creta.

También escribió autos sacramentales, El mártir del Sacramento, San Hermenegildo y El cetro de José; pero supera a todas, El divino Narciso, de tema mitológico en la línea que Calderón había infundido al teatro barroco y que no desmerece de los mejores del autor español. Se apoya en la imagen de Narciso-Cristo que enamorado de su imagen en la Naturaleza Humana, expira de amor por ella y florece bajo la forma de la Eucaristía. Eco es la Naturaleza Angélica Réproba, envidiosa de ese amor y llena de odio eterno a Narciso cuya hermosura tiene que proclamar.

Resulta de gran importancia la loa que lo introduce, diminuto auto, que se basa en el rito azteca de la ingestión de la estatua de Huitzilopochtli, compuesta de cereales amasados en sangre, que ella interpreta como una prefiguración de la Eucaristía basándose en la Monarquía Indiana (1615) de Fray Juan de Torquemada. Aparte de esto también participó en los festejos públicos con el arco triunfal Neptuno alegórico (1680), que la ciudad de México encargó para recibir a los Marqueses de la Laguna. Su tema, frente al elegido por Sigüenza y Góngora, que toma como objeto al mundo azteca, bebe su inspiración en la mitología romana.

En definitiva, por su formación intelectual y la amplitud de su arte, la autora puede parangonarse a los mejores autores del Siglo de Oro y anticipa el Siglo de las Luces por su actitud ante el saber científico y la confianza en la capacidad de la razón.

Virreinato del Perú

En el apartado poético destacan las poetas anónimas peruanas de las cuales se sospecha alguna vinculación a la Iglesia. Poco se sabe de la denominada Clarinda, “Señora principal de este Reino, muy versada en la lengua toscana y portuguesa” que compuso en 1608, Discurso en loor de la poesía, prólogo al Parnaso Antártico (1608) de Diego Mexía de Fernangil, en el que la autora demuestra una excepcional cultura. Pero sin duda fue religiosa, porque lo afirma en su texto, la conocida como Amarilis, autora de la Epístola a Belardo, que en 1621 Lope de Vega incluyó en La Filomena.

La autora, no identificada, ofrece datos sobre su persona y escribe a Lope para declararle su amor y pedirle que componga una biografía rimada de Santa Dorotea mediante un poema que demuestra grandes dotes poéticas a través del manejo de la estancia. También siguió la línea autobiográfica la colombiana y monja clarisa, Madre Castillo, Francisca Josefa del Castillo y Guevara (1671-1742) que fue poeta y escribió Mi vida y Sentimientos espirituales.

Al franciscano Juan de Ayllón (1604-1662) se le considera el introductor del gongorismo en la zona como autor de un largo poema titulado Poema de las fiestas que hizo el Convento de San Francisco de Jesús, de Lima, a la canonización de los veintitrés mártires del Japón (1630). También el dominico fray Adrián de Alesio (¿-1650) compuso, dentro del mismo estilo, el poema El Angélico (1945) en honor de Santo Tomás. Más reconocido es Luis de Tejeda y Guzmán (1604-1680), nacido en Córdoba del Tucumán, educado con los jesuitas, que en su edad madura ingresa en los dominicos en 1663. Se ha conservado el manuscrito autógrafo titulado Libro de varios tratados y noticias que se publicó parcialmente con el título de Peregrino en Babilonia y otros poemas (1916) en cuyo argumento se trenzan dos historias, la de la Virgen y la del peregrino arrepentido.

Fue Jacinto de Evia (1629-¿) natural de Guayaquil, quien dentro de la línea culterana reúne el Ramillete de varias flores poéticas (Madrid, 1676) donde colaboran el propio compilador, el jesuita sevillano residente en Guayaquil, Antonio Bastidas, y Hernando Domínguez Camargo, (1606-1659), nacido en Bogotá, también jesuita, y luego sacerdote secular en Lima y Quito, donde se relaciona con importantes círculos literarios. Es autor de un poema épico, Poema heroico de San Ignacio de Loyola que consta de 1200 octavas para contar la vida del santo desde su nacimiento hasta su partida hasta Roma para fundar la Compañía.

Domínguez Camargo emula a Góngora, lo que le lleva a cultivar un léxico eminentemente culto, latinismos, audacias sintácticas, hipérbatos. Fiel seguidor del gongorismo, fue rescatado por el Grupo del 27 y en concreto por la antología de Gerardo Diego. Pero en realidad es más conocido por ser autor de un breve poema descriptivo, A un salto por donde se despeña el arroyo de Chillo, que es uno de los poemas más emblemáticos de esta corriente poética barroca.

Dentro del apartado de la poesía épica destaca, al lado del anteriormente citado, la obra de Diego de Hojeda (1571?-1615) autor de La Cristiada (1611). Sevillano, fue miembro de la Academia Antártica, tertulia palaciega patrocinada por el virrey, Marqués de Montesclaros, luego ingresó en la orden de los dominicos de Lima donde fue profesor de teología y llegó a ocupar el cargo de prior, del que fue despojado por las intrigas conventuales. Autor de gran prestigio en la época, su poema La Cristiada, está escrito en octavas reales y dividido en doce libros en los que refleja la pasión y muerte de Cristo con gran carga emotiva y con un amplio manejo de las fuentes bíblicas, ascéticas y teológicas. Presenta variedad de recursos estilísticos barrocos y es el poema más importante de la épica religiosa hispánica.

En el apartado de la prosa y del teatro se compusieron obras de tema hagiográfico como la del jesuita Pedro López de Lara, El Fénix de España. San Francisco de Borja (1674), y de tema mariano, Comedia de Nuestra Señora de Guadalupe y sus milagros, del fraile jerónimo Diego de Ocaña (1565-1608) representada en Potosí en 1601, que a fines de 1599 pasó al Nuevo Mundo y nos dejó una crónica, A través de la América del Sur, relatando su andadura desde Panamá hasta el Perú. Además, el cartujo de Nueva Granada, Fernando Fernández de Valenzuela (1616-1677?) escribió el coloquio Láurea crítica en el que ridiculiza la poesía gongorina.

Al lado de ellos destaca Juan de Espinosa Medrano “El Lunarejo” (1629?- 1688). De origen indígena, se abrió camino en la sociedad gracias a su talento. Llegó a ser famoso predicador, políglota (quechua, castellano, latín, griego, francés y portugués) y arcediano de la catedral de Cuzco. Autor de teatro con el auto sacramental en quechua El hijo pródigo, y en castellano, Amar su propia muerte, de origen bíblico. También realizó sermones panegíricos y oraciones que se publicaron con el título de La Novena Maravilla (1692). Destaca por ser autor en 1662, del Apologético en favor de don Luis de Góngora, príncipe de los poetas líricos de España, contra Manuel de Faria y Souza, caballero portugués.

Góngora había muerto en 1627 y los comentarios de Faria a Camoens datan de 1639, pero la vigencia del gongorismo explica su pasión. Espinosa analiza los tropos de Góngora para asegurar: “No inventó Góngora las trasposiciones castellanas; inventó el buen parecer y la hermosura dellas”. En doce capítulos desmonta los argumentos del autor portugués dentro de un tono polemista apoyado en su formación clásica y dedicando mucha atención a la metáfora y el hipérbaton. Con ello su obra representa la defensa de la forma y el estilo en el lenguaje, y el primer paso hacia una crítica literaria independiente de la metrópoli.

Notas


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CARMEN RUIZ BARRIONUEVO