MÉXICO; Camino del nacimiento de un estado laico (XII)

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La Cristiada; lucha por la libertad religiosa.

Cómo se llega a la lucha armada

La medida de la violencia del Gobierno de Plutarco Elías Calles estaba colmada ya a comienzos de su mandato presidencial (1924 al 1928). Las continuas vejaciones, la sordera del Gobierno ante los reclamos de los católicos sobre los derechos fundamentales, y el camino legal tenazmente cerrado por el Gobierno, condujeron a la protesta armada. Fue el último recurso.

Aquella protesta brotó espontáneamente con varios movimientos autónomos en los meses de agosto y septiembre de 1926. Eran insurrecciones armadas, inconexas entre sí pero reveladoras de un ánimo general. Comenzaba así la guerra llamada cristera al grito de «¡Viva Cristo Rey!», que duraría hasta 1929 y que luego resurgiría con el nombre de «la Segunda» a finales de 1932 y se prolongaría hasta casi 1940.

Esta «Segunda» se debió al incumplimiento de los «acuerdos» verbales entre el Gobierno mexicano del presidente provisional Emilio Portes Gil, bajo la tutoría de Calles, entonces ya como «jefe máximo de la revolución», y los representantes de los obispos mexicanos, y a los continuos nuevos crímenes, purgas y matanzas de cristeros y la implantación forzada de un sistema que pretendía imitar al socialismo.

Aquella lucha sangrienta se prolongará luego durante varios años, especialmente en los Estados de Jalisco, Colima, Zacatecas, Guanajuato, Michoacán y Puebla, al seguir el Gobierno una política de represión e intolerancia contra los cristeros que habían depuesto las armas.

La guerra cristera comenzó en 1926 con varios motines populares ante la entrega de las iglesias a las juntas de vecinos nombradas por el Gobierno. El 31 de julio en Oaxaca, el 2 de agosto en Acámbaro ( Guanajuato), el 3 de agosto en Cocula (Jalisco) y en el santuario de Guadalupe de Guadalajara, el 4 de agosto en Azuayo (Michoacán). Además, el 14 de agosto el general Eulogio Ortiz detenía a Luis Bátis, cura de Chachihuites (Zacatecas), y a tres de sus jóvenes parroquianos. Serían asesinados al día siguiente, 15 de agosto fiesta de la Asunción de la Virgen a pocos kilómetros de la población.[1]

Un ranchero de la población, Pedro Quintanar, se levantó en armas junto con sus campesinos. Este primer caudillo de la rebelión cristera había forjado su temperamento guerrillero en la defensa contra los salteadores villistas durante los tiempos de las incursiones revolucionarias de 1914. Por aquellos días se unieron a la rebelión grupos de cristeros bajo la dirección de Aurelio Acevedo en varios puntos del Estado de Zacatecas (Peñitas, Peñablanca y Maravillas).

Por aquellas fechas no existía algún plan concreto de levantamiento militar ante la amenaza de los llamados «agraristas», formaciones paramilitares del Gobierno callista, que habían comenzado a requisar las armas a los campesinos, a despojarlos de todo y dejarlos indefensos ante los abusos del Gobierno. Quintanar cosechará su primera victoria sobre los soldados federales en Huejuquilla El Alto, Jalisco, el 29 de agosto de 1926. Siguieron otros levantamientos y victorias de los levantados, como la de la estación del ferrocarril de Salvatierra ( Guanajuato) en el mes de septiembre.

El 29 de septiembre, Luís Navarro Origel, expresidente de Pénjamo ( Guanajuato) se adueñó y exterminó la guarnición federal de la localidad y luego tomó la ciudad de La Piedad (Michoacán). En Durango el dirigente cristero Trinidad Mora derrotaba a un regimiento que desde Durango se dirigía a Santiago Bayacora. La insurrección crecía en aquellos meses en Zacatecas, Durango, Jalisco, Michoacán y Guanajuato y llegaba hasta el aparente neutro Estado de Guerrero, donde la gente en masa se alzó para defender a los canónigos de Chilapa, detenidos por el ejército.

Hubo también levantamientos populares en Quiroga y en Jacona (ambos de Michoacán), en Huajuapan de León (Oaxaca). Escribe Juan González Morfín: “Aunque tal vez lo más importante ocurrido ese mes en materia de insurrección fue que el general Rodolfo Gallegos, quien desde 1918 había mandado la zona militar de Guanajuato, puesto en la disyuntiva de combatir a los levantados o ser retirado del mando, eligió una tercera opción sugerida por un distinguido dirigente de la Liga en el Estado, don Carlos Díez de Sollano, quien lo convenció de encabezar a los insurrectos y, así, el 31 de octubre tomaba la plaza de San José de Iturbide”.[2]

Ya empezado el mes de noviembre de 1926 los levantamientos cristeros continuaron como en un tornado impetuoso a lo largo de los Estados del Bajío, especialmente en Jalisco (Totatiche, Tepatitlán, Zaplotanejo, Tlajomulco, San Juan de los Lagos). Luego el movimiento se extendió por los Estados vecinos (Calvillo en [[ [[ Aguascalientes | Aguascalientes]] | Aguascalientes]]; Santa Catarina de Guanajuato); siguieron las poblaciones de Villa del Refugio (Jalisco), Mezquital (Durango).

Los municipios levantados en armas se contaban por decenas en los Estados de Jalisco, Zacatecas, Durango y Michoacán, donde el ejército federal sufría derrota tras derrota. Por ello el ejército federal, dirigido con frecuencia por militares ávidos de estrellas y de fácil botín, no paraba de diezmar y fusilar por donde pasaba o por represalia o por sospecha. Por ello, muchos habitantes de la comarca se tiraron al monte. Estábamos ya en plena guerra de la Cristiada.

Por qué fue posible la Cristiada

En una tercera carta pastoral colectiva del 12 de septiembre de 1926, los obispos escribían a los católicos: “Si por vergonzosa cobardía desertáis de las filas o cesáis en el combate, humanamente hablando estamos perdidos y México dejará de ser un pueblo católico. Imitad a todos los verdaderos amantes de las libertades patrias que en todas las épocas de la historia han sabido mantenerse firmes en la brecha, hasta vencer o morir; imitad la constancia de los primeros cristianos... que murieron y lograron que su sangre fuese semilla de nuevos cristianos”.

Ante aquel llamado muchos fieles cristianos escogieron el camino del martirio. Y muchos católicos de a pie, del campo y de la ciudad se levantaron en una especie de «cruzada popular» en defensa de sus libertades, especialmente la más querida, la de profesar libremente su fe católica. Y esto a pesar de que en no pocas situaciones muchos párrocos de los pueblos se mostraron contrarios a la lucha armada.[3]

Mientras que el Gobierno seguía tozudamente el método de los pelotones de ejecución, el levantamiento no había dejado de crecer. La «Liga Defensora de la Libertad Religiosa» había garantizado un levantamiento nacional para enero de 1927. Pero la gente, exacerbada, se adelantó varios meses a aquella fecha con levantamientos totalmente espontáneos y autónomos.

Así Jalisco se alzó casi solo; sin dinero ni municiones. Un mes antes habían llegado a Guadalajara los responsables de los distintos pueblos a recibir instrucciones; se les había pedido apoderarse el día fijado del cuartel del destacamento militar; no se les podía ofrecer ni dinero ni parque (municiones). La «Liga» había provocado una situación sumamente peligrosa; según Gómez Robledo, la Liga había exigido sin dar nada, había invitado a la Unión Popular a solidarizarse, pero la había lanzado sola al frente.

En Jalisco, Anacleto González Flores presidía tres organizaciones: la «Unión Popular», el Comité de la «Liga» en Jalisco y la «U», una “sociedad secreta fundada para pervivir cuando la realidad aniquile la cabeza visible”[4]; la Liga y la Unión Popular estaban en tensión constante por los errores y los modos de actuar de los ligueros venidos de la capital, y en la «U» se perfilaba ya unos excesos (como jurar sobre los evangelios desobediencia a la autoridad eclesiástica).[5]Era un nudo de fidelidades muy discutidas y ambiguas que por una parte sostenía la unidad de acción, y por otra llevaba al abandono de la vía pacífica.

La situación se precipitó definitivamente en enero de 1927. De entre lo más valioso de la juventud surgieron los «generales» que hicieron punta en la lucha; además, respecto a las mujeres nunca faltó su sostén moral y las ayudas concretas para los abastecimientos y para el soporte logístico, organizándose en brigadas y desafiando mil peligros. El Gobierno envió entonces al ejército federal para someter a los sublevados y el balance de víctimas fue realmente catastrófico. El ejército federal estaba adiestrado y equipado para hacer frente a una eventual invasión, pero era del todo inadecuado para someter las simultáneas guerrillas que se suscitaron.

Habría que escribir la historia de la epopeya cristera, rancho por rancho, pueblo por pueblo, región por región, Estado por Estado. Porque se trató de un levantamiento de puro pueblo, con sus luces y sus sombras, con su humanidad pecadora y sus heroísmos. Ya se ha dicho; fue quizá una de las pocas epopeyas populares, no fomentadas por las ideologías en busca del poder en la edad contemporánea. Los testigos de estas epopeyas que forman el marco del gran mosaico de la Cristiada nos cuentan docenas de episodios que las ilustran.

En los procesos sobre las Causas de martirio de los que ya han sido beatificados y canonizados, aparecen declaraciones sumamente elocuentes sobre los motivos que im-pulsaban a los habitantes de los pueblos a levantarse contra los opresores de su libertad religiosa. Así se expresaban algunos del pueblo de Sahuayo, en Michoacán, ciudad de recia raigambre cristera:

“Era un ambiente de mucha tensión porque los que estaban con el Gobierno cogían sacerdotes, cerraban templos, quemaban imágenes; muchos se levantaban en armas porque querían defender la fe”.[6]

“El ambiente sociopolítico era de persecución a la Iglesia: metían animales a los templos, expulsaban a los sacerdotes, cerraban los colegios religiosos, perseguían a los parientes de los cristeros. Hubo levantamientos en los alrededores contra el Gobierno.”[7]

“Todo mundo le tenía miedo a los federales porque eran muy ingratos, todos los sacerdotes se escondían y cuando la gente rezaba el rosario los policías los callaban”.[8]

“Los soldados hacían muchas profanaciones, se subían arriba de los templos y gritaban: «¡Que viva el supremo Gobierno!» y los cristeros gritaban: ¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!”.[9]

Aquel odio malvado que generaba acciones de inusitada crueldad y villanías colmaron la paciencia de muchos. Aquella persecución fue la más cruel y sangrienta que ha tenido la Iglesia en América. No fueron perdonados ni jóvenes, ni mujeres, pero de un modo especialmente satánico se atacó a los sacerdotes. Verdaderas escenas de terror se vieron en aquellos aciagos días que por su peculiar tinte anticlerical dieron a la Iglesia en México con el heroísmo en la vivencia de su fe y su martirio, frutos maduros de santidad.

Aquí radica la respuesta a la pregunta hecha del «por qué fue posible la Cristiada», esta «guerra» que sorprende a todos los estudiosos de la misma, y a cuantos se vieron involucrados en ella de una manera o de otra: a la misma Iglesia jerárquica, al Gobierno callista y al mundo exterior. Sorprende a los mismos responsables de los levantados en armas, al ver a todo un pueblo aguerrido lanzarse sin miedo hacia la muerte, como luego se sorprenderían al hecho de verlo auto desarmarse y deponer las armas cuando se les dice que el Gobierno de la nación permite el culto público.

Existe una contradicción espectacular entre el conflicto político entre el Estado y la Iglesia, y el rápido levantamiento popular. El conflicto político sigue su propio recorrido lejos de la rebelión, ignorándola completamente. Este movimiento revolucionario popular, se muestra imprevisto, inédito, impreparado, no dirigido ni por partidos ni por organizaciones confesionales. Nace del alma misma católica del sujeto popular. Ésta es la total novedad. En este sentido algunos estudiosos de la Cristiada lo consideran una de las raras revoluciones de matriz auténticamente popular de los siglos XIX y XX.

La Iglesia decide suspender los cultos, decisión inusual, como lo había hecho siglos antes un arzobispo de México como arma de protesta contra un virrey, decisión de otros tiempos, campanas mudas, sagrarios vacíos, liturgia suspendida, vida sacramental clandestina. Pero ¿por qué el Gobierno responde a la suspensión del culto público con la prohibición del culto privado? La Iglesia suspende; el Gobierno impide; el pueblo se encuentra sin sacramentos, los niños no pueden ser bautizados en las iglesias, la gente no se puede casar en ellas, confesar y recibir la comunión. ¿Por qué se llega a esta rebelión? Hay que olvidarse de los trabajos de investigadores e intelectuales sobre las costumbres de los campesinos entre 1910 y 1930, sobre los sacerdotes propietarios de tierras en este mismo período. Hay que olvidarse de la teoría del complot.[10]Aquí fracasan todas las teorías ideológicas fabricadas en muchos estudios históricos típicos de las ideologías dialécticas del siglo XX-XXI.

¿Cómo se toma la decisión de rebelarse? Se trasmite de boca en boca, como cualquier otro tipo de noticia. Por todas partes reina la misma opinión: los pueblos, reunidos en asamblea se preguntan. ¿Qué vamos a hacer? Y todos responden: «¡Una revolución!» Pero ¿cómo habrían podido hacerla si no sabían nada de armas, ni de organizaciones de movimientos armados?.[11]“Todos tenían miedo; nunca nadie verdaderamente sabía ni había visto igual al asunto que se estaba acordando, trascendental, por cierto, y se sentían inútiles para determinarlo”.

La actitud del Gobierno no ha servido a otra cosa que a precipitar los acontecimientos. Mientras las organizaciones católicas utilizan las últimas posibilidades pacíficas de la petición y del boicot, el Gobierno, a partir del 31 de julio de 1926, pone al ejército en estado de guerra, recluta a los «agraristas», desarma la defensa social, confisca los caballos e instala guarniciones por doquier.

Tras las primeras escaramuzas, los acontecimientos se precipitan vertiginosamente, y el Estado se enloquece ferozmente provocando cada día más a los pueblos; busca el encontronazo con todos y con todos los medios. Ordena inventarios de cada iglesia, detiene y asesina a los sacerdotes, mete en práctica la ley de la sospecha como suficiente para ahorcar o fusilar a la gente (como en los mejores tiempos de la época del Terror, en la Revolución francesa y en los tiempos recientes de nazis y regímenes marxistas), obliga y fuerza la evacuación de tierras y de pueblos, es decir: provoca la ira del pueblo.[12]

Para el pueblo las cosas están claras: la paciencia, la penitencia y las súplicas de meses no han servido para nada, porque “el corazón de Calles estaba endurecido”. No queda otra solución y empieza la Cristiada. La población, con los nervios rotos por la suspensión del culto, se decide por fin a la guerra sin imaginar el aumento de horrores y lo que ello habría realmente significado.

Ante las autoridades racionalistas, incapaces de prever los acontecimientos, se produce una rebelión completamente diversa de los movimientos tradicionales agrarios o políticos hasta entonces conocidos; una insurrección que tiene algunas características políticas y sociales, pero que es esencialmente religiosa: el Estado ha tocado a la religión; el combatir al catolicismo ha perturbado gravemente el equilibrio afectivo, cultural y la vida diaria de la gente.

En los primeros días de 1927, todo el centro-oeste del país obedece la orden de la rebelión general dada, por indicación de la Liga, por los jefes de la Unión Popular. En realidad, no interesa saber quién ha dado la orden.[13]En los Estados de Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Guanajuato… se sublevan en masa en enero. Multitudes inermes de todas las edades se unen: hombres y mujeres, niños y ancianos. En medio a esta euforia general se depone a las autoridades del Estado o de los pueblos: se nombran nuevos gobernadores y alcaldes… por aclamación. Y por aclamación se nombra también un jefe de la guerra que dice más o menos: “Nos espera la cruz, sustos, hambres, desvelos, cansancios, desprecios, traiciones, calumnias, burlas y el martirio que es lo mejor, y por eso no seamos asesinos, ladrones, deshonestos, inhumanos. Respetaremos al humillado, a las mujeres y a los niños, pero castigaremos a hombres y mujeres que se declaren contra Cristo y la Virgen”.[14]

La existencia de irreducibles guerreros, la represión del Gobierno que propagaba la rebelión, la suspensión del culto, todo contribuye a este desarrollo. A mediados de 1927, Luís Gutiérrez dice: “El Gobierno todo nos quita, nuestro maicito, nuestras pasturas, nuestros animalitos, y como si le pareciera poco quiere que vivamos como animales sin religión y sin Dios; pero esto último no lo verán sus ojos, porque cada vez que se ofrezca, hemos de gritar de adeveras [sic] ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva la Unión Popular! ¡Muera el Gobierno!”.[15]

Los combatientes dispersados en la primavera de 1927 se han convertido en verdaderos guerrilleros. Desde agosto de 1926 hasta julio de 1927 la guerra se limita a escapar del enemigo. Cuando los federales llegan a la sierra, escuchan sin interrupción el sonido terrible de los cuernos de los rebeldes; después chocan con un grupo; pierden algunos hombres y doce horas más tarde vuelven a chocar con el mismo grupo que suena el cuerno en vez del clarín. Transcurridos tres años, los federales se ven obligados a encerrarse en sus campamentos. A su alrededor reina el vacío donde están instaladas la administración y la escuela cristera. En 1929 se estaba ya preparando la misma toma de Guadalajara.[16]

Nunca había tenido México un ejército tan fuerte como aquel puesto en pie por el general Amaro, el jefe del Ejército federal, (a pesar de su límites y defectos); nunca había contado con un Gobierno tan fuertemente apoyado por los Estados Unidos con su ayuda económica, militar y política. También nunca un movimiento rebelde había contado con tan pocos medios y había estado animado con tanta perseverancia como el Cristero.

Sin embargo el ejército cristero crece interminablemente, invencible, condenado a prolongarse ante la imposibilidad de vencer una batalla decisiva; la guerra cristera mantiene el control del territorio mientras el Gobierno federal controla las ciudades y los ferrocarriles. Esta situación habría podido durar todavía años, ya que los federales tenían una potencia de fuego cien veces superior a la de los cristeros.[17]


NOTAS

  1. Los cuatro asesinados fueron canonizados por Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000.
  2. GONZÁLEZ MORFÍN, La Guerra Cristera y su licitud moral, 186-187; C. DIÉZ DE SOLLANO, “Apuntes sobre la iniciación de la “Cristeriada” en el norte del estado de Guanajuato, en A. ACEVEDO (Ed.), David VIII, 56-60; también: David II, 2-3; VIII, 214-216.
  3. MEYER, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928., Estado y sociedad con Calles, Tomo II, México D.F. El Colegio de México 1977, 242: habla del caso en concreto de Totatiche (Jalisco). Pero los casos son bastantes más.
  4. La “U”, Unión de Católicos Mexicanos, o Asociación del Espíritu Santo, fue fundada por el entonces obispo auxiliar de Morelia Luís María Martínez en 1920, si bien otros autores sostienen que la fundó Palomar y Vizcarra después de la supresión del Partido Católico Nacional (PCN). Se extendió por el centro y occidente del país, obteniendo su mayor fuerza en Jalisco, donde contó con varios miles de adherentes. Seleccionaba minuciosamente a sus miembros, que debían ser intachables, hacer un juramento incondicional y someterse a una disciplina férrea, si bien no se castigaba a ninguno; ocultaba sus bases, sus jefes y pretendía ocultar su misma existencia. Nacida para combatir a la masonería, chocó también con la Liga, pues la había infiltrado porque consideraba que obstaculizaba sus planes de controlar a las organizaciones católicas; los ligueros, hostilizados por el secreto de la “U”, no podían mantener la unidad de acción, y llegaron a pedir a la Santa Sede la supresión de su rival. La “U” fomentó el nacimiento de un partido político aconfesional y ajeno a las ideologías, llamado Unión de Defensores de la Libertad, de modo que neutralizará a la Liga; pero ésta consiguió que los obispos no lo aprobaran. En este contexto se dio el distanciamiento de René Capistrán Garza, quien acabó sosteniendo posiciones antieclesiásticas muy discutibles. Cf. OLMOS VELÁSQUEZ, La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, 111-112 y 247-248.
  5. La afirmación parece aludir al juramento de obediencia incondicional, que en algunos casos se habría antepuesto a la voluntad de los obispos en la defensa de la fe. A. GÓMEZ ROBLEDO, Anacleto González Flores. El Maestro, 185.
  6. Positio Sánchez del Río, Summ., Test. XI, 27, § 72; también: Test. XIX, 4, 1, § 116.
  7. Positio Sánchez del Río, Summ., Test. 11, 7, § 12; también: Summ., Test. V, 13, § 31; Test. XXII, 47, § 133; Test. XVII, 56, § 163.
  8. Ibidem, Test. XVI, 35, § 98.
  9. Ibidem, Test. XXII, 47, § 134.
  10. MEYER, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928. Estado y sociedad con Calles, Tomo II, México D.F. El Colegio de México 1977, 237-239.
  11. Ibidem, 240-241.
  12. Ibidem, 242.
  13. Ibidem, 243-245.
  14. Ibidem, 246.
  15. Ibidem, 246.
  16. Ibidem, 247-248.
  17. Ibidem, 249-250.

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  • NAVARRETE, Fr. Nicolás P. O.S.A., Semblanza Biográfica del Siervo de Dios R.P. Fr. Elías del Socorro Nieves, O.S.A.,Provincia, de Michoacán-Yuriria, Gto., Méx. 1994.
  • NAVARRETE, Heriberto, S.J., Por Dios y por la patria. Ed. JUS. Figuras y episodios de la historia de México, num. 99, México 1961. La obra recoge las Memorias escritas por su autor en octubre de 1939, uno de los jóvenes colaboradores de Anacleto González Flores.
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  • ONTIVEROS, Bartolomé, Los Cristeros (1930) [de la Liga, escribió contra la Liga: edición limitada y casi totalmente desaparecida]; en Fernando M. GONZÁLEZ, Anacleto González Flores, entre el rechazo de la violencia y la exaltación del martirio..., en Positio Anacleti et socciorum martyrum, Summ., Proc. A, Doc. VIII, p. 532.
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  • PALOMAR Y VIZCARRA, Miguel: fue uno de los protagonistas de los tiempos de la persecución y de la cristiada. Recordamos algunos de sus escritos sobre aquellos asuntos y debates: La Influencia de los Estados Unidos sobre México en Materia Religiosa, Editorial REX-MEX, México 1941; El Pensamiento Cristero, Colima (1942); PALOMAR Y VIZCARRA, Miguel - NÚÑEZ, Jorge, Duplica, en “El Excélsior”, (7 de junio de 1943); PALOMAR Y VIZCARRA, Miguel, La obra de Carreño saca a la superficie los sedimentos del viejo conflicto religioso, en “El Excélsior”, (30 de junio de 1943); PALOMAR Y VIZCARRA, Miguel, Despierta Temores entre Miembros de la Liga una Entrevista de los Prelados con Calles, en “El Excélsior”, (1 de julio de 1943); Más sobre uno de los dos Libros que Murieron en su Cuna, en “El Excélsior”, (28 de junio de 1943); Carlos Pereyra, el Venerable Episcopado Nacional y el Derecho de los Padres de Familia, Editorial REX-MEX, México 1949; La Patria, los Héroes, los Mártires Cristeros y la Juventud, México 1950 [Con-ferencia leída en el templo del Sagrario de Colima, el 13 de noviembre de 1948, en la Jornada de Estudios celebrada por la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, en conmemoración de los jóvenes acejotaemeros caídos durante la “cristiada”]; La Epopeya Cristera, Afirmación de Nuestra Estirpe, México 1951 [Conferencia leída en la Velada organizada por "Integrismo Nacional" para conmemorar el XXVº Aniversario de la iniciación de la Gesta, y celebrada el 18 de diciembre de 1951, en la Cripta de la Inmaculada de la ciudad de México]. El abogado M. Palomar, ex miembro de la Presdiencia de la L.N.D.R. llega a Roma en 1930 con cartas de presentación de algunos Obispos mexicanos y trayendo consigo abundante documentación de la misma Liga conservada hoy en el ASV, A.E.S. indicado; La Situación de los Católicos Mexicanos en Noviembre de 1945. Memorial al Emmo. Sr. Cardenal Villeneuve, México 1952; El caso ejemplar Mexicano, JUS, México 1966; Interpretación del Conflicto Religioso de 1926. Larga entrevista a Alicia Oliveros de Bonfil, INAH, México 1970. En colaboración: PALOMAR Y VIZCARRA, Miguel - NÚÑEZ, Jorge, Uno de los dos Libros-Muertos en su Cuna, en “El Excélsior”, (26 de mayo de 1943); Manual de las Cajas Rurales Raifeissen, citado en BARBOSA GUZMÁN, La Caja Rural Católica.
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FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ


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