MÉXICO; Camino del nacimiento de un estado laico (XIII)

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Década de los 20: el Estado frente al pueblo católico mexicano

Hay en la historia batallas perdidas y guerras ganadas. En la historia de la persecución mexicana por el régimen nacido de las revoluciones de tinte masónico en las primeras décadas del siglo XX, el régimen oficial ganó muchas batallas tras no pocos reveses. El pueblo real católico de México pareció ser aplastado y engañado. Pero no se podía borrar del mapa aquel pueblo. Y tras indecibles sufrimientos, engaños, reveses y batallas perdidas aquel pueblo revivió.

Al final, tras años de indecible paciencia, ganó la guerra. Las visitas de Juan Pablo II a México a partir de 1979 con motivo de la III Conferencia de los obispos del CELAM en Puebla y sobre todo las últimas en 1999, con la entrega del Documento final del Sínodo Especial para América y la proclamación de la Virgen de Guadalupe como Patrona del Continente Americano, y en 2002 con la canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, fueron la rúbrica solemne de aquella dolorosa victoria.

No sólo los mártires fueron una gran victoria de ese pueblo, sino incluso con los años aquel mismo Estado que había hecho todo lo posible para llegar a eliminarlo, que usó de la trampa y el engaño para montar unos «arreglos», que lo desarmase en todos los sentidos, va a perder. Su derrota será pacífica y tras años de paciencia; pero llegará, pues la realidad es testaruda, y la realidad era aquel pueblo real. Es a lo que nos vamos a referir en esta parte esta historia.

Al final de los años veinte, el gobierno federal mexicano había agotado todos sus recursos para aplastar a los católicos, muchos de ellos incluso levantados en armas. Todos o casi todos los obispos mexicanos estaban en el destierro; todas las iglesias del país se encontraban cerradas, incautadas y muchas profanadas; el culto católico había sido desterrado a la clandestinidad de las catacumbas; los sacerdotes eran perseguidos a muerte; la Iglesia había sido despojada de todo; había sido reducida a una peligrosa organización al margen de la ley. Sólo quedaban los fieles y sus sacerdotes, en cuyos corazones ni el gobierno ni su ideología podían penetrar.

El Estado mexicano, “envilecido hasta la médula”, como escribe Vasconcelos,[1]estuvo dirigido, tras Obregón, primero por un hombre de índole mezquina como Calles, y luego por títeres y peleles de él, como Portes Gil y otros sujetos grises como Abelardo Rodríguez, socio de Calles en sus negocios de alcohol y prostitución en la frontera norte, y del todo sumisos a la vieja doctrina del poinssettismo.[2]

Calles y sus sucesores inmediatos se habían embarcado en una insensata y atroz persecución sin tener presente un factor fundamental: la existencia de un pueblo mayoritariamente católico. Éste era el México real; este sujeto popular católico que vivía no solo mayoritariamente en el campo, sino también en las ciudades, sobre todo en las de provincia. Al margen de este pueblo estaban los pequeños grupos de intelectuales imbuidos de ideas radicales, jacobinas y positivistas, y muchos militares salidos no de Academias militares sino de revoluciones y revueltas. Buena parte de ellos se habían afiliado a la masonería con sus ideas de progreso y filantropía, y que acabaron todos llenando sus bolsillos de los frutos de aquellas revueltas.[3]

Se encontraban también sumados al carro del gobierno el enjambre de oportunistas que pretendían medrar a la sombra del Poder. Entre ellos encontramos incluso antiguos seminaristas, salidos malamente o expulsados de los seminarios, o gentes que habían recibido todo en la vida de curas, frailes y monjas, pero cuya memoria era por lo visto corta. Estos dos «Méxicos» se estaban enfrentando.[4]

Ante la opresión, los primeros se movilizaron enseguida con una energía misteriosa y sorprendente que tomó desprevenidos a los segundos. Se movieron con la fuerza de un huracán imparable con modalidades muy diversas: fueron los movimientos católicos pacíficos, las organizaciones y asociaciones, los que luego se organizaron en movimientos espontáneos y populares armados de protesta, la Cristiada; y fueron numerosos los Confesores de la fe y los Mártires.

Los oportunistas y revolucionarios que tenían a su favor toda la fuerza del poder político, económico y militar, se vieron sorprendidos; estuvieron apoyados por varios grupos de los Estados Unidos y por su gobierno que buscaban, cada uno con propias miras, proteger sus intereses en México y querían hacer de él un territorio de recursos propios, sobre todo petrolíferos y mineros. Los políticos mexicanos de aquella generación pensaron también que podían domar al «huracán» cristiano al son de golpes. Estaban horrorizados y rabiosos, y por ello su furia crecía de día en día.

Las víctimas en aquellos años tuvieron que ser contadas por decenas de miles. Parece ser que en los tres años de la primera Cristiada, los cristeros sufrieron unas 30.0000 bajas. Así lo explica un conocido historiador de la persecución:

“Fueron raras las grandes matanzas de cristeros. Se explica por la índole de la guerra que hacía. La mayor matanza fue la de marzo de 1928, cuando los generales de la Federación, Rivas Guillén y Jaime Carrillo, rodearon la partida de Domingo Anaya, cerca de San Francisco del Rincón: 116 perecieron en el combate y 47 fueron fusilados. También los cristeros tuvieron grandes pérdidas cuando fueron sorprendidos a las tres de la mañana en San Pedro Apulco por las tropas federales de Quiñones y Manuel Ávila Camacho. Se habla de 150 muertos. Por lo general, en un encuentro perdían de cinco a cuarenta hombres. Pero muy a menudo salían indemnes gracias a la táctica del «piquihuye» [típico de la estrategia de las guerrillas]. Día tras día, las bajas eran impresionantes: 233 muertos de combatientes en el municipio de Arandas; 158 en el de Atotonilco; cerca de 200 en Juchitlán [municipios de Jalisco]. “Hubo familias católicas diezmadas. Existen listas alfabéticas de los cristeros caídos en la guerra con fechas y lugares. La enumeración llega hasta 4.000 en los Altos de Jalisco y en los confines de Zacatecas y Michoacán”.[5]

Siguiendo la misma fuente citada, solamente la Brigada Quintanar de Zacatecas habría perdido durante la guerra cristera unos dos mil soldados. Y según los archivos que el citado autor cita de aquella Brigada los cristeros asesinados después de los llamados «arreglos» de 1929 fueron 570. Por su parte las bajas de los federales fueron dos o tres veces mayores. “El regimiento San Gaspar, de Manuel Ramírez, perdió 150 soldados y 30 0ficiales, sobre un efectivo permanente de 600 hombres, según lista establecida por Luís Luna.[6]

Los cristeros eran un pueblo en pie, multiclasista, donde se encontraban aunados en la misma «cruzada» campesinos, obreros de pueblos y ciudades, gente de la burguesía, profesionales e intelectuales católicos. No se ven entre los cristeros a los llamados «agraristas», que apoyaban la política del gobierno federal, sobre todo en los proyectos de reforma agraria. Tampoco se ven entre ellos a terratenientes y a la gente más acomodada de los pueblos. No se encuentran entre los cristeros ricos burgueses o industriales. La gente de las ciudades no se apunta generalmente a la lucha de la Cristiada, quitando algunos pocos obreros y estudiantes.

Entonces ¿quiénes formaban las partidas de los cristeros? Eran mexicanos que tenían un fuerte sentido de pertenencia nacional, a su pueblo, a su tierra, a sus libertades católicas. Eran “descamisados, huarachudos, gabanudos, comevacas, muertos de hambre”, como eran llamados despectivamente por los liberales masones que detentaban el poder.[7]

Pero entre los cristeros de los Altos de Jalisco y de los Estados vecinos, se ve a la gente común, hija de aquel pueblo formado lentamente, pero con fuerza identificadora, a partir del siglo XVI: la mezcla, el mestizaje en el sentido más profundo del concepto. Hay un dato común en todo su amor a sus raíces, a su fe católica, a sus sacerdotes, a sus devociones populares, a su Iglesia y a su terruño, a México, y sobre todo a Cristo, que proclaman Señor y Rey, y a la Virgen de Guadalupe, bandera de su identidad mexicana.[8]

Cuando los cristeros se levantaban en los pueblos, hombres ancianos, jóvenes adolescentes y hasta niños; las mujeres, abuelas, esposas y madres, chicas y adolescentes, todos y todas sentían aquel levantamiento como parte de su alma y de su anhelo de libertad y de querer vivir según sus antiguas raíces y tradiciones. Se cuenta que los ancianos en los pueblos y en los ranchos suplicaban a los jefes cristeros de alistarse en sus filas: “Nosotros también vamos a la guerra, los viejos que no servimos para nada; podemos dar nuestra vida a Dios”. Este es el misterio que esconde este peculiar y único movimiento libertador que protagonizó todo un pueblo fuera de los esquemas dialécticos modernos.

Cuando en junio de 1929 el Gobierno se encontraba con el agua al cuello, se ve obligado a buscar un camino que le saque de aquel pantano donde se estaba hundiendo; se agarra al asa de siempre: los Estados Unidos. Tras los llamados «acuerdos» entre el presidente provisional Portes Gil y los obispos Ruiz Flores y Díaz Barreto, habría debido comenzar un periodo de paz. No fue así por entonces.

Se calcula que los cristeros en pie de armas eran unos 50.000. Sólo unos 14.000 depusieron las armas en manos del gobierno solicitando el salvoconducto que se les había prometido. La mayor parte volvió a sus casas sin pedir permiso a nadie. Se volvieron como habían llegado a la Cristiada: espontáneamente, para abrazar de nuevo su antigua vida de pobreza y humillaciones continuas, y en muchos casos sufrir la represión y la muerte. Se abrían las iglesias, tocaban las campanas, los sacerdotes podían ejercer su ministerio en los templos, podían recibir los sacramentos... Lo concedido era realmente poco.

Pero la «Causa» que les había movido a levantarse: la negación de la libertad religiosa, creían que había cesado. Por ello, sin más deponían las armas. Volvían a sus casas. Obedecían a los obispos que les habían dicho que todo estaba «arreglado». Pero entonces fueron vilmente engañados por Portes Gil, siempre sumiso al «jefe máximo» Calles, y el marionetista de todo aquel engaño que era el embajador americano D. Morrow. Acababa así una guerra que desconcertó y sigue desconcertando a cuantos se preocupan de zambullirse en sus páginas buscando entender algo.

La barbarie

Con el régimen de Calles el régimen revolucionario oficial había entrado en un laberinto de problemas y en un pantano donde se hundía cada día más; el problema religioso se enredaba siempre más. El gobierno lo quiso resolver primero con las medidas legislativas violentas. Cuando éstas fracasan, quiere hacerlo con la fuerza militar y con el crimen permitido: con el fusil, el paredón, las fosas comunes, la tierra quemada y los destierros... Enseguida se enfrentan, por una parte, las fuerzas militares reclutadas a la fuerza por el Gobierno federal o por sus milicianos agraristas, y por otra un pueblo y sus hijos levantados en armas, mal armados y sin cuadros militares debidamente organizados. La violencia caracteriza al ejército federal y a los agraristas. Como Atila, por donde pasan «no dejan crecer la hierba».

Creen que así, con el terror, podrán domar aquella protesta generalizada. Se dan cuenta perfectamente que el alma de todo es la fe católica, por lo que se emperraron en arrancar de cuajo todas las manifestaciones de aquella fe, y de todos los que la pudieran alimentar comenzando por obispos y sacerdotes. A los primeros los destierran; a los segundos, cuando los cazan los asesinan. La lógica de aquella obstinación ideológica los llevaba a sumirse cada vez más en la crueldad, el sadismo y el horror como método para disuadir a la gente a practicar su fe católica, esconder a los sacerdotes en sus casas y participar en sus misas clandestinas, o a apoyar a los cristeros.

Las ejecuciones en masa, los ahorcamientos de la pobre gente o de los detenidos, especialmente si eran curas, la exposición de los cadáveres de las víctimas para el escarmiento y el ludibrio público, las quemas de poblados, ranchos y haciendas, la tierra asolada y quemada, el saqueo regular de pueblos y casas, las detenciones, las torturas, el desprecio de los inocentes y de los pobres, las violaciones y estupros de mujeres, la reconcentración obligada de la gente en núcleos controlados de población y un largo etcétera de arbitrariedades forman las pinceladas de aquella época de terror y genocidio religioso.

Los civiles de ranchos y poblaciones en las zonas cristeras son sometidos a continuas vejaciones. Son diezmados y sometidos a represalias sin cuento cuando los solados federales pierden o tienen bajas. Se les secuestra. Se les piden rescates astronómicos, que a veces pagan tras sacrificios incalculables, vendiendo lo poco que tienen, recogiendo el dinero entre parientes, amigos y vecinos, para verse con frecuencia frustrados y burlados con el fusilamiento de la víctima y la incautación del dinero recogido.

Ello ha sucedido especialmente en el caso de sacerdotes, pues los militares a veces pedían ingentes sumas de dinero para su rescate. Una vez recibido todo o parte de lo exigido, los fieles se veían cruelmente mofados con el fusilamiento de las víctimas o la entrega de sus cuerpos martirizados. Quien asistía a una misa clandestina o quien llamaba a un sacerdote para asistir un moribundo o hacía bautizar a sus hijos era reo de muerte. Se aplicaban continuamente las torturas más sádicas y satánicas no sólo para obtener informaciones, sino también para arrancar la apostasía de la fe católica a las víctimas. Parecía como si a los verdugos no les bastase ni siquiera la muerte de las víctimas.

Los Procesos de martirio de los mártires canonizados y beatificados documentan en abundancia estos hechos. Ya lo recuerda Jean Meyer cuando escribe que: “Caminar con la planta de los pies en carne viva, ser desollado, quemado, deshuesado, descuartizado vivo, colgado de los pulgares, estrangulado, electrocutado, quemado por partes con soplete, sometido a la tortura del potro, de los borceguíes, del embudo, de la cuerda, ser arrastrados por caballos... todo esto era lo que esperaba a quienes caían en manos de los federales”.[9]

Los soldados federales se ensañaban de manera especial en la tortura y en el vilipendio a los sacerdotes y a las cosas y lugares sagrados, como se muestra en la historia documentada de los Mártires. Lo recuerda así Jean Meyer: “Las ejecuciones de sacerdotes y sacrilegios estaban rodeados da un horror conscientemente asumido y compartido por los ejecutantes y los espectadores. Con frecuencia, los pelotones de ejecución se negaban a disparar, y era preciso fusilar a un soldado para mover a los otros a que obedecieran, no sin haber pedido el perdón del sacerdote. La temática es breve: las iglesias se profanaban, los oficiales entraban en ellas a caballo, hacían comer hostias a su cabalgadura, transformaban los altares en mesas o en lechos, incendiaban los edificios o los utilizaban como cuarteles y cuadras. Fusilábanse a las imágenes, o bien desnudaban a las vírgenes para bailar con ellas[10] .

Fotografías de la barbarie

En estos capítulos de terror toman parte jefes y soldados federales y agraristas a su servicio.[11]Son conocidas las ilustraciones fotográficas de estos capítulos de atrocidades y burlas sacrílegas a las personas y a los lugares sagrados perpetrados por el Poder callista. Jean Meyer, historiador de origen francés y uno de los más rigurosos historiadores de la Cristiada, ha publicado un volumen-álbum de tales atrocidades.[12]

Quedan tristemente famosas las fotografías del banquete sacrílego celebrado en el templo de San Joaquín, de la Ciudad de México, en honor del general Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina durante el régimen callista y represor implacable de la Iglesia, el 15 de mayo de 1928. En una de las citadas fotografías se ve también a un coronel mientras arenga, –en medio de blasfemias-, a los convidados, casi todos ellos militares.

Otras fotografías del mismo tono sacrílego, esta vez contra la persona humana, se refieren a las atrocidades y vilipendios de la persona como aquella que muestra en Ciudad Guzmán (Jalisco) y frente a la estación de ferrocarril «Guadalajara – Manzanillo», una larga fila de ahorcados en los postes del telégrafo, sacerdotes y cristeros, mostrados como escarmiento a la población, o los cuerpos de Francisco Ruiz y sus compañeros colgados en la calzada Amezcua en Azuayo (Michoacán) en 1927.

Otras fotos atroces nos muestran a un agrarista bajo el mando del general Vargas, en la zona de los Altos de Jalisco, fusil al hombro, botas de montar y sombrero, acompañado de otros militares, que agarra por los cabellos dos cabezas decapitadas de dos jóvenes cristeros.[13]El sistema fue usado normalmente en la represión callista. Otro sistema frecuente en las torturas era la de pisotear a los cuerpos malheridos e inermes de sus víctimas con los caballos, destrozándoles; otras veces los ataban a las colas de los caballos y los arrastraban hasta despedazarles, siempre entre carcajadas, blasfemias y burlas.[14]

Así morirá, por ejemplo, el mártir Miguel Gómez Loza. Otros, fusilados a sangre fría y sin juicio, eran fotografiados para escarmiento de todos, antes incluso de ser ejecutados.[15]Otros eran fusilados sencillamente porque se negaban a gritar “¡Viva Calles!” o cosas semejantes, como Simón Magallanes, fusilado en Chalchihuites (Zacatecas).[16]En Azuayo (Michoacán) fueron fusilados 27 presos cristeros el 21 de marzo de 1927, sin juicio alguno. Los casos y el martirologio son inacabables.[17]

Están luego las dramáticas fotografías del fusilamiento del beato Padre Miguel Pro y de sus compañeros de fusilamiento; su hermano Humberto y su amigo Luís Segura Vilchis,[18]en la Inspección General de Policía de la Ciudad de México el 23 de noviembre de 1927.[19]En Jalisco, en 1927 del anciano sacerdote Francisco Vera fue fusilado al ser capturado celebrando la Misa y todavía revestido con sus ornamentos sacerdotales.[20]Otros muchos sacerdotes eran expuestos al ludibrio y al escarmiento público y el macabro gesto era «inmortalizado» en las fotografías que luego se publicaban, como la del cura Gumersindo Sedano y Palencia de Zapotlán el Grande (Jalisco), llamado el mártir de Ciudad Guzmán, fusilado con otros cinco cristeros el 7 de septiembre de 1927.[21]

Pueblos y ciudades son sometidos a sangre y fuego por los federales, si por desgracia para sus habitantes aquellas localidades habían estado en manos cristeras o se habían mostrado simpatizantes con la Cristiada. Así pasó en Colima, Zapotitlán, Valparaíso, en los pueblos y ciudades de los Altos de Jalisco, en el Sur de Jalisco, y en muchas localidades de los Estados vecinos. Los jefes militares, los llamados generales y coroneles que abundan hasta lo inverosímil como no suele suceder en ningún ejército regular, seguían el ejemplo de los caciques políticos; se aprovechaban de la situación; dominaban sin ser molestados; exigían rescates a la gente de los pueblos; saqueaban y se enriquecían. Nos encontramos ante una historia de un verdadero genocidio «moral».

El régimen oficial derrotado

Lógicamente la gente huía de las tropas federales cuando podía. Campos y poblaciones quedaban yertos y abandonados. Y la inmediata consecuencia con el abandono de los campos era el hambre y la emigración. Lo informaba ya el diario «Excelsior» de la ciudad de México, del 5 de octubre de 1927 y lo repetía el 4 de diciembre del mismo año:

“Se ha notado grave crisis económica en todas las actividades comerciales, lo que se está traduciendo en una espantosa miseria en muchas familias, quienes han tenido que emigrar a distintas partes… y no pocas a Estados Unidos, en busca de quehacer. Esta Región de Los Altos de Jalisco presenta un aspecto completamente desconsolador y triste, puesto que ha sido completamente abandonada por sus moradores. Las casas se ven completamente solas, ya casi en ruinas, y los centros de población, antes tan florecientes y hermosos, tienen un aspecto desolado y catastrófico. Y lo más grave consiste en que sus emigrantes… tampoco hallan en qué trabajar, tal vez por la aguda crisis que padece toda la República en general… A estos males se ha venido a agregar el de la carencia de maíz. No se consigue a ningún precio. Los municipios, sin dinero, dejaron de ocuparse de la conservación y cuidado material de los pueblos y ciudades. Las cuales estaban desiertas, la electricidad escaseaba, la delincuencia quedaba impune”.[22]

Ante tanta violencia sistemática y tanto exterminio, los cristeros no se callan. Actúan también con fuerza, y a veces con violencia cuando hacen brecha en las fuerzas federales y con cuantos se demuestran traidores. Saben muy bien que si caen en manos de los federales serán inmediatamente torturados y fusilados sin más. No existen cárceles ni campos para los cristeros capturados o caídos prisioneros. De hecho, la mitad de las bajas cristeras parece que hayan sido prisioneros cristeros fusilados por los federales. La pena de muerte aplicada sin más era el castigo para cuantos caían en la sospecha de ayudar a los cristeros.

Llegó un momento en el que todo daba a entender que el gobierno estaba agotado; ya no podía más. Toda aquella historia les ponía nerviosos; y ponía sobre todo nerviosos a sus amigos del Norte.Había que llegar a una solución. Aquella solución serán los «arreglos», arreglados precisamente por los Estados Unidos.

La política norteamericana de aquellos años

“México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos” es un dicho que corre en la boca de muchos desde hace años, pero no es cierto en su primera parte. Dios ha estado muy presente en la historia de México y lo continúa estando. En su segunda parte es una verdad no solamente geográfica. Los Estados Unidos han estado muy metidos en la historia mexicana a partir de los años inmediatamente posteriores a su independencia.

Los Estados Unidos ambicionaron primero el territorio mexicano, y luego poder controlarlo políticamente. Sus intervenciones en los asuntos mexicanos, incluso apropiándose indebidamente de más de la mitad de su territorio, fueron continuas a lo largo del siglo XIX. Aquella política continuó descaradamente también en el siglo XX desde la caída propiciada del «Porfiriato», siguiendo con todos los gobiernos que siguieron a la Revolución.[23]

El presidente Coolidge nombró el 26 de agosto de 1924 a James R. Sheffield como embajador en México, que presenta sus credenciales a Obregón el 4 de octubre de aquel año. Shieffield no comparte los postulados de la Revolución mexicana ni con las intenciones del Gobierno mexicano de legislar sobre temas que tocaban algunos intereses americanos de carácter económico y sus propiedades en México. Cree también, con otros muchos compatriotas suyos, que México es un pueblo subdesarrollado democráticamente y que necesite de protección y ayuda.

El nuevo embajador representa además los intereses de muchos norteamericanos en México y los defenderá con toda su fuerza. No se demuestra tampoco un hábil diplomático, por lo que su gestión deberá ser cambiada renunciando a su cargo el 8 de julio de 1927. Fue entonces que Coolidge nombró en octubre como nuevo embajador a Dwight Whitney Morrow.

La figura de Morrow, poderoso embajador norteamericano

¿Quién era Dwight Whitney Morrow?[24]: “un alto empleado, un socio de la casa bancaria de Morgan […], que empezó a jurar que ya nada tenía que ver con Morgan”.[25]Sin embargo, era fundamentalmente un hombre del mundo de la Banca. Los intereses de la Banca lo llevaron a México y los intereses de la Banca serán sus intereses. Su presencia en México estuvo animada por establecer relaciones amistosas entre los dos países; y como puente también del influjo norteamericano sobre el resto de Latinoamérica siguiendo la doctrina Monroe.[26]

Era sin duda un hombre sagaz y atento a la realidad mexicana. Como protestante y masón que era vivía de muchos prejuicios contra los católicos en general y la Iglesia en particular. Por ello trató en todas las maneras de promover unos «arreglos» para que se acabase el conflicto religioso y para que así el Gobierno de México, una vez alcanzada la paz social, pudiese llevar a cabo una política de cooperación con los Estados Unidos. Ciertamente este anglosajón norteamericano no alcanzó a comprender positivamente el papel del catolicismo en la historia mexicana e iberoamericana.

Le interesaba simplemente unos «acuerdos» en los que la Iglesia y los católicos fuesen sometidos al Estado nacido de la Constitución de 1917, con todas las premisas del llamado positivismo jurídico entonces en pleno vigor, sin interesarse si ello representaba para la Iglesia y los católicos la negación de sus derechos fundamentales. Será este embajador todopoderoso que ideará los malos «arreglos», y dictará los movimientos a Calles y Portes Gil, al igual que a los dos obispos mexicanos que se vieron penosamente involucrados en ellos. Quienes escribieron ya desde entonces sobre el asunto, como la historiografía de matriz católica posterior lo ha presentado siempre con tintes oscuros y maquiavélicos.

Los juicios sobre el diplomático han sido generalmente muy duros y a veces, quizá exageradamente hostiles. Aquí presentamos uno que vale por todos. Lo reporta Lauro López Beltrán en su obra y es el juicio de un periodista mexicano de entonces, el Lic. Nemesio García Naranjo, que califica a Morrow como “protector de asesinos” y que “dispensó sus simpatías a la más sanguinaria banda de forajidos que registra la Historia del Mundo”.

“Llegó el Embajador Morrow a México cuando acababa de ser asesinado el candidato presidencial Francisco Serrano y sus trece acompañantes, - escribía en La Opinión de San Antonio de Texas el 7 de diciembre de 1927-. También había sido fusilada en masa la Legislatura de Morelos. Ya se encontraba Mister Morrow al frente de la Embajada cuando fue ejecutado otro candidato presidencial, Arnulfo Gómez. Después ha presenciado esa serie de actos macabros que tienen horrorizada a la civilización. Una agencia cablegráfica seria hace subir la cifra a ciento cuarenta y siete, de los sacerdotes sacrificados. Míster Morrow se desayuna con sangre, almuerza con sangre y come con sangre…”.[27]

Morrow se interesaba ya en 1926 de los asuntos mexicanos a través del llamado Comité Internacional de los Banqueros, donde contaba algunos amigos.[28]Morrow trata los asuntos diplomáticos siempre verbalmente y nunca por escrito.[29]Era una violación clara de la praxis diplomática. Usa el teléfono y los contactos personales con los gobernantes desde el presidente hasta en las diversas secretarias del Gobierno mexicano. Conoce bien a las personas y los asuntos mexicanos. Logra influir así en los diversos niveles del Poder político y económico, sobre todo en lo que se refiere a las explotaciones petrolíferas contando con el apoyo del Tribunal Supremo Mexicano que cuidaba tales intereses.

Sus encuentros frecuentes con Calles son inteligentes y lo llevan a tratar los asuntos más delicados gradualmente, entre ellos el tema del petróleo, el más interesado para su país. El Tribunal Supremo Mexicano emite una decisión totalmente favorable a las compañías petrolíferas cuando declara anticonstitucional los artículos 14 y 15 de la ley petrolífera. La sentencia es elocuente:

“a) Los derechos de las compañías sobre el subsuelo no eran simples expectativas sino derechos adquiridos;
b) la fijación de un límite de cincuenta años a las concesiones confirmatorias tenía un carácter fiscalizador;
c) la negativa de las compañías a pedir la confirmación de sus derechos no había revestido un carácter ilegal y por lo tanto no habían incurrido en sanción alguna;
d) a pesar de lo anterior continuaba siendo necesario que, bajo nuevas condiciones, las compañías obtuvieran de la Secretaría de Industria la confirmación de sus derechos.”.[30]

Calles aprobará aquella «Ley Petrolera» de 1925 propuesta por el mismo presidente Calles,[31] que ahora, el 3 de enero de 1928 tras discusiones y compromisos que revelan la estatura diplomática del norteamericano, es reformada. En Estados Unidos gobiernan los republicanos desde 1920 con Warren Harding,[32]quien muere en 1923 y le sucede su vicepresidente Calvin Coolidge, que logra ser elegido en 1924. Son los años en los que predomina la política imperialista americana en relación a Latinoamérica con numerosas y pesadas intervenciones en los diversos países, y la de «de aislamiento» en relación al resto del mundo.

En relación a México ven con malos ojos las tendencias socialistas del gobierno de Calles y su filo bolchevismo, llegando incluso a prever una intervención armada en México.[33]Por lo tanto, ante el problema de México se encuentran aunados por motivos diversos: el gobierno, los petroleros y los católicos americanos. En la presidencia, Calles y los suyos imaginan por ello que los cristeros están siendo financiados por estos tres poderes.

Masonería, dólar y petróleo

El gobierno de Calles recurre una vez más a la masonería mexicana para que influya en la norteamericana, de la que en parte (el Rito Yorkino) siempre ha dependido, para cortar de cuajo tales influjos. Pero además se unen otros factores. Coolidge va a promover los poderes del dólar. Se trataba proteger con todos los medios las inversiones americanas en el extranjero, aún a costa de intervenir militarmente allí donde se viese en peligro su hegemonía. Estados Unidos pretenden el control del comercio y de la economía latinoamericana con todos los medios de su alcance.

Para ello se proponen no solamente controlar el comercio exterior de estos países, sino la misma producción de las materias primas en ellas, entre ellos el petróleo. Este era el caso de México. Por su parte, el gobierno de México es consciente de que, sin la industria petrolera no puede vivir. Por ello vendrá a todo tipo de pactos. En estos momentos de complejas situaciones internas en México, los petroleros y los banqueros norteamericanos, por su parte, juegan la carta de Calles. Para hacer negocios, necesitan la paz. Y la paz está ahora zarandeada por la Cristiada. Por ello juegan la carta de Calles.

Los intereses contrapuestos de ambas partes se encuentran y llegan así a un necesario acuerdo. La política exterior y económica estadounidense será verdaderamente la vencedora. Coolidge busca la reelección para lo que necesita buenos apoyos de cuantos tienen intereses declarados sobre México. Algunos, entre los que se cuentan los petroleros, todavía creen que la solución sea una intervención armada en México, siguiendo la tradición intervencionista americana en la historia de México, y en los tiempos de la guerra de Cuba contra España; otros, entre los que están algunos políticos, sobre todo demócratas, se oponen a tal solución.[34]

Intentan frenar el intervencionismo militar norteamericano en México buscando apoyarse en los petroleros y en los Caballeros de Colón. Quieren apoyar la política de Coolidge a favor de Calles y la de los industriales mexicanos. Algunos escándalos en el mundo de la política y de las finanzas americanas que apoyaban la solución violenta favorecen al grupo del compromiso.[35]El mundo financiero es contrario a la intervención militar en México, también por motivos económicos. Todos estos factores le obligan a Coolidge a cambiar su política mexicana. La estrategia de los petroleros va entonces también a cambiar.

En este contexto se realiza el viaje del secretario de Hacienda mexicano Alberto J. Pani, a Nueva York donde se encuentra con banqueros, especialmente los de la J. P. Morgan. Nace así la obligada renuncia del embajador norteamericano en México Sheffield en 1927 y el nombramiento de Dwight Morrow como embajador en octubre. Hay que evitar la invasión armada y al mismo tiempo salvar los intereses de los banqueros, a que México pague sus deudas con el exterior y que los inversores puedan estar tranquilos.

A Calles, el cambio de orientación le vino como anillo al dedo en unos momentos en los que se encontraba agobiado y en un callejón sin salida. Por ello finalmente podrá exclamar: “Estoy seguro que el camino está abierto para un más fácil y mejor entendimiento, el cual definitivamente asegurará el satisfactorio apaciguamiento de nuestras dificultades”.[36]

El problema venía de lejos. Desde los tiempos de Obregón. Ya entonces asistimos al protagonismo de siempre de las compañías petrolíferas. Se había llegado entonces a los «Tratados de Bucareli» para soslayar el artículo 27 constitucional sobre el petróleo. Los acuerdos teóricamente no tienen valor oficial porque nunca fueron ratificados por los Congresos de las respectivas naciones. Pero en tales «acuerdos» el gobierno de Obregón fue reconocido oficialmente por los Estados Unidos.

Los acuerdos establecían una serie de puntos para resolver los daños sufridos por los norteamericanos a causa de la Revolución mexicana, los daños sufridos por los norteamericanos y los problemas surgidos con la aplicación de la Constitución mexicana de 1917, que dañaba los intereses norteamericanos en materia petrolera y agraria. En materia petrolífera las disposiciones del artículo 27 de la Constitución del año 1917 no eran retroactivas, por lo que, si un propietario de tierras lograba demostrar que antes de aquel año tenía ya la intención de efectuar prospecciones petrolíferas, no se le podía aplicar la ley.

Y si no lo podían demostrar, el Gobierno les podía dar los títulos de propiedad a tal efecto. En cuanto a las propiedades agrarias podían ser incautadas con una superficie menor a las 1755 hectáreas que debían ser indemnizadas con bonos de la deuda agrícola. Si la superficie era mayor tenía que ser indemnizada en efectivo e inmediatamente.

Y acaudillaba Calles, «jefe máximo de la revolución

Ahora, en los últimos años de la década de los años veinte, a partir de 1928 «reinaba» Calles mediante la instauración de un sistema político llamado precisamente el « maximato». Todo debía funcionar a la perfección según los citados Tratados de Bucareli. Sin embargo todo andaba mal: la guerra cristera, la producción petrolífera, la producción agraria e industrial, la inestabilidad pública… México va muy mal económicamente. No tiene entradas. Los precios suben. El hambre se propaga como la peste. Calles pretende imponer los artículos de la Constitución de 1917, incluido el 27. Estados Unidos se queja por boca del Secretario de Estado Frank B. Kellogg (12 junio de 1925). Incluso llegaba insinuar la posibilidad de revueltas armadas:


“Nuestras relaciones con el gobierno son amistosas; sin embargo, las condiciones no son enteramente satisfactorias y esperamos que el gobierno mexicano regrese las propiedades ilegalmente tomadas y que indemnice a los ciudadanos americanos. El gobierno actual continuará manteniendo relaciones con el gobierno de México sólo en tanto éste proteja las vidas y los derechos de los americanos y cumpla con sus obligaciones y compromisos internacionales. El gobierno mexicano está ahora a prueba ante el mundo. Nosotros estamos muy interesados en la estabilidad y la independencia de México. Hemos sido pacientes y estamos cocientes de que toma tiempo lograr un gobierno estable, pero nosotros no podemos aprobar las violaciones de sus obligaciones y las fallas de protección a los ciudadanos americanos”.[37]

A Calles no le gustaron las declaraciones de Kellogg y el 14 de junio declaraba que era la intención de México cumplir con sus deudas y compromisos, lamentándose de los rumores lanzados por Kellogg de una rebelión armada. Luego trataba dar una respuesta a las acusaciones del Secretario de Estado americano. Pero las declaraciones de Calles no dejaban tranquilos a los petroleros. Además, las Leyes sobre el petróleo eran publicadas por lo que aquellos buscan las debidas protecciones legales y manifiestan su intención de no someterse en caso de sentencia contraria. Contestan que las leyes sean retroactivas y confiscadoras.

Comienza un duro tira y afloja entre el gobierno de México y las compañías petroleras, con desobediencias por parte de éstas, cancelación de permisos y considerables multas por parte del gobierno, intervención del ejército y forcejeos violentos. Calles no desea llegar a la ruptura total, pero el peligro de la intervención armada norteamericana es latente. Incluso Calles ordenó al comandante militar de la zona petrolera, general Lázaro Cárdenas, que procediera a incendiar los campos de las compañías en caso de que las tropas norteamericanas desembarcan. Pero al final, ni Calles canceló los pretendidos derechos de las compañías petroleras, que no habían cumplido con la nueva ley, ni prevaleció la opinión de una invasión militar en Estados Unidos.

El sentido pragmático evitó el conflicto. Fue en estas circunstancias en las que México quiso jugar una carta antinorteamericana en el conflicto que aquel gobierno mantenía con el de Nicaragua. Ganó el pretendiente estadounidense y pierde México, acusado de filo bolchevismo. Pero fue entonces cuando el presidente americano Coolidge, por motivos de apoyo y política interna, cambia dirección, y va a intentar encontrar una solución pro-americana para el caso de México. Es cuando sustituye al embajador antiguo y nombra al financiero Morrow.

La llegada de este embajador-banquero va cambiar todos los hilos de la política mexicana. Reconocimiento total del gobierno revolucionario mexicano, golpe a la Cristiada, pacificación forzada o paz armada en México y los «acuerdos» con representantes de la Iglesia para llegar a tal paz. Todo para defender aquella presencia y aquellos intereses de los que era representante y embajador precisamente Morrow.


NOTAS

  1. J. VASCONCELOS, Breve Historia de México, Ed. Trillas, México 1999 (reimpresión en 2002), 355-380.
  2. La política promovida desde los primeros tiempos del camino independiente de México y promovida por el embajador norteamericano Poinssett, que pretendía “descatolizar” y “deshispanizar” totalmente México y promover la presencia cultural, religiosa y política del mundo protestante anglosajón norteamericano.
  3. VASCONCELOS en su Breve Historia de México, citada, nos ofrece vivas pinceladas de cada uno de ellos.
  4. J. MEYER, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928. Estado y sociedad con Calles, Tomo II, El Colegio de México, México D.F. 1977, 237-239.
  5. L. LÓPEZ BELTRÁN, Persecución religiosa en México, Ed. Tradición, México 1987, 78. El autor, seminarista en ese tiempo, cita como sus fuentes, entre otros al P. Rafael Ramírez S.J. y al P. Nicolás Valdés, de Guadalajara.
  6. Ibidem, 79. También: MEYER, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928. II, 251.
  7. MEYER, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928. II, 251ss.
  8. Ibidem, 253.
  9. MEYER, 252.
  10. Ibidem, 255.
  11. MEYER, La Cristiada 3, 249-251.
  12. MEYER, La cristiada, [La cristiada I, II, III, IV, nueva edición en un sólo volumen] Ed. Clío. Libros y Videos, S.A. de C.V., 1999².
  13. Una reproducción de tales fotografías en: MEYER, La cristiada, o.c., 119-121; LÓPEZ BELTRÁN, o.c., 315-317 y 331. Reproducciones macabras de este estilo fueron un tema que se encuentra en algunos murales de la época: como el de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública; en ese mural se presenta al ejército apuñalando con la bayoneta y al pueblo barriendo y destruyendo a la Iglesia y a sus sacerdotes o la mofa sacrílega de la Iglesia y los sacerdotes en una especie de sainete en los que aparecen varios personajes revestidos con los ornamentos sacerdotales, pistola en mano, con una custodia del Santísimo Sacramento y un estandarte de la Virgen de Guadalupe y tumbados por tierra varios soldados muertos, víctima de los “frailes bandidos”, como alguien escribió sobre el negativo de la fotografía (ivi, 331).
  14. Cfr. Dibujo en LÓPEZ BELTRÁN, 311. Este autor nos da una serie de fotografías y dibujos de la época en los que se muestran el género de torturas a los que los federales sometían a sus víctimas.
  15. MEYER, La Cristiada, 315: fotografía dramática de dos jóvenes de Colima minutos antes de ser fusilados (sin punto), con los cuerpos inermes de otras dos víctimas ya en unas andas a sus pies. Se conservan docenas de fotografías de esta serie de crímenes. Los cadáveres de los asesinados eran expuestos en pueblos y ciudades. Así, como ejemplo, LÓPEZ BELTRAN, 334, nos ofrece la foto del coronel cristero de Colima, Marcos Torres (“Marquitos”) y de su asistente el joven José Placencia, asesinados en el pueblo de Santa Bárbara, el 14 de agosto de 1928: “Sus cadáveres fueron llevados a Colima y arrojados sobre el empedrado de la calle, frente al Palacio del gobierno, mientras una música burlesca subrayaba la felonía de los perseguidores. “Marquitos” acostumbraba a rezar esta plegaria en campaña. “¡Oh, Dios mío, mi eterno Rey! ¡No quiero combatir, ni vivir, ni morir sino por Ti y por tu Iglesia! Y, si a Ti te place, mándame pronto la muerte y asísteme en mi agonía. Soy pecador. Pero espero tanto en Ti. Concédeme que mi canto al ser el primer paso en el Paraíso. Sea un sonoramente bello ¡Viva Cristo Rey!”.
  16. Fotos en MEYER, La Cristiada, 319: de vivo y de muerto.
  17. MEYER, La Cristiada, 313-373 nos ilustra fotográficamente varios casos; LÓPEZ BELTRÁN, en su libro citado nos ofrece una serie de fotografías y de datos sobre 114 sacerdotes y 19 seglares martirizados entre 1926 y 1938. A ellos añade la lista de 24 cristeros muy conocidos asesinados por el gobierno o caídos en la Cristiada. La historia de sangre de la Cristiada ha sido cuidadosamente estudiada por Jean MEYER en su obra La Cristiada, 3 vols. Ed. Siglo XXI, México, 1975.
  18. Luís Segura Vilchis había participado en el atentado frustrado al general Obregón. Había logrado escapar a la captura; él mismo se reconocerá autor del mismo para evitar la injusta condena a otros falsamente inculpados. No servirá para nada. Morirá también él fusilado.
  19. LÓPEZ BELTRÁN, 399, 401,403, 405, 407: parecen las secuencias de un film; MEYER, La Cristiada, 317-318.
  20. MEYER, La Cristiada, 112.
  21. MEYER, La Cristiada, 112, 318; L. LÓPEZ BELTRAN, 386-387.
  22. Citado en LÓPEZ BELTRÁN, 79-80.
  23. VASCONCELOS, Breve Historia de México, en la parte consagrada a la historia contemporánea del país, describe puntualmente esta cadena de intervenciones estadounidenses indebidas y que buscaban continuamente una justificación al menor pretexto para poder controlar totalmente el territorio, la política y los recursos mexicanos.
  24. Morrow Dwight Whitney (1873-1931): nacido en Huntington (West Virginia), abogado, diplomado al Amherst Collage, era compañero de Calvin Coolidge. Se gradúa al “Columbia Law School” en 1899. En 1905 es socio del prestigioso estudio “Reed, Simpson Thacher and Barnum”. En 1914 es socio del Banco J.P. Morgan & Co. Nombrado embajador en México en 1927 lo será hasta 1930. En 1930 es delegado a la “London Naval Conference” y es luego elegido senador por New Jersey. Su esposa Elizabeth Morrow que con la que se había casado en 1903 era una escritora de prosa y de poesía.
  25. VASCONCELOS, Breve Historia de México, 271.
  26. La doctrina “Monroe” aplicada a las nuevas Repúblicas independientes iberoamericanas, “América para los americanos”, pero en el sentido de que entendían tanto “América” como “americanos” solo a los Estados Unidos de Norteamérica.
  27. LÓPEZ BELTRÁN, 173-174.
  28. Entre ellos William Lamont Thomas (1870-1948), nacido en el estrado de Nueva York, egresado de Harvard en 1892, en 1909 fue nombrado vicepresidente de la “First National Bank” y en 1911 entra en el Banco J.P. Morgan. En 1929 fue uno de los dos delegados para el asunto de las Reparaciones Alemanas (de Guerra).
  29. Tal sería la opinión del tratadista de cuestiones diplomáticas Harold Nicolson, citado por Hofman ESCOBAR, La controversia diplomática entre México y los Estados Unidos (1925-1927), UNAM, México D.F. 1978, 109.
  30. ESCOBAR, La controversia diplomática entre México y los Estados Unidos (1925-1927), 103-104.
  31. Ibidem, 107.
  32. Gamaliel Harding Warren (1865-1923) 29° Presidente de los Estados Unidos.
  33. El secretario de Estado americano era Franking Kellogg (1856-1937), abogado del Estado contra algunas compañías petroleras y luego secretario de Estado desde 1925 a 1929 con Coolidge. Es el autor del documento: “Bolshevik Aims and Policies in Mexico and Latin America” presentado al Congreso USA.
  34. Se distinguen los Senadores Edgar Borah William (1865-1940), demócrata, y Robert Marion La Follette: (1855-1925), republicano.
  35. El escándalo del Teapot Dome en el que Albert B. Fall, secretario del interior, unido con el secretario de la marina Denby, si alían con las Compañías de Doheny y Sinclair, para controlar las reservas navales de petróleo de Elk Hill en California y de Teapot Dome en Wyoming. A cambio Fall recibe una notable compensación. El “negocio” es juzgado con fuertes tonos moralísticos, a la “norteamericana”, causando un grave escándalo. Albert Bacon Fall (1861-1944) en 1912 fue elegido senador. Bajo Harding fue secretario del interior. Edwin Denby (1870-1929): desde 1905 a 1911 es representante republicano en el Congreso por Michigan. En 1921 Harding lo nombra secretario de la marina.
  36. ESCOBAR, La controversia diplomática entre México y los Estados Unidos (1925-1927), 50.
  37. Cristina Iliana BEGNE GUERRA, Monrrow y Calles: una nueva relación entre México y los Estados Unidos, UNAM, México D.F. 1992, 53; cit. en Andrea MUTOLO, I patti tra l’Episcopato e il Governo nel conflicto religioso del México (21 giugno 1929), Tesis de doctorado bajo la dirección del Prof. Fidel GONZÁLEZ FERNÁNDEZ MCCJ, Facultad de Historia Eclesiástica. Pontificia Universidad Gregoriana. Roma 2002, 248.

BIBLIOGRAFÍA

ESCOBAR HOFFMAN ILSE MARÍA, La controversia diplomática entre México y los Estados Unidos (1925-1927), UNAM, México D.F. 1978

LÓPEZ BELTRÁN LAURO, Persecución religiosa en México, Ed. Tradición, México 1987

MEYER Jean, Historia de la Revolución Mexicana 1924-1928. Estado y sociedad con Calles, Tomo II, El Colegio de México, México 1977

MEYER JEAN, La Cristiada, [Tomos I, II, III, IV, nueva edición en un sólo volumen] Ed. Clío. Libros y Videos, S.A. de C.V., 1999

MEYER JEAN. La Cristiada, 3 vols. Ed. Siglo XXI, México, 1975.

MUTOLO ANDREA, I patti tra l’Episcopato e il Governo nel conflicto religioso del México (21 giugno 1929), Tesis de doctorado bajo la dirección del Prof. Fidel GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Facultad de Historia Eclesiástica. Pontificia Universidad Gregoriana. Roma 2002

VASCONCELOS JOSÉ, Breve Historia de México, Ed. Trillas, México 1999


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ