MÉXICO; Camino del nacimiento de un estado laico (XV)

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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LA BUSQUEDA DE UNA SALIDA AL CONFLICTO RELIGIOSO

Se estaba acabando el año de 1927 y no se veía salida a la hostilidad beligerante contra la libertad religiosa y los derechos de la Iglesia. Aún más, las violencias del gobierno iban en aumento. En aquel mismo noviembre, el domingo 13, el general Obregón sufría un atentado del que salió ileso, a manos precisamente de un grupo de amigos pertenecientes a la «Liga».

El atentado fue perpetrado por el ingeniero Luís Segura Vilchis[1]y dos miembros e la ACJM: Nahum Ruiz y Juan Antonio Tirado Arias. De ellos escribe, ensalzando su personalidad y su discutida actuación, Barquín y Ruíz: “Dos muchachos que adoraban a Cristo. Que amaban con pasión la libertad de la Iglesia. Dos paladines en el Ejército de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Dos caracteres de acero, dos voluntades de bronce. Dos gallardías al servicio de Cristo. Y acompañaron a Luís hasta el sacrificio”.[2]

Obregón resultó ileso, pero el atentado acabó en tragedia para los autores. A Nahum lo torturaron cruelmente, sacándole incluso los ojos. Al joven moribundo se le dijo que podría disponer de un sacerdote para confesarse. Un policía de nombre Antonio Quintana, se prestó a representar la sacrílega farsa. Se hizo pasar por sacerdote pasando la noche del 14 al 15 de noviembre junto al joven malherido para obtener una falsa y sacrílega confesión. Sacó así de los labios del moribundo, ya ciego, una confesión sobre cuanto sabía sobre sus amigos y apuntando su confesión en una libreta.

Así pudieron detener a Luís Segura Vilchis, el cual, a pesar de que no se le podía demostrar su intervención en los hechos, ante la detención de sus compañeros, se entregó voluntariamente confesando su total y única responsabilidad. Nahum moriría el 20 de noviembre como consecuencia de las torturas. Tirado fue torturado sádicamente, pero resistió a las torturas y no delató a nadie. Agarró allí mismo una neumonía causada de los baños de agua fría y luego arrojado en el cemento de una celda cubierta de agua y sin camastro o silla alguna. No se le permitió a su madre, que esperaba fuera de la Inspección, poder ver a su hijo. Fue fusilado con Luís y los hermanos Pro hacia las 10.30 de la mañana del 23 de noviembre de 1927. Tenía 20 años.[3]


Morrow comienza a desenredar la madeja y a tejer los «acuerdos»

Es entonces cuando llegaba como embajador de Estados Unidos el banquero Dwight Whitney Morrow(1873-1931), socio del Banco J. P. Morgan & Co. Nombrado embajador en México en 1927 lo será hasta 1930. Llega a México con la misión de deshilvanar la enredada madeja de dificultades a favor de los intereses norteamericanos. Enseguida intentará convencer a Calles sobre la necesidad de un cambio de política.

Morrow actuará en varias direcciones. Ante todo en los mismos Estados Unidos sirviéndose de algunas personalidades del mundo católico, entre ellas el Padre Burke. El eclesiástico en enero de 1928 contacta al arzobispo de México, en exilio obligado en los Estados Unidos. No todos los obispos mexicanos estaban de acuerdo en llegar a unos «arreglos» que iban a ser de hecho una claudicación. Así el intrépido arzobispo de Durango, González y Valencia que llega a escribir al obispo Díaz Barreto, obispo de Tabasco y futuro arzobispo de México que: “la Santa Sede desecha de plano los famosos arreglos, que habrían sido nuestra suprema vergüenza”.[4]

Las actuaciones del obispo Díaz Barreto se mueven en un terreno movedizo e inseguro, mostrándose a veces en desacuerdo sobre unas posibles negociaciones con el Gobierno y otras favorables. De hecho, escribe una carta a Calles en tal sentido.[5]Escribe también a los obispos mexicanos diciéndoles que ha tenido la venia del delegado apostólico en los Estados Unidos para actuar de aquella manera. Se proponía, les decía, responder a los cargos que Calles había lanzado contra los obispos y mantener abierta la cuestión religiosa y evitar así que se llegase a soluciones peores que antes. Concluía afirmando la aprobación del delegado apostólico de su actuación.[6]

Morrow encontraba así ya un apoyo para sus planes. Encuentra también media puerta abierta en Calles. Pero éste la cierra cuando aparece en el «New York Herald Tribune» una información sobre el asunto. La noticia asusta al mismo Díaz Barreto que escribe al arzobispo Ruiz y Flores: “[…] creo que vería en el Herald Tribune de hoy la pasmosa noticia de que nuestro P. Burke va a México, como enviando especial del Papa, a tratar con Calles los puntos del arreglo de la cuestión religiosa. Dígame qué hay sobre eso”.[7]

¿Cómo se había filtrado la noticia? ¿Fue algún obispo contrario? ¿Fueron los amigos de la Liga en los Estados Unidos que supieron de la cosa? Además, corre la noticia que el Padre Burke ha sido investido de poderes por el Vaticano para tratar el asunto con el gobierno mexicano; ¿era cierto? Además, se preguntaban: ¿qué tipo de Gobierno era aquel, un gobierno en profunda crisis? y que era un Gobierno dominado por una masonería radical, cuyos métodos no siempre eran leales y sinceros. El obispo de San Luis Potosí escribe:

“He sabido de fuente fidedigna que se ha nombrado ya o se va a nombrar a Mons. Burke, actual Srio. de la National Catholic Welfare Council de los Estados Unidos del Norte, Delegado o Representante del Episcopado, de acuerdo con instrucciones especiales de la Santa Sede, para que venga a tratar con el Presidente de México Calles sobre el arreglo del llamado Conflicto Religioso, que ha producido en nuestro país la situación angustiosa por que atravesamos y que es de todos bien conocida; y como las responsabilidades de este trascendental arreglo nos incumben a todos los que tenemos por obligación que atender al bien de la Iglesia y de las almas, he juzgado de mi deber el exponer a V.S .Ilma. y Rvma. algunos puntos de vista sobre dicha cuestión, para que, si a bien lo tiene, se sirva comunicarlos al Sr. Presidente del Subcomité Episcopal y a las demás personas que deben tomar parte en el arreglo, por si quisieren tenerlos en cuenta, no siendo otra mi intención sino exponer con toda libertad y respecto, como siempre he procurado hacerlo, mi parecer a quienes corresponde, y dejando a los Superiores las resoluciones, que serán según juzgo, siempre acertadas, sobre todo una vez que, con pleno conocimiento de causa sean aprobadas y confirmadas por la Santa Sede, a cuyos supremos mandatos siempre he rendido y rendiré con la gracia de Dios mi completa y humilde sumisión […].

Yo veo peligro en dos cosas: primero, en que hubiera falta de adaptación al medio, de la persona que se dice designada para tratar el asunto; y segundo, en las consecuencias fatales que pudieran resultar de ceder, aunque muy poco, en puntos que parecen capitales. Permítaseme una explicación.

De Mons. Burke, aunque personalmente no lo conozco, tengo muy alta y fundada estimación, porque basta para mí el que ocupe un puesto tan importante como Consejero de la vastísima y benéfica Asociación a que pertenece, basta que haya merecido la confianza de nuestros Prelados Mexicanos expatriados para que le hayan encomendado o le encomienden tan difícil comisión acerca de nuestro Gobierno, y basta, sobre todo, que la Santa Sede le haya designado o le designa para ese objeto, para que yo deba tenerle y le tenga por varón meritísimo y de relevantes cualidades; […] en lo cual ciertamente hay peligro de engañarse, porque siendo Mons. Burke persona tanto honorable y estando acostumbrada a tratar con personas tan leales y dignas de confianza, pudiera dejarse alucinar por nuestros enemigos y fiar de sus promesas y palabras […].

Y se agranda ese peligro, cuando veo y temo que pudiera aceptarse un arreglo provisional para reanudar los cultos, como muchas veces se ha insinuado, con la promesa que hiciera el Gobierno de que más adelante se harían en las leyes las reformas pedidas. Porque si el Sr. Delegado acepta una resolución parcial con la esperanza de que se realice esa promesa, esa promesa seguramente que jamás será cumplida, por la sencilla razón de que no tenemos medios para hacerla cumplir, dejándonos ese arreglo a medias en situación más difícil y angustiosa que ésta en que actualmente nos encontramos, con la boca amordazada y las manos atadas con las condiciones que el Gobierno nos impusiera y los compromisos que acaso contrajéramos […].

La masonería revolucionaria lo invade y lo domina todo. Y no la masonería mansa y complaciente que tienen para su uso los norteamericanos, sino la masonería radical, agresiva y furibunda, que se estila en los países latinos […].

En mi concepto, el Gobierno se encuentra cada día más debilitado: 1) Porque moralmente se encuentra derrotado y desprestigiado ante el mundo […] 2) porque financieramente está en bancarrota, como lo demuestran plenamente los hechos que todos conocemos. 3) Porque la crisis económica en la agricultura, en el comercio y en las industrias, causada por las imprudentes e impolíticas exigencias del Gobierno, por su persecución religiosa es cada día más terrible […] 4) Porque militarmente el Gobierno pierde cada día más hombres, más dinero y más fuerza […]

Tratar ahora con el Gobierno me parece darle representación y fuerza que ya no tiene, y levantarle de su lecho de moribundo”[8].

Y de nuevo nos topamos con Morrow quien facilita un intercambio epistolar entre Burke y Calles. El 29 marzo Burke escribe a Calles:

“Por personas que tengo buenas razones de creer bien informadas, he sabido que usted jamás tuvo la intención de destruir la integridad de la Iglesia, ni de ponerle obstáculos en sus funciones espirituales, pero que el fin de la Constitución y de las leyes mexicanas, así como el deseo de usted de hacerlas efectivas, han sido y son el de impedir que los eclesiásticos en libertad, consagrarse al bien de las almas. Los obispos mexicanos han creído que la Constitución y las leyes, especialmente la que exige la inscripción de los sacerdotes y la que atribuye a los estados el derecho de fijar el número de sacerdotes, aplicadas con un espíritu de antagonismo, amenazarían la identidad de la Iglesia, dándole el Estado el poder de fiscalización de los asuntos espirituales. Estoy convencido de que los obispos mexicanos se hallan animados por un patriotismo sincero y anhelan una paz duradera. Estoy asimismo convencido de que desean reanudar el culto público, si es que esto puede hacerse de acuerdo con su lealtad a la República Mexicana y con sus conciencias.”

Creo que ello podría llevarse a efecto si estuvieran seguros de una tolerancia dentro de la Ley que permitiera a la Iglesia vivir y ejercer libremente sus actividades espirituales. Esto significa que abandonarían al pueblo mexicano, actuando en la legalidad, a través de sus autoridades debidamente constituidas, el arreglo de las demás cuestiones pendientes. Si usted cree poder, de acuerdo con sus deberes constitucionales, hacer una declaración de que no está en el ánimo de la Constitución y de las leyes, ni en el suyo propio, destruir la identidad de la Iglesia, y que, para evitar una aplicación excesiva de las leyes, estaría dispuesto el gobierno a tratar periódicamente con el jefe de la Iglesia de México, debidamente autorizado, tengo la certeza de que ningún obstáculo insuperable subsistiría para impedir que el clero mexicano reanudara inmediatamente sus funciones espirituales. Si cree usted en la conveniencia de tal acuerdo, a mí me satisfaría mucho poder ir a México a tratar con usted, confidencialmente, las medidas prácticas [...]”.

Calles responde: “Informado de los deseos que los obispos mexicanos tienen de reanudar el culto público (lo cual era esencial para el Gobierno, ya que esto pondría fin a la guerra cristera), aprovecho la ocasión para manifestar claramente, como ya lo he hecho en otras ocasiones, que no es el propósito ni de la Constitución, ni de las leyes, ni de mí mismo, destruir la identidad de la Iglesia alguna, ni de mezclarme en modo alguno en sus funciones espirituales... yo y mis colaboradores estamos siempre dispuesto a escuchar a toda persona, dignatario de una Iglesia o simple particular, que se queje de las injusticias cometidas por un exceso en la aplicación de la ley”.

Como se desprende de esta correspondencia, Burke muestra su ingenuidad y su desconocimiento total de la dramática situación por la que la Iglesia pasaba desde hacía años en México, objeto de una pertinaz y feroz persecución implacable y de la negación legal más elemental de los derechos a la libertad religiosa. Por su parte, Calles demuestra una vez más su refinado cinismo.

Sigue un encuentro secreto entre Calles y Burke en San Juan de Ulúa. Antes de separarse Calles habría dicho a Burke: “Espero que su visita marque el comienzo de una era nueva para la vida y el pueblo de México”.[9]Pero en todo este asunto de crucial importancia todos los obispos mexicanos quedaban totalmente marginados. Aún más, Calles les hacía responsables de la situación,como había declarado al «Daily Express» de Londres el 1° enero de 1929: “La resistencia del alto clero para obedecer las leyes y la malévola inyección de descontento que en los grupos de ignorantes hicieron los fanáticos, fueron en concepto del Ejecutivo las causas determinantes de la rebelión en varios Estados de la República, cuyo movimiento ha causado serios perjuicios a la Nación”.

Mons. Díaz Barreto responderá a las acusaciones de Calles en otras declaraciones al «London Daily Express» del 12 de abril de 1928 en las que contesta punto por punto a las acusaciones de Calles y lo acusa de querer “eliminar efectivamente la religión cristiana en México, oculto tras máscara del progreso social”. Las declaraciones del obispo caen como una ducha fría sobre todos los ambientes mostrando las heridas de un régimen perseguidor de las libertades más sacrosantas.

Calles había ido demasiado lejos y tenía que «reparar» sus golpes ante la opinión pública internacional. Así se lo impone Morrow. Escribe Meyer: “El resultado fue el famoso mea culpa de Celaya, el 15 de abril. Ese día, en el curso de una ceremonia oficial, en presencia de los generales Obregón y Calles, el secretario Puig Casauranc, con el pretexto de la Virgen de Guadalupe, madre de la mexicanidad, hizo una franca invitación a los obispos. Morrow pidió inmediatamente al Departamento de Estado que sugiriera al nuncio apostólico (era sólo Delegado Apostólico) en Washington una manifestación de buena voluntad. El nuncio llamó a Mons. Díaz, que aceptó acoger favorablemente «la prueba evidente del deseo manifestado por el general Calles de devolver al pueblo católico mexicano su esperanza y su derecho de practicar libremente su religión.».[10]

Las declaraciones en Celaya causaron desencanto y disgusto entre los católicos. Así se expresaba el arzobispo de Guadalajara Orozco y Jiménez escribiendo a Díaz Barreto:

“Aunque tengo conocimiento de que las declaraciones que hizo últimamente con motivo de la famosa fiesta de Celaya fue a petición de parte, sin embargo, debo manifestarle que produjeron entre los clementes católicos pésima impresión.

Aunque conozco muy bien que hay muchos extremistas que todo lo quisieran a su modo, pero ahora, no es precisa o exclusivamente a ellos a quienes tal impresión causaron, sino muy en general: de un modo especial aquella cláusula en que se habla de que es ésta una prueba de «la buena voluntad etc.» [Refiriéndose a las palabras del Ministro Puig] cosa que lamentan, porque dicen, y la verdad en esto creo que tienen razón, es una arma de que se podrán valer admirablemente los contrarios para decir que no hay persecución, etc.

Si le he de hablar con franqueza, todo lo que sea conceder buena intención a estos Sres., mientras no den prueba de ello y hasta ahora no la han dado, creo que tiene que causar esa misma impresión. Bien comprendo las dificultades con que Ud. tropieza, pero creo interesante que haga ver esas mismas dificultades a quienes corresponda, y el perjuicio y hasta escándalo que con eso puede producirse entre los elementos católicos .”[11]

Leopoldo Ruíz y Flores presidente del Comité Episcopal

El 22 de abril de 1928 moría el arzobispo de México Mora y del Río. Algunos obispos mexicanos, reunidos en San Antonio de Texas elegían al arzobispo de Morelia, Ruiz y Flores, como su sucesor en la presidencia del Comité Episcopal. Ruiz y Flores era uno de los pocos que estaban informados sobre el encuentro entre Burke y Calles.

En una carta del obispo Díaz Barreto al obispo Valverde, tras comentarle tal elección, le comunicaba otra noticia importante que manifestaba la división latente entre los católicos sobre el asunto fundamental que preocupaba a todos: el modo de llegar a la solución de la «cuestión religiosa» y por lo tanto al reconocimiento de los derechos de la Iglesia y de los católicos en materia de libertad religiosa. Díaz Barreto toca un punto significativo: el interés y la intervención de los Estados Unidos en el asunto, en unos momentos previos a las elecciones presidenciales y cuando precisamente estaba en juego la posibilidad de la victoria de un candidato católico, por primera vez, en aquella contienda electoral:

“He de manifestar a V.S. Ilma., que siguen acentuándose los rumores acerca del propósito del Gobierno de los Estados Unidos de procurar la solución del conflicto religioso por medio de su Embajador Mr. Morrow. Que los rumores tengan posible fundamento no es remoto, si se piensa que está a punto de comenzar la campaña electoral para la presidencia de la República en este país; que con toda probabilidad uno de los candidatos será un católico, y que al partido republicano, que es el opositor, convenga presentar como factor para ganar aquí el voto de los católicos, el arreglo del asunto religioso en México. Desgraciadamente, en condiciones tan especiales, los nuestros han aparecido ostensiblemente divididos; los intransigentes atacando por periódicos y por cartas a los moderados; hablando sin prudencia y sin reparo de «impreparación», de «desorganización», aun la propia ciudad de Washington y sabe Dios con qué elementos del Gobierno americano, como acaba de acontecer con alguna persona que llegó hace unos cuantos días de México a dicha ciudad y ahora ha venido aquí, quejándose abiertamente tirios y troyanos”[12].

El 9 de mayo de 1928 Burke le escribe a Calles y le propone una entrevista juntamente con el nuevo presidente del Comité Episcopal, Ruíz y Flores. Calles acepta y los recibe el 17 de mayo en un encuentro secreto. En una maraña de compromisos diplomáticos entre las dos partes se escriben varias cartas, con referencias a hechos, palabras y cartas anteriores, y llegan a un acuerdo de dar publicidad al asunto. Todos parecen tener prisa y todos quieren obtener la aprobación de Roma.

Interviene en el asunto el delegado apostólico en Washington Fumasoni Biondi que corre a Roma para allanar los obstáculos. También Ruíz y Flores va a tratar del asunto a la misma Roma. Así nos informa el obispo de San Luís Potosí, Miguel de la Mora, escribiendo desde París:

“[…] se efectuará una reconciliación entre la Iglesia y el Estado en México, por la intervención papal. Dicho Prelado en ruta para Roma, llegó esta tarde de Clerburgo en el vapor Leviatán, en representación de 19 obispos que fueran expulsados por el Presidente Calles en abril del 27. Viene a Europa con la misión de visitar al Sto. Padre Pío XI y explicarle a S.S. como están las cosas. Dentro de tiempo relativamente corto el Gral. Obregón subirá al poder. Tenemos motivos para creer que el mismo Presidente Calles es partidario de una reconciliación. Sabemos que el nuevo Presidente desea la paz, debido a que necesita del apoyo de la Iglesia Católica, para desarrollar política. El único remedio desde luego es la suspensión de la ley que prohíbe a la Iglesia celebrar servicios públicos, cumplir con sus ritos, bautizar y casar sin permiso del gobierno civil. Pero creemos que sólo el Sto. Padre podrá obtener este resultado. Por eso voy a Roma.

Otro telegrama se recibió de esa ciudad en el cual se dice que la reconciliación se ha hecho ya; que, dentro de pocas semanas y acaso horas, se recibirá la confirmación del Vaticano y que el arreglo se había hecho mediante mutuas concesiones de la Iglesia y del Gobierno. El «Sol» [periódico] anuncia que se ha arreglado el conflicto religioso; y circulan rumores de que Mestre ha llevado las proposiciones del Gobierno y que las lleva e Mons. Ruiz y que esas proposiciones sólo son promesas de Calles sin ninguna garantía mas que su palabra”.[13]

Pero en México no todos están de acuerdo con aquellos pasos. Entre ellos la «Liga» que escribe al mismo Papa y le envía un memorial el 31 de mayo de 1928, firmado por la Liga, los Caballeros de Colón, la A.C.J.M., la CCT, la Asociación de Padres de Familia, las Congregaciones Marianas y los Estudiantes Católicos. Mandan también un telegrama al cardenal secretario de Estado Gasparri que reasume el memorial:

“Sábese fundadamente que perseguidores propagan arreglo con algunos prelados, mediante simple promesa ir derogando paulatinamente ley sectaria, previa reanudación culto público. Damos testimonio que pueblo católico escandalizaráse pacto esas bases; juzgando universalmente perseguidores tratan sorprender benevolencia algunos prelados, fin esclavizar definitivamente Iglesia mexicana, pretexto cese malestar nacional. Quebrantaríase seriamente nacionalidad. Imposible fiar de palabra hombres sin honor. Damos testimonio de que pueblo y sociedad, sinceros católicos, inclusive combatientes, prefieren continúe situación dolorosa y lucha con todas sus consecuencias, teniendo certeza que perseverando lograríase al menos escarmiento Gobierno base firme y todo Gobierno futuro respete conciencia nacional”.[14]

Los obispos mexicanos no se fían

Son días de nerviosos movimientos, sea por parte episcopal, como por parte gubernamental. Así, mientras el arzobispo Ruíz y Flores corre a Roma, Obregón manda un mensaje optimista a Díaz Barreto en los Estados Unidos. Pero la mayor parte de los obispos mexicanos no se fían, pues saben que ni Morrow ni Calles son hombres de palabra.

“Las noticias propagadas por la prensa acerca de próximos arreglos con el Gobierno Mexicano mediante la intervención oficiosa del Embajador Morrow, han despertado en nuestros afligidos temores; porque, ni la conducta de Calles hasta estos últimos días, ni la del citado Embajador dan motivo a esperar de ellos un arreglo que sea realmente satisfactorio para ambas partes, como anuncian los telegramas. Y esta nueva circunstancia nos ha inducido a los Obispos refugiados en esta ciudad, a dirigir la presente carta a V.E. por el digno conducto del Ilmo. Sr. Obispo de Tabasco.

Confirmando lo acordado el día 25 de abril en la junta a que algunos de nosotros asistimos en esta ciudad, y de que ya tiene conocimiento V.E., solo queremos agregar a lo ya dicho cuál es nuestra humilde opinión acerca de los peligros que entraña y de las oportunidades que pudiera ofrecer dicha mediación, por más que estemos seguros de que nada de esto se ocultará al claro talento de V.E.

La política de Mr. Morrow ha consistido en ganarse la confianza de Calles por todos los medios imaginables, para después utilizarla en provecho de los intereses americanos. Sabiendo que al presente la mayor preocupación de Calles son los triunfos de los heroicos libertadores, que han desmentido muchas veces sus bravatas y están agotando todos los recursos de su administración, no puede hacerle mejor servicio que desarmar a aquéllos mediante un arreglo cualquiera con los Obispos; y es de temerse que para conseguir esto pretenda hacer pesar la gran influencia del Gobierno Americano, más bien que arrancarle a Calles las necesarias concesiones en pro de la libertad. Con esto los sacrificios que hoy hicieran, lejos de sernos compensados con algunas ventajas, serían quizás en manos de dicho personaje el precio de nuevas concesiones oficiales a favor de los ya citados intereses. Todo, pues, autoriza a suponer que pondrá empeño en conseguir nuestra rendición sin compromisos de importancia para su gran amigo.

Por otra parte, no hay duda que este Gobierno apoyará a su Embajador para obtener cuanto antes dicho arreglo en atención a dos circunstancias de verdadera actualidad: el creciente clamoreo de Europa y Sudamérica contra la tiranía de Calles, que va siempre acompañado de amargas críticas contra sus protectores en este país, y las próximas elecciones de Presidente. Un arreglo apadrinado por el Gobierno Americano calmaría aquellas manifestaciones y pondría en manos del partido republicano un recurso muy aprovechable en la campaña electoral. Lo que menos preocupa a estos señores es la libertad de los católicos mexicanos.

Sin embargo, para moverlos de alguna manera a nuestro favor, creemos que convendría recordarles discretamente que el Gobierno Americano es responsable de nuestras desgracias, no solo por la ayuda prestada a todos los revolucionarios desde el tiempo de Carranza, sino porque en las conferencias de Bucareli, que precedieron al reconocimiento de Obregón en 1922, abandonó la demanda de Wilson en pro de la libertad religiosa para todos, contentándose (por intrigas metodistas según se dijo) con que le garantizaran la de los americanos protestantes, y dejando así manos libres al Gobierno revolucionario para oprimir a los católicos. De ahí datan nuestras actuales desgracias, pues antes del reconocimiento el mismo Calles, siendo Ministro de Gobernación, refrenó a varios gobernadores exaltados para que no se lanzasen a la persecución; en tanto que, obtenido aquél, comenzaron luego a preparar las hostilidades.

Desde entonces estamos contemplando esta monstruosa desigualdad, a saber, que mientras la minoría protestante es protegida por un trato internacional y favorecida de mil maneras, a los católicos se les persigue ferozmente. Si hoy en virtud de estos arreglos se nos concede nada más que alguna tolerancia, siempre quedaríamos en condiciones de una irritante inferioridad. Es por tanto necesario exigir que, si no se invierten los papeles, como sería de justicia, por lo menos se nos otorguen y garanticen las mismas libertades de que gozan los protestantes en ese país eminentemente católico. Es lo menos que podemos exigir, y de seguro que los americanos, tan amantes de la libertad y de la igualdad, nos darán la razón.

Para hacer efectiva esa libertad, es indispensable la reforma de las leyes tal como la pedimos en el memorial enviado al Congreso de la Unión en septiembre de 1926. Si regresáramos a la Patria sin haber logrado nada de esto, apareceríamos como unos infelices derrotados que se rinden a la clemencia del enemigo y, lo que es mil veces peor, quedaría la Iglesia esclavizada por mucho tiempo y en gran peligro de un verdadero cisma.

En dicho memorial no pedíamos ningún privilegio, sino solo la libertad tal como se entiende en este país. De consiguiente, no estando los americanos ofuscados por los odios sectarios de Calles, pueden reconocer perfectamente la justicia que nos asiste y prestarnos su valioso apoyo. Es ésta la ventaja que nos ofrece su intervención, dolorosa por otros conceptos en este asunto. Mas si, a pesar de todo, Calles permaneciera inflexible, con ello demostraría la intransigencia está de su parte; y en cuanto a nosotros, antes que someternos a su tiranía, sería tal vez preferible esperar la entrada de Obregón; porque no teniendo éste comprometido como Calles su amor propio ante los masones y bolcheviques de todo el mundo, le será más fácil ceder, y a él le obligará también la perspectiva de seis años de gobierno para los cuales son indispensables la paz y la confianza pública.

Una vez más protestamos ante V.E. Rma. nuestra absoluta y filial sumisión a cuanto la Santa Sede se digne resolver o mandar en este importantísimo asunto”.[15]

De nuevo el sagaz Obregón

El diario «Excelsior» escribe el 11 de junio: “Júbilo en Jalisco por la cuestión religiosa (…) comentan jubilosamente el posible arreglo del conflicto y esperan con ansia que se lleve a feliz término, pues se cree que con ello cambiaría radicalmente la situación del país y de los principales estados del centro en especial”.[16]Seis días después «El Informador» da por hecho que se llegará pronto a unos acuerdos. También se da a entender que la Santa Sede ve con optimismo las posibles aperturas. El 1 de julio de 1928 el general Álvaro Obregón es reelegido presidente.

Muchos estaban convencidos que el antiguo revolucionario habría abierto el camino a un posible arreglo de la cuestión religiosa. Muchos, de corta memoria, se habían olvidado que durante la revolución carrancista, Obregón había llenado su ficha de gestos hostiles y violentos contra la Iglesia. Por aquellos entonces Obregón había estado detrás de una cadena ininterrumpida de atropellos. Por donde había pasado con sus tropas había causado estragos, incendios, asesinatos, estupros, violaciones, destrucción y quema de iglesias y conventos.

Alcanzado el poder, el general revolucionario había dado o apoyado leyes, disposiciones de gobernadores y caciques, a cual más tiránica y absurda, como la prohibición de celebrar misas fuera del domingo y bajo determinadas condiciones, la prohibición de misas de difuntos, la prohibición del uso del agua bautismal bendecida y conservada en las pilas y el uso en su lugar del agua normal y corriente, la prohibición del sacramento de la confesión, y ésta sólo a los moribundos, pero en voz alta y ante un empleado del Gobierno. Por aquel entonces habían sido expulsados todos los obispos del país (sólo se había quedado el de Cuernavaca, Fulcheri, por estar protegido por Emiliano Zapata).

La lista de las fechorías de Obregón no se puede silenciar. Cuando Obregón ocupó Durango encarceló a su arzobispo, Don Francisco Mendoza, exigiéndole una compensación de miles de pesos. Cuando el arzobispo no pudo dárselos, Obregón le arrancó su anillo pastoral, que él mismo se puso en su dedo anular derecho, y luego lo había puesto a barrer las calles de la ciudad antes de mandarle al destierro.

En la ciudad de México, Carranza había impuesto un gobierno militar que presidía precisamente Obregón. Ante una ciudad con las arcas vacías y al borde de la miseria, Obregón había impuesto al clero la multa exorbitante e imposible de medio millón de pesos de plata. Al no poder pagar, Obregón citó a todos los sacerdotes de la ciudad de México a las 10 de la mañana del 19 de febrero de 1915 en el Palacio Nacional. Se presentaron 117 sacerdotes mexicanos, 33 españoles, 3 franceses, 2 alemanes, 1 argentino y 1 polaco: 157 en total.

Los detuvieron a todos; los 40 extranjeros fueron expulsados del país. A los mexicanos se les infligió una terrible humillación. Algunos ancianos y enfermos se les humilló con la farsa de diagnóstico médico inventado por a un falso médico que les acusó de sifilíticos y de otras enfermedades venéreas. Obregón publicaría aquella farsa en su libro «Ocho mil Kilómetros de Campaña». Tuvo que intervenir Carranza ante una campaña periodística internacional sobre aquellas arbitrariedades.

La mayoría de los sacerdotes fueron puestos en libertad, muchos mediante «mordidas» de hasta 500 pesos. A 23 sacerdotes Obregón los arrastró consigo en la campaña del norte, hasta Tula, desde donde por presión de Carranza los mandó todavía presos a Veracruz. Fueron liberados por Carranza el 17 de abril de 1915. Había pasado un mes desde que Obregón los había encadenado (el 11 de marzo de 1915).[17]

No se enmendó Obregón una vez en el poder presidencial. Obregón fue elegido presidente el 26 de octubre de 1920 por la Cámara de Diputados, tras el asesinato de Carranza instigado por él y el gobierno provisional de Adolfo de la Huerta (Carranza hubiese acabado su mandato el 30 de noviembre). Obregón hizo su protesta presidencial el 30 de noviembre a las 12 de la noche mismo. Sus cuatro años de presidencia están jalonados de violencias continuas contra la Iglesia y los católicos.

Basta recordar los múltiples atentados sacrílegos de aquellos años como, el dinamitero de algunos socialistas contra la casa del arzobispo de México el 6 de febrero de 1921; el del 4 de junio del mismo año contra la casa del arzobispo de Guadalajara; la carga de dinamita el 14 de noviembre de 1921 contra el Ayate de la Virgen de Guadalupe en el altar mayor de su Basílica en la ciudad de México a manos del empleado de la Secretaría particular de Obregón, Luciano Pérez Carpio, instigado, por las insinuaciones blasfemas de su patrón que habría dicho “que no iba de parar hasta limpiar su caballo con el ayate de Juan Diego.

El autor, detenido por la gente pero protegido policías disfrazados que lo acompañaban, fue puesto en libertad por orden del mismo Obregón.[18]Obregón ordenó la expulsión del delegado apostólico Mons. Ernesto Filippi, tras la consagración del monumento a Cristo Rey el 11 de enero de 1923; la orden de expulsión le llegó al delegado apostólico que aún no había dejado la ciudad de León. Saldría de México el 23 del mismo mes.

Luego siguieron los actos hostiles y las prohibiciones sin cuento contra la celebración del Congreso Eucarístico Nacional del 4 al 12 de octubre de 1924 en la ciudad de México. Todos estos datos muestran a un Obregón cerrilmente anticatólico. ¿Pudo cambiar en la etapa de la presidencia de Calles, su compañero revolucionario, y luego su sucesor; y este cambio por motivos de conveniencia política ante la situación trágica de un país destrozado por la guerra de la Cristiada? En sus últimos días dio señales de un cierto propósito de cambio, quizá empujado por aquella situación dramáticamente sin alguna perspectiva razonable de salida.

Pero Obregón es asesinado

Los hechos referidos demuestran la posición anticatólica del primer «caudillaje» de Obregón. Ahora, Obregón se disponía a inaugurar su segundo «caudillaje». Había sido reelegido “sin adversarios después de la eliminación violenta de sus contrincantes –los generales Serrano y Gómez, fusilados en 1927”.[19]El «reelecto» presidente estaba celebrando el 17 de julio su victoria en el restaurante «La Bombilla».

Según Meyer, habría tenido que entrevistarse con el embajador Morrow a las 5 de la tarde de aquel día, precisamente “para confirmar el arreglo definitivo del conflicto religioso. No llegó nunca. Cayó bajo las balas de José de León Toral. Hasta la fecha no se sabe si Toral fue el único en disparar y quedan muchos puntos oscuros. Los obregonistas vieron en el crimen la mano de Morrow y algunos sospechan de Calles. Este último manifestó su sagacidad política al entregar el poder a un presidente interino, Emilio Portes Gil, al evitar el cuartelazo militar y al fundar el Partido Nacional Revolucionario. No culpó a la Iglesia de la muerte de Obregón y dejó a Portes Gil la tarea de lograr por fin, con los buenos oficios del embajador norteamericano, la paz que había estado a punto de lograrse en 1928: convencido por Obregón y Morrow, Calles se entrevistó secretamente con un emisario del Vaticano [se refiere al ya citado P. Burke] en el fuerte de San Juan de Ulúa; luego el 17 de mayo, en México con el mismo emisario, acompañado por monseñor Ruiz y Flores, para entonces presidente del Comité Episcopal. Ruiz y Flores viajó enseguida a Roma, pero el asesinato de Obregón lo suspendió todo”[20].

Esta versión escueta de los hechos levanta algunas preguntas sobre los mandantes del asesinato de Obregón y la participación del mismo León Toral, en cuanto parece ser que los disparos que produjeron la muerte del general habrían sido varios al mismo tiempo. Ya entonces corrió la versión de la participación del mismo Calles en el atentado, por lo que Toral habría sido prácticamente indirectamente instrumentalizado en él. Otro de los puntos referidos sobre la entrevista secreta de Burke con Calles en el fuerte de San Juan de Ulúa, debe señalarse que Burke no era un emisario del Vaticano, sino uno de los eclesiásticos norteamericanos implicados en las tratativas dirigidas por Morrow.

La muerte de Obregón planteaba otros graves problemas a México, y a Calles le preocupaba salvar su régimen. El mismo Morrow telegrafiaba a la Secretaría de Estado norteamericana comunicando la noticia y cómo aquel hecho retardaría toda posibilidad de llegar a un acuerdo en el problema religioso. Sería así. Deberían esperar otro año. Este es el extracto de su comunicación al Departamento de Estado Americano y de la Delegación Apostólica de Washington para ser remitido al Vaticano en julio de 1928:

  1. Como el P. Burke, siguiendo sus propias impresiones, había asegurado a Mr. Morrow primero y después a Calles, que bastaría el cambio de cartas que entre el mismo P. Burke y Calles se cruzaron, para que las dificultades llegaran a su término, Mr. Morrow se queja de que hubiera faltado la aprobación explícita de la Delegación Apostólica o de la Santa Sede.
  2. Declara que no sabe qué trataron específicamente los diez Obispos que se reunieron en San Antonio durante el mes de abril anterior; pero que sí tiene noticias de que manifestaron su resolución de volver a México, dejando completamente a la Santa Sede el seguir haciendo gestiones sobre el particular, hasta llegar a un arreglo.
  3. Informa que lo más que pudo obtener de Calles en lo que respecta a tratar con los obispos Mexicanos fue que recibiera al Sr. Ruiz, Arzobispo de Michoacán, quien partió para México en unión del P. Burke, habiéndose hospedado ambos en la casa del Capitán Mc Brige, Attaché Militar de los Estados Unidos a la Embajada Americana.
  4. Tras de una larga conferencia entre Mr. Morrow, el P. Burke y Calles en que todavía resistíase a discutir con el Sr. Ruiz, éste fue recibido y expuso los puntos de vista del Episcopado: modificación de leyes respecto a libertades de la Iglesia, de enseñanza, etc.
  5. Calles rehusó hacer más que lo que había hecho con el P. Burke y sugirió que Mons. Ruiz le dirigiera una carta en términos parecidos a la que el P. Burke le escribió en 29 de marzo de 1928. Calles le contestaría en los términos de su respuesta al P. Burke; ambas cartas se publicarían; los Obispos volverían inmediatamente a sus diócesis, llamando a sus sacerdotes, reanudando el culto.
  6. Mr. Morrow telegrafió inmediatamente al Subsecretario de Estado Mr. Olds para que comunicara a la Delegación Apostólica lo tratado, y viera si era posible que el convenio se llevara a cabo en esa forma, toda vez que él, Mr. Morrow, tenía interés en que los cultos se reanudaran en la fiesta de Pentecostés.
  7. Mons. Ruiz, el P. Burke y el Sr. Montavon que había servido de intérprete en la conferencia, resolvieron esperar en México la respuesta de Roma. El día 19 de mayo los llamaron de la Delegación Apostólica y regresaron a los Estados Unidos.
  8. Ni el Subsecretario Olds, ni el Embajador Morrow se explican por qué fue solo a Roma el Sr. Arzobispo Ruiz, y Mr. Morrow vio mal la publicidad que se dio al viaje del mismo Sr. Ruiz.
  9. Tiene la convicción de que los que en México dirigen a los católicos se opondrán «bitterly» a todo arreglo, y dos veces habló en Washington, durante su viaje a los Estados Unidos, con el Delegado Apostólico: la primera vez a principios de junio y luego al final del mes.
  10. Informa que se dieron instrucciones al P. Burke para que mientras el Vaticano no diera una decisión, no se publicara la carta que en prevención de aquellos convenios se aceptaran; la había dejado firmada, antes de partir para Roma.
  11. Estima que tal resolución se debe: a) A las representaciones de México, que no quieren arreglos; b) A las representaciones de otros también de México, que prefieran esperar la llegada de Obregón al poder; c) A la falta de voluntad de las autoridades de Roma para seguir adelante, mientras no haya más garantías que las daría el intercambio de cartas anteriormente citadas.
  12. Informa que regresó a México el día 3 de julio; que ese mismo día habló hora y media con Calles, y después de hacerle un elogio del P. Burke, le dijo que esperaba que se encontrara alguna salida; a lo cual Calles respondió que él ninguna esperaba, por la acción de los católicos, porque «aunque el número de los que se oponen es pequeño, son gentes de gran influencia en el viejo régimen». Mr. Morrow asegura que Calles agregó: «Si estas gentes son las que han de dirigir las actividades de la Iglesia, cuando vuelva a sus funciones, preferiría yo que no volviera.»
  13. Hace saber que el Sr. D. Manuel Amor lo vio para pedirle que recibiera al Sr. Obispo D. Miguel de la Mora, por ser persona competente para hablar en nombre de los católicos. Indica que respondió al Sr. Amor que en su posición de Embajador Americano estimaba impropio hablar con el Sr. de la Mora para discutir el conflicto de la Iglesia; y que unos cuantos días después volvió para entregarle un memorándum del Sr. Obispo de la Mora.
    * Este memorándum es una protesta contra la aceptación de los arreglos discutidos y que se dicen aceptados por el Sr. Arzobispo Ruiz. Los principales puntos que trata son:<bt>* El pueblo católico de México está en rebelión contra el Gobierno, no para alcanzar que vuelvan los Obispos al país o para que se reanuden los cultos en las iglesias, sino para alcanzar las libertades humanas de que están despojados.
    * La fortaleza de estos católicos es admirable. No desean ningún arreglo que no les otorgue las libertades humanas por que pelean, y están preparados para esperarlas indefinidamente.
    * No quieren llegar a arreglo alguno con el actual gobierno porque no tienen confianza en los hombres que están al frente del mismo.
    * Los católicos están defendiendo no sólo sus libertades, sino las de todos los mexicanos, y no pueden suspender las hostilidades sin traicionar a sus asociados.
    * Solamente la enmienda de las leyes restablecerá la paz; toda vez que no cesarán las hostilidades sino cuando las leyes se han enmendado.
    * La presente revolución no es personal, ni una guerra religiosa, porque se emprendió no con el objeto de defender algún credo, ni bajo la dirección del clero. Es una defensa de derechos civiles.
    * Para ponerle término a la controversia, lo que Calles necesita es dar una respuesta favorable a la petición que algunos millones de católicos y un grupo de laicos presentaron en 1926.
  14. Mr. Morrow acompaña copia de este memorándum de un anónimo «Boletín de Guerra» expedido por la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, que contiene una serie de noticias acerca de asaltos, requisición de caballos y comestibles, ataque a los trenes, destrucción de propiedades y otros actos de violencia. Se jacta del número de vidas que han sido sacrificadas durante el mes.
  15. Le desagrada a Mr. Morrow el carácter anónimo de tales boletines, y cree que documentos como el memorándum del Sr. de la Mora y estos boletines explican el poco entusiasmo de Calles para llegar a un arreglo.
  16. Se refiere a una carta suya de 16 de marzo de 1928, la cual resulta enteramente confirmada con las opiniones de un Sr. Lagarde, quien culpa a la Iglesia de incitar, financiar y dirigir al pueblo contra el Gobierno.
  17. El Sr. Lagarde juzga que hay mayores probabilidades de arreglo con Calles que con Obregón; aunque éste, según lo aseguró el Lic. Aarón Sanz a Mr. Morrow no sólo no se oponía a que se llegara a un arreglo, sino que estaba ansioso de buscar un modus vivendi, para reformar él las leyes luego que se restablecería la paz.
  18. Mr Morrow asegura que Calles no busca arreglo alguno; que son él y el P. Burke quienes lo han hecho ceder un poco, pero que por el momento será inútil insistir y habrá que dejar pasar un poco de tiempo para hacerlo.
  19. Juzga que los católicos de México procuran engañar al Papa, presentándole la revolución como muy fuerte. Calles está persuadido por el P. Burke, de que es preferible que trate directamente con Roma.
  20. Con motivo del asesinato del Gral. Obregón, reprueba las declaraciones hechas por Calles en contra del clero católico; pero tampoco le agradan las declaraciones que en Roma han comenzado a hacerse con motivo de tal asesinato.
  21. Declara, finalmente, que para que él siga tratado el caso es indispensable que se conozca lo que las autoridades de la Iglesia están dispuestas a hacer; y añade: «Juzgo que he hecho presión sobre el Presidente Calles hasta un punto que probablemente él juzga está mucho más allá de donde él quisiera. No puedo seguir ejerciendo presión sobre él, hasta que exista una razón para creer que estamos trabajando con el fin práctico que las autoridades de la Iglesia realmente desean».[21].

Sin embargo Díaz Barreto continúa sus tratativas en los Estados Unidos, buscando una solución que debería incluir la reforma de las leyes persecutorias como habían pedido los obispos a la Cámara de Diputados y la promesa de que el Gobierno no pondría en vigor las leyes persecutorias. No todos están de acuerdo con aquellas exigencias lógicas y mínimas. Por ejemplo, la «Liga». Muchos católicos quieren soluciones radicales y no se conforman con concesiones parciales y efímeras: o todo o nada.

Así lo declara Mons. Valverde, obispo de León: “Creo haberle dicho, que al emprender el viaje Mons. Ruiz, me dirigí a nuestros hermanos, como entiendo lo hice con V.S., pues confió en que recibiría mi carta relativa, pidiéndoles que expusieran a Su Santidad la manera en que a su juicio podría con decoro llegarse a un arreglo.

Nuestros hermanos entonces o aun antes de recibir mi carta, enviaron un memorial a la Santa Sede en que le manifiestan que sólo pueden presentarse tres soluciones:

a) La revocación y reforma de las leyes persecutorias por lo menos hasta donde lo pidieron el Episcopado y el pueblo mexicanos en sus memoriales a las Cámaras nacionales legislativas.
b) La revocación y reforma de algunas leyes persecutorias, pero no todas las que mencionó el Episcopado en su memorial a las Cámaras;
c) La promesa del Gobierno de no poner en vigor las leyes de persecución, ya sea dejándolas intactas en la constitución y su reglamento y en el código penal, ya prometiendo reformarlas o revocarlas más.

En rigor hacen ver que sólo la primera solución es aceptable, pero independientemente de este memorial, se mandaron telegramas a la Santa Sede pidiéndole que no hiciera cosa alguna hasta que mandaran a uno de nuestros hermanos para informar a la Sede cuál era la situación, y por su parte la Liga y algunas asociaciones religiosas telegrafiaron también llenas de alarma, cuando apareció alguno de esos mensajes muy propios de la prensa americana, asegurando que ya se había arreglado todo.

Su Santidad telegrafió en respuesta, o mejor dicho, el Cardenal Secretario de Estado, diciendo que tuvieran confianza en el Romano Pontífice y en el Episcopado; pero en rigor, profundamente alarmado por la actitud de los Obispos y quienes se dicen representantes del pueblo católico mexicano, el Papa, que sabe que el Gobierno de Calles no ha querido comenzar por revocar las leyes, se ha limitado a sondear hasta dónde estará dispuesto el Gobierno Americano y con él su Embajador Mr. Morrow para procurar conocer el máximum de concesiones a que llegaría Calles y las garantías que estaría dispuesto a dar a propósito de su cumplimiento.

Esta es verdaderamente la situación; pero como se ha dejado entender al Santo Padre en el memorial de nuestros hermanos, que «si alguna vez hubiera de temerse una división en el clero y en el pueblo, más podría motivarlo un arreglo a medias en que se cediera a las injustas exigencias de los perseguidores, que por la constancia en esperar hasta que sea posible obtener una verdadera y completa libertad de conciencia»; y por otra se declara que el haberse iniciado estas negociaciones que se iniciaron, es el triunfo de la acción armada; es posible que Su Santidad mantenga las cosas «in status quo», mientras realmente no se pueda obtener la completa revocación de las leyes como la base de todo arreglo, o mientras no se serenen los espíritus de los católicos mexicanos.

Para mí el verdadero peligro no está en que se revoquen las leyes antes o después del convenio; sino en los individuos con quienes tiene que contratarse y desgraciadamente y por ahora no veo la posibilidad de un cambio de gobierno en México, puesto que Obregón y Calles, para el caso, resultan prácticamente iguales.

Como varios de nuestros hermanos y con ellos buen número de católicos mantienen la tesis: «todo o nada» quedemos por hoy, todo está lo mismo que antes de las pláticas habidas entre Mr. Morrow y Calles primero, y entre Calles y el P. Burke, designado al efecto por la Delegación Apostólica y acompañado en un segundo viaje a México por Mons. Ruiz.

Nuestro amigo el Sr. González Valencia [arzobispo de Durango en el exilio] -hablando ya de otra cosa- me envió una comunicación oficial, que recibí en Convento, anunciándome que consideraba disuelto el Comité Episcopal, en vista de la muerte del Sr. Mora [arzobispo de México en el exilio] y de que algunos de nuestros hermanos estaban fuera del país, y que en lo futuro sólo tomaría en cuenta y consideraría portavoz suyo y del Arzobispo de Durango. De esta comunicación envió copia a la Secretaría de Estado del Vaticano y al Comité Directivo de la Liga.

Se dirigió en igual sentido al Subcomité, pero éste le manifestó que no podía aceptar su representación, por haber reconocido la elección del Sr. Arzobispo Ruiz como Presidente del Comité y haberse sometido a él el Subcomité...”.[22]

El momento juega a favor de la cautela. Los obregonistas podrían alzarse contra Calles. Calles está acabando su mandato. El futuro presidencial es incierto. ¿Con quién y cómo tratar entonces ahora que ya no está Obregón? A pesar de que en un primer momento (en una llamada telefónica del 23 de julio a todos los comandantes de las zonas militares) Calles había acusado al clero de ser responsable del asesinato de Obregón, luego, empujado u obligado por Morrow, se modera o se come sus afirmaciones. Así se expresa en una entrevista a un periodista norteamericano: “No puedo decir que [Toral] haya sido instrumento de la Iglesia; su carácter emocional ha sido manipulado por su imaginación y algunos correligionarios [católicos]”.

Llega el 1° de septiembre cuando tradicionalmente el presidente de la nación rinde su informe presidencial. Calles se muestra moderado sobre la cuestión religiosa. Dice que ya se ha eclipsado la época de los «caudillos» y que ha llegado el tiempo de “las leyes y de las instituciones”. Propone la construcción de una democracia parlamentaria donde quepan todos los grupos políticos incluso “la reacción, hasta la reacción clerical [...]. He hablado con especial tolerancia y respeto de nuestros contrarios políticos, llegando a proclamar la urgente necesidad de aceptar en las Cámaras... a representantes de todos los matices de la reacción”.[23]

La actitud de la Santa Sede

Roma espera que se aclaren las cosas. Cree que México no tiene un gobierno estable, por lo que espera un gobierno con el que se pueda hablar. Muchos obispos están impacientes y sufren aquel silencio que les deja perplejos, como lo manifiesta Mons. Manríquez: “¡Oh! Si yo conociera el pensamiento del Vicario de Cristo en la tierra, les garantizo que no vacilaría un solo momento en ir a la muerte. Pero, por desgracia, no me es posible ni siquiera pulsar cuál sería el sentido de Roma a este respecto”.[24]

La respuesta de Roma finalmente llegó autorizando los tratos a condición de que se reformasen las leyes constitucionales. El culto solamente se reanudaría si la Iglesia recibía las debidas garantías de libertad. Por su parte, los obispos publican una carta pastoral conjunta el 21 de noviembre de 1928. Es una carta conciliadora en la que leen positivamente el discurso de Calles del 1° de septiembre. Los obispos no quieren ni privilegios ni un gobierno de católicos. Desean una “una separación amistosa de la Iglesia y del Estado”.

El 22 de noviembre el «Excélsior» da la noticia de declaraciones atribuidas a Mons. Ruiz y Flores, antes de salir para Roma. Se dice que el Vaticano es favorable a negociar sin exigir antes la reforma de las leyes. Incluso se habla de algún obispo favorable a las negociaciones. Está, como siempre, de por medio Morrow. Así se llegará pronto a sentarse para lograr unos costosos, tortuosos, difíciles y ambiguos «arreglos», que de «arreglos», como se verá, no tendrán nada. Será con el tiempo cómo la realidad de un pueblo al final tendrá razón, e impondrá sus criterios pragmáticos de libertad religiosa. La situación perdurará hasta las reformas jurídicas de1992.

NOTAS

  1. Luis Segura Vilchis, jefe del Control Militar de la Liga, aparece en los escritos de cuantos lo conocieron como un joven de fuerte carácter, decidido y convencido católico. Llama la atención la serenidad y frialdad que demuestra a lo largo de las circunstancias del atentado. La fotografía que lo muestra, camino del paredón de su ejecución en la Inspección General de Policía a dos pasos del agente de la policía Nicolás Vera, para entregarlo al Mayor Manuel Torres encargado del pelotón de su fusilamiento, llama la atención por su paso firme y sereno, mientras pasa ante el ya cadáver del Padre Agustín Pro, que acababa de ser fusilado y que nada tenía que ver en aquel atentado. En la misma circunstancia sería también fusilado un hermano del P. Pro, Humberto, también ajeno e inocente de aquel atentado.
  2. Cfr. En LÓPEZ BELTRAN, 400-410; donde cita a BARQUÍN y RUIZ.
  3. Los datos de la detención, torturas y fusilamientos pueden verse en LÓPEZ BELTRAN, o.c., 400-410; donde cita a testigos y fuentes, sobre todo el testimonio del Cónsul General de los Estados Unidos en México, Alexander W. Weddel, en una relación del 29 de noviembre de 1927, sólo seis días después del fusilamiento, al subsecretario de Estado norteamericano, Olds. Se cita el texto de la relación citada, que aparece publicada en Joaquín CÁRDENAS N., Vasconcelos citado por la Casa Blanca. Según los Archivos de Wahington, D.C.. Segunda Edición Revisada y Aumentada. Editorial Libros de México, S.A. Av. Coyoacán 1035, México 1980.
  4. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, Cor. Obispos G-L 1927-1930, N°53 Legajo de Arzobispo de Durango Monseñor José M. González y Valencia, Doc. sin número, 6 enero de 1928.
  5. ACAM, Fondo Correspondencia Pascual Díaz, Caja 4 L 13 C, sección Gobierno, serie Conflicto Iglesia - Estado, sub-serie: Documentos del Sub-Comité Episcopal, Periodo 1927, Expediente n. 2, caja 2, doc. B 27, 8 enero de 1928.
  6. ACAM, Fondo Cor. Pascual Diaz, Caja 4 L 13 C, sección Gobierno, serie Conflicto Iglesia - Estado, sub-serie: Documentos del Sub-Comité Episcopal, Periodo 1927, Expediente n. 2, caja 2, doc. B 27, 9 enero de 1928.
  7. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, Correspondencia Obispos C-G 1927-29, N° 52 Legajo de Obispo de Tabasco Monseñor Pascual Díaz, Doc. sin número New York 9 febrero de 1928.
  8. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, Correspondencia Obispos C-G 1927-29, N° 10 Legajo de Obispo de San Luis Potosí Monseñor Miguel de la Mora, doc. sin número, 27 febrero 1928.
  9. MEYER, La Cristiada,319-320.
  10. Ibidem, 321.
  11. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, caja Correspondencia Obispos M-R 1928, N°4 Legajo de arzobispo de Guadalajara Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, México 25 mayo 1928.
  12. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, caja Correspondencia Obispos M-R 1928, N° 9 Legajo de Obispos de León Monseñor Emeterio Valverde Téllez, doc. Sin número, New York 25 mayo 1928.
  13. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, Correspondencia Obispos C-G 1927-29, N° 10 Legajo de Obispo de San Luis Potosí Monseñor Miguel de la Mora, doc. sin número, Paris 1 junio 1928
  14. MEYER, La Cristiada 2, 327.
  15. ACAM, Fondo Cor. Pascual Díaz, caja cor. A-P 1926-29 GAV. 13, (coma)1, 1927-32 Arreglos de P. Burke, doc. sin número, San Antonio 31-5-28.
  16. MEYER, La Cristiada 2, 328.
  17. Tomamos todos estos datos de: LÓPEZ BELTRÁN, 37-39.
  18. LÓPEZ BELTRÁN, 40-41. El Autor cita a Jesús GARCÍA GUTIÉRREZ, La Masonería en la Historia y en las Leyes de México, Ed. JUS, México 1962².
  19. MEYER, La Cristiada, Ed. CLIO Ed. en un solo tomo, 1999², 70.
  20. Ibidem, 70-72.
  21. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, caja correspondencia A-B 1928-29, Dwight Morrow, doc. sin número, julio 1928.
  22. ACAM, Fondo Conflicto Religioso, cor. Obispos V, N° 9 Legajo de Obispo de León Monseñor Emeterio Valverde Téllez, New York 9 julio 1928.
  23. MEYER, La Cristiada 2, 330.
  24. Ibidem, 332.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

ACAM (Archivo de la Curia del Arzobispado de México)

CÁRDENAS Joaquín, Vasconcelos citado por la Casa Blanca. Según los Archivos de Wahington, D.C.. Ed. l Libros de México, 2 ed. México, 1980

GARCÍA GUTIÉRREZ Jesús, La Masonería en la Historia y en las Leyes de México, Ed. JUS, México, 1962

LÓPEZ BELTRÁN Lauro. La Persecución religiosa en México. Ed. Tradición, México, 1987

MEYER Jean. La Cristiada. Ed. Siglo XXI ( 3 vol.) México, 1973.

MEYER Jean. La Cristiada. Ed. CLIO (4 vol.) México, 1997


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ