Diferencia entre revisiones de «MÉXICO; Su Iglesia en los inicios del Siglo XX»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Además a estos institutos típicamente mexicanos como fundación, hay que añadir a los institutos que, presentes ya en México desde antiguo, se han relanzado con nueva vitalidad y bríos ya en los comienzos del siglo como los jesuitas, los franciscanos, dominicos, agustinos y otros que fueron llegando a tierras mexicanas como los salesianos. Estos institutos no solamente comienzan su presencia en México, sino que aportan a la Iglesia universal una notable contribución en el campo de la actividad misionera.  
 
Además a estos institutos típicamente mexicanos como fundación, hay que añadir a los institutos que, presentes ya en México desde antiguo, se han relanzado con nueva vitalidad y bríos ya en los comienzos del siglo como los jesuitas, los franciscanos, dominicos, agustinos y otros que fueron llegando a tierras mexicanas como los salesianos. Estos institutos no solamente comienzan su presencia en México, sino que aportan a la Iglesia universal una notable contribución en el campo de la actividad misionera.  
  
La Iglesia mexicana se abre a la misión «ad gentes». Es el caso del instituto exclusivamente misionero «Misioneros de Guadalupe», fundados por el obispo Alonso M. Escalante (1949); otros institutos exclusivamente misioneros, como el de los Misioneros Combonianos, llegan a México y aportan una notable apertura de la Iglesia mexicana hacia la misión fuera del mismo mundo continental americano<ref>Según datos de 1994 los misioneros combonianos mexicanos que trabajaban en el mundo de la misión ad gentes eran 145. Otras realidades como los “misioneros de la Palabra”, los “hermanitos de Jesús” y otras realidades semejantes alcanzan ya varios millares (se trata de asociaciones mixtas de sacerdotes y seglares, hombres y mujeres consagrados y consagradas) para el servicio de la difusión misionera del Evangelio.</ref>. A estas realidades hay que añadir una larga cadena de movimientos eclesiales, asociaciones y otras realidades eclesiales que han nacido en el «humus» fecundo de las tierras bañadas por la sangre de los mártires.<ref>El directorio Eclesiástico de toda la República Mexicana, (Ed. J. Durán Piñero), C.E.M., México, 1991, nos daba entonces la existencia en México al menos de 66 Institutos Religiosos; un número que nos parece se queda todavía corto. Según dicho Directorio, había entonces en México 3.225 sacerdotes religiosos (ibidem, 965-974).<ref/>
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La Iglesia mexicana se abre a la misión «ad gentes». Es el caso del instituto exclusivamente misionero «Misioneros de Guadalupe», fundados por el obispo Alonso M. Escalante (1949); otros institutos exclusivamente misioneros, como el de los Misioneros Combonianos, llegan a México y aportan una notable apertura de la Iglesia mexicana hacia la misión fuera del mismo mundo continental americano<ref>Según datos de 1994 los misioneros combonianos mexicanos que trabajaban en el mundo de la misión ad gentes eran 145. Otras realidades como los “misioneros de la Palabra”, los “hermanitos de Jesús” y otras realidades semejantes alcanzan ya varios millares (se trata de asociaciones mixtas de sacerdotes y seglares, hombres y mujeres consagrados y consagradas) para el servicio de la difusión misionera del Evangelio.</ref>. A estas realidades hay que añadir una larga cadena de movimientos eclesiales, asociaciones y otras realidades eclesiales que han nacido en el «humus» fecundo de las tierras bañadas por la sangre de los mártires.<ref>El directorio Eclesiástico de toda la República Mexicana, (Ed. J. Durán Piñero), C.E.M., México, 1991, nos daba entonces la existencia en México al menos de 66 Institutos Religiosos; un número que nos parece se queda todavía corto. Según dicho Directorio, había entonces en México 3.225 sacerdotes religiosos (ibidem, 965-974).</ref>
  
  

Revisión del 20:17 12 oct 2019

Una geografía eclesiástica muy variada

En las primeras décadas del siglo XX, las diócesis mexicanas tienen extensiones geográficas muy diversas, y estaban conformadas por historias también diversas desde su nacimiento como Iglesia. Tuvieron mucha importancia en su formación varios factores como el tipo de evangelización que tuvieron, o las órdenes religiosas que habían evangelizado sus territorios con sus métodos y características propias: franciscanos, dominicos, agustinos y en un segundo momento los jesuitas.

También influyeron en su formación el tipo de población indígena presene, las culturas dominantes y los asentamientos de españoles y criollos, y el mestizaje cultural y humano. La Iglesia se encontraba fuertemente radicada en el centro del país, donde la evangelización había echado buenas raíces. En torno a los grandes centros misioneros habían surgido grandes construcciones de conventos monumentales.

En las ciudades y villas de traza española se habían levantado catedrales e iglesias y otras obras de educación, promoción y caridad cristiana que constituían el corazón de cada ciudad o de cada villa: iglesias, escuelas, colegios (algunos con rango universitario), seminarios, hospitales y hospicios, formaban el entramado de aquella vida comunitaria civil y religiosa. El clero, tanto el religioso como el secular o diocesano era abundante y suficiente.

No todo México era parejo en esta situación eclesiástica. Había zonas, como las de Yucatán (tal vez a excepción de Mérida), Campeche, Tehuantepec, Chihuahua, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Baja California, y otras zonas periféricas y de más tardía evangelización en las que la vida eclesial no era tan profunda. Esto se hará notar durante el periodo de la persecución cuando los católicos deberán salir a la luz y dar la cara.

Por ello la Iglesia en México es variada y llena de contrastes: con diócesis ricas en vida social católica y clero abundante, y diócesis escasas en recursos y pobres en empresas evangelizadoras, con una fe menos arraigada en sus gentes. La extensión geográfica de las diócesis es generalmente grande, con una población a veces desparramada por su geografía accidentada, con distancias notables y mal comunicadas. Los caminos expuestos a los bandidos y al cansancio de jornadas inacabables de viajes azarosos.

La asistencia pastoral a los fieles en los puntos remotos de esta geografía era por ello ardua y a veces escasa. Buena parte del clero se concentraba en las grandes diócesis «históricas», especialmente en sus ciudades, mientras que la periferia se hallaba cuidada por un número exiguo de sacerdotes. En la Baja California de la época, por ejemplo, los sacerdotes no pasaban los dedos de una mano.

La población

En 1900 México inauguraba el siglo con 13.607 millones de habitantes (el 87.8% en el medio rural, y el 12.2% en el urbano). Para 1910 la población había crecido a 15.160 millones: (86.6% rural y 13.4% urbana). Según estos ritmos, la población aumentaba en proporciones invertidas: crecimiento en las ciudades y decrecimiento en el campo. Para 1921 la población total era de 14.334.780 habitantes; subirá a 16.552.722 en 1930 y alcanzará los 19.653.552 en 1940.[1]

Esta población se confesaba prácticamente en su totalidad católica: 13.519,655 sobre una población de 13.607.257 en 1900 (99.36%); y 15.033.076 en 1910 (99.16%). Según los censos, los protestantes eran el 0.39% en 1900 y el 0.45% en 1910. El clero estaba constituido en 1900 por 4.143 sacerdotes y en 1910 por 4.687 sacerdotes; los templos eran 12.225 en 1900 y 12.413 en 1910.[2]

Durante los primeros años del siglo XX, las grandes ciudades como México, Guadalajara, Puebla, crecen con frecuencia de manera caótica y desordenada; nacen proletariados harapientos de trabajadores mal pagados que se sumaban al gran proletariado de los campesinos, que formarán con el tiempo la base de reclutas de todos los alzamientos armados de las primeras décadas del siglo XX.

En estas grandes ciudades se desarrollan también centros de vida cultural, social, política y económica notables. Lo mismo sucede en el campo de la vida católica activa. Luego estaba la extensa población de los indígenas, abandonados a su suerte y fuertemente discriminados en todos los ámbitos de la vida, incluso el eclesial.

Situaciones enrevesadas, decadencia en la vida religiosa y reflorecimiento extraordinario

En este México variado y complejo de finales del siglo XIX y principios del XX, surge un fuerte movimiento de renovación carismática protagonizado por numerosas fundaciones religiosas nativas que se sumarán a la llegada desde Europa de otras congregaciones religiosas, de antigua o nueva presencia.[3]

Sucede en México lo ya dado en Europa durante y tras la Revolución francesa con la fundación de numerosas congregaciones religiosas, sobre todo femeninas. Esto prueba la vitalidad de la Iglesia en este periodo que, en cuanto a la vida consagrada, se podría comparar con el siglo XIII y el siglo XVI-XVII. El fenómeno demuestra la respuesta católica a los desafíos de la secularización y del laicismo. La vida consagrada contaba “en 1856 con 9 congregaciones masculinas establecidas en territorio mexicano; en 1899 con 16, y en 1916 ya son 22. Los institutos femeninos son 13 en 1904, y en 1914 son 23, con un número global de 1.480 religiosas en 1912”.[4]

Estas congregaciones son también una respuesta a las numerosas lacras sociales de la nueva situación social en México. En este sentido, las nuevas fundaciones siguen tres direcciones: la caridad que se hace obra (hospitales, orfanatos, cuidado de ancianos, clases desheredadas…); la educación, sobre todo de la niñez y juventud (escuelas, asociaciones…); y la catequesis y misiones entre los más abandonados de la tierra fuera y dentro de México (como los grupos de indígenas). Muchas de estas fundaciones maduran sus orígenes precisamente en los tiempos más aciagos y dolorosos de la persecución. Algunas de estas fundaciones crecen enseguida y van más allá de las fronteras de México; otras permanecen limitadas a sus diócesis de origen o se desarrollan poco. La fuerza de estas fundaciones proviene del pueblo de Dios: de cristianos y cristianas «de a pie»; mientras que con frecuencia el vértice asiste, bendice y, a veces, también frena este florecimiento.

Y este renacimiento se da tras un período de clara decadencia. Muchas relaciones de los delegados apostólicos en México ponen de manifiesto tal decadencia. Cuanto escribía el obispo de Sinaloa, José Homobono Anaya, al visitador apostólico Averardi el 22 de marzo de 1899 describiendo la situación penosa de su diócesis, podría extenderse a otras muchas. El obispo describe la situación de ruinas morales de su diócesis: “un cadáver que, como a otro Lázaro, es preciso que levante del sepulcro la omnipotente voz de nuestro Señor Jesucristo. No hay Seminario… No ha habido gobierno de orden ninguno, sed sempiternus horror”.[5]

Este estado deplorable de cosas se explica, sobre todo, por la inobservancia de la vida común tras las convulsiones de las guerras interminables que se suceden después de la independencia. Muchos religiosos abandonan sus conventos y se dedican al vagabundeo. Otros, a su vuelta a los conventos, pretenden seguir viviendo como en el «mundo», conservando su independencia y estilo de vida secular; además, la selección, la formación y los estudios eran insuficientes.

Los desórdenes en la vida regular abundan entre los viejos religiosos y las críticas de muchos liberales y de sus gobiernos, así como las medidas contra los organismos y órdenes religiosas tienen un fundamento objetivo, independientemente del anticlericalismo que les podía dominar. La supresión de conventos, órdenes religiosas, aceptación de novicios y novicias… hay también que verlo a la luz de aquella situación.

Las reformas en tiempos de Gómez Farías (1833), la ley Lerdo de Tejada (1856) y la Constitución de 1857 habían legislado en este sentido, preparando así las disposiciones más radicales de 1917 y de las leyes del tiempo de Calles. Sin embargo, la batalla de los gobiernos liberales y masones va dirigida explícitamente contra la forma más característica de vida eclesial: la vida religiosa. Y en este contexto, paradójicamente, se sitúa el nuevo florecimiento de la vida religiosa en México.

Las leyes masónico-liberales persecutorias no pueden golpear a las nuevas congregaciones porque éstas podían declarar que no eran «corporaciones u órdenes religiosas», sino asociaciones de personas, y el derecho de asociarse era uno de los «dogmas» liberales. El Estado masónico-liberal va a ser derrotado precisamente por las personas más inocuas y desarmadas: las mujeres y los hombres del pueblo.

Los religiosos y religiosas se ven obligados a abandonar sus casas. Muchos intentan sobrevivir de varias maneras. Así, algunos se reúnen en casas provisionales o arrendadas; otros compran bajo falso nombre o con diversas estratagemas sus antiguas casas; otros emigran al extranjero y los más se dispersan por un sitio o por otro; otras veces se dedican a la asistencia caritativa de enfermos y pobres.

La Santa Sede intenta dar directivas; los superiores buscan los medios para mantener vivos los contactos con tantos religiosos y religiosas reducidos o reducidas a la miseria. Estas situaciones ayudarán al despertar de muchos religiosos y religiosas de las antiguas órdenes y nacer otras realidades totalmente nuevas. “La brutal expulsión de las Hermanas de la Caridad, trampolineada en las cámaras masónicas que tuvieron miedo de sus cucuruchos, dejó a México sin la benéfica ayuda para instruir al niño pobre, o para hacer menos amarga al enfermo la dolencia. Pero Dios proveyó por medio de sus santos. Las necesidades de la regeneración pedían una nueva forma de misionar”.[6]

En un mundo político hostil surge una pléyade de nuevas fundaciones de vida consagrada

Desde las Leyes de Reforma el México político oficial profesa un liberalismo declaradamente hostil contra la Iglesia católica. A pesar de aquel ambiente decididamente adverso, surgen en México numerosos Institutos de vida consagrada. Nacen en un ritmo creciente nuevas fundaciones, como la del padre José María Villaseca, los Misioneros de San José y las Josefinas, fundadas con M. Cesarea Ruiz de Esparza y Dávalos (1872), destinadas a servir a los hospitales y a dar instrucción a los pobres.

El padre José Yermo y Parres, canonizado por Juan Pablo II, funda la Congregación de Siervas del Sagrado Corazón y de los Pobres; María Luisa de la Peña Navarro, Madre Luisita, de Atotonilco el Alto (Jalisco), al quedar viuda, funda la Congregación de las Carmelitas del Sagrado Corazón, respondiendo a las necesidades de los pobres, tanto en el campo de la salud como en el de la educación.

Al amparo de Santa María de Guadalupe nacen numerosas congregaciones religiosas como las del futuro «crucificado» Abad de Guadalupe Don Antonio Plancarte y Labastida,[7]que funda las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, consagradas a la enseñanza de la juventud con métodos pedagógicos, entonces considerados revolucionarios. Otra legión de sacerdotes, de mujeres católicas y de seglares está en los orígenes de muchas congregaciones religiosas mexicanas modernas.

Entre estas familias religiosas está la «Familia de la Cruz», debida al carisma del sacerdote francés ubicado en México, Félix de Jesús Rougier, precisamente cuando comienza a arreciar la persecución; su compañera de carisma fundacional es María Concepción Cabrera de Armida, seglar, esposa, madre y viuda antes de ser fundadora, beatificada el 5 de mayo de 2019. Esta familia religiosa, donde luego intervienen otras santas mujeres como la madre Ana María Gómez, y con la ayuda de otros sacerdotes del mismo tronco «de la Cruz», funda varias congregaciones religiosas: misioneras, contemplativas, y activas dedicadas a los más diversos campos de la caridad y de la educación.

La lista de fundadores a finales del siglo XIX y ya en pleno siglo XX es larga: obispos como Ramón Ibarra y González, arzobispo de Puebla, el obispo José María Cázares y Martínez de Zamora, san Rafael Guízar y Valencia de Veracruz, Luís María Martínez, arzobispo de México; hay sacerdotes, religiosos y seglares, sobre todo mujeres, algunas de ellas viudas. Así como bajo el signo de Santa María de Guadalupe, del Misterio de la Cruz, de San José… nacen numerosas familias religiosas. Otro de los misterios de la vida cristiana que inspira nuevas fundaciones ha sido el del Corazón de Jesús y el de Cristo Rey, que caracteriza a muchas fundaciones. Hay que recordar las congregaciones fundadas por san José María Robles; la fundada en Guadalajara por santa María de Jesús Sacramentado Venegas, las misioneras de Sagrado Corazón de Xalapa de la madre V. Rodríguez; el Instituto del Corazón de Jesús de Guadalajara, los Misioneros de la Adoración perpetua de Cd. Obregón; los Misioneros Guadalupanos de Cristo Rey; los Misioneros del Sagrado Corazón y santa María de Guadalupe; los Operarios del Reino de Cristo; los Sacerdotes del Sagrado Corazón (Cuernavaca).

Muchas nuevas congregaciones religiosas se consagraron al servicio de las clases sociales más marginadas: enfermos, pobres, niños y niñas, ancianos, etc... Un ejemplo, entre otros, es el de la congregación de Siervas de Santa Margarita María y de los pobres, fundada por la madre María Guadalupe García Zavala en Guadalajara, beatificada en el 2004 y canonizada el 12 de mayo de 2013; durante la persecución religiosa madre Lupita, arriesgando su vida y la de sus compañeras, escondió en el hospital al arzobispo Orozco y Jiménez y a algunos sacerdotes perseguidos; en aquellos aciagos momentos de persecución religiosa y de guerra civil las hermanas asistían a todos sin distinción de credos políticos, curando incluso a los soldados y milicianos federales heridos; esto fue el motivo por el que no fueron molestadas y defendieron a las hermanas y a los enfermos.

La historia de las fundaciones religiosas mexicanas de este tiempo cuenta en su haber: las Terciarias Franciscanas de la Purísima Concepción, fundadas por Fray Refugio Morales, O.F.M. y sor María de Jesús crucificado Vázquez en la ciudad de México; las Hijas Mínimas de María Inmaculada, fundadas en León por el padre Pablo Anda; las Esclavas del Divino Pastor, fundadas en Oaxaca por el padre Antonio Repiso, S.J.; las Carmelitas Terciarias de México, fundadas en la ciudad de México por doña Teresa Bucito; las Siervas de Jesús Sacramentado, fundadas en Zapotlán el Grande, Jal., por el cura de esa ciudad don Silviano Carrillo; las Mercedarias del Santísimo Sacramento, fundadas en la ciudad de México por doña María del Refugio Aguilar.[8]

A estos aspectos hay que añadir aquellos institutos nuevos que han querido subrayar la realeza de Cristo y su presencia en el mundo social; en los años difíciles que acompañan la vida de la Iglesia en México a partir de la persecución y en los delicados largos años de un discutido «modus vivendi» de la Iglesia en México, nacen los Legionarios de Cristo. Otros institutos que quieren manifestar el sentido de la realeza de Cristo son, entre otros, el fundado por la Madre María Inés Teresa Arias con las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, los Cruzados de Cristo Rey y los Siervos de Jesús; las Misioneras Franciscanas de N. S. de la Paz (ensenada, Baja California); los Hermanos de Jesús (Guanajuato), los Misioneros de la Sagrada Familia (Uruapan, Mich.); la Congregación de Santa Cruz (Ahuacatlán, S.P.L.), los Hermanitos del Evangelio; la Congregación de los Hijos de Dios Caridad; los Hermanitos y Hermanitas de Jesús; los Misioneros de la Palabra, etc.

Además a estos institutos típicamente mexicanos como fundación, hay que añadir a los institutos que, presentes ya en México desde antiguo, se han relanzado con nueva vitalidad y bríos ya en los comienzos del siglo como los jesuitas, los franciscanos, dominicos, agustinos y otros que fueron llegando a tierras mexicanas como los salesianos. Estos institutos no solamente comienzan su presencia en México, sino que aportan a la Iglesia universal una notable contribución en el campo de la actividad misionera.

La Iglesia mexicana se abre a la misión «ad gentes». Es el caso del instituto exclusivamente misionero «Misioneros de Guadalupe», fundados por el obispo Alonso M. Escalante (1949); otros institutos exclusivamente misioneros, como el de los Misioneros Combonianos, llegan a México y aportan una notable apertura de la Iglesia mexicana hacia la misión fuera del mismo mundo continental americano[9]. A estas realidades hay que añadir una larga cadena de movimientos eclesiales, asociaciones y otras realidades eclesiales que han nacido en el «humus» fecundo de las tierras bañadas por la sangre de los mártires.[10]


NOTAS

  1. Fuente: 50 años de Revolución en cifras. Presidencia de la República, México, 1963.
  2. Fuentes: CARDOSO, México en el siglo XIX, El Colegio de México, México1982, 7, 13, 127, 469; también: Ibidem, Estadísticas económicas del Porfiriato. Fuerza de trabajo y actividad económica por sectores; BRAVO, Historia de México, III/2, México 1959, 427; 435.
  3. F. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, El carisma de la vida consagrada en la historia reciente de México, en “Ecclesia” (Universidad del Mayab, México), VIII, 4 (1994), 479-532; IX, 1 (1995), 69-110; El 1er Concilio plenario latino americano (1899) en la perspectiva del próximo Sínodo de las Américas, en “Ecclesia”, XI, 4 (1997), 615-666. También: A. ALCALÁ, Las fundaciones en México de los institutos religiosos femeninos de 1861 a 1940, en “Signo”, 235 (1976) 65-69.
  4. ROMERO DE SOLÍS, en Q. ALDEA – E. CÁRDENAS, Manual de Historia de la Iglesia. La Iglesia del siglo XX en España, Portugal y América Latina, Ed. Herder, Barcelona 1987, X, 896.
  5. Citado por ROMERO DE SOLÍS, en Q. ALDEA – E. CÁRDENAS, Ibidem, 896. J. L. MECHAN, Church and State in Latin America, North Carolina Press, 1966, nos ofrece datos en tal sentido de la Iglesia en América Latina en general.
  6. A. M. GARIBAY, Presencia de la Iglesia en México, Fundice, Colección V Centenario, México 1992 (reedición de 1953), 73.
  7. GARIBAY, Ibidem, 73. Cf. CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM, Mexicana, Beatificationis SD Iosephi Antonii Plancarte Y Labastida, Sacerdotis Diocesani, XIV Abbatis Collegiatae B.Mariae Virginis a Guadalupe, Fundatoris Instituti Sororum Mariae Immaculatae de Guadalupe (1840-1898) Positio Adiuncta Cum Quaestionibus selectis, Romae 2017; FRANCISCO PLANCARTE Y NAVARRETE, arzobispo de Linares, Antonio Plancarte y Labastida 1840-1898, 2 t., México 1914 (reeditada por la Editorial Vaticana en 2012)..
  8. GUTIÉRREZ CASILLAS, Historia de la Iglesia en México, Editorial Porrúa S.A., México 1974, 343.
  9. Según datos de 1994 los misioneros combonianos mexicanos que trabajaban en el mundo de la misión ad gentes eran 145. Otras realidades como los “misioneros de la Palabra”, los “hermanitos de Jesús” y otras realidades semejantes alcanzan ya varios millares (se trata de asociaciones mixtas de sacerdotes y seglares, hombres y mujeres consagrados y consagradas) para el servicio de la difusión misionera del Evangelio.
  10. El directorio Eclesiástico de toda la República Mexicana, (Ed. J. Durán Piñero), C.E.M., México, 1991, nos daba entonces la existencia en México al menos de 66 Institutos Religiosos; un número que nos parece se queda todavía corto. Según dicho Directorio, había entonces en México 3.225 sacerdotes religiosos (ibidem, 965-974).

BIBLIOGRAFÍA

CARDOSO, C. México en el siglo XIX, El Colegio de México, México1982

CÁRDENAS, E. Manual de Historia de la Iglesia. La Iglesia del siglo XX en España, Portugal y América Latina, Ed. Herder, Barcelona 1987

C.E.M. El directorio Eclesiástico de toda la República Mexicana, Ed. J. Durán Piñero, México, 1991

GARIBAY, A. M. Presencia de la Iglesia en México, Fundice, Colección V Centenario, México 1992

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, F. El carisma de la vida consagrada en la historia reciente de México, en “Ecclesia” (Universidad del Mayab, México), VIII, 4 (1994)

GUTIÉRREZ CASILLAS, J. Historia de la Iglesia en México, Ed. Porrúa, México 1974

PLANCARTE Y NAVARRETE, F. arzobispo de Linares, Antonio Plancarte y Labastida 1840-1898, 2 t., México 1914

PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA. 50 años de Revolución en cifras., México, 1963

FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ