MAPAS DEL NUEVO MUNDO

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Los primeros pasos hacia una nueva configuración geográfica de la Tierra en sus mapas

1. La aventura de las navegaciones

Las tímidas navegaciones europeas del siglo XIV constituyeron el alba de una intensa curiosidad geográfica. Dada la falta de certezas de los conocimientos científicos y la falta de naves adecuadas, atravesar los grandes mares, sobre todo los océanos, resultaba extremadamente peligroso y prácticamente imposible con la técnica rudimentaria de aquellos navíos. Las variaciones producidas por la redondez de la Tierra no se conocían todavía, por lo que era imposible trazar la ruta de antemano. La Tierra seguía siendo un «misterio» desconocido que producía estupor y fomentaba la imaginación, los miedos y las ilusiones esperanzadoras. La búsqueda de otras tierras y el deseo de alargar las fronteras del mundo conocido se convierten, en la aurora de la edad moderna, una pasión del hombre humanista y renacentista. Le faltaban solamente los instrumentos técnicos adecuados para realizar su sueño.

Los primeros intentos para adentrarse en el Océano occidental de Europa fueron ocasionales. Nacieron como consecuencia del final de la «reconquista» ibérica y del propósito de empujar hacia África a los sarracenos, sus invasores seculares. Pero las costas africanas abrieron a portugueses y españoles otros horizontes. La búsqueda de productos de primera necesidad en una sociedad que estaba experimentando una gradual y progresiva transformación, empujó a los europeos hacia la búsqueda de nuevas rutas y metas comerciales. Los venecianos estaban explorando la vía de la Europa oriental hacia Asia, y los genoveses buscaban también nuevos espacios comerciales.

Pero serían los portugueses los primeros en lanzarse océano adentro tras las rutas de un lejano Oriente circunnavegando el continente africano, entonces desconocido en su total geografía y consistencia. El intento de Cristóbal Colón será precisamente el de acortar aquel largo camino navegando desde oriente hacia occidente, intuyendo así el hecho de la esfericidad de la Tierra. En la segunda mitad del siglo XV, el Infante Don Enrique de Portugal con la finalidad de “defender la fe cristiana, luchar contra el Islam, y dar prestigio y poder a Portugal” se establece en el palacio observatorio de Sagres, que se convertirá en un centro de encuentro de cartógrafos y cosmógrafos de toda Europa, donde se estudiaban los métodos de construcción naval, la geografía marítima y los problemas que planteaba las navegación en aquellos mares profundos. Iniciaba así una nueva época, y en 1485 Bartolomé Díaz doblaba el Cabo de Buena Esperanza, la punta más meridional del Continente Africano y encuentro violento de las corrientes de los tres inmensos océanos que posteriormente se conocerán como el Atlántico, el Índico y el Pacífico.

Los primeros descubrimientos geográficos abrieron un proceso irreversible de búsqueda más allá de las fronteras conocidas. El resultado de los descubrimientos fue el alargamiento del mundo conocido en ambos sentidos, y un cambio de óptica del hombre en relación a la Tierra. Para el conocimiento europeo el planeta se configuró así en “Viejo” y “Nuevo Mundo”. Y aunque todavía no se podían prever ni las proporciones ni los éxitos del encuentro entre las gentes del uno y del otro, comenzó a formarse una nueva conciencia, la de la modernidad y de la “mundialidad”.

Entre los motivos que empujaron al hombre cristiano occidental más allá de sus fronteras hay que señalar los siguientes: la curiosidad, las necesidades comerciales de las naciones europeas que se estaban formando en aquella época, y sin duda, la voluntad explícita de dilatar las fronteras de la fe cristiana. En esta atmosfera hay que encuadrar a Portugal, que toma sobre todo la ruta asiática siguiendo las costas africanas, y a España, sobre todo a partir de 1492, año precisamente en el que se concluye totalmente la «reconquista» de la península ibérica del poder musulmán