Diferencia entre revisiones de «MASONERÍA EN MÉXICO; LAS LOGIAS EN EL SIGLO XIX»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Sus rivales, las logias del Rito yorkino, fueron fundadas doce años después, en 1825, por el embajador plenipotenciario de los Estados Unidos en México, Joel Robert Poinsett, como él mismo lo afirma en carta del 14 de octubre de 1825 dirigida al Secretario de Estado norteamericano Rufus King.<ref>Rogelio Orozco Farías, Fuentes Históricas. México 1821-1867. Documento 2. Ed. Progreso, México, 1965, p. 48</ref>Cuando Poinsett fue expulsado de México en 1830, ya existían en el país 120 logias del rito Yorkino, rito que entonces cambió su nombre al de «Rito Nacional Mexicano». En estas logias militaron personajes como José María Alpuche, fray Servando Teresa de Mier, el canónigo Miguel Ramos Arizpe, Lorenzo de Zavala y, quien fuera el brazo derecho de Poinsett en México, Valentín Gómez Farías.
 
Sus rivales, las logias del Rito yorkino, fueron fundadas doce años después, en 1825, por el embajador plenipotenciario de los Estados Unidos en México, Joel Robert Poinsett, como él mismo lo afirma en carta del 14 de octubre de 1825 dirigida al Secretario de Estado norteamericano Rufus King.<ref>Rogelio Orozco Farías, Fuentes Históricas. México 1821-1867. Documento 2. Ed. Progreso, México, 1965, p. 48</ref>Cuando Poinsett fue expulsado de México en 1830, ya existían en el país 120 logias del rito Yorkino, rito que entonces cambió su nombre al de «Rito Nacional Mexicano». En estas logias militaron personajes como José María Alpuche, fray Servando Teresa de Mier, el canónigo Miguel Ramos Arizpe, Lorenzo de Zavala y, quien fuera el brazo derecho de Poinsett en México, Valentín Gómez Farías.
  
Lorenzo de Zavala llegó a escribir al respecto: “La formación de las logias yorkinas fue en verdad un suceso muy importante. El Partido Popular se encontró organizado y se sobrepuso en poco tiempo al Partido Escocés.”<ref>Lorenzo de Zavala. Ensayo Histórico de las Revoluciones en México. Vol. I, p. 258</ref>
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Lorenzo de Zavala llegó a escribir al respecto: “''La formación de las logias yorkinas fue en verdad un suceso muy importante. El Partido Popular se encontró organizado y se sobrepuso en poco tiempo al Partido Escocés''.”<ref>Lorenzo de Zavala. Ensayo Histórico de las Revoluciones en México. Vol. I, p. 258</ref>
  
 
==La masonería en la caída del Primer Imperio Mexicano==
 
==La masonería en la caída del Primer Imperio Mexicano==

Revisión del 13:01 21 nov 2017

Introducción (DHIAL)

Carece de todo fundamento y documentación, incluso masónica como sería las “cartas patentes” con las que crean una logia, la afirmación que hace el historiador oficial de la masonería José María Mateos acerca de la existencia de una supuesta logia en la «calle de las ratas» en 1806, donde supuestamente fue iniciado el cura Miguel Hidalgo.

El mismo Mateos se contradice cuando, páginas adelante de su misma obra, afirma que la primera logia masónica se estableció en México en 1813, y sobre esta sí proporciona información creíble: que pertenecía al Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que su fundador fue el Oidor de la Real Audiencia Felipe Martínez Aragón, quien contó con la participación de varios oficiales enviados con la fuerza militar expedicionaria enviada por la Junta de Cádiz.[1]

Llamada «Arquitectura Moral», esa primera logia escocesa tuvo su primer Gran Maestre en el mismo Oidor Martínez, siendo sustituido poco después por el director del Colegio de Minería, el químico Fausto de Elhuyar, quien huyó de México cuando Agustín de Iturbide consumó la Independencia en septiembre de 1821.

Sus rivales, las logias del Rito yorkino, fueron fundadas doce años después, en 1825, por el embajador plenipotenciario de los Estados Unidos en México, Joel Robert Poinsett, como él mismo lo afirma en carta del 14 de octubre de 1825 dirigida al Secretario de Estado norteamericano Rufus King.[2]Cuando Poinsett fue expulsado de México en 1830, ya existían en el país 120 logias del rito Yorkino, rito que entonces cambió su nombre al de «Rito Nacional Mexicano». En estas logias militaron personajes como José María Alpuche, fray Servando Teresa de Mier, el canónigo Miguel Ramos Arizpe, Lorenzo de Zavala y, quien fuera el brazo derecho de Poinsett en México, Valentín Gómez Farías.

Lorenzo de Zavala llegó a escribir al respecto: “La formación de las logias yorkinas fue en verdad un suceso muy importante. El Partido Popular se encontró organizado y se sobrepuso en poco tiempo al Partido Escocés.”[3]

La masonería en la caída del Primer Imperio Mexicano

Poinsset y los masones yorkinos tramaron destituir a Iturbide, quien sobrevivió en su imperio poco menos de un año; pues la muerte de Juan O`Donojú (último virrey, firmante de los Tratados de Córdoba) en octubre de 1821, debilitó las relaciones entre españoles y mexicanos, llegando a la disolución del Congreso que era de mayoría borbonista.

Los ejércitos españoles se habían retirado a san Juan de Ulúa esperando refuerzos para recuperar el gobierno de la Nueva España, mientras que Guadalupe Victoria y Antonio López de Santa Anna iniciaron el derrocamiento del emperador, consiguiéndolo el 19 de marzo de 1823 mediante el «Plan de Casamata». El congreso nombró provisionalmente tres dirigentes: Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo, y Celestino Negrete, quienes anularon el plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, y declararon que México era libre de elegir el sistema político que mejor le pareciera.

La primera república; federalistas contra centralistas

Esa insurrección trajó al país una pérdida de confianza y se sumó a la inestabilidad política y económica que ya era crítica. La decadencia de la minería, la industria y la agricultura, hicieron pasar una crisis fuerte a la sociedad, quien veía lejana la paz. De todo esto, los intelectuales con ideologías liberales eran sabedores.

Valiéndose del desequilibrio, los yorkinos influyeron para que los republicanos optaran por un sistema de estados federativos, a imitación de las 13 colonias inglesas de Norteamérica, mientras que los escoceses propugnaban por un sistema de departamentos centralizados, a imitación de la república francesa.

Servando Teresa de Mier y Poinsett, fueron los más influyentes. De ahí que el Congreso reunido en noviembre de 1823 diseñara una constitución «federal», siendo el inicio de la primera república.[4]Este fue el primer éxito de Poinsett como ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, logrado gracias los yorkinos mexicanos: Lorenzo de Zavala, Manuel Alpuche, José Antonio Mejía, Miguel Ramos Arizpe y Valentín Gómez Farias, considerados los padres del liberalismo mexicano.

Dicha constitución aún llegó a declarar que: “la religión de la nación mexicana es y será siempre la católica, apostólica y romana. La cual la nación la protegía con leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de otra religión.”[5]Pero las nuevas leyes iban dando grandes pasos, así que al México independiente le llegó el momento de elegir un presidente y vicepresidente, tal como la constitución lo indicaba.

Este es el momento crucial donde aparece abiertamente la logia masónica de York reconocida por la gran logia de Nueva York.[6]Esta logia conformó un primer partido político llamado «Partido Americano»,[7](por su evidente imitación a los Estados Unidos, a cuyo servicio se puso). Las logias de York estuvieron integradas por personas “… de clase media, defensores del federalismo, parciales a los Estados Unidos y Francia y opuestos a toda conciliación con España”.

Las logias escocesas eran partidarios de una república «central» y eran por lo general de “mercaderes afluentes, centristas, simpatizadores de la Gran Bretaña y abogaban por una conciliación con España y el Vaticano.”[8]Este será el inicio de los partidos políticos liberal y conservador, nacidos propiamente a través de las logias de ambos ritos.[9]

Y se enfrentaron por vez primera en las elecciones para el congreso de 1826, venciendo los yorquinos, cuya mano fuerte se hizo patente a raíz de la conspiración del padre Joaquín Arenas.[10]El primer presidente fue el yorkino Guadalupe Victoria, y el vicepresidente el escocés Nicolás Bravo.[11]Guadalupe Victoria buscó un equilibrio en su gobierno entre ambas logias, con el fin de acrecentar la estabilidad del país.

Pero el problema aumentó cuando, en enero de 1827, se descubrió una conspiración de parte de aquellos que añoraban regresar a la dependencia española, pues la madre patria hasta la fecha era el único país (junto con la Santa Sede), que no reconocían la independencia Mexicana. Ello provocó una efervescencia de nacionalismo, y un resentimiento para con lo que tuviera olor a monarquía.

De esto se valieron los yorkinos, quienes iniciaron una campaña contra los centralistas que pertenecían a la escocesa. En esta ofensiva utilizaron la religión como contrapartida del nacionalismo. Los centralistas no queriendo quedarse con las manos cruzadas, aprovecharon la oportunidad para vengarse del ministro estadounidense Poinsett, quien fue expulsado del país el 22 de enero de 1830, después de haber dejado instaladas 120 logias yorkinas.[12]

En medio de los disturbios se dio el levantamiento de Nicolás Bravo (escocés), derrocado rápidamente por Vicente Guerrero y enviado al exilio, pues complicaba las próximas elecciones que se deberían efectuar en 1828. Los centralistas, debilitados por el levantamiento de Bravo, ni siquiera pudieron presentar un candidato para las elecciones, así que la logia masónica de york tuvo cancha abierta para presentar al suyo;[13]sólo que estaba internamente dividida, lo que hizo surgir dos bandos: moderados y radicales.

Ambos pelearon por el gobierno, saliendo vencedor Manuel Gómez Pedraza para presidente, y Anastasio Bustamante como vicepresidente. Pero Guerrero (que era entonces el gran maestro de los yorquinos)[14]se rehusó a aceptar el resultado, Zavala, en su nombre organizó una revuelta que lo hizo presidente en enero de 1829.[15]Con la llegada de Guerrero a la presidencia, inmediatamente se decretó la expulsión de los españoles el 20 de marzo de 1829, la cual, según Ramos Pérez “fue injusta, atroz y absurda”.

Pero no solo los españoles comenzaron a padecer por el gobierno masón federalista; también la iglesia inició su martirio, cuando Guerrero puso a Zavala como ministro de hacienda, quien encontrando las arcas vacías buscó la manera de conseguir ingresos. Si tenemos en cuenta que estos nuevos gobernantes eran de línea masónico-liberal, se entiende por ende que su actitud para con la iglesia no fuera del todo agradable.

Sus ojos estaban fijos en los modelos de sociedad de la república francesa, o bien de las 13 colonias americanas. La primera, en momentos de crisis vio en los bienes eclesiásticos la solución a sus problemas económicos, desamortizando a ésta de sus haberes y disponiendo de ellos, so pretexto de la bancarrota en la que se encontraban. Así lo hizo Zavala en México, a razón de que muchos miembros del clero eran españoles.

Esto provocó que el grupo católico se revelara contra el gobierno de Guerrero. Bustamante que era conservador, ayudado por el general Bravo, logró sublevarlo siendo presidente el 1 de enero de 1830, y conformó su gabinete con centralistas escoceses. Lucas Alamán recuperó su puesto de ministro de relaciones exteriores, e inmediatamente buscó un programa político, restableciendo los bienes de la iglesia, y a su vez las relaciones con España y con la Santa Sede.

La segunda república federal; la guerra de las logias

Pero Bustamante no fue lo suficientemente fuerte como para hacer frente a los yorkinos, que en poco tiempo surgen ahora representados por Francisco García, gobernador del estado de Zacatecas, desafiando al régimen conservador. Poco después, Gómez Farías consigue que un profesor de teología, José María Luís Mora, en un ensayo, “ponga las bases teóricas de la ideología y el movimiento liberal y anticlerical en diciembre de 1831”.

El ensayo teórico de Mora pretende justificar el desmantelamiento de la propiedad eclesial, con el fin de fortalecer la propiedad privada. Gómez Farías la pondrá en práctica al derrocar a Bustamante a finales del 1832, dando origen a la segunda república federal el primero de abril de 1833.

Al igual que los Jacobinos en la revolución francesa, el gabinete de Gómez Farías pone por vez primera las bases de una secularización de la sociedad: Reformas contra la iglesia, derogando la obligación civil de pagar el diezmo, desconociendo civilmente los votos monásticos, permitiendo a los frailes y monjas salir de sus conventos si lo deseaban, y por si fuera poco, prohíbe todas las transferencias de bienes e inmuebles pertenecientes al clero regular afectados desde la independencia, manifestando un anticlericalismo que no compartía el pueblo.

Ante el autoritarismo de Gómez Farías regresa Santa Anna, y en 1835 Gómez Farías es expulsado de su cargo, dejando a un lado las reformas nuevas, retomando la constitución de 1824, y proclamando una república centralista.

En este tiempo la Santa Sede representada por el Papa Gregorio XVI, buscó por medio de los concordatos, reconocer las independencias de los países latinoamericanos. En su constitución apostólica «Sollicitudo Ecclesiarum» del 5 de agosto de 1931, había manifestado la inquietud, aunque para México se dio hasta 1935.

Pero las extorsiones fiscales de Santa Anna se volvieron muy pesadas, lo que hizo que el general Paredes (conservador católico) se levantase en armas a finales del 1844, pretendiendo abolir la república. Sus palabras eran: “Buscamos un poder fuerte y estable, que pueda proteger a la sociedad; pero para gobernarla, no queremos ni la dictadura despótica de un soldado, ni el yugo degradante de un orador”. Con esta declaración fue evidente que se refería al deseo de regresar al sistema monárquico, tal como lo había propuesto años atrás el escritor José María Gutiérrez.

La guerra de las logias durante y después de la guerra contra los Estados Unidos

En los inicios de la guerra contra los Estados Unidos que hizo perder a México casi la mitad del territorio, Santa Anna (exiliado en Cuba), acordó con Gómez Farías (por cierto también exiliado en Nueva Orleáns), regresar a reconquistar la presidencia. Y para el 16 de septiembre de 1846 ambos entraron desfilando por las calles de la ciudad de México.

En calidad de vicepresidente, Gómez Farías restauró la constitución de 1824, y para solventar los gastos del ejército, en ausencia de Santa Anna nacionalizó los bienes de la iglesia, y vendió algunos inmuebles estimados en 10 millones de pesos aproximadamente. A esto la iglesia protestó enérgicamente por los atropellos, y a finales de febrero de 1847, la capital fue testigo de la revuelta de los «polkos» , liberales moderados que la defendían.

Después de terminada la guerra con los Tratados de Guadalupe-Hidalgo, Antonio López de Santana huyo a Colombia. En México imperó entonces la anarquía, y para controlar esa situación el Congreso mandó llamar a Santana en 1853. Pero la política de Santa Anna fue entonces ya dictatorial.

El descontento de los liberales hizo que durante 1854 se levantara en armas el coronel F. Villarreal y el general Juan N. Álvarez, proponiendo un nuevo sistema en el que manifestaban sus demandas liberales. Ese sistema fue propuesto por un plan que se le conoce como «Plan de Ayutla».

Cuando Álvarez llegó a la presidencia, los liberales yorkinos exiliados o encarcelados por Santa Anna, no sólo fueron liberados, sino que se inmiscuyeron en la mesa de trabajo del nuevo mandatario, quien formó un nuevo gabinete con los «yorkinos radicales», dentro de los cuales destacaron: Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Miguel Lerdo de Tejada, Ponciano Arriaga y Benito Juárez como ministro de justicia.

Melchor Ocampo había sido gobernador de Michoacán, y se había caracterizado por manifestar un odio contra el clero y la iglesia. Juárez coincidía en esto con Ocampo, ocasión que los alió para que en 1855 el oaxaqueño como ministro de justicia, promulgase la «ley Juárez» que restringía la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos a las cuestiones religiosas, así como también dispuso suprimir algunos privilegios a los militares.

La guerra contra la iglesia apenas iniciaba, sus disturbios sólo ocasionaron que Lerdo de Tejada, liberal radical en 1856, llevará a cabo un programa de anticlericalismo puro. Con la «ley Lerdo», la iglesia fue obligada a vender todas sus propiedades urbanas y rurales a quienes las tenían arrendadas a un bajo precio.

La Constitución de 1857, obra del radicalismo yorkino

Los anticlericales estaban convencidos que en la nueva sociedad mexicana la iglesia estaba de más, así que José María Iglesias, ministro de justicia, formuló la llamada «ley iglesias» promulgada el 11 de abril de 1857, en la que se prohibía que a los pobres se les cobrara por los servicios parroquiales como bautizos, casamientos, funerales etc., castigando con severas multas a los sacerdotes que la infringiesen. La iglesia calificó a esta ley de ilegal e inmoral, y se negó a cumplirla.

Para estos tiempos el Congreso estaba conformado por 150 diputados, en su mayoría yorkinos, los cuales se proclamaban a favor de introducir la libertad de culto en el país. Después de que la religión católica había sido la única de profesar, ahora México se encontraba ante la novedad de la tolerancia religiosa, tal como la proclamara Francia medio siglo atrás.

Pero esta nueva ley no fue fácil de aceptar; la nación mexicana se caracterizaba por un campesinado plenamente católico, y por temor a un levantamiento revolucionario, no se optó por dicha fórmula; pero por vez primera en la Constitución, se suprime la tradicional afirmación de que «México era una nación católica romana». Con esto es simple descubrir como las medidas anticlericales van delineando el sistema político mexicano. Los conceptos básicos de la ley Juárez y la ley Lerdo, se quedarán plasmados en dicha Constitución.

Las novedades que resonaron en toda Francia al proclamarse la constitución en 1792, se dejaron escuchar ahora con la Constitución mexicana de 1857: la plena libertad de los ciudadanos para poder votar y de ser elegidos, a excepción de los eclesiásticos, art. 56 y 57. La declaración de las garantías individuales, el principio de inviolabilidad de la propiedad privada, la exclusión de la iglesia en materia de enseñanza art. 3. El fin de los privilegios art. 13. La desamortización de los bienes eclesiásticos art. 27, y la intervención del estado en asuntos eclesiásticos art. 123.

El Papa Pío IX condenó la Constitución, pero ante la nueva ley no tuvo más remedio que aceptar la desamortización; sólo pedía el derecho a poseer bienes, ya que en las misiones internas, los monasterios eran fundamentales para el trabajo apostólico, mismo que sufrió grandes daños. Dentro de los hombres más ilustres que defendieron los derechos de la iglesia están: el obispo de Michoacán, Murguía, y Garza Ballesteros Arzobispo de México, quienes fueron desterrados. La nueva Constitución exigía juramento, (lo mismo que en Francia), y quien se negó a jurarla fue expulsado de sus funciones y confiscados sus bienes.

La guerra de reforma (o de los tres años)

Estas nuevas leyes provocaron otro levantamiento; ahora fue el general Félix Zuloaga, que se rebeló contra la nueva Constitución, dando inicio a la «guerra de Reforma» o «guerra de los tres años». El presidente Ignacio Comonfort renunció y huyó a los Estados Unidos, mientras el general Zuloaga tomó la ciudad de México. Juárez huyó a Guanajuato, no sin antes proclamarse presidente de la nación.

En Guadalajara fue apresado por los conservadores, quienes lo pusieron en libertad, embarcándose entonces hacia los Estados Unidos. Poco después, protegido por barcos de guerra de los Estados Unidos, se instaló en Veracruz; Melchor Ocampo será su mano derecha.

Refugiado en Veracruz, Juárez promulgó en 1859 las «Leyes de Reforma» que además de separar hostilmente a la Iglesia del Estado, confiscaba todas las propiedades eclesiásticas, prohibía a los funcionarios públicos participar en actos litúrgicos, y suprimía todas las órdenes religiosas.

México estaba ante dos enemigos irreconciliables que no cesaban de propagar sus posturas. El 7 de julio de 1859 los liberales, como en una repetición del partido jacobino en Paris en 1793, expusieron en un documento sus deseos a la nación. En primer lugar culpaban a la iglesia de la guerra y anunciaban una serie de reformas: La confiscación de los bienes eclesiásticos, propiedades y capital, la libre voluntad de pagar las tazas a las parroquias, la supresión de los monasterios.

Pero sobre todo, declararon la separación completa de iglesia y estado, aunque no se proclamó todavía la libertad de culto. Con esto las cartas estaban echadas; la declaración de guerra del gobierno liberal para con la iglesia era más que evidente.


En esos momentos la Nación se encuentra con la novedad de tener dos presidentes: uno conservador en la capital (Zuloaga), y otro liberal, refugiado en el puerto de Veracruz (Juárez). Zuloaga anuló la nueva constitución de 1857, otorgándole a la iglesia sus bienes, y ésta a cambio le prometió un préstamo de un millón y medio de pesos, dinero que Zuloaga utilizó para financiar la guerra contra los liberales, situación que para este bando fue una bofetada de parte de la Iglesia que debía pagar muy caro. Poco después Zuloaga renunció a la Presidencia y fue sustituido por el general Miguel Miramón, quien puso sito a Juárez en Veracruz.

El triunfo de Juárez y el Partido liberal se debió a la abierta intervención en su favor de los Estados Unidos, intervención del todo evidente en las playas de Antón Lizardo, donde los barcos de guerra norteamericanos «Saratoga» «Wave» e «Indianola» atacaron y capturaron en aguas mexicanas a dos barcos del gobierno conservador. Finalmente el general Miramón fue derrotado en Calpulalpan el 22 de diciembre de 1860.

Las logias durante el Segundo Imperio

Al año siguiente, Juárez ya en la Capital aplicó la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, dilapidándose lastimosamente los bienes de la Iglesia y de las comunidades indígenas (los ejidos). Y el 27 de julio de 1861, teniendo que afrontar las deudas que México tenía con Inglaterra, España y Francia, Juárez decretó la suspensión de pagos de la deuda externa.

Entonces los gobiernos acreedores se reunieron en la «Convención de Londres» (31 de octubre de 1861) y acordaron intervenir militarmente en México. El 17 de diciembre de 1861 seis mil soldados españoles desembarcaron en Veracruz y el 9 de enero hicieron lo mismo 2,600 franceses y 800 ingleses.

Juárez envió entonces al general Manuel Doblado a dialogar con los jefes de la expedición tripartita para prometerles el pago de la deuda en cuanto fuera posible. El general español Juan Prim y el comandante inglés Charles L. Wyke aceptaron la propuesta (Tratados de la Soledad, 13 de febrero de 1862); pero siguiendo instrucciones de Napoleón III, el representante de Francia, Dubois de Salgny no aceptó, y el ejército francés avanzó entonces hacia Puebla, pero fue rechazado en la batalla del 5 de mayo.

Con refuerzos, los franceses regresaron a Puebla el 16 de marzo de 1863 poniendo sitio a la ciudad, la que se rindió dos meses después, el 19 de mayo. Entonces Benito Juárez huyó de la capital, refugiándose en la frontera con los Estados Unidos cuando estos estaban en plena guerra de secesión.

Fue entonces cuando la masonería escocesa encabezó a quienes añoraban el regreso a la monarquía y veían la posibilidad de restituir un gobierno estable bajo la protección europea. Francia encantada por la propuesta, elige al archiduque de Austria, Maximiliano de Habsburgo, quien llegó a México en 1864.

Maximiliano pronto dio a conocer sus planes; los conservadores (entre ellos prelados de la iglesia como el Arzobispo de la ciudad de México Antonio Labastida y Dávalos), pensaban que Maximiliano aboliría las leyes confiscatorias de los liberales, y devolvería a la iglesia sus bienes; pero no fue así. El emperador profesaba las ideas ilustradas y coincidía con las leyes promulgadas en la constitución de 1857, las cuales siguió aplicando rigurosamente.

Juárez por su parte seguía arrinconado en Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez). Pero el fin de la guerra civil en los Estados Unidos aunado a que en 1866 Napoleón III, ante la inminente guerra con los prusianos, ordenó el retiro de las tropas francesas, Juárez no hubiese conseguido la victoria. Maximiliano y los generales Miramón y Mejía fueron derrotados en Querétaro y fusilados el 19 de junio de 1867, muriendo también con el Segundo Imperio el partido conservador.

La restauración de la república en 1867 fue para la iglesia un tiempo de sufrimiento, pues los masones yorkinos, fieles a su programa establecido en 1857, no descansaron en tratar de debilitar a la institución eclesiástica, poniendo rigurosamente en práctica las leyes de reforma.


NOTAS

  1. José María Mateos, Historia de la masonería en México desde 1806 hasta 1884. México: Sría. del Supremo Gran Oriente: Aduana Vieja N3, 1884, p. 12
  2. Rogelio Orozco Farías, Fuentes Históricas. México 1821-1867. Documento 2. Ed. Progreso, México, 1965, p. 48
  3. Lorenzo de Zavala. Ensayo Histórico de las Revoluciones en México. Vol. I, p. 258
  4. Esta constitución promulgada en 1824 dividía al país en 19 estados, los cuales deberían elegir a sus gobernadores y legisladores, que estarían bajo la autoridad del congreso nacional, estableciéndose el poder ejecutivo, legislativo y judicial. Con esto el federalismo pasó a ser expresión de la nacionalidad mexicana. Cfr. J. Z. VÁZQUEZ, Historia General de América Latina, vol. 6, 120.
  5. F. TENA RAMÍREZ, Leyes Fundamentales de México, 1808-1973 en A. TIMOTHY – J. BAZANT, Historia de México, 49.
  6. Esta logia Yorkina no dependía de la de Inglaterra, pues dependía directamente de Nueva York. El mismo Zavala y Mateos aseguran que Poinsett instituyó el rito. Cfr. M. CUEVAS, Historia de la Iglesia en México, t. 5, 136, 137.
  7. El partido americano estaba convencido que el clero era el principal obstáculo para la aplicación de su plan político, de ahí que deberían redoblar esfuerzos para lograr que: se diera la libertad de opiniones y de prensa, abolir los privilegios del clero, suprimir las órdenes religiosas, destituir a la iglesia en asuntos civiles, y destruir el monopolio del clero en cuestión de educación. Cfr. Ibidem, 150.
  8. R. M. MANIQUÍS – O. R. MARTÍ, La Revolución Francesa y el Mundo Ibérico, 663.
  9. Cfr. J. Z. VÁZQUEZ, Historia General de América Latina, vol. 6, 128.
  10. Este sacerdote en enero de 1827, intentó reestablecer la liga española, pero sólo logró conseguir la expulsión de los españoles por parte de los yorquinos. Cfr. D. RAMOS PÉREZ, Historia General de España y América, Emancipación y nacionalidades americanas, t. 13, 359.
  11. A partir de este año, las logias masónicas serán los centros donde se diseñarán los planes estratégicos políticos, sobre la cual un cuarto de siglo después se erigirán los partidos conservador y liberal. Una de las personalidades más importantes que ansiaban la república federal fue el padre Mier, y quien más se distinguía por difundirla fue Miguel Ramos Arizpe con su periódico el «águila mexicana», contra el periódico «el sol», órgano de los centralistas, encabezado por Lucas Alamán y Carlos María Bustamante. Cfr. Ibidem., 358.
  12. Cfr. M. CUEVAS, Historia de la Iglesia en México, t. 5, 139.
  13. Con esta logia la influencia de los Estados Unidos se hace más fuerte. Cfr. J. Z. VÁSQUEZ, Historia General de América Latina, vol. 6, 111.
  14. Cfr. M. CUEVAS, Historia de la Iglesia en México, t. 5, 149.
  15. Cfr. J. BRAVO UGARTE, México Independiente, 20-21.

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RAMON CELESTINO ROSAS