Diferencia entre revisiones de «MAYNAS; Características de la Misión»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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==BIBLIOGRAFÍA==
 
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Revisión del 23:09 8 sep 2018

La Misión jesuita de «Los Maynas»

La Misión de Maynas, dependiente de la Provincia de Quito de la Compañía de Jesús, formaba una sola provincia política o Gobernación a cuyo frente había un gobernador nombrado por el Rey. Comprendía el territorio de los ríos Pastaza y Napo que desembocan en el Marañón.[1]En 1753, a petición de los superiores de la Compañía de Jesús, el Presidente de la Real Audiencia de Quito, don Juan Pío de Montufar, marqués de Selva Alegre, dividió administrativamente la Misión en tres circunscripciones misionales: Misión alta de Maynas (Marañón), Misión baja del Marañón y Misión del Napo.

Los tenientes, nombrados por el presidente de Quito, residían respectivamente en San Borja nuevo, o Puca-barranca, San Joaquín de Omaguas y Puerto del Napo. EI gobernador residía en Borja, pero, en 1758, se transfirió a San Joaquín de Omaguas.[2]De acuerdo con esta división administrativa y misional, la Misión estaba regida por un superior general y dos vice superiores. El primero residía en Santiago de la Laguna, pueblo de la Misión alta, capital de las tres misiones. De los vice superiores, uno regia la misión baja del Marañón y el otro la misión del Napo. EI primero, con residencia en San Joaquín de Omaguas, cuidaba también de otros cuatro pueblos. EI segundo residía, con un compañero, en Nombre de Jesús de Encabellados, del que dependían otros cinco pueblos.

La Misión alta contaba con 19 pueblos atendidos por 16 misioneros. La Misión baja del Marañón, con 12 pueblos asistidos por 7 misioneros. En la Misión del Napo, 5 misioneros servían 10 pueblos y la parroquia de Archidona. Al Norte, la Misión confinaba con el gobierno de Quijos y la provincia de Sucumbíos; al sur con el corregimiento de Chachapoyas; al Oriente con los dominios de Portugal en el Javarí; y al Poniente, con los cuatro gobiernos de Quijos, Macas, Yaguarzongo y Jaén.

En total la misión comprendía, en 1768, 41 pueblos servidos por 28 misioneros: 27 sacerdotes y un hermano.[3]


La Historia de la Misión en las fuentes de la Compañía de Jesús

EI Padre Manuel Joaquín de Uriarte dejó unas memorias o recuerdos ricos en datos, pero desordenados, que escribió durante el exilio en Rávena (Italia), entre 1772 y 1776, y las facilitó al Padre José Chantre Herrera, para la redacción de su «Historia de las Misiones de la Compañía de Jesús del río Marañón», texto indispensable para cualquier estudio que se emprenda sobre esta región.

Ambos manuscritos no se publicaron hasta el siglo XX: en 1901 el estudio de Chantre, y las memorias de Uriarte cuarenta años más tarde, en 1942, bajo el título «Diario de un misionero de Maynas», que son propiamente memorias o recuerdos redactados en el destierro de Rávena. La «Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia de Quito», de José Jouanen, en su II volumen (1943), debe mucho a Uriarte, pero también utiliza otras fuentes útiles para este estudio.

El Padre Francisco Xavier Veigl publicó su obra en 1785 y 1788-178989 en dos versiones, alemana y latina respectivamente, ambas editadas por Christoph Gottlieb von Murr; la segunda, la latina, en dos partes, o libros. Su obra ha sido menos utilizada que la de Uriarte. Veigl explicaba su génesis y su objeto. Sus amigos habían tratado de convencerle para que escribiera algo sobre sus años en la misión. No lo había hecho, parte por sus ocupaciones y parte por la dificultad del trabajo mismo. Después del desastre mortal de la Orden (es decir, su supresión en 1773), emprendió esta tarea más para mitigar el tedio que por satisfacer a las peticiones de los amigos.

Veigl reconocía que se había escrito mucho sobre las cosas de América, pero no todas coherentes o dignas de crédito. Entre estas obras citaba a Raynal y Robertson. De la región que iba a describir nada se había escrito de manera adecuada a la riqueza de la materia, o a la curiosidad del lector europeo. Testigo ocular como Uriarte, Veigl había trabajado por satisfacer la curiosidad de muchos empleando un estilo que, según propia confesión, no era estrictamente histórico ni meramente geográfico, pero sí acomodado a la variedad de lectores.

Su obra se divide en dos libros: el primero es una descripción topográfica; el segundo física y moral. EI capítulo XII del libro primero estudia la lengua peruana, el quechua, común a los neófitos de Maynas, con ejemplos que completa, en un apéndice, al final del libro segundo. Lo hacía pues a nadie le parecería superfluo y sabía que otros lo deseaban. Quizás la curiosidad del jesuita austriaco por la lengua Inca se viera también reforzada por ser la lengua general hablada en Quito por el vulgo, y aun por los nobles de origen hispano.[4]

Escribía en latín porque, aunque fuera en ese tiempo menos usado, serviría no sólo a Alemania sino a las naciones extrajeras curiosas de los asuntos de Indias. A través de los títulos de los capítulos de ambos libros,[5]se puede apreciar la variedad y riqueza de información: geografía, climatología, hidrografía, etnografía, antropología, botánica, zoología, agricultura, caza y pesca, lingüística, epidemiologia, medicina, Misionología. Entre las noticias que atañen a nuestro análisis son importantes las relativas al problema demográfico.

El mapa que acompaña a la edición alemana (desde el Ecuador hasta los 141 de latitud austral y del 481 al 651 de longitud oeste) le había llevado más trabajo y cuidado del que se pensaba: estaba basado en documentos comprobados y en observaciones propias y de otros misioneros. Era el más corregido de los que se habían publicado hasta entonces. Los mapas principales que había seguido de cerca eran el celebérrimo de La Condamine y el de Pedro Maldonado, muy conocidos de los jesuitas, el publicado en Roma en 1751 por el Padre Carlos Brentano, procurador de la provincia de Quito, y el grabado en 1748 por Mr. d'Anville bajo los auspicios del duque de Orleans.

Veigl había añadido o corregido no poco que, o faltaba, o había descubierto que estaba errado. Analizando y comparando los mapas se ven diferencias en la dirección o curso de los ríos, sus nombres, situación de las confluencias y de los pueblos. Este mapa de Veigl fue el publicado en la «Historia de las Misiones del Marañón Español (1637-1767)» de Chantre Herrera.

Juan de Velasco hace una crítica de este mapa en lo tocante a las llamativas diferencias observadas en la interpretación del curso del Ucayale respecto del delineado, en 1690, por el Padre Enrique Richter, perito en Geografía, después de numerosos viajes y observaciones, a petición del Padre Samuel Fritz que lo integró en el suyo general impreso en Quito en 1706.

Velasco recordaba que este mapa había corrido por toda Europa y lo habían copiado los mejores geógrafos, entre ellos el Sr. Robert, y señalaba lo que esta patente a cualquier estudioso: el curso del Ucayale delineado por Veigl no tenía la menor analogía con el de Richter y solo convenía en el nombre. Veigl lo recorrió una sola vez desde menos de su mitad hasta la boca, mientras Richter lo navego todo entero varias veces en ambas direcciones.[6]


El estado de la misión al momento del arresto de los misioneros jesuitas en 1768, la describe Juan de Velasco con dramáticas pinceladas. Hace un rápido recorrido desde las expediciones descubridoras de la región a partir de 1616 y la entrada en la provincia de la Compañía de Jesús en 1638, hasta su arresto y salida de la misión en 1768: 161 jesuitas, en el espacio de 130 años, habían evangelizado la región. Las principales naciones que la ocupaban, con lenguas matrices diversas, eran a lo menos 40 y las naciones que hablaban sus dialectos pasaban de 150. Fundaron 152 pueblos con una cristiandad muy numerosa. Sin embargo, en los últimos tiempos, diversas causas habían contribuido a dejar desoladas aquellas provincias.

Entre las causas de la destrucción de aquellas naciones enumera tres principales, sin contar otras. Primera; pestes y epidemias después del contacto con europeos. Segunda; sublevaciones y revoluciones de los indios en sus provincias y guerras intestinas. Tercera; invasiones y usurpaciones de los portugueses del Gran Pará.

Las pestes durante siglo y medio, de acuerdo con los datos de Velasco, fueron recurrentes con una periodicidad, en el siglo XVII, casi decenal (1660, 1669, 1680, 1691), un aparente intervalo saludable, de 58 años y ritmo septenario a partir de la mitad del siglo XVIII: l749, 1756, 1762.[7]

Las sublevaciones y tumultos indígenas fueron numerosas. Entre las principales fueron las de los Maynas (1637), Cocamas (1663-1668), Avixiras (1667), Cunivos y demás naciones del Ucayale (1695), Gaes (1707), Payaguas (1735 y 1745), naciones del Napo y Cahumaris (1753) Las misiones de Ucayale se abandonaron y no se volvió a ellas hasta las expediciones de los Padres Deubler (1761) y Veigl (1762 y 1766).

En esta expedición, Veigl encontró misioneros franciscanos de Lima enviados por el Virrey del Perú Amat. Por bien de paz, no quiso pleitear el derecho de la Compañía a evangelizar aquella región, por más que, según Uriarte, el Virrey había dado la licencia con el parecer favorable del procurador de la provincia de Quito en Lima, el criollo popayense Padre Ignacio Falcón.[8]Las invasiones portuguesas comenzaron poco después de la restauración del Reino de Portugal (1640), se agravaron en 1682 y, de nuevo, se intensificaron en 1710, 1732 y 1768 después de la partida de los jesuitas.

Debido a estas causas, el territorio quedó reducido, de 437 leguas, a 160, con 41 pueblos formados con las reliquias de diversas Naciones y una población, después de la última peste en 1762, de apenas 12.000 neófitos y unos 6.000 catecúmenos de las nuevas reducciones, según el recuento de 1764.[9]Velasco confesaba: “Este continuo azote de las epidemias y pestes, sobre tantas otras desgracias, y acasos, 1legaron a poner las misiones, en estos últimos tiempos, en estado de decadencia, que parece cosa increíble.”[10]

A través de las noticias de Velasco, se puede afirmar que el declive de la población en los años inmediatos a la expulsión (1761-1768), fue especialmente crítico debido a las hambrunas y a la viruela. En 1762, la peste, según la cuenta Velasco, causó gran estrago sobre todo en la Laguna, capital de las Misiones, y en Yurimaguas, Xeveros y Chamicuros. Desapareció casi la nación de los panos. Murieron las crías de vacas y otros animales y se perdieron las sementeras por falta de brazos.

Esta epidemia de viruelas había seguido a un año (1761) de intensas lluvias y grandes inundaciones que asolaron las cosechas, siguiéndose una gran hambre, por lo que la peste incidió con mayor fuerza en una población debilitada produciendo, muertos por una parte y fugitivos por otra. Esto hacía infructuoso el trabajo poblacional de los misioneros que, a pesar de las reclutas anuales, muchos pueblos se extinguían exigiendo traslados a nuevos puestos, y concentración de las reliquias de unos y otros en un mismo poblado.

Al año siguiente, 1763, los mismos pueblos se vieron afligidos, de nuevo, por el hambre. La carestía de víveres fue total. Los misioneros pasaron grande fatiga para buscar los víveres y traerlos de lejos, faltaba gente para todo. EI 1764, lo emplearon los misioneros en congregar en los bosques a los fugitivos, tanto heridos por el mal como sanos, a los que había que evitar el contagio. Se pudieron juntar muchos, pero otros murieron o se retiraron a la selva a gozar su vida libre, que es a lo que aspiran comúnmente todos.


Introducción de la vacuna

Interesante el dato suministrado por Veigl: en 1762, consternados por la virulencia de la viruela, los misioneros decidieron inocular la vacuna a la población. Se salvaron muchos, fuera de aquellos que, después de la inoculación, no guardaron las recomendaciones higiénicas y sanitarias urgidas por los misioneros.

Pero la viruela, aunque funesta, no era frecuente. Existían otras enfermedades cotidianas que podían revestir formas epidémicas tales como catarros agudos y fríos, fiebres tercianas y cuartanas, diarrea común y disentérica, múltiples lombrices de las que ninguna persona estaba inmune, tumoraciones de diversa índole, úlceras repugnantes a la vista, el llamado «Vicho»[sic], común a la América, mal funesto que mataba en tres o cuatro días y cuyos síntomas eran dolores de cabeza y de vientre, con convulsiones y vómito de color verde que pasaba, luego, a negro, acompañado de copiosa diarrea. Sin duda está describiendo la fiebre amarilla.

Según explica Requena, más que de la enfermedad misma, la mayoría moría por no encontrar quien les llevara de comer o les obligara a hacerlo. Veigl señala cómo el misionero se veía precisado a ejercer este menester, so pena de la vida del enfermo. Los familiares lo abandonaban y les bastaba dejar junto a él un poco de leña para hacer fuego y alguna bebida. Los fiscales, encargados del cuidado de los enfermos, no eran fiables y el misionero debía suministrarle el alimento y los fármacos y ser su médico, su boticario y su Fámulo.

Origen de las epidemias.

Veigl se enfrenta con el hecho de la despoblación y afirma que jamás, hasta ese momento, la sagacidad del misionero había podido descubrir su causa adecuada. Una, la más obvia, eran las epidemias.

Se daban diversas explicaciones. La primera, de tipo religioso, no podía faltar en el análisis de su medio ambiente: muchos -decía Veigl- sospechaban que, por permisión de Dios, la introducción de enfermedades y muertes en aquellas naciones bárbaras acaecían por obra del enemigo jurado de las almas para apartarlas de la compañía de los cristianos y de la religión salvífica. Otros lo atribuían al pavor que se apoderaba de los bárbaros ante la presencia de otros hombres desconocidos.

Estaba comprobado que el hecho de acompañar los indios cristianos al misionero para procurar la amistad de otras naciones gentiles, había introducido males desconocidos en aquellas tierras, como catarro y diarrea que, debido a la misma barbarie de los indios, se podían tener por epidémicos y mortíferos. Lo había confirmado personalmente en sus entradas a los Pinches.

En la primera, bautizó a muchos párvulos, pero no pudo conseguir llevar a la gente a pueblos de cristianos, por el miedo común a todos los bárbaros a morir de epidemia si cambiaban su suelo y sus aires por otros. En la segunda entrada comprobó que, desde la primera entrada de cristianos, habían muerto muchos de enfermedad.

De aquí que los indios gentiles aún no reducidos, se negaran a vivir en los pueblos cristianos por miedo a la muerte por epidemia, pues muchos habían fallecido de enfermedad a partir de la primera llegada de los cristianos, como había ocurrido con los Pinches. Toda la nación de Andoas, fuera de unas pocas familias trasladadas a Borja, capital de la gobernación, habían perecido y, en la Laguna, las tres parcialidades, o capitanías, de panes, cocamas y cocamillas a 1.500.

Entre los reducidos, las enfermedades y las muertes engendraban un efecto devastador: la fuga. A la primera señal de la presencia de un infectado de viruela, todos -sanos y contagiados- huían al monte, lo cual causaba nuevas muertes e incidía seriamente en el proceso poblacional y evangelizador. Uriarte da noticia de sus huidos: después de 4 meses habían olvidado el catecismo.

La consunción de la población de diversas naciones se debía también a otras causas: guerras intestinas o exteriores, como en el caso de los pebas que, fuera de algunas familias, habían desaparecido; muertes generalizadas provocadas por ingestión de yerbas que producían un debilitamiento progresivo y letal, lo que había preocupado a Veigl por haberse dado entre sus feligreses y terminado casi con los naguapaes. También eran relativamente frecuentes las muertes por ataque de animales, en especial tigres, caimanes y serpientes. Para defenderse de ellos, los misioneros llevaban armas: escopetas, pistolas y sables o alfanjes.

Otros factores de despoblación

A los factores señalados para explicar la disminución de la población, Veigl añade otros de gran interés para la antropología y para conocer el grado de cristianización de aquellas naciones conseguido por la labor de los misioneros. Menciona especialmente dos: el sistema de la reducción y la relación entre los índices de natalidad y mortandad.

La reducción

En su análisis, Veigl había constatado que el proceso de extinción de la población estaba en relación directa con el hecho reduccional, es decir, de su extracción de los bosques y su inserción en la vida social de los pueblos, a la que no estaban acostumbrados. Esta relación de causa y efecto lo achacaba a tres agentes: la comida, la cercanía de los ríos y el exceso de bebidas alcohólicas.

En cuanto a la comida, estaba comprobado que, en los pueblos antiguos, había menos disminución de gente debido a la menor caza y pesca, lo que conllevaba una mayor exigencia de frugalidad. Por el contrario, en el poblado, la alimentación a base de carnes y pescados, unida a la congénita voracidad del indio, contribuía a su daño en contraste con la anterior frugalidad que les obligaba a nutrirse casi exclusivamente de los frutos y raíces del bosque y de los ríos.

En cuanto a la cercanía de los ríos, los poblados fundados, por justas causas, a sus orillas, hacía que casi todos los caminos, la agricultura, la caza y pesca, y las restantes necesidades de la vida exigieran el empleo de la navegación: expuestos los indios al excesivo ardor del sol, los baños frecuentes que tomaban acalorados y el frío de la noche, alteraban sus cuerpos.

EI exceso de bebidas causaba grandes daños a la salud. Aludía Veigl, con nostalgia, a los resultados conseguidos en las reducciones del Paraguay por la habilidad y el celo de los misioneros. Pero, para el austriaco, en las reducciones de Maynas, el abuso inveterado de la bebida apenas dejaba esperanza a que se pudiera quitar el vicio de la embriaguez sin provocar alborotos funestos, por lo que no había fuerza capaz de reprimirlos.

Veigl atribuía esta inclinación al hecho de que las madres, juntamente con la leche que daban de mamar a la criatura durante seis meses o un año o más, le acostumbraban al masato.

Natalidad-mortalidad

Veigl añadía otra causa que afectaba seriamente a la demografía, no menos interesante desde el punto de vista antropológico y misional: ante todo, la mortandad infantil, apenas un tercio de los niños llegaba a la adolescencia, aunque este fenómeno se había dado ya en el Perú en los primeros tiempos como testimonia José de Acosta. Uriarte había comprobado que, en la misión de Omaguas, en un espacio de 20 años, morían cada año 30 o 40 niños y reparó en el libro de bautismos que, de los bautizados por él en 1757 todos, menos un mestizo, ya habían muerto para 1761. De aquí la prioridad dada al bautismo de párvulos.

A esta causa se añadían la esterilidad provocada, los abortos, los infanticidios, e incluso, los gerontocidios y suicidios. El suicidio, en algunas naciones, era un acto de valentía para no caer en manos del enemigo, mientras que los Yameos, nación melancólica, por cualquier disgusto, tomaban veneno.

Uriarte informa también de antropofagia en los mayomnas, y de la costumbre, entre los Iquitos, de asfixiar a los viejos para acelerarles la muerte. Se daban casos de enterrar a los viejos aún vivos. Los infanticidios se perpetraban por diversas causas: defectos de la criatura, sexo no deseado, parto de gemelos de los que uno se eliminaba, muerte de sobreparto de la madre con la que, por falsa piedad, se enterraba la criatura aún viva. Veigl apunta que las prácticas infanticidas se hacían tanto entre los no bautizados como en los neófitos.


Gobierno «misional» político y espiritual

Tanto Veigl como Uriarte describen el gobierno de la Misión. EI Gobernador de la provincia era nombrado por el rey para un quinquenio o, si urgía, interinamente por el virrey de Santafé, mientras los nombramientos para las tres tenencias los hacia el Presidente de Quito entre españoles europeos o criollos.

Los pueblos estaban regidos por autoridades autóctonas. Unas eran vitalicias, que el gobernador confería a los caciques y principales o a sus descendientes, y otras eran elegidas anualmente (el 1º de enero) por los vecinos y confirmadas por el gobernador de la provincia. Se les cometía todo lo referente a la administración política según su grado: orden, disciplina, arresto de díscolos y pendencieros a los que se imponía castigo moderado; cuidado de las obras públicas, limpieza de puertos, plazas y mercados; reparación del templo, casa parroquial, oficinas comunes; fabricación y conservación de las canoas grandes para el uso público; trabajo comunitario en las chacras de la Misión para servicio del misionero, huérfanos y necesitados y provisión de viajes largos.

El magistrado indio nombraba los semaneros encargados de suministrar caza y pesca al misionero y a sus sirvientes, a los enfermos e inválidos. Mañana y tarde, los encargados se reunían en casa del misionero para recibir órdenes o darle el parte. Todo lo vigilaba el misionero, como moderador del magistrado indio. Según la explicación de Veigl, por ser indios, estaban expuestos a la debilidad.

Por otra parte, el gobernador español era poco perito en la índole y las circunstancias de los indios, y muy frecuentemente estaba ausente de la provincia y de los pueblos tan distantes entre sí. Por todo ello, siempre pareció necesario que la república se rigiese por el consejo y moderación del misionero, para evitar mayores daños en caso de conflictos, sobre todo donde el recurso a instancias superiores quedaba, con frecuencia, imposibilitada por la distancia y la impracticabilidad de los caminos y, por otro lado, el remedio sería poco acomodado a las circunstancias y llegaría tarde.

Veigl reconocía la ambigüedad de esta situación del gobierno temporal de las misiones y afirmaba que, por arte de los émulos, se había convertido en el descomunal espectro temido en toda la Europa: la insuperable «Monarchia jesuitica» que, sin embrago, había bastado una sola orden Real para perecer, sin que nadie se opusiera. Para Veigl el gobierno de las misiones había proporcionado orden, tranquilidad y armonía a todos los neófitos mientras que, a los misioneros, no había granjeado otro lucro que inmensos trabajos y el odio obstinado de los émulos.

En cuanto al gobierno espiritual, el misionero elegía públicamente, el día primero de año, seis fiscales y el fiscal mayor. Desde el presbiterio detrás de una mesita con un crucifijo y dos velas, los proclamaba, les entregaban la vara, símbolo de su oficio y les advertía de sus obligaciones, entre la que se contaban: dar buen ejemplo y cuidar del aseo de la iglesia; tocar la campana a sus tiempos; rezar las oraciones en la iglesia para que las repitiesen los niños y vigilar el buen orden en la doctrina, celebraciones litúrgicas y procesiones; avisar al padre de los nacimientos, enfermos y muertos para la administración de sacramentos y celebración de funerales; cuidar de que todos confesasen en Cuaresma etc.


Educación

Siempre juzgó el misionero cosa propia de su instituto la educación de la juventud. Se trató de fundar en Quito un seminario donde, durante un bienio, jóvenes de cada una de las naciones de las Misiones de Maynas, se instruyeran en artes mecánicas y, sobre todo, en la pureza de costumbres y fervor religioso, de modo que, vueltos a sus pueblos, pudieran ser maestros de otros.

Muchos misioneros mantuvieron, en su casa, como en un seminario, niños de diversas naciones, tanto huérfanos e hijos de principales, como niños recién reducidos de la selva. Bajo la mirada del misionero se educaban en el canto sacro, ceremonias de la Iglesia, en el tañido de instrumentos musicales, y en las artes y oficios mecánicos. En Omaguas, había talleres de diversos oficios donde aprendían también los de otros pueblos. Interesante también las técnicas de construcción de templos que Veigl describe. Estos jóvenes eran la esperanza de frutos mejores: ocuparían los cargos de gobierno, se les encargaría el cuidado del templo, de los enfermos y de cualquier otro menester que el misionero no pudiera abarcar. Servirían de intérpretes para gente cuya lengua se ignorase. Habituados, desde su niñez y vinculados por múltiples beneficios, se esperaba que se adherirían firmemente al misionero.

También se criaban algunas niñas cerca del misionero, en la cocina, separadas, como en una casa de recogimiento, de toda familiaridad peligrosa. Bajo la vigilancia de alguna mujer anciana, viuda o casada de toda confianza, aprendían costumbres recatadas y piedad insigne, el uso de la lengua general y las labores propias de su sexo y edad. En San Joaquín de Omaguas, por ejemplo, una mestiza casada educó, en siete años, a más de cien niñas en el rezo, lengua inca y labores mujeri1es como hilar, coser, encaje, cocina, lavado, etc.

Sumisión del indio: su ambigüedad

Veigl trata de explicar la sumisión del indio al misionero desde un punto de vista religioso; era tal esa sumisión que, vista con ojos humanos y maliciosos, se atribuiría a encantamiento o a artificio misterioso y secreto de los jesuitas, pero era debida a la divina misericordia, en premio al trabajo y caridad, paciente y benigna que no busca su propio interés, que cambia la ferocidad del lobo en la blandura de ánimo del cordero.

EI misionero austriaco explicaba el cambio operado en los indígenas utilizando un lenguaje despreciativo que recuerda el de los primeros tiempos de la conquista: la transformación de brutos y fieras silvestres (son sus palabras), primero en hombres y, luego, en mansos cristianos, fue obra de inmenso trabajo, de invicta tolerancia y de gravísimos peligros. Esto no pudo hacerse sin que el genuino espíritu de Dios hubiera movido y robustecido a los obreros evangélicos para que ambicionasen, o al menos soportasen, largo tiempo el cultivo tan laborioso de aquel linaje bestial, en el cual nada fue más peligroso para el obrero que la depresión y el hastío del trabajo ante la falta de respuesta a su esfuerzo.

Veigl mostraba su desconfianza de la índole del indio: no había vínculo tan fuerte que, por su volubilidad, olvido de los beneficios y prolongada como oculta hipocresía, no se rompiera. Pero esta visión pesimista de Veigl debe contemplarse a la luz de los casos, traídos por Uriarte, como ocurridos al mismo: muertes generalizadas, fugas, suicidios, etc.

El misionero austriaco, con mucha buena voluntad, pero sin experiencia y con relativa juventud, nombrado visitador de la Misión a los dos años de entrar en ella, quiso imponer costumbres y métodos disciplinarios experimentados durante su profesorado en el «Teresianum» de Viena, y formar una cristiandad como la que había leído y oído de las reducciones del Paraguay.

Entre otras cosas, impuso a sus feligreses el cultivo de chacras comunes, como en el Paraguay; a los muchachos que tenía en la casa parroquial les prohibía ir a sus casas y los encerraba en tiempo de siesta para que durmieran; a las niñas, por higiene, les hacía cortar el pelo lo que sentían ellas muy al vivo. Le preocupaba la muerte de muchos sin saber la causa: la mayor parte de una de las naciones de San Regis fue muriendo, al parecer, por ingerir una yerba, la «muzana», que producía una enfermedad y debilidad letal. No es extraño que los misioneros más antiguos se quejaran al provincial de su inexperto visitador, y que éste fuera llamado a Quito para responder de su gestión.

Prácticas de vida cristiana

En cuanto al ritmo de la vida cristiana descrito por Veigl, se reducía a la doctrina con pequeños y adultos tres veces por semana, y con niños y niñas todos los demás días, mañana y tarde, rosario, oraciones, confesiones, pláticas y misa domingos y fiestas, con misa cantada en las fiestas solemnes: Navidad, Pascua, Corpus, día del patrón del pueblo. La frecuencia de sacramentos para los más piadosos era mensual o, al menos, en las fiestas principales. En general, con mucho trabajo, una vez al año por Pascua.

Es interesante observar que no se establecieron asociaciones piadosas entre los fieles, fuera de la congregación del Sagrado Corazón para fomentar su devoción que se mandó establecer en la consulta de misioneros de 1756, con reglas acomodadas a la gente y admisión reservada a personas juiciosas. Sólo se consiguió fundarla en La Laguna y en Omaguas.

EI estado de las Misiones de Maynas, al tiempo del reemplazo, se podía compendiar en el comentario de Velasco al último censo de 1764, que había dado 12.000 neófitos y unos 6.000 catecúmenos: “Fruto doloroso, si se atiende a la continuada fatiga de tantos misioneros en el espacio de 126 años: si se miran los sudores, y la sangre derramada de tantos ilustres Operarios; pero fruto grande todavía, si por otra parte se atiende a tanta contradicción, y oposición continua, de las invasiones enemigas, de tumultos y rebeliones, de Epidemias, de Pestes, y veleidades, en cuya atención era maravilla que se conservase alguno.”


NOTAS

  1. Territorio amazónico situado en los actuales estados de Ecuador y Perú
  2. Uriarte 259
  3. Velasco III, 484-485
  4. Veigl I:1788, p.189
  5. Este es el índice de las materias de ambos libros: LIBRO I. Descripción topográfica de la Provincia de los Maynas. Cap. I Situación, límites y clima; cap. II. Idea general del río Marañón o Amazonas; cap. III De la diversidad de habitantes y de las causas verosímiles de su disminución: descenso demográfico; cap IV Descripción de las naciones del alto Marañón; cap. V Naciones del Pastaza: cristianas, las que no conocieron los caminos de la salvación o los abandonaron; cap. VI Naciones del rio Guallaga; cap. VII Marañón inferior; cap. VIII Idea del Napo y de sus habitantes; cap. IX De las naciones aun bárbaras del Marañón austral; cap. X De las naciones bárbaras del Marañón septentrional; cap. XI De los tres caminos abiertos al Marañón desde la provincia de Quito; cap. XII De las lenguas usadas en la misión de Maynas (muestra del quichua). LIBRO II. Descripción física y moral de la Provincia de los Maynas. Cap. I condición del aire y de la tierra, carácter de la agricultura y siembras de los Maynas; cap. II árboles frutales. Utilidad e importancia de las maderas, resinas y cortezas; cap. III frutos medicinales, tüxtoreos, supersticiosos, venenosos. Antídotos contra los venenos; cap. IV cuadrúpedos domésticos y silvestres; cap. V Aves rapaces, silvestres, acuáticas. Su utilidad; cap. VI Variedad e índole de los insectos, reptiles o volátiles; cap, VII condición de la abejas y de la cera; cap. VIII del subsuelo de la provincia de Maynas; cap. IX abundancia y utilidad de los acuátiles; cap. X alimentos, procreación y crianza, enfermedades; cap. XI De la comparación de la humanidad e 'índole de los bárbaros silvestres; cap. XII Del gobierno político y espiritual de los neófitos.
  6. Velasco III, 292
  7. Veigl II (1789) p.130-132
  8. Uriarte I).438
  9. Velasco III, 288
  10. Velasco III, 287

BIBLIOGRAFÍA

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FRANCISCO DE BORJA MEDINA, S.J. ©Pontificia Universidad Gregoriana