MAYNAS; Situación en la etapa post-jesuítica

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Las misiones bajo la jurisdicción del obispo de Quito

En Quito, la Junta de Temporalidades entregó al obispo de Quito las misiones de Maynas, y estableció para su administración, la alternativa bienal de clérigos seculares y religiosos de San Francisco. La primera remesa de clérigos seculares llegó a Maynas en abril de 1767, en compañía del comisario regio para la expulsión, don José Basabe. Sólo se necesitaban 21 ya que los pueblos de Lamas y Moyobamba pasaron a Trujillo, y se secularizaron los curatos de Archidona y Puerto de Napo.

En 1773, las quejas con ocasión de la conducta de los franciscanos que les siguieron, llevó a la Junta a excluirlos perpetuamente de la alternativa y a confiar las misiones solamente a los clérigos seculares, alargando los periodos de residencia en los pueblos. En 1774 se sacaron a todos los franciscanos y se destinaron, de nuevo, clérigos seculares. Diez años después, en 1783, por auto de 20 diciembre, la Junta ratificó la entrega de las misiones de Maynas al obispo de Quito, otorgándole la propiedad.

Informes sobre las Misiones

Entretanto, se habían producido cambios en la administración metropolitana. Para 1773, se había creado, en el seno del Consejo de Castilla, la Contaduría General de Temporalidades con un Contador-Director. En agosto de ese mismo año se produce la supresión de la Compañía de Jesús por el papa Clemente XIV. Por el mismo tiempo se produce el relevo del conde de Aranda y su designación para la Embajada de París, sustituyéndole en la Presidencia del Consejo Manuel Ventura Figueroa (1773-1783). A lo que resulta, la última Real Cédula relativa a la reorganización de las Misiones de Maynas, fue la del 2 septiembre 1772.

EI Consejo por el que corrían los asuntos de jesuitas, y por medio de cuyo Presidente tenían las Juntas de América y Filipinas que comunicar, para la aprobación real, lo que fueran ejecutando, había dado por concluido su cometido y había traspasado su gestión a los tribunales ordinarios competentes. Los de América y Filipinas se entregaron a la Secretaría de Estado y del Despacho Universal de Indias y al Consejo de Indias, ambas bajo la dirección de José de Gálvez.

En virtud de este traspaso, el 31 enero 1784, Gálvez solicitó al Presidente de Quito una información detallada sobre el estado de la Misión de los Maynas. Una primera parte se refería al establecimiento, extensión, naciones de Indios y pueblos de que se componían, gente de cada pueblo, con distinción de clases, estado, edad y sexo, lengua que entendían o usaban, etc.

En la segunda parte se pedía información sobre la administración temporal y espiritual: celo de los obispos, cumplimiento de las obligaciones por parte de los misioneros, su financiación, gobierno civil de los pueblos, usos y costumbres de los indios, fauna, fertilidad del suelo y fomento de sus frutos.

El Presidente de Quito, Juan Josef de Villalengua, pasó la petición de información a los oficiales reales y al director de Temporalidades, así como al gobernador de Maynas, Francisco de Requena, ocupado en la expedición de límites. Por esta razón, el Presidente, solicitó, además, al obispo de Quito, Blas de Sobrino y Minayo, que le comunicase las noticias que pudiera adquirir de los clérigos seculares que, en calidad de superiores o misioneros, habían servido aquellas doctrinas. El 18 octubre 1784, Villalengua enviaba la información de los dos vicarios generales que habían dirigido la misión desde la marcha de los jesuitas, en 1768 hasta 1777, sin esperar la del gobernador, pues juzgaba que éste poco podría añadir a lo expresado por los clérigos. Dos meses más tarde, el 18 diciembre 1784, el Presidente remitía al ministerio el testimonio de la entrega, en propiedad, al prelado diocesano de las misiones de Maynas por auto de la Junta de 20 de diciembre del año anterior.[1]

Respuestas a la Real Orden circular de 31 enero 1784

Vicarios generales (17 agosto 1784)

Del informe conjunto de los vicarios generales, Echeverría y Aguilar, se deducía que los clérigos seculares, bajo su autoridad, habían seguido el mismo sistema de los jesuitas. No es extraño, porque, al menos los primeros, conocían de antiguo a algunos de los misioneros, e incluso habían sido sus discípulos. Los de la primera hornada, capitaneados por el vicario general, Echeverría, habían convivido con los misioneros en Maynas durante unos meses aprendiendo de ellos.[2]

EI documento tiene dos partes de acuerdo con lo solicitado en la Real Orden. a. Descripción: El número total de pueblos, en 1767 era de 21 con un total de 9.163 almas y, en 1776, 22 pueblos (se había fundado Chamuchiros) y 8.927 almas (faltaban en el cómputo familias de la Santísima Trinidad de Capucuy ausentes en la siembras). Se hablaban 27 lenguas.[3]

Administración espiritual y gobierno temporal

Los Jesuitas fueron relevados por 25 sacerdotes seculares subordinados a un vicario general, según la noticia del número de pueblos. Pero se entregaron Lamas y Moyobamba a Trujillo y se secularizaron Archidona y Napo. Quedaron 21 pueblos. El nombramiento venía del Sr. obispo y la asignación del superior. Los sacerdotes desempeñaban, en cuanto podían, el cumplimiento de sus obligaciones. Presumían que, hasta la fecha del informe, a ejemplo de aquellos, continuaban los posteriores sin desviarse.

Todos habían sido examinados y aprobados en Sínodo, instruidos en lengua general del Inca para el trato con los indios. Y, para granjearse su afecto, habían aprendido la lengua nacional, lo que habían premiado los obispos. Recibían el Sínodo o estipendio de 200 pesos, deducidos de la Real Caja, en especies que repartían entre los mitayos de servicio diario, por turnos, en pesca y caza, para mantenimiento del misionero. Además, una gratificación de 200 pesos del mismo ramo para el costo de sus avíos. No recibían nada por fiestas, entierros y casamientos.

Los vicarios, en su inspección, advirtieron que las iglesias estaban adornadas con mediana decencia, cuyo culto costeaban los misioneros con el dicho estipendio. Algunos indios devotos contribuían con algunas onzas de cera. Afirmaban, sin más, que en ninguno de los Pueblos de dicha Misión hay cofradías, o Hermandades.[4]Lo que pudiera significar llana y simplemente que la congregación del Corazón de Jesús, erigida en La Laguna y en los Omaguas, mencionadas por Uriarte, tenían poco arraigo y desaparecieron por sí solas.

Los indios eran aplicados al culto de Dios y de los Santos. Celebraban las fiestas del Santísimo Sacramento, Virgen María y Patrón del pueblo. Reverenciaban a los sacerdotes, los obedecían así como a sus mandones; cuidaban del aseo de sus cuerpos. Eran inclinados a la bebida, pero, refrenados por el misionero, no pasaban a los excesos de la embriaguez. Hacían los despachos generales porque les gustaba Quito y se paseaban y se vestían al uso de la ciudad.

Descripción de los usos y costumbres de las diversas naciones

Ya Veigl y Uriarte habían hecho su descripción. Los vicarios mencionaban el vestido, o la falta de él, pinturas en rostros y cuerpos, la costumbre de oprimir la cabeza en forma de mitra, la de hacer un orificio en la parte inferior de las orejas, herir los rostros de los niños en forma de criba, comprimir los pechos a las niñas, arrancar los pelos de cejas y pestañas, untar manos y pies con vitu, jugo de una frutita de color negro que duraba tres meses.

Describían la fauna: reptiles, cuadrúpedos y acuátiles, pájaros y peces, entre éstos el manatí y la tortuga; frutas: piña o ananas, guabas o pacaytes, aguacate o palta, granadas, granadillas, naranjas, etc. En cuanto a las plantas comerciales proponían el cultivo del cacao, tabaco, caña de azúcar, plantas tintóreas (en particular el añil), textiles (algodón) y otras como el café, drogas medicinales y, finalmente, maderas de todas clases, buenas para la construcción naval en un grande astillero. Proponían la producción, industrialización y comercialización de estos productos que emplearían muchas gentes de diversas partes y se podrían hacer nuevos poblamientos y facilitar los transportes.

Gobernador Francisco de Requena (20 febrero 1785)

Seis meses después del informe de los vicarios, Francisco de Requena, que había estado 9 meses en Maynas, confirmaba, desde la zona portuguesa donde se encontraba en su comisión de límites, lo expresado por los vicarios, pero sin omitir su propia crítica a las deficiencias.[5]De acuerdo con lo prevenido en la Real Orden, luego de la descripción de las misiones de Maynas, Requena daba su parecer en 33 puntos, sobre lo que convenía variar o establecer en beneficio de la religión de estos dominios y de los mismos naturales.[6]Adjuntaba a su informe un Método que deben observar los misioneros de Maynas sobre algunos puntos interesantes de sus feligreses.[7]

Según el cómputo de Requena, la misión constaba de 22 pueblos con 9111 almas. En los pueblos convivían diversas naciones con diferencias lingüísticas que impedían entenderse entre ellos. Era raro el individuo que sabía la lengua española. Criticaba a los jesuitas por no habérselas enseñado, como lo habían hecho con la lengua general del Perú. Esta la entendían la mayoría de los viejos en la zona más poblada de la misión y la usaban en su trato y comercio de unas naciones con otras, pero las mujeres y los jóvenes, aunque la entendían, la pronunciaban mal por su poco uso. La ignoraban algunos pueblos del alto Marañón y los del río Pastaza, Napo y bajo Marañón. Por no saber los misioneros la lengua particular, estos pueblos no cumplían por Pascua y carecían de instrucción religiosa.[8]

Gobierno espiritual.[9]

En cuanto a las cualidades personales y formación, no todos los misioneros las poseían. Se habían ordenado, a título de misiones, sin vocación para ellas ni cualidades para el sacerdocio, sólo por hacer carrera pues carecían de patrimonio, sabiendo que dejarían la misión a los dos años.

Otros, una vez llegados a la misión, importunaban al vicario para su traslado a población más cómoda y, al obispo de Quito, en solicitud de licencia para abandonar la misión. No miraban, como a propio rebaño, el que se les confiaba y dejaban deteriorarse la población con ansia de desampararla. Ocurrían desórdenes con escándalo de los neófitos. No les procuraban a éstos bienes temporales, sino utilizaban el estipendio para su propio lucro y extrayendo del país cuanto les convenía para su mejora, por carecer de bienes propios, fuera de la congrua, sin beneficio ni capellanía cuyas vacantes debían esperar.

Por otra parte, el tiempo limitado de su permanencia era dañoso para los neófitos, pues no podían ni adelantar ni conservarse en el estado antiguo que tenían. Incluso los misioneros más celosos debían dejarlos para hacer sitio a los de la remesa siguiente, lo que no daba lugar al conocimiento de vicios y defectos de sus feligreses, comprensión del idioma o a connaturalizarse con el clima.

De aquí que el mayor fruto lo hicieran los 21 clérigos entrados en l774, sacerdotes idóneos para servir la misión, de los que algunos habían permanecido hasta 1784. Requena sabía, a ciencia cierta, que éstos conocían varias lenguas, socorrían con sus estipendios a los indios, los atendían en sus enfermedades, precavían las borracheras y demás vicios dominantes. Hicieron algunas donaciones a las iglesias, aunque no de mucha entidad, pero grandes respecto de sus posibilidades.

Por contraste, no todos los clérigos de las remesas posteriores sabían la lengua de sus feligreses, ni latinidad, ni letras morales suficientes, ni los ritos y ceremonias para la buena administración de sacramentos. Los clérigos venían a la misión sin saberla, aunque se examinaban; mientras la aprendían, los pueblos estaban como sin pastor. Descuidaban, como ocioso, el estudio de la lengua de sus naciones por el poco tiempo que estaban entre ellas y el fastidio que les proporcionaba.

La instrucción en lengua general la entendían los adultos que la sabían y salían medianamente instruidos, pero las mujeres y los niños ni la sabían ni entendían nada sino sólo los sonidos. Debía enseñarse la lengua española en vez de la inca, por la incapacidad de las lenguas indígenas de expresar y dar a entender los misterios de la fe.[10]


Formación del clero y educación de los fieles

Proponía para remedio de la falta de formación de los clérigos la erección de un colegio- seminario en Quito, para la buena crianza, educación y disciplina de los ordenados destinados a Maynas. En cuanto a la cultura del misionero, Requena notaba la diferencia con la etapa anterior. Faltaban las bibliotecas que habían dejado los expulsos. Los pocos libros que vio, estaban por el suelo o a merced de los ratones e insectos en cajón sin tapa.

En lo tocante a la educación de los feligreses, se había descuidado mucho la policía y cultura de los Maynas. Los jesuitas tenían herreros, carpinteros, tejedores, músicos, almacén con herramientas. Ahora, iban desapareciendo: maestros muertos, o muy viejos, telares perdidos, fraguas, herramientas, calderas de cobre y otros muebles o inutilizados o desaparecidos, no sin culpa de los misioneros posteriores.[11]

Soporte económico

La financiación de la Misión tendría como base el estipendio de 200 pesos (el vicario recibía 333 pesos) más los 6.000 pesos asignados al colegio de Quito para misiones, las alhajas de la sacristía de este colegio y las haciendas. A esto se añadía el acostumbrado servicio personal con que contaba el misionero de mitayos diarios y semaneros, cocineros y pongos. Los días de Doctrina mayor, cada una de las mujeres con chacras dejaban, como ofrenda en la puerta de la iglesia, dos plátanos o yucas, como primicia.

Requena proponía la supresión del servicio personal, la enseñanza de oficios, el destierro de las cacerías y, en su lugar, la promoción de la cría de ganado doméstico,[12]cosa que los jesuitas habían establecido en los diversos pueblos con ganado mayor y menor, aves de corral y cerdos.

Gobierno temporal: el Director

No obstante lo establecido en las reales cédulas, todavía en 1785 los curas mantenían el gobierno temporal de sus pueblos, pues no había otros para ejercerlo. Requena insistía en quitárselo del todo, así como la imposición de castigos, pues los curas se excedían de las normas dadas por los concilios y sínodos limenses, usando de rigor e imprudencia sin atender a la calidad de neófitos o catecúmenos, o a la ausencia de malicia de las faltas, cuando no, por vengar el cura ofensas personales.

El gobierno de los pueblos, en tanto los indios no supieran regirse por sus propios gobernadores y justicias, se entregaría a un director español, de buenas costumbres, celo, prudencia, verdad, e inteligencia en leer y escribir, casado con blanca o india de distinta nación que los del pueblo, sin jurisdicción coactiva, sino solo directiva para corregir pecados y, en caso de no surtir efecto, dar parte al teniente partidario o al gobernador en funciones. Cuidarían de la civilidad, cultura y comercio de los indios y también en todo lo referente a la instrucción religiosa y culto divino, de lo que debía dar ejemplo. Se le asignaban prácticamente las funciones ejercidas por el fiscal.[13]

Parece evidente que, en este y en otros puntos, Requena sigue el modelo portugués para los pueblos del Pará y Marañón, adoptado ya por el Gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, para las misiones guaraníes.[14]

Medidas económicas dispuestas por la Corona y los jesuitas

Bernardo Recio y Juan de Velasco, en sus escritos durante el destierro de Italia, se muestran favorables a las providencias tomadas por la Corona, para promover e impulsar la economía de la Misión de Maynas, entre otras el fomento de comercio y la introducción de la moneda.

Ambos lamentaban el sistema seguido por la Compañía de Jesús en Maynas hasta su expulsión, respecto a la falta de aprovechamiento de sus recursos materiales y su comercialización, así como la ausencia de moneda en las transacciones, que se realizaban por el sistema de trueque.[15]Velasco juzgaba que la situación de degradación en que se encontraba la Misión en el aspecto material dependía precisamente de la falta de comercio. Explicaba:

1. Los indios no tienen apenas comercio: están acostumbrados a que los misioneros les provean de herramientas y de cuanto hayan menester. 2. El comercio se reducía a unos pocos que cambiaban herramientas por lienzos y colchas de algodón, que pintaban con vivos y vistosos colores, sin gusto, ni arte; a tal cosa como bordada, con diversos colores de plumas naturales; a poca cera, cacao y resinas, veneno para la caza, tabaco generalmente bueno, siendo el de Maynas y Borja de calidad exquisita.

3. Dejan perderse muchas cosas que podrían traficarse con grande utilidad, o porque no tienen cómo ejercitarlas o más bien porque, contentos con poco o nada, se dejan llevar de su natural pereza.

4. La riqueza de los bosques y frutos no se aprovecha. Podían consistir en ramos de comercio útil y considerable con sus finísimos bálsamos, gomas, resinas y aceites; miel, cera, vainilla y canela, cacao silvestre, pero de calidad superior que se prefiere a todos los de la América meridional. 5. Se podría avivar con los frutos nuevamente introducidos por los misioneros: azúcares, café (estimado superior al de Levante), canela beneficiada y purgada tanto más y mejor que la de Ceylán.[16]

La integración del indio en la sociedad

Recio iba más allá y ponía en tela de juicio el mismo sistema de la reducción por la separación que imponía al indio respecto de la sociedad hispana, abogando por su plena integración en ella. Reconocía las ventajas de esta segregación: solos, conservaban su inocencia y rustica sinceridad, y aducía el privilegio real para que no se introdujeran españoles en sus pueblos.

Pero, para Recio, la comunicación a todos los niveles, incluso inter-étnica, esto es la mezcla, en una misma sociedad, de indios, españoles (europeos y americanos), mestizos y aun negros, ofrecía mayores ventajas espirituales y humanas que lo contrario: conducía a hacerles deponer su rudeza y barbarie, avivarles la fe y a aprender más fácilmente los sagrados dogmas, ritos y costumbres de los cristianos. Por ello, Recio aprobaba la implantación de poblaciones de españoles en los pueblos de Maynas, que era lo que precisamente promovía la Corona.

Recio apuntaba a la dificultad para el establecimiento de españoles, que provenía más bien de factores externos como la multiplicidad de lenguas y la falta de caminos, pues los mismos ríos, que constituían las principales vías de comunicación, al mismo tiempo que facilitaban el transporte, oponían estorbos y riesgos. A esto se añadía la dificultad de los escasos medios de subsistencia, para los tres tipos de españoles que podían arriesgarse: oficiales mecánicos, mercaderes y labradores.

Los primeros no tenían apenas ocupación para sus oficios. Los mercaderes no preveían negocio suficiente para sus tiendas. Los labradores, sin negros o indios que les sirvieran, no eran capaces de trabajar por sí solos las tierras. Pero negros no había y los indios, fuera de su natural desidia, no se querían sujetar a ese trabajo ni aun por salario. En estas condiciones era difícil fundar poblaciones de españoles, tanto más en un clima malsano, caluroso y húmedo.[17]


Aprobación de la entrega de las Misiones al obispo de Quito.[18]

En respuesta a los informes de los vicarios y del gobernador de Maynas y a las diligencias actuadas por la Junta de Quito en relación con estas misiones, el ministro de Indias, don José de Gálvez, comunicaba al Presidente de la Audiencia de Quito, que el rey aprobaba lo acordado en el auto de 20 diciembre 1783 sobre la entrega de las Misiones de Maynas al obispo de la diócesis. Esperaba de su pastoral cuidado que promovería el aumento espiritual y temporal de aquellos Pueblos para la propagación del evangelio con el buen ejemplo y desempeño de los Eclesiásticos que los asistan, y fomento de los frutos que da, y puede dar aquel País

En cuanto a los beneficios temporales de la misión, se mandaba al Presidente que, en consecuencia de lo previsto en la Real Cédula de 2 septiembre de 1772 y del resultado de los informes de 1784, tomase los arbitrios oportunos para el cultivo de los frutos que se indicaban como propios del terreno y ventajosos para toda la provincia. Para ello, debía proceder al reparto de tierras a beneficio de españoles, o indios y demás castas, sin perjuicio de las necesarias a los naturales.

La única salvedad era que ninguna de estas operaciones fuera gravosa al Real erario, ni se causasen más derechos ni impuestos que los acostumbrados a pagarse. En esta clase se debían considerar los diezmos a que se refería la Real Cédula, y los tributos de los mismos indios introduciéndolos con suavidad.

En cuanto a la administración de los bienes de la misión, la Junta, por medio del Presidente, había también solicitado que los bienes de las temporalidades pasasen a la Corona. El Consejo juzgó que no había lugar, pues se debía considerar a los jesuitas meros administradores ya que, en virtud del Regio Patronato, los bienes eclesiásticos pertenecían, en último término, a la Corona.

Con todo, en atención a la carga que los sínodos y viajes de los misioneros suponían al real erario, puesto que los indios no contribuían aún con diezmos ni tributos, se proveía que la administración de los bienes ocupados a los regulares expulsos pertenecientes a estas misiones corriera separada, como se había dispuesto, con la debida exactitud y economía.

Cada año debían liquidarse las cuentas en la misma forma que las de la Real Hacienda para que constasen los productos y su inversión, aplicándose el líquido hasta donde alcanzara, a las asignaciones de Sínodos y gastos que se determinaron en la Cédula de 31 diciembre 1716, y completándose de la caja lo que faltare al total de lo señalado.

En atención a las contingencias, se dejaba al examen de la Junta la mayor o menor utilidad de la venta de las haciendas de jesuitas; en el caso de estimarlo así, la Junta debía proceder a su remate y a la imposición de los capitales, dando cuenta de sus resultas.

Todo pendía para el ministro Gálvez, empeñado en la reforma económica de las Indias, del fomento de los frutos expresados en los informes. Los medios para conseguirlo se reducían a formar haciendas y proveerlas de cultivadores. Los indios eran los mismos que en el tiempo de los regulares. Su gobierno en lo espiritual y temporal no había decaído, pero estos datos no eran suficientes.

Se señalaba que, en la anterior Real Cédula de 2 septiembre 1772, se había tratado de los diezmos, pero no del tributo, ramo principal en América, cuya contribución era conveniente a beneficio de los mismos indios. El pago del tributo obligaría a los indios al trabajo y a vencer el ocio a que se inclinaban.

Sin embargo, en relación al tributo, no se había introducido por la incapacidad de la tierra, por la distancia de ella y por lo servicios prestados por los indios en viajes, expediciones y manutención del misionero. Había una Real Cédula sobre el particular.[19]

De nuevo los Franciscanos, pero europeos.[20]

El 18 octubre 1787, Villalengua que, antes de ocupar la Presidencia en 1783, había sido protector de indios (1773) y fiscal (1776) de la Audiencia y conocía bien la problemática, daba cuenta a la Corte de la exposición del obispo de Quito, Blas Sobrino y Minayo: no tenía clérigos idóneos para los reemplazos y miraba de nuevo a la orden franciscana como solución.

Pero, como los criollos de la Orden habían dado mal resultado, por su juventud y falta de preparación, proponía encargarlas a los franciscanos europeos con las cláusulas restrictivas de la Cédula de 2 sept 1772; esto es, sometida la inspección de su conducta y su arreglo al obispo de Quito, con intervención del Presidente, en los casos graves que lo exigieran.

El obispo Sobrino, sucesor de don Pedro Ponce y Carrasco, desde 1777, hacía la historia de las vicisitudes de los reemplazos. Por falta de clérigos seculares para mantener los turnos, la Junta de Quito acordó la alternativa bienal de clérigos y franciscanos. La primera remesa, después de la expatriación de los jesuitas, había consistido en presbíteros seculares con su Vicario general.

Fueron relevados por los franciscanos de la provincia de Quito que dieron mala cuenta de sus personas y conducta, por lo que la Junta los excluyó para siempre: los religiosos enviados eran jóvenes recién ordenados, criollos hijos de aquella provincia y sin instrucción. El obispo Ponce y Carrasco los substituyó con sacerdotes diocesanos, ordenados a título de la misión.

Pero este relevo tampoco dio resultado por no encontrarse sacerdotes idóneos. El obispo tuvo que acudir a gente poco instruida que no tenía esperanza de ordenarse «in sacris» sino a título de la misión. Terminado su periodo, volvían reclamando acomodo por haberles cesado la congrua. Si, en ese tiempo no había coadjutoría o interinidad de beneficio curado vacante, el obispo se veía obligado a acallarlos con socorros pecuniarios. Ante estas dificultades, el obispo Sobrino solicitó la vuelta de los franciscanos, pero esta vez europeos en lugar de criollos, dada la experiencia anterior.

Villalengua, a la vista de la propuesta del obispo, revisó los autos seguidos sobre el asunto y halló que la entrega interina de las misiones al obispo no estaba aprobada por el Rey. Sin embargo, a la vista de la RC de 2 abril 1772, que facultaba para nombrar regulares o, en su defecto, seculares, planteaba el volver a la alternativa con las salvedades indicadas, esto es: a) quedar sometidos a un vicario general secular; b) no permitir que los prelados religiosos visitasen los pueblos de los regulares con curato y c) no mezclarse unos ni otros en cosa alguna tocante a lo temporal.

El Presidente Villalengua apoyaba la representación del obispo y proponía el envío de franciscanos europeos o, en caso de no ser aprobado por el rey, atender la Misión de Maynas con los eclesiásticos seculares y los regulares de los conventos de la capital. Esto sería menos malo que dejar aquellas misiones abandonadas por falta de los seculares. Harían falta 50 frailes en razón de la alternativa.

Muerto el omnipotente ministro de Indias, José de Gálvez (17 junio 1787), se creó una Junta de Estado y se dividió la Secretaría de Indias en dos: Guerra, y Hacienda y Gracia y Justicia. A esta competía los asuntos eclesiásticos y se encargó de ella don Antonio Porlier, secretario de su homónima para España. Tres años después (25 abril 1790), ambas Secretarías se fusionaban con las de España continuando Porlier al frente de la de Gracia y Justicia, y se suprimía la Casa de Contratación de Cádiz, sustituyéndola por un «juez de arribadas». Se pidió informes a los oficiales reales de Quito, que fueron unánimes sobre la oportunidad del envío de franciscanos europeos y, el 14 enero 1789, se remitieron al Consejo las representaciones de Villalengua y del obispo Sobrino, y los pareceres de los oficiales reales de Quito. En cuanto a la RC de 2 septiembre 1772, la Contaduría informaba que no había constancia de su ejecución, fuera del asunto de la asignación de curas para los pueblos de Maynas, de que trataba la carta del presidente de Quito.

El rey, por carta acordada de 12 julio 1790 determinaba que, en lo sucesivo, se pusiesen los Pueblos de las Misiones de Maynas al cuidado de la provincia franciscana de Quito bajo el método reglas y restricciones dispuestas en la Real Cédula de 2 de septiembre 1772, omitiendo la referencia a la condición de europeos.

El Consejo intimó a fray Josef Antonio de Jesús Barranco, comisario colectador de una misión de 20 franciscanos para la provincia de Quito, a la sazón en Andalucía, que extendiese el número a 50 religiosos. El 13 septiembre 1789 habían salido embarcados para Quito 13 religiosos de los 20 concedidos anteriormente, por lo que sólo debía colectar los 37 restantes, que debían sacarse de las provincias de Andalucía, Castilla, Reino de Aragón y Navarra, y extenderse a la provincia de San Diego de Canarias la contribución de misioneros y alternativa de América en los propios términos que lo estaban los observantes de la Península.[21]

Fracaso de las medidas gubernativas

La colectación y envío de los 37 religiosos se demoró tres lustros (1789-1804) por las lentitudes burocráticas, la falta de información de los departamentos implicados, la escasez de personal disponible en los conventos, y las guerras con la Convención francesa y con Inglaterra.

El 15 marzo 1791, el secretario del Consejo de Indias para el Perú, Silvestre Collar y Castro, comunicaba al Secretario de Gracia y Justicia, Porlier que la correspondencia con el Presidente, Juez de Arribadas de Cádiz, que debía ocuparse de la financiación y control de los embarques, evidenciaba ignorancia de las reales cédulas y órdenes respectivas a la colectación de los 37 religiosos de la provincia franciscana de Quito.

Diez años después, el 14 diciembre 1801, faltaban aún 12 sacerdotes y un lego por embarcar. El nuevo colectador de la provincia de Quito, Fray Francisco Antonio de Jesús Huertas, solicitaba, a buena cuenta, los gastos de la expedición. El Consejo consideraba urgente la remesa de operarios evangélicos para la conservación de aquellas misiones, pues habían cumplido un decenio la mayoría de los empleados en ellas, pero la guerra con Inglaterra impedía el envío. Acabada la guerra, se le ordeno realizar la dicha colectación.

En medio de las circunstancias, Francisco de Requena, vuelto a la Península con plaza de capa y espada en el Consejo de Indias, a petición de éste elaboró nuevo informe sobre arreglo temporal y adelantamiento de las misiones de Maynas, que evacuó en 11 de abril de 1799. Criticaba aún más seriamente a los clérigos, e incluso el comportamiento de los religiosos franciscanos llegados a Maynas poco antes de su partida.

Temía que los envíos posteriores no hubieran dado mejor resultado. Presentaba datos aún más alarmantes acerca de la destrucción de la misión de Maynas en población y en religión: “se han disminuido la mitad de sus habitantes, disminuido en ellos la religión y en muchas poblaciones casi extinguida, sin que se dé el pasto espiritual a los cristianos ni se catequicen los infieles”[22]

Atribuía el comienzo de la decadencia a la separación del territorio del Virreinato de Lima, pero la mayor decadencia en que se hallaban se había hecho más notable desde la expulsión de la Compañía. Proponía volver a la anterior situación político-administrativa de la dependencia de Maynas del virreinato de Lima, segregándolo del de Santafé y Audiencia de Quito; la erección de un obispado y la incorporación de las Misiones de Maynas al colegio de Propaganda Fide de Santa Rosa de Ocopa,[23]lo que se determinó por Real Cédula de 15 julio 1802.

El 26 de abril de 1804 zarpaba de Cádiz para Montevideo la fragata «Hermosa Andrea» con los religiosos destinados al Colegio de Ocopa, entre ellos, el resto de los 50 concedidos para la alternativa de Quito y Misiones de Maynas, agregados, de real orden, a dicho colegio a petición de su nuevo colectador Fray Francisco Álvarez Villanueva.

La política centralizadora borbónica con sus frecuentes reformas de la administración tendentes a la unificación del despacho de los asuntos de la Península y sus dominios ultramarinos, así como los cambios políticos consecuentes a la sucesión en el reinado (1788) influyeron más de lo que quizás se haya pensado en la decadencia de las antiguas misiones de la Compañía, entre ellas las de Maynas.

Como ejemplo del desconocimiento y confusión de los asuntos de Indias a que llevaron las reformas de 1787 y 1790, Francisco de Requena informaba el 29 septiembre 1809 a la Junta Suprema de Sevilla, de los reveses políticos y militares que habían originado. Entre otros, los resultados negativos de la negociación con Portugal para la demarcación de límites que aún no había terminado cuando la reforma de 1787.

Los portugueses habían ocupado una parte del Paraguay y se habían introducido en los virreinatos de Lima, Nuevo Reino y Buenos Aires fortificándose. Como contraste, durante los once años de su comisión en la Amazonia (1783-1794), sus reiteradas representaciones no habían obtenido respuesta alguna de la Corte.[24]

A la luz de estos hechos, se explica el abandono de los asuntos de Maynas por parte de las autoridades indianas y de la corte: en 1783, advierte el nuevo Presidente de Quito, Juan José Villalengua y Marfil, que la entrega interina de las Misiones de Maynas al obispo (1768) por parte de la Junta de Temporalidades, no había sido aún aprobada por la corte.

Y, en 1789, la Contaduría General de Indias, con motivo del informe sobre la petición del Presidente y del Obispo de Quito del envío de franciscanos europeos a Maynas, descubre, al examinar el expediente de Maynas, que ni el Virrey de Santafé ni el Presidente de Quito habían respondido a los puntos pedidos en la Cédula de 2 septiembre 1772, por lo que era preciso mandar a ambos magistrados que informasen con justificación sobre los demás puntos que quedaron pendientes y se les mandó por la citada Real Cédula, extrañándoles su descuido y morosidad en no haberlo ejecutado.[25]

Los cambios estructurales en el gobierno político y religioso de las Misiones de Maynas introducidos por el Consejo Extraordinario, bajo la Presidencia del conde de Aranda, con las normas complementarias tendentes a una actualización de la política integradora reflejada en las Leyes de Indias, así como las reformas económicas posteriores propugnadas por el Ministro de Indias, José de Gálvez, encaminadas a la mejor administración de las Misiones de Maynas en lo espiritual y temporal no tuvieron efecto, debido, en su mayor parte, al desconocimiento de la realidad, a la incuria de las autoridades interesadas, a la falta de personal idóneo para llevarlas a cabo, comenzando por los propios curas.

El estado de la misión no era, si lo había sido alguna vez, el que habían pintado los vicarios Echeverría y Aguilar. La situación, como la reconoció Requena, en su segundo informe de 1799, fue degenerando hasta su prácticamente total destrucción, la que no impidió la separación, en lo eclesiástico, del territorio de Maynas de la sede quiteña y su erección en obispado propio, como sufragáneo de la sede metropolitana de Lima; ni, en lo político, su segregación del virreinato de Santafé y Audiencia de Quito y su agregación al Virreinato de Lima y la incorporación de sus misiones al colegio franciscano de Propaganda Fide de Santa Rosa de Ocopa. O quizás, precisamente, por todos estos cambios.


NOTAS

  1. AHN, Madrid, Clero, Jesuitas leg 123j exp. N1 33.
  2. Uriarte p.499 516-517
  3. Schuller p.103-35
  4. Schuller p.375
  5. Martín Rubio [Requena: 1785], pp.11-48
  6. Martín Rubio [Requena: 1785], pp.31-46
  7. Martín Rubio [Requena: 1785], p.46-48
  8. Martín Rubio [Requena: 1785], p.14
  9. Martín Rubio [Requena: 1785], p.15-18
  10. Martín Rubio [Requena: 1785, n1 30], p.44
  11. Martin Rubio [Requena: 1785], p.30-31
  12. Martín Rubio [Requena: 1785], p.37-38
  13. Martín Rubio [Requena:1785, nn. 6-1116 34], p.33-34 37-38
  14. Cfr. ERNESTO J.A. MAEDER EI modelo portugués y las instrucciones de Bucareli para las misiones de guaraníes Revista de Historia del Derecho 14, Buenos Aires, 1986 p. 309-325.
  15. Recio p.472-474
  16. Velasco III, p.488-489
  17. Recio P.475-477
  18. AHN (Madrid) Clero, Jesuítas leg. 123j exp. N1 33
  19. cfr. Chantre p.629
  20. Para este párrafo y el siguiente cfr. AGI Quito 600, “El Consejo de Indias en Sala segunda. Madrid, 24 Marzo de 1790. Años de 1787 a 1800...”.
  21. Cfr. AGI Quito 600, Collar a Porlier. Madrid, 15 marzo 1791.
  22. Martín Rubio [Requena: 1799], p.46-48
  23. Martín Rubio [Requena: 1799, nn. 52-63], p.107-112
  24. GILDAS BERNARD Le Secrétariat d'État et le Conseil espagnol des Indes (1700-1808) (=Centre de Recherches d'Histoire et de Philologie de la IV section de l'École pratique des Hautes Études. V. Hautes Études Médievales et Modernes 14) Géneve-Paris 1972, pp.74-76.
  25. AGI Quito 600 “Informe de la Contaduría de 17 junio 1789 inserto en la Consulta de 24 marzo 1790. Años de 1787 a 1800...”.

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FRANCISCO DE BORJA MEDINA, S.J. © Pontificia Universidad Gregoriana