Diferencia entre revisiones de «MISIONES jesuíticas en Paraguay y Río de la Plata s. XVII y XVIII»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El siglo XVI fue el siglo de la gran conmoción religiosa que sacudió al cristianismo occidental, en una de las crisis más graves de la unidad religiosa de Europa. Más allá de las corrupciones, desórdenes y prácticas abusivas de una parte del [[EVANGELIZACIÓN;_participación_del_clero_secular | clero secular]], es indudable el vigor que tuvo el cristianismo; como decía Lucien Febre fue ''“un siglo con voluntad de creer”.'' De este proceso surgieron el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo y la propia reforma católica que reunieron a los creyentes de distintos países y extendieron su acción a las tierras recién descubiertas de América, África, Oceanía y el Lejano Oriente.
 
El siglo XVI fue el siglo de la gran conmoción religiosa que sacudió al cristianismo occidental, en una de las crisis más graves de la unidad religiosa de Europa. Más allá de las corrupciones, desórdenes y prácticas abusivas de una parte del [[EVANGELIZACIÓN;_participación_del_clero_secular | clero secular]], es indudable el vigor que tuvo el cristianismo; como decía Lucien Febre fue ''“un siglo con voluntad de creer”.'' De este proceso surgieron el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo y la propia reforma católica que reunieron a los creyentes de distintos países y extendieron su acción a las tierras recién descubiertas de América, África, Oceanía y el Lejano Oriente.
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Sobre el último cuarto del siglo XVII se iniciaron las ''reducciones de Moxos'', con indios guaraníes, que cesaron con la expulsión de los [[EVANGELIZACIÓN_DE_AMÉRICA;_contribución_de_los_jesuitas | jesuitas]] en 1767. Estas dependían de la provincia jesuítica del Perú. En 1682 se fundaron las ''reducciones de Chiquitos'' en la región denominada Chiquitanía, también poblada por indios guaraníes. El nombre de ''“chiquitos”'' provenía no por la talla de los indígenas, sino por las puertas de las viviendas, ya que para ingresar había que agacharse. Esta región dependía de la provincia jesuítica del Paraguay.
 
Sobre el último cuarto del siglo XVII se iniciaron las ''reducciones de Moxos'', con indios guaraníes, que cesaron con la expulsión de los [[EVANGELIZACIÓN_DE_AMÉRICA;_contribución_de_los_jesuitas | jesuitas]] en 1767. Estas dependían de la provincia jesuítica del Perú. En 1682 se fundaron las ''reducciones de Chiquitos'' en la región denominada Chiquitanía, también poblada por indios guaraníes. El nombre de ''“chiquitos”'' provenía no por la talla de los indígenas, sino por las puertas de las viviendas, ya que para ingresar había que agacharse. Esta región dependía de la provincia jesuítica del Paraguay.

Revisión actual del 12:27 4 oct 2019


Antecedentes

El siglo XVI fue el siglo de la gran conmoción religiosa que sacudió al cristianismo occidental, en una de las crisis más graves de la unidad religiosa de Europa. Más allá de las corrupciones, desórdenes y prácticas abusivas de una parte del clero secular, es indudable el vigor que tuvo el cristianismo; como decía Lucien Febre fue “un siglo con voluntad de creer”. De este proceso surgieron el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo y la propia reforma católica que reunieron a los creyentes de distintos países y extendieron su acción a las tierras recién descubiertas de América, África, Oceanía y el Lejano Oriente.


Las tareas de evangelización en América y otras regiones del mundo incluyeron a la nueva orden religiosa fundada por Ignacio de Loyola, la Compañía de Jesús, que tuvo gran importancia en la consolidación de la fe y de la organización de la Iglesia Católica en Europa, en particular en España y en sus posesiones ultramarinas. Además, la Iglesia Católica y los jesuitas en particular desarrollaron una política de protección y defensa de los indígenas americanos. Desde mediados del siglo XVI, desde Asunción, se reclamaba la presencia de misioneros de la Compañía de Jesús para atender la evangelización y pacificación de los indios guaraníes, según expresaba el propio fundador de la Compañía en carta del 3 de marzo de 1556 al P. Pedro Rivadeneira S.J.


Como antecedentes de establecimientos de misiones en el Río de la Plata y el Paraguay, podemos señalar en primer lugar, el Segundo Concilio de Lima, celebrado en 1567, que partía del supuesto que las costumbres indígenas no eran compatibles con la fe cristiana, y por ello se tenía que llevar a los indios a vivir “políticamente”, es decir “vivir en ciudad”. Mayor importancia tuvo el Tercer Concilio Limense (1582-83), que bajo la orientación y dirección del arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo, inició el proceso de asimilación de las grandes transformaciones promovidas por el Concilio de Trento. En Trento se resolvió la redacción de un catecismo trilingüe para evangelizar a las comunidades indígenas que obviamente desconocían el castellano. Ese catecismo trilingüe estaría impreso en lengua quechua, en aymará y en castellano. La tarea fue encomendada a los padres de la Compañía de Jesús: José de Acosta S.J., Alonzo Berzaza Valera S.J. y Bartolomé de San Santiago S.J.


El obispo Fray Alonso Guerra advirtió que para impulsar las labores de evangelización se debería utilizar la lengua de los indígenas y estimuló a Fray Luis de Bolaños, gran conocedor de la lengua guaraní, para que elaborase un catecismo en su idioma. Para ello, sugirió se hiciera una adaptación del catecismo trilingüe aprobado en Lima y con gran esfuerzo se pudo terminar el material que estaba en idioma guaraní y que se llamó Doctrina Cristiana y Catecismo Para Instrucción de los Indios y Demás Personas. Dicho material fue esencial en las labores evangelizadoras porque brindó a los misioneros una herramienta para realizar un rápido aprendizaje de la lengua guaraní y para la evangelización de los indios. Por otra parte, en 1603 tuvo lugar el Primer Sínodo de la diócesis del Río de la Plata, en Asunción, presidido por Fray Martín Ignacio de Loyola. Allí se aprobó el catecismo elaborado por Fray Luis de Bolaños para impulsar la evangelización de los indígenas.


Antes de llegar al Río de la Plata y al Paraguay, los jesuitas tenían antecedentes en labores apostólicas en Brasil, México y Perú, más concretamente en el Alto Perú. Tras la experiencia en esta última región, advino el establecimiento de las reducciones del Río de la Plata y del Paraguay, que comenzó en 1609 y se prolongó hasta la expulsión de los jesuitas en 1767. En esta región procuraron la evangelización de los guaraníes en la región del Paraná y al norte rumbo a Paranápanema con los del Guayrá, y en la margen occidental del río Paraguay en el Chaco, con los indios guaycurúes.


Las Reducciones jesuíticas

Sobre el último cuarto del siglo XVII se iniciaron las reducciones de Moxos, con indios guaraníes, que cesaron con la expulsión de los jesuitas en 1767. Estas dependían de la provincia jesuítica del Perú. En 1682 se fundaron las reducciones de Chiquitos en la región denominada Chiquitanía, también poblada por indios guaraníes. El nombre de “chiquitos” provenía no por la talla de los indígenas, sino por las puertas de las viviendas, ya que para ingresar había que agacharse. Esta región dependía de la provincia jesuítica del Paraguay.


Los jesuitas también fundaron en 1683 reducciones en el Chaco occidental, ubicadas entre las del Paraguay y las de Chiquitos, hasta 1767 fecha de su expulsión. A esa fecha tenían siete reducciones que eran atendidas por quince misioneros con una población que superaba las 15.000 personas. Las zonas que estuvieron a cargo de los jesuitas diferían de las otorgadas a los franciscanos, ya que se encontraban alejadas, en general, de los poblados de españoles en la región, y de las zonas donde operaban las malocas o bandeiras portuguesas que tenía como base a San Vicente y luego San Pablo. Esta situación facilitó, por un lado, el trabajo de los misioneros y, por otro, impulsó a los indígenas guaraníes a aceptar la reducción para evitar las consecuencias de quedar en medio de los dos frentes colonizadores europeos en la región.


La provincia de Misiones del Paraguay fue creada en 1607 bajo la dirección espiritual del padre Diego de Torres Bollo S.J., que se desempeñó como su primer provincial. A partir de los años 1609 y 1610 comenzaron a surgir las primeras reducciones, integradas en su inmensa mayoría por indios guaraníes, a orillas de los ríos Paraná, Paraguay, Uruguay y en el Guayrá.


Como se señaló, las reducciones jesuíticas significaron para los guaraníes un refugio frente a los encomenderos españoles y a los bandeirantes portugueses. A ello se sumó no solo los conocimientos y la tecnología que traían los jesuitas, sino también el hecho de que los misioneros fueras vistos y considerados por los guaraníes, como otros chamanes parecidos a los que conocían de la etapa precolombina, e incluso más poderosos. Evidentemente los jesuitas entraron en contacto con los guaraníes en un momento crítico para la sociedad tribal, amenazada doblemente por los frentes de la expansión colonial. Para las primeras fundaciones portaban instrucciones del provincial de Torres de no admitir españoles en las mismas, así como tampoco aceptar nuevas reducciones que empleasen a los guaraníes para el servicio personal de los encomenderos.


La acción de los misioneros jesuitas impulsó la instalación de misiones en las áreas del río Paraná, entre 1609 y 1622. A estas reducciones siguieron las del Guayrá entre 1610 y 1630; las del río Uruguay entre 1619 y 1629; en el mismo año 1619 las del Iguazú y Acaray. En el Tape las fundaciones se iniciaron en 1631 y en la región del Itatim entre 1632 y 1634.


La mayoría de estas reducciones que se fueron estableciendo sufrieron los ataques de los bandeirantes portugueses con la finalidad de apresar a los indios guaraníes y llevarlos para su venta como esclavos a diferentes regiones de Brasil. Al respecto Jaime Cortesao ha sostenido que los ataques bandeirantes contra las reducciones jesuíticas no debe ser vistos solamente como expediciones de captura de indígenas y de esclavización para su venta en los mercados portugueses de Brasil, sino que constituyeron también acciones estratégicas que tenían por objetivo abatir las barreras que se interponían entre las posesiones lusitanas sobre el Atlántico y las ricas tierras en yacimientos minerales del Alto Perú y las del Río de la Plata, a las que consideraban su frontera natural hacia el Sur.


Los treinta pueblos

La ubicación definitiva de los treinta pueblos de las Misiones Jesuíticas del Uruguay y del Tape fue la siguiente: al occidente y norte del río Paraná (actual Paraguay) Nuestra Señora de la Fe, o Santa María la Menor, San Ignacio Guazú, Santa Rosa, Santiago, San Cosme Nuevo, Jesús, Trinidad e Itapuá. Entre los ríos Paraná y Uruguay (actual territorio de Argentina): Corpus Christi, San Ignacio Miní, Nuestra Señora de Loreto, Santa Ana, Candelaria, Santos Mártires, San Javier, Santa María la Mayor, Concepción, Apóstoles, San José, San Carlos, Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú. Al oriente del río Uruguay (actual territorio del Brasil): San Luis Gonzaga, Santo Ángel, San Juan Bautista, San Miguel Arcángel, San Lorenzo y San Francisco de Borja.


Cabe señalar que si bien las reducciones de la Compañía de Jesús estaban integradas en su mayoría por individuos de la parcialidad guaraní, también se agregaban otros que no formaban parte de la misma familia lingüística. Ocupaban territorios vecinos y vivieron un proceso de aculturación que los terminó incluyendo bajo el mismo nombre de guaraníes o tapes. Así, en lo que se refiere a las parcialidades que poblaban la Banda Oriental, algunos como los guenoas o minuanes se integraron a las reducciones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé, Jesús María y San Borja. Esa integración no incluyó solamente a las mujeres y niños, que muchas veces buscaban amparo y protección. Mientras las poblaciones aborígenes sujetas más directamente a la estructura colonial sufrieron una constante disminución en toda América, la estructura poblacional de las reducciones de los guaraníes permaneció estable, mostrando incluso procesos de crecimiento.


En lo que hace a la organización de la vida económica, ésta estaba cuidadosamente dirigida por los padres de la Compañía, quienes distribuían las tareas de los indígenas en las diferentes actividades productivas y comunales en forma rígida, lo cual afectó a los guaraníes que estaban acostumbrados a una gran libertad de acción y movimiento. Naturalmente la concentración en reducciones requería una organización muy cuidadosa para asegurar una producción suficiente para mantener una población numerosa.


El tema de la propiedad de la tierra en las misiones jesuíticas ha sido objeto de largas discusiones entre los diversos autores. Lo que se sabe es que en general la tierra se loteaba entre las distintas familias, aunque en los repartos se reconocía la existencia de una jerarquía que existía en la etapa prehispánica y que, en cierta manera, se conservó en las reducciones. Las actividades económicas más importantes fueron la agricultura y la ganadería, en los que la mano de obra era guaraní. Los jesuitas tuvieron en cuenta la modalidad que habían adoptado los franciscanos para tratar de mantener aspectos de su cultura antes de las misiones. Fue típico el caso de la posesión de la tierra: el “abambaé” y el “tupambaé”. El “abambaé” era la propiedad privada del indígena, una forma de propiedad familiar. A cada pareja se le daba una parcela de tierra para cultivar, la que no podía ser regalada, vendida ni traspasada a otros indígenas. El “tupambaé” era la propiedad colectiva o la “propiedad de Dios”, de todos los miembros de la reducción Y ciertos días de la semana se debía trabajar en esa propiedad colectiva, cuya producción era destinada al servicio de la comunidad.


Si bien era una economía que tendía a la autosuficiencia, cada una de las reducciones se especializaba en la producción de determinados artículos que no necesariamente debían ser un artículo agrícola o ganadero o artesanal. Así se practicaba el intercambio bajo la dirección de los jesuitas, ya sea con comerciantes españoles que se acercaban o en el interior de cada pueblo. En realidad se mantuvo uno de los principios fundamentales de los guaraníes prehispánicos: el de la “reciprocidad”, que conllevaba inexorablemente unida la idea de la redistribución entre los miembros de la comunidad, sin importar el rango o jerarquía. Con los jesuitas la economía de reciprocidad pasó por una reformulación, pero no fue eliminada. Trabajo en común y distribución igualitaria de los productos, así como aplicación de excedentes fueron prácticas comunes durante todo el período misionero. Ni colectivismo ni comunismo, sino una profunda solidaridad. Y si bien los jesuitas no indujeron a los indios de la región hacia una economía de mercado, los nativos entrarían competitivamente en la economía de mercado regional, al comerciar sus productos a través de los padres jesuitas.


Estas reducciones jesuíticas de guaraníes no solo abarcaban el área urbanizada en que estaban las viviendas, el templo, los talleres, las escuelas, depósitos y almacenes sino que incluían también un área rural en la que estaban las tierras del “abambaé” y del “tupambaé”, además de las estancias, las caleras, postas, capillas, así como la red de caminos, que no solo facilitaban el comercio sino que unían las distintas reducciones, facilitando la integración y la puesta en práctica de la solidaridad y el espíritu comunitario.

También había un comercio hacia afuera de las reducciones que se dirigía sobre todo a Buenos Aires por el río Uruguay y el Paraná. Este comercio fluvial se realizaba en grandes balsas que bajaban en jangadas desde las reducciones y luego en Buenos Aires eran desarmadas y su madera comercializada, retornando indios y sacerdotes en canoas.


Los principales esfuerzos de los padres jesuitas se dirigieron a la formación de trabajadores con conocimientos en la agricultura, así como en las artes y oficios. Desde temprana edad comenzaban a aprender todo lo concerniente a la agricultura, trabajando en carpir la tierra de los sembrados. Por su parte, las mujeres debían empezar desde niñas a hilar, tanto el algodón como la lana. Dentro de la producción agrícola, la explotación de la yerba mate ocupaba un lugar muy importante, no solo para el consumo sino para la venta a otros destinos en la región. También se cultivaba el maíz y la mandioca en sus distintas variedades.


Además de la caza y la pesca, se explotaba el ganado vacuno, ovino y suino. A medida que crecía la población de las reducciones se necesitó crear áreas o reservas para la crianza y utilización de la riqueza pecuaria. En la Banda Oriental del Uruguay, el ganado alejado de la zona en que operaban los portugueses, se multiplicó. Para la explotación de esta importante riqueza ganadera los jesuitas organizaron periódicas expediciones llamadas “vaquerías”, que consistían en grandes arreadas de ganado para practicar la corambre y para trasladarlo a las reducciones para abastecer sus pueblos de carne. Después cuando la matanza indiscriminada de ganado puso en peligro esta riqueza, varios pueblos misioneros como Yapeyú, San Miguel, San Nicolás, Concepción, Santo Ángel establecieron estancias en el territorio de la Banda Oriental, lo que determinó que varios grupos indígenas se establecieran en este territorio, donde se cuidaba y domesticaba el ganado chúcaro.


Los jesuitas, también se preocuparon de formar trabajadores en los oficios manuales y las artes plásticas. Se enseñaba herrería, platería, sombrerería, tornería, albañilería, carpintería, tejidos y se desarrollaron escuelas para formar pintores, escultores, dibujantes, doradores, músicos, cantantes, los que fueron de mucha utilidad para la conversión de los indígenas al cristianismo. En cuanto a la música fue creada en cada reducción una escuela de canto coral, música y danza donde se aprendía a tocar todos los tipos de instrumentos. Estos eran muy variados: órgano, clavicordio, violas de gamba, bombardas, chirimías, flautas, arpas, guitarras, violines, laúdes, trompetas, trompas, cornetas, fagot, flautas y tambores. Todos eran confeccionados en las reducciones. Los coros entonaban canciones en latín y guaraní, que se cantaban diariamente en la celebración de la Misa.


En realidad las misiones jesuíticas fueron prácticamente el único centro de formación y capacitación de mano de obra en el Río de la Plata, siendo muy apreciada ésta en la región. Además dadas la falta de mano de obra y la escasa disposición de los europeos, y en particular de los españoles que vinieron en la época colonial, para dedicarse a los trabajos manuales, los centros poblados atraían a los indígenas que habían desarrollado algún oficio. En lo que se refiere a la organización social de las misiones, estas supusieron, en algunos aspectos, la continuidad de la organización de las tribus guaraníes prehispánicas, y en otros se dio una transformación de la estructura de caciques que pasaron a ser los colaboradores de los jesuitas. Primero fueron cargos vitalicios y luego devendrían en hereditarios.


La mayoría de los indígenas conformaban la base de la estructura social y participaban de las tareas y labores más sacrificadas, siendo también los que se mostraban más proclives a las “fugas” y abandono de sus pueblos para iniciar desplazamientos en forma individual, familiar o grupal hacia otras regiones. En ese proceso de transformación, los indígenas ya no vivían en chozas compartidas con otros miembros de la reducción, sino que lo hacían en viviendas exclusivamente familiares.


En lo que se refiere a la salud y las epidemias los jesuitas aprendieron de los indígenas y de sus antiguos chamanes, las propiedades medicinales de las plantas de la región, con las que llegaron a componer herbarios y algunas medicinas. Por ello para atender las enfermedades más comunes se contaba con enfermeros y expertos en herboristería, base de la medicina natural. Los guaraníes se adaptaron no solamente a la vida en las reducciones sino también en la religión cristiana según algunos autores. Según otros la adaptación fue más bien a los misioneros a quienes veían como chamanes. Adoptaron los rituales y las formas litúrgicas del catolicismo; asistían siempre a Misa, recitaban las plegarias y oraciones cristianas, cumplían puntualmente con los sacramentos.


Se afirma que los guaraníes disfrutaban mucho de la pompa con que se realizaban las ceremonias y tomaban parte de las procesiones y festividades religiosas. Pero pese a su cristianización, algunos guaraníes no abandonaron sus prácticas paganas, sino que las conservaron en forma secreta. Ello se vio facilitado porque su religiosidad tendía a ser secreta. Los chamanes guardaban cuidadosamente sus ritos, sus mitos, sus cantos, que eran enseñados y trasmitidos oralmente solo a los iniciados, los que serían chamanes en el futuro. La pervivencia de los chamanes fue posible porque, según sus creencias, tenían que producir el bien mediante la magia y, simultáneamente, podían dañar y eventualmente hasta matar. Por ejemplo, las enfermedades eran atribuidas a actos de magia inducidos por espíritus malignos, que solo podían ser curados mediante ceremonias en las que participaban los chamanes a través de encantamientos, exorcismos, danzas, etc., para lo cual utilizaban la magia negra. Los misioneros, con la doctrina que difundían, sus actos y conductas, solo podían cumplir con “hacer el bien” a la vista de los indígenas. Por lo tanto quedaba insatisfecha una necesidad que solo podía ser atendida por los chamanes. Esta necesidad la pudieron satisfacer, inclusive en las propias reducciones, a pesar del establecimiento de muchos controles sobre la vida cotidiana.


Las reducciones también cumplieron un papel sumamente importante desde el punto de vista militar, ya que desde comienzos del siglo XVII actuaron como una avanzada de la línea española de contención ante la penetración portuguesa hacia el Paraguay, al Alto Perú y el Río de la Plata. Con referencia al Río de la Plata la corona española valoró la necesidad de adoptar medidas para proteger la costa platense y la frontera terrestre de la Banda Oriental. Más de una vez, los guaraníes de las reducciones jesuíticas integraron las expediciones armadas de vigilancia, dispuestas por el gobernador de Buenos Aires. La finalidad de las rondas era reconocer el territorio oriental, las zonas costeras para evitar posibles desembarcos con la intención de establecerse en la región. También los guaraníes misioneros tomaron parte de casi todas las luchas armadas que tuvieron lugar en el Río de la Plata desde principios del siglo XVII. La falta de unidades militares europeas en la región tornó imprescindible la participación de los indígenas de las reducciones para toda empresa de la Corona de España. Como tal participaron en diferentes operaciones militares en toda la región y en la Banda Oriental, en los sucesivos sitios a la Colonia del Sacramento, en la represión del movimiento de los comuneros de Asunción, en las expediciones punitivas contra los indígenas infieles que dificultaban el establecimiento de españoles en el medio rural del territorio uruguayo y de la Mesopotamia argentina.


Hacia finales del siglo XVIII, las misiones jesuíticas ya habían cumplido su función, casi bisecular, de acotar el avance portugués hacia los territorios platenses. Y cuando en 1801 los siete pueblos de las Misiones Orientales cayeron en poder de los lusitanos, ya se habían asegurado los territorios de la Banda Oriental del Uruguay para España.


A los guaraníes misioneros el servicio militar les sirvió para recuperar sus viejas tradiciones guerreras, a la vez que fortaleció la confianza en sus fuerzas y en los propios jesuitas, que pasaron a ser no solo los nuevos chamanes, sino los jefes militares que los conducían en las diversas luchas en que participaron. Obviamente los constantes requerimientos de las milicias guaraníes terminaron afectando la demografía, las finanzas, la economía y la sociedad de las reducciones. Así la Guerra Guaranítica, que tuvo lugar tras el Tratado de Permuta, firmado en Madrid en 1750, dio lugar a graves consecuencias para las reducciones, entre ellas la desconfianza de los indígenas en los jesuitas, en la Corona y demás autoridades españolas, a quienes habían socorrido en innumerables ocasiones.


A este proceso de decadencia que empezaron a sufrir las misiones, se le agregaría más adelante la expulsión de los jesuitas decidida por la corona española en 1767. Este fue un elemento decisivo para poner fin a la más exitosa experiencia de integración de una comunidad indígena en Hispanoamérica. La Pragmática Sanción del 27 de febrero de 1767 determinó que más de dos mil jesuitas debieran dejar sus casas, colegios, reducciones, universidades, haciendas, residencias. Sus puestos de asistencia espiritual y guía de las comunidades indígenas, no solo en el Paraguay sino en el resto de América (Moxos, Chiquitanía, Alto Perú, Perú, México), fueron ocupados por miembros de otras órdenes religiosas y por funcionarios españoles que muchas veces no entendían la lengua de los indígenas.


En el Paraguay y en el Río de la Plata los nuevos religiosos, desconociendo la metodología utilizada, la psicología y mentalidad de los guaraníes, contribuyeron decisivamente a la declinación de la experiencia misional de los jesuitas, acentuando el proceso de desintegración, que hacía largo tiempo se había iniciado, facilitando la despoblación de las reducciones y el desplazamiento de los indígenas hacia otras zonas. En el caso particular del Río de la Plata, la gravitación de la población indígena, desplazada por un cúmulo de factores, fue inmensa. Esto llevó a la formación de una cultura mestiza que fue predominante hasta mediados del siglo XIX, cuando comenzaron a arribar otras corrientes migratorias europeas, que se distribuirían en forma desigual en la región y que conformarían las sociedades nacionales de Argentina, el sur de Brasil, Paraguay y Uruguay.


Los vestigios de las reducciones jesuíticas que todavía se pueden apreciar en distintas regiones, son apenas los testimonios arqueológicos de una poderosa civilización que se estableció en diversas regiones de América y que terminó moldeando a gran parte de su población, algunas de cuyas tradiciones todavía se conservan como mudos testigos de la pasada grandeza.

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SUSANA RODRIGUEZ VARESE/ RODOLFO GONZÁLEZ RISSOTTO