NACIONALISMOS Y NACIONALIDADES

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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EL NACIONALISMO COMO ORIGEN DE PERMANENTES CONFLICTOS BÉLICOS

El nacionalismo en el mundo El problema de los nacionalismos y de las nacionalidades es de suma actualidad. Lo encontramos dramáticamente vivo en la vieja Europa, en el sangriento conflicto de los grupos nacionales y étnicos de la antigua Yugoslavia, en los Estados que han surgido de la disolución de la Unión Soviética, y en el debate político de casi todos los países de Europa occidental, incluida España.

En Asia estos conflictos han ensangrentado algunos países desde hace años y en África los conflictos étnicos, raciales, tribales y nacionales también han producido un río de sangre desde Sudán hasta África del Sur: Etiopía, Eritrea, Somalia, Uganda, Kenia, Ruanda, Burundi, Congo, Chad, Liberia, Togo, Congo, Angola etc.

En el caso de África, es sabido que las fronteras de sus Estados fueron trazadas por el colonialismo europeo, a veces dividiendo pueblos, nacionalidades y tribus. En la mayor parte de los casos de África, se han reunido artificiosamente en un mismo Estado −siguiendo las pautas del antiguo dominio o repartición colonial− tribus o pueblos muy diferentes entre sí por su tradición cultural, lengua e incluso antiguo origen étnico, y con frecuencia incluso enfrentados entre sí.

Estos Estados artificiales han sido de hechos una especie de «fosa de los leones», donde pueblos sin lazo alguno entre sí −incluso enemigos tradicionales− deben vivir juntos, y tienden a desgarrarse mutuamente. Esto explica las continuas guerras, las luchas tribales y la imposibilidad de enfrentarse con los agudos problemas sociales, económicos y políticos que endémicamente han afligido a una buena parte de los nuevos Estados africanos creados tras la Segunda Guerra Mundial con la descolonización forzada en el contexto de la Guerra Fría, y que alcanzó su zenit en la década de los años sesenta del siglo XX.

El nacionalismo en América Latina En América Latina el fenómeno acompaña trágicamente su historia desde los mismos comienzos del proceso de las independencias, y luego se intensifica a lo largo de su historia posterior, dando lugar a numerosos conflictos bélicos entre el mosaico de Estados que se fueron formando a partir de la fragmentación del continente hispanoamericano.

En el caso de América Latina, solo Brasil conservó su fisonomía geopolítica heredada de Portugal. Brasil fue dilatando sus fronteras a lo largo del siglo XIX a costa de los países hispanoamericanos, debido a la ocupación de extensas regiones amazónicas de las que aquellos nuevos Estados se desinteresaban, a la ocupación de grandes territorios geopolíticamente pertenecientes a la Corona española por el tratado de Tordesillas, y a que en las desastrosas guerras con estos Estados resultó siempre vencedor, anexionando parte de sus territorios.

Entre las guerras o conflictos nacionales que se recuerdan como los más cruentos, duros y de negativas consecuencias, se encuentran aquellos en los que Estados perdieron gran parte de sus territorios, pasados al vencedor Brasil, y se establecieron las fronteras actuales del Brasil con aquellos Estados limítrofes. Entre estos conflictos bélicos territoriales se cuentan algunos de especial dureza, como la guerra de Paraguay, el mayor conflicto armado internacional sucedido en Sudamérica.

Fue una guerra entre el Paraguay y la Triple Alianza, establecida entre Brasil, Argentina y Uruguay. La guerra se desarrolló entre diciembre de 1864 y hasta marzo de 1870. Se le llama también Guerra da Tríplice Aliança o Guerra de la Triple Alianza, en Argentina en Uruguay; y Guerra Grande en el Paraguay.

En 1864 Brasil estaba en guerra con Uruguay, que acabó al ser despuesto el gobierno interino uruguayo de Atanasio Aguirre, sucesor de Bernardo Prudencio Berro, del Partido Blanco y aliado de Francisco Solano López. El dictador paraguayo se oponía a la invasión brasileña de Uruguay, porque contrariaba sus intereses.

El conflicto se había iniciado con la captura en el puerto de Asunción, el 11 de noviembre de 1864, del barco de vapor brasileño Marqués de Olinda, que transportaba al presidente de la provincia de Mato Grosso, Federico Carneiro de Campos, quien nunca llegó a Cuiabá pues murió en una prisión paraguaya. Seis semanas después el ejército de Paraguay, bajo Francisco Solano López, invadió la provincia brasileña de Mato Grosso.

Antes de la intervención brasileña en Uruguay, Solano López ya contaba con material bélico moderno en preparación de un futuro conflicto con Argentina y no con el Imperio brasileño. Solano López soñaba con una expansión territorial para formar un Gran Paraguay, que abrazaría las regiones argentinas de Corrientes y Entre Ríos, el Uruguay, Río Grande del Sur, Mato Grosso y el mismo Paraguay. Con este proyecto expansionista, Solano López instaló el servicio militar obligatorio, organizó un ejército de unos 80 000 hombres, preparó la marina y creó varias industrias bélicas.

En mayo de 1865 Paraguay llevó a cabo varias incursiones armadas en territorio argentino con el objetivo de conquistar Río Grande del Sur. En contra de estas pretensiones del gobierno paraguayo, Brasil, Argentina y Uruguay reaccionaron firmando un acuerdo militar de la Triple Alianza.

Las fuerzas armadas de Brasil, Argentina y Uruguay derrotaron a Paraguay tras cinco años de luchas, durante las cuales Brasil mandó a la guerra unos 150 000 soldados. Muchos de ellos cayeron en aquella guerra y si se incluyen los civiles, hay quienes calculan que los caídos habrían alcanzado unos 60 000, especialmente en las provincias de Rio Grande do Sul y de Mato Grosso.

Argentina y Uruguay sufrieron pérdidas también muy pesadas. Más del 50% de sus tropas murieron en este conflicto. Algunos calculan que las pérdidas humanas sufridas por Paraguay alcanzarían cifras bien elevadas, de unas 300 000 personas entre civiles y militares, víctimas también de los incalculables desastres que toda guerra produce (pestes, heridos, hambrunas…).

La derrota trajo consigo un cambio epocal decisivo en la historia de Paraguay, arrastrándolo a una de las penurias más desastrosas entre todos los países del continente sudamericano, debido también a su despoblación causada por aquella terrible tragedia bélica, por la ocupación militar de su territorio por parte de los vencedores, y por el pago a los vencedores de las deudas contraídas. Además, Paraguay perdía prácticamente el 40% de su territorio en el conflicto con Brasil y Argentina. En la postguerra Paraguay se vio obligado a vivir bajo la hegemonía brasileña.

Fue el último de los cuatro conflictos armados internacionales de la región, en la llamada «Questão do Prata», en la que el entonces Imperio de Brasil intervino en el siglo XIX con el objetivo de alcanzar la supremacía sudamericana. Los conflictos precedentes, pero siempre con los mismos objetivos habían sido la guerra de Cisplatina, la guerra de Prata, y la guerra de Uruguay.

CONCEPTOS Y APLICACIONES IDEOLÓGICAS DEL NACIONALISMO

El término «natio» en sus orígenes y en su evolución

En la historia cultural y política −sobre todo del mundo occidental− la experiencia y la idea de pertenencia a una nación se ha entendido de muchas maneras ¿Qué evolución ha tenido? ¿Cómo se ha visto sobre todo en la historia más reciente de Europa? ¿Qué papel ha jugado el cristianismo en este proceso y cuál misión está llamado a tener hoy en la construcción de una sana experiencia de nación abierta a la solidaridad universal?

El término latino «natio» (de nascor, nasco) indicaba en la Roma anterior a la república, la pertenencia a un grupo social por derecho de nacimiento. Contenía un significado étnico y también social en cuanto todo grupo originado de este modo tiende a la autonomía política, incluso dentro de un mismo territorio habitado por otros grupos. Esta concepción permaneció viva largamente en los siglos y pervive aún hoy día en muchas zonas del mundo.

La unificación en un solo Estado es un fenómeno lento y complejo. El estudio histórico de la formación de los diversos Estados nos muestra que generalmente se llega a ella acompañada de luchas y conflictos, internos y externos. En la historia de las naciones y de los pueblos se ven cursos y recursos, progresos y regresos con la co-presencia de múltiples cuerpos sociales y étnicos que conviven dentro del mismo espacio geográfico. A veces tales cuerpos se organizan en «nationes» (los de procedencia étnica idéntica) o en clases o artes (los de procedencia social), que frecuentemente se unifican en los Estados que se van formando.

La historia muestra cómo a veces con el declino de autoridades universales −como fue el caso del emperador en la Europa medieval− surgen monarquías absolutas que tienden a afirmarse sobre la base de las «nationes», el derecho divino, el derecho patrimonial, el derecho de conquista y el de patronato sobre la religión prevalente en el propio Estado, como fue el caso del principio sancionado en Westfalia en 1648 del «cuius regio, et illius et religio».

La Ilustración buscó otras bases para el poder y la unidad política. El término «nación» es usado para indicar el Estado de naturaleza comprendido racionalmente. Así, para Rousseau significa el cuerpo social que en su unidad ejercita «in solidum» la soberanía. En tal clima, el término «nación» no se halla ligado a la historia de una etnia en particular, ni se pretende constituir sobre estos fundamentos particulares tantos Estados de razón cuantas sean las naciones.

Nacionalismo ideológico

Las corrientes ideológicas que generó la Revolución francesa ayudaron a que se fraguase una nueva concepción del nacionalismo. Ya a finales del siglo XVIII se introdujo un cambio de perspectiva en el que convergían dos tradiciones distintas.

En los países germánicos emergió con el «Sturm und Drang» (tormenta e ímpetu) un nuevo interés por el sentimiento, la naturaleza, la historia, la tradición, la vida colectiva de los pueblos. Con el desarrollo de los principios de la Revolución francesa se pasó del patriotismo republicano al patriotismo nacional. Como escribe E. Passerin, “la república coincide con la nación, y la nación con Francia”. Los demás pueblos europeos no aceptaron esta concepción que pretendía justificar el imperialismo francés. Reaccionaron contra la misma sostenidos, fuera por los sentimientos de igualdad difundidos por la misma Revolución francesa, fuera por el Sturm und Drang.

Ambas ideologías afirmaban la existencia de un proceso que comienza y se concluye con la unidad del género humano a la que todas las demás agregaciones, incluida la nacional, deben estar finalizadas. En ambas ideologías se da la tendencia a querer divinizar, o al menos exaltar, el papel de guía de una nación sobre las demás hacia una gran civilización única.

Para J. G. Herder y J. G. Fichte será Alemania; para Ph. J.-B. Buchez y F. Guizot será Francia; para G. Mazzini y G. Gioberti será Italia; para los paneslavistas, Rusia; la mentalidad pragmática inglesa pretenderá que sea Inglaterra; y en el siglo XX los Estados Unidos se considerarán llamados a desempeñar su papel providencial; y la Unión Soviética a la dirigencia socio-política. En el fondo aquí radica el fundamento ideológico último del colonialismo moderno.

El binomio Estado-nación

La Revolución francesa había socavado las razones de legitimidad sobre las que se basaban los Estados durante el Antiguo Régimen, e intentado sustituirlas con el binomio Estado-nación. Ponía como fundamento del Estado la unidad nacional y hacía coincidir el Estado con la nación. Esta unión constituye la novedad del principio decimonónico de nacionalismo en cuanto que los dos términos separados −Estado y nación− tenían ya una propia historia conceptual, y además esta nueva concepción se hallaba en contradicción con el intento restaurador del Congreso de Viena.

Estas concepciones del nacionalismo se impusieron a lo largo del período romántico y se profundizaron aún más con el historicismo. Además, el romanticismo revaloró la unidad de estirpe, de patrimonio cultural y religioso de cada pueblo. Ello llevó a la formulación de una escala de valores entre los diversos pueblos, fundada sobre las excelencias de los patrimonios culturales de cada uno, de las virtudes ciudadanas y más tarde incluso de la pureza biológica de cada estirpe.

En este tiempo el gran sostenedor del valor revolucionario del principio de las nacionalidades fue el italiano Mazzini, que se proponía la disolución de los imperios y Estados plurinacionales existentes (el turco, el ruso, el austro-húngaro, el germánico) para llegar a la liberación de todas las nacionalidades y a su independencia. Mazzini, como buen masón, veía luego la constitución de una gran federación de naciones que debían constituir una gran fraternidad. Una vez más nos hallamos ante los motivos mezclados del racionalismo ilustrado, de la utopía masónica y del romanticismo.

Hay que añadir que las concepciones del principio de las nacionalidades varían según la procedencia o las raíces ideológicas y culturales de sus autores. Muchos sostenedores del principio de nacionalidad ven en él la más justa ordenación de derecho para los pueblos, y la panacea para eliminar conflictos entre naciones y construir una solidaridad internacional. Muchos de ellos proceden del ambiente católico-liberal que daba a la historia un fin providencial y progresivo. En esta línea habría que recordar nombres como A. Manzoni, P. Balbo, T. Mamiani, J.-B. Buchez, F. Dupanloup, C.F. Montalembert, etc., o los que proceden de ambientes pre-positivistas o positivistas que dan a la historia la misión de llevar a cabo el proyecto científico de una sociedad perfecta (G.D. Romagnosi, C. Cattaneo, E. Renan...).

A estos elementos constitutivos del concepto de nacionalidad otros autores añaden algunos nuevos de tipo natural, como la configuración geográfica del territorio (principio aplicado tras la Primera Guerra Mundial en el nuevo trazado de los mapas nacionales europeos), el clima, la raza; y otros de carácter moral y cultural como la lengua, los usos y costumbres, la historia y la religión.


Graves consecuencias de estas ideologías o concepciones

Sin embargo, ya desde el principio se revelaron las antinomias que estas ideologías iban a generar. Los siglos XIX y XX están sembrados de conflictos no solamente debido a la interpretación de la escala de valores que se quieren aplicar, sino también por la imposibilidad práctica de hacer coincidir las fronteras de los Estados con las de las naciones entendidas según tales criterios. Con la aplicación rígida de aquella ideología se abre en carne viva el problema de las minorías dentro de un Estado nacional, y soluciones inhumanas, aplicadas acá o allá, de inmigraciones y deportaciones forzadas de poblaciones enteras.

Incluso se elaboraron teorías sobre pueblos superiores e inferiores, con el derecho de los primeros de imponer la propia cultura a los segundos a través de la dominación política. Estas concepciones nacionalistas legitimaron los distintos tipos de imperialismo y colonialismo. La consecuencia contradictoria fue que el derecho de los pueblos a su propia identidad y autogobierno que al principio se quería afirmar, se convierte en una conculcación de esos mismos derechos.

Otra consecuencia negativa del querer hacer coincidir el Estado con la nacionalidad, ha llevado con frecuencia a la afirmación de la preminencia absoluta de los valores nacionales sobre toda otra consideración. Surge así un nuevo totalitarismo, con la nacionalidad elevada a valor absoluto al que todo lo demás tiene que estar subordinado.

En esta concepción no tienen ya razón de ser las comunidades particulares en las que toda sociedad se articula naturalmente. Tampoco se respetan las particularidades de las personas concretas, sus exigencias, su fe religiosa o su peculiaridad cultural. Este estatismo nacional amenaza siempre a las sociedades: el nuevo Estado nacional intenta a veces formar las conciencias de las personas, instrumentalizándolas para los propios fines, e incluso usando lengua, cultura y religión con este designio.


Nacionalismos radicales y totalitarismos ideológicos

La historia reciente ha demostrado que no es suficiente la existencia de los elementos concebidos por las teorías racionalistas o románticas para poner en pie una nacionalidad, si no existe una historia específica precedente y la voluntad de seguir construyéndola conjuntamente en libertad. El principio de las nacionalidades no puede ser estático, sino dinámico, y su configuración no puede ser homogénea en todas partes.

La concepción del nacionalismo y su aplicación no ha sido nunca unívoca. Pero todos los nacionalismos tienen en común algunas ideas básicas. Entre ellas destacamos la mitificación de la propia estirpe, el culto absoluto a las glorias del propio pasado, de la propia lengua e identidad cultural etc., que luego en cada caso toma colores característicos.

En cada caso se han creado símbolos, banderas, lemas que quieren expresar tal herencia, peculiaridad y los propios objetivos. Frecuentemente son símbolos «inventados» por la ideología nacionalista, ya sea decimonónica o reciente, a los que se da un culto casi «idolátrico». Frecuentemente estos nacionalismos radicales generan totalitarismos ideológicos a los que la población se ve sometida. Otras veces caen en intentos arcaicos de resucitar estructuras político-sociales, instituciones y modos culturales de épocas antiguas consideradas como la edad áurea de la propia estirpe.

Ya en el siglo XIX se alzaron muchas voces contra la utopía del nacionalismo en sus diversas versiones. P.-J. Proudhon, M. A. Bakunin, K. Marx, Taparelli d'Azeglio, C. Cantú y otros muchos lo combatieron afirmando que el principio de las nacionalidades no representaba un progreso en el «derecho de las gentes». Al contrario, significaba aislamiento, egoísmo exclusivo y reacción.

Algunos paladines del nacionalismo decimonónico como los italianos Mazzini y Palma veían las dificultades de su utopía nacionalista. Palma, sobre todo, prospectaba el nacimiento de agrupaciones de naciones en Europa siguiendo las raíces culturales latinas, germánicas y eslavas. Él vislumbró también cómo la introducción del principio absoluto de nacionalidad en el derecho y en la práctica internacional, iba a traer consigo ríos de sangre. Sin embargo, el «ius gentium» justificaba la guerra y la violencia como medio para conseguir, según él, tal derecho inalienable.

La concepción del principio de las nacionalidades en muchos de sus autores fue simplemente absoluto, reductivo y parcial. Se olvidaron de la dinamicidad en su constitución, y al mismo tiempo, de los límites que la ley natural y la razón y bienes morales superiores como la paz y la solidaridad, imponen y exigen; elementos que estaban presentes en el pensamiento de algunos pensadores más atentos de la Ilustración, del romanticismo-liberal y de la experiencia cristiana.

En América Latina el concepto ideológico del nacionalismo nace y se desarrolla con tonos siempre más radicales a partir de los movimientos insurgentes de las independencias emancipadoras de la Corona española; en primer término, y también en la constitución como Estado Soberano de Brasil. Más tarde, con la creación de una pléyade de Estados desgajados de las potencias coloniales europeas de Inglaterra, Francia, Holanda y Dinamarca, formando con el tiempo −y no sin luchas civiles sangrientas− un variado mosaico de Estados. El caso de los Estados Unidos de Norteamérica sigue una trayectoria diversa, tanto en su formación como en la historia de su independencia del Reino Unido. Otro caso peculiar es el de Canadá, miembro efectivo de la Commonwealth británica.

La fotografía de lo que podríamos llamar América Latina y el Caribe es la siguiente, dividida por zonas geográficas:


El Caribe América Central América del Sur América del Norte Organizaciones Regionales
• Antigua y Barbuda
• Aruba
• Bahamas
• Barbados
• Cuba
• Dominica
• Grenada
• Guadalupe
• Haití
• Islas Caimán
• Islas Turcas y Caicos
• Islas Vírgenes
• Jamaica
• Martinica
• Puerto Rico
• República Dominicana
• San Bartolomé
• San Cristóbal y Nieves
• San Vicente y las Granadinas
• Santa Lucía
• Trinidad y Tobago





• Belice
• Costa Rica
• El Salvador
• Guatemala
• Honduras
• Nicaragua
• Panamá



Nacionalismos en el campo católico

La ideología nacionalista prendió también en el campo católico tras el Romanticismo. Algunas condiciones particulares histórico-ambientales lo han ayudado a nacer y a crecer en algunos países europeos: Francia, Alemania, Austria y Hungría, Bohemia, Eslovaquia, los países balcánicos, Polonia, España e Italia.... Precisamente en este país, y en plena euforia nacionalista de las guerras del «Risorgimento» en favor de su unidad, nos encontramos con la posición de Taparelli d'Azeglio que critica en una «Nota sulla nazionalità» incluida en su «Saggio di diritto naturale» el principio de la nacionalidad como un valor absoluto en la formación de los Estados.

Partiendo de un análisis histórico, Taparelli d'Azeglio veía naciones desaparecidas al faltarles aquellos valores que las habían originado. El autor criticaba también las fronteras «naturales» y su aplicación en la formación de la idea de nación. No ignoraba el derecho de cada nación a la independencia política, pero afirmaba también el derecho que debe tener en cuenta la historia y la tradición, la moral y la teología.

Ni qué decir que la posición azegliana fue duramente combatida por algunos autores también católicos del «Risorgimento» (Resurgimiento nacionalista italiano del siglo XIX). Sin embargo, ya Pío IX en el «Sillabo» (1864) había condenado el nacionalismo concebido como un valor en sí absoluto, muy distinto del amor a la propia patria. Pío X se muestra severo ante el nacionalismo italiano, que además quería teñirse de pretensiones cristianas en el conflicto italo-turco.

En la misma línea, incluso más fría y severa, hallamos a Benedicto XV, el papa de los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Pío XI en la «Ubi arcano» (1922) hablando del amor patrio, afirma que si por una parte “incita a muchas virtudes heroicas..., por otra puede dar ocasión y fomentar injusticias graves cuando dejando de ser un amor justo a la patria se convierte en nacionalismo inmoderado”.

Una reflexión a partir del pensamiento de Juan Pablo II

Juan Pablo II en una oración por Italia y con los obispos italianos, elevada ante la tumba de San Pedro, indicaba algunos puntos que pueden ayudarnos en nuestra reflexión sobre el tema del nacionalismo. Su reflexión puede bien atribuirse a todo un abundante y variado mosaico de concepciones y aplicaciones de un nacionalismo excluyente y negativo, nacido y alimentado a partir −sobre todo− del siglo XIX hasta nuestros días, generador de concepciones racistas excluyentes, guerras fratricidas y discriminaciones racistas que aún continúan.

En el caso referido, el Papa comenzaba hablando de la gratitud que hay que tener por “el pan y el vino, símbolos de todo lo que el hombre recibe del Creador y que a su vez lleva como ofrenda a Dios, como fruto del trabajo de las propias manos, de la civilización y de la cultura. En ellos se expresa el hombre y su historia. De esta manera las naciones, los pueblos y las culturas llevan su propio don, poniéndolo dentro de la gran comunidad universal...En virtud de tal comunión no solo crece la Iglesia, sino también la humanidad. Da una dimensión adecuada a esta comunidad de gentes diversas. Gracias a ello la vida de la humanidad, a pesar de todas las tendencias opuestas, de las enemistades y de todos los particularismos, procede por los caminos rectos de la reciprocidad, de la solidaridad y de la unidad”.

En el discurso citado, el Papa trazaba el camino histórico de la formación de lo que hoy es Italia a partir de la antigüedad, y en el que entra la presencia cristiana como un elemento específico y fundamental de su formación a partir de la llegada a Roma de Pedro y Pablo. Habla en su intervención del “patrimonio de fe y de cultura que ha puesto las bases de la historia italiana y que ha plasmado a lo largo de dos mil años su desarrollo”.

El Papa supera así el concepto romántico de nacionalismo, ya que en este larguísimo camino de dos mil años han entrado pueblos diversísimos, mentalidades, hechos, lenguas y culturas a veces aparentemente contrapuestas. Señala cómo en esta formación histórica nacional la fe cristiana ha constituido su nexo y le ha dado al mismo tiempo una apertura universal hacia otros pueblos y culturas.

En esta formación de lo que se podría llamar la nacionalidad determinante y excluyente de un determinado país, el Papa subrayaba el papel de los paladines de la verdadera libertad frente a todo estatismo totalitario y todo nacionalismo miope y racista: los testigos-mártires frente a los racistas-excluyentes.

Los primeros son constructores de un sentido amplio de nación y acogedor integrante de la formación de la misma en el sentido de la formación intercultural y «mestiza» de una rica realidad nacional, convertida en una siembra espiritual para toda la cultura humana; los segundos llevan a concepciones ideológicas racistas totalitariamente excluyentes, estériles y empobrecedoras, como demuestra la trágica historia de los totalitarismos desgarradoramente impuestos por los conocidos regímenes racistas del siglo XX y por los numerosos conflictos de carácter tribal en la África moderna.

Recordaba el Papa todos los demás constructores de esta historia concreta de un pueblo, como San Benito, que con su «ora et labora» indicó las direcciones del desarrollo de la cultura humana para todos los tiempos y que ayudó a la formación de la realidad cultural del mundo occidental cristiano. Con San Benito, el Papa recordaba a los demás constructores de la identidad cristiana occidental que tuvieron siempre también un corazón universal, abierto a los demás pueblos (y lo aplicaba concretamente al caso de Italia a la que se dirigía directamente en su alocución).

Esta apertura, recordaba el Papa, ha hecho del mundo cristiano una tierra de encuentros culturales. En este proceso recuerda el papel de la Iglesia; de sus santos; de sus grandes hombres y mujeres cristianas; de sus genios políticos, artísticos y científicos; de sus pastores, y de modo especial de los Papas que supieron distinguir claramente lo que pertenecía a Dios y lo que era del César, doctrina que encontrará su formulación precisa en el Vaticano II al afirmar que “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio campo. Las dos están al servicio de la vocación personal y social de las mismas personas humanas”.

“Precisamente esta doctrina evangélica sobre la distinción y la cooperación entre lo que es humano y lo que es divino constituye el patrimonio duradero de Roma. Aquí tuvo su primera aplicación...” Los hombres y mujeres de una realidad histórica concreta deben asumir esa herencia compleja, rica y tan variada. La experiencia de estos pueblos, protagonistas de acontecimientos de carácter decisivo para la historia humana, está ante la vista de todos. Esta experiencia cristiana ha producido en la historia ricos frutos del espíritu humano en los que se han expresado el trabajo, la creatividad, la cultura, los sufrimientos de los hijos e hijas de las tierras regadas por ella.

El discurso citado de San Juan Pablo II tiene una validez universal aplicado a muchas situaciones históricas, sobre todo en el mundo europeo y americano. Se supera el viejo y reducido concepto de nacionalismo para abrirlo a una dinámica mucho más amplia. En esta dinámica, el Acontecimiento de Cristo explícitamente reconocido, ha tenido la fuerza propulsora de fortalecer las libertades individuales de personas y grupos, de dar la debida dimensión a los Estados al servicio de aquellos y aquellas, y de abrir a todos a la solidaridad entre ellos y más allá de las fronteras contingentes creadas por las circunstancias históricas.

Sin duda alguna, hoy día necesitamos una reflexión detenida sobre el concepto de nación y su relación con el concepto de Estado, su diversa valencia y no coincidencia, pero al mismo tiempo se necesita llegar a una elaboración sobre el concepto de nacionalidad que supere los solos ámbitos de estirpe y sus restringidas modalidades de expresión para ver el desarrollo de la misma en una historia más rica, ya que ninguna estirpe o grupo restringido se hace a sí mismo y crece sin la interacción con otros grupos con los que constituye una historia común más amplia.

En este proceso, y en los casos de Europa y de América, el Acontecimiento cristiano ha tenido indudablemente un papel fundamental. El olvido de ello está catapultando a los pueblos a dimensiones tribales o étnicas disgregantes, como se ha visto en los conflictos de los países balcánicos europeos, en aquellos de la Europa Oriental, en los movimientos nacionalistas radicales en España, y en la historia de la fragmentación de América Latina en el siglo XIX.

Importancia del «pueblo»

Existe otro concepto-experiencia que aflora en el citado discurso del papa Juan Pablo II. Se trata del concepto de «pueblo», que hoy no goza de los favores del lenguaje corriente, como escribe el sociólogo A. Abbruzzese, ya que “el pueblo no es lingüísticamente decible ni sociológicamente identificable...El pueblo ha dejado de existir como consecuencia de cambios sociales que han caracterizado el proceso de industrialización, y que han colocado en su lugar las masas como referentes del actuar económico-político, y los grupos sociales como referencia del análisis sociológico”.

El pueblo desaparece cuando es instrumentalizado o cuando faltan las razones de una solidaridad horizontal. En la sociedad moderna con la división entre público y privado, sociedad e individuo... no se permite ya definir ni reconocer al pueblo, y mucho menos identificar lo popular, entendido juntamente como actitud, valores, códigos lingüísticos y expresivos específicos que permitan delimitarlo.

Todo esto tiene sus consecuencias políticas. Toca a los cristianos redescubrir y relanzar la verdadera experiencia de «pueblo», tan sumamente esencial en la historia bíblica y cristiana. Hoy, términos como grupo, asociación, comunidad, nacionalidad resultan en cierta manera reductivos y ciertamente no adecuados ni como concepto, ni como experiencia a expresar aquellas agregaciones de personas, diferenciadas, heterogéneas, y que sin algo que acontece y les une viven dejadas a la dispersión, y que constituye la experiencia fundamental y más humana que es la de pueblo.

En Europa, con el olvido del Acontecimiento cristiano se fue disolviendo la experiencia de «pueblo», algo que amenaza también a la realidad histórica del continente latinoamericano, cuya identidad se fraguó históricamente a la sombra de la experiencia católica. En tiempos recientes, los papas como Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco II relanzan la memoria de aquella experiencia fundante.

Es por lo tanto necesario para la salvación puramente física y moral, que surja una solidaridad y una historia común en estos antiguos o modernos Estados para que se conviertan en «pueblos», comunidad libre de personas, familias, de grupos y de nacionalidades.

¿Pero cuáles son los elementos sobre los que se construye una historia común, popular, un sentido de pertenencia cultural y una solidaridad? Ante todo, tiene que construirse sobre la voluntad de estar juntos. Esta voluntad conserva siempre un valor de fondo, mayor que todos los demás elementos. Cuando se da esto se tiene una nación en sentido amplio, o mejor un pueblo, aunque los contenidos culturales de sus componentes sean distintos.

La Iglesia católica ejerció un papel en la forja de la identidad de estos pueblos por encima de sus divisiones étnicas y tribales, y de nuevo puede llevar a cabo tal trabajo en estas actuales situaciones de tendencias centrífugas de fragmentación social, solamente si es fuente de esta voluntad y solidaridad de querer cooperar con su propuesta cristiana en la construcción de pueblos que sepan incluir el sentido de común pertenencia por encima de las divisiones de carácter étnico.

Esto es algo muy distinto al proceso de globalización mundial hoy en curso, cuyo origen y desarrollo se establece sobre bases fundamentalmente económicas y de comunicación y control meramente político, y que quiérase o no tal globalización se extiende con velocidad de relámpago, como lo demuestran las actuales crisis económicas mundiales, los conflictos bélicos y las pandemias como la del Covid 19 que está teniendo consecuencias devastadoras a nivel mundial.

Las naciones europeas y americanas tienen como base histórica precisamente una identidad cristiana que se encarna en los santos y en sus grandes hombres y mujeres, pensadores del pasado y del presente. Es necesario que esto suceda de nuevo hoy y acontezca con fuerza en otros: se dará así origen a una nueva tradición por encima de las viejas tribus en que se fragmentaban los continentes.

Esta será la mejor contribución que el cristianismo puede llevar en estos momentos a la construcción de una cultura de la solidaridad bien fundada, ya que las propuestas económicas y políticas que hoy se ofrecen son incapaces de crear tal unidad solidaria y el sujeto fundamental que es el pueblo.


NOTAS

BIBLIOGRAFÍA

Concilio Ecuménico Vaticano II, Gaudium et Spes (7 diciembre 1965), Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, en AAS 58 (1966), 76.

González Fernández, Fidel. Communio [Encuentro, Madrid] año 16, (marzo-abril 1994).

Roa Bastos, Augusto Antonio. O livro da Guerra Grande. Rio de Janeiro: Editora Record, 2002.


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ