NOCHE TRISTE

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Uno de los episodios más dramáticos de la conquista de México ↗ es conocido como «la noche triste», y se refiere a lo acontecido en la madrugada del 30 de junio de 1520 en la calzada a Tacuba en Tenochtitlán (después ciudad de México↗). Dos protagonistas de ese acontecimiento –Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo- relatan minuciosamente los hechos; Cortés en su Segunda Carta de Relación y Bernal Díaz del Castillo en el capítulo LVIII de su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España.


Antecedentes de la Noche Triste

Al arribo de Hernán Cortés a Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519, Moctezuma II dio como alojamiento el palacio de Axayácatl a las huestes españolas y sus aliados cempoaltecas y tlaxcaltecas. Enterado Cortés de la muerte de cuatro españoles en la costa de Veracruz por orden del cacique Qualpopoca “y la causa porque habían muerto a los españoles…fue que el dicho Mutezuma había mandado al dicho Qualpopoca y a los otros que allí habían venido como a sus vasallos que eran,”[1]Cortés reprochó a Moctezuma su hipocresía, le pidió el castigo de los culpables y lo hizo prisionero: “Le dije al dicho Mutezuma que yo le agradecía la diligencia que ponía en la prisión de aquellos, porque yo había de dar cuenta a vuestra alteza (a Carlos V, a quien iba dirigido el escrito) de aquellos españoles, y que restaba para yo darla, que él estuviese en mi posada hasta tanto que la verdad más se aclarase y se supiese ser él sin culpa, y que le rogaba mucho que no recibiese pena de ello, porque él no había estar como preso sino en toda su libertad, y que en servicio ni en el mando de su señorío, yo no le pondría ningún impedimento.”[2]


Por esos días también recibió Cortés noticias del arribo a Veracruz de la expedición de Pánfilo de Narváez que venía para apresarlo. Partió entonces Cortés a la costa para enfrentar a Narváez, dejando en Tenochtitlán una guarnición de ochenta hombres al mando de Pedro de Alvarado para custodiar a Moctezuma. Se aproximaba la fiesta de Toxcatl en honor del dios Tezcatlipoca; “a éste tenían por dios de los dioses; a su honra mataban en esta fiesta a un mancebo escogido, que ninguna tacha tuviese en su cuerpo, criado en todos los deleites por espacio de un año (…) Cuando en esta fiesta mataban al mancebo que estaba criado para esto, luego sacaban otro, el cual había de morir dende a un año (…) Llegado el día donde había de morir llevábanle a un cu o oratorio que llamaban Tlacochcalco (…) llegado arriba echábanle sobre el tajón, sacábanle el corazón y tornaban a descender el cuerpo abajo, en palmas; abajo le cortaban la cabeza y la espetaban en un palo que se llamaba tzompantli.”[3]


Alvarado fue al Teocalli donde se empezaba a realizar el ritual de la fiesta y por la fuerza arrebató las víctimas destinadas al sacrificio, matando a varios de los sacerdotes y a otros nobles aztecas más que participaban en la ceremonia. Esto enfureció al pueblo que rodeó y sitió el palacio de Axayácatl, pero sin atacar a los españoles que tenían en su poder a Moctezuma. Avisado Cortés de lo ocurrido en Tenochtitlán durante su ausencia apresuró su regreso: “a la mayor príesa que pude me partí para la dicha cibdad, y en todo el camino nunca me salió a rescebir ninguna persona del dicho Mutezuma como antes lo solían facer. Y toda la tierra estaba alborotada y casi despoblada, de que concebí mala sospecha, creyendo que los españoles que en la dicha cibdad habían quedado eran muertos y que toda la gente de la tierra estaba junta esperándome en algún paso o parte donde ellos se podrían aprovechar mejor de mí.”[4]


Cortés y sus hombres entraron nuevamente a Tenochtitlan el 24 de junio “Y los que estaban en la fortaleza nos rescibieron con tanta alegría como si nuevamente les diéramos las vidas, que ya ellos estimaban perdidas, y con mucho placer estuvimos aquel día y noche creyendo que ya todo estaba pacífico. Y otro día después de misa inviaba un mensajero a la villa de la Vera Cruz por les dar buenas nuevas de cómo los cristianos eran vivos y yo había entrado en la cibdad y estaba segura, el cual mensajero volvió dende a media hora todo descalabrado y herido dando voces que todos los indios de la cibdad venían de guerra y que tenían todas las puentes alzadas, y junto tras él da sobre nosotros tanta multitud de gente por todas partes que ni las calles ni azoteas se parescían con gente, la cual venía con los mayores allaridos y grita más espantable que en el mundo se puede pensar. Y eran tantas las piedras que nos echaban con hondas dentro en la fortaleza que no parescía sino que el cielo las llovía.”[5]


Moctezuma quiso calmar a su pueblo hablándole desde una azotea, pero los aztecas le habían ya perdido el respeto y en lugar de escucharlo le lanzaron una lluvia de piedras causándole la muerte. “Y el dicho Mutezuma, que todavía estaba preso y un hijo suyo con otros muchos señores que al prencipio se habían tomado, dijo que le sacasen a las azoteas de la fortaleza y que él hablaría a los capitanes de aquella gente y les haría que cesase la guerra. Y yo lo hice sacar, y en llegando a un petril que salía fuera de la fortaleza, queriendo hablar a la gente que por allí combatía le dieron una pedrada los suyos en la cabeza tan grande que dende a tres días murió. Y yo lo fice sacar así muerto a dos indios que estaban presos, y a cuestas lo llevaron a la gente. Y no sé lo que dél se hicieron, salvo que no por eso cesó la guerra, y muy más recia y muy cruda de cada día.”[6]Muerto Moctezuma y tras varios días de combate, Cortés y sus huestes (españoles y tlaxcaltecas) decidieron huir de Tenochtitlán. “Y fue acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estaban más descuidados.”[7]


La noche del 30 de junio de 1520

El relato que Bernal Díaz del Castillo hace de la huida y ataque en la calzada de Tacuba a españoles y tlaxcaltecas es suficiente para entender cabalmente lo ocurrido esa noche: “Dio (Cortés) luego orden que se hiciese de maderos y tablas muy recias una puente, que llevásemos para poner en las puentes que tenían quebradas, y para ponerlas y llevarlas y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y el ejército señalaron cuatrocientos indios tlaxcaltecas y ciento cincuenta soldados; para llevar la artillería señalaron asimismo doscientos indios de Tlaxcala y cincuenta soldados, y para que fuesen en la delantera, peleando, señalaron a Gonzalo de Sandoval y a Diego de Ordaz; y a Francisco de Saucedo y a Francisco de Lugo. y una capitanía de cien soldados mancebos, sueltos, para que fuesen entre medias y acudiesen a la parte que más conviniese pelear; señalaron al mismo Cortés y Alonso de Avila y Cristóbal de Olid y a otros capitanes que fuesen en medio; en la retaguardia a Pedro de Alvarado y a Juan Velázquez de León, y entremetidos en medio de los capitanes y soldados de Narváez, y para que llevasen a cargo los prisioneros y a doña Marina y doña Luisa, señalaron trescientos tlaxcaltecas y treinta soldados. Pues hecho este concierto, ya era noche para sacar el oro y llevarlo o repartirlo; mandó Cortés a su camarero, que se decía Cristóbal de Guzmán, y a otros soldados sus criados, que todo el oro y joyas y plata lo sacasen con muchos indios de Tlaxcala que para ello les dió, y lo pusieron en la sala, y dijo a los oficiales del rey que se decían Alonso de Avila y Gonzalo Mexía que pusiesen cobro en el oro de Su Majestad, y les dio siete caballos heridos y cojos y una yegua y muchos amigos tlaxcaltecas (…)


Antes de medianoche se comenzó a traer la puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlaxcatlecas cargados con el oro; y de presto se puso la puente y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Y estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbas de los mexicanos, y decían en su lengua a los del Tatelulco: Salid presto con vuestras canoas, que se van los teules y atajadlos que no quede ninguno a vida. Y cuando no me cato vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas que no nos podíamos valer y muchos de nuestros soldados ya habían pasado. Y estando de esta manera cargan tanta multitud de mexicanos a quitar la puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos; y como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía resbalaron dos caballos y caen en el agua, y como aquello vimos yo y otros de los de Cortés, nos pusimos en salvo de esa parte de la puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de la puente (…)


Ya que íbamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde ya estaba Cortés con todos los capitanes Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid y otros de a caballo de los que pasaron delante, decían a voces: Señor capitán, aguárdenos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en las puentes; tomémoslos a mamparar, si algunos han quedado y no salen ni vienen ninguno. Y la respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era milagro. Y luego volvió con los de a caballo y soldados que no estaban heridos, y no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él y ocho tlaxcaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas. Y entretanto que fue Cortés por la calzada con los demás capitanes, (y) reparamos en los indios de Tacuba, ya habían venido de México muchos escuadrones dando voces a dar mandando a Tacuba y a otro pueblo que se dice Escapuzalco, por manera que encomenzaron a tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes; y nosotros hacíamos algunas arremetidas, en que nos defendíamos y ofendíamos (…)


Volvamos a Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos, y dijo Pedro de Alvarado que Juan Velázquez de León quedó muerto con otros muchos caballeros, así de los nuestros como de los de Narváez, que fueron más de ochenta, en la puente, y que él y los cuatro soldados que consigo traía, que después que les mataron los caballos pasaron en la puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas que estaban aquel paso de la puente cuajado de ellos.”[8]


Las huestes destrozadas de Hernán Cortés fueron perseguidas durante una semana por los escuadrones aztecas, alcanzándolas en Otumba el 7 de julio. En ese lugar se desarrolló una batalla en la cual Cortes capturó a Matlatzincátzin, (hermano de Cuitlahuac, el nuevo gobernante de Tenochtitlán) quien dirigía al ejército azteca. Caído su líder los aztecas se dispersaron regresando a su ciudad y Cortés y sus hombres pudieron llegar a Tlaxcala para reponerse de sus heridas.


Notas

  1. Hernán Cortés. Cartas de Relación. Editorial Porrúa, 13 edición, México, 1983, p. 53
  2. Ibídem, p. 54
  3. Bernardino de Sahagún. Historia General de las cosas de Nueva España. Libro II, Capítulo V. Editorial Porrúa, México, 1989 p. 81
  4. Hernán Cortés. Obra citada p. 77
  5. Ibídem p. 78
  6. Ibídem p.79
  7. Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España. Editorial Porrúa, México 1985, cap. 58
  8. Bernal Díaz del Castillo. Obra citada, mismo capítulo.


Bilbiografía

  • Cortés Hernán. Cartas de Relación. Porrúa, 13 edición, México, 1983
  • Díaz del Castillo Bernal. Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España. Porrúa, México 1985,
  • Sahagún Bernardino de. Historia General de las cosas de Nueva España. Libro II, Porrúa, México, 1989


JUAN LOUVIER CALDERÓN