Diferencia entre revisiones de «OTUMBA; La batalla»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Por ello el célebre antropólogo, historiador y científico naturista del siglo XVI José de Acosta S.J. (1540-1600) escribía hacia 1580 en su obra «Historia natural y moral de Las Indias», publicada en 1590:''
 
Por ello el célebre antropólogo, historiador y científico naturista del siglo XVI José de Acosta S.J. (1540-1600) escribía hacia 1580 en su obra «Historia natural y moral de Las Indias», publicada en 1590:''
  
"Quien estima en poco a los indios, y juzga que con la ventaja que tienen los españoles de sus personas y caballos, y armas ofensivas y defensivas, podrán conquistar cualquier tierra y nación de indios, mucho se engaña. Allí está Chile, o por mejor decir, Arauco y Tucapel, que son dos valles que ha más de veinte y cinco años, que con pelear cada año y hacer todo su posible, no les han podido ganar nuestros españoles casi un pie de tierra, porque perdido una vez el miedo a los caballos y arcabuces, y sabiendo que el español cae también con la pedrada y con la flecha, [...] No piense nadie que diciendo indios, ha de entenderse hombres de tronchos; y si no, llegue y pruebe. Atribúyase la gloria a quien se debe, que es principalmente a Dios.”''<ref>ACOSTA, José. ''Historia Natural y Moral de las Indias.'' Cap. 28. Ed. Obras del P. José de Acosta S.J., estudio preliminar y edición del p. Francisco Mateos S.J., Madrid, BAE, 73, 1954. También en  SUESS Paulo, ''La Conquista Espiritual de la América Española. 200 documentos del siglo XVI.'' ABYA-YALA, Quito, 2002</ref>
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"''Quien estima en poco a los indios, y juzga que con la ventaja que tienen los españoles de sus personas y caballos, y armas ofensivas y defensivas, podrán conquistar cualquier tierra y nación de indios, mucho se engaña. Allí está Chile, o por mejor decir, Arauco y Tucapel, que son dos valles que ha más de veinte y cinco años, que con pelear cada año y hacer todo su posible, no les han podido ganar nuestros españoles casi un pie de tierra, porque perdido una vez el miedo a los caballos y arcabuces, y sabiendo que el español cae también con la pedrada y con la flecha, [...] No piense nadie que diciendo indios, ha de entenderse hombres de tronchos; y si no, llegue y pruebe. Atribúyase la gloria a quien se debe, que es principalmente a Dios.''”''<ref>ACOSTA, José. ''Historia Natural y Moral de las Indias.'' Cap. 28. Ed. Obras del P. José de Acosta S.J., estudio preliminar y edición del p. Francisco Mateos S.J., Madrid, BAE, 73, 1954. También en  SUESS Paulo, ''La Conquista Espiritual de la América Española. 200 documentos del siglo XVI.'' ABYA-YALA, Quito, 2002</ref>
  
La «batalla de Otumba» no fue un hecho irrelevante como muchos lo hacen ver, porque la derrota de los españoles hubiera significado no solo la liquidación de la expedición de [[CORTÉS,_Hernán | Hernán Cortés]], sino la pospuesta -o quizá cancelación- del nacimiento y bautismo de la mestiza nación cristiana que es el México de hoy.
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La «batalla de Otumba» no fue un hecho irrelevante como muchos lo quieren hacer ver, porque la derrota de los españoles hubiera significado no solo la liquidación de la expedición de [[CORTÉS,_Hernán | Hernán Cortés]], sino la pospuesta -o quizá cancelación- del nacimiento y bautismo de la mestiza nación cristiana que es el México de hoy.
  
 
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Revisión del 09:50 28 ago 2017

A 75 kilómetros al noreste de la ciudad de México y a una altura de 2350 metros sobre el nivel del mar, se encuentra la población de Otumba, vocablo que en lengua náhuatl significa «lugar de otomíes». El 7 de julio de 1520, en un llano cercano a esa población, 430 españoles y cerca de mil guerreros tlaxcaltecas –la mayoría heridos-, se vieron obligados a enfrentarse al ejército azteca que los perseguía, el cual estaba conformado por más de 200 mil guerreros.

La «batalla de Otumba» fue uno de los hechos más decisivos en la historia de la Conquista de México; sin embargo muchos cronistas e historiadores apenas si la mencionan, soslayando su importancia. Por ejemplo, el muy serio historiador J. L. Schlarman hace solo una lacónica referencia a esa batalla: “Tuvieron que sostener una recia batalla en Otumba el 7 de julio, pero al otro día llegaron al territorio de Tlaxcala, donde comieron por primera vez algo que pudiera llamarse alimento.[1]El propio Hernán Cortés le dedica solo unos cuantos renglones en su larguísima segunda «Carta de Relación» que dirige al rey Carlos I-V:

“Y viendo que cada día sobrevenía más gente y más recia y nosotros íbamos enflaqueciendo, hice aquella noche que los heridos y dolientes, que llevábamos a las ancas de los caballos y a cuestas, hiciesen muletas y otras maneras de ayudas como se pudiesen sostener y andar, porque los caballos y españoles sanos estuviesen libres para pelear. Y pareció que el Espíritu Santo me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió;

Que habiendo partido en la mañana (…) yendo por mi camino salieron al encuentro mucha cantidad de indios y tanta, que por delantera, lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía. Los cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocíamos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con nosotros y cierto creíamos ser aquel el último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban, por ir, como íbamos, muy cansados y casi todos heridos y desmayados de hambre.

Pero quiso Nuestro Señor mostrar su gran poder y misericordia con nosotros, que con toda nuestra flaqueza, quebrantamos su gran orgullo y soberbia, en que murieron muchos de ellos y muchas personas señaladas; porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban que no podían pelear ni huir. Y con ese trabajo fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra.”[2]

La « noche triste»; antecedente inmediato de la batalla

Siete días antes, en la lluviosa madrugada del 30 de junio, Hernán Cortés y su tropa integrada por 1100 españoles y 2000 tlaxcaltecas, intentaron huir de México- Tenochtitlán después de haber estado sitiados y hostilizados desde el 16 de mayo por los aztecas, cuando Cortés estaba en Veracruz. “Mientas Cortés estaba fuera, Pedro de Alvarado, a quien había dejado en Tenochtitlán, se convenció de que los mexicas estaban a punto de rebelarse. Apresó y mató a muchos de sus nobles. Una oleada de combates barrió la ciudad. Cortés llegó a tiempo para ayudar a Alvarado (24 de junio), pero no pudo recuperar el control de la ciudad y planeó una escapada a medianoche de ese mismo día (30 de junio). Para entonces, Moctezuma había muerto tras ser apedreado por su propia gente.”[3]

Los españoles y sus aliados tlaxcaltecas decidieron huir por la calzada de Tacuba porque era la más corta (3.6 km.) de las tres que conectaban a la ciudad con la orilla del lago de Texcoco. En silencio y usando puentes portátiles lograron cruzar tres de los cortes que tenía la calzada, pero al llegar al cuarto (llamado Mixcoatechialtitlán), “una mujer que sacaba agua los vio y al momento alzó el grito (…) Entonces gritó un hombre sobre el templo de Huitzilopochtli. Bien se difundió su grito sobre la gente, todo mundo oyó su grito.”[4]

A diferencia de Cortes, el soldado Bernal Díaz del Castillo, quien participó en todos los acontecimientos importantes de la Conquista de México, narra de manera más amplia y detallada tanto la « noche triste» como la «batalla de Otumba»: “Y estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbas de los mexicanos, y decían en su lengua a los del Tatelulco: «Salid presto con vuestras canoas, que se van los teules y atajadlos que no quede ninguno a vida». Y cuando no me cato vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas que no nos podíamos valer y muchos de nuestros soldados ya habían pasado.

Y estando de esta manera cargan tanta multitud de mexicanos a quitar la puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos; y como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía resbalaron dos caballos y caen en el agua, y como aquello vimos yo y otros de los de Cortés, nos pusimos en salvo de esa parte de la puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de la puente (…)

Ya que íbamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde ya estaba Cortés con todos los capitanes Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid y otros de a caballo de los que pasaron delante, decían a voces: «Señor capitán, aguárdenos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en las puentes; tomémoslos a mamparar, si algunos han quedado y no salen ni vienen ninguno». Y la respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era milagro. Y luego volvió con los de a caballo y soldados que no estaban heridos, y no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él y ocho tlaxcaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas.

Y entretanto que fue Cortés por la calzada con los demás capitanes, (y) reparamos en los indios de Tacuba, ya habían venido de México muchos escuadrones dando voces a dar mandando a Tacuba y a otro pueblo que se dice Escapuzalco, por manera que encomenzaron a tirar vara y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes; y nosotros hacíamos algunas arremetidas, en que nos defendíamos y ofendíamos (…)

Volvamos a Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos, y dijo Pedro de Alvarado que Juan Velázquez de León quedó muerto con otros muchos caballeros, así de los nuestros como de los de Narváez, que fueron más de ochenta, en la puente, y que él y los cuatro soldados que consigo traía, que después que les mataron los caballos pasaron en la puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas que estaban aquel paso de la puente cuajado de ellos.”[5]

Según narra el mismo Díaz del Castillo, cuando entraron los españoles a México- Tenochtitlán al medio día del 24 de junio, fiesta de San Juan Bautista, eran “mil e trescientos soldados con los de a caballo, que fueron noventa y siete, y ochenta ballesteros, y otros tantos escopeteros, e más de dos mil tlascaltecas.”[6]En la « noche triste» y durante los cinco días de persecución que le siguieron, fueron muertos “sobre ochocientos y sesenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y a cinco mujeres de Castilla… y mataron sobre mil tlascaltecas”.[7]

La huida hacia Tlaxcala

En esos momentos la intención de Cortés y sus capitanes sobrevivientes era salvar lo que quedaba de su destrozada tropa, por lo que les era indispensable llegar a Tlaxcala, aunque alguna duda tenían si los tlaxcaltecas, tras esos acontecimientos tan adversos a los españoles, continuarían siendo sus aliados: “Pues lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en nuestros amigos los de Tascala”.[8]

La columna en huida estaba integrada por los mil tlaxcaltecas sobrevivientes; los españoles eran “cuatrocientos y cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teníamos pólvora, y todos heridos y cojos y mancos. Una vez en tierra firme la columna puso a sus hombres más sanos en las orillas, y en el centro a sus heridos y a las tres mujeres que habían sobrevivido.[9]

El haber escogido para su escape de México la calzada de Tacuba (3.6 kms.) en lugar de la de Iztapalapa (12 kms.), les hizo salir hacia el noreste del Lago de Texcoco, y por tanto un poco más lejos del territorio tlaxcalteca situado al sureste. Así tuvieron que dirigirse primero hacia Zumpango, en el extremo norte del lago, para doblar ahí hacia el este-sureste y cruzar las faldas del oriente de la Sierra Nevada que delimitaban el territorio azteca del tlaxcalteca.[10]

A lo largo de su marcha, durante siete días la columna fue continuamente hostilizada: “los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces y gritos y silbos, y decían: «Allá iréis donde no quede ninguno de vosotros a vida» (…) y siempre los mejicanos siguiéndonos, y como se juntaban muchos, procuraban de nos a matar, y nos comenzaban a cercar y tiraban tanta de piedra con hondas y varas y flechas, y con sus montantes, que mataron a dos de nuestros soldados en un paso malo, y también mataron un caballo e hirieron a muchos de los nuestros; y también nosotros, a estocadas y cuchilladas matamos algunos dellos…”[11]

Preparación de la batalla

Mientras la columna avanzaba lentamente debido a sus lamentables condiciones y a la continua hostilización que le infligían sus perseguidores, los Capitanes aztecas pudieron reunir un gran ejército: “allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco y todos los pueblos que están alrededor de la laguna, otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba y Tepetezcuco y Saltocán, ya con pensamiento de que aquella vez no quedara roso ni velloso (ni rastro de todos) de nosotros.[12]

Ese ejército, dirigido por el jefe azteca Matlatzincátzin, fue situado varios kilómetros adelante de la trayectoria que seguía la columna de Cortés rumbo a Tlaxcala, escogiendo Matlatzincátzin para detenerla un llano llamado Temalcatitlán, a medio kilómetro al norte de Otumba, y que tiene a 3 kilómetros de cada lado dos cerros, donde los aztecas colocaron sus observatorios y puestos de mando.

A una legua de Otumba, los grupos de guerreros que venían hostilizando a la columna dejaron de hacerlo para sumarse al ejército emboscado. Díaz del Castillo dice “ya que creíamos ir a salvo, vuelven nuestros corredores del campo (los guías tlaxcaltecas) y dicen que están los campos llenos de guerreros mejicanos aguardándonos; e cuando lo oímos, bien que teníamos temor pero no para desmayar ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir.”[13]

Esa situación en la cual el ejército azteca cubría todo el llano «de falda a falda» de los cerros, es la que también describe Cortés en su Segunda Carta de Relación: “…salieron al encuentro mucha cantidad de indios y tanta, que por delantera, lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía.”[14]

El relato sobre la «batalla de Otumba» de Díaz del Castillo es más amplio y detallado que el parco relato de Cortés; sin embargo, en cuanto ambos son «testigos de vista», se complementan muy bien y nos proporcionan una visión más íntima y completa; además nos permiten valorar de manera objetiva la trascendencia de la misma.

Una vez informado Hernán Cortés y su tropa de la posición del ejército azteca, “reparamos un poco y se dio orden de como se había de entrar e salir los da caballo a media rienda, y que no se parasen a lancear, sino las lanzadas por rostros hasta romper sus escuadrones, e que todos los soldados las estocadas que diésemos que les pasásemos las entrañas.”[15]

Desarrollo de la batalla

“Y después de nos encomendar a Dios e a Santa María muy de corazón, e invocando el nombre de señor Santiago, desde que vimos que nos empezaban a cercar, de cinco en cinco de caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.”[16]

Los breves preparativos de los españoles y el explícito señalamiento de Del Castillo acerca de «no tener pólvora» indican qué no hubo disparos de arcabuz ni mucho menos artillería, y que el enfrentamiento fue un «cuerpo a cuerpo», precedido por los escasos 19 caballos que quedaban vivos, y que en nada podían remediar la desproporción de 136 a 1. Por ello Cortés dirá: “y cierto creíamos ser aquel el último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban, por ir, como íbamos, muy cansados y casi todos heridos y desmayados de hambre…[17]

A un primer enfrentamiento siguieron muchos otros, con muertos y heridos en ambos bandos: “todos nosotros los que no teníamos caballos, paresce ser que a todos se nos ponía doblado esfuerzo, que aunque estábamos heridos y de refresco teníamos otras heridas, no curábamos las de apretar, por no nos parar a ello, que no había lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos con ellos a les dar estocadas.”[18]Ninguno de los cronistas señala la duración de la batalla pero esta debió ser de varias horas, según la única referencia que al respecto hace Cortés: “y con ese trabajo fuimos mucha parte del día”.[19]

En un momento en el fragor del combate, Cortés y cuatro de los jinetes que lo acompañaban alcanzaron a ver las insignias que distinguían a un jefe azteca, el cual se encontraba protegido por un escuadrón de guerreros, y a galope se lanzaron contra ellos.

“Y quiso Dios que allegó Cortés con los capitanes ya por mi memorados (Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval, Gonzalo Domínguez y Joan de Salamanca) que andaban en su compañía, en parte donde andaban con su grande escuadrón el capitán general de los mejicanos, con su bandera tendida (…)

Y desde que le vio Cortés, con otros muchos mejicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a los demás capitanes:«¡Ea, señores; rompamos por ellos y no quede ninguno de ellos sin herida». Y encomendándose a Dios, arremetió Cortés y Cristóbal de Olí y Sandoval y Alonso de Ávila y otros caballeros; y Cortés le dio un encuentro con su caballo al capitán mejicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás nuestros capitanes acabaron de romper el escuadrón, que eran muchos indios, y quien siguió al capitán que traía la bandera, que aún no había caído del encuentro que Cortés le dio, fue Joan de Salamanca…que le dio una lanzada y le quitó el rico penacho que traía e se lo dio a Cortés (…)

“…muerto aquel capitán que traía la bandera mejicana, y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar, y todos los de a caballo siguiéndolos (…) seguimos la vitoria matando e hiriendo. Pues nuestros amigos los de Tascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron hacíanlo muy bien y esforzadamente.

Ya vueltos los de a caballo se seguir la vitoria, todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos.”[20]

Valoración y trascendencia de la Batalla de Otumba

En la Conquista de América hubo otras batallas de importancia decisiva, como la de «Cajamarca»,[21]entre el ejército del Inca Atahualpa y las tropas del conquistador de Perú Francisco Pizarro; también la de «Tzompachtépetl»,[22]entre las tropas de Cortés y el ejército de Tlaxcala. Sin embargo, como señala Díaz del Castillo, en ninguna de ellas los españoles se enfrentaron a tan gran cantidad de guerreros como en Otumba, donde los cálculos realizados en base a las dimensiones del campo de batalla y a las descripciones de Cortes y Díaz del Castillo, objetivamente señalan alrededor de 200 mil guerreros.

Pero además de sufrir desproporciones similares a las que se dieron en las batallas de Cajamarca y Tozmachtépetl,[23]en Otumba los españoles y tlaxcaltecas tenían en contra el agravante de estar casi todos heridos y debilitados por el hambre. En una perspectiva de cálculos exclusivamente humanos, ni con ametralladoras modernas los españoles hubieran logrado la victoria.

Por ello el célebre antropólogo, historiador y científico naturista del siglo XVI José de Acosta S.J. (1540-1600) escribía hacia 1580 en su obra «Historia natural y moral de Las Indias», publicada en 1590:

"Quien estima en poco a los indios, y juzga que con la ventaja que tienen los españoles de sus personas y caballos, y armas ofensivas y defensivas, podrán conquistar cualquier tierra y nación de indios, mucho se engaña. Allí está Chile, o por mejor decir, Arauco y Tucapel, que son dos valles que ha más de veinte y cinco años, que con pelear cada año y hacer todo su posible, no les han podido ganar nuestros españoles casi un pie de tierra, porque perdido una vez el miedo a los caballos y arcabuces, y sabiendo que el español cae también con la pedrada y con la flecha, [...] No piense nadie que diciendo indios, ha de entenderse hombres de tronchos; y si no, llegue y pruebe. Atribúyase la gloria a quien se debe, que es principalmente a Dios.[24]

La «batalla de Otumba» no fue un hecho irrelevante como muchos lo quieren hacer ver, porque la derrota de los españoles hubiera significado no solo la liquidación de la expedición de Hernán Cortés, sino la pospuesta -o quizá cancelación- del nacimiento y bautismo de la mestiza nación cristiana que es el México de hoy.

NOTAS

  1. SCHALARMAN H.L. Joseph. México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, 14 ed. 1987, p. 75
  2. HERNÁN CORTÉS. Cartas de Relación a Carlos V, Ed. Cambio 16, Madrid, 1992, pp. 91-92
  3. THOMAS Hugh. Cortés y la Conquista de México. En VV.AA. Itinerario de Hernán Cortés. Ed. Canal de Isabel II Gestión Comunidad Madrid, y Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos SEP- CONACULTA, Madrid, 2015, p.91
  4. SAHAGÚN Bernardino. Historia general de las cosas de la Nueva España. Libro XII, cap. XXIV, 3-4. Ed. Porrúa, México, pp. 784-785
  5. Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España. cap. CXXVIII. Ed. Porrúa, México 1985, p.273
  6. Ibídem, mismo capítulo, p. 279
  7. Ibídem
  8. Ibídem, p. 276
  9. Doña Marina ( Malinche); la hija del jefe de Tlaxcala, doña Luisa Xicoténcatl; y una mujer castellana llamada María Estrada.
  10. La Sierra Nevada es una cadena montañosa formada principalmente por los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, los que tienen altitudes superiores a los 5 mil metros sobre el nivel del mar. Las faldas por las que se transita de Tlaxcala al Lago de Texcoco fluctúan entre los 2500 y 3000 metros sobre el nivel del mar.
  11. DÍAZ DEL CASTILLO, ob.,cit., p. 277
  12. Ibídem, p. 278
  13. Ibídem, p. 277
  14. CORTÉS, ob., cit.
  15. Díaz del Castillo, ob., cit., p. 277
  16. Ibídem
  17. CORTES, ob., cit.
  18. DIÁZ DEL CASTILLO, ob., cit., p. 277
  19. CORTÉS, ob., cit.
  20. DÍAZ DEL CASTILLO, ob., cit., p.278
  21. Tuvo lugar al atardecer del 16 de noviembre de 1532, en la plaza de Cajamarca. Los españoles eran 168 (incluidos 62 jinetes), y los incas unos 35 mil. Esa batalla fue decisiva en la Conquista del Perú
  22. Tuvo lugar en los primeros días de septiembre de 1519, entre los 500 españoles de Cortés apoyados por 2000 guerreros de Cempoala, contra el ejército de Tlaxcala formado por 60 mil guerreros y comandado por Xicoténcatl “el joven”. Después de esa batalla, los tlaxcaltecas aceptaron el ofrecimiento de amistad de Cortés, quien fue recibido en el Senado de Tlaxcala por Xicoténcatl “el viejo”.
  23. La desproporción en Cajamarca fue de 208 a 1; en Tzompachtépetl de 109 a 1 y, contando a los de Cempoala, 24 a 1. En Otumba fue de 454, pero contando la valiosísima participación de los guerreros de Tlaxcala, la desproporción fue 136 a 1.
  24. ACOSTA, José. Historia Natural y Moral de las Indias. Cap. 28. Ed. Obras del P. José de Acosta S.J., estudio preliminar y edición del p. Francisco Mateos S.J., Madrid, BAE, 73, 1954. También en SUESS Paulo, La Conquista Espiritual de la América Española. 200 documentos del siglo XVI. ABYA-YALA, Quito, 2002

BIBLIOGRAFÍA

ACOSTA, José. Historia Natural y Moral de las Indias. Obras del P. José de Acosta S.J., estudio preliminar y edición del p. Francisco Mateos S.J., Madrid, BAE, 73, 1954.

CORTÉS Hernán. Cartas de Relación a Carlos V, Ed. Cambio 16, Madrid, 1992

DÍAZ DEL CASTILLO Bernal. Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España. Ed. Porrúa, México 1985,

SAHAGÚN Bernardino. Historia general de las cosas de la Nueva España. Ed. Porrúa, México, 1989

SCHALARMAN H.L. Joseph. México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, 14 ed. 1987

SUESS Paulo, La Conquista Espiritual de la América Española. 200 documentos del siglo XVI. ABYA-YALA, Quito, 2002

VV.AA. Itinerario de Hernán Cortés. Ed. Canal de Isabel II Gestión Comunidad Madrid, y Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos SEP- CONACULTA, Madrid, 2015


JUAN LOUVIER CALDERÓN