PARAGUAY; Las reducciones como intento de humanización y de evangelización

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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ORIGEN DE LAS REDUCCIONES

Se ha dicho que las reducciones, como las planearon y organizaron los jesuitas, tienen sus modelos en proyectos de orga¬nización social, como los presentaron Platón, Tomás Moro o Campanella. Esa afirmación es falsa porque inmediatamente antes que los jesuitas crearan las reducciones, el mundo hispanoamericano "pu¬lulaba de fuentes de inspiración directa, inmediata y realista", ya que la Corona y la Iglesia española eran autores de este experimento singular.

La prehistoria de las Reducciones contó, para fortuna de estas, con excelentes misioneros, llegados a la región ya desde 1587. Como los franciscanos, dominicos y agustinos, los jesuitas empezaron su trabajo misional con un elemento humano muy cualificado; su pionero fue el P. Alonso de Barzana, de quien uno de sus compañeros hace este elogio:

"Aunque no vi al santísimo padre Francisco Xavier en la India, vi al padre Alonso de Barzana, viejo de sesenta y cinco años, sin dientes ni muelas, con suma pobreza, con profundísima humildad... haciéndose viejo con el indio viejo y con la vieja hecha tierra, sentándose por esos suelos para ganarlos para Cristo... y de la mañana a la noche no pierde un momento ocioso. Su oración retirada desde antes de amanecer por esos campos, su continuo trabajo en macear con tantas lenguas tan diferentes, y sobre todo para llevar este trabajo, el mayor regalo que el santo viejo tiene aquí, es una poca de harina de maíz tostado".

La empresa de las reducciones paraguayas exigió, por tanto, espíritus recios, audaces y evangélicos. Así fueron, efectiva¬mente, sus creadores, como lo escribe el provincial Rodrigo de Cabredo en 1602:

"Vi aquellos religiosos... humildes, pobres, mortificados, que comen mal y duermen peor, visten muy pobremente y están contentísimos y sanos y favorecidos de Nuestro Señor en la oración y unidos estrechamente con su Divina Majestad y entre sí".

El primer organizador de las reducciones fue el P. Diego de Torres, que tiene una gran semejanza con el P. De Las Casas por la coherencia con que procede en la aplicación de la justicia. En 1608, siendo provincial de su orden en Chile y Paraguay, y pasando por encima de todo artificio jurídico, ejecuta, en cuanto está de su parte, los mandatos de las «Leyes Nuevas», promulgadas sesenta años atrás: si el remedio de los abusos de la encomienda reside en la supresión de la encomienda, ésta ha de suprimirse:

"Me resolví a ejecutarlo y poner los indios en libertad, como lo hice, delante de su protector y un escribano y juez, ofreciéndoles de nuevo, si nos querían servir, mayores comodidades y salario, lo que ellos (los indios) aceptaron con mucho gusto".

La conducta del P. Torres levantó una protesta general; la que sesenta años antes había provocado y llevado a la revolución de los encomenderos. El P. Torres respondió redactando un dic¬tamen acerca de las razones justas que le asistían y de la iniquidad del servicio personal, como allí se practicaba. Lo mis¬mo hizo en Tucumán y Paraguay, con el escándalo de los españo¬les que lo acusaban de subversivo del imperio español.

El P. Torres viajó a España e Italia para reclutar misioneros que trabajasen en las misiones de Chile y Paraguay; reclu¬tó en efecto a 45 con quienes regresó a América, y escogió a 13 para inaugurar las celebres misiones con los guaraníes, de costumbres indómitas e inhumanas, a propuesta del Gobernador de Asunción, Hernando Arias de Saavedra.

Una de las condiciones puestas por el P. Torres fue que los indios reducidos que¬daran exentos del servicio personal, y viviesen independientes de los blancos. La primera reducción se fundó en el año 1610, con el nombre de San Ignacio-Guazú; desde entonces, empiezan a surgir lentamente, en todas direcciones, fundaciones nuevas a lo largo del siglo XVII.

Algunos misioneros fueron sacrificados por los indios (tres de ellos han sido canonizados en 1988: Roque González de Santa Cruz, fundador con el p. Lorenzana de la primera reducción del Paraná en 1610; Alonso Rodríguez (natural de Zamora-España), y Juan del Castillo, natural de Belmonte (Cuenca-España) y otros murieron de hambre.

EL ÁMBITO GEOGRÁFICO

El grupo de Reducciones, “gravitando sobre el área de la actual provincia de Misiones en Argentina, se extendió sobre un amplio cuadrilátero cuyos lados, cubriendo tierras que hoy pertenecen al Paraguay y al Brasil, tenían 650 Kms del Norte al Sur, y 600 Kms del Este al Oeste”.

La población de las Reducciones tenía 28.000 habitantes en 1647, 48.000 en 1682, 100.000 en 1707 y 140.000 en 1732. En esta época había más habitantes en las Reducciones del Paraguay, que en todas las tres provincias o gobernaciones civiles del Río de la Plata, Paraguay y Tucumán. "Si a esta población numéricamente superior, se agrega la organización, la disciplina, la técnica, la relativa abundancia de maestros tan capaces, como deseosos de enseñar, es fácil colegir lo que debió de ser la cultura misionera”.

Pero luego se advierte una flexión demográfica, en parte debido a las epidemias de viruela, a un cierto cansancio moral en los misioneros. “Pero una enérgica intervención del general de los jesuitas puso pronto termino a la crisis. A partir de 1739 cuando la población había alcanzado la cifra de 70.000 almas, comienza paulatinamente la recuperación, hasta llegar a contar cer¬ca de 100.000, en la víspera de la expulsión de los jesuitas de toda América”.

En casi 160 años de existencia, las reducciones de los jesuitas en el Paraguay llegaron a 37, incluyendo las del obis¬pado de Santa Cruz y Alto Chaco y Chiquitos. Las márgenes de los grandes ríos, Uruguay y Paraná, fueron los asientos topo¬gráficos de su establecimiento, a causa de la facilidad de comunicaciones naturales. A mediados del siglo XVII los misioneros prefirieron detener la fiebre fundacional para estructurar sólidamente lo establecido. Medio millón de indios pasaron por las manos educadoras de la Iglesia.

Contemporáneamente los jesuitas establecieron otras reducciones, en los Llanos orientales de Colombia en 1622; en los Llanos del Alto y Medio Amazonas y Marañón del Ecuador y norte del Perú, en 1637 y, a fines del siglo XVII, entre los In¬dios Chiquitos del sureste de Bolivia y entre los Mojos del Noroeste de Bolivia. El objetivo era gigantesco, pues se pre¬tendía vincular toda esta cadena de reducciones, desde el Orinoco hasta el Paraná.

ESTRUCTURACIÓN SOCIAL Y PROMOCIÓN HUMANA

De acuerdo con los criterios misionales, comunes en la experiencia misionera de aquel entonces, e indispensables para la obra de evangelización, la comunidad de misioneros creó y mantuvo este notable experimento, que Popescu describe en estos términos:

“Los equipos de misioneros, cuidadosamente seleccionados, bien preparados y adiestrados, vigorosos tanto física como moral y espiritualmente, disciplinados y obedientes, cons¬tituyeron el elemento motor de una estructura jerarquiza¬da, continua y eficaz... Verdaderos maestros en las tareas que hoy llamamos «Asistencia técnica para los pueblos subdesarrollados», los jesuitas supieron integrar sus equipos sobre amplia base interdisciplinaria tanto como Ínternacional... Educadores y psicólogos, ingenieros y arquitectos, metalúrgicos y agricultores, artesanos de los mas distintos oficios, médicos y farmacéuticos, hasta pintores y escultores”.

Limando lo que tenga de panegírico, los jesuitas seguían la tradición de los grandes misioneros españoles; San Francisco Javier ya se había preocupado por la aptitud práctica de los misioneros en artes mecánicas, medicina y farmacia. Uno de los misioneros de aquella época, el P. Cardiel, hombre sumamente preocupado por la promoción humana de los guaraníes, hablando de la cría de las ovejas dice:

"Tenemos libros y escritos que tratan de esto, y de todo género de economía natural y casera, y nos aplicamos a ello por el bien de aquellos pobres. Les damos lecciones de todo lo que deben hacer".

La organización y la vida en las Reducciones tuvo dos principios rectores: a) la autonomía del indio con relación al blanco; b) la educación política y religiosa. En función de este segundo principio se sistematiza la disposición de las Re¬ducciones.

Todas las reducciones o pueblos de indios se construían de un modo uniforme. Escogido el terreno adecuado, se alzaba primero la iglesia; a un lado la casa de los misioneros y las escuelas; al otro los talleres; detrás un cercado o huerta para los misioneros, y delante una gran plaza de unos 125 metros de lado, en cuyo centro se levantaba la cruz o la imagen de Nuestra Señora. A los lados de la plaza se alineaban las casas de los indios, formando calles bien trazadas. El número de habitantes oscilaba entre mil y siete mil. A la cabeza de cada pueblo estaban dos o tres misioneros.

Las Reducciones debían estar relativamente cerca de un centro de donde irradiara la evangelización, pero siempre independientes de la ciudad española, para que no perdiesen su autonomía. Tampoco podían entrar en ellas mestizos o negros; los únicos habitantes eran los indios y de ellos se nombraban las autoridades, siempre bajo la dirección del párroco. Fue un triunfo de los jesuitas haber logrado, a despecho de los encomenderos y colonos, que sus indios nada tuviesen que ver con ellos. El sacerdote era el director absoluto de la reducción, sin que a ello se opusiera la existencia de autoridades civiles indias; sabían conservar el equilibrio.

La constitución fundamental o de base fue la familia. Los misioneros, que por el testimonio del P. Cardiel constituían un equipo lleno de habilidades, instruían a los indios en las primeras letras y en las industrias elementales para cualquier pueblo civilizado. En cierto modo, cada Reducción era autárquica, pues contaba con todas las artesanías que requería la vida humana sobria de la época.

“En lo material, alcanzaron un nivel superior a los labradores de Europa... Se les proporcionó agricultura y ganadería que los librara del hambre; campos y dehesas de comunidad, de cuyos frutos recibían diariamente ración sobrada, aparte de sus cosechas familiares, nunca prosperas, por la incuria e imprevisión... Estaban asegurados los ancianos, viudas y huérfanos. Tuvieron escuelas de oficios y bellas artes, talleres públicos de tejidos, con jornadas de trabajo cortas, interrumpidas con multitud de fiestas".

Los jesuitas no encontraron entre los guaraníes casi ninguna base sobre la que construir el tipo humano que pretendían. Los contemporáneos concuerdan en una apreciación muy negativa: el indio es sumamente perezoso, indolente, “la fisonomía de ellos es sombría, triste y abatida”, dirá Azara, que visitó lo poco que quedaba de las Reducciones, 35 años después de la expulsión de los jesuitas.

El padre Cardiel los muestra volubles y “nunca salen del ingenio y capacidad del niño. Crece el cuerpo y el entendimiento, punto y honra se quedan como estaban cuando tenían ocho o nueve años, y así llegan hasta la vejez”. Añade que no debe maravillar esto: son niños. Eran absolutamente indiferentes por el porvenir.

Capaces de malbaratarlo todo en un instante, sin sentido de la previsión. A esta desesperante actitud tuvieron que oponerse los misioneros, según Popesou, por medio del “racionalismo”, opuesto al tradicionalismo de los indios. Racionalismo que define como una consecuente reflexión crítica sobre la eficacia de los medios, persiguiendo un fin de planificación o previsión a corto y largo plazo, y calculando la dirección de los negocios.

El mismo autor señala las características de esta racionalización que impregna la conducción de la empresa reduccionista: - Amplitud de su aplicación: en todas las Reducciones se presenta en forma uniforme. - Generalidad: ningún aspecto cultural queda fuera de su influjo. - Amplitud en el tiempo. se planifica por días, semanas, meses, y años. - La eficacia y el cálculo: se pretenden a través de la división del trabajo, la producción en gran escala, la uniformidad funcional en la construcción de los pueblos, viviendas, mercados, oficinas y que cuenta también con el temor a las sanciones. El cálculo resultaba más difícil, “por hallarse en función de la capacidad intelectual del indio” pero existía un sistema suficiente de conta¬bilidad.

Había que pasar del nivel subsistencia, en que encontraron los misioneros a los indios, a un nivel humano, en que se satisficiera a la necesidad propia de un nivel desarrollado de vida. El empeño se mostró, por ejemplo, en que los indios crearan o despertaran iniciativas, provocaran nuevas necesidades, para que lograran vivir como hombres. Este sentido tienen la multitud de fiestas introducidas, de acuerdo con la metodología del siglo anterior.

Hay quienes señalan una contradicción en la actitud de los jesuitas: estimulaban al indio con el afán de cierto lucro y luego lo frenaban. Responde Popescu: “Perseguían por una parte el aumento del nivel de las necesidades, hasta un grado que estuviese de acuerdo con el fin religioso al que aspiraban, pero una vez alcanzado ese nivel, debía permanecer constante y cualquier intento de romper el equilibrio tenía que ser censurado”.

Aunque no se pretende aquí hacer un estudio del sistema económico da las Reducciones, es preciso aludir a algunas realizaciones logradas por los misioneros, como medios y resultados de la promoción humana de los guaraníes:

El régimen de propiedad privada, como se entendía en esas circunstancias, quedó estructurado a través de la «abambaé» o posesión privada, sobre todo de la tierra. La organización tendió siempre a dar al indio más tierra que menos; con esto se trataba de bloquear la indolencia atávica de los naturales, que se hallaban tanto más satisfechos, cuanto menos se les diera para trabajar. Los indios abrigaban poca afición por la agricultura, y además abundaban en bienes de cultivo.

Por otra parte, en la América colonial la tierra valía muy poco. El historiador de las Reducciones, Pablo Hernandez S.J, cita un testimonio significativo:

“En Buenas Aires, “un vecino vendía una suerte de tierras de frente de 500 varas y de largo una legua y más un solar, y una cuadra y una chacra y una estancia y un huerto por una capa medio raída, unos calzones, jubón, coleto, dándose por bien contento y pagado a toda su voluntad.”

En sus tierras propias, los indios construían una cabaña, para vivir allí en la época de labranza. Las casas de la población se hacían comunitariamente, pero eran asignadas a cada familia como posesión privada.

Los indios poseían además sus herramientas de trabajo, propias; en cambio el ganado, y los animales de tracción y de carga pertenecían a la comunidad, porque no sabían tratarlos y los arruinaban. Pero el fruto de la cosecha particular, era propiedad del agricultor.

Los bienes de la comunidad, especialmente el terreno común donde se cultivan los cereales y el algodón, más la gana¬dería era “propiedad de Dios”: el «tupambaé». El sólo nombre señala como en la base de la vida social y comunitaria el fundamento del humanismo, Dios.

Era necesaria la posesión comunitaria; había períodos de sequía, los mismos indios se mostraban poco previsivos, los fenómenos de las plagas, etc., imponían estas seguridades económicas, y, en expresión del P. Cardiel “era menester acudir a las vacas”. En algunas reducciones como Tapeyú, con unos dos mil habitantes, se mataban entre 30 y 40 vacas diariamente, cada familia recibía abundante ración más o menos una libra por persona.

En el «tupambaé» se promovía la agricultura comunitaria; las "propiedades de Dios" eran de gran extensión; durante la época de labranza, que duraba siete meses al año, los indios trabajaban él lunes y el sábado en el campo común. Se pagaba a los indios directamente de los productos del campo, o por medio de permutas, en vestidos, tabaco, o empleando parte de los ingresos que resultaban de la venta de estos trabajos, en pagar los tributos; se compraban además herramientas para el trabajo común.

Las Reducciones abundaban asombrosamente en ganadería, como durante meses el ganado andaba desparramado y era preciso reunirlo, ya cerril y bravo, los indios habían sido amaestrados para esta operación: “Cincuenta indios en dos meses o tres, suelen coger y traer a su pueblo, de distancia de 50 leguas, cinco mil o seis mil vacas”; lo mismo ocurría con los caballos.

Existían igualmente talleres comunales, para fabricar herramientas, instrumentos de trabajo, y otros elementos de consumo de la comunidad, que respondiesen a “una población de buena cultura”, como se expresa el P. Cardiel. Los oficios que se desempeñaban en los talleres resultaban sumamente variados: plateros, carpinteros, herreros, armeros, zapateros, albañiles, tejedores, costureros, torneros, rosarieros, curtidores, retablistas, estatuarios, doradores, alfareros, carreteros, sombrereros, barrileros, armadores de canoas.

Cada oficial tenía un equipo de auxiliares. El instrumental era modesto para cada oficio, pero los artesanos habían adquirido un elevado nivel de eficiencia. Un antiguo misionero jesuita, en obra publicada 20 años después de la extinción de la Compañía de Jesús observa: “Trabajaban en sus labores con tanta destreza, como cualquier excelente artífice europeo”… “Causarían, sin duda admiración, a quien los viese, los magníficos órganos que construían, y los instrumentos músicos de todas clases, los hermosos vasos labrados a torno, los labores textiles y otras perfectísimas manufacturas".

En la actividad industrial, los misioneros atendieron a la diferenciación profesional; se trata de un principio de especialización profesional. En cada pueblo aparece una fila de oficios artesanales, dependientes de la comunidad, que no dis¬ponían de talleres propios; en este sentido no alcanzan el nivel de loa artesanos medievales; los guaraníes se hallan en estricta dependencia. Pero en cuanto a la técnica misma de la especialización se hallan tan desarrollados como el artesano medieval.

EL RITMO DE LA VIDA COTIDIANA

La vida transcurría en forma extremadamente detallista, con una continua referencia a lo religioso, desde los nombres de las Reducciones hasta la oración en común. Para los misioneros resultaba una vida de gran simplicidad, pero terriblemente colmada de ocupaciones porque el sacerdote lo era todo. El P. Cardiel ha dejado una viva pintura de aquel sistema de vida. Esta descripción se parece mucho a la que hace el agustino, P. Juan de Grijalva, sobre lo que ocurría en Michoacán.

Cuenta Cardiel:

“Que al amanecer comienzan a tocar en la plaza las cajas o tamboriles, para convocar los muchachos y muchachas a rezar; y sus sobrestantes, que son indios casados de edad, comienzan a predicar y gritar por las calles: «Hermanos, ya quiere aclarar el día; y Dios os guarde y ayude a todos. Despertad a vuestros hijos para que vengan a rezar y alabar a Dios, a oír la Santa Misa y después al trabajo!...» Los muchachos van entonces a la iglesia y entran ordenadamente cantando el «Bendito y alabado», en su lengua o en castellano, que en las dos lenguas lo saben, y con ellos mucha gente del pueblo; y en algunos pueblos, que por la bondad del terruño tiene todas las sementeras cercanas, entra todo el pueblo a Misa, lo mismo que el día de precepto”.

Luego los muchachos se van a desayunar a sus casas, y regresan luego todos a la plaza para que se les asigne el trabajo común, en los algodonales y sementeras de maíz. “Esto se hace para que no se críen ociosos y se hagan desde niños a saber cuidar de las obligaciones de una familia. Si no se pone cuidado en esto, como todos son de genio flojo y dejado, y sus padres, aun¬que sean de 15 o 16 años, los tienen ociosos, y por no saber cuidar de ellos, salen, cuando son grandes, haraganes y ociosos, y son la peste del pueblo”...

"A la tarde vuelve esta infantería a rezar y a la plática... y al Rosario. Los más hábiles y menos rudos...se escogen para las escuelas y para monacillos, que es oficio muy estimado de ellos... Hay escuelas de leer en su lengua, en español y en latín; y de escribir de letra demano y de la de molde (imprenta); escuela de música y también de danzas de cuenta que solo se usan... en la celebración de las fiestas sagradas, y todas son muy modestas de mucho arte y habilidad.”

Los adultos tienen un ritmo apropiado a su condición., Después de la Misa (que no es obligatoria), van a tomar el mate, luego al trabajo de sementeras propias y a las del común. Vuelven por la tarde, van a rezar el rosario, reciben una porción de mate; la carne se reparte diariamente, o si no cada tres días, en los pueblos menos ricos en ganadería.

La marcha al tupambaé tiene un carácter religioso, pues van procesionalmente, los adultos con la imagen de S. Isidro, las muchachas con una imagen de la Virgen, los muchachos con una del Niño Jesús. Los artesanos se quedaban en los talleres comunes, junto a la casa cural. Cuando anochecía, un redoble de tambores anunciaba la hora de queda; todo el mundo debía recoger¬se en su casa. Las calles eran entonces rondadas toda la noche por un equipo de vigilantes. Se ha criticado la uniformidad de costumbres, hecho todo a toque de campana. Ciertamente los guaraníes vivían gustosos bajo este régimen paternal.

Los jesuitas aprovecharon la afición musical y la disposi¬ción de los guaraníes para el canto, y las pusieron al servicio de la metodología evangelizadora. En las Reducciones del Paraguay, la liturgia se convirtió en instrumento educador del hombre y del cristiano.

Cardiel tiene un relato minucioso de cómo transcurre en las Reducciones el Día del Señor. Al repique de las campanas va todo el pueblo a la Iglesia. En el templo, los adultos profundizan en el catecismo; los muchachos en el amplio patio de la ca¬sa de los misioneros y las muchachas en el cementerio, contiguo a la Iglesia y que es un verdadero jardín.

Reunidos todos en la iglesia, "se sigue el «asperges» con capa pluvial y toda solemnidad de música". A la celebración de la Misa se le daba todo el significado de una «celebración». Les buscamos papeles de los mejores músicos de España y aun de Roma para tocar y cantar. Se entona un salmo de introducción; los muchachos cantan al «laudate pueri»; vuelven a repetir que alaben a Dios, y esto hacen cuatro o cinco veces, hasta que se acaba el salmo. Al «Gloria Patri», todos juntan, altos y contraltos, tiples, clarines, bajones, chirimías y violi¬nes, arpas y órganos, cantan el gloria, y con tal armonía, majestad y devoción, que enterneciera el corazón más duro.

Y como ellos nunca cantan con vanidad ni arrogancia, sino con toda modestia, de los niños son inocentes, muchos de veces que pudieran lucir en las mejores catedrales de Eu¬ropa, es mucha la devoción que causan... Después de la consagración, vuelven a tocar un poco y luego entonan algún himno, «Jesu dulcis memoria» o el «Ave maris Stella», o alguna letrilla a Nuestro Señor, a la Virgen, a San Ignacio nuestro Padre o al Santo de aquel día."

"...Además de esto, todos los días de precepto para los indios, hay sermón con todas las formalidades de él. Pasado algún tiempo después de la Misa cantada, hay Misa rezada para los convalecientes o que estuvieran ocupados. Después de vísperas se hacen los bautismos de los que nacieron en aquella semana, con toda solemnidad, que en grandes pueblos suelen ser 16 o 20…"

CONTINGENCIAS DE LAS REDUCCIONES

Esta singular experiencia se vio sometida a la persecución y a la hostilidad. Los primeros grandes enemigos fueron los colonos portugueses, llamados «bandeirantes» o «paulistas», y con ellos los encomenderos españoles, que organizaron ataques sistemáticos a las Reducciones para pillar y llevarse buena cacería humana.

No todos eran portugueses, sino también aventureros y forajidos de otros países, que venían a conseguir esclavos preparados. Uno de los misioneros, el P. Francisco Díaz Taño, escribe en 1652, que de los 48 pueblos organizados, 26 habían si¬do arruinados por los paulistas; afirma que se han llevado, de acuerdo a testigos, 300.000 indios; solamente han quedado 22 reducciones, con 40.000 almas.

La primera incursión se organizó al año siguiente de empezar los misioneros sus trabajos de fundación, en l611. Fue terrible la incursión o «maloca» de 1628, efectuada por 400 paulistas ayudados por 2.000 indios tupíes, feroces auxiliares de los bandidos portugueses. En esta ocasión se distinguió el P. Masetta en el socorro de sus indios; se fue con ellos, "metiendo a veces su cabeza en las colleras de los cautivos, que desfallecían y caían muertos en el camino; en va¬no en la ciudad de Sao Paulo apeló a las autoridades del país; estas eran cómplices de los malhechores o «grandísimos bellacos» como les llama Astrain. En 1630 se abatió una nueva incursión destruyendo todo. De once florecientes reducciones, sólo quedaron dos en pié, y de 100.000 indios, sólo 12.000...".

Los jesuitas decidieron emigrar con todos los indios; el P. Ruiz de Montoya organizó una «gigantesca odisea». En 700 balsas, 7 canoas, y en medio de peligros sin cuento, bajaron por la corriente del Paraná a tierras más próximas de ciudades españolas. Vendían los misioneros hasta sus librillos y sotanas y ornamentos de iglesia para dar de comer a los indios antes de acomodarlos en las nuevas tierras, y si no murieron de hambre fue porque un buen español les cedió un rebaño de 40.000 vacas.

Había que poner un remedio radical. Armar a los indios, lo cual no era lícito sin permiso del rey. El P. Ruiz de Montoya se dirigió a la corte en 1637, y Felipe IV concedió el permiso. En 1640 estaba de regreso en el Paraguay. Desde el Perú se suministró a los indios el instrumental bélico y la pólvora. Los Hermanos coadjutores adiestraron a los indios en el manejo de las armas, y cuando en 1641 los paulistas y los tupíes, en número de más de 3.000 reaparecieron para repetir aquellas tropelías, se les opusieron 4.200 indios de las Reducciones, y en una refriega que duró dos días "dieron el más cruel Santiago que vieron jamás aquellos montes". Tendidos en el campo queda¬ron varios centenares de malhechores.

El estado de alarma continuó por cerca de 80 años aún. A veces se unían contingentes españoles para ayudar a los indios; en 1676 derrotaron a los paulistas y les arrebataron 4.000 cautivos; otras Reducciones, que no entraban propiamente en el ámbito paraguayo, como las de los indios Chiquitos, tuvieron también que defenderse en esta forma.

Los guaraníes no sólo se mostraron valientes y fieles en la defensa de los suyos, sino que concurrieron a prestar ayuda a los españoles cerca de Buenos Aires, contra los ataques de los portugueses. A los indios de las Reducciones se debió que el actual territorio de la república del Uruguay perteneciese a la corona española.

Y así como un siglo antes el Papa Paulo III tomó parte en la defensa de los indios, también ahora Urbano VIII publicó una enérgica Bula para condenar a los esclavistas y salteadores y proteger a los indios. El P. Díaz Taño, que viajó del Paraguay a Roma, llevó el encargo de implorar el auxilio del Papa en favor de los indios. El Pontífice accedió por medio de la Bula «Commissum Nobis», en abril de 1639. El Papa empieza recordando la actitud de su predecesor Paulo III, y proclama que ningún hombre le puede ser indiferente. Y como Paulo III, ve en este procedimiento inhumano razones para que se repudie el Evangelio. Luego continúa:

"Y nosotros, siguiendo el mismo camino de nuestro predecesor Paulo, y en la voluntad de reprimir la osadía de estos mal¬vados, que apartan violentamente a los indios por medio de acciones inhumanas, de la Fe, cuando deberían ser atraídos a ella por una conducta llena de caridad cristiana y de comprensión...", ordena proclamar que cualquier persona, sea cual fuere su dignidad y oficio, incurrirá en excomunión reservada al propio Romano Pontífice, si se atreviere en adelante "a esclavizar a los indios, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos de su hogar, despojarlos de sus bienes, trasladarlos o remitirlos a otro lugar, o privarlos de la libertad en cualquier forma que sea, o prestarle consejo, auxilio, favor o colaboración a quiénes cometen estas cosas”.

En la minuciosa redacción de estas clausulas, que no son puramente formulismos de la Curia, se ve la mano de testigos presenciales que quieren cerrar el camino a cualquier forma de perversas iniciativas. Cien años más tarde, el Papa Benedicto XIV en otra bula, titulada «Immensa Pastorum» reiteró aún con mayor fuerza esta doctrina y defendió la libertad de los indios del Brasil, del Paraguay, y del Río de la Plata.

Por parte de los jesuitas, las Reducciones tuvieron también momentos de crisis, cuando 120 años después de su iniciación, se sufrió una suerte de cansancio y sopor, que puso en peligro el antiguo entusiasmo. La intervención enérgica y oportuna del general de la Orden, Francisco Retz (1730-1750), salió al paso a una degeneración de aquellas realizaciones.

RUINA DE LAS REDUCCIONES DEL PARAGUAY

Con la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles, pereció definitivamente este esfuerzo cristiano de promoción y de evangelización. E1 27 de Marzo de 1767, Carlos III firmó la real pragmática, en que "estimulado de gravísimas cau¬sas” que "reserva en su real animo" y usando "de la suprema au¬toridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi Corona; he venido en mandar extrañar de todos mis dominios e Indias, islas Filipinas y demás adyacentes, a los regulares de la Compañía...". ´ 3000 religiosos tuvieron que abandonar repentinamente el trabajo apostólico en América, y dejaron en forma imprevista casi medio millón de neófitos que estaban a su cuidado en los dominios españoles. Del Paraguay (provincia religiosa) salieron 457, los cuales, aproximadamente un centenar trabajaban en las Reducciones.

Para reemplazarles, los obispos sólo disponían de diez sacerdotes que deberían atender tan inmensa extensión; los antiguos misioneros fueron expulsados con aparato militar, encarcelamiento e inventario de todo cuanto poseían; obedecieron sin ofrecer resistencia. Treinta años más tarde, la obra era irrecono¬cible y desapareció para siempre; los curas suplentes no esta-ban habituados al procedimiento de reducciones e ignoraban las lenguas; instalados sin preparación ninguna, fracasaron; se cambió además el sistema de autoridad, que pasó de los misioneros a los civiles, ineptos y abusivos; finalmente, gran parte del territorio se asignó al dominio de Portugal,

Desde el Siglo XVII, contemporáneamente a la ofensiva de los jansenistas, los enemigos de los jesuitas propalaron obstinadamente calumnias contra su orden, acerca de tesoros fabulosos, explotación de minas a costa de los indios, y conspiracio¬nes contra la corona española; los jesuitas fueron acusados de comercio ilícito y tráfico vedado a los eclesiásticos.

Fueron también acusados de querer constituir en el Paraguay un imperio independiente, bajo «Nicolás I», nombre con que se habría llamado el primer emperador, un hermano coadjutor; acusación formada con ocasión del llamado «Tratado de límites», entre 1750 y 1762. Ya en estos años quedaron arruinadas 7 florecientes Reducciones. La expulsión de los jesuitas de las Reducciones guaraníes demo¬ró casi un año, por temor a una sublevación de los indios.

EVALUACIÓN

El experimento realizado en el Paraguay ha sido sometido a toda clase de críticas; desde el panegírico incondicional hasta la denigración. Se deben tener en cuenta muchos elementos de juicio: la situación geográfica, la situa¬ción humana; el dato cronológico: siglo y medio de duración.

Además se han de considerar algunos hechos, implicados necesariamente en el esfuerzo misionero: a) el hecho religioso, o sea, el paso de una infraestructura espiritual a la fe comprendida y vivida; b) el hecho familiar: paso de un estatuto de primitivismo poligàmico, a otro, familiar y cristiano; c) el hecho social: paso de una situación tribal, organizada por razones de miedo y de defensa, a la formación de una comunidad humana, con instituciones políticas; d) el hecho económico, con una combinación entre e1 régimen familiar de bienes y ejercicio del derecho de propiedad, y el régimen colectivo y público.

Los contemporáneos, que sin ser jesuitas, tuvieron oportunidad de visitarlas, pronuncian juicios muy favorables a las Reducciones, como experimento de evangelización civilizadora. En 1724 el obispo de la Asunción, fray José de Palos, OFM., informa al rey:

"He ha causado admiración el cuidado y desvelo con que dichos religiosos atienden a los indios de dichas doctrinas, así es la buena educación, pasto espiritual y temporal, como en el amor y lealtad a V.M. y buen régimen de gobierno". Dos años más tarde el obispo franciscano se expresaba así:

"...No cesaba de rendir gracias a Dios Nuestro Señor, al ver tan florida cristiandad, tan bien instruida y devota".

Por el mismo tiempo, el gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio Zabala, fundador de Montevideo, al Virrey: según él, los pueblos de las Reducciones excedían al mejor gobierno del mundo. En un informe levantado por orden de la Corona acerca de toda la actividad de un siglo de trabajo, en 1743, se llega a una conclusión semejante; es una real cédula:

"Asegura el reverendo obispo que fue de Buenos Aires, Fray Pedro Fajardo, que visitó dichas doctrinas, no haber visto en su vida cosa más ordenada que aquellos pueblos, ni desinterés semejante,... y conviniendo con este informe otras noticias no de menor fidelidad, especialmente las dadas últimamente por el reverendo obispo de Buenos Aires, fray Josef Peralta del Orden de S. Domingo en carta de 8 de enero de este presente año de 1743, dando cuenta de la visita que acababa de hacer en los pueblos de estas Doctrinas... ponderando la educación y crianza de los indios, tan instruidos en la Religión y en cuanto conduce a mi Real servicio, y su buen gobierno temporal”.

Se hace una crítica al régimen jesuítico de las Reduccio¬nes: fue excesivamente paternalista, y se prolongó demasiado tiempo. Sin querer desconocer las razones que asisten para esta crítica, no se debe olvidar que se trataba de hombres to¬talmente deseducados, que requerían una tutoría larga y minu¬ciosa, y que desconocían toda conducta de vida civil.

La misma excesiva centralización en manos del misionero era intencionalmente buscada y obedecía a una metodología apostólica, de modo que el indio veía en la persona del sacerdote algo indispensable en su vida; se tardó mucho, es cierto, en conceder al indio, o a la sociedad, el ejercicio de decisiones personales.

Los jesuitas registran muchas veces el hecho del atávico infantilismo del indio; llegaron hasta comprar niños, para arrancarlos así a un futuro de total barbarie. En conjunto, el indio vivió más los beneficios de la civilización, del trato paternalista, protegido por la bondad innata del misionero. Popescu enfatiza en la propensión de los indios a lo que él llama «tradicionalismo», o sea, "ausencia de refle¬xión crítica..., de planificación..., de cálculo".

En toda la América española se verificó el mismo dato: los indios regresan a sus viejos hábitos y costumbres. Es muy instructiva la relación de Azara, que visitó las Reducciones varios años después de la expulsión de sus misioneros: los indios se están como a los principios. Los pro¬pios indios reconocían esta endemia, si es permitido hablar así.

Cardiel escribe: "Ellos mismos nos suelen decir: «Padres, esta nuestra capacidad es distinta de la de los españoles, porque estos son constantes en su entendimiento; pero nosotros sólo lo tenemos a tiempos».” El mismo misionero afirma, sin embargo, que se les iba dejando en una cier¬ta autonomía: "Cuando los indios de nuestros pueblos tienen la economía suficiente para su manutención, aunque corta, los Padres poco a poco nada cuidan de lo temporal." No se debe tampoco olvidar que el tutelaje no era interesado, sino altruista.

Los indios amaron profundamente a sus misioneros. Azara "irreductible adversario del sistema jesuítico", da este parecer: "Los jesuitas los manejaron con tanta prudencia como mo¬deración y habilidad; por lo que me parecen dignos de los mayores elogios". A lo que comenta Popescu: "Afirmación esta, que, dado de quien viene, tiene altísimo valor".

"Es sin duda cierto, que los guaraníes veneraban a los Padres, en el sentido más exacto de la palabra. La abnegación, la virtud, el martirio, su inagotable energía, su permanente defensa de los intereses guaraníes, conquistaron para siempre el corazón de estos últimos. Los titulaban en su expresivo idioma: Pai- baré, padre distinto...La palabra del misionero era santa para el indio: Con lo que dijo el Padre todos quedan contentos; no hay réplica ni apelación. Y no es ésta de tal cual vez, siempre sucede así'...".

El mismo autor pone de relieve el logro alcanzado por los misioneros en la creación del sentimiento de solidaridad, en cuya base se puso el vínculo fuerte de la realización. Solidaridad etnológica, ya que no se destruyeron los lazos raciales y atávicos, sino que se elevaron por medio de la educación; solidaridad religiosa, como es evidente, bajo la tutela de los sacerdotes; solidaridad política, que instauró la cohesión de las Reducciones, incluso para la defensa de las fuerzas hostiles; solidaridad económica que conformó a las Reducciones en un sólo organismo.

En el campo económico se exagera la realidad de un sistema comunista; existió la propiedad privada familiar, y se estimuló su cultivo, no se negó jamás tal derecho y los misio¬neros trataron de educar a los indios para su ejercicio. No hay duda de que sin la expulsión de los jesuitas, las Reducciones habrían evolucionado hacia un régimen de mayoría de edad psicológica.

Querer lo contrario es forzar las perspec¬tivas históricas. Las observaciones pesimistas de Azara, que visitó las doctrinas más de veinte años después de la expul¬sión de sus creadores, puede explicarse, primeramente por la hostilidad del observador contra los jesuitas, y luego porque las visita se realizó muchos años después de que se habían ausentado quienes mayor interés mostraban por ellas.

Dejamos, sin embargo la pregunta: ¿fue el infantilismo de los indios lo que causó la prolongación del estado paternalista, o la actitud paternalista mantuvo a los indios en el infantilismo? Todavía podría preguntarse si este tipo de educación conllevaba al mismo tiempo el defecto de no permitir, involun¬tariamente, una plena expansión de la personalidad de los guaraníes.

Ciertamente los misioneros se mostraban conscientes de esta situa¬ción. Quizá también habría que aplicar a la obra de los jesuitas en el Paraguay, el juicio benévolo pero cáustico que formula Ricard acerca de la actitud de los misioneros de Nueva España: amaron a los indios, como algunos padres aman a sus hijos pequeños; no se resig¬nan a verlos crecer.

Al respecto, el socialista escocés de origen protestante, Cunningham Graham, escribe: "El sistema de gobierno interior en las misiones (del Paraguay) era una configuración democrática. Esta suerte de representación gobernada por otro, era lo más a propósito para los indios en aquel tiempo".

A MODO DE CONCLUSIÓN

Las Reducciones del Paraguay, como modelo de evangelización «inculturada», se fundan sobre una experiencia muy concreta a partir del carisma ignaciano, vivido sin glosa alguna por los jesuitas que evangelizaron aquellas inmensas regiones del Continente sudamericano. No fueron las únicas en su género, que ellos intentaron llevara adelante, según las circunstancias, en varios lugares de los continentes donde ejercieron su ministerio misionero.

De todos modos, en todos los casos, la experiencia originante llevó a aquellos misioneros a pagar frecuentemente con el derramamiento de su sangre su testimonio; también y siempre con la cotidiana consumación de sus vidas: desde la India, Japón, China, Vietnam, en el Extremo Oriente, hasta las Américas.

Refiriéndonos a los casos concretos de martirio, todavía el estudio histórico del número y la cualidad de la mayor parte de las muertes violentas que han sufrido muchos de estos misioneros y fieles por motivo de su fe católica, es una materia pendiente. En el caso concreto del Continente Americano solamente un exiguo número han obtenido la declaración auténtica de martirio por parte de la Iglesia.

Tal es el caso de los jesuitas protomártires del actual Canadá y de los Estados Unidos, y en el sur del Continente los rioplateños, Roque González de Santa Cruz, sacerdote diocesano criollo natural de Asunción (Paraguay), que entró en la Compañía de Jesús y fundó con el p. Lorenzana la primera reducción del Paraná en 1610; Alonso Rodríguez (natural de Zamora-España), y Juan del Castillo, natural de Belmonte (Cuenca-España). Los dos primeros sufrieron el martirio en la misión de Todos los Santos del Caaró el 15 de noviembre de 1628 y el tercero en la reducción de la Asunción de Yjuhi, dos días después; los tres fueron asesinados por instigación de un cacique o hechicero llamado Ñezú, contrario a su presencia.

La mayor parte de las reducciones en los diversos lugares donde se asentaron definitivamente, lo fueron después de que los misioneros hubieron dado su vida como testimonio de la fe cristiana. El hecho es constatable tanto en las misiones de la Nueva España y California como en las de la América meridional. Las causas aparentes del martirio fueron muy diversas; tampoco estuvieron ausentes las incomprensiones, pero la causa formal del martirio, como señala Juan Pablo II en su carta a los religiosos y religiosas latinoamericanos fue "su amor heroico a Cristo que les llevó a donarse sin límites al servicio de sus hermanos indígenas". Mueren víctimas de su caridad curando apestados, o en el intento de abrir el camino del Evangelio desafiando la hostilidad de las tribus indias, las adversidades y el rigor de la naturaleza salvaje.

Recordando el caso de los jesuitas fundadores de las reducciones del Paraguay, además de los tres insignes mártires canonizados, la lista de las víctimas de aquella empresa misionera es bien larga: Cristobal de Mendoza es asesinado en El Tape el 26 abril de 1635; Gaspar Osorio y Antonio Ripario son asesinados por los chiriguanos el 1 de abril de 1639; Diego de Alfaro muere a manos de los mamelucos, mientras defiende a los guaraníes, el 19 de enero de 1639; Alfonso Arias y Cristóbal Arenas mueren a manos de los mamelucos; Pedro Romero y Mateo Fernández a manos de los chiriguanos el 22 de marzo de 1645; el p. Espinosa es asesinado por los guapalaches; Lucas Caballero por los pinzocasas el 18 de octubre de 1711; Bartolomé Blende y José de Arce por los payaguás en 1715; Juan Antonio Salinas y Pedro Ortíz de Zárate por los mocobíes y los tobas; Nicolás Mascardi por los payas; Alberto Romero por los zamucos en 1718; Julián Lizardo por los chiriguanos; Agustín Castañares por los mataguayos en 1744; Santiago Herrero por los abipones; Francisco Ugalde por los mataguayos; Antonio Guasp por los mbayá en 1764; Martín Javier Urtasum y Baltasar Seña mueren de hambre entre los guaraníes; Juan Neumann muere agotado tras una travesía extenuante; Enrique Adamo muere víctima de un contagio adquirido asistiendo a los enfermos durante un viaje hacia Chiquitos; Lucas Rodríguez muere, víctima de las inclemencias del tiempo mientras buscaba a los itatines y lo mismo le sucede a Felix de Villagarcía; Romano Harto muere debido a las heridas que le habían infligido los mataguayos; mientras que José Klein por las heridas que le causó un abipón al que había reprochado sus continuos robos.

El martirologio tanto del «martirio rojo» (de sangre) como del «martirio blanco» (de sufrimientos físicos y morales) sería interminable. Aquellas misiones se levantaron por lo tanto, amasadas en el sacrificio hasta el final de sus misioneros. En el caso de aquellos santos misioneros de la primera hora existía un foso cultural aparentemente insuperable. "Muchos tuvieron que actuar en circunstancias difíciles y, en la práctica, inventar nuevos métodos de evangelización, proyectados hacia pueblos y gentes de culturas diversas".

Con frecuencia les faltaba el primero y más elemental instrumento de comunicación: el de las lenguas. De aquí se entiende la insistencia en los superiores de que los misioneros aprendiesen las lenguas y toda su acción pastoral en la preparación de catecismos y "manuales para la confesión" en lengua indígena. Esta misma preocupación la vemos desde México hasta las Reducciones del Paraguay. Solamente la real experiencia cristiana que tenían les ayudaba a superar aquel foso de incomunicación.

Esta experiencia cristiana generaba en ellos un modo diverso de mirar a la humanidad de aquellas personas. Aquella mirada se convertía en una mirada de afecto fraterno hacia aquellas personas creadas a imagen de Dios, redimidas por la sangre de Jesucristo y por lo tanto sujetos de derechos inalienables. Algunos han defendido a los más débiles con su palabra y con sus intervenciones ante las autoridades; eran justamente llamados defensores de los indios, con sus gestos y con sus escritos. Pero la raíz de sus actuaciones era sólo su fe profunda alimentada por una esperanza firme en la renovación de aquellos pueblos y de la que nacía su total donación (caridad) hacia ellos.

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