PERÚ; Elementos de la religiosidad popular

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Colegios, novenas, prédicas, misiones populares

Uno de los documentos más importantes para asomarnos al proceso evangelizador y el crecimiento del fervor religioso popular nos lo brindan las «Cartas Anuas» de los jesuitas del Perú, como la dirigida al Padre Everardo Mercuriano, Prepósito General de la Compañía de Jesús, desde Lima, el 15 de febrero de 1577.[1]Conviene destacar una realidad notable ya en el 1557, apenas 30 años después de la llegada de los españoles, al constatar que “han cobrado estos indios a los de la Compañía un amor y respeto cual nunca he visto en parte ninguna”.

Aparte de constatar este afecto particular del pueblo por los jesuitas, se informa del gran número de estudiantes entre los mestizos y criollos, los cuales participan en los sacramentos, oraciones y sermones con motivo de las fiestas: “Vanse aprovechando en virtud nuestros estudiantes, y muestran su devoción en el uso de los sacramentos, en acudir a los hospitales, en las disciplinas que hacen, y en devoción, que para ser mozos desta tierra no es pequeña edificación... Las octavas de Corpus Christi se hizo fiesta por las tardes en nuestra iglesia, habiendo un día sermón y otras oraciones que los estudiantes recitaban en latín y composición de romance. El último día hicieron un Coloquio que dio mucho gusto y fue de provecho: el argumento era declarar de diferentes fiestas que se hacían al Santísimo Sacramento, cuál era la mejor, y la victoria se dio al recibirle con devoción; de donde de camino se tocaron varios abusos y vicios del pueblo casi en todos estados; hiciéronlo bien por extremo los muchachos, y el aderezo fue bueno, y las verdades que dijeron fueron no pocas, y así causó por buenos días no olvidarse el Coloquio. Ese día a la misa, sermón y fiestas que a nuestro modo hicimos al Sacramento con mucha devoción y edificación del pueblo vino Su Excelencia y los oidores y de todas las religiones y otro concurso de gente grande”.

Pero los intrépidos hijos de San Ignacio no se contentan con sus colegiales criollos y mestizos. Salen de sus aulas, van a las calles y plazas, buscan a los naturales, a los indios: “Los sermones que se hacen a los indios los domingos y fiestas en la plaza donde se juntan a oír misa, se han proseguido siempre con fruto, como se ve por sus confesiones y por la devoción que muestran, especialmente cuando se sienten enfermos y con algún peligro, que entonces se conoce en ellos particular sentimiento de las cosas de la fe, y aún tienen por persuasión que para cobrar la salud corporal es medio muy cierto acudir de todo corazón al sacramento de la penitencia, y con efecto se ha visto muchas veces convalecer luego y sanar con este sacramento. Al hospital de los indios que hay en esta ciudad se suele ir un día en la semana, y ultra de servirles y ayudarles en lo que han menester, se les enseña la doctrina y se oyen sus confesiones, las cuales, según refieren los Padres, han sido algunas veces muy notables. Algunos destos, siendo infieles, se van bautizando; otros, que son admitidos a la comunión, dan tan buen ejemplo y tienen tal pureza de vida, que sería de desear en hombres muy religiosos, y en negocios que se les han ofrecido se les ha procurado de casa dar el ayuda necesaria con el señor Virrey y con el Audiencia y con el Ordinario […]

En lo de los indios ha sido Nuestro Señor servido dar tanto crecimiento, que apenas parece creíble el fervor y devoción y fruto que en ellos se ve, y como esta ciudad era el fundamento y cabeza de toda la idolatría destos reinos, la mudanza y cristiandad que aquí se ve redunda en universal provecho de toda esta tierra. De ordinario ha habido dos o tres de los nuestros que prediquen y en las plazas y en sus parroquias, y otros dos o tres confesores que apenas entienden en otra cosa sino acudir a sus confesiones. Lo que antes se hacía era predicarles dos o tres sermones en la semana y confesar los que acudían a casa o llamaban para los enfermos; hase hogaño acrecentado que los domingos y fiestas, muy de mañana, en nuestra casa, se les dice misa y luego sermón sobre la doctrina, y luego van a sus parroquias a predicarles tres y algunas veces cuatro, y a la tarde se les predica en la plaza, y después se enseña el catecismo por preguntas y respuestas.

Entre semana, cada día, van dos padres y dos hermanos a sus parroquias, por meses, y todo el día catequizan y confiesan a los indios de aquella parroquia. El concurso destos naturales a los sermones pone cierto admiración, porque parece que traen un hambre insaciable de la palabra de Dios; jamás se cansan con tres y cuatro sermones que oigan cada día, y vienen corriendo a furia a tomar lugar, y oyen con extraña atención y devoción. A misa vienen cada día a nuestra iglesia, de suerte que los españoles no pueden entrar, y nos fuerzan a que les hagamos iglesia aparte. Las confesiones son tan sin cesar todo el día, que parece perpetuo jubileo o semana santa, y si hubiera ocho padres que no hicieran otro oficio, no bastara a darles recaudo. Muchas o la mayor parte de las confesiones son generales, con extraño sentimiento.

Hacen grandes penitencias, perseveran en la pureza de sus conciencias y devoción, hanse visto efectos maravillosos que, si en particular se escribiesen, sería historia larga. Los muchachos, como son tan vivos y hábiles, saben el catecismo breve y largo en su lengua, y andando lo enseñan a los viejos; han aprendido muchos cantares, así en español como en su lengua, de que ellos gustan mucho, por ser naturalmente inclinados a esto, y cántanlos de día y de noche en sus casas y por las calles, y de vellos los grandes, hombres y mujeres hacen lo propio.

Han cobrado estos indios a los de la Compañía un amor y respeto cual nunca he visto en parte ninguna; verdad es que dellos mismos se ha sabido que estuvieron dos años mirando a los de la Compañía a las manos, a ver si pretendían, como ellos dicen, otra cosa que sus almas, y como hallan deseo de su salvación y verdad, sin otro interese, darían, a lo que entiendo, cuanto tienen por cualquiera de los nuestros. En viéndolos se van corriendo a ellos, y de más de treinta y cincuenta leguas vienen por tratar y confesarse con los padres. Los españoles no acaban de decir desta mudanza y novedad de los indios; dicen que éstos se alzan con el cielo; no se ve ni oye taqui ni borrachera en todo el Cuzco, donde antes no había otra cosa; dicen que antes, con alguaciles y fiscales apenas los podían traer a la doctrina, ahora los ven ir como a porfía, corriendo y madrugando, a los sermones, y que cada día oyen muchas misas los que antes el día de fiesta no venían a una.

Oyenlos en sus propias casas estar hasta media noche platicando y decorando la doctrina; hallan en las Indias tanta honestidad, que les avergüenzan, y así no saben a qué atribuirlo, ni aun nosotros tampoco, sino que la mano del Señor se ha acordado de tocar esta gente, y a lo que podemos entender ha llegado ya su hora, según la divina y eterna elección”.

Pero lo más importante para los Jesuitas son los Ejercicios Espirituales, las Misiones: “Hanse hecho este año deste Colegio cuatro Misiones: la primera a los Andes, que son las montañas que caen a la parte del norte, donde estuvieron un padre y un hermano dos meses y llegaron hasta los indios infieles, que son innumerables hacia la mar del norte. La segunda a unos pueblos de indios aquí cerca, donde estuvieron como otros dos meses. La tercera a la provincia de Chucuito, donde fueron cuatro padres y tres hermanos para tener la Doctrina de Juli, que es un gran pueblo de aquella provincia. La cuarta al Potosí, donde estarán de asiento un padre y un hermano que han ido, y otros dos que con el favor divino irán prestos…

Estos días pasados vinieron a nuestro Colegio doce indios infieles de la provincia de los Mañaries, diciendo que venían a adorar a Dios, y que les fuésemos a enseñar la ley de Jesucristo, y hacellos cristianos a todos los de su provincia. Era indios dispuestos, blancos y de buena razón. Hay obra de treinta jornadas hasta su tierra, habitan de la otra parte de los Andes junto al río grande, y desde allí por todos aquellos llanos hasta la mar del norte, hay noticia de innumerable gentilidad y muy dispuesta para recibir el evangelio. Otra noticia mayor y de más importancia se ha tenido para la conversión desta gentilidad, de la cual esperamos mayor claridad en breve; estamos muy animados y con deseos fervientes de acudir a esta vocación, y con mucha confianza del favor del Señor.

Fáltanos gente, que la que hay está repartida donde no se puede faltar; confiamos de la caridad del Señor y de V. Pd. y de la Compañía se nos ha de dar socorro copioso, porque con toda verdad lo que aquí significó del fruto en estos indios, es mucho menos de lo que en efecto en la obra pasa, y si yo mismo no lo oviera visto no creyera la mitad.

Juli está en la provincia de Chucuito, junto a la laguna grande que llaman los indios Titicaca, y es la provincia más poblada de indios que hay en el Perú; son de la corona real. Dista del Cuzco ochenta leguas y de La Paz veinticinco. Tiene Juli cerca de cuatro mil indios de tributo, que serán por todos de doce a quince mil indios. Están allí cuatro padres y tres hermanos, y tienen a cargo todo aquel pueblo. Estaban señalados por el Virrey, para los que allí doctrinaban, dos mil y cuatro cientos pesos ensayados, que son tres mil ducados.

La causa de haber ido allí los padres de la Compañía ha sido hacer grande instancia el Virrey y Su Majestad, y parecer que se debía experimentar de propósito este medio de Doctrinas, que en este reino parece el más eficaz para conversión y salvación de los naturales; y el cabildo eclesiástico de la ciudad de La Plata, en cuyo, distrito está aquella provincia, y el Presidente de la Real Audiencia señalaron a la Compañía el pueblo de Juli, donde puede hacerse más fruto, y para conservarse los nuestros en religión y edificación ha parecido el lugar más oportuno. Han comenzado a residir los nuestros allí desde principio de noviembre deste año de mil quinientos y setenta y seis. Lo que en poco tiempo se ha fructificado, por las cartas, escritas desde allá se podrá mejor entender, que van al fin desta.

Potosí.-En Potosí están un padre y un hermano, y con otro padre y hermano que van ahora serán cuatro. Tiénese aquel asiento por el más importante del Perú para poder hacer fruto, por ser la mayor población de indios que hay en este reino, y concurrir allí de todo él gran suma de gente de españoles. También está ahora más poblado que nunca, a causa de sacarse con los ingenios de azogue mayor cantidad de plata que jamás se ha visto en este reino ni fuera dél, a lo que yo pienso. La instancia que de allí han hecho para que vaya la Compañía es mucha. Están los nuestros por modo de misión, aunque su residencia allí será ordinaria a lo que entiendo. Tienen repartido el trabajo de suerte que se acuda a españoles y a indios, y no dudo que el fruto con el favor divino ha de ser aventajado. Está Potosí en lo último deste reino del Perú, de cuyo asiento se ha escrito largo en otras.

Leyes y costumbres: concilios, sínodos, consuetas, anales.

Aunque la religiosidad popular tiene mucho de improvisación, de creatividad, de informalidad, lo cierto es que siempre hay cauces jurídicos y hábitos que acaban conformando una identidad peculiar. Para introducirnos en su mundo pueden ayudarnos documentos como los concilios, sínodos, consuetas, anales.

«Anales de la Catedral de Lima». Es un documento bien surtido en información de primera mano de todos los actos litúrgicos y apostólicos llevados a cabo en la Catedral. Así para el año 1543 se nos da cuenta de las «dignidades» que atienden a la Catedral: “Después de muchos hechos, memorables y dignos de alabanza, así en orden a la del clero, como al beneficio de los naturales, empezó a organizar el cabildo eclesiástico, y en Agosto del propio año de 1543 tuvo por primer Arcediano de su nueva Iglesia a don Francisco León, sevillano; por primer Chantre al granadino D. Francisco de Ávila; y por primeros canónigos a Alonso Pulido, natural de Plasencia, y a Juan Lozano, de Sevilla. En el mismo año de 1543, el 17 de Setiembre, erigió esta Catedral, en virtud de letras apostólicas de la Santidad de Paulo III, dadas en Roma el 14 de Mayo de 1543, para cuyo servicio instituyó cinco dignidades: Deán, Arcediano, Chantre, Maestre-Escuela y Tesorero; diez canónigos, seis racioneros enteros y seis medios; dos curas rectores, seis acólitos, seis capellanes, un sacristán, un organista, un perdiguero, un ecónomo, un cancelario o notario, y un caniculario, debiéndoseles dar a todos sus estipendios, por distribuciones cuotidianas, del producto de los diezmos, según se fuese adelantando; de modo, que los que no asistiesen sin causa legítima no ganaran la cuota que les corresponda, y el oficial que no cumpla sea multado. Se hizo por entonces esta Iglesia sufragánea de la de Sevilla, y se ordenó que el oficio diurno y nocturno, en la misa y horas, fuese según acostumbra dicha Santa Iglesia de Sevilla, hasta que se celebrase Sínodo”.

En el año 1551 se empezó a celebrar el primer «Concilio Provincial de Lima», convocado y presidido por Jerónimo de Loayza. De los 81 cánones o capítulos, el más notable es el primero, “que se reduce a que los prebendados ganen por distribuciones cuotidianas, y asistan a las horas canónicas con sobrepellices y capas, cuando fuere tiempo de ellas, so pena de que se les apunte si así no lo practicaren”.

Sus palabras formales que son estas: “Considerando cuán importante cosa es que los sacerdotes, en especial los beneficiados y prebendados, que además de la obligación del derecho gozan de las rentas de las Iglesias, tengan cuidado de decir las horas y oficio divino con que Dios Nuestro Señor ha de ser alabado en ellas, como es razón sea, estamos y mandamos, conformándonos con la Erección, porque el dicho oficio divino menor se haga, y que la renta de los prebendados de esta santa Iglesia Catedral y de las demás Iglesias Catedrales de nuestro Arzobispado y Provincia, sean distribuciones cuotidianas; y todos los beneficios y prebendados sean obligados a residir en el coro a todas las horas, con propios sobrepellices y capas de coro; de las cuales dichas capas han de usar desde las vísperas de los Difuntos después de haber dicho las de Todos los Santos, hasta las de Pascua de Resurrección a todas horas, si no fuere a las fiestas de primera, segunda y tercera dignidad, sirviendo por su concierto y orden y por semanas a Prima, Tercia, Misa Mayor, Sexta, Nona, Vísperas y Completas; y que ninguno faltare a ninguna de las dichas horas, so pena que el que faltare a alguna de ellas, o estuviere sin sobrepelliz o capa en el dicho tiempo que de ellas se ha de usar, pierda la distribución cuotidiana que aquel día había de ganar a la hora que faltare”.

En los concilios y sínodos se legisla acerca del calendario litúrgico y la obligatoriedad de guardar las fiestas. Así el I Concilio Limense (1552), en el c.21 se enumeran las fiestas obligatorias para los indios: todos los domingos del año, la fiesta de la Circuncisión, la fiesta de Reyes Magos, los primeros días de las tres Pascuas, la fiesta de la Ascensión, Corpus, las cuatro fiestas de la Virgen maría (Natividad, Anunciación, Purificación, Asunción) y la fiesta de San Pedro y San Pablo; además, debían ayunar las vigilias de la Navidad y Resurrección y todos los viernes de Cuaresma (c.21).

La c.55 enfatiza “que todos los fieles cristianos se abstengan de hacer toda obra servil”. Si los indios tenían 12 fiestas, a los españoles se les señalaban 37: Pascua del Espíritu Santo y días posteriores, todos los domingos del año, la Circuncisión, Epifanía, Purificación, San Matías, Anunciación, San Marcos (en Lima), San Felipe y Santiago, la invención de la Cruz, San Bernabé Apóstol (Lima), San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo, Santa María Magdalena (Lima), Santiago, Santa Ana (Lima), San Agustín (Lima), Transfiguración, Natividad de María, Santo Domingo (Lima), San Mateo, San Lorenzo, San Miguel, la Asunción, San Bartolomé, Todos los Santos, San Lucas, San simón y Judas, San Andrés, Concepción de Nuestra Señora (Lima), Santo Tomás, San Esteban, la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, San Juan Evangelista, Pascua de Resurrección y los dos días siguientes, la Ascensión, la Pascua del Espíritu Santo y dos siguientes, el día del Corpus.

Con la llegada del Virrey Toledo, en 1569, se potencia la fiesta como elemento de carácter asimilatorio: “conviene que pongamos en ella más fuerzas humanas en lo exterior con todas las apariencias posibles…por ser estos indios plantas nuevas…y darles doctrina y ejemplo para que crean y entienda, lo que es necesario para salvarse”.[2]

El sínodo de 1582 especificará que los capellanes, curas y beneficiados asistan a la Misa Mayor cada día y los domingos y Fiestas a primeras y segundas Vísperas y Misa mayor… “Ítem mandamos y queremos que los días que hubiere procesiones generales o particulares se hallen en ellas con sus sobrepellices todos los clérigos arriba dichos, y que vayan con silencio. Y que asimismo acudan a los Maitines de la Navidad, resurrección, Pentecostés y Corpus Christi, y Asunción y Natividad de Nuestra Señora y día de san Juan Evangelista y san Pedro, so la pena de la dicha constitución tercera, en lo que toca a los capellanes y los clérigos que fuesen en los entierros vayan en silencio y lleven y tengan las candelas encendidas, y hasta que se acabe el oficio: so pena de tener las velas perdidas aplicadas para la Iglesia donde se enterrase el difunto.” (c.7). Ordena, además, a los curas y beneficiados de Lima y los demás pueblos de españoles digan los domingos y fiestas la misa y vísperas cantadas y entre semana en tono no pudiendo ser cantada (c.8)

El Sínodo de 1584 legislará sobre algunas cuestiones relativas a la Vida Cristiana de los fieles. El segundo capítulo manda a los beneficiados y curas que celebren tanto en Iglesias de españoles como de indios las Misas de los Domingos y fiestas de guardar ofreciendo la intención por los feligreses que los sustentan sin recibir por ello estipendio alguno. El capítulo cuarto mandaba tañer las campanas de las Iglesias al mediodía como señal del ejercicio de la oración (rezo del «Ángelus»). Se debía también asentar en una tabla todas las fiestas que se han guardar (consignadas en el Concilio de 1583, las fiestas propias de cada Iglesia y pueblo, las consignadas en cada sínodo), en todas las Iglesias del Arzobispado (cap. 5). El capítulo 8 refiere que este sínodo dispone celebrar las memorias de San Sebastián, San Marcelo, la conversión de San Pablo, San Bernardo y San Blas.

El Sínodo de 1585 especifica distintas situaciones relacionadas con los derechos socio laborales del indio: “Que nadie perturbe a los indios estando en la doctrina (...) so color de llevar los dichos indios a sus granjerías”(c.47). “Que ninguna persona compela a los indios a trabajar en las fiestas que ellos quisieren guardar, no estando obligados a ello” (c.52) “Que los indios de los obrajes vengan a la doctrina a las iglesias los días de obligación entre semana (...)Y donde los dichos obrajes estuvieren distantes en manera que no puedan acudir a la Doctrina los dichos días de obligación se les provea de sacerdote (...) para que los indios de los dichos obrajes puedan ir a trabajar a ellos, mandamos a los curas de indios digan la Doctrina muy de mañana para que los indios puedan ir a sus labores” (c.54).

El Sínodo de 1592 nos ofrece diversos cánones relativos a la liturgia y sacramentos. Los curas puedan decir dos Misas los domingos y fiestas de guardar, pero en dos lugares distintos y lejanos, no en el mismo pueblo y si no hay otro sacerdote. (Cap. 3º). Que todos acudan a sus parroquias a oír Misa y Sermón y que los curas declaren al pueblo las indulgencias y perdones que se consiguen por la Bula de la Cruzada y de las ánimas del purgatorio para que se ponga en ejecución y no caigan en olvido. Que celebren las fiestas del Santísimo Sacramento el día de Corpus Christi con mucha devoción, y hagan y exhorten que todos los fieles cristianos se ejerciten en ayunos y oraciones y otras cosas santas y buenas (Cap.10º).

Los sacerdotes que no supieren la lengua para poder confesar y predicar, se le aplique y ponga otro sacerdote a su costa, que cumpla con el dicho ministerio y que siendo negligente en saber la lengua el primer año se les quite la tercia parte de sus salario y el año siguiente se vaya aumentando y acrecentando la pena y cuando no hubiere sacerdote que supla la dicha falta se aplique a la Iglesia e indios pobres (Cap. 12º). Que se provea de todo lo necesario para el culto divino y la celebración de los sacramentos y que los vicarios y curas procedan contra los que obstaculicen la labor de los ministros de la iglesia (Cap. 16º). Que se evite dar uso indebido y profano a los mantos de las imágenes y otros ornamentos bajo pena de 20 pesos para aquel que prestara los objetos religiosos como para cubrir con los mantos de las imágenes a los niños que van a bautizar (Cap. 22º).

Que en las almonedas no se vendan imágenes y reliquias junto a las demás cosas que se venden. Se procederá en contra de los pregoneros (Cap. 23º). Para que no haya exceso alguno, y que “se haga todo en mayor comodidad y beneficio de los indios” de aquí adelante los curas de indios no lleven, ni pueden llevar limosna de cada misa cantada que dijeren así de Cofradías, como de otras misas votivas, memorias y devociones, y de difuntos, que los fieles quisieren decir por su devoción, más de dos pesos de a nueve reales, y siendo la dicha misa con vigilia, lleven tres pesos de a nueve reales. Y de cada Misa rezada, un peso corriente de a nueve reales (Cap. 28º).

Se renueva la constitución Capítulo 50º del Sínodo de Yungay (1585), sobre las fiestas de guardar. A pedido de los Cofrades de la Cofradía de San José, se manda guardar la fiesta de San José en la ciudad de Lima sin obligación de guardar la dicha fiesta en el campo (Cap. 29º). En los capítulos 25º y 26º se “nombran y señalan jueces que puedan conocer y conozcan de las causas espirituales y Eclesiásticas pertenecientes al fuero eclesiástico que en estas partes se cometieren por su Santidad o por cualquier Legado o Nuncio” y “examinadores de los beneficios y doctrinas”.

El sínodo de Piscobamba, 1594, sale al paso de que “las reparticiones de indios que se hubieren de hacer para españoles se hagan en días desocupados” y no en los domingos y fiestas de precepto (c.4). Sin embargo, hay una visión clara de procurar a diario un buen tiempo para la formación doctrinal y catequética: “Para que los muchachos y muchachas de la doctrina de los indios sean bien instruidos y sepan la doctrina y catecismo hecho por el dicho Concilio Provincial celebrado en la Ciudad de los Reyes el año 83, los curas de indios harán juntar en la mañana y en la tarde a la doctrina cada día a los muchachos y muchachas de sus pueblos guardando en esta parte las loables costumbres que ya en este arzobispado ordenamos y proveyendo que estén en la mañana y en la tarde el tiempo necesario y suficiente para poder ser bien instruidos y enseñados y les pueda quedar lugar para ir a ayudar a sus padres en sus necesidades” (c.6).

Hay un cuidado evidente por acercar la Eucaristía y fomentar la devoción eucarística en el pueblo: Que se ponga y tenga el santísimo sacramento de la eucaristía en las iglesias de los indios por considerarlo “grande amparo y admirable defensa de pueblo cristiano y gran comodidad para socorrer del viático a los enfermos y negocio de desear y procurar que las parroquias de los indios gocen de tan gran bien” (c.24).

Al prescribir, el sínodo nos da cuenta de lo que era una costumbre frecuente: que “todos los clérigos de la parroquia de este arzobispado distrito nuestro, cuando se fuere a dar el Santísimo Sacramento del Viático a algún enfermo, le irán acompañando cada uno en su parroquia y los de otras parroquia que se hallaren presentes, procurando ir con sus sobrepellices y llevando las varas del santísimo sacramento, sin que por ello puedan recibir ni reciban ni estipendio ni salario alguno, aunque de voluntad se les ofrezca por los mayordomos y ministros de la cofradía o por otras personas” (c.26).

Como medio de dignificar la liturgia resulta altamente elocuente el capítulo 42 dedicado a motivar que los sacerdotes y ordenantes que no supieren cantar acudan a aprender el canto: “Por cuanto hay muchos clérigos que no saben cantar y cuando ejercen sus oficios en la celebración de las misas siendo ministros en el altar causan muchas indecencias y provocan al pueblo a inquietud murmullos y poca devoción y a divertirse de la atención que han de tener en la misa y a tener que decir y murmurar de ellos y de los que los ordenaron y jueces que no acuden al remedio de ello, nuestro provisor y vicario general en conformidad de lo proveído por el dicho concilio provincial en que ordena se enseñe el canto por el chantre de nuestra santa iglesia poniéndolo en ejecución luego como es razón sin dilación alguna dará orden y proveerá que los sacerdotes y demás ordenantes que no supieren el canto como convenga y mandándoles examinar para el dicho efecto de entender cuáles son lo oigan y aprendan y ser instruidos y enseñados en ello procediendo contra ellos así lo hagan y cumplan por todo rigor de derecho”. Los pastores de nuestra tierra tuvieron muy en cuenta este momento decisivo del ser humano, plasmándolo en exhortaciones “para ayudar a bien morir”. El Primer Concilio Limense, por ejemplo, determinará: “A los que están por morir procuren los curas hallarse presentes , y ayudar a las almas que están a su cargo en aquel tiempo tan peligroso; y si no pudieren asistir por sí mismos, a lo menos envíen en su lugar a alguna persona cual convenga para que anime y esfuerce el doliente, y particularmente a los indios que se les dé este socorro y ayude con la exhortación "que para el efecto ha compuesto este Sínodo” (I, 334).

Un entrañable detalle es la composición de bellas oraciones que recitarán con el moribundo. El Tercer Concilio Limense (II, 29) incluye la presente: “No permitáis, Dios nuestro, que se condene esta alma que tú hiciste a tu imagen y semejanza. Defiéndela, Señor, de sus enemigos, y perdónale sus pecados. Llévala al lugar de descanso con tus escogidos, que a ti llama y en ti confía. ¡Oh, buen Jesús!, ten piedad de esta alma, y llévala a la vida eterna que nos prometiste, para que te goce y alabe para siempre. Que eres un Dios con el Padre y con el Espíritu Santo. Amén”.

Otro documento capital para conocer las costumbres de acuerdo a sus reglamentos es la «Regla Consueta de la Catedral de Lima», elaborada por la iniciativa del Arzobispo Santo Toribio en 1591. En su número 15, titulado. “Del oficio de Nuestra Señora” prescribe: “El Oficio de Nuestra Señora se ha de decir los días que acostumbra esta Santa Iglesia y se ha de cantar todo en tono bajo, excepto el himno de Ave Maris Stella que se ha decir en tono alto. Han de estar todos los del coro en pie, así a los salmos como a los himnos y todo lo demás, salvo el Ave Maris Stella y al verso «Quia respexit» que han de estar todos de rodillas, como se acostumbra en esta Santa Iglesia. Maitines y Laudes de Nuestra Señora se han de decir ante de los del Oficio mayor y lo mismo las vísperas antes de las mayores y las demás horas mayores se irán alternando, de manera que en acabando las horas del Oficio mayor, se dirá la de Nuestra Señora”.[3]

Sucesos extraordinarios considerados como milagros

La notable vivencia del catolicismo por parte de gran parte de los fieles, particularmente de los religiosos, hizo que se diesen acontecimientos religiosos extraordinarios para muchos de ellos auténticos milagros. Las crónicas civiles y eclesiásticas, las actas de los procesos de beatificación, las historias de las congregaciones así lo refieren.

Los «Anales de la Catedral de Lima» (10 de noviembre de 1574), refieren que el Rector de la Compañía se presentó relatando un milagro hecho por el Padre Ignacio de Loyola con Álvaro de Molina, religioso dominico, que, habiendo estado tullido seis años, anda por la casa: visto lo cual comisionó el Cabildo a los canónigos magistral y doctoral para que yendo al convento de Santo Domingo, donde se dice está dicho religioso, se informen del caso en forma y den cuenta al Venerable Deán y Cabildo.

Ese mismo año, el 10 de Diciembre, habiendo tenido voces en el día de la Concepción, en su monasterio, el racionero Pedro González de Mendoza con el bachiller Castillo, hijo del doctor Castillo, médico, propuso el Deán que se averiguase la verdad del caso, y fecho se prendiese al racionero en su casa y al bachiller en la cárcel eclesiástica. Así se resolvió para que en adelante ningún prebendado salga de la Catedral a otra Iglesia u otros lugares públicos a fiestas, si no es capitularmente o con licencia, o a decir misa o predicar, bajo de multa, evitando de este modo tales descomedimientos con los prebendados.

En los procesos de canonización encontramos abundante documentación. Por ejemplo, el taumaturgo, Francisco Solano, en Trujillo, protagonizó un concierto para violín que tuvo como curioso auditorio a decenas de pájaros. Fue en Trujillo cuando el santo añadió a sus formidables aptitudes expresivas un elemental rabel, que llevaba consigo bajo el manto. Con él hacía grandes cortesías musicales ante el Santísimo, y ante cada uno de los altares de la iglesia. Estos conciertos devotos se prolongaban especialmente por las noches, cuando ya todos se habían retirado, en el coro -ya se conoce, desde que en el convento sevillano de Loreto se arregló aquel rincón, su querencia hacia el coro de la iglesia-.

Los testimonios son numerosos, y siempre admirativos, pues aquellas efusiones musicales, llenas de ternura y entusiasmo, mostraban bien a las claras que estaba enamorado del Señor. En algunas fiestas litúrgicas, como en la Navidad, la alegría del padre Solano llegaba a ser un verdadero espectáculo. Así como San Francisco de Asís, o como el San Pedro Betancur, que en la Navidad “perdía el juicio”, así San Francisco Solano en ese día fácilmente venía al éxtasis musical, como en aquella Navidad de 1602, cuando el provincial Otálora visitaba el convento trujillano:

“Estando los religiosos regocijándose con el Nacimiento, cantando y haciendo otras cosas de regocijo, entró el padre Solano con su arquito y una cuerda en él, y un palito en la mano, con que tañía a modo de instrumento. Entró cantando al Nacimiento con tal espíritu y fervor, cantando coplas a lo divino al Niño, y danzaba y bailaba, que a todos puso admiración y enterneció de verle con tan fervoroso espíritu y devoción, que todos se enternecieron y edificaron grandísimamente”.

En la huerta del convento, acompañado de bandadas de pájaros que se iban cuando él se retiraba, hallaba también San Francisco Solano un marco perfecto para su amor. “Le decía [a Avendaño] que salía a aquella huerta para ver a Dios y aquellos árboles, hierbas y pájaros, de donde habría materia para alabar a Dios y amarle. Muchos fueron los testigos asombrados de aquellas sinfonías espirituales de la huerta, que se producían ordinariamente -y que no sé si Olivier Messiaen incluyó en alguno de los siete tomos de su Catalogue d'Oiseaux-. El licenciado Francisco de Calancha pudo verlo una vez y quedó pasmado. Esto, que no había visto vez alguna, y haber visto callar a los pájaros después que el padre volvió las espaldas, quedó sumamente asombrado y fuera de sí de ver tal maravilla. Díjole al religioso que estaba allí que le parecía sueño, y que apenas si creía lo que había visto. El religioso le respondió que cada día favorecía Dios a todos los religiosos de aquella casa con que viesen éstos y otros favores que Dios le hacía”.

La devoción al Señor, en la Cruz y en la Eucaristía

Desde el Primer Concilio Limense (1552) se dispone que en los pueblos de indígenas se haga una iglesia, o al menos una ermita con una imagen o una cruz (Const.2); de igual modo, se advierte que los ídolos y adoratorios sean destruidos, y si fuese lugar apropiado, se edifique una iglesia o al menos una cruz. Con este criterio y para cristianizar lo pagano, allí donde había huacas y apachetas, se colocaron cruces. De tal manera caló en el corazón del indígena la devoción a la santa cruz, que en los cerros, los caminos y las casas de nuestras poblaciones campesinas está presente la cruz. Devoción que aún en nuestros días conserva plena vigencia y tiene el sustento de su profunda raigambre popular.

En un recorrido rápido de norte a sur del Perú, para fines del siglo XVI, contamos con diversos cristos y cruces como el «Cristo Crucificado» de la nave central de la iglesia franciscana de San Antonio, conocida como de San Francisco, en la ciudad de Cajamarca, "uno de los primeros templos católicos erigidos por los españoles en el Perú", el «Cristo de la Conquista», en la iglesia de Santa Ana, una de las más antiguas y parroquia de indios de la ciudad de Chachapoyas, capital del Departamento de Amazonas, y que llegó poco después de fundada la ciudad.

En Huaraz, contamos con el «Cristo de la Soledad», venerado en el barrio de La Soledad, provincia de Huaraz, cerca del cerro Pumacayán, patrono de la ciudad de Huaraz (Ancash) y que fue enviada por Carlos I (V) junto con las imágenes del Señor de Cochas, Chanacallán y Santa. En la diócesis de Huacho, colindando con Carabayllo, nos encontramos el «Cristo de Huamantanga», así llamado por el pueblo donde se encuentra su santuario, en la provincia de Canta.

Ya en Lima, para la época tenemos el «Santo Cristo del Auxilio» (talla en madera policromada, 1.90 m., de Juan Martínez Montañés) y el «Cristo de la Conquista» en la iglesia de La Merced. Otro muy popular es el «Cristo de Burgos» en la iglesia de San Agustín, de Lima (talla en madera policromada, de autor anónimo, aunque según el cronista Calancha pudo ser del escultor Jerónimo Escorcero; su aspecto arcaizante se debe a que se trata de una copia de la imagen medieval del Cristo de Burgos, venerado en la catedral de esa ciudad.

El «Cristo de los Favores», en la cripta del nuevo santuario de Santa Rosa de Lima: se trata de un Cristo Crucificado, hecho en maguey y tela encolada y policromada, 1. 25 m., de autor indígena anónimo del siglo XVI. El «Cristo Crucificado» de Juan Bautista Vázquez (1582), en el remate del retablo de la Virgen del Rosario, de la iglesia de Santo Domingo en Lima. El «Cristo Crucificado» del altar mayor de la iglesia de la Veracruz, al lado de la iglesia de Santo Domingo. Allí mismo, la reliquia del «lignum crucis», constituida por un trozo de la Cruz de Cristo. El restaurado «Cristo de la Agonía», en la iglesia parroquial de Santiago de Surco, en madera policromada, con las extremidades articuladas, donación del emperador Carlos I (V) de España, según la tradición. El «Cristo Crucificado» del coro del convento de San Francisco el Grande, de Lima.

Ya en el Cuzco, contamos con el «Señor de los Temblores» (siglo XVI), en la Catedral, que representa a Cristo Crucificado, obra de maguey en los hombros y en la nuca, mientras que la cabeza, brazos y pies están tallados en madera liviana, encontrándose toda la imagen recubierta con tela encolada, quedando el tórax hueco. La cruz es de madera de la zona del Cusco, decorada con plata cincelada y dorada; parece que se trata de la talla del Cristo de la Buena Muerte, venerado en el Cusco ya desde 1535, que pasó a denominarse «Cristo de los Temblores» después del terremoto de 1650; es una imagen de raigambre popular, muy patética y dotada de cabellera natural, que obedece a un prototipo de finales del siglo XV que siguió produciéndose durante la siguiente centuria. En Arequipa, tenemos el «Cristo Crucificado» de la iglesia de Santa Ana de Maca, en el Valle del Colca: obra en maguey y pasta, 1.04 m. Como muestra de religiosidad popular hay una creatividad desbordante en la elaboración de cruces, las «cruces de altar», las «estacionales», las «procesionales», las «monumentales» o «de piedra», las «de término», y las que rematan los campanarios y las torres o las cúpulas de nuestras iglesias y podrían llamarse "«cruces pararrayos»", tanto en sentido tanto material como místico (aunque no menos real), así como las «cruces relicarios» o las «pectorales», y otras más. Para cada uno de los más característicos tipos de estas Cruces, podría intentarse un inventario y una breve descripción de su entorno.

Sólo citaremos, en primer lugar, las más conocidas Cruces de los antiguos caminos de Lima, hechas de madera pintada en color verde y adornadas con los símbolos de la Pasión: la «Cruz de los Viajeros», en Pueblo Libre; la «Cruz de Yerbateros», en el comienzo de la Carretera Central; la «Cruz del Cementerio», casi frente al Presbítero Maestro, y otras «Cruces» cerca del «Santo Cristo» en Barrios Altos; la «Cruz de Limatambo», ahora al lado del Colegio San Agustín, por el lado de la Vía Expresa; la «Cruz de San Isidro», en la calle Conquistadores; y, la «Cruz de Surco», en la que fue la entrada al antiguo poblado de Santiago de Surco.

La devoción al Santísimo Sacramento. En Lima se creó el año mismo de la fundación de la ciudad por Francisco Pizarro.[4]Parece ser que fueron los dominicos quienes la instituyeron en una capillita cercana a la futura Catedral y consiguieron bula de confirmación de Roma un 25 de mayo de 1540, con las mismas gracias jubilares que la archicofradía de la Minerva de Roma. Hubo un litigio con la catedral para ver dónde debería estar y después de muchos encuentros y desencuentros se decidió que estuviese en el convento, con la condición de que con sus rentas acuda al culto del Señor en ambas iglesias.

Hay constancia del culto eucarístico en las Actas de los cabildos municipales que recogen el día a día, o en momentos críticos como profanaciones o festejos. Figura en las Actas del Cabildo de 27 de mayo de 1552 la determinación de la Municipalidad de tributar culto solemne de adoración a "Jesús presente en el Santísimo Sacramento" y que "todos los de oficios mecánicos salgan todos juntos debajo de un pendón en la procesión del Corpus". El Archivo Municipal es un garante de excepción para asegurarnos que el pueblo arequipeño, con sus autoridades al frente, han rendido culto público al Santísimo Sacramento. Lo mismo sucede en las de Lima, entre otras, donde se habla de preparar el Corpus en 1551, de participar en la subvención económica en 1557; en el gasto de las representaciones teatrales en loor del Santísimo Sacramento; la participación de los indios.

El monograma «JHS», correspondiente a la abreviatura latina de "Iesus Hominum Salvator"= Jesús Salvador de los Hombres; o también "Jesús Hostia Santa", figura en muchas de las portadas de casas y de templos. En otras, no sólo figura el anagrama sino toda una inscripción religiosa como en la portada de la casa Yriberry, en la esquina de las calles Santa Catalina y san Agustín: "Sanctus Deus, Sanctus fortis, Sanctus inmortalis, miserere nobis" (Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, ten misericordia de nosotros); en su interior puede leerse una inscripción claramente eucarística: "Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar". Parecida inscripción puede leerse en el templo de la Tercera Orden Franciscana, en cuya portada se representa a la Virgen de los Dolores, a San Francisco, a un arcángel y a dos querubines adorando al Santísimo Sacramento, y enmarcados por el cordón franciscano: "Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar y la Virgen Concebida sin Pecado Original".

La fiesta del Corpus ocupó desde los comienzos una especial solemnidad en el Perú. En Lima, en el Cercado, se celebra en la Catedral y la procesión recorre el cuadrilátero de la Plaza de Armas (la principal de Lima), en cada una de cuyas esquinas se levanta un artístico altar portátil. El arzobispo lleva el Santísimo en la pequeña custodia, decorada con un ascua de oro con innumerables incrustaciones de diamantes. Asisten las autoridades y las instituciones más representativas, así como el pueblo fiel. De las ventanas y balcones cuelgan ricos tapices, adornados con altares de flores, al tiempo que repican las campanas y las notas de las bandas. En domingos sucesivos, salía la misma procesión de cada uno de los diversos templos de la ciudad. En el Cuzco revistió gran solemnidad desde los primeros momentos de la evangelización, siendo acompañada la procesión por todos los santos venerados en sus iglesias.


Cofradías y hermandades

Las Cofradías nacen de la agrupación de miembros de una misma profesión bajo la advocación de un santo protector, y cumplen fines espirituales y caritativos. Conviene insistir en la repercusión social de la fe en el ordinario ambiente laboral, ya que es la fuente principal de la actividad del laico o seglar. Teniendo en cuenta este aspecto corporativo, gremial, típicamente medieval, el P. Rubén Vargas Ugarte señalará con acierto cómo “los llamados gremios medievales evolucionaron con el tiempo y se multiplicaron, dando origen a las cofradías y hermandades, cuyos asociados se vinculaban no sólo con fines de devoción sino que también se proponían ayudarse mutuamente y aun mirar por los intereses de la clase u oficio a que pertenecían”.[5]El individuo se encuentra “inserto dentro de una pluralidad de células diversas, de pequeños grupos o asociaciones como son: la familia, los señoríos, la comunidad de habitantes en el lugar, los grupos profesionales, las parroquias y las cofradías”.

Podemos catalogar hasta diez grupos de cofradías según sus fines: piadosos, económicos, caridad, sociales, penitencia, paz, fe, gremiales o profesionales, según las personas (grupo social, oficio, clericales, civiles, mixtas), condición social (en Perú: blancos, indios, negros, mixtos). W. Vega –desmarcándose del anterior talante teológico espiritual- rescata su aspecto económico y le da un objetivo institucional de “seguro y crédito”, “instrumento de poder político del que se sirvieron las élites indígenas y españolas” en busca de poder, “medio efectivo de relaciones con la divinidad y con los demás miembros de la cofradía y la sociedad,” propone una clasificación más pragmática por el lugar donde estuvieron fundadas: rurales,[6]o urbanas.[7]

Este autor cita un documento de 1585 acerca de un litigio entablado para determinar qué cofradía debe acompañar más de cerca al Santísimo Sacramento durante la procesión del Corpus, y en el que se enumeran hasta 16 cofradías de Lima.[8]

De indios: Nuestra Señora del Rosario en Santo Domingo; Santa Ana en la Parroquia de Santiago de Surco; Santiago en la Parroquia de Santiago del Cercado; Santísimo Sacramento en la Parroquia de Santiago de Surco; Niño Jesús en la Compañía de Jesús; Nuestra Señora de Copacabana.

De negros y mulatos: N.S. de la Antigua, catedral; Nuestra Señora de los Reyes, San Francisco; Santa Justa y Santa Rufina, Merced; San Sebastián en la parroquia del mismo nombre; San Antón en San Marcelo; San Bartolomé, Santa Ana; Nuestra Señora del Rosario, Convento Santo Domingo; San Salvador, Compañía de Jesús; San Agatón, Convento S. Agustín; Nuestra Señora de Aguas Santas, Merced.

De españoles: Nuestra Señora de la Piedad, Nuestra Señora de la Soledad, S. Crispín y san Crispiano, S. Eloy, S. José , Santísimo Sacramento, Santa Catalina de Sena, Veracruz.

Para fines de siglo, se pueden distinguir las cofradías aristocráticas (de criollos y españoles como las de la Veracruz y el Rosario; de españoles, del convento de Santo Domingo), gremiales (la de san Eloy de los plateros, San Crispín y San Crispiano de los zapateros, San Joaquín de los silleros), étnicas (castas de indios y negros, Nuestra Señora del Rosario, en Santo Domingo), naturales de algunas regiones (Nuestra Señora de Aránzazu, vascos).

El «Memorial» de Santo Toribio, 1598, dirigido al Papa Sixto V, nos da cuenta pormenorizada de las seis cofradías más importantes, de las que enfatiza su identidad y repercusión social y espiritual:

  1. “Hay muchas cofradías de españoles, negros é indios, adornadas con muchas indulgencias, la del Santísimo Sacramento que está en Santo Domingo y acude a la administración del Viático de esta Iglesia Catedral y demás parroquias con lo necesario que es menester, y cuando sale el Santísimo Sacramento van once clérigos con sobrepellices y estolas de carmesí, que llevan las varas del palio, pendón y mazas de plata con gran cantidad de cera.
  2. En la cofradía de las Ánimas que está en la Iglesia Mayor, se dicen más de seis mil misas cada año, y se da de limosna al sacerdote ocho reales cada vez que dice misa.
  3. Hay una cofradía de la Caridad, en la cual se casan cada año veinticuatro doncellas pobres, y se les da para su casamiento, veinticuatro pesos de á nueve reales, y un hermano de la dicha cofradía que pide limosna para los pobres vergonzantes, que se llama Vicente Rodríguez, hombre de mucha caridad y buen cristiano, ha repartido desde el año ochenta y cuatro hasta el noventa y siete, ciento cincuenta y tres mil quinientos noventa y tres pesos y seis tomines de á nueve reales el peso.
  4. En el monasterio de San Francisco está fundada otra cofradía de Nuestra Señora de la Concepción, la cual casa cada año doce doncellas pobres y da á cada una seiscientos ducados de dote.
  5. La cofradía de las cárceles que está fundada en una de las capillas de ellas, da de comer, cada día, á todos los pobres de todas las cárceles, y por su turno se escogen de treinta hombres, dos que solicitan y procuran los negocios de los pobres presos; tienen letrado para ello y procurador
  6. Hay otra de la clerecía que llaman la Cátedra de San Pedro, tiene cuidado de regalar y curar los clérigos pobres y enfermos, dan todo lo necesario para su sustento á les sacerdotes pobres, entierra á los difuntos de la dicha cofradía con mucha pompa y se hace muchos sacrificios por ellos, la cual es de mucha utilidad y provecho.[9]

Conocemos por el «Diario de la Visita», cómo en julio de 1593 el prelado Mogrovejo visitó las cofradías de Nuestra Señora del Rosario, san Sebastián de Huaraz, Santo Domingo de Yungay, Manturpata, Cochangara, Paucaarbamba, San Juan de Illimo. En 1603 la Cofradía de la Visitación del pueblo de Uchubamba, Concepción en Mochomí, Nuestra Señora en Callanca, Monzebú... En los pueblos y las doctrinas que veía sin cofradía, la impulsaba el propio Prelado.

Alguna como la de San José, del gremio de carpinteros, fundada en Lima en 1560, contaba con capilla propia. Los gremios de carpinteros, albañiles y canteros indios y morenos se agrupaban en otras cofradías como la de San Juan Bautista de los Pardos en la iglesia de Santa Ana, la de Nuestra Señora de los Reyes en San Francisco o San Miguel en El Cercado.

Particular actividad desarrollan las de indígenas. Sus miembros daban de comer a los pobres, visitaban a los enfermos, celebran misa, tenían instrucción religiosa diaria y pláticas espirituales regularmente; los sábados se dedicaban a la Virgen y las comuniones eran en todas ellas frecuentes.

En el Diario de la Visita, Santo Toribio da razón de numerosas cofradías y hermandades a lo largo de su dilatada arquidiócesis. En el mismo se ofrece rica documentación del dinamismo de estas asociaciones que vertebran buena parte del pueblo fiel. Baste con dos ejemplos. El primero referido para la visita realizada en el mes de enero de 1584: “Hay en el pueblo de Callanca una Cofradía de Nuestra Señora, dícese cada sábado una misa y en las festividades de Nuestra Señora se dice otra misa cantada con sus vísperas, dase de limosna dos patacones de cada una y Su Señoría la mandó mudar a otro día que no esté el cura obligado a decir misa por los indios y al cabo del año se dice otra misa de réquiem cantada con vigilia, dase de limosna 3 pesos.”[10]

El segundo para el 4 de mayo de 1595, en Moyobamba, donde registró 27 españoles y 165 indios: “Quedó fundada e instituida en la iglesia mayor de esta ciudad una cofradía en la cual entró Su Señoría Ilustrísima con su limosna y todos sus criados y toda la ciudad de Moyobamba y se juntaron más de 200 vacas y mucha cantidad de yeguas, la cual es capellanía y Su Señoría dejó a ella para la celebración de los Divinos Oficios un ornamento y un cáliz dorado con patena, vinajeras y bacinilla, todo de plata, y un guión o cruz que traía delante, de plata, de todo lo cual yo el presente notario doy fe; y dejó más, unos platos de plata. Está esta estancia en Yungay, muy buen sitio, tiene una capilla donde Su señoría mandó poner un ara que consagró en Casma la Alta”.[11]

Proliferaron en tal cantidad, que el III Concilio de Lima de 1583 declara que "en cuanto sea posible se reduzcan a menor número y no den licencia para ordenarse otras de nuevo sin causa de mucha importancia" (III, 44).

Vinculadas con las cofradías están las procesiones, sobre todo las de la Semana Santa. Santo Toribio las describe detalladamente: “El miércoles, jueves y viernes santos salen cinco procesiones de diversas vocaciones de penitentes, la una se dice de Nazarenos que sale de Santo Domingo y salen mucho número de hombres en forma de penitentes, todos con cruces grandes en hombros; otra que sale del propio monasterio que se llama de la Veracruz sale el jueves por la noche y van en ella más de cuatrocientos penitentes; otra la propia noche de San Francisco, en la cual salen quinientas cincuenta personas, disciplinándose; otra de San Agustín á devoción del Santo Crucifijo de Burgos, cuyo retrato tienen, lleva más de ochocientas personas disciplinándose. Otra el viernes en la noche que llaman la Soledad de Nuestra Señora, sale de la Merced, es muy devota procesión, salen más de mil personas disciplinándose, y sacan todas las insignias de la pasión, va con gran silencio. Otra sale de San Agustín la mañana de la Resurrección.”

NOTAS

  1. http://bib.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12471736544570517087891/p0000001.htm#I_6_
  2. LORENTE 1867: I, 9º I, .48
  3. Reglas consuetas o instituciones consuetudinales de la Iglesia metropolitana de san Juan Evangelista de Lima publicadas por el venerable siervo de Dios Don Toribio Alfonso Mogrovejo, Arzobispo de la misma Iglesia, Lima, Imprenta de José D. Huerta, 1862.
  4. Archivo Arzobispal de Lima, Cofradías, XLII:26, ff.9-13v.
  5. Vargas 1955: 86-87
  6. Cf. Las cofradías rurales para la actual diócesis de Huacho Rosado: Una Iglesia joven con una rica historia. 50 años de servicio pastoral, Obispado de Huacho, Huacho, pp.61-86. LOARTE, L.A., Cofradías rurales en los corregimientos de Chancay y Cajatambo: siglo XVII. Diócesis de Huacho.
  7. VEGA, Walter, Cofradías en el Perú Colonial: Una aproximación bibliográfica, en Diálogos nº 1, 1999, p.137
  8. Archivo Arzobispal de Lima, Cofradías, LXIV: 2, f.30-31v.
  9. En América Pontificia, al cuidado de J. METZLER, tomo III, Roma, Librería Editrice Vaticana, 1995, pp. 771-801 tenemos:
    María de la Soledad Cuzco 27 ene. 1594
    Virgen del Rosario Lima 28 mar. 1592 (templo del Rosario)
    Virgen del Rosario Lima (conv.) 1 oct. 1593
    Virgen de los Artilleros Lima 13 abr. 1592 (Callao)
    Todos los Fieles Difuntos Saña 8 jun. 1598
    SS. Crispín y Crispiniano (catedral) 23 jun. 1594
    Santo Cristo de Burgos (igl. S. Agust.) 10 may. 1599 30 oct. 1600;
    San Eloy Lima 20 nov. 1600 (conv. S. Agustín.)
    Stas. Justa y Rufina Lima 15 may. 1600 (La Merced)
    Sta. Lucía y Fieles Difuntos Trujillo jun. 1598
    San Miguel Lima 10 may. 1599 (igl. S. Agustín)
    Santos Felipe y Santiago Lima 10 jun. 1598 (igl. de Guadalupe)
    Smo. Sacramento Arequipa 5 dic. 1598 (conv. S. Agustín)
    Smo. Sacramento Arequipa 3 nov. 1598; (Callao) 7 may. 1593
    Smo. Sacramento Arequipa 13 dic. 1598 (conv. S. Agustín)
    Smo. Sacramento Lima 10 nov. 1598 (conv. S. Agustín de Ica)
    Smo. Sacramento y Escapulario Lima 13 nov. 1598 de la Virgen de la Merced. (conv. mercedario).
  10. BENITO 2006.c: 54v
  11. BENITO 2006.c: 333 v

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JOSÉ ANTONIO BENITO RODRÍGUEZ