PERÚ; Entradas públicas de arzobispos

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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La entrada solemne de los obispos:

Las entradas públicas de un gran personaje, como los virreyes y arzobispos, constituían un gran festejo en el que la comunidad convivía, volcándose en la calle, donde expresaba sus ideales colectivos. La entrada de los arzobispos se apoyaba en la entrada de los virreyes, la cual seguían casi al pie de la letra.

Se buscaba realzar el poder y la dignidad de la autoridad, también analizar las respuestas dadas, por tanto nos sirve para tomarle el pulso a la religiosidad popular. A partir de su estudio, se puede abundar en estudios geográficos, biografías de personas que acompañan al Prelado, instituciones, costumbres festivas, proceso de construcción de la casa Arzobispal, calles, vestidos, oficios y sueldos, decorados de la arquitectura efímera...y otras ricas teselas del naciente mosaico que es la Lima de fines del siglo XVI.

Fue en 1529, con las Capitulaciones de Toledo, cuando Francisco Pizarro obtuvo para su socio, el clérigo Hernando de Luque, el obispado de las nuevas provincias descubiertas o por descubrir del Sur, con sede en Túmbez, la primera población de la conquista. Su repentina muerte en marzo de 1534 frustró tal proyecto, por lo que será Vicente Valverde, desde 1537, el primer prelado del Perú, con residencia en Cuzco.

Las Actas del Cabildo dan cuenta de cómo la Reina de Castilla (la emperatriz Isabel de Portugal, esposa del rey-emperador Carlos I-V), el 7 de enero de 1536, un año antes de su consagración como obispo en Salamanca, había encomendado al Gobernador del Perú al Padre Valverde como obispo de la provincia, y “que luego como llegare entienda con que se hagan las iglesias que a él y a vuestras señorías pareciere así en los pueblos de cristianos como en los de los indios y que se pongan en ellos los ornatos y cosas que de acá se llevan “y que se reúnan para proveerse de los indios más comarcanos a los sitios donde se hubieren de edificar los ayuden a hacer con la menor vejación”.

Dos años después, el dos de abril de 1538, el propio Cabildo expone ciertas bulas del Papa por las que el emperador Carlos I-V presentó a Valverde como “obispo de esta provincia”, encargándole “provea las cosas espirituales y haga otras cosas que Su Majestad le manda.” Se habla también de la provisión de Su Señoría recomendando a los cabildantes “para que reciban al Sr. Obispo Don Fray Vicente de Valverde”. Así lo hacen, y el mismo día que presenta sus ejecutoriales, los regidores, presididos por Pizarro, le reconocen como obispo y disponen que Fray Gaspar de Carvajal traduzca la bula papal en la que se disponía la acogida del Prelado.

Se recoge también en las Actas Capitulares la provisión por la que se le nombra inquisidor y protector de indios, teniendo “mucho cuidado de mirar y visitar los dichos indios y hacer que sean bien tratados e industriados y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica.” El 25 de julio de 1543 entraba en Lima su primer obispo, Jerónimo de Loaysa. El bien informado Padre Rubén Vargas, sin citar las fuentes, nos ofrece una elegante descripción: “En los azarosos tiempos que corrían, la venida del prelado era un rayo de esperanza. El corto vecindario que habitaba las diez o doce manzanas tendidas en cuadro alrededor de la plaza principal, hizo cuanto pudo por darle al recibimiento toda la solemnidad posible. Bajo el palio cuyas varas sostenían los regidores del Cabildo avanzó Fray Jerónimo por la Calle Real o de Trujillo hacia su Iglesia, precedido por la clerecía y las religiones de Santo Domingo, San Francisco y la Merced, llevando a sus costados, como ministros, a los curas de la matriz, el P. Pedro Sánchez y el Bachiller Palacios y siguiéndole el Cabildo secular, presidido por el Lic. Antonio de la Gama, teniente de Gobernador por Vaca de Castro, ausente en el Cuzco, y los alcaldes ordinarios, Juan de Barbarán y Pedro Navarro.

La única campana del mezquino templo que se erguía en la esquina de la calle de judíos y a la que, según tradición, se llamó la Marquesita, lanzaba al aire con júbilo desusado sus argentinos sones. La multitud, si así puede llamarse a los pocos vecinos españoles de Lima, alejados los unos por los azares de la Guerra de Chupas y errantes los otros por miedo a la justicia, se prosternaba reverente al paso de su Pastor que la bendecía con ademán paternal. Allí estaban los indios, muchos de ellos nuevos en la fe, de los cacicazgos de Lati, Maranga, la Magdalena, Carabayllo, Surco y Huachipa, ávidos de curiosidad y atraídos, sin saber por qué, hacia aquel varón de afable semblante que los miraba con ternura”.

Como único precedente de recibimiento de un obispo por parte del Cabildo, vale la pena citar el acta de 9 de octubre de 1556 que narra la recepción al Prelado, tras su visita pastoral a Panamá y frustrado viaje a España:

“En este cabildo se acordó que esta ciudad, justicia y regimiento salga a recibir por ciudad al ilustre y reverendísimo señor don Jerónimo de Loaysa, arzobispo de esta ciudad que se tiene nueva que entrará presto en esta ciudad hasta el río de esta ciudad, camino de Trujillo, y que se le envíe una persona cuatro leguas de aquí que salga a le hacer saber cómo la ciudad sale a le recibir y diputaron para ello al señor Juan de Astudillo Montenegro, el Lic. De León, Hernando Montenegro, Melchor de Brizuela, Francisco de Ampuero, Juan de Astudillo Montenegro, Francisco Talavera, Sebastián Sánchez de Merlo”.

A favor del nuevo prelado Mogrovejo, el rey Felipe II enviará en febrero de 1579 varias cédulas reales encaminadas a recomendar al nuevo arzobispo Don Toribio de Mogrovejo, y facilitar ante las autoridades todos los trámites administrativos. Las Actas del Cabildo de la Municipalidad recogen el primer anuncio de su venida el 14 de febrero de 1581, indicando que los reunidos eran el alcalde Francisco Aliaga de los Ríos, el alguacil mayor Francisco Severino de Torres y los regidores Francisco Ortiz de Arbildo y Lorenzo de Aliaga, así como Simón Luis de Lucio, con el escribano Francisco de la Vega. Se da cuenta de haberlo comunicado al pueblo por medio de las campanas:

“La santa iglesia de esta ciudad, con las campanas, instrumentos de trompeta y chirimías, había hecho y mostraba alegría, así por las buenas nuevas de la victoria habida por Su Majestad en el reino de Portugal y corona que del dicho reino había recibido como por la nueva del Reverendísimo arzobispo que viene (ordenando que la) ciudad, vecinos y moradores de ella era justo hiciesen regocijos y fiestas por tan buena nuevas, mostrando alegría y contento; acordando se pregonare que todos los vecinos y moradores pongan en la noche luminarias en sus casas y los que tienen caballo salgan con el hacha encendida y se junten por la noche a la puerta del Palacio, Justicia y Regimiento”.

Por su parte, la Municipalidad o Ayuntamiento acordó que en las casas del Cabildo se tañesen atabales, trompetas y chirimías, y se pusiesen luminarias. Días después, el 24 de abril, de acuerdo a los cánones y costumbres, toma posesión por poder, en nombre del Arzobispo, el Lic. Gutiérrez de Ulloa, inquisidor, en virtud de dos bulas de Gregorio XIII, que obedecieron los cabildantes presentes: arcediano Bartolomé Martínez y los canónigos Juan Lozano, Bartolomé Leones y Cristóbal Medel. Merece la pena reseñar la refacción de la casa, así como la construcción de los monumentos de arquitectura efímera levantados al efecto, ya que penetrar en la fiesta y el arte nos ayudará a profundizar en una de las expresiones más completas de las sociedades.

La construcción del palacio arzobispal de Lima

Conforme a la Real Cédula de 1579 en la que el Rey ordenaba al Virrey se desocupasen las casas arzobispales, alquiladas a particulares tras la muerte del primer arzobispo Loaysa y el tiempo de sede vacante, se preparó todo a conciencia. Desde el martes 21 de febrero de 1581 comienza la completa refacción de las Casas Arzobispales, lo que hoy es el Palacio arzobispal.

Operarios españoles, indios y negros se encargarán del arreglo del umbral de la puerta, blanqueando la fachada con un cahiz (unos 660 litros) de cal comprado en casa de Diego Díaz, carretero. De la casa de Alonso Sánchez Sarmiento se encargaron 15 cañas de Guayaquil para cubrir la caballeriza. A varios oficiales y criados se les encarga de los pirlanes de la escalera y de su blanqueo. Por su parte, el carretero Diego Díaz suministrará, además de 6 cahices de cal, 2.000 ladrillos para la escalera, mientras que Pedro Garzón de la Loba, lo hará con 1000. Pedro, indio Tiquilla, será el responsable de pintar el patio, zaguán y segundo piso de la escalera. Lo mismo se hizo con las cerraduras de las puertas y las habitaciones del Prelado y familiares: Grimanesa, su hermana, y el capellán Juan Rodríguez.

Simultáneamente, el jueves 23 de febrero (de 1581) se comenzó la obra del palacio, el arco triunfal y otros tres más a lo largo del recorrido entre San Lázaro y la Catedral. Ese mismo día se contrata a dos negros para hacer la ramada desde donde se había de hacer el dicho palacio con esbeltas gradas. De casa de Luis García de Castilla se compran mil clavos, guascas (sogas) y agujas para coser el monumento. El diez de marzo se compró a Juan López, carpintero, una media viga para el monumento, y madera para las ventanas del cabildo. Buena cantidad de madera, en cuartones, se traerán del mar con criados de Antonio de Yllescas. De casa de Guevara, zapatero, se requirió un cuero de vara. De casa de Pedro Márquez y Lorca, mercaderes, hilo, cardenillo tachuelas y clavos de medio detillado para coser el monumento.

De la construcción del monumento se encargará el carpintero Garnica, quien percibió setenta y cuatro pesos y un real, por veinte y tres días y medio de trabajo, con su ayudante Francisco de Pineda, que cobró 32 pesos. Otros carpinteros fueron Pedro Márquez, quien facilitó 167 varas de presilla, Pablo Paz, Antón, negro de Alonso Gutiérrez Sarmiento. Encargado de la traza y diseño fue Hernando de Montoya. Una vez levantado el monumento se encargó de su decoración a los pintores Miguel Ruiz de Ramales y Juan Amai.

Dos mercaderes responsables de una tabla de Chile y cardenillo fueron Anton Andrés y Jorge de Acosta. Figuran también en la lista los sacristanes Juan Martín y Diego Jorge, responsables del vino de la iglesia. En los días cercanos a la entrada, se contratan varias decenas de indios y negros, para empedrar la calle y pintar la portada, aderezar el aposento provisor y hacer los arcos, uno de ellos en la iglesia. A Melchor Rodríguez, se le encargará de pintar las armas del señor arzobispo en la puerta de las casas grandes. Se compran escobillas y almagras (arcilla roja), guascas para los andamios; como ayudantes estarán Diego Ramírez y Alonso indio. De casa de Pedro Márquez, tres escudos con las armas del arzobispo. Además del arreglo de las casas y los arcos, se prepararon escudos con material de tela de Holanda para el palio, terciopelo carmesí, seda y anjeo para el cojín de la silla del coro para el Prelado.

El recibimiento del segundo Arzobispo de Lima Toribio de Mogrovejo

El Cabildo eclesiástico le tributó un recibimiento triunfal. Junto a las casas arzobispales, además del arco triunfal con el escudo de armas del prelado, se montaron otros tres arcos por donde iba a pasar la comitiva, se costeó una danza de niños con trajes vistosos y no faltaron los cohetes, los fuegos artificiales y las chirimías. Al llegar a Chancay, salieron a recibirlo hasta el Tambillo o chacra de Montenegro, los sacerdotes delegados por el Cabildo Catedralicio, Pedro de Escobar -mayordomo de la Catedral y cura de Santa Ana- y Pedro de Oropesa, dándoles por comisión 44 pesos y 4 tomines al primero y 100 pesos al segundo. Fue el lugar de alojamiento antes de entrar en Lima.

El 11 de mayo hizo su entrada pública y solemne en esta capital, viniendo a pie a su iglesia, donde fue recibido conforme al ceremonial. A pesar de ser 9 los miembros, sólo pudieron concurrir el arcediano Bartolomé Martínez y los 4 canónigos: Lozano, Leones, Medel y León, quizás por alguna enfermedad.

La comitiva iba formada por cuatro caballos, con enjalmas y tomillos y sogas, y había llegado al barrio de pescadores, en la margen del río Rímac, hasta la iglesia del hospital de san Lázaro. Allí se revistió de pontifical y, tras cruzar el puente, bajo palio, ingresó en la indigente catedral limeña de muros de adobe y techo de paja. La Ciudad de los Reyes, un 11 de mayo de 1581, lanzó su corazón a la calle para recibir al primer prelado que venía desde España, intuyendo la estrecha alianza que iba a anudarse entre Perú, «síntesis viviente» en plena formación, y el Licenciado Toribio Alfonso Mogrovejo, uno de los máximos forjadores de su identidad.

Diego Morales, secretario del cabildo metropolitano de la catedral de Lima y secretario particular del arzobispo, declarará que “se acuerda muy bien que entró por la puerta a pie y estuvieron colgadas las calles y hechos los altares y hubo gran concurso de gentes y gran repique de campanas y música, echando bendiciones debajo de un palio...y se aficionó de él, de manera que siendo muchacho deseó entrar a servir esta iglesia de monaguillo para tener ocasión de verle cada día y besarle la mano y tener entrada...y a todos los pobres indios que encontraba los abrazaba y acariciaba”.

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