POESÍA DEL SIGLO XX EN IBEROAMÉRICA

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
Revisión del 15:21 1 dic 2014 de MGARCIA (discusión | contribuciones) (Página creada con 'INTRODUCCIÓN La relación entre el hombre y lo sagrado en sus dimensiones diversas ha vertebrado gran parte de la literatura del último siglo. En este apartado nos centraremo…')
(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda

INTRODUCCIÓN

La relación entre el hombre y lo sagrado en sus dimensiones diversas ha vertebrado gran parte de la literatura del último siglo. En este apartado nos centraremos en la producción hispanoamericana de este periodo, haciendo especial hincapié en la producción religiosa de algunos de sus creadores principales.

Si por algo se ha caracterizado la última centuria es por haber hecho de la poesía uno de los espacios de interrogación por los principales problemas humanos: qué es el hombre, el sentido de la vida y del dolor, el paso del tiempo pero también se ha estructurado en forma lírica la plegaria, el agradecimiento a la contemplación. El hombre es un ser dual hecho, con frecuencia de contrarios y la poesía de todos los espacios y todos los tiempos así lo testifica.

Sin duda, el Romanticismo, que presidió y dirigió la estética de los últimos años del siglo XIX, derivó en las primeras décadas del XX en El Modernismo, reflejo de la profunda transformación que estaba experimentando Hispanoamérica en contacto con el resto de Europa. Esta corriente suponía un rescate de lo estético y lo sensual, resultado del cansancio de toda la literatura burguesa. El escritor más significativo fue, sin duda, el nicaragüense Rubén Darío, que abrió camino para reinstaurar en prosas y poemas todo un mundo lírico de gran plasticidad. Otros autores que cultivan esta estética renovadora de métrica, contenido y estética, fueron Leopoldo Lugones y Amado Nervo.

Desde el modernismo, la poesía hispanoamericana derivará hacia las vanguardias. El camino estaba ya hecho, puesto que la introducción artística de una serie de recursos literarios y lingüísticos de primer orden, había ido preparando al estilo para dar cabida a mecanismos que la experimentación formal convertirá en abanderados de su estética. Estos se concretarán en la suma de metáforas y lenguaje coloquial de una manera que antes no se había conocido, superación del desgaste que la retórica modernista había empezado a incurrir, y la sustitución del cosmopolitismo por una temática intimista y reflexiva de carácter claramente crítico y que se hará patente en Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío.

Las vanguardias estarán influidas, como el resto de movimientos de este siglo viajero, por los movimientos que en Europa habían cobrado auge y habían dado lugar a estéticas rupturistas. En Hispanoamérica los protagonizará Vicente Huidobro, quien articulará en formato lingüístico insólito todo un universo panteísta constituido a través de imágenes novedosas.

La experiencia espiritual, por su parte, en sentido genérico; o religiosa, de manera más concreta, hallará su hueco y cauce en cada uno de los movimientos literarios que presidirán sucesivamente la escritura creativa hispanoamericana de este pasado siglo XX, y así lo veremos a continuación en algunos de sus más significativos escritores y las distintas expresiones de sus anhelos.

La división se ha articulado a través de la sucesión progresiva ascendente de experiencias espirituales o religiosas concretadas en el autor que, a nuestro entender, mejor las ha representado. Desde el vacío sagrado hasta la plasmación madura y extrema de una fe concreta, la poesía hispanoamericana de la última centuria muestra la vitalidad de una experiencia que ‒a pesar de la increencia creciente en nuestro mundo‒ no ha dejado nunca de articular las principales vivencias personales líricas de todos los tiempos.

EL VACÍO SAGRADO: VICENTE HUIDOBRO (Chile, 1893‒1948) Los movimientos vanguardistas en Hispanoamérica se constituyen a partir de la suma de corrientes distintas, cada una de ellas con sus características propias, que se desarrollan entre 1916 y1935. Con una clara influencia europea, estos movimientos suponen una bocanada de aire puro fundamental para el desarrollo de la literatura hispanoamericana, por su carácter crítico y rupturista con todo lo anterior, y la innovación y experimentación que suponen.

En este sentido hay que llamar la atención sobre el papel que en ellas supuso Vicente Huidobro. Este escritor chileno, de origen aristocrático, es el representante fundamental de la corriente literaria denominada Creacionismo, en la que se suman elementos del cubismo y del futurismo. Entre sus obras destacan Ecos del alma (1911), La gruta del silencio (1913), Canciones en la noche (1913), Las pagodas ocultas (1914), Adán (1916), El espejo de agua (1916), Ecuatorial (1918), Temblor de cielo (1931), Altazor (1931), En la luna (1934), Ver y palpar (1941), El ciudadano del olvido (1941) o Últimos poemas (1948).

Si nos detenemos a reflexionar sobre el contenido existencial de sus poemas veremos que este escritor nos refleja con frecuencia al hombre caminando solo, cruzando el universo, entre la nada de la que procede y la muerte que le cierra la puerta detrás de su final. El vacío, por tanto, es la sustancia de la que está constituida su materia y su temporalidad. El símbolo que la representa muy significativamente y que aparece como cierre magnífico, y muy expresivo, en su poema “Solo” es el siguiente: “un perro aúlla de infinito buscando la tierra perdida”. De la conciencia de esa soledad extrema surge la voz que clama.

No falta en la poesía de Huidobro, como no suele faltar ‒de una forma u otra‒ en todos los poetas, la oración. Esta se dirige conmovida por el dolor hermano al Dios que habita la armonía: “Al Dios a cuya voz potente giran/ los astros en acorde movimiento; / hacia ese Dios que las estrellas miran, / al Dios de mares, tierra y firmamento”. A ese Dios amoroso y estético le demanda piedad para los que lloran, y misericordia para su débil humanidad.

En esa identidad fraternal de todo lo que le rodea, ve Huidobro que la materia que compone todo lo creado es idéntica y, de este modo, como ya hiciera antes San Francisco, percibe el universo en cada uno de sus elementos (árbol, montaña, río), como hermano. En su canto a la noche, clama bendiciones a todo lo que le cobija: “¡Oh la Noche! La Noche, / Bendita seas, Hermana, porque en tu solemne y majestuosa / serenidad está Dios, está todo Dios como una larga mirada”.

También la humanidad del Cristo anudada a su símbolo más vivo, el de la Cruz, reclama de Huidobro la palabra. Este símbolo es para él algo propio, por ello en el poema “mi Crucifijo”, incluido en Ecos del Alma, hace de él el recodo donde acogerse en el tiempo de dolor, en el momento final del frío, cuando su presencia táctil y amorosa sea camino y esperanza: “Y cuando en mi agonía tiemble de frío,/ nadie te aparte, nadie, de mi mirada;/ llevarte entre mis manos es lo que ansío/ a la postrera, eterna, feliz morada”.

LA SOLEDAD ACOMPAÑADA: OCTAVIO PAZ (México, 1914‒1998) La pregunta por el hombre y su sentido no tiene tiempo y, por ello, vertebra toda la literatura universal de espacios y tiempos distintos y distantes. En este sentido el hombre se acerca a lo divino para inquirirle a concederle respuestas. A veces con rebeldía, y otras con desolación. No falta tampoco el escepticismo de quien se sabe sólo en el universo y hace de Dios más que una figura estética, la expresión de una profunda fe. Pero lo más frecuente es que se debata entre una y otra postura reflejando con ello la eterna lucha entre ambos extremos.

Entre los escritores cuya obra desarrolla profundamente esta inquietud, hay que citar a Octavio Paz, poeta y ensayista mexicano, cuyo premio Nobel de Literatura en 1990 consagró una estética asombrada y panteísta donde el hombre busca reflejarse en los elementos de la naturaleza, haciéndolos partícipes de sus emociones amorosas.

Este escritor difícilmente encuadrable en cualquier estilo permanente, cultivó y experimentó con las distintas técnicas expresivas que predominaban en su tiempo, y de todas ellas aprendió a combinar fondo y forma. Así gran parte de su obra cobra tintes existenciales por su contenido, al tiempo que hace de los símbolos y las metáforas el mecanismo lingüístico de expresión de unos contenidos estéticos, a los que la lengua cotidiana difícilmente podría alcanzar.

Entre sus obras más importantes se encuentran El laberinto de la soledad (1950), Semillas para un himno, El arco y la lira (1956), La estación violenta, que recoge Piedra de Sol (1958), Salamandra (1962), Cuadrivio (1965), Puertas al campo (1966), Libertad bajo palabra (1968) Posdata y Conjunciones y disyunciones (1970), Los signos en rotación y Renga (1971), y El signo y el garabato (1973). En 1974 publica Los hijos del limo, El mono gramático y Versiones y diversiones, donde recoge sus traducciones. En 1975 publica Pasado en claro, Poemas y El ogro filantrópico (1979). A los años 1982-1990 corresponden Sombras de obras, Hombres en su siglo, Pasión crítica, Tiempo nublado, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Árbol adentro, y México en la obra de Octavio Paz.

Este poeta se debate entre extremos, y lo comprobamos precisamente en su texto poético titulado “palabra”, en el que el hombre demanda a lo sagrado, en soledad, al tiempo que este le supone el fardo que anuda su existencia a la pregunta: “En soledad pregunto, / a soledad pregunto.// Y rasgo mi boca amante de palabras/ y me arranco los ojos/ henchidos de mentiras y apariencias,/ arrojo lo que el tiempo/ deposite en mi alma,/ miserias deslumbrantes,/ ola que se retira…// Bajo del cielo puro,/ metal de tranquilos, absortos resplandores,/ pregunto, ya desnudo:/ me voy borrando todo,/ me voy haciendo un vaso signo sobre el agua,/ espejo en un espejo:”

Octavio Paz se cuestiona, precisamente en su poema titulado “Pregunta” por todas las dudas que asaltan al hombre. Este mexicano universal encabeza la lista de poetas existenciales en los que la estética salva al hombre de la falta de sentido: “¿Quién sabe lo que es un cuerpo,/ un alma,/ y el sitio en que se juntan/ y cómo el cuerpo se ilumina/ y el alma se oscurece,/ hasta fundirse, carne y alma,/ en una sola y viva sombra?”. Aunque este vacío existencial constituya, a la postre, el centro anudado del existir y haga de este ante todo una forma viva de angustia.

Percibe así su vida como una circulación de momentos sin parada. Un discurrir veloz de lo que pasa delante de los ojos y que le hace al hombre sentir su humana fragilidad. Escribe, de este modo, en su poema “Más allá del amor”: “Todo nos amenaza:/ el tiempo, que en vivientes fragmentos divide/ al que fui del que seré,/ como el machete a la culebra”. Ante esta conciencia del no existir del todo que se filtra entre los grietas de tanta ruptura, el hombre extiende su dominio hecho de vacío, por ello clama: “Extiéndete, blancura que respira,/ late, oh estrella repartida,/ copa,/ pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,/ pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida”.

Es esta una imploración al cosmos cercana al panteísmo o al Budismo que ya prefigura una espiritualidad acendrada que late bajo todo lo que vive, y lo une en su espacio, aunque este esté hecho de carencias. Esta percepción cósmica y universal comunión también tiene sus momentos de silencio: “Atrás el cielo,/ atrás la luz y su navaja,/ atrás los muros de salitre…”. Sus lugares remotos que han dejado de servir como refugio: “Atrás tierra o cielo”. Y al final el hombre ha aprendido a agarrarse a su cuerpo para poder sostenerse en pie frente al mundo: “Creía en todo esto./ Hoy canto solo/ a la orilla del llanto. También el llanto sirve de almohada”.

LA HUMILDAD: DULCE Mª LOYNAZ (Cuba, 1902‒1997) Dulce Mª Loynaz nace en La Habana procedente de una familia de aficiones culturales, situación vital que determinará su destino como escritora. Estudia Derecho pero combina su profesión con su dedicación creciente a la escritura. Entre sus obras poéticas, de un lirismo acendrado y gran sensibilidad social y estética destacan Versos (1950, Juegos de agua (1951), Poemas sin nombre (1953), Últimos días de una casa (1958), Poemas escogidos (1985), Poemas náufragos (1991), Bestiarium (1991), Finas redes (1993), La novia de Lázaro (1993), Poesía completa (1993), Melancolía de otoño (1997), La voz del silencio (2000), El áspero sendero (2001).

Con una gran empatía hacia todo lo que vive, Dulce Mª Loynaz expresa su pequeñez abundantemente en sus poemas, y con frecuencia se dirige directamente en ellos a Dios inquiriéndole sobre el sentido de la vida, de su vida: “Señor que lo quisiste: ¿Para qué habré nacido?” La sencillez de esta magnífica escritora hace que le sugiera a Dios la posibilidad de un universo sin ella. En este sentido, también Loynaz tiene rastros panteístas en su concepción de lo sagrado, y se hace tierra con la tierra, y siente pájaros ahogados en su sangre, “sin estrenar sus alas en el aire de Dios, sin acertar un hueco hacia la luz”.

Todo lo que asciende deja en ella su herida, y en esa magulladura se siente colmada por una soledad que le habla y enriquece: “No cambio mi soledad por un poco de amor”, escribe en uno de sus poemas, reivindicando, de este modo, su naturaleza silenciosa, que percibe la acogida de un universo hecho cuenco para acogerla: “El Señor me ha hospedado en este mundo, hecho por sus propias manos”, afirma sintiéndose gorrión herido en el cauce amoroso y salvador del Padre.

La oración tiene, por tanto, en la escritura de Dulce Mª Loynaz la cualidad amorosa de su nombre, por ello le pide al Señor: “Te pido ahora que me dejes/ bajar de esta mi torre de marfil; de la altísima/ torre adonde, sola y callada,/ sin volver la cabeza subí un día…” Eso sí, también ruega la cubana el sustento de Sus manos amorosas en la bajada. Este es el milagro cotidiano son el que no podría existir, y así lo confiesa.

Las oraciones, de forma explícita o no, cubren las palabras de gran parte de su obra. Así en “La oración de la rosa” se identifica la escritora con esta flor hecha de contrastes (olor y espinas), pero que nutre sus raíces de la tierra y alimenta sus pétalos con sol. Este reconocimiento de lo sagrado en lo que vive no invalida la conciencia personal de un Dios que se hizo carne humana en Jesucristo, a quien dedica, seguramente una de las confesiones poéticas más explícitas de la fe lírica de nuestro tiempo: “Tú solo eres el Camino, y la Verdad, y la Vida”.

LA FE MADURA: GABRIELA MISTRAL (Chile, 1889‒1957) Hay una serie de poetas, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral que, partiendo de la estética modernista derivarán hacia un estilo personal fuertemente propio y lúcido. Entre ellas, es de resaltar la voz chilena de Gabriela Mistral, quien aunará en su voz elementos cristianos con pálpitos orientales y panteístas.

Este primer premio Nobel (1945) de literatura en voz femenina, escribe entre otras las obras Sonetos de la Muerte (1914), Desolación (1922), Lecturas para mujeres (1923), Ternura (1924), Nubes blancas y breve descripción de Chile (1934), Tala (1938), Todas íbamos a ser reinas (1938), Antología (1941), Lagar (1954), Recados, contando a Chile (1957) Esta poeta chilena, cuyo nombre es Lucila Godoy, a pesar de ser conocida por el pseudónimo de Gabriela Mistral, ha sido una de las grandes poetas del siglo XX, trayectoria que fue reconocida por el Premio Nobel de Literatura en 1945.

Sus primeros versos importantes surgen a partir del suicidio de su primer amor, consagración literaria que posteriormente sería definitiva a partir de ser premiada en unos juegos florales de la capital de Chile. Entre sus primeras obras destaca Desolación (1922). Muy implicada en la vida pública de su país fue cónsul en Nápoles y en Lisboa, y participó activamente en la campaña electoral del Frente popular en 1938. También en 1953 es cónsul en Nueva York y forma parte de la Asamblea de las Naciones Unidas.

En su obra lírica puede rastrearse claramente la influencia primera de Amado Nervo, de Frédéric Mistral, a quien homenajea en su pseudónimo y de Rubén Darío. Con una prosa limpia y anti-retórica, cargada de imágenes, vuelca sus versos en temas como el amor, la muerte, el dolor, y la comunión panteísta con el entorno en la que subyace una clara presencia cristiana. Con una visión positiva de la vida (“la vida es oro y dulzura de trigo,/ es breve el odio e inmenso el amor”), afronta Gabriela Mistral su existencia. Apostando fuerte por una fe que la sostiene en vilo sobre el dolor que se acarrea su existencia, “¡siento que Dios me va haciendo dormir!”, el Padre es sosiego y temple, cuna y armonía, tanto en sus horas como en el reflejo de éstas en la palabra.

En su “Nocturno” elabora, sin embargo, su particular Padrenuestro, que comienza, como no podía ser de otra manera, con una imploración recriminatoria: “Padre nuestro que estás en los cielos,/ ¡por qué te has olvidado de mí!/ Te acordaste del fruto en febrero,/ al llagarse su pulpa rubí./ ¡Llevo abierto también mi costado,/ y no quieres mirar hacia mí!”. Sin embargo, nunca pierde esta escritora su esperanza.

Con sus brazos hacia el cielo, clama: “¡que nada está segado ni perdido,/ que si extiendo mis brazos te he de hallar”. La oración es entonces, en el momento de dolor, existencia sin camino, el trazo firme por el que dejar transitar la vida. La invocación, entonces, no falta en sus palabras: “En esta hora, amarga como un sorbo de mares,/ Tú sostenme, Señor./ ¡Todo se me ha llenado de sombras el camino/ y el grito de pavor”. No faltan, por tanto, las bocanadas de aire agónico. La oración personal y lírica se vuelve para ella cauce en el que enjuagar la pena y lavar de transparencias la desesperanza. La poesía se transforma en petición. Pocos poetas han sabido invocar con tanto anhelo y belleza la clemencia que lava desde arriba. Así lo comprobamos en su poema “El ruego”, en el que escribe: “Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,/ por los seres extraños mi palabra te invoca./ Vengo ahora a pedirte por uno que era mío./ Mi vaso de frescura, el panal de mi boca”.

De este modo, del mismo modo que el místico reclinara el rostro sobre el amado, la poeta también apoya sus certezas de transitoriedad en la acogida que le ofrece Dios: “Creo en mi corazón en que el gusano/ no ha de morder, pues mellará a la muerte;/ creo en mi corazón, el reclinado/ en el pecho de Dios terrible y fuerte”.

Y en el vaivén vital de los extremos, debatiéndose entre sombre y luz, esa última sale siempre victoriosa, y es encarnada por una fe que nada teme (“mi fe no conoce zozobra, Señor”), y se dirige a Dios en su poema “La sombra inquieta”, a ese Dios encarnado en el Cristo a quien demanda acogida amorosa y esperanzada para su madre muerta: “¡Recibe a mi madre, Cristo,/ dueño de ruta y de tránsito,/ nombre que ella va diciendo,/ sésamo que irá gritando”.

La concreción de su fe madura se certifica en el texto “Hablando al Padre”, de su libro Tala. En él declara su fe más profunda y personal. No es esta una fe asumida como herencia, sino una verdad experimentada interiormente y convertida en tabla de salvación propia y personal. Fe cargada de razones, pero, como buena poeta que es, sobre todo, de vivencia estética y afectiva: “Te llamaré/ Padre, porque/ la palabra me sabe a más amor”.

LA FUSIÓN: ERNESTO CARDENAL (Nicaragua, 1925) Representante por antonomasia de los escritores cristianos nicaragüenses, su trayectoria ha evolucionado de manera muy compleja desde su extrema solidaridad social hasta su poesía panteísta y mística posterior. Estéticamente, este escritor se ha alimentado de la suma o fusión de técnicas variadas adaptadas al contenido transmitido en cada ocasión. Entre sus obras poéticas se encuentran: Gethsemani Ky (1960), Epigramas (1961), Salmos (1964), Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (1965), El estrecho dudoso (1966), Mayapán (1968), Homenaje a los indios americanos (1969), En Cuba (1972), Canto nacional (1972), Oráculo sobre Managua (1973), Canto a un país que nace (1978), Tocar el cielo (1981), Vuelos de la Victoria (1984), Quetzalcóatl (1985), Los ovnis de oro (1988), Cántico Cósmico (1989), El telescopio en la noche oscura (1993), Versos del pluriverso (2005), Pasajero de Transito (2006).

Como decimos, Cardenal parte de una solidaridad esencial con el hombre sufriente, con el que se hace uno en el dolor. Sin embargo, siempre late detrás de su poesía la conciencia fundamental del Cristo agónico que, si no da sentido al dolor, permite al menos repetir su pregunta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?/ Soy una caricatura de hombre,/ el desprecio del pueblo./ Se burlan de mí en todos los periódicos”…

Sin embargo, la experiencia personal del nicaragüense hace que con el pasar de los años la estética contemplativa vaya ganando terreno a la poesía social comprometida. Es entonces cuando todo el universo le habla de un Cristo esperanzado, salvador, que no puede dejar de ser, antes que nada, hermosura y bondad: “El Señor es mi parcela de tierra en la Tierra Prometida/ Me tocó en suerte bella tierra”. El Cristo anclado profundamente en el Cristianismo adquiere un rostro hecho de luz que se refleja en un universo que habla al hombre de la humildad de todo lo pequeño.

Su poesía se vuelve, entonces, Cántico cósmico. Canta a las estrellas, a la noche, a los pájaros que vuelan, porque todo ello y mucho más, es índice que apunta al creador de la hermosura. Y hay poca poesía que lo haya dicho tan bien, fundiendo fondo y forma, continente y contenido: “¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos./Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta/ estuvieron en las entrañas de una estrella./ Somos polvo de estrellas.” Desde su poesía se defiende, de esta manera, que todo lo que vive y se contiene en el universo está fabricado del material más puro, el amor divino.

FINAL Hemos visto, por lo tanto, cómo la poesía hispanoamericana del siglo XX se ve influida por las corrientes fundamentales que recorren Europa en este momento, tendencias que afectan especialmente al plano estético de la producción de los distintos autores, pero que no se hacen incompatibles con la transmisión de las inquietudes fundamentales del hombre‒escritor, quien siempre ha hecho del poema una forma de pregunta. Son muchos los autores que en esta centuria escriben con gran altura estética, de los que ‒ en relación con la experiencia creyente ‒ en estas breves líneas hemos escogido algunos de los más representativos. Desde la expresión panteísta más clara, que trasluce lo sagrado en la naturaleza que rodea al hombre, hasta la fe más acendrada o mística en el Cristo hijo de Dios, cuya muerte nos redime del pecado, son múltiples y diferenciadas las vivencias. Pero en lo que todos los creadores líricos convergen, es en haber hecho de la poesía el cauce más perfecto de su transmisión. No es ajena a ello la tensión emocional que un género como este favorece. El poema reúne, de este modo, en su ritmo y su condensación expresiva, toda la fuerza que necesita una experiencia humana fundamental, como es la de la propia fe. Poesía y fe serán así, en este breve espacio y corto tiempo, los dos rostros de un Jano bifronte que no deja de mostrarse históricamente en unidad.

BIBLIOGRAFÍA ‒ANDERSON IMBERT, Enrique: Historia de la literatura hispanoamericana, México, Fondo de Cultura Económica, 1974. ‒BELLINI, Giuseppe: Nueva historia de la literatura hispanoamericana, Madrid, Castalia, 1997. ‒DEBICKI, Andrew Peter, Poetas hispanoamericnaso contemporáneos: punto de vista, perspectiva, experiencia, Madrid, Gredos, 1976. ‒GONZÁLEZ ECHEVARRÍA, Roberto, y Pupo‒Walker, Enrique (eds.) Historia de la literatura hispanoamericana, II, El siglo XX, Madrid, Gredos 2006. ‒OLIVIO JIMENÉZ, José: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea: 1914-1987, Madrid: Alianza, 1992 ‒SORIANO P. VILLAMIL, M.ª Enriqueta; MAÍCAS GARCÍA‒ASENJO, Pilar, Hombre y Dios. II: Cincuenta años de poesía hispanoamericana (1900-1955), Madrid, BAC, 1996. ‒YURKIEVICH, Saúl: Fundadores de la nueva poesía hispanoamericana, Madrid, Seix Barral, 1979.


ASUNCIÓN ESCRIBANO HERNÁNDEZ