Diferencia entre revisiones de «PUEBLA; su desarrollo durante el Virreinato»

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La actividad productiva más importante desde la fundación de la Angelópolis fue la agricultura. Los territorios de Huejotzingo, Atlixco y Tepeaca la convirtieron en el granero de la Nueva España. Puebla desarrolla la industria molinera a los largo de los ríos: el molino de Santo Domingo en el Atoyac; los molinos de Huexotitla, San Francisco, El Carmen, entre otros, en el río San Francisco. Para 1698 la ciudad contaba con catorce molinos, la mitad en poder de los regidores. Las harinas poblanas se vendían tanto en el sur de la Nueva España como en el Caribe.

El auge de las panaderías y el abastecimiento de bizcocho a los barcos españoles o al Caribe y, en especial a la Armada de Barlovento, es otra muestra del auge de la industria triguera. La ciudad también destacaba en la cría de cerdos y en la hechura de fiambres, jamones, tocino y embutidos que se mandaban vía Veracruz a las islas del Caribe y a las Armadas. De esta actividad se sacaba la producción de curtido de cuero que era utilizado a su vez para elaborar cordobanes, suelas y badanas con que se abastecían los artesanos del calzado.

La alfarería fue otro de los oficios con mayor presencia en la ciudad, que incluso le dará fama por la belleza y calidad de sus talaveras puestas en las fachadas y en cúpulas poblanas con prodigalidad en el siglo XVIII; sin olvidar la grana cochinilla, el vidrio, y el fierro. Basten como muestra, las crónicas asombradas de viajeros extranjeros ante la riqueza y esplendor de la ciudad, su fuerte religiosidad y la largueza con que regalaban bienes a la iglesia. Nos referimos a Thomas Gage (1625), Gemelli Carreri (1697) o al capuchino Francisco de Ajofrín,

[…] las fábricas en que se emplean los vecinos tenidos por los más hábiles e ingeniosos de toda la Nueva España y con razón, son los tejidos de lana algodón de la china… hermosa y delicada loza… cristal y vidrio; todo género de armas finas y de fuego que corren de gran fama…por su delicado temple y primorosa hechura…pingüe y opulenta es la del jabón… son tan diestros que con razón y propiedad puede llamase esta ciudad la Barcelona de América.

Puebla fue la primera región en el Nuevo Mundo en adquirir una base amplia de industrias introducidas por artesanos europeos que migraron en oleadas provenientes de diferentes regiones de España, principalmente de la región de Segovia donde eran pañeros de profesión, llegando a tener en 1603 treinta y tres obrajes. Fue también la primera en utilizar en su industria tecnología europea y producir lo que necesitaba la población blanca y mestiza de la Nueva España. Esta industrialización temprana se verá fuertemente diezmada. Según Thomson, la industria textil sufrirá retrocesos en el siglo XVIII con la misma trayectoria y fluctuaciones que la riqueza agrícola.

Cuando en 1634 se abolió el comercio inter-colonial con Perú, se hirió de muerte a los textiles de seda, pero la industria logró sobrevivir el resto del siglo con telares de lana y algodón con que surtía a todo el virreinato. Sin embargo, en el siglo XVIII la aparición de obrajes en Querétaro y en el Bajío, que abastecían a los centros mineros, desplazó a los poblanos. Para 1800 quedaban sólo dos obrajes en Puebla, con las consabidas consecuencias de pobreza para la población.

Los estudios agrícolas hechos sobre las regiones de Puebla-Tlaxcala reportan un estancamiento en la producción de cereales provenientes de las haciendas entre 1675 y 1780, lo que provocará un encarecimiento en las harinas, el cierre de molinos, bizcocherías y panaderías, así como la pérdida en el siglo XVIII del comercio de harina y del bizcocho que se hacía a los puertos del Caribe (Habana, Puerto Rico, Santo Domingo etc.) y a la Armada de Barlovento. El Bajío fue también un fuerte rival en el abastecimiento de los centros mineros en este rubro, pues por su cercanía podía vender a precios más baratos.

Así, veremos que para fines del XVIII Puebla solo abastece a la propia región. Un lento pero dramático retroceso se empieza notar a partir de 1690 el cual, aunado a sequías y fuertes epidemias y al tumulto de 1692 en la Ciudad de México, provocarán una gran hambruna que marcará para Puebla el fin de su ascenso. El ayuntamiento también sufre fuertes conflictos esta década; la élite capitular, que controlaba desde 1601 el cobro de las alcabalas (impuestos), ve en 1691 que los mercaderes que le prestaban el dinero para el asiento, exigen para prestarles la participación mancomunada en la administración de las alcabalas.

Esta exigencia y su consecuente conflicto, puso de manifiesto los malos manejos, abusos y descuido en su cobro, acción que traerá como respuesta de la corona el nombramiento en 1697 de Juan José de Veytia y Linaje como Alcalde Mayor, y como Juez Superintendente de las Alcabalas de Puebla. Veytia, con la energía que caracterizó su largo mandato de 23 años, se enfrentó a las dos élites que gobernaba la ciudad, tanto la eclesiástica como la civil y, apoyándose en la corona logró no sólo subir drásticamente los ingresos de las alcabalas, sino rescatar los poderes y privilegios excepcionales que se habían depositado en el cabildo angelopolitano. Lo anterior lo logró enfrentándose a las antiguas familias cabilderas, haciendo que perdieran mucho de su poder.


LAS CEREMONIAS DEL CABILDO: FIESTAS Y CELEBRACIONES

El ayuntamiento participaba cada año en gran cantidad de fiestas cívico-religiosas, llamadas ordinarias. El lugar en la procesión o en la iglesia –símbolo de poder y prestigio– quedaba arreglado de antemano por el regidor en turno encargado de ello: el Patrono de fiestas. La ciudad de Puebla, como cualquier otra prestigiada ciudad a la usanza española, había jurado lealtad a sus santos patronos para protegerla de calamidades o abogar por su prosperidad a lo largo de estos tres siglos. Debía honrar a estos santos, ya fuesen elegidos por el cabildo o impuestos por la Corona, como es el caso de Santa Teresa de Ávila. Debían ser honrados en cuerpo de ciudad, en la que todos los regidores acudían uniformados de gala y pagaban la fiesta de los bienes que el cabildo tenía “llamados propios”. Estas costumbres repercutieron en las celebraciones de las fiestas patronales, en las procesiones solemnes que recorrían “la traza sagrada de la ciudad”, así como en el adorno y dignidad de las iglesias y conventos poblanos. Franzisca Neff explica cómo los quince patronos jurados por el cabildo poblano formaron durante el virreinato una estrella de protección espiritual para toda la ciudad. El Centro religioso fue siempre la Catedral donde se celebraba la fiesta a los patronos más importantes: San Miguel, San José y la Inmaculada que ocupan los altares principales y cuyas esculturas fueron hechas por Cora. En sus fiestas, los dos cabildos: el eclesiástico y el civil, entrelazaban sus ceremoniales, aunque eran responsabilidad del ayuntamiento. En el límite sur de la traza urbana encontraban las advocaciones de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en el Convento del Carmen. En el norte San José en su templo y Santa Bárbara con San Felipe de Jesús en el templo de San Antonio. En el Poniente San Francisco Xavier en su propio colegio y en el Oriente La Virgen Conquistadora y San Francisco de Asís en el Convento Franciscano. Estos festejos, que mostraban el honor y prestigio que la ciudad ocupaba dentro de las ciudades virreinales, se expresaba no sólo en el lujo de trajes, ajuares, joyas, carruajes, soberbios caballos con sillas y sillines recamados de plata, sino también en el lugar específico que los regidores ocupaban en la procesión y en la iglesia. Si algo fallaba en la ubicación, o en los sitiales traídos desde la sala capitular para que cómodamente se sentaran, los regidores ofendidos, abandonaban el sitio. Tan importantes fueron todas estas celebraciones a los santos patronos y tan continuas sus fiestas en las que el cabildo civil se obligaba no solo a pagar, sino a ir en cuerpo de ciudad, que el Visitador José de Gálvez, al implantar las primeras Reformas Borbónicas, le ordenó al cabildo en 1769 le declarase por escrito todos estos compromisos para poder analizarlos y limitarlos. Las nuevas ideas de la Ilustración y del Despotismo Español no sólo querían sujetar la Iglesia al Estado, sino que consideraban todo esto una pérdida de tiempo además de considerar al pueblo muy supersticioso. La Era de la supremacía de la Ciencia y la Razón había entrado y hacia allá se fueron las políticas de los Reyes Borbones. Además de los patronatos, el cabildo tenía también otras fiestas de carácter civil llamadas extraordinarias: la llegada de un virrey, la muerte del monarca, el nacimiento del heredero o la jura de lealtad al nuevo rey, cuyos altos costos eran sufragados por la corporación y por cada regidor que participaba; tocándole al alférez real la mayor erogación así como a los regidores que participaban en el juego de lanzas. Estas ceremonias de la realeza donde el cabildo era el actor principal con sus elaborados rituales, estaban sustentadas por códigos culturales que formaban parte del vínculo sociopolítico que legitimaba la autoridad del monarca, lazo que afianzaba la relación de derechos y deberes de vasallos; y aseguraba para la ciudad los fueros y privilegios considerados como la contrapartida de la fe jurada al rey, ya fuese tremolar el pendón, o recibir al Virrey. Adentrémonos ahora en estas recepciones para observar aspectos de la vida y de la sociedad novohispana; los valores, y mentalidad, buscando los aspectos que han sobrevivido hasta nuestros días. La llegada del nuevo Virrey rompía con sus preparativos y tejemanejes políticos, la tranquila vida del Virreinato. Su llegada a Veracruz, anunciada con antelación por el navío que al entrar a las aguas del Golfo se desprendía de su flota para avisar, ponía en movimiento a toda la región. La comunicación llegaba a Puebla con repiques de campana desde el Puerto. Puebla solía mandar a Jalapa o a Tepeyahualco a un regidor y dos canónigos de la Catedral, para unirse a la comitiva virreinal en su camino hacia México. Dos regidores más eran comisionados para entrevistarse, con cartas y peticiones específicas, en el pueblo que se encontraban bajando de Perote hacia los Llanos de San Juan, llamado Tepeyahualco; al término del día el virrey y su comitiva debían pernoctar para su seguridad en la hacienda llamada de los Virreyes. Allí, después de descansar tomaba camino hacia Tlaxcala donde, por derecho, entraba primero; el Virrey les comunicaba cuándo y cómo quería ser recibido en Puebla y en México. Mientras tanto, el cabildo organizaba la recepción dividiendo comisiones entre sus capitulares para que: "se pongan luminarias y candelas por los vezinos de esta ciudad las tres noches de dichos días y que se lidien y jueguen toros en la plasa publica en señal de regosijo" Se dispuso también "haser aderesar componer y colgar las cassas e este cavildo para el ospedaje del Exmo Señor Duque de Beragua". Otra comisión era designada para mandar hacer el arco triunfal, motes, letras y pintura. Estos arcos, muestras hermosas del arte efímero, eran encomendados a los famosos pintores de la época y ensamblados por los no menos importantes ebanistas que estaban a cargo de los altares de las iglesias. Así, las actas de cabildo reportan a Antonio de Santander en 1660 para el arco del Conde de Baños, a Rodríguez Carnero para el del Virrey Mancera en 1664 y Pedro de Silva del Conde de Moctezuma en 1697, por mencionar algunos artistas. El virrey era esperado en el lugar en que se colocaba el arco triunfal –frente al convento de la Santísima en el siglo XVII y en la calle de Mercaderes al finalizar el siglo XVIII– donde un mozuelo vestido de paje, recitaba en barroca métrica bordada de héroes mitológicos las hazañas del virrey. La plaza pública se embellecía para dar cabida a los "juegos de cañas," en los que regidores, y, por supuesto, el alférez y el alguacil mayor competían a manera de torneo medieval con caballos y séquito hermosamente ataviados, cuyos colores y personas habían sido rifados de antemano. Al terminar el torneo, seguían las corridas de toros, luminarias y fuegos artificiales para el pueblo y las recepciones en las casas del cabildo. Momentos decisivos de la vida política poblana y del Cabildo de los Siglos XVI, XVII y XVIII, fueron las ceremonias organizadas por el cabildo para jurar lealtad al nuevo monarca, su señor natural así como para rendir luto al fallecido monarca. Un ceremonial rigurosamente pautado marcaba los lugares, los participantes, las palabras, los vestidos, la música, los adornos y los templetes que las autoridades virreinales, o los cabildos municipales como Puebla, necesitaban para rendir homenaje de lealtad al nuevo rey. El ritual de la Jura se llevaba a cabo sobre templetes, el más importante se levantaba en la Plaza Mayor, frente a los balcones del cabildo. La elaboración del escenario de madera de varios cuerpos se había subastado de antemano entre los principales y más afamados ensambladores. La comitiva de regidores y principales de la ciudad "hacia la venia" al escudo, y colocándose el alférez real al lado del alcalde mayor, cabalgaban hacia la engalanada plaza pública, donde se había levantado un tablado regiamente alfombrado y forrado, en cuyo centro se levantaba un baldaquino con la pintura velada del monarca. Allí, tenía lugar la primera gran Jura. Los regidores tomaban asiento y los reyes de armas se colocaban, con sus cetros al hombro, en las esquinas del tablado, diciendo en alta voz tres veces: "silencio, silencio, silencio”, y tres veces "oíd, oíd, oíd”. Se descorría el velo y puestos de pie los regidores pronunciaban su juramento de lealtad:

y el dicho alférez mayor puesto enmedio decosiendo del alanis el dicho pendón –dijo en altas boses CASTILLA, NUEVA ESPAÑA POR EL REY NUESTRO SEÑOR...alzando y tremolando el dicho pendón y repitiendo las mismas palabras tres veces"[…] El Alférez entonces arrojaba monedas a la gente "de todos estados que había". Sonaban entonces tiros de mosquetes y arcabuces, aunados al vuelo de campanas, con "esquila de la catedral" a la que le respondían los conventos y parroquias”...

La república de indios también participaba colocándose inmediatamente después del cabildo de españoles. En la jura de Carlos III (1760), el escribano narra cómo el gobernador de los naturales se incorpora a la comitiva portando su propio estandarte bordado con hilo de oro las armas de su barrio por un lado, y por el otro, las armas reales.

(El Alférez Mayor Don José Manuel de Victoria Salazar) […] entró a la plaza pública llevando por delante crecido número de naturales precedida su república de Don Alejandro Joseph de Flores, su gobernador actual, alcaldes y escribano de cabildo, vestidos todos de su propio antiguo traje de mantas de tela, penachos de plumas diversos colores en los sombreros adornados de varias fojas de piedras preciosas trayendo dicho gobernador el estandarte de su barrio con las armas reales y un gran número de ministros.

El protocolo de la Jura se repetía varias veces a lo largo del recorrido. La comitiva cabalgaba hacia la plaza de San Agustín, regresaba por el convento de la Santísima y Santa Catalina bajando después hacia la calle de Mercaderes (ahora 2 norte) donde se encontraba con el séquito eclesiástico precedido por la gran Cruz. El regimiento se apeaba, volvía a hacerse la jura y juntos llegaban a las puertas de la catedral donde: “[…] al pórtico de ella salió el cavildo eclesiástico a resibir el dicho pendón con capas pluviales blancas yendo acompañándolo hasta la puerta...donde el Ilustrísimo y Exmo. Señor Don Diego Osorio de Escobar y Llamas, Obispo... bestido de pontifical aguardando y asi que llegó el pendón ... se fue llevando el dicho señor obispo a dicho alférez Mayor hasta llegar a la primera grada del presbiterio del altar mayor... y allí tomó el pendón... y abiendo echo con el tres humillaciones al Santísimo se colocó sobre el altar... se cantó una chansoneta echa para el acto... oirse en sus voces viva el rey nuestro señor.” Este escenario, como espacio ritual, lucía esplendido de noche. El cabildo ordenaba poner luminarias en edificios y azoteas, pretendiendo con ello que durante la oscuridad de la noche la ciudad luciera majestuosa; lo cual, aunado al estruendo de cohetes y a la magia de los fuegos artificiales, provocara un impacto emocional casi sobrenatural. El fin era dejar un recuerdo imperecedero en el ánimo de los espectadores, realzando así la legitimidad y grandeza de los monarcas.


EL SIGLO XVIII Y LAS REFORMAS BORBÓNICAS

“De una vez para lo venidero han de saber los súbditos del Gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar y obedecer, y no para discutir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno”. (El marqués de Croix cuando anunció en 1776 la expulsión de los jesuitas.)

No sólo los Reyes Borbones sino sus virreyes enviados después de 1760 a la Nueva España, tenían la idea ilustrada de promover, desde el Estado, la modernización de la economía, los caminos y puertos, la sanidad, la educación, las ciencias y las artes como se hará patente durante los virreinatos de los dos condes de Revillagigedo, el marqués de Cruillas, el marqués de Croix, Don Antonio María de Bucareli y Ursúa, el visitador José de Gálvez, Matías y Bernardo de Gálvez. A lo largo del siglo XVIII, el virreinato fue transformándose de ser un reino con derechos y deberes dentro de la monarquía, a una colonia que debía proveer rentas cuantiosas a la Real Hacienda, y los súbditos con sus instituciones, callar y obedecer. Este siglo se caracterizó también por progresos y grandes avances en la exploración geográfica. Los confines de la Nueva España se ampliaron al expansionarse las misiones franciscanas y jesuitas por las costas de California, gracias al establecimiento del dominio de Santa Fe y al expandirse el dominio real sobre Texas y Nuevo México. Para fines del siglo, el territorio de la Nueva España era el más extenso del Imperio Español; alcanzaba más de cuatro millones de kilómetros cuadrados haciendo frontera con los territorios rusos de Alaska. Característico de la Ilustración fue también la formación, en 1764, del Ejército Virreinal, era asegurar la defensa externa del virreinato, en especial de la amenaza que representaba Inglaterra. Buscaba también mantener el orden interno en las colonias ante los efectos que las Reformas Borbónicas traerían, como fue el caso de la expulsión de los jesuitas en 1767 o la implantación de las Intendencias en 1787. Las consecuencias de estas medidas fueron múltiples y repercutirán en la élite que conformaba el cabildo poblano, en especial por la aparición de un nuevo grupo social: el del ejército con preeminencias debido al fuero militar. Los virreyes ilustrados tenían como consigna limitar el poder a todas las corporaciones del llamado Antiguo Régimen, como la Iglesia, los cabildos, las universidades, los consulados y los gremios. Desde muy temprano en el siglo XVIII se sintió en la Nueva España el espíritu reformador, destinado a someter a la más poderosa de todas estas corporaciones: la Iglesia, en especial al clero regular. 1767 se expulsó de golpe a los casi cuatrocientos jesuitas que habitaban en todo el virreinato. Las medidas anticlericales culminarían con la Real Cédula de 1804 que exigía la entrega del capital eclesiástico que se sacara de la venta de bienes hipotecados, así como del capital líquido que poseyera. Este capital, calculado en 45 millones de pesos oro, era generalmente prestado a réditos, con bajo interés, a hacendados, mineros, comerciantes y grupos económicos de la colonia, acción que dejó a los novohispanos, no sólo molestos, sino descapitalizados y sin posibilidades de crédito. El segundo cuerpo o corporación del Antiguo Régimen a reformar serán los cabildos, aunque aquí las reformas básicamente empezaron hasta el reinado de Carlos III con la llegada en agosto 1765 del visitador José de Gálvez, quien exigió a cada alcaldía, como la de Puebla, el reporte de su administración; sus gastos; sus patronos jurados; sus habitantes y sus riquezas; sus aguas y solares repartidos; así como la lista de los privilegios otorgados en el pasado. Gálvez propuso una profunda Reforma Administrativa que limitara el poder del virrey e implantara una nueva división territorial y jurisdiccional en doce regiones llamadas Intendencias, acción que se implementó en 1787.


LAS CRISIS DEL SIGLO XVIII

En el apartado de economía, en líneas anteriores, se esbozaron dos de los problemas económicos que la alcaldía mayor de Puebla empezó a padecer desde finales del siglo XVII, como preludio de un siglo cargado de contrastes en donde la bonanza económica no caminará, como antes, de la mano con el progreso de la ciudad. Las causas fueron muchas y variadas, podríamos decir que multifactoriales, tanto demográficas y de salud, como económicas; tanto internas en la Nueva España, como internacionales –como las continuas guerras que España libró durante el siglo XVIII, en especial contra Inglaterra y cuyo campo de batalla fue el Atlántico con el Caribe–. Los historiadores señalan que los problemas se agudizaron entre 1691 y 1696 cuando las malas cosechas de trigo encarecieron los cereales, provocando fuertes hambrunas y la aparición de epidemias que diezmaron la población. Este siglo XVIII, que para la Nueva España fue de aumento demográfico, no lo fue así para Puebla. Hubo severas epidemias en 1710 y en 1747 - 1748; Peste en 1715 repitiéndose en 1737 y 1762; y sarampión en 1768, 1779 y 1791. Todo esto, aunado a la pérdida del cabildo del cobro de alcabalas que dejaba cuantiosas ganancias a los regidores; así como al cambio en la política comercial al establecerse la Feria del Comercio en Jalapa en 1722, haciendo a un lado a Puebla y al traslado en 1740 de la Aduana del Azogue a la ciudad de México, hechos que golpearon duramente a la ciudad de Puebla. El cierre continuo de fuentes de trabajo, la emigración de mano de obra artesanal, básicamente a la ciudad de México, y la carestía de la vida, hizo que la población cayera de 90,000 habitantes como lo reporta Alfaro, a 50,000 en 1746, y para finales de siglo, el padrón de Revillagigedo reporta alrededor de 56,000 habitantes. A pesar de todos estos contratiempos y de la crisis que Puebla sufrió en el siglo XVIII, el pensamiento de la ilustración europea llegó con fuerza a esta culta ciudad. Siguiendo a Jean Sarraillh en su trabajo clásico sobre esta etapa en España y al historiador mexicano Iván Escamilla, sabemos ahora que desde la primera mitad el siglo XVIII en la Iglesia Novohispana de la que Puebla formaba parte, así como en otros grupos y corporaciones, se encontraban ya condiciones favorables para un cambio cultural, y para el surgimiento y desarrollo del pensamiento crítico que generalmente identificamos como Ilustración. En ese sentido, los trabajos de Elias Trabulse sobre la historia de la ciencia novohispana o los trabajos para reeditar la Bibliotheca Mexicana de Eguiara y Eguren y muchos esfuerzos más, lo corroboran. Resulta indudable que se necesitan más estudios sobre la primera mitad del siglo XVIII para clarificar sus características, pero desde lo que sabemos, sí podemos decir que la Ilustración en Puebla se puede observar en el campo cultural, tanto en el desarrollo de las crónicas, como en las reformas eclesiásticas a los programas de estudio de los seminarios; así como en el embellecimiento de los espacios urbanos, buscando una mayor funcionalidad, utilidad, orden, sanidad y limpieza; característico, todo ello, del pensamiento Ilustrado. En lo que se refiere a las crónicas, uno de los grupos más representativos de la oligarquía o élite de la ciudad en Puebla eran los miembros del ayuntamiento, es decir, el poder civil. Esta minoría ilustrada, que pertenecía a la reducida élite blanca de la ciudad cuyos ancestros la habían hecho prosperar, y que estaba compuesta por personas acaudaladas y cultas que habían sido vecinos de Puebla desde muy temprano el siglo XVI, habían desarrollado ya una sentido de pertenencia al terruño, una fuerte identificación con la ciudad y con su historia. Habían sentido también el rechazo peninsular a sus diferencias, que los había hecho volver a sus raíces y a su historia, buscando los elementos de su propia y auténtica identidad novohispana y poblana. Sabían y percibían la diferencia y las similitudes con los otros grupos criollos de la Nueva España. Ninguna otra ciudad del Virreinato vivió esta experiencia de pertenencia e identidad tan temprana desde el XVII a decir de David Brading. Todas estas características se debían, en parte, a la historia de la ciudad; a la manera como se fue entretejiendo la vida política, cultural y social de la Angelópolis, a lo cerrado del grupo de la élite capitular; fuertemente alianzada entre sí y enlazada con las élites catedralicias que dirigieron durante estos siglos la vida religiosa y cultural. Puebla vivió desde muy temprano en el siglo XVIII un fenómeno sin precedente y parangón en la Nueva España: el nacimiento de una crónica patria que exaltaba a Puebla como el paradigma de las ciudades cristianas del orbe, donde el deber cívico y la salvación cristiana se fundían sustentado teológicamente, tanto en lo político, como en lo religioso, en los postulados morales de Santo Tomás de Aquino. El primer cronista criollo y oriundo de la ciudad fue Miguel de Alcalá y Mendiola, quien entre 1696 y 1746 redactó su obra Descripción en bosquejo de la Imperial, muy Noble y muy leal ciudad de Puebla de los Ángeles, siendo esta obra una apología de las grandes bondades que trajo la cultura occidental cristiana a las tierras de América, y mostrando cómo Puebla fue un enclave del mestizaje cultural alcanzando fuertes logros en lo espiritual y en lo material. Esta crónica fue confundida por mucho tiempo con la del criollo poblano Miguel Cerón Zapata. La obra de Alcalá y Mendiola sirvió de base a las siguientes crónicas que, por orden real y del ayuntamiento, se mandaron escribir en 1743. Una Cédula Real emitida por Fernando VI en julio de 1741 ordenó a los territorios virreinales recopilar datos geográficos, características económicas, distancias, progresos, economía, número de habitantes, idiomas, etc. Para cumplir la real orden se formó en 1743 una comisión en Puebla. El Cabildo nombró al teólogo dominico Fray Juan de Villa Sánchez (Puebla Sagrada y Profana) y al notario mayor de la curia y escribano real Don Diego Antonio Bermúdez de Castro (Theatro Angelopolitano o Historia de la Ciudad de Puebla) para elaborar la crónica, recoger, organizar y sistematizar la información así como elaborar el informe. Bermúdez muere en 1746 faltándole terminar los datos demográficos, pero, Villa Sánchez entregó ambos trabajos a finales del año. Estos textos, y en especial el de Villa Sánchez, pueden ser leídos como una lamentación por el estado de crisis y estancamiento en la que se encontraba la ciudad. Villa Sánchez entregó una copia de su trabajo a Echeverría y Veytia, y sabemos que también la crónica sirvió de base para el trabajo de Pedro López de Villaseñor. El más erudito de todos los cronistas poblanos fue, sin lugar a dudas, don Mariano Fernández de Echeverría y Veytia; cuya crónica fue escrita poco antes de morir (1778-1780). Su erudición se debe tanto a sus estudios y vida en Europa, como a su amistad con Lorenzo Boturini, quien lo inició en los estudios del México Antiguo y fortaleció sus ideas sobre temas históricos. A su regreso a Puebla, es nombrado Alcalde Ordinario varias veces, regidor honorario y asesor legal del Ayuntamiento. Se encargó también de expurgar la biblioteca Jesuita. Su crónica consigue integrar un discurso coherente y cronológico separando los dos mundos: el civil y el religioso, y revalorando simbólicamente a la ciudad, colocándola como la mejor ciudad de la Nueva España, aun a pesar de su crisis ya que compite en esplendor grandeza y gloria con la ciudad de México. Y por último, los trabajos sobre el cabildo virreinal poblano hechos primorosamente por Don Pedro López de Villaseñor, quien paleografió los incomprensibles libros de los siglos XVI y XVII, facilitando así la comprensión y valoración del pasado de la ciudad, y facilitando al Ayuntamiento la entrega de documentos cuando en 1763 el Visitador Gálvez, en sus deseo ilustrados de reformar, requirió. Nos referimos a “La Cartilla Vieja de la Nobilísima Ciudad” concluida en 1781. Para concluir, hablaremos sobre el embellecimiento de los espacios urbanos de la ciudad de Puebla que las Reformas Borbónicas con el movimiento Ilustrado trajeron. Siguiendo a Ramón Sánchez Flores, quien considera que el movimiento ilustrado en Puebla surgió en una minoría culta que plasmó su pensar en las obras públicas siguiendo tres ejes centrales: la renovación del empedrado y del alumbrado, la revaloración de las aguas y bosques como entorno urbano y, por último, el impulso para el establecimiento de las imprentas. De sus tres figuras estudiadas, es la de Antonio Domenech la que mejor plasma estos cambios de renovación en el campo de la medicina. Domenech, quien llegó a Puebla en 1789 como comisario del Real Hospital de San Pedro, buscó convertirlo en un establecimiento de beneficencia, acorde al sentido de protección social ilustrado. Organizó mejor su régimen de gobierno, abrió ventanas en la enfermería, construyó más y más amplias salas, trasladó el cementerio a Xanenetla, impulsó la botica del hospital y compró instrumental de vanguardia. Contrató como boticario mayor al Antonio de Cal y Bracho quien, con Ignacio Rodríguez Alconedo, fundó en 1807 el Jardín Botánico de Puebla y, con ellos, impulsó también el conocimiento de adelantos médicos y científicos de la época. Las nuevas y mejoras materiales hechas desde el ayuntamiento fueron impulsadas por el intendente Don Manuel de Flon Conde de la Cadena: la reparación de los puentes sobre el río San Francisco; la construcción del nuevo puente de Ovando; el alumbrado de las calles y el haber movido el mercado que siempre existió en la Plaza Mayor con su habitual desorden, suciedad y malos olores, fue trasladado en 1804 al Parián saneando y mejorando, junto con el alumbrado de las calles, la fisonomía de la ciudad. Estos pasos, que muestran dentro del ímpetu ilustrado un reordenamiento urbano, se vieron completados con la división de la ciudad en cuarteles, en 1796; la función de esta división fue lograr un mejor ejercicio de la justicia y evitar delitos. Se propuso también la creación del Tribunal Superior de Policía desde 1789. No olvidemos que en los virreinatos americanos la Ilustración no fue sólo un rompimiento con lo antiguo, sino una renovación del pensamiento católico. Fue esta una característica propia de la Ilustración española, de la que Puebla formó parte.


NOTAS

ARCHIVOS

AGNEP Archivo General de Notarias del Estado de Puebla
AGMP Archivo General Municipal de Puebla.
Butter Archivo Histórico Judicial de Puebla

FUENTES ANTIGUAS ÉDITAS

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BIBLIOGRAFÍA

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GUADALUPE PÉREZ-RIVERO MAURER