ROMERO OSCAR ARNULFO. Posición ante la crisis Salvadoreña

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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San Salvador en 1977, al borde de una guerra civil.

La historia de la República de El Salvador en el siglo XX está marcada por una serie de graves conflictos sociales, con explosiones de violencias sangrientas y pronunciamientos militares que llevarán a una trágica guerra civil que ensangrentará este país, pequeño desde sus dimensiones geográficas, pero protagonista relevante en la historia de la independencia de América Central en los albores del siglo XIX. Su drama histórico es paradigmático y extensivo a los demás cuatro países que forman el conjunto de América Central. Una de las figuras más relevantes de su historia es la del arzobispo mártir Mons. Oscar Arnulfo Romero Galdámez (1917-1980).

Las etapas de su ministerio episcopal se desarrollan a lo largo de 10 años (abril de 1970 a marzo de 1980): El 21 de abril de 1970 es nombrado Obispo Auxiliar del Arzobispo de San Salvador; en Agosto de 1975 es nombrado Obispo de Santiago de María; el 3 de febrero de 1977 es elegido Arzobispo de la Iglesia de San Salvador; el 12 de marzo de 1977 es asesinado su gran amigo de apostolado, el jesuita Rutilio Grande, hecho que lo marcará profundamente. En los años 1977-1980 se recrudece la persecución contra la Iglesia en la República de San Salvador, el 15 de octubre de 1979 un grupo de jóvenes militares dan un golpe de Estado; en febrero de 1980 Mons. Romero hace sus últimos ejercicios espirituales; y el 24 de marzo siguiente el Arzobispo Romero es asesinado por un comando armado mientras celebraba la Eucaristía.

Cuando Monseñor Oscar Arnulfo Romero asume el servicio pastoral de la arquidiócesis de San Salvador, la sociedad salvadoreña se encontraba profundamente dividida y enfrentada, al borde ya de una guerra civil. La división de la sociedad salvadoreña tenía su raíz en los violentos despojos de la propiedad de la tierra. Por 1880 los indígenas y mestizos salvadoreños fueron despojados de sus minifundios para crear los latifundios cafetaleros, cuyos dueños (unas 14 familias) formaron una oligarquía.

Todas las ganancias de las cosechas del café iban a parar a las arcas de aquellas pocas familias que generaron un proceso represivo contra los justos reclamos de la mayoría de la gente empobrecida. La reforma agraria fue intentada varias veces en la historia de este país, para sanar aquella situación social; pero nunca tuvo éxito. Al contrario. Todo intento de reforma generó siempre baños de sangre y muerte, como la triste famosa matanza de 1933 en que fueron masacrados más de 30,000 indios que querían recuperar sus tierras; o, en 1979, el último intento de reforma agraria que desencadenó la guerra civil de la década de los 80, dejando un saldo de más de 80,000 muertos.

Durante los tres años de su arzobispado Mons. Romero vio cómo El Salvador se precipitaba hacia la guerra civil, con fases de crisis grave y fases de relativa calma. Represión y guerrilla se reavivaban mutuamente. Empezaba aquella tormenta de violencia que una «Comisión de la Verdad para El Salvador» posteriormente ha definido con las siguientes palabras:

“La violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El Salvador, invadió las aldeas, copó los aminos, destruyó carreteras y puentes, llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados y en los centros educativos, golpeó a la justicia y a la administración pública, la llenó de víctimas, señaló como enemigos a quienquiera que no aparecía en la lista de amigos. La violencia todo lo convertía en destrucción y muerte, porque tales son los despropósitos de aquella ruptura de la plenitud tranquila que acompaña al imperio de la ley… Las víctimas eran salvadoreños y extranjeros de todas las procedencias… ya que la violencia iguala en el desamparo ciego de su crueldad […]. La instauración de la violencia de manera sistemática, el terror y la desconfianza en la población son los rasgos esenciales de este período”.

En El Salvador se mezclaban una crisis interna del sistema oligárquico, con los vientos de «guerra fría» que soplaban en Centroamérica. El Gobierno del general Romero, en el poder a partir de julio de 1977, en cuanto régimen que tutelaba sólo los intereses de la reducida clase dirigente “fue incapaz de recuperar la gobernabilidad y, por el contrario, la desobediencia social y la presencia de las organizaciones político-militares fue creciendo progresivamente”. Ante la incapacidad del ejecutivo de calmar la efervescencia interna, en vista también de la inestabilidad regional generalizada, en octubre de 1979 un golpe de Estado dio el poder a una «Junta Revolucionaria de Gobierno» que fue la última esperanza para los que, como el arzobispo Romero, querían impedir la guerra civil.

En este periodo convulso, la Iglesia y los cristianos fueron perseguidos. La mayoría de los sacerdotes sufrieron violencia física y psicológica. Muchos catequistas fueron asesinados. Tener una Biblia o un Evangelio se convirtió en algo peligroso, sobre todo en el campo. Incluso una fotografía de Mons. Romero o una copia de «Orientación» [revista eclesial diocesana] eran motivo para ser asesinado. En algunas zonas se asesinaba por tan solo ir a misa. Así murieron en Chalatenango unas quince personas, hasta que se suspendieron las funciones religiosas.

En los primeros cuatro meses en los que Mons. Romero fue arzobispo, que coincidieron con el final de la presidencia de Molina, hubo en la archidiócesis de San Salvador unos treinta sacerdotes, entre seculares y religiosos, afectados en distinta medida: dos fueron asesinados, otros fueron torturados, amenazados, maltratados, expulsados u obligados a exiliarse para evitar ser asesinados. El presbiterio de San Salvador había perdido casi el 15% de sus efectivos. Para una Iglesia afectada por una perenne escasez de clero era una pérdida grave. Asociaciones fantasma firmaban y pagaban continuamente artículos con acusaciones y amenazas a la Iglesia y al clero.

Con la transferencia de poder al general Romero, en julio de 1977, la tensión con la Iglesia disminuyó temporalmente, pero se reavivó al cabo de pocos meses. Otros tres sacerdotes de Mons. Romero fueron asesinados (“Neto” Barrera, el 28 de noviembre de 1978, junto a dos trabajadores; Octavio Ortiz, el 20 de enero de 1979, con cuatro muchachos; Rafael Palacios, el 20 de julio de 1979). Les desfiguraron la cara como muestra de extremo desprecio. El arzobispo recibía frecuentes cartas anónimas con insultos, amenazas, acusaciones y condenas. Las humillaciones eran frecuentes, y llegaban incluso a los registros personales que debía soportar en puestos de control.

En los funerales que celebró por un acomodado miembro de la oligarquía asesinado por la guerrilla, Mons. Romero tuvo que oír cómo le gritaban: «Sacerdotes de Belcebú, vayan todos a Moscú», tras lo que los asistentes aplaudieron. Recuerda una testigo del Proceso de Martirio de Mons. Romero que “además de los asesinatos de sacerdotes, de religiosas y laicos que ya he mencionado, había muchas capturas, torturas, denuncias para los cristianos; se vivían momentos de incertidumbre y de terror. Había cateos a las instituciones de la Iglesia…”.

Se desencadenó una persecución contra la Iglesia católica, acusada de haber salido de la sacristía para interesarse por la sociedad y los pobres y haberse vuelto subversiva y comunista. El poder político no soportaba que la Iglesia se expresara en orden a la justicia y la paz y de esta intolerancia derivaba una verdadera persecución llevada a cabo por grupos paramilitares vinculados con la clase dirigente.

En la sociedad, el cambio de gestión presidencial no produjo solución. En el campo, la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda, pero también el ejército, y sobre todo la milicia llamada ORDEN, ejercían una sistemática represión que a veces respondía a acciones contra la propiedad, y otras simplemente buscaba la intimidación. Las ejecuciones extrajudiciales que llevaban a cabo cuerpos militares y paramilitares asociados al Estado o a organizaciones patronales – ejecuciones que quedaban impunes por regla general – se aplicaban a personas concretas y también a grupos sociales, como campesinos, maestros y catequistas.

A Mons. Romero le llegaban frecuentes noticias de cadáveres encontrados en veredas del campo o en vertederos de la ciudad. Las manifestaciones de las denominadas «organizaciones populares», se resolvían a menudo con intervenciones del ejército o de la policía y traían consigo el consiguiente derramamiento de sangre. Los desaparecidos se contaban por decenas.

La oposición guerrillera también practicó la violencia: secuestros, homicidios, sabotajes y destrucción de infraestructuras. Los que salían a la calle organizados en manifestaciones públicas, llevaban consigo armas que sacaban en el momento oportuno. En el campo, las masas campesinas eran vigiladas e intimidadas violentamente por ORDEN, pero también los sindicatos rurales FECCAS y UTC, se identificaban con el BPR, que apoyaba a los guerrilleros de las FPL. La documentación del archivo diocesano de San Salvador incluye información sobre numerosos abusos y actos violentos de los paramilitares y de ORDEN contra campesinos, y se pueden leer desgarradoras súplicas de familiares de personas desaparecidas, arrestadas o asesinadas.

Asimismo, incluye peticiones de ayuda de campesinos y de sus familias por actos violentos, tal vez venganzas, cometidos por partidarios de FECCAS y UTC. También estas peticiones provienen de gente pobre, de analfabetas, de personas aterrorizadas. Pedían a Mons. Romero que diera fe de que uno u otro ciudadano no era miembro de organizaciones de derecha o de cuerpos de policía, para que no corriera el riesgo de ser asesinado, y Mons. Romero se prestaba a demostrarlo. Fue, por todas partes, una escalada de terror.

Si en 1978 se registraron unos 150 asesinatos por motivos políticos, en 1979 fueron unos 600 hasta llegar al golpe de Estado de octubre, y posteriormente la violencia aumentó exponencialmente porque los dos extremos del arco político hicieron todo lo posible para desestabilizar la Junta de gobierno, con la que no estaban de acuerdo por motivos opuestos. En conjunto, la violencia represiva, que contaba con los más amplios medios ofensivos, era cuantitativamente mayor y más brutal que la violencia subversiva, pero por lo general una suscitaba a la otra, en un consciente y recíproco impulso hacia la guerra.

La lógica despiadada de la seguridad nacional era de algún modo una imagen especular de la lógica guerrillera del «cuanto peor, mejor» que exaltaba el ideal revolucionario en detrimento del valor de la vida. Estas dos lógicas conducían al rendimiento de cuentas final que invocaban ambas partes. En los ambientes de los servicios de inteligencia militar estatal circulaba la idea de que era necesario eliminar, al menos a doscientos mil salvadoreños infectados por el comunismo. Al mismo tiempo, las distintas formaciones guerrilleras aceleraban al máximo la crisis para que explotara la revolución purificadora.

El arzobispado de Mons. Romero, al que llegaban capilarmente datos sobre la violencia en todo el país, se convirtió aquellos años en la fuente más creíble de información sobre lo que sucedía en El Salvador. Cada semana se redactaban en el arzobispado boletines informativos, tanto para su divulgación como para el uso interno. Su lectura da la idea del ambiente del momento.

¿Cuál fue la reacción de Mons. Romero ante la deriva del país? Su antigua secretaria dice: “Se destacó en su misión profética y en su amor a la verdad y a la justicia. Esto lo manifestaba en su forma de predicar y en su actuar porque iba a los lugares donde lo necesitaban. Refiriéndose a estas situaciones, me decía, «¿qué puedo hacer como pastor si yo sólo veo muertos y desaparecidos, madres buscando a sus hijos, opresión?», dándome a entender que él tenía que referirse a esos aspectos porque era su deber como pastor.”

Escribiendo al cardenal Pironio, a finales de diciembre de 1977, Mons. Romero afirmaba con decisión su voluntad de atenerse a la consigna de Pablo VI “No a la violencia, sí a la paz”. Luego describía la persecución a la que estaba sometida la Iglesia, y ahondaba en el episodio de la profanación del Santísimo en Aguilares, donde los militares habían ocupado la iglesia y la casa parroquial, que convirtieron en la base de su acción represiva, tras haber maltratado a los sacerdotes e impedido una visita del mismo Mons. Romero.

Narraba el sufrimiento del “pueblo católico”, de los catequistas amenazados y asesinados, de los fieles arrestados o desaparecidos, de las mujeres violadas por los militares, de los «círculos bíblicos» objetos de intimidación y violencia. Mons. Romero no se excedía en críticas generales al Gobierno y rechazaba una participación política de la Iglesia. Lamentaba tanto la muerte del ministro Borgonovo Pohl como la del padre Navarro. Destacaba que bajo la presidencia del general Romero había disminuido en gravedad la violencia contra la Iglesia y por eso esperaba “sinceramente un cambio de actitud” en el Gobierno: “No es nuestro propósito un enfrentamiento con las autoridades civiles”. Mons. Romero tenía depositadas muchas esperanzas en la creación de un «ambiente de confianza» y de un «verdadero diálogo constructivo» con las autoridades. El origen de la crisis era la “dureza de corazón de quienes podrían hacer algo más por la tremenda miseria de nuestro pueblo”. Al mismo tiempo, Mons. Romero estaba preocupado hondamente por el terrorismo, es decir, por los insurgentes guerrilleros, y porque “alguna gente tiende a radicalizarse y a hacer uso de la violencia como respuesta, lo que la Iglesia no puede aceptar y que condena”.

Sentía el deber de “orientar debidamente a nuestros sacerdotes, para que su misión sea estrictamente sacerdotal y en el sentido que la Iglesia lo entiende”. Esperaba que los demás obispos salvadoreños y el nuncio comprendieran “un poco mejor la peculiar situación de nuestra arquidiócesis”, tras el asesinato de dos párrocos, la pérdida de decenas de sacerdotes, mientras miles de campesinos vivían “bajo el temor”. La carta estaba repleta de remisiones a Pablo VI, entre las que figuraban citas de su predilecta «Evangelii nuntiandi». La carta evidenciaba una firme condena de la violencia, viniera de donde viniera.

Un documento significativo de la opinión de Mons. Romero sobre la crisis del país es su cuarta y última Carta Pastoral, del agosto de 1979. En ella se daba nombre a las tres «idolatrías» que determinaban la crisis del país: de la «riqueza», de la «seguridad nacional» y de la «organización». Dos idolatrías eran responsabilidad de la derecha, y una de la izquierda. La idolatría de la riqueza y de la propiedad privada dejaba a la mayoría de la población en condiciones de miseria injusta. La idolatría de la seguridad nacional, en nombre de la cual las fuerzas armadas garantizaban militarmente los intereses de la oligarquía, significaba “institucionalizar la inseguridad de los individuos” e impedir la democracia que habría podido traer justicia social.

Mons. Romero asociaba la idolatría de la «organización» al culto que los grupos de la oposición tendían cultivar por sí mismos; la amonestación de Mons. Romero no era una crítica al derecho de existir de las organizaciones populares y de las asociaciones sindicales, que la Iglesia salvadoreña en su conjunto había defendido en varias ocasiones, sino que ponía de manifiesto que estas debían perseguir el bien común más que su propio éxito. Mons. Romero explicaba esa «idolatría» de la siguiente forma: “Apoyo todas las justas reivindicaciones de estas organizaciones. Sin embargo, cuando estas abusan de su poder, cuando reclaman cosas que van más allá de la justicia, o cuando actúan de manera que me parece imprudente y fanática, debo decirlo. Si no se ponen al servicio del pueblo y del bien común sino al servicio de sí mismas, debo denunciarlo”.

Según Mons. Romero, el drama de El Salvador tenía su origen esencialmente en la injusticia social y se expresaba con una violencia inhumana e inaceptable. Si se quería “terminar con situaciones violentas, con terrorismos estériles”, había que ir a la raíz de la crisis nacional que estaba en la “injusticia permanente e institucionalizada que sume a la mayoría de nuestro pueblo en un estado de miseria infrahumana”. La reducción también de los espacios democráticos era algo que denunciaba menos. Insistía más bien en el respeto debido a la persona humana y a la legalidad.

La defensa del derecho debía llevar a la solución de la crisis nacional. Hacían falta leyes justas e imparcialmente aplicadas: “Sólo entonces, cuando premie lo bueno de los de arriba y de los de abajo y cuando castigue lo malo de los de abajo y de los de arriba, sólo entonces será Ley Justa”.

“Si es cierto que no se puede perdonar el terrorismo y la violencia en nombre del disentimiento, tampoco se puede justificar la violencia sancionada oficialmente. Tales sanciones pervierten el sistema legal que es el único medio de asegurar la supervivencia de nuestras tradiciones […]. El camino más seguro para derrotar al terrorismo, consiste en promover la justicia en nuestras sociedades: justicia legal, económica y social. La justicia de tipo sumario socava el mismo futuro que intenta promover, produce únicamente más violencia y terrorismo. El respeto por el imperio de la ley promueve la justicia y elimina las semillas de la subversión. Al abandonar ese respeto, los gobiernos descienden a los bajos fondos del mundo terrorista e invalidan su arma más poderosa, su autoridad moral”.

En las homilías Mons. Romero iba al fondo del problema salvadoreño denunciando la miseria y la injusticia que reinaban en el país, y sobre todo en las zonas rurales. Atribuía al Gobierno la principal responsabilidad de la situación, porque era el Gobierno el que debía tener en pie el país y administrarlo, y era el Gobierno el que tenía que dar ejemplo del respeto de las leyes de las que exigía observancia. Mons. Romero no mostraba una actitud contraria a las instituciones. No concebía que fueran desautorizadas en base a ciertos indefinidos conceptos de poder popular.

Precisamente porque las tenía en un alto concepto, Mons. Mons. Romero se indignaba si las instituciones eran corruptas y si los objetivos por los que existían se veían alterados. Su crítica al Gobierno no quería demoler las instituciones sino hacerlas imparciales y responsables. No le escandalizaba el sistema político salvadoreño por sí mismo sino “la mentira, la distorsión, el engaño”, la bajeza moral que veía en los ambientes gubernamentales.

Mons. Romero hablaba a menudo de la necesidad de «soluciones» que fueran «inteligentes», «racionales», «según la justicia» y «no violentas». ¿Qué pretendía? ¿Cuál era su proyecto para sacar a El Salvador de la crisis? Una idea política del agrado de Mons. Romero era la unión patriótica de las «fuerzas sanas» del país, tanto si provenían del Gobierno como del «pueblo», tanto si era la Democracia Cristiana como las organizaciones populares. Hacía falta que estas fuerzas dialogaran y se unieran para obtener “una paz basada en la justicia”, y para corresponder a las necesidades, especialmente de los pobres. Mons. Mons. Romero sentía una preocupación constante por detener la sangrienta represión de las organizaciones sindicales y populares, y por evitar “una lucha insurreccional armada, que será terrible, si se desata en El Salvador”.

Estas indicaciones no constituían un programa político, pues Mons. Mons. Romero no tenía ninguno. Expresaban más bien una línea pública de Mons. Romero, elemental pero que había perseguido con coherencia. Más que en un proyecto político, el arzobispo creía en una evolución espiritual de la población, de las clases dirigentes, de todos los salvadoreños. Es el tema de la «civilización del amor», presentado por Pablo VI, y que Mons. Romero retomó tantas veces en sus exhortaciones y homilías.

La Iglesia, para Mons. Romero, es “constructora de comunidad en el amor y esto la distingue de cualquier otro grupo y movimiento de carácter político, social, terrenal”. A los periodistas que le pedían sus «soluciones», les contestaba que se trataba de “lo que siempre he predicado, que la mejor solución pacífica es un retorno al amor y un sentido sincero de buscar un diálogo”. . La respuesta profunda a la crisis del país venía de las virtudes cristianas: “el trabajo y la oración son la fuerza del hombre”; el “espíritu de pobreza, verdadera solución a la injusticia social de nuestro ambiente”; “el desprendimiento [que da] el verdadero sentido de lo irracional de ciertos extremismos en nuestra época”.

Mons. Romero creía en la fuerza santificadora y redentora del sacrificio, de la aceptación del dolor y del sufrimiento. No era la política, sino la redención que forma parte del «proyecto de Dios», lo que podía “cambiar las injusticias en un orden más fraternal y justo”. Entre paréntesis, «redención» para Mons. Romero era un término intercambiable con «salvación y liberación». Predicaba Mons. Romero: “Lo principal no es una solución política… eso vendrá por añadidura”.

Explicaba: “En todas las fiestas litúrgicas y en todos los domingos del año, venimos a nuestra catedral no con una curiosidad política, transitoria […]. Esta es la grandeza del cristianismo; no vivimos del vaivén de las conveniencias de la tierra. Por eso insisto a las queridas comunidades cristianas: mantengan, sobre todo, su fe en Cristo; mantengan, sobre todo, su trascendencia y desde allí iluminen lo inmanente, lo transitorio. Si no acertamos en un juicio político, no importa; el hombre es falible. Lo que importa es no equivocarse en asuntos de fe. Lo que importa es ser fiel a la palabra del Señor que orienta todas las coyunturas […]. Esto es lo que pido al Señor: «¡Danos Señor políticos, gobernantes, hombres que tengan fe!». Porque de nada serviría el cambio de estructuras, por más profundos que sean, si no las manejan, esas estructuras, hombres de fe”.

Mons. Romero enumeraba cada domingo desde el púlpito los hechos luctuosos de la semana, comunicando los nombres de las víctimas. Creía que conocer más objetivamente los hechos, en vista de la información distorsionada que proporcionaban los medios progubernamentales, ayudaba a frenar la violencia. Desde el púlpito Mons. Romero trataba de suplir la deficiente y amañada información de los medios de comunicación social sobre el irrespeto y violaciones que diariamente cometían los miembros de la guardia nacional contra los más desprotegidos de la población, sin omitir la denuncia de violencias y crímenes perpetrados por la guerrilla de izquierda.

Las homilías de Mons. Romero “adquirieron importancia porque en ese momento los medios de comunicación estaban cerrados a la realidad que pasaba en El Salvador; y porque mostró una gran independencia ante el poder, y un compromiso incalculable con los más débiles desde el Evangelio” . Gracias a la emisora diocesana Radio YSAX, su voz se difundía por el país. Las homilías eran retransmitidas varias veces y Mons. Romero añadía comentarios y entrevistas entre semana. La audiencia de Radio YSAX era altísima en el país: se calculaba que la escuchaba asiduamente el 73% de los habitantes de zonas rurales y el 47% de las urbanas.

Durante una predicación dominical de Mons. Mons. Romero, que llegaba a durar hasta un par de horas, caminando por la calle se podía seguir toda la intervención del arzobispo sin perder ni una palabra, porque había transistores encendidos en casi todas las casas. Indudablemente, dado lo trágico de las circunstancias, la parte dedicada a las noticias constituía una atracción para todos. Pero las homilías de Mons. Romero – no hay que olvidarlo – estaban dedicadas en gran parte al comentario de los pasajes bíblicos del día, en forma de largas catequesis. Eran homilías esencialmente religiosas. Mons. Romero interpretaba la realidad a la luz de la palabra bíblica. Los aspectos cruciales de la crisis de El Salvador eran reelaborados por Mons. Romero en el plano religioso, lejos del terreno de la política. Así, por ejemplo, Mons. Romero hablaba sobre la difusión de la muerte violenta y de la tortura:

“El quinto mandamiento, breve pero tremendo; «No matarás.» Aquí se proclama la sacralidad de la vida. Acuérdense que todo está bajo el epígrafe: «Yo soy el Señor tu Dios, yo que he dado vida, salud a tu hermano, tú se la vas a quitar.» ¡Cuánta sangre está borrando entre nosotros la felicidad y la santidad de este mandato! Se manda a matar, se paga por matar, se gana por matar. Se mata para quitar de enfrente al enemigo político que estorba, se mata por odio […]. Ojalá me estuvieran escuchando hombres que tienen sus manos manchadas de homicidio. ¡Son muchos por desgracia! Porque también es homicida el que tortura. El que comienza a torturar no sabe a dónde va a terminar. Hemos visto víctimas de torturas, llevados con mil subterfugios mentirosos, a morir en un hospital. Son asesinos también, son homicidas, no respetan lo sagrado de la vida. Nadie puede poner la mano sobre otro hombre porque el hombre es imagen de Dios. ¡No matarás! Yo quisiera llevar también esta palabra breve a ese mar inmenso de ignominia…”. .

¿Por qué había asesinatos? ¿Por qué había torturas? Mons. Romero contestaba: “Dios ha sembrado bondad. Ningún niño ha nacido malo. Todos hemos sido llamados a la santidad. Valores que Dios ha sembrado en el corazón del hombre y que los actuales, los contemporáneos, ¡tanto estiman!, no son piedras raras […]. ¿Por qué entonces hay tanta maldad? […] Todos hemos nacido para la bondad. Nadie nació con inclinaciones a hacer secuestros; nadie nació con inclinaciones para ser un criminal; nadie nació para ser un torturador; nadie nació para ser un asesino; todos nacimos para ser buenos, para amarnos, para comprendernos. ¿Por qué entonces, Señor, han brotado en tus campos tantas cizañas? El enemigo lo ha hecho, dice Cristo. El hombre dejó que creciera en su corazón la maleza, las malas compañías, las malas inclinaciones, los vicios […]. Pero todos somos llamados a la bondad…” .

La fama de Mons. Romero es la de un profeta de justicia. Ahora, Mons. Romero quería la justicia, pero igual determinación ponía cuando pedía el fin de la violencia. Quería que hubiera al mismo tiempo justicia y paz. Justamente la Comisión de la Verdad para El Salvador ha escrito que Mons. Romero era un “reconocido crítico de la violencia y la injusticia y, como tal, se le percibía” . Para Mons. Romero, la violencia no era un mal menor que la injusticia. Para el Día de la Paz de 1978 Pablo VI escogió y comentó la expresión “No a la violencia, sí a la paz”. A Mons. Romero le gustó mucho. Lo convirtió en su segundo lema, después de “Sentir con la Iglesia”.

Coincidía con el papa en la existencia de «dos violencias» que interpretaba del siguiente modo: “Una, la que brota del frenesí del «poder» o del «tener», que suprime la existencia de personas o sociedades, para mantener por la fuerza su estructura política y sus injustas organizaciones. La otra, que surge como resistencia a la primera, la violencia de los débiles, privados de ciertos derechos fundamentales”. Mons. Romero observaba lapidario que “en las dos violencias el demonio mete el pecado”. Mons. Romero aborrecía la violencia. No soportaba ni siquiera verla; el simple hecho de ver a un grupo de adolescentes tirándose piedras le disgustaba. Sus condenas de la violencia eran habituales, así como sus llamamientos al amor, para que inspirase la vida social. A menudo pronunciaba la frase siguiente: «Sólo el amor libera». Predicaba Mons. Romero el domingo de Ramos de 1978:

“La única violencia legítima [es] la que se hace así mismo Cristo y nos invita a que hagamos a nosotros mismos: ‘El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo’, violéntese a sí mismo, reprima en él los brotes de orgullo; mate en su alma los brotes de avaricias, de codicias, de soberbias, de orgullo; mate eso en su corazón. Esto es lo que hay que matar, esa es la violencia que hay que hacer para que allí surja el hombre nuevo, el único que puede construir una civilización nueva, una civilización de amor”.


“Es necesario, hermanos, botar tantos ídolos, el del yo ante todo, para que seamos humildes y solo desde la humildad sepamos ser redentores, sepamos ser colaboradores de la verdadera colaboración que el mundo necesita. Liberación que se grita contra otros, no es verdadera liberación. Liberación que procura revoluciones de odios y de violencias quitando la vida de los demás o reprimiendo la dignidad de los otros, no puede ser verdadera libertad. La verdadera libertad es aquella que se hace violencia a sí misma y como Cristo, casi desconociéndose que es soberano se hace esclavo para servir a los demás. Estos son los verdaderos liberadores que en esta hora tremenda están pidiendo a nuestra Patria corazones humildes, corazones en los cuales brille el amor como característica cristiana”.

Una selección de fragmentos homiléticos de Mons. Romero ha sido titulada «La violencia del amor». En efecto, Mons. Romero repetía a menudo que sólo la violencia contra uno mismo y para reconciliar al prójimo era legítima. Era una violencia «muy superior» a la de las armas porque era la violencia de Cristo en la cruz. “La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Cuando Cristo se deja matar, esa es la violencia: dejarse matar. La violencia en uno es más eficaz que la violencia en otros. Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero qué difícil es dejarse matar por amor”.

“Jamás hemos predicado violencia, solamente la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros. Esa violencia no es la de la espada, la del odio; es la violencia del amor, la de la fraternidad, la que quiere convertir las armas en hoces para el trabajo. Qué hermoso llamamiento podíamos hacer aquí, hermanos, cuando el trabajo abunda en nuestras campiñas no se vaya a convertir en odios, ni en luchas ni en sangre. Desde el domingo pasado estoy clamando para que las cortas de café, de algodón y de caña, sean un canto de alabanza al Señor […] inspirando en el amor de fraternidad que une a los dueños y a los trabajadores”.

En la liturgia «in Coena Domini» de la Semana Santa de 1978, dirigiéndose a “los devotos de la violencia y del vicio, los que ya han perdido su fe en el amor y piensan que el amor no arregla nada” dijo:

“Si Cristo hubiera querido imponer la redención a fuerzas de armas o a fuerza de incendios y violencias, no hubiera logrado nada. Inútil, más odio, más maldad. Pero porque Cristo puso la clave en el corazón de la redención, en esta noche nos dice: Este es mi mandamiento: que os améis como yo os he amado. Y para que veáis que no sólo son palabras, esperad ya esta noche, esta noche en que voy hasta sudar sangre ante la maldad de los hombres y el dolor de mis sufrimientos; y mañana, cuando como cordero silencioso me veáis pasar con la Cruz a cuestas y morir en un calvario, sabed que no llevo ningún resentimiento para nadie, que desde el fondo del alma voy gritando: ¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen!”.

Mons. Romero conocía bien el pensamiento tomista que admitía el uso de la violencia en ciertas raras condiciones, casi inexistentes en realidad. Y sabía que Pablo VI lo había retomado en la «Populorum progressio» que en un inciso mencionaba la legitimidad de una insurrección en casos excepcionales de tiranía. En América Latina dicho inciso fue aprovechado tanto por la izquierda revolucionaria (para sus objetivos políticos) como por la derecha (como prueba de la peligrosidad que había adquirido el catolicismo). Mons. Romero colocaba el inciso en el contexto de la encíclica. El pasaje completo es el siguiente: “Sin embargo, como es sabido, las insurrecciones y las revoluciones – salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país – engendran nuevas injusticias, introducen nuevos desequilibrios y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un mal real si ha de ser a costa de males aún mayores” .

Mons. Romero trató el tema de la violencia en su Tercera Carta Pastoral, en la que indicó este pasaje de la «Populorum progressio»; recordaba la legitimidad de una rebelión. No obstante, había que estudiar sus posibles nefastas consecuencias: “Lo cual haría condenable también esta insurrección”.

En los últimos meses de vida de Mons. Romero la violencia en El Salvador aumentaba exponencialmente. Amenazaba una guerra civil. Y muchos preguntaban al arzobispo sobre la legitimidad de una rebelión armada contra el Gobierno y contra las autoridades constituidas. En febrero y marzo de 1980 esta pregunta pasó a ser recurrente en boca de los periodistas, que fácilmente extrapolaban de las respuestas de Mons. Romero aquellas palabras que podían sonar favorables a la insurrección, que se esperaba de manera inminente. Se extendió la convicción de que Mons. Romero creía justificada e inevitable una sublevación popular. Pero se trataba de una simplificación. El pensamiento del arzobispo seguía unos esquemas totalmente distintos.

“Si no es posible un acuerdo, la Iglesia admite la insurrección cuando los medios pacíficos han demostrado ser inútiles y el mal que se prevé es mayor que el que causaría la insurrección”. Siguiendo el magisterio de la Iglesia, Mons. Romero no era un pacifista a ultranza. En cualquier caso añadía que no sabía si el caso de El Salvador se ajustaba a los supuestos en los que se aceptaba la insurrección. No sabía ni siquiera si estaba «cerca o lejos» de dicha eventualidad. Sólo estaba seguro de una cosa: “Estamos en peligro”.  Sobre todo, Mons. Romero afirmaba: “La Iglesia ha condenado siempre la violencia buscada en sí misma o usada abusivamente en contra de algún derecho humano, o como primero y único medio para defender y alcanzar un derecho humano. No se puede hacer un mal para alcanzar un bien” .

Mons. Romero creía que en El Salvador la violencia era una realidad difundida que había que afrontar no sólo desde el plano de los principios. Existían una «violencia institucionalizada» y una «violencia represiva» a las que se contraponía una «violencia revolucionaria». Al replicarse mutuamente, estas violencias creaban una espiral de luto y destrucción.

La «violencia revolucionaria», según Mons. Romero, tenía sus raíces en una objetiva injusticia social. Había que eliminar la injusticia en lugar de defenderla con la «violencia represiva». Aunque “la Iglesia no aprueba ni justifica las revoluciones sangrientas”, podía no obstante comprender los motivos desde un punto de vista racional. La «violencia institucionalizada» producía “la violencia desesperada de los hombres oprimidos”.

“Si es fácil formular el ideal de la paz, es muy difícil enfrentarse a la realidad de la violencia que históricamente parece inevitable mientras no se eliminen sus causas reales”, es decir, hasta que no se elimine “una situación de injusticia en la que la mayoría de los hombres y mujeres – sobre todo de los niños – en nuestro país se ven privados de lo necesario para vivir”. Era un análisis de la realidad, no un juicio aprobatorio sobre la violencia insurrecta. Mons. Romero, por el contrario, definía esta última como «terrorista o sediciosa»: “es una violencia que produce y provoca estériles e injustificados derramamientos de sangre, lleva la sociedad a tensiones explosivas, racionalmente incontrolables y desprecia por principio toda forma de diálogo como posible instrumento de solución para los conflictos sociales”.

Mons. Romero denunciaba igualmente la violencia en nombre de la justicia: “Está haciendo mucho mal a nuestro pueblo esa violencia fanática que casi se hace «mística o religión» de algunos grupos o individuos. Endiosan la violencia como fuente única de la justicia y la propugnan y practican como método para implantar la justicia en el país. Esta mentalidad patológica hace imposible detener la espiral de la violencia”.

La condena de la violencia insurrecta siempre iba aparejada a la denuncia de la situación de injusticia que provocaba dicha violencia. Lo recordaba en su tercera Carta pastoral citando a Pío XII: “La paz en la que creemos es fruto de la justicia: «opus justitiae pax». Los conflictos violentos, como lo muestra un simple análisis de nuestras estructuras y lo confirma la historia, no desaparecerán hasta que no desaparezcan sus últimas raíces. Por lo tanto, mientras se mantengan las causas de la miseria actual y se mantenga la intransigencia de las minorías más poderosas que no quieren tolerar mínimos cambios, se recrudecerá más la explosiva situación…”.

Mons. Romero raramente se preocupaba de rectificar el contenido de la ingente cantidad de artículos sobre él que salían en la prensa mundial. Si hubiera querido hacerlo, no habría tenido suficiente tiempo. Hizo, sin embargo, una excepción, en febrero de 1980, para el periódico peruano «Noticias Aliadas», precisamente sobre el tema de la violencia insurrecta. Mons. Romero se remitió a la doctrina tomista como pensamiento oficial de la Iglesia:

“En una entrevista de prensa dije la frase que «Noticias Aliadas» cita: «En este caso, la Iglesia no podría oponerse a las organizaciones populares porque no puede oponerse a la violencia si no hay otra solución». Este texto sacado del contexto puede prestarse a una mala interpretación, como la que maliciosamente dio a entender con su titular un periódico de este país. El contexto está en mi respuesta a una pregunta sobre la actitud de la Iglesia ante la opinión de quienes creen que la crisis política de El Salvador no tiene salida pacífica, sino sólo la insurrección armada. En mi respuesta recordé la doctrina tradicional de la Iglesia acerca de las condiciones para legitimar la violencia insurreccional: 1° que se hayan agotado todos los medios pacíficos y 2°, que se prevea que los males de la insurrección no vayan a ser más graves de los males de la dictadura o tiranía que se trata de eliminar. Estos son los principios, pero su aplicación histórica, expresé que no era competencia de la Iglesia. Son los técnicos en politología y en estrategias los que hacen la aplicación a una situación concreta. Y sólo entonces la Iglesia dará su juicio moral”.

El verano de 1979 Nicaragua vio el final de sus luchas internas, con la derrota del dictador Somoza y la llegada al poder de los sandinistas, que todavía por algún tiempo contaron con el apoyo de los obispos del país y de monseñor Obando y Bravo, amigo del arzobispo de San Salvador. Mons. Romero saludó públicamente la «liberación» de Nicaragua de la dictadura de un Gobierno antipopular. No obstante, destacó también el sufrimiento que había soportado el país vecino a causa de la guerra civil: “más de 25.000 muertos no son un juguete” . Constataba que en la opinión pública internacional “la situación salvadoreña es [considerada] copia fiel de lo que pasó en Nicaragua” pero esperaba que no fuera así:

“Estamos como sentados en un polvorín; esto puede estallar si no es que está estallando ya. Para mí, casi es una guerra civil la que está pasando, una guerra civil clandestina en que la extrema derecha y la extrema izquierda se están cobrando […]. Quiera Dios que más bien encontremos a tiempo las soluciones que una fuerza moral, sobre base de libertad, pueda encontrar para nuestro querido país… Yo creo que no es necesario tener que pagar con el precio tan caro que pagó Nicaragua su liberación – que todavía está ahora en veremos – cuando nosotros aquí podemos, precisamente, buscar una solución muy salvadoreña. Yo creo en la capacidad de los salvadoreños y creo que si se le respeta su libertad desde una fuerza moral que haga querer a la autoridad y no odiarla, los salvadoreños serán capaces de encontrar una solución, no a imitación de Nicaragua sino nuestra propia solución salvadoreña”.

En una entrevista a la agencia SIS, en mayo de 1979, Mons. Romero fue tajante en su rechazo de soluciones revolucionarias violentas:

“[P.] ¿Cuál es el camino que indica la Iglesia, el de la revolución armada o el de la oposición no violenta? Más exactamente, ¿puede usted aprobar una acción violenta contra un régimen tan atroz? [R.] Este problema está muy vivo en la conciencia de los cristianos [salvadoreños]. Yo mismo he escrito recientemente una carta pastoral en la que trataba la cuestión: es verdad –como dice también Pablo VI en la «Populorum progressio»–, que teóricamente, cuando no hay otros caminos para restablecer la justicia, incluso la acción violenta en última instancia es admisible. Pero nosotros decimos que esa no es una solución justa, porque de su práctica puede nacer una auténtica «mística» de la violencia, que sólo puede llevar a otros horrores. Estamos a favor de la oposición no violenta y de la transición gradual a la democracia, a ser posible, sin derramamiento de sangre. Claro, me doy cuenta de que la situación de mi país es explosiva, y eso no porque la Iglesia se quiera oponer por la fuerza al régimen, sino porque es el régimen el que se ha puesto contra el pueblo…”.

Aquellos mismos días Mons. Romero preparaba un llamamiento al cese de la violencia que se había desencadenado con motivo de la celebración del 1 de mayo. Viendo la sangre derramada, Mons. Romero no veía razón alguna, aunque fuera la más sagrada, para continuar los enfrentamientos:

“Ya asciende a 85 el número de muertos […] a causa del conflicto entre el Gobierno y algunas organizaciones populares. Nos duele que continúe este derramamiento de sangre, pero lo que más nos da pena es que hasta estos momentos no hayamos visto que alguna de las partes esté dando pruebas de querer terminar con el conflicto. Más bien este tiende a agravarse y a seguir enlutando a innumerables familias de todas las clases sociales de nuestro país. Se repiten una vez más las mismas acciones de represión y de venganza. Como arzobispo de San Salvador hacemos un llamado a las conciencias y al corazón de los responsables para que en lugar de continuar mostrando su postura firme e intransigente, ceden y busquen la forma de cortar lo más pronto posible esta cadena interminable de hechos sangrientos. Lo que ahora importa no es mostrar al país y al mundo quién es el más fuerte o el vencedor sino quién es el más responsable y humano capaz de detener esta espiral creciente de violencia cuyo número de víctimas es injustificado dado los objetivos inmediatos que quieren alcanzar o defender. Pedimos a todos que no se dejen llevar por los sentimientos de orgullo, odio y venganza, sino que hagan lo posible para que en estos momentos se impongan la razón y el perdón”. .

Cuando el conflicto por la justicia se hacía violento se debía restaurar la paz en primer lugar. La justicia era necesaria, pero debía lograrse por vías pacíficas. La Iglesia, se lee en una carta privada de Mons. Romero de enero de 1980, quería “caminos de racionalidad y no de violencia; la que ha condenado siempre, venga de donde venga” . A veces Mons. Romero era testigo de la violencia que denunciaba. Tras una misa celebrada en sufragio de dos campesinos asesinados por la extrema derecha en San Pedro Perulapán escribió:

“Me sorprendió el numeroso gentío que me esperaba […]. Se notaba en todos el temor que se está sembrando en aquellos sectores de nuestro querido pueblo. Un temor que se justifica por la represión y el abuso de autoridad de los cuerpos de seguridad y, sobre todo, de los campesinos armados, con organización de ORDEN. De hecho, mientras celebraba la misa, aparecieron con sus corvos, algunos desenvainados, y se pusieron como a vigilar la muchedumbre; tomaron número de la placa de la camioneta en que íbamos con las hermanas religiosas. Y se notaba una actitud agresiva, o por lo menos, de una vigilancia desconfiada. Y comprendí el temor de los campesinos y por qué muchos hombres duermen fuera de sus casas, con el temor de ser sorprendidos por la noche”.

En el Diario de Mons. Romero leemos pasajes como el siguiente:

“Por la tarde, diálogo con dos elementos de la guerrilla, con los cuales traté de mantener la idea cristiana de la no violencia, pero esta gente está muy convencida de que no es la fuerza del amor la que arreglará la situación, sino la fuerza violenta, ya que no se quiere atender a razones y mucho menos al amor cristiano. He sentido profundamente la diferencia de pensar entre numerosos sectores de nuestra patria, representados en estos interlocutores, y el sentir cristiano. Pido al Señor que ilumine los caminos de su Iglesia para que sean comprendidos, aún por aquellos que buscan el bien de la patria, pero por caminos muy distintos de los que Cristo señaló” .

Contra la violencia proponía una fuerza de disuasión espiritual. Tal como dijo tras el asesinato del padre Octavio Ortiz y de cuatro jóvenes con él: “La lucha de los cristianos es por convertirse ellos y convertir el mundo del pecado al Reino de Dios que ya está cerca […]. Una lucha para la que no se necesitan tanquetas ni metralletas. Una lucha para la que no se necesita espada o fusil. La lucha se bate con guitarras y canciones de Iglesia; se siembra en el corazón y se reforma un mundo, porque «la violencia aun cuando tiene motivaciones justas, es siempre violencia y no es eficaz y no es digna», decía el Papa. Ojalá los que ante hechos como este, sienten el natural instinto de la venganza y de la violencia, se sepan dominar y sepan que hay una violencia muy superior a la de las tanquetas y también a la de las guerrillas, es la violencia de Cristo: ¡Padre perdónalos porque no saben, son ignorantes, pobrecitos!”.

En la correspondencia de Mons. Romero se conservan algunos «ramilletes espirituales», regalos de cumpleaños de fieles y amigos: “60 Santas Misas, 60 Comuniones, 115 Rosarios, 55 Obras de Caridad…” o bien “50 Santas Misas, 50 Comuniones, 105 Visitas al Santísimo, 19 Vía Crucis…” . Estas eran las armas, es decir las formas de violencia gratas a Mons. Romero. La solución de los problemas salvadoreños no venía de la violencia sino del aura suave de Elías, como dijo en un comentario bíblico:

“Elías desalentado, defraudado, perseguido, amenazado, encuentra la fortaleza cuando un signo en el desierto le hace sentir que Dios está muy cerca. El pan misterioso que encuentra junto a él: ‘Come y con ese alimento caminarás’. Recobra fortaleza y camina cuarenta días hasta el Monte Sinaí donde nos cuenta aquella preciosa teofanía: Vas a ver a Dios. Sintió un huracán y –dice– en el huracán no estaba Dios. Sintió un incendio y – dice la Biblia – en el incendio no estaba Dios. Sintió un gran terremoto y – dice – en el terremoto no estaba Dios. En cuarto lugar una suave brisa – acariciante como la de nuestros amaneceres o de nuestros atardeceres – allí estaba Dios. Parece que el Señor le quiso enseñar a Elías: no es la violencia, no es la fuerza de los elementos la que va a traer las soluciones; te voy a inspirar en la suavidad de mi pensamiento, en la brisa de la paz”.

NOTAS



©CONGREGATIO DE CAUSIS SANCTORUM: POSITIO ROMERO SUPER MARTIRIO. PN 1913. 2014. Vincenzo Criscuolo, Ofmcap., (Relator General) -Vincenzo Paglia – Roberto Morozzo Della Rocca [Postulación]