SAHAGÚN, Bernardino de Fray

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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SAHAGÚN, Bernardino de Fray (Sahagún, 1499? – Ciudad de México, 1590) Franciscano, misionero, etnógrafo, historiador, antropólogo, lingüista

Se desconoce con exactitud el año de su nacimiento aunque se calcula que debió haber ocurrido entre 1499 y 1500 en el pueblo de Sahagún provincia de León, España. Su nombre original era Bernardino de Ribera; adoptó el nombre de Sahagún después de tomar el hábito franciscano. De 1512 a 1514 estudió en la Universidad de Salamanca y más tarde, cuando tenía alrededor de dieciocho años, profesó en la Orden de San Francisco en esa misma ciudad. En 1524 se ordenó sacerdote y cinco años después, en 1529, viajó a la Nueva España en compañía de Fray Antonio de Ciudad Rodrigo y otros diecinueve religiosos. Desembarcó en Veracruz y subió al altiplano central de México donde entró en contacto con indígenas de habla náhuatl en el Valle de Puebla, Tlalmanalco, Xochimilco y México-Tenochtitlan. Fue uno de los primeros misioneros en el Nuevo Continente, al cual llegó cinco años después de los llamados Doce Apóstoles de México y donde se dedicó a estudiar sistemáticamente el idioma y las costumbres del mundo indígena. Ha llegado a ser considerado el padre de la etnología[1]. Amaba el recogimiento, era manso, humilde, pobre y afable con todos; en lo intelectual era agudo, penetrante y tenaz en la persecución de la verdad; su físico era robusto, bien parecido y tenía una gran energía para trabajar.


En poco tiempo aprendió la lengua mexicana o náhuatl, alcanzó una gran profundización en el conocimiento de ésta y escribió numerosas obras en ella, aunque muchas permanecieron inéditas o se perdieron. Entre estas obras se encuentran sermonarios para todo el año y una postilla sobre los evangelios dominicales; las pláticas que los doce misioneros, con la ayuda de Gerónimo de Aguilar como intérprete, hicieron a los caciques y principales de Las Indias y que contienen toda la doctrina que se debe enseñar a los infieles que se han de convertir a la fe cristiana; un inconcluso Calepino, así llamado por él, en el cual se enseñaban todas las maneras de hablar que los mexicas tenían para referirse a trato, religión, crianza, vida y conversación. Además, este amplio dominio de la lengua le permitió predicar, confesar y adoctrinar eficazmente a los indígenas en cuya evangelización ponía especial empeño.


En 1532 pasó a Tlalmanalco y para 1536 regresó a México para ser de los primeros profesores del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde se aplicó en la instrucción y doctrina de los jóvenes indios para enseñarles la lengua latina y medicina. Más tarde llegó a ser rector de esa institución. Los años que pasó en Tlatelolco le permitieron conocer la obra de uno de sus precursores, Fray Andrés de Olmos↗, quien había llegado a México tres años antes que Fray Bernardino y se había dedicado a recopilar textos y tradiciones, a través de testimonios de ancianos indígenas. Hacia 1540 misionó en varias regiones de la Nueva España e inició sus estudios acerca de las cosas del México Antiguo. En esta época le fue encargada la elaboración de su obra más importante, la «Historia General de las Cosas de la Nueva España», y comenzó a reunir datos para este libro. Al momento de la gran epidemia que azotó a los indígenas en 1546, Fray Bernardino se encontraba de regreso en Tlatelolco.


En su juventud fue guardián de varios conventos principales, pero por espacio de cuarenta años se excusó de estos cargos. No obstante, fue definidor de la Provincia del Santo Evangelio en varias ocasiones y más tarde, visitador en la Provincia de Michoacán en 1558. Se le considera fundador del convento de Xochimilco, del cual también fue guardián. Dos años después volvió a Tlatelolco y permaneció allí revisando sus primeros documentos y reuniendo nuevos. Para 1565 fue trasladado al convento de San Francisco el Grande donde comenzó su obra en castellano. En 1572 regresó nuevamente a Tlatelolco de donde partió a giras por diversos conventos, incluyendo Tlalmanalco.


De sus compañeros de viaje fue el más longevo. Refiere Fray Gerónimo de Mendieta: “En su vida fue muy reglado y concertado, y así vivió más tiempo que ninguno de los antiguos, porque lleno de buenas obras, fue el último que murió de ellos, acabando sus días en venerable vejez, de edad de más de noventa años”[2]. De estos más de 90 años, vivió 61 en la Nueva España. Pasó sus últimos días en el convento de Tlatelolco, pero en 1590 se contagió de una epidemia de catarro y fue llevado al convento de San Francisco el Grande en la ciudad de México donde finalmente falleció el 5 de febrero de ese mismo año, después de una recaída. Su cuerpo fue sepultado en ese mismo convento donde permaneció hasta la exclaustración de los años de la Reforma↗.


La Historia General de las Cosas de la Nueva España

La obra más importante de Fray Bernardino de Sahagún es «Historia General de las Cosas de la Nueva España» la cual se convirtió en un punto de referencia obligado para el conocimiento del México antiguo. Es un rico acervo no sólo para la etnografía y la historia, sino también para la literatura y la lingüística: abarca los aspectos fundamentales de la cultura material e intelectual de los indígenas nahuas estableciendo –hace más de cuatro siglos- el método de investigación antropológica. Con este compendio se conservó información no sólo de las tradiciones, literatura y conocimientos médicos practicados por los indios, sino también de la antigua visión del mundo que tenían los habitantes de la región central de México antes de la llegada de los españoles. De esta manera proporciona material suficiente para hacer una reconstrucción de la cultura de los habitantes de Tenochtitlán en esta época. El Dr. Ángel María Garibay↗, prologuista de Sahagún, decía que si la usanza de la época en la que se redactó esta obra lo hubiera permitido, el título más apropiado hubiera sido «Enciclopedia de la Cultura Náhuatl».

Fray Bernardino dedicó su «Historia» a Fray Rodrigo de Sequera, predicador de la Orden de los Frailes menores y Comisario general de la Nueva España quien, según palabras del mismo autor, resucitó su obra “habiendo estado enterrada en el sepulcro del olvido por manos del disfavor”[3]. Hay una discusión en torno a quién le encomendó la elaboración de este trabajo: hay quien dice que en base a ciertas fechas fue Fray Toribio de Benavente Motolinía↗, quien estuvo al frente de la Orden tras la muerte de Fray Alonso de Rangel, quien le hizo este encargo. No obstante, el propio Sahagún indica en su Prólogo que fue Fray Francisco de Toral quien le mandó realizar tan importante escrito.

Se podría decir que esta obra fue elaborada en dos partes, la primera por Sahagún y la segunda por indios tlatelolcas. Esta primera parte, escrita en castellano, por sí sola es un texto de gran valor científico que no tiene igual en la historia de la cultura americana; pero además, el franciscano llevó a cabo una indagación directa: obtuvo material de primera mano acudiendo a los indios más ancianos para que le proporcionaran noticias y relatos de aquello que ellos habían vivido. Cabe destacar que estos ancianos habían sido aquellos jóvenes indios que acudían a los centros mexicas de educación, los calmecac y los telpochcalli, antes de la llegada de los españoles; en estos centros se impartía enseñanza de manera oral y se les exigía la memorización de las tradiciones de la cultura náhuatl para que posteriormente pudieran interpretar sus códices y pinturas.

También acudió a los indios jóvenes que ya habían sido instruidos por los españoles en la cultura occidental, algunos de los cuales fueron sus alumnos, para que redactaran en su lengua original informaciones y recogieran de los ancianos la sabiduría antigua. Asimismo, precavido y celoso de esta información, elaboró varias copias de la misma para revisarla y estudiarla detenidamente. Los nombres de los alumnos indígenas de Fray Bernardino de Sahagún, provenientes de diferentes regiones y que contribuyeron a esta obra, están plasmados en el Proemio general, redactado por Ángel María Garibay↗: “Antonio Valeriano ↗, el principal y más sabio, vecino de Azcapotzalco; Alonso Vegerano, poco menos que éste, vecino de Cuauhtitlán; Martín Jacobita, del Barrio de Santa Ana y rector de Santa Cruz; Pedro de San Buenaventura, también de Cuauhtitlán (…); Diego de Grado, tlatelolca; Bonifacio Maximiliano, también de este lugar; Mateo Severino, de Utlac, en Xochimilco”[4].

Aún se conservan estos documentos en su lengua original: se encuentran a dos columnas en el «Códice de Florencia» o «Códice Florentino». La primera columna contiene el texto castellano en que Sahagún tradujo, aprovechó, enmendó y corrigió su texto a partir de los documentos. En la segunda columna está el texto náhuatl de todos los documentos allegados, que sirve como de original al texto de la obra. Aunque la idea original de Sahagún era elaborar tres columnas: una en castellano, otra en lengua mexicana y otra con los vocablos mexicanos y la forma en que eran usados.

Desgraciadamente la obra en colaboración quedó disgregada. La parte elaborada por los indígenas, aunque sirvió de documentación para la parte elaborada por el franciscano, quedó relegada entre papeles viejos; y la parte elaborada en castellano, que es propiamente lo que conocemos como el libro de Sahagún, fue impresa casi tres siglos después de concluida. Cabe señalar que la documentación en náhuatl es mucho más amplia que la obra en castellano. A partir de 1890, el investigador alemán Dr. Eduard Seler tradujo fragmentos omitidos por el franciscano.

Este códice es muy valioso porque guarda el único original de la documentación indiana que podemos cotejar con el libro castellano. Hay una fuente más valiosa y se encuentra en los manuscritos conservados en Madrid, los cuales son mucho más antiguos y más acreditados con notas, aclaraciones y correcciones del propio Sahagún, aunque desgraciadamente incompletos ya que no hay documentos de todos los libros que redactó en castellano: se trata de los textos documentales de preparación para su libro, llamados «Memoriales». La escritura de éstos se debe a los propios indígenas, y el programa de trabajo, las correcciones y direcciones se deben al franciscano.

Ambos trabajos entrelazan dos modos de concebir el mundo. La documentación en náhuatl tiene una intención principalmente lingüística. Dice el propio Sahagún en su Prólogo: "es esta obra como una red barredera para sacar a la luz todos los vocablos de esta lengua con sus propias y metafóricas significaciones, y todas su maneras de hablar, y las más de sus antiguallas buenas y malas; es para redimir mil canas, porque con harto menos trabajo de lo que aquí me cuesta, podrán los que quisieren saber en poco tiempo muchas de sus antiguallas y todo el lenguaje de esta gente mexicana.

Aprovechará mucho toda esta obra para conocer el quilate de esta gente mexicana" [5].Pero también la obra escrita en castellano recoge la forma de hablar de los españoles en México en el siglo XVI; junto con Bernal Díaz del Castillo↗ y Diego Durán↗, forma parte de los testimonios más certeros para conocer cómo era el castellano durante la Conquista de la Nueva España. En ellos se aprecia la incorporación de vocablos nahuas a su forma de hablar, algunos perdurables hasta nuestros días.

La redacción del libro en castellano fue comenzada hacia 1570 y terminada en 1582, periodo dentro del cual hubo cinco años en los que prácticamente no escribió. A pesar de ello, el proyecto fue puesto en marcha en 1547 cuando comenzó a recabar la información necesaria según el propio Sahagún, quien en 1577 señala que hacía ya treinta años que había comenzado a redactarla. Se pueden fijar tres etapas de elaboración de la obra, según sus propias palabras: 1) La primera etapa, alrededor de 1548, comienza en el convento de Tepepulco donde comenzó a reunir los materiales para su libro. Este trabajo duró alrededor de dos años. En primer lugar, le pidió a los antiguos sabios que pintaran y recogieran todo aquello relativo a sus antiguos dioses, en la forma en que solían hacerlo; después los alumnos de Sahagún escribieron la descripción al pie del dibujo. Como resultado no sólo se obtuvo una completa descripción de las fiestas indígenas, sino también una muestra de la manera antigua de pintar. 2) La segunda etapa, hacia 1560, se da al mudarse Sahagún al convento de Tlatelolco donde utilizó el mismo método que en Tepepulco incorporando a los ancianos indígenas y sumando los comentarios que con ellos hacía sobre la información obtenida en la etapa anterior. 3) La tercera etapa, hacia 1565, está definida por su traslado al convento de San Francisco el Grande. Durante tres años revisó cuidadosamente sus Memoriales, los enmendó y dividió en doce libros, y cada libro por capítulos y párrafos.

En 1577 el rey Felipe II ordenó al virrey Martín Enríquez enviar a España documentos sobre Las Indias, así que casi todos los materiales reunidos por Sahagún fueron remitidos a la Península. Hacia 1762, la transcripción de los textos en náhuatl compilados por Fray Bernardino, conocida como los «Códigos Matritenses de Sahagún», fue adquirida por un librero de Madrid quien vendió una parte a la Biblioteca de la Real Academia de la Historia y otra parte a la Biblioteca del Real Palacio, también en Madrid. Una copia de estos «Códigos», con varias adiciones y con el texto en castellano de la Historia, se encuentra en la Biblioteca Laurenciana de Florencia desde el año de 1793. El primer redescubrimiento de la «Historia» se debió al historiador oaxaqueño Carlos María de Bustamante, quien la publicó en 1829; la reproducción facsimilar de los «Códigos» se debe a Francisco del Paso y Troncoso[6].

En cuanto al contenido de la obra, Sahagún comienza señalando en su prólogo la importancia del conocimiento y comprensión del mundo indígena para evangelizar y erradicar la idolatría, ya que el conocimiento de su lengua y de su mentalidad sería la manera más efectiva de hacerles llegar el mensaje cristiano, haciendo más asimilable el proceso de cambio. Más adelante hace una rápida descripción del contenido de su obra, la cual está dividida en doce libros. El primero trata de los dioses y diosas que adoraban los naturales; en el segundo libro se narran las fiestas que celebraban en honor de éstos; el tercero trata de la inmortalidad del alma, de los lugares donde decían los indígenas que iba el alma al morir el cuerpo y de los funerales que hacían por los muertos; en el cuarto libro desarrolla el tema de la astrología judiciaria que usaban los indígenas para saber la fortuna que le deparaba a las personas según el día de su nacimiento; el quinto libro trata de los agüeros que los naturales tenían para adivinar el porvenir; el sexto trata de la Retórica y Filosofía Moral que usaban los indios; el séptimo trata de la Filosofía Natural que éstos alcanzaban; el octavo libro trata de los señores, de sus costumbres y maneras de gobernar; en el noveno se habla de los mercaderes y otros oficiales mecánicos y de sus costumbres; en el libro décimo se habla de los vicios y virtudes de los indígenas, de acuerdo a su manera de vivir; el libro undécimo aborda el tema de las diversas especiales animales y vegetales, metales, piedras preciosas y otros minerales que había en la Nueva España a la llegada de los españoles; y el último libro narra la Conquista de México.

Asimismo, establece la antigüedad de la residencia de los naturales en estas tierras en dos mil años. Este dato lo obtiene de pinturas antiguas que hablan de la destrucción de la ciudad de Tula mil años atrás, destrucción que se dio después de la época de mayor esplendor de la cultura que la edificó. Aún antes de este acontecimiento, aquella misma cultura había construido muchos poblados en Tulancingo, donde dejaron una gran cantidad de edificios muy notables. Así, Fray Bernardino de Sahagún determina esta fecha de la cual resulta que por lo menos quinientos años antes del nacimiento de Cristo, la Nueva España ya estaba poblada.

De la recopilación informativa que hace sobre la religión de los indígenas, el mismo autor concluye que “no ha habido en el mundo idólatras tan reverenciadores de sus dioses, ni tan a su costa, como éstos de esta Nueva España; ni los judíos, ninguna otra nación tuvo yugo tan pesado y de tantas ceremonias como le han tomado estos naturales por espacio de muchos años[7]. El conocimiento de las ideas religiosas de los mexicas, y aun de toda Mesoamérica, es importante porque entre ellos existía gran afinidad en las características generales de sus sistemas de creencias, como el politeísmo y los sacrificios humanos. Las fiestas y ceremonias marcadas por el calendario de los aztecas se encuentran detalladamente relatadas en el segundo libro de la «Historia», de tal modo que permiten saber cómo era la vida social y religiosa en la antigua Tenochtitlán: describe al dios homenajeado en cada fiesta, la comida y la vestimenta que era indicada según la deidad, y las formas de esparcimiento que acompañaban estas celebraciones.

El cuarto libro, que trata de la astrología judiciaria o arte de adivinar que tenían los antiguos mexicanos, es mucho menos extenso de lo que son los documentos en náhuatl escritos sobre el tema. La razón no se conoce a ciencia cierta, pudo haber sido el temor de Sahagún de que fuera causa de escándalo entre los indios darle toda esa información a los españoles, o por el contrario, que fuera causa de escándalo para los españoles y destruyeran el libro poniendo en riesgo la obra completa. En este libro también pueden hallarse datos que completan y aclaran la información vertida en los libros primero y segundo, tanto en el orden de las ideas y prácticas religiosas, como en el de las costumbres y modos de vida: los borrachos, el trato dado a los esclavos, las costumbres de los traficantes que iban a tierras lejanas, las mañas de las mujeres. El quinto libro trata de los agüeros que los indígenas tomaban de ciertos animales para adivinar el futuro; con este libro sucede lo mismo que en el anterior, en cuanto a la extensión del texto castellano en relación con el texto náhuatl. En sí mismo el libro es corto aunque contiene un amplio apéndice en el cual se recogen muchas supersticiones, prácticas y prejuicios aún vigentes entre algunas personas, generalmente gente poco instruida.

El sexto libro habla de la retórica, filosofía moral y teología de los indígenas. En él recoge los testimonios de personas que estuvieron en los templos para saber qué pensaban de sus dioses y en qué forma se relacionaban con ellos, los discursos con los que se exhortaba al rey al cumplimiento de sus deberes, las observaciones de los padres a los hijos sobre la educación doméstica, el ceremonial cuasi religioso que rodeaba el nacimiento de un niño, y pocos pero valiosos adagios o refranes de la gente mexicana. En este libro se halla la mentalidad indiana en todo su esplendor; es, junto con la colección de «Pláticas de los Ancianos» y «Ms. De los Cantares Mexicanos», un facilitador de auténtica información en lo que toca a las ideas religiosas, filosóficas y sociales. Es un libro aparte, se trata de una obra que al parecer Fray Bernardino intentó escribir antes de haber resuelto la obra en su totalidad. También en este libro defiende la autenticidad de la información que presenta en su obra ante algunos detractores que la negaban; señala el propio Sahagún en el prólogo de este libro sexto que una prueba de esta autenticidad es la misma excedencia del contenido “lo que en este libro está escrito no cabe en entendimiento de hombre humano el fingirlo, ni hombre viviente pudiera fingir el lenguaje que en él está”; asimismo añade “todos los indios entendidos, si fueren preguntados, afirmarían que este lenguaje es propio de sus antepasados y obras que ellos hacían[8].

Un tema del cual se ocupó Fray Bernardino desde su primera investigación en Tepepulco, es el de las insignias de los señores y todo lo relativo a su gobierno. En el octavo libro de su obra recoge los bailes, los pasatiempos, el mueblaje y los adornos de los gobernantes, así como el tema culinario mencionado no sólo en este libro sino a lo largo de toda la «Historia»; al final del libro se habla del régimen político y social de Tenochtitlán. También se menciona en este libro el origen de los pobladores de la Nueva España, los cuales venían del norte; el reinado de Quetzálcóatl↗ en la ciudad de Tula, quien partió hacia el oriente y a quien seguían esperando que regresara para reedificar su reino, razón por la cual en un principio creyeron que se trataba de Hernán Cortés↗.

Otra materia que preocupaba al autor era el de la economía: la producción, la distribución de la riqueza y la condición de los trabajadores. De este tema es del que obtiene Sahagún más datos, noticias y reflexiones. Se encuentra desarrollado en el noveno libro, el cual se divide en tres partes bien definidas: la primera trata de los grandes comerciantes, de aquellos que iniciaron el intercambio comercial a través de la región dominada por los Señores de Tenochtitlán; la segunda parte trata de la orfebrería; y la tercera está dedicada al arte plumario, el cual era una de las industrias del México antiguo más originales y admiradas por los españoles. Esta obra, junto con el «Códice Mendocino», es la fuente más valiosa y segura para la historia de la producción y de la distribución económica en la época prehispánica en la zona del México central.

El décimo libro habla sobre diversos temas. Para empezar, señala los vicios y las virtudes de los indios presentando todo un cuadro de las actividades, tendencias y modos de vida de la sociedad mexica prehispánica, en el cual además aparecen una gran cantidad de vocablos que acrecientan el valor lingüístico de la obra. También contiene un tratado tanto de las enfermedades del cuerpo humano como de las medicinas que les alivian; desgraciadamente Sahagún equivoca al tratar por separado los padecimientos y los remedios, lo cual era lo más ajustado a la lógica.

Garibay Kintana añade una lista de los ancianos indígenas dedicados a la medicina, que le proporcionaron a Sahagún la información plasmada en su libro: “Gaspar García, vecino de la Concepción; Pedro de Santiago, vecino de Santa Inés; Francisco Simón y Miguel Damián, vecinos de Santo Toribio; Felipe Hernández, vecino de Santa Ana; Pedro de Requena, vecino de la Concepción; Miguel García, vecino de Santo Toribio; y Miguel Motolinía, vecino de Santa Inés[9]. Igualmente, incluye otros personajes que Sahagún había omitido en el texto en castellano, quienes también colaboraron con él en esta investigación y que sí están mencionados en los textos en náhuatl: Juan Pérez de San Pablo; Pedro Pérez, Pedro Hernández, Joseph Hernández y Antonio Martínez de San Juan; Miguel García y Baltazar Juárez, de San Sebastián; y Francisco de la Cruz, de Xihuitonco. La última parte del libro décimo recoge lo que sabían y lo que opinaban los mexicanos sobre la etapa de la Conquista y los años posteriores. Aunque muchos datos aquí presentados han sido comprobados por la arqueología, esta parte del trabajo sahaguntino no constituye un fundamento rigurosamente histórico; incluso se llegan a encontrar contradicciones debido a que cada opinión depende de la personal manera de apreciar los hechos por parte del observador.

La Botánica, la Zoología y la Mineralogía de los mexicas son abordadas por Fray Bernardino en el undécimo libro con una descripción general que, aunque dista del rigor científico moderno, tiene el encanto del saber popular. En él se describen los primeros jardines zoológicos y botánicos, no sólo del continente sino del mundo entero. El último libro, que trata sobre la Conquista, es muy distinto del resto de la obra. En un primer momento se colocó en el lugar del libro noveno porque complementaba el tema del octavo, que era el gobierno de los indígenas; sin embargo, por razones desconocidas fue colocado al final de la obra. Comienza con los presagios que precedieron la venida de los blancos y termina con el relato de la fuga general después de la caída de Tenochtitlán. En él se encuentran la visión de la conquista española desde ambas perspectivas, la española y la indígena, perspectivas que son ordenadas por Fray Bernardino de Sahagún al igual que en el resto de su magna obra y que la convierten en pieza clave de la historiografía mexicana.


Obras(s)

Obra(s): Historia General de las Cosas de la Nueva España; Epístolas y Evangelios; Sermones mexicanos; Catecismo de la doctrina cristiana; Libro de las Postillas; Exercicios quotidianos, en castellano, latín y náhuatl; Vocabulario trilingüe, en castellano; Manual del cristiano, Calendario mexicano; Arte adivinatorio; Arte de la lengua mexicana; Vida de San Bernardino.


NOTAS

  1. León Portilla, Miguel. “Significado de la obra de fray Bernardino de Sahagún”, Estudios de Historia Novohispana, no. 001, (enero 1966), pp. 2 y 13.
  2. Mendieta, Fray Gerónimo de. Historia eclesiástica Indiana. Ed. Porrúa. México, 1980, p. 664.
  3. Sahagún, Fr. Bernardino de. Historia general de las cosas de la Nueva España. 10ª edición. Ed. Porrúa. México, 1999, p. 15
  4. Garibay Kintana, Ángel María. en Sahagún, Fr. Bernardino de. Obra citada, p. 9.
  5. Sahagún, Fr. Bernardino de. Obra citada, p. 18
  6. León Portilla, Miguel. Obra citada, p. 15.
  7. Sahagún, Fr. Bernardino de. Obra citada, pp. 19-20.
  8. Sahagún, Fr. Bernardino de. Obra citada, p. 297.
  9. Sahagún, Fr. Bernardino de. Obra citada, p. 538.


BIBLIOGRAFÍA

Ballán, Romeo. “Bernardino de Sahagún”, Enciclopedia Franciscana, [recurso electrónico, consultado el 06/11/2013]. Disponible en: http://www.franciscanos.org/enciclopedia/bsahagun.html

León Portilla, Miguel. “Significado de la obra de fray Bernardino de Sahagún”, Estudios de Historia Novohispana, no. 001, (enero 1966)

Mendieta, Fray Gerónimo de. Historia eclesiástica Indiana. Ed. Porrúa. México, 1980.

Sahagún, Fr. Bernardino de. Historia general de las cosas de la Nueva España. 10ª edición. Ed. Porrúa. México, 1999.


SIGRID MARÍA LOUVIER NAVA